De tubos, cilindros y carburadores
Por si no lo sabéis este sábado se celebra el gran premio de motociclismo de Cheste. Y por si n os lo he dicho voy a ir a verlo, acompañado. Se va a venir Jenny y también el Nieto se ha apuntado, además, aunque no tenga entradas, Iratxe también se viene a pasar el fin de semana a Valencia. A mi me gustan las motos desde hace mucho, pero todavía no había ido nunca, la verdad es que ya tenía ganas.
Aquí en Valencia hay mucha afición por las motos. No sólo es cuestión de clima, la gente lo vive de verdad. Es muy típico que el niñato maquinero se deje la pasta que gana poniendo tornillos en la fábrica en un pepino de como mínimo 600 centímetros cúbicos. Yo no llegué a tanto, pero si que me he pasado seis o siete años de mi vida con una moto, bueno, motico como dicen en el pueblo de mis padres, dónde me inicié en el mundo del motor. Si en Valencia capital hay afición a las motos en los pueblos no os lo podéis imaginar. Al ser pueblos pequeños no hay transporte público así que si te quieres mover de uno a otro no te queda mas remedio que ir andando (la de kilómetros que me he hecho a pata para ir a las fiestas), en bici (es mas cómodo que andar, pero volver a las tantas de la madrugada medio borracho pedaleando es un peligro) o a dedo (eso no lo he hecho nunca, no por miedo sino porque solíamos ser bastante gente y no cabíamos en un coche). Eso te pasa hasta que la mitad de los amigos cumplen 16 años.
A esa edad en mi época te daban (literalmente) la licencia de ciclomotor. Esta licencia te permitía pilotar una máquina con la increíble cilindrada de 49 centímetros cúbicos, vamos, un poco mas grande que un mechero. En esos aparatos estaba prohibido subirse dos personas, es mas, en algunos modelos era hasta peligroso (en los vespinos) , pero todo el mundo subía a alguien de paquete así que con 16 años, en general la pandilla estaba motorizada, lo que te daba la libertad de hacer lo que quisieras.
La primera moto que cogí fue la Derbi Variant de mi hermana. Fuí bastantes de paquete (mi hermano tiene un año mas que yo) y alguna que otra vez la cogí aunque no tenía carnet ya que aún no había cumplido los 16 años. Pero ese mismo verano gripamos la moto. Como la pobre ya estaba bastante vieja, mi abuela (¡gracias yaya!) decidió regalarnos una moto nueva. Así que de la noche a la mañana pasamos a ser los afortunados propietarios de una Suzuki DR-Big 50. Esto ya era mas moto; seguía teniendo los mismo 49cc, pero venía con cambio de marchas (4 tenía), que te permitían moverte con mas soltura en unos pueblos que están en medio de la montaña y con unas ruedas de tacos con las que podías meterte por cualquier camino de tierra por muy mal que estuviera.
Porque esa era otra.Entre que era mas divertido ir por caminos de tierra y que normalmente íbamos dos en cada moto (hay que recordar que entonces eso era ilegal), muchas veces sin casco, y que nuestras motos estaban muy lejos de cumplir todas las normas, siempre que podíamos evitábamos meternos por carreteras principales, así que llegamos a aprendernos casi todos los caminos de la comarca. Es mas, si decidíamos ir a las fiestas de un pueblo en el que no habíamos estado nunca, nos pasábamos unos días investigando hasta encontrar la ruta menos peligrosa. Menos peligro de cruzarse con la policía, que peligro de caerse solía haber mucho mas. No tuvimos ningún accidente serio, pero mas de una vez nos fuimos al suelo con las consiguientes magulladuras. Eso por no hablar de cuando la moto decidía que ya había tenido bastante y no quería continuar el viaje. De todas las veces que se nos estropearon las motos, sin duda la mas dura fue una vez que volvíamos a casa por la vía minera. Ahora es una vía verde, y la han acondicionado, pero en nuestra época era el antiguo trazado de un ferrocarril que llevaba decadas en estado de total abandono. Pues en ese caminucho, la rueda trasera de nuestra querida moto tuvo la ocurrencia de reventar, así que nos encontramos a 6 kilómetros de casa, en un camino en el que no podían entrar los coches, empujando una moto con una rueda hecha polvo hasta encontrar una salida. Una vez lo logramos un amigo (por suerte no íbamos sólos) se fue a avisar a mi padre (en aquella época no existían los móviles) para que viniera a recogernos. Me parece que pasaron un par de horas desde el reventón hasta que llegamos a casa. También me acuerdo cuando en pleno Primado Reig (una avenida de cuatro carriles de las de mas tráfico de toda Valencia) se me soltó el tubo de escape. No se cayó porque lo sujetaba una parte del carenado, pero me tocó hacer 6 kilómetros a escape libre. Pero libre del de verdad, no del que se quejan los abuelos. Entre el ruido y la vibración que producía la moto pasar de 40 kilómetros por hora era una auténtica tortura, por no hablar que todo el mundo se te quedaba mirando. O aquella vez que se me rompió la empuñadura del acelerador por lo que no podía agarrar el cable y me tocó atar una moneda de cinco duros (de las que tenían agujero) por el cable y acelerar la moto a base de estirones de las veinticinco pesetas.
Pero no sólo de accidentes y averías vivíamos. Como éramos unos niñatos las cosas que nos pasaban encima de la moto no tenían desperdicio. Me acuerdo una vez que volviendo a casa después de estar casi toda la noche de fiesta, un amigo decidió que le apetecía comerse un melocotón. Así que sin dudarlo, paro la moto y fue a meterse en una huerta para coger la fruta, sin darse cuenta que entre el melocotonero y él había una acequia de medio metro de ancho, en la que evidentemente se cayó de culo. Otra vez, a otro amigo, cuando arrancábamos la moto para volver se le fundió la luz, por lo que la única solución que nos quedó fue irnos a la parada de un moro que estaba en las fiestas del pueblo, comprar una linterna y atarla a la moto, pero claro, eso alumbraba a dos metros de distancia como mucho. O aquella vez en que yendo yo de paquete, mi hermano paró la moto, se bajó corriendo (no se como lo hice pero no me caí y logré sujetar la moto) y se quitó la camiseta para que la avispa que tenía dentro no le picara mas que dos veces.
Además, a nuestros jóvenes y hormonados cuerpos, la velocidad que era capaz de alcanzar nuestra máquina siempre nos parecía poca. Por eso, intentábamos por todos los medios conseguir algo mas de velocidad punta. Para ello había diversos maneras, pero todas tenían en común algo, éramos nosotros mismos los que las hacíamos, ya fuera por ahorrarse la tarifa del taller o por el entretenimiento que suponía. Os puedo decir, que si ha habido alguna vez que he sido un entendido en mecánica fue con 17 años (por eso en la excavación era el único que podía poner en marcha el motopico, ¡será que no he trasteado motores de dos tiempos yo!) y eso que yo no era nadie comparado con algún amigo mío. Lo mejor de todo es que te metías en una espiral de cambios que no tenían fin. Empezabas por lo basico, cambiar los piñones de la moto para tener mas desarrollo y por tanto mas velocidad. Lo malo es que en un terreno montañoso y con 80 kilos de paquete detrás, cuando te tocaba ir hacia arriba la moto se quejaba bastante. Por lo que le cambiabas el tubo de escape: yashunis, tavis... había varias marcas y según lo que costaran te daban mejor o peor rendimiento, eso cuando no te dedicabas a hilar fino y te ponías un tubo que saliera por abajo, en vez de por arriba (es que dan mas potencia decíamos...). Pero claro, si tenías ese tubarro, que menos que el motor estuviera a ese nivel. Empezabas cambiando el carburador. Pasabas del 14 que venía de fábrica (el número son los milímetros de diametro del tubo por el que entra la gasolina al cilindro, por lo que a mas número mas gasolina quemas y mas fuerza tiene) a un 16, era lo mínimo, pero los muy chulos se iban a un 18, 21 o incluso un 24; y los sibaritas le cambiaban el chicle (una especie de goma que rodea el tubito y que regula el paso de gasolina) y claro, cuando tu le decías ¿sólo tienes un 16? pensabas que ibas a quedar como un rey, pero claro si te respondía si, pero es que le he cambiado el chicle te rompía en mil pedazos. El siguiente paso, después de cambiar el carburador era atacar al cilindro. Esto ya empezaba a ser peligroso; nosotros teníamos licencia para conducir motos de hasta 50 cc y nuestras motos pagaban impuestos por esa cilindrada, así que si cambiabas de cilindro y te paraba la poli te podía caer una buena. Por eso, sólo los mas valientes se atrevían. Lo normal era poner un cilindro de 65, que parece que no, pero ya se notaba y te dejaba atrás con facilidad si tú seguías con tus exiguos 49 cc. Pero había alguno que le metía uno de 80 cc que ya era una bomba. Eso era tan grande y la moto estaba tan poco preparada para esa potencia, que subirse a un trasto de esos hacía que te parecieras a un flan, del tembleque que te entraba, pero claro, el poseedor de semejante máquina era el triunfador en nuestro particular ránking de hombría. También estaba la solución de los cobardes, que fue la que utilicé yo. Se podía rectificar el cilindro (mas o menos es pulir el interior del cilindro para ganrantizar una buena explosión), lo que te proporcionaba un par de centímetros cúbicos extras, que no eran ninguna maravilla, pero que se notaban y te garantizaba que el aspecto exterior de tu cilindro fuera completamente legal.
Con todos estos trapicheos podías conseguir una máquina que alcanzara si problemas los 80-90 kilómetros por hora y si le subías de cilindro ya te ibas a los 100, un auténtico peligro. Porque además, en el caso de mis amigos, sus motos distaban mucho de ser la última avanzadilla de la técnica. Mas de uno de ellos había heredado la moto de algún familiar (tío, padre, hermano mayor), por lo que dábamos un poco el cante, ya que muchos conducían motos mas viejas que ellos. De las mas míticas fueron la Máquina de Voro, una Derbi tricampeona de 1970 totalmente modificada ( el chaval le cambió todo el motro, los amortiguadroes, medio cuadro...), el Vespino L de Raúl (pintado con ese naranja que se utiliza para que no se oxide el metal), la Puig de Gustavo o la Derbi Antorcha de José.
No lo voy a negar, aquella época fue de las mejores de mi vida. Cada fin de semana era una aventura y siempre pasaba algo emocionante. A veces vuelvo la vista atrás y siento algo de nostalgia de aquella época
¿me estaré haciendo mayor?

Esta no es exactamente mi moto, pero es lo mas parecido que he podido encontrar. Es una evolución de mi mítica Suzuki Dr-Big 50. La mía en vez de azul marino era negra (con el asiento amarillo, eso sí), el guardabarros delantero lo tenía pegado a la rueda y debajo del faro delantero le salía como una especie de pico de pato.
Aquí en Valencia hay mucha afición por las motos. No sólo es cuestión de clima, la gente lo vive de verdad. Es muy típico que el niñato maquinero se deje la pasta que gana poniendo tornillos en la fábrica en un pepino de como mínimo 600 centímetros cúbicos. Yo no llegué a tanto, pero si que me he pasado seis o siete años de mi vida con una moto, bueno, motico como dicen en el pueblo de mis padres, dónde me inicié en el mundo del motor. Si en Valencia capital hay afición a las motos en los pueblos no os lo podéis imaginar. Al ser pueblos pequeños no hay transporte público así que si te quieres mover de uno a otro no te queda mas remedio que ir andando (la de kilómetros que me he hecho a pata para ir a las fiestas), en bici (es mas cómodo que andar, pero volver a las tantas de la madrugada medio borracho pedaleando es un peligro) o a dedo (eso no lo he hecho nunca, no por miedo sino porque solíamos ser bastante gente y no cabíamos en un coche). Eso te pasa hasta que la mitad de los amigos cumplen 16 años.
A esa edad en mi época te daban (literalmente) la licencia de ciclomotor. Esta licencia te permitía pilotar una máquina con la increíble cilindrada de 49 centímetros cúbicos, vamos, un poco mas grande que un mechero. En esos aparatos estaba prohibido subirse dos personas, es mas, en algunos modelos era hasta peligroso (en los vespinos) , pero todo el mundo subía a alguien de paquete así que con 16 años, en general la pandilla estaba motorizada, lo que te daba la libertad de hacer lo que quisieras.
La primera moto que cogí fue la Derbi Variant de mi hermana. Fuí bastantes de paquete (mi hermano tiene un año mas que yo) y alguna que otra vez la cogí aunque no tenía carnet ya que aún no había cumplido los 16 años. Pero ese mismo verano gripamos la moto. Como la pobre ya estaba bastante vieja, mi abuela (¡gracias yaya!) decidió regalarnos una moto nueva. Así que de la noche a la mañana pasamos a ser los afortunados propietarios de una Suzuki DR-Big 50. Esto ya era mas moto; seguía teniendo los mismo 49cc, pero venía con cambio de marchas (4 tenía), que te permitían moverte con mas soltura en unos pueblos que están en medio de la montaña y con unas ruedas de tacos con las que podías meterte por cualquier camino de tierra por muy mal que estuviera.
Porque esa era otra.Entre que era mas divertido ir por caminos de tierra y que normalmente íbamos dos en cada moto (hay que recordar que entonces eso era ilegal), muchas veces sin casco, y que nuestras motos estaban muy lejos de cumplir todas las normas, siempre que podíamos evitábamos meternos por carreteras principales, así que llegamos a aprendernos casi todos los caminos de la comarca. Es mas, si decidíamos ir a las fiestas de un pueblo en el que no habíamos estado nunca, nos pasábamos unos días investigando hasta encontrar la ruta menos peligrosa. Menos peligro de cruzarse con la policía, que peligro de caerse solía haber mucho mas. No tuvimos ningún accidente serio, pero mas de una vez nos fuimos al suelo con las consiguientes magulladuras. Eso por no hablar de cuando la moto decidía que ya había tenido bastante y no quería continuar el viaje. De todas las veces que se nos estropearon las motos, sin duda la mas dura fue una vez que volvíamos a casa por la vía minera. Ahora es una vía verde, y la han acondicionado, pero en nuestra época era el antiguo trazado de un ferrocarril que llevaba decadas en estado de total abandono. Pues en ese caminucho, la rueda trasera de nuestra querida moto tuvo la ocurrencia de reventar, así que nos encontramos a 6 kilómetros de casa, en un camino en el que no podían entrar los coches, empujando una moto con una rueda hecha polvo hasta encontrar una salida. Una vez lo logramos un amigo (por suerte no íbamos sólos) se fue a avisar a mi padre (en aquella época no existían los móviles) para que viniera a recogernos. Me parece que pasaron un par de horas desde el reventón hasta que llegamos a casa. También me acuerdo cuando en pleno Primado Reig (una avenida de cuatro carriles de las de mas tráfico de toda Valencia) se me soltó el tubo de escape. No se cayó porque lo sujetaba una parte del carenado, pero me tocó hacer 6 kilómetros a escape libre. Pero libre del de verdad, no del que se quejan los abuelos. Entre el ruido y la vibración que producía la moto pasar de 40 kilómetros por hora era una auténtica tortura, por no hablar que todo el mundo se te quedaba mirando. O aquella vez que se me rompió la empuñadura del acelerador por lo que no podía agarrar el cable y me tocó atar una moneda de cinco duros (de las que tenían agujero) por el cable y acelerar la moto a base de estirones de las veinticinco pesetas.
Pero no sólo de accidentes y averías vivíamos. Como éramos unos niñatos las cosas que nos pasaban encima de la moto no tenían desperdicio. Me acuerdo una vez que volviendo a casa después de estar casi toda la noche de fiesta, un amigo decidió que le apetecía comerse un melocotón. Así que sin dudarlo, paro la moto y fue a meterse en una huerta para coger la fruta, sin darse cuenta que entre el melocotonero y él había una acequia de medio metro de ancho, en la que evidentemente se cayó de culo. Otra vez, a otro amigo, cuando arrancábamos la moto para volver se le fundió la luz, por lo que la única solución que nos quedó fue irnos a la parada de un moro que estaba en las fiestas del pueblo, comprar una linterna y atarla a la moto, pero claro, eso alumbraba a dos metros de distancia como mucho. O aquella vez en que yendo yo de paquete, mi hermano paró la moto, se bajó corriendo (no se como lo hice pero no me caí y logré sujetar la moto) y se quitó la camiseta para que la avispa que tenía dentro no le picara mas que dos veces.
Además, a nuestros jóvenes y hormonados cuerpos, la velocidad que era capaz de alcanzar nuestra máquina siempre nos parecía poca. Por eso, intentábamos por todos los medios conseguir algo mas de velocidad punta. Para ello había diversos maneras, pero todas tenían en común algo, éramos nosotros mismos los que las hacíamos, ya fuera por ahorrarse la tarifa del taller o por el entretenimiento que suponía. Os puedo decir, que si ha habido alguna vez que he sido un entendido en mecánica fue con 17 años (por eso en la excavación era el único que podía poner en marcha el motopico, ¡será que no he trasteado motores de dos tiempos yo!) y eso que yo no era nadie comparado con algún amigo mío. Lo mejor de todo es que te metías en una espiral de cambios que no tenían fin. Empezabas por lo basico, cambiar los piñones de la moto para tener mas desarrollo y por tanto mas velocidad. Lo malo es que en un terreno montañoso y con 80 kilos de paquete detrás, cuando te tocaba ir hacia arriba la moto se quejaba bastante. Por lo que le cambiabas el tubo de escape: yashunis, tavis... había varias marcas y según lo que costaran te daban mejor o peor rendimiento, eso cuando no te dedicabas a hilar fino y te ponías un tubo que saliera por abajo, en vez de por arriba (es que dan mas potencia decíamos...). Pero claro, si tenías ese tubarro, que menos que el motor estuviera a ese nivel. Empezabas cambiando el carburador. Pasabas del 14 que venía de fábrica (el número son los milímetros de diametro del tubo por el que entra la gasolina al cilindro, por lo que a mas número mas gasolina quemas y mas fuerza tiene) a un 16, era lo mínimo, pero los muy chulos se iban a un 18, 21 o incluso un 24; y los sibaritas le cambiaban el chicle (una especie de goma que rodea el tubito y que regula el paso de gasolina) y claro, cuando tu le decías ¿sólo tienes un 16? pensabas que ibas a quedar como un rey, pero claro si te respondía si, pero es que le he cambiado el chicle te rompía en mil pedazos. El siguiente paso, después de cambiar el carburador era atacar al cilindro. Esto ya empezaba a ser peligroso; nosotros teníamos licencia para conducir motos de hasta 50 cc y nuestras motos pagaban impuestos por esa cilindrada, así que si cambiabas de cilindro y te paraba la poli te podía caer una buena. Por eso, sólo los mas valientes se atrevían. Lo normal era poner un cilindro de 65, que parece que no, pero ya se notaba y te dejaba atrás con facilidad si tú seguías con tus exiguos 49 cc. Pero había alguno que le metía uno de 80 cc que ya era una bomba. Eso era tan grande y la moto estaba tan poco preparada para esa potencia, que subirse a un trasto de esos hacía que te parecieras a un flan, del tembleque que te entraba, pero claro, el poseedor de semejante máquina era el triunfador en nuestro particular ránking de hombría. También estaba la solución de los cobardes, que fue la que utilicé yo. Se podía rectificar el cilindro (mas o menos es pulir el interior del cilindro para ganrantizar una buena explosión), lo que te proporcionaba un par de centímetros cúbicos extras, que no eran ninguna maravilla, pero que se notaban y te garantizaba que el aspecto exterior de tu cilindro fuera completamente legal.
Con todos estos trapicheos podías conseguir una máquina que alcanzara si problemas los 80-90 kilómetros por hora y si le subías de cilindro ya te ibas a los 100, un auténtico peligro. Porque además, en el caso de mis amigos, sus motos distaban mucho de ser la última avanzadilla de la técnica. Mas de uno de ellos había heredado la moto de algún familiar (tío, padre, hermano mayor), por lo que dábamos un poco el cante, ya que muchos conducían motos mas viejas que ellos. De las mas míticas fueron la Máquina de Voro, una Derbi tricampeona de 1970 totalmente modificada ( el chaval le cambió todo el motro, los amortiguadroes, medio cuadro...), el Vespino L de Raúl (pintado con ese naranja que se utiliza para que no se oxide el metal), la Puig de Gustavo o la Derbi Antorcha de José.
No lo voy a negar, aquella época fue de las mejores de mi vida. Cada fin de semana era una aventura y siempre pasaba algo emocionante. A veces vuelvo la vista atrás y siento algo de nostalgia de aquella época
¿me estaré haciendo mayor?

Esta no es exactamente mi moto, pero es lo mas parecido que he podido encontrar. Es una evolución de mi mítica Suzuki Dr-Big 50. La mía en vez de azul marino era negra (con el asiento amarillo, eso sí), el guardabarros delantero lo tenía pegado a la rueda y debajo del faro delantero le salía como una especie de pico de pato.
Comentario:
Muy buena moto. Tengo un amigo que tuvo una igual a esta, y tiene un exelente andar en cualquier terreno.
Y te doy un consejo, si quieres un buen seguro para tu moto, entra en http://www.amv.es y entérate de lo que te hablo.
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