El carnaval y sus consecuencias
Este año volví a los carnavales de Villar del Arzobispo y, para no variar, hay cosas que contar. Lo mío con los disfraces empieza a ser curioso si no preocupante; es raro el año que no me pongo falda. El sábado tocó de enfermeras, aunque he de decir que la idea fue del Rizos.
Así que nada, llegamos, bebimos un poco, nos pusimos nuestras batas, las cofias, las pelucas rubias y dos globos en el sujetador. Desde luego la afición que tienen los borrachos a tocar dos tetas aunque estén rellenas de aire es increíble, fuimos las estrellas de la noche.
Como siempre nos dedicamos a hablar con todo el mundo haciendo las tonterías que teníamos preparadas (este año era auscultar y mirar las anginas de toda chica que se pusiera en nuestro camino). Hasta que sin darme cuenta estaba hablando con una conejita playboy que empezó a arrimarme la cebolleta. Lo digo en serio, yo no hice el más mínimo intento, fue ella la que se arrimó y se me tiró encima, casi sin darme cuenta la que estaba examinando mis anginas era ella. Esta era un poco más mayor que la del año pasado ya que tenía veinte años, pero vamos, no se que me pasa últimamente que sólo se me arriman las niñas; seguro que no se imagina que yo tengo veintiocho. En fin, el caso es que después de un par de horas nos despedimos con la promesa de no volver a vernos. No se si es que huelen mi total falta de compromiso.
Lo malo vino el lunes. Tras pasar un domingo de descanso, me desperté con un agudo dolor de anginas. Aguanté como pude pero por la noche empezó a molestarme mucho. Luego pasé una de las peores noches de mi vida ya que el dolor era tan fuerte que me impedía tragar saliva por lo que no pude dormir más de quince minutos seguidos. Por la mañana fui al médico que se asustó por el tamaño de mis anginas y me ha dado la baja por tres días (es una pena, pero como fui al de urgencias no me ha podido librar toda la semana). El caso es que hoy sigo bastante tocado y no creo que esté en condiciones de volver al trabajo el viernes, pero como de todas maneras tendría que ir allí al médico porque me obligaron a cambiarlo y sólo tengo tres horas de clase pues me pasaré por el instituto para echarles en cara a mis alumnos que estoy perdiendo la voz por su culpa. No creo que les afecte mucho.
Eso sí, espero estar perfectamente la semana que viene que me voy a Bruselas a visitar a Mila
PD: Se ha muerto el otro abuelo del novio de mi compañera de piso. Por suerte para ella ya tiene coche y ha llegado a Ciudad Real sin perder ni colarse en ningún tren.
Así que nada, llegamos, bebimos un poco, nos pusimos nuestras batas, las cofias, las pelucas rubias y dos globos en el sujetador. Desde luego la afición que tienen los borrachos a tocar dos tetas aunque estén rellenas de aire es increíble, fuimos las estrellas de la noche.
Como siempre nos dedicamos a hablar con todo el mundo haciendo las tonterías que teníamos preparadas (este año era auscultar y mirar las anginas de toda chica que se pusiera en nuestro camino). Hasta que sin darme cuenta estaba hablando con una conejita playboy que empezó a arrimarme la cebolleta. Lo digo en serio, yo no hice el más mínimo intento, fue ella la que se arrimó y se me tiró encima, casi sin darme cuenta la que estaba examinando mis anginas era ella. Esta era un poco más mayor que la del año pasado ya que tenía veinte años, pero vamos, no se que me pasa últimamente que sólo se me arriman las niñas; seguro que no se imagina que yo tengo veintiocho. En fin, el caso es que después de un par de horas nos despedimos con la promesa de no volver a vernos. No se si es que huelen mi total falta de compromiso.
Lo malo vino el lunes. Tras pasar un domingo de descanso, me desperté con un agudo dolor de anginas. Aguanté como pude pero por la noche empezó a molestarme mucho. Luego pasé una de las peores noches de mi vida ya que el dolor era tan fuerte que me impedía tragar saliva por lo que no pude dormir más de quince minutos seguidos. Por la mañana fui al médico que se asustó por el tamaño de mis anginas y me ha dado la baja por tres días (es una pena, pero como fui al de urgencias no me ha podido librar toda la semana). El caso es que hoy sigo bastante tocado y no creo que esté en condiciones de volver al trabajo el viernes, pero como de todas maneras tendría que ir allí al médico porque me obligaron a cambiarlo y sólo tengo tres horas de clase pues me pasaré por el instituto para echarles en cara a mis alumnos que estoy perdiendo la voz por su culpa. No creo que les afecte mucho.
Eso sí, espero estar perfectamente la semana que viene que me voy a Bruselas a visitar a Mila
PD: Se ha muerto el otro abuelo del novio de mi compañera de piso. Por suerte para ella ya tiene coche y ha llegado a Ciudad Real sin perder ni colarse en ningún tren.
Pensar con el culo
Últimamente parece que todo el mundo que está a mi alrededor se ha vuelto idiota. Es como si se hubieran puesto de acuerdo todos en dejar de utilizar el cerebro para pensar y hubieran decidido probar a ver como les iba la vida razonando con esa noble parte del cuerpo que es el culo.
No es normal que mi compañero de piso esté constipado y le eche la culpa de los ataques de tos de más de diez minutos a la medicina que le recomendó el farmacéutico en vez de al paquete diario de Ducados que se fuma. Tampoco es normal que mi compañera de piso para ir al entierro del abuelo de su novio en Ciudad Real pierda dos trenes para ir, se suba corriendo a uno sin comprar el billete y sin tener dinero habiendo estado dos horas tiradas en la estación y a la vuelta se duerma y se despierte cincuenta kilómetros después. Pero claro es menos normal todavía que un alumno ecuatoriano se vaya a pasar un mes de vacaciones a su país y tras quedarse tirado por culpa de Air Madrid se compre otro billete (que le habrá salido por un ojo de la cara) y pierda el vuelo teniendo que quedarse allí no se sabe por cuanto tiempo.
Como sigue sin ser normal que cuando Miss Hyde vaya a pedir la fianza del piso que alquilamos cuando empezamos a vivir juntos acabe insultando a toda la familia de la bruja de nuestra casera teniendo que ir la policía a separarles. A mi no me importaría (de hecho me alegra no tenerla viviendo a cinco minutos de mi casa) si no fuera por el hecho de que el contrato está a mi nombre y sigo censado allí y cuando la casera se metió de extranjis en la casa si le hubiera dado por romper algo me podría haber reclamado a mí el dinero.
Y tampoco hubiera sido lógico que, como quería uno de los tres inspectores médicos que revisó la semana pasada el caso de la profesora a la que sustituyo, le hubieran dado el alta estando embarazada de más de seis meses y teniendo un historial de partos prematuros (creo que de los cinco hijos que ya tiene cuatro se le adelantaron).
Por suerte las cosas se arreglan y ni mi compañero está resfriado ya, a mi compañera le queda sólo esta semana para volverse a su casa, el alumno se va a pasar un tiempo en su país pero va a trabajar exactamente lo mismo allí que aquí (nada), la bruja devolvió la fianza a mi ex y ya no tengo ningún contrato de alquiler a mi nombre y voy a acabar el curso en la ciudad de vacaciones.
Y esto a pesar de lo que dije en el último post, es bastante bueno.
No es normal que mi compañero de piso esté constipado y le eche la culpa de los ataques de tos de más de diez minutos a la medicina que le recomendó el farmacéutico en vez de al paquete diario de Ducados que se fuma. Tampoco es normal que mi compañera de piso para ir al entierro del abuelo de su novio en Ciudad Real pierda dos trenes para ir, se suba corriendo a uno sin comprar el billete y sin tener dinero habiendo estado dos horas tiradas en la estación y a la vuelta se duerma y se despierte cincuenta kilómetros después. Pero claro es menos normal todavía que un alumno ecuatoriano se vaya a pasar un mes de vacaciones a su país y tras quedarse tirado por culpa de Air Madrid se compre otro billete (que le habrá salido por un ojo de la cara) y pierda el vuelo teniendo que quedarse allí no se sabe por cuanto tiempo.
Como sigue sin ser normal que cuando Miss Hyde vaya a pedir la fianza del piso que alquilamos cuando empezamos a vivir juntos acabe insultando a toda la familia de la bruja de nuestra casera teniendo que ir la policía a separarles. A mi no me importaría (de hecho me alegra no tenerla viviendo a cinco minutos de mi casa) si no fuera por el hecho de que el contrato está a mi nombre y sigo censado allí y cuando la casera se metió de extranjis en la casa si le hubiera dado por romper algo me podría haber reclamado a mí el dinero.
Y tampoco hubiera sido lógico que, como quería uno de los tres inspectores médicos que revisó la semana pasada el caso de la profesora a la que sustituyo, le hubieran dado el alta estando embarazada de más de seis meses y teniendo un historial de partos prematuros (creo que de los cinco hijos que ya tiene cuatro se le adelantaron).
Por suerte las cosas se arreglan y ni mi compañero está resfriado ya, a mi compañera le queda sólo esta semana para volverse a su casa, el alumno se va a pasar un tiempo en su país pero va a trabajar exactamente lo mismo allí que aquí (nada), la bruja devolvió la fianza a mi ex y ya no tengo ningún contrato de alquiler a mi nombre y voy a acabar el curso en la ciudad de vacaciones.
Y esto a pesar de lo que dije en el último post, es bastante bueno.
Ya llega el sol...
Son algo más de las once de la noche. Estoy cansado pero no tengo sueño. De todas maneras hace poco más de media hora que he cenado, así que acostarse tampoco me sentaría demasiado bien. No se que hacer y me aburro. Normalmente no me pasa eso, pero llevo unos cuantos días un poco apático. El tiempo en la ciudad de vacaciones a veces pasa muy lento. Prácticamente mi único entretenimiento aquí son las sesiones de gimnasio que me meto. La necesidad hace extraños compañeros de pesas. Nunca me ha gustado lo de levantar de una manera obsesiva inmensos trozos de metal. La naturaleza es sabia y si la gravedad ha decidido que esas pesas permanezcan en el suelo no seré yo quien la contradiga. Me gusta hacer deporte, pero lo concibo como un momento de esparcimiento por lo que estar recluido en un gimnasio no cuadra con mi manera de pensar. Los sábados cuando quedo con el Largo o el Pulpo para jugar a baloncesto me lo paso bien. Se nos pasa el tiempo sin darnos cuenta entre tiros fallados, balones perdidos y alguna que otra canasta hasta que llega un momento que el cuerpo nos recuerda que ya no estamos para jugar más de dos horas seguidas. Y me gusta la bici. Soy capaz de estarme tres horas seguidas encima de una; pedaleando y todo. Un día, durante el camino de Santiago, llegué a estar hasta seis horas. Pero claro, si no fuera al gimnasio mi vida sería mucho más aburrida aquí. Ahora se que cuando paso por allí voy a saludar a tres o cuatro personas. Incluso intercambiaremos alguna frase profunda sobre el frío o la calor que hace. Es más, últimamente hasta coincido con una chica que aunque no es alumna mía sí que va al mismo instituto y la conversación se alarga un poco más.
Pero hoy ha sido diferente. Después de dos semanas ha lucido el sol. Tras dar un paseo por la playa disfrutando del más que tibio sol de febrero, me he encerrado allí para torturar a mi cuerpo levantado repetidamente esos pesos muertos. El astro rey calentaba con fuerza y cada gota de sudor que resbalaba por mi piel era un gramo extra que se añadía a los que con mis escasas fuerzas debía levantar. Después de casi tres meses mi cuerpo se ha ido acostumbrando al maltrato físico y ha reaccionado creando algo de masa muscular (no mucha) que me permite levantar más peso que antes y con más facilidad. Excepto hoy. Yo sentía una fuerza extraña que me dificultaba realizar los movimientos que hace ya semanas mecanicé.
Parece mentira, pero el tiempo pasa. Ya llevo más de tres meses aquí; eso significa que el invierno está apunto de acabar. La luz sigue ganando su carrera diaria a la oscuridad notándose día a día como éste se alarga. Desde que vine a vivir aquí he querido bañarme en el mar. Ya queda poco para que la temperatura del agua me lo permita.
Si sigo aquí, claro. Hoy, la profesora a la que sustituyo ha tenido que ir a visitar al inspector médico. Lo más seguro es que continúe de baja todo el curso. Pero nunca se sabe. No me apetece volver a mudarme. No se vive tan mal aquí.
No cuando el verano se acerca.
Pero hoy ha sido diferente. Después de dos semanas ha lucido el sol. Tras dar un paseo por la playa disfrutando del más que tibio sol de febrero, me he encerrado allí para torturar a mi cuerpo levantado repetidamente esos pesos muertos. El astro rey calentaba con fuerza y cada gota de sudor que resbalaba por mi piel era un gramo extra que se añadía a los que con mis escasas fuerzas debía levantar. Después de casi tres meses mi cuerpo se ha ido acostumbrando al maltrato físico y ha reaccionado creando algo de masa muscular (no mucha) que me permite levantar más peso que antes y con más facilidad. Excepto hoy. Yo sentía una fuerza extraña que me dificultaba realizar los movimientos que hace ya semanas mecanicé.
Parece mentira, pero el tiempo pasa. Ya llevo más de tres meses aquí; eso significa que el invierno está apunto de acabar. La luz sigue ganando su carrera diaria a la oscuridad notándose día a día como éste se alarga. Desde que vine a vivir aquí he querido bañarme en el mar. Ya queda poco para que la temperatura del agua me lo permita.
Si sigo aquí, claro. Hoy, la profesora a la que sustituyo ha tenido que ir a visitar al inspector médico. Lo más seguro es que continúe de baja todo el curso. Pero nunca se sabe. No me apetece volver a mudarme. No se vive tan mal aquí.
No cuando el verano se acerca.
Demasiados ceros
El otro día tras muchas horas de sentirme en clase igual que si estuviera hablando con una pared acabé por enfadarme. La consecuencia de ese enfado fue que un par de semanas después mis alumnos de primero de ESO (unos doce años) iban a tener un examen escrito. No penséis que soy tan malo; les di ese margen de dos semanas para que tuviéramos tiempo de repasar todo lo que habíamos dado en la primera evaluación. Les avisé que iba a entrar en el examen y me pasé tres clases enteras explicando las principales funciones de un procesador de texto a gritos ya que son incapaces de mantenerse ni cinco segundos callados. Después de las miles de veces en que les pregunté si lo tenían todo claro o si aún les quedaban dudas me fui a casa con la sensación de que nadie podía reprocharme falta de entrega a mi trabajo pero con la certeza que la gran mayoría de ellos iba a suspender.
Efectivamente, apenas ha aprobado un diez por cien de los alumnos (cuatro de cuarenta). En cierta manera me lo esperaba aunque hay algunos suspensos que me han cogido por sorpresa. Lo que ni en la peor de mis pesadillas podía soñar es que casi la mitad sacara un cero. Así, redondito y bien grande. Digo esto porque todos más o menos han ido haciendo los ejercicios prácticos (que son basicamente unos documentos que ellos tienen que reproducir de la manera más fiel posible) y porque simplemente con que pusieran, por ejemplo, la palabra izquierda en la pregunta Explica las diferencias entre las cuatro maneras que permite Word para alinear el texto ya tenían 0'25 o si de casualidad escribían 10, 12 o 14 en ¿Qué tamaño de texto es el más apropiado a la hora de imprimir un documento en tamaño folio? ya tenían medio punto.
Pero lo mejor de todo es el sofoco que se han cogido por suspender el examen. A la mayoría les ha dado exactamente igual. Yo se que las nuevas generaciones se preocupan menos por los estudios de lo que lo hacíamos nosotros. Pero estos niños acaban de empezar en el instituto. Apenas han salido de ese entorno protector que es la escuela de primaria donde son cuidados y mimados por sus profesores. Y aún así ya hay alguno al que no le importa no sólo suspender todas las asignaturas menos educación física (ya ni informática aprueban) sino ni siquiera tener la más mínima posibilidad de hacerlo. Además se pavonean de ello delante de los otros alumnos que aunque si que pudieran haber llegado a tener interés cuando corregí el examen estaban pensando en las musarañas.
Pero claro, como el otro día me dijo uno de estos niños, a él le da lo mismo que sus padres se enfaden, como los reyes ya le han traído el Ipod.
Efectivamente, apenas ha aprobado un diez por cien de los alumnos (cuatro de cuarenta). En cierta manera me lo esperaba aunque hay algunos suspensos que me han cogido por sorpresa. Lo que ni en la peor de mis pesadillas podía soñar es que casi la mitad sacara un cero. Así, redondito y bien grande. Digo esto porque todos más o menos han ido haciendo los ejercicios prácticos (que son basicamente unos documentos que ellos tienen que reproducir de la manera más fiel posible) y porque simplemente con que pusieran, por ejemplo, la palabra izquierda en la pregunta Explica las diferencias entre las cuatro maneras que permite Word para alinear el texto ya tenían 0'25 o si de casualidad escribían 10, 12 o 14 en ¿Qué tamaño de texto es el más apropiado a la hora de imprimir un documento en tamaño folio? ya tenían medio punto.
Pero lo mejor de todo es el sofoco que se han cogido por suspender el examen. A la mayoría les ha dado exactamente igual. Yo se que las nuevas generaciones se preocupan menos por los estudios de lo que lo hacíamos nosotros. Pero estos niños acaban de empezar en el instituto. Apenas han salido de ese entorno protector que es la escuela de primaria donde son cuidados y mimados por sus profesores. Y aún así ya hay alguno al que no le importa no sólo suspender todas las asignaturas menos educación física (ya ni informática aprueban) sino ni siquiera tener la más mínima posibilidad de hacerlo. Además se pavonean de ello delante de los otros alumnos que aunque si que pudieran haber llegado a tener interés cuando corregí el examen estaban pensando en las musarañas.
Pero claro, como el otro día me dijo uno de estos niños, a él le da lo mismo que sus padres se enfaden, como los reyes ya le han traído el Ipod.





