Ni siquiera MORALINAS (1)
No estar pendiente de ti. ¿No estar pendiente de ti?. ¿No estar pendiente de mí?, que no es lo mismo que preocuparme de mí. ¿O, sí?.
Alguien dijo, que la humildad es el olvido de un@ mismo@ y que hay grados de humildad. Sin hacer alarde de mi cultura religiosa, ya que hablamos de humildad, que no es mucha la que tengo, cultura digo, recojo las palabras de un padre de la iglesia que medía la humildad en tres grados:
La Humildad Suficiente: Someterse al mayor y no preferirse al igual.
La Humildad Abundante: Someterse al igual y no preferirse al menor.
Y la Humildad Sobreabundante: Someterse al menor.
“Quien tenga oídos para oír, que oiga” y que cada cual se aplique el cuento que mejor le vaya.
De momento habría que entender a qué se refiere cada grado. Ese ejercicio de reflexión y dialéctica lo pospongo para más adelante, cuando yo misma haya digerido tales exposiciones y encuentre una crítica argumentada del por qué la humildad es necesaria pero no imprescindible en nuestras relaciones humanas.
HUMILDAD y MODESTIA versus EGO y ORGULLO. Nos encontramos ante una disyuntiva importante; discutir sobre la humildad no puede hacerse separando ámbitos como los de la moralidad, sicología, religiosidad, sociología, antropología, etc... para sustentar la idea de su existencia, va a resultar complicado, si no imposible. Explicar nuestros comportamientos y actos encajándolos en una sola área podría resultar arriesgado y seguramente pobre, impreciso y sesgado. Aceptar, que nuestro Yo ,se ha de ajustar a un entorno social y personal que nos acepta o rechaza por nuestro grado de valía, no el económico, que ya es triste que lo tomen como patrón, sino , por el que edificamos día a día con nuestra aptitud, hasta que punto ¿anula nuestra personalidad natural en esencia?.
Asumir que los grados de querencia que uno tiene de sí y hacia los demás, son un elemento más para graduar la humildad o el orgullo que mostramos hacia el exterior y hacia nosotros mismos, comportando actitudes de integración, y normalización en esta sociedad tan compleja, ¿ limita nuestras acciones espontáneas, reduciendo posibilidades de acercamiento hacia nuestros iguales, por el hecho de ajustarnos a una buena socialización?. Quizá, no sea todo tan complicado, pero desde nuestra cultura judeocristiana, dónde estamos educados para sufrir más que para gozar; educados en la culpa y en el perdón al prójimo, más que en la tolerancia y en un egoísmo sano, la humildad se hace necesaria para reducir tensiones, nada positivas, por cierto; cuando la capa que se lanza al suelo para torear a la tortuosa envidia ; y aparecer como modesto ante situaciones de triunfo personal, otorgan al individuo una cierta aceptabilidad social.
Los defectos nos diferencian más que las virtudes, lo indigno prevalece a lo virtuoso. Al menos, es en lo que más se entretiene el personal, en la carnaza y la morbosidad. El humilde, creo, que a la larga se jacta del orgulloso porque tiene un as en la manga. Le sabe llevar, eso, ¿es hipocresía? , o como lo llaman otros “don de gentes” o “habilidades sociales”, que es un punto característico más de la autoestima y el autoconcepto.
Alguien dijo, que la humildad es el olvido de un@ mismo@ y que hay grados de humildad. Sin hacer alarde de mi cultura religiosa, ya que hablamos de humildad, que no es mucha la que tengo, cultura digo, recojo las palabras de un padre de la iglesia que medía la humildad en tres grados:
La Humildad Suficiente: Someterse al mayor y no preferirse al igual.
La Humildad Abundante: Someterse al igual y no preferirse al menor.
Y la Humildad Sobreabundante: Someterse al menor.
“Quien tenga oídos para oír, que oiga” y que cada cual se aplique el cuento que mejor le vaya.
De momento habría que entender a qué se refiere cada grado. Ese ejercicio de reflexión y dialéctica lo pospongo para más adelante, cuando yo misma haya digerido tales exposiciones y encuentre una crítica argumentada del por qué la humildad es necesaria pero no imprescindible en nuestras relaciones humanas.
HUMILDAD y MODESTIA versus EGO y ORGULLO. Nos encontramos ante una disyuntiva importante; discutir sobre la humildad no puede hacerse separando ámbitos como los de la moralidad, sicología, religiosidad, sociología, antropología, etc... para sustentar la idea de su existencia, va a resultar complicado, si no imposible. Explicar nuestros comportamientos y actos encajándolos en una sola área podría resultar arriesgado y seguramente pobre, impreciso y sesgado. Aceptar, que nuestro Yo ,se ha de ajustar a un entorno social y personal que nos acepta o rechaza por nuestro grado de valía, no el económico, que ya es triste que lo tomen como patrón, sino , por el que edificamos día a día con nuestra aptitud, hasta que punto ¿anula nuestra personalidad natural en esencia?.
Asumir que los grados de querencia que uno tiene de sí y hacia los demás, son un elemento más para graduar la humildad o el orgullo que mostramos hacia el exterior y hacia nosotros mismos, comportando actitudes de integración, y normalización en esta sociedad tan compleja, ¿ limita nuestras acciones espontáneas, reduciendo posibilidades de acercamiento hacia nuestros iguales, por el hecho de ajustarnos a una buena socialización?. Quizá, no sea todo tan complicado, pero desde nuestra cultura judeocristiana, dónde estamos educados para sufrir más que para gozar; educados en la culpa y en el perdón al prójimo, más que en la tolerancia y en un egoísmo sano, la humildad se hace necesaria para reducir tensiones, nada positivas, por cierto; cuando la capa que se lanza al suelo para torear a la tortuosa envidia ; y aparecer como modesto ante situaciones de triunfo personal, otorgan al individuo una cierta aceptabilidad social.
Los defectos nos diferencian más que las virtudes, lo indigno prevalece a lo virtuoso. Al menos, es en lo que más se entretiene el personal, en la carnaza y la morbosidad. El humilde, creo, que a la larga se jacta del orgulloso porque tiene un as en la manga. Le sabe llevar, eso, ¿es hipocresía? , o como lo llaman otros “don de gentes” o “habilidades sociales”, que es un punto característico más de la autoestima y el autoconcepto.





