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-¡Qué poco dura la felicidad!. ¡La mente es una mal nacida!. Cuánto más te propones estar en paz contigo misma más te acechan los recuerdos, que terminan jodiéndote la mañana. Pero, ¿qué coño le debo yo al cielo, para que me torture de esta manera?. ¡Con lo fácil que es vivir, disfrutar de las cosas que una ha conseguido y seguir luchando por las que quieres conseguir, rodeada por las personas amadas.
Este malestar generalizado, hasta físico, traducido en una dormidez de músculos y miembros que parecen estar fuera de mí y, aún así, se hacen tan presentes cuando quiero articularlos; se ríen y me desploman en una absurda nada, porque no me ocurre nada y, aún así, no levanto cabeza.-
Sophie está cansada. Sí, es esa la palabra. Cansada. La paciencia no es su mejor virtud, y el egocentrismo le sobrepasa.
-¿Cómo se sale de una misma?. ¿Cómo se mira la vida fuera de sí?-
Quererse agarrar a lo divino le resulta tan imposible; no puede. Y no será por los intentos que hace acompañándose de aquello que siempre le llenó el espíritu. Le hubiera gustado ser menos inteligente, más sencilla, no pensar tanto y tener una vida más gratificante, aunque fuera con lo justo para cubrir sus necesidades, pero gratificante. La carrera de fondo no termina nunca. La meta, ¿dónde demonios está?. Si es que la hay. Tanta desesperanza no es humana. Y tanta búsqueda agota el alma.
-¡Dios, la desesperanza que ingrata es, cuánto duele y des-identifica!, ni siquiera el amor le gana la batalla. ¡Cuánta grandeza tenemos y a la vez cuánta miseria! Nosotros mismos tenemos la clave de todo y encerramos nuestras posibilidades en la cárcel psicológica, guardamos la llave y ordenamos al vigilante que esté presto a cualquier movimiento extraño y apriete la cadena si intentamos huir.-
A Sophie se le encienden las alarmas volviéndose injusta, intolerante, no-humana. Sophie está desarraigada de la vida, que no termina por encontrar. Y la vida se le escapa.
-Me paso las manos por la cara una y otra vez, queriendo despertar. Esta mañana me he acojonado porque no sé como habré dormido pero mis manos no me respondían, las tenías dobladas hacia un lado, como muertas. ¡ Joder estaban muertas!. Mi cerebro las mandaba señales de moverse, retirar la sabana, y yo era incapaz de dominarlas. No es la primera vez que se me duermen las manos, es algo muy habitual por no decir que me ocurre a diario, pero esta vez, me he asustado, he llegado a pensar por un instante que durante la noche me había dado una parálisis, ahora intento que con un cosquilleo incesante, me corra sangre por mis dedos y mis muñecas dejen de estar agarrotadas .
Este calor me devora y me mata. La noche es interminable a veces. Sin embargo, no envidio a los que con aire acondicionado refrescan su cama, puesto que para mi garganta ese magnifico aparato se convierte en mi peor enemigo.-
Y ahora después de comprobar que el corazón sigue latiendo y que las hormonas no dejan de trabajar, recordándole que muy a su pesar continúa viva. Se sumerge en la rutina de cada día. ¡Bendita rutina!. Es lo único que da sentido a su vida.

Este malestar generalizado, hasta físico, traducido en una dormidez de músculos y miembros que parecen estar fuera de mí y, aún así, se hacen tan presentes cuando quiero articularlos; se ríen y me desploman en una absurda nada, porque no me ocurre nada y, aún así, no levanto cabeza.-
Sophie está cansada. Sí, es esa la palabra. Cansada. La paciencia no es su mejor virtud, y el egocentrismo le sobrepasa.
-¿Cómo se sale de una misma?. ¿Cómo se mira la vida fuera de sí?-
Quererse agarrar a lo divino le resulta tan imposible; no puede. Y no será por los intentos que hace acompañándose de aquello que siempre le llenó el espíritu. Le hubiera gustado ser menos inteligente, más sencilla, no pensar tanto y tener una vida más gratificante, aunque fuera con lo justo para cubrir sus necesidades, pero gratificante. La carrera de fondo no termina nunca. La meta, ¿dónde demonios está?. Si es que la hay. Tanta desesperanza no es humana. Y tanta búsqueda agota el alma.
-¡Dios, la desesperanza que ingrata es, cuánto duele y des-identifica!, ni siquiera el amor le gana la batalla. ¡Cuánta grandeza tenemos y a la vez cuánta miseria! Nosotros mismos tenemos la clave de todo y encerramos nuestras posibilidades en la cárcel psicológica, guardamos la llave y ordenamos al vigilante que esté presto a cualquier movimiento extraño y apriete la cadena si intentamos huir.-
A Sophie se le encienden las alarmas volviéndose injusta, intolerante, no-humana. Sophie está desarraigada de la vida, que no termina por encontrar. Y la vida se le escapa.
-Me paso las manos por la cara una y otra vez, queriendo despertar. Esta mañana me he acojonado porque no sé como habré dormido pero mis manos no me respondían, las tenías dobladas hacia un lado, como muertas. ¡ Joder estaban muertas!. Mi cerebro las mandaba señales de moverse, retirar la sabana, y yo era incapaz de dominarlas. No es la primera vez que se me duermen las manos, es algo muy habitual por no decir que me ocurre a diario, pero esta vez, me he asustado, he llegado a pensar por un instante que durante la noche me había dado una parálisis, ahora intento que con un cosquilleo incesante, me corra sangre por mis dedos y mis muñecas dejen de estar agarrotadas .
Este calor me devora y me mata. La noche es interminable a veces. Sin embargo, no envidio a los que con aire acondicionado refrescan su cama, puesto que para mi garganta ese magnifico aparato se convierte en mi peor enemigo.-
Y ahora después de comprobar que el corazón sigue latiendo y que las hormonas no dejan de trabajar, recordándole que muy a su pesar continúa viva. Se sumerge en la rutina de cada día. ¡Bendita rutina!. Es lo único que da sentido a su vida.






