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a l@s que nadie cuida
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Siempre en guardia.....vivir por ti y para ti.
 
CLAUSURA PARA ENCONTRAR LA PAZ (I)
Quise nacer de nuevo. Recuperarme a mí misma. Quise responder a “esas llamadas” imaginarias que me acompañaban en mi periplo estudiantil del internado. Quise olvidarme de ella, refugiando mi alma entre un obligado silencio y la oración. Oración que nunca repetí mientras duró mi encierro, pues en mí, surgían de forma espontánea cada día, cada hora, cada momento, nuevas oraciones que fervorosamente se convertían en monólogos, ya que me costaba tanto creer que alguien desde arriba me escuchara... ¡Qué sé yo, que me creía ser!, pero de mi mente bullía tanta ansia por encontrar un segundo de paz, sin que ella anidara en mis sesos, que aposté por encerrarme en clausura con la excusa de saber si yo le pertenecía a Él o si mi vida seguiría encadenada al cuerpo de ella. Alejarme de su recuerdo en espacios donde solamente se oyen tus pasos, donde se supone que el amor de Dios lo encuentras en cada esquina. Espacios sacros donde las palabras como virtud, muerte, tentación, soledad, silencio, dificultad, propósito, mortificación, perdón, encuentran su sentido cuando realizas las vísperas, o te levantas a maitines.
¡Cómo explicar lo que para todos es tan irracional!. Condenarte a desvivir del mundo, porque en las paredes del silencio, el mundo se difumina, toma otra forma, el mundo es tan etéreo como la esperanza de querer salvarlo con voces que repiten una plegaria tras otra por el bien de las almas. Yo no me acordaba del mundo, tan sólo de ella.
Sabiendo esperar, negándome a mí misma. No esperando nada de nadie. Abandonándome a Él, que como un amante, creí que me esperaba para acogerme entre su pecho.
Sentir, vivir la ausencia de “ese mundo”, dejar de sufrir por pasiones tan ocultas y empezar a vivir fuera de mí. Creyendo que la humildad nacía de una misma y equivocadamente descubrir que hay que trabajarla. La pobreza de espíritu, el abandono, el sentir el abrazo del Cristo que vas a buscar. Sentir... no dejo de mencionar esa palabra y ¡cuánta contradicción!, si el meollo de la trama es no perder el tiempo en tu corazón.
Yo era demasiado joven cuando en mis manos cayeron obras de autores cistercienses, obras en las que se exclamaba sin pudor:” ¡Jesús mío, que bien se vive sufriendo a tu lado aquí en la vida oculta del monasterio!..!Qué lástima me da de los del mundo!.”
Yo era demasiado joven y me creí que el sufrimiento engendraba placer y que la felicidad había que ganarla a golpe de dolor de pecho, lágrima y sacrificio. Y ahora... ¿Qué aprendí de todo eso?.
¡Oh, mi Dios!. Si de existir, alguna vez acaso me escuchaste, entre el mar de lágrimas que por ella derroché día y noche, solamente de una cosa me he de arrepentir. No de haber lanzado al cielo plegarias, ni perdones, no de haberla querido y haberte por ella pedido su bienestar. Si algo me reconcome, es pensar que todo ese tiempo hubiera sido perdido en el afán de haberme creído consolada, acompañada por un ente imaginario en el que centralizaba mi suerte, mi vida y mi devenir.
Entré en clausura buscando, para variar, equilibrio emocional.
Qué fácil es rezar, qué difícil creer, qué imposible alcanzar la fé. La vida es una cortina de humo que pone en tu camino horizontes pequeños y limitados, en los que somos menos que nada, deslizándonos como una sombra con el fín de alcanzar, ¿que?, ¿la felicidad?.
Yo encontré algo más que paz, en mi refugio. Llegué huyendo del amor y con una bella mujer, amiga mía, me reencontré.!Qué ironía!. Ni en un convento mi fuego podía sostener...La tentación me era servida. Ahora mi alma se enfrentaba a su implacable rival, mi cuerpo. ¿Qué podía hacer?.
Tragué saliva, cogí aire y me sumergí en lecturas y oscuridad, alejando de mí los pensamientos libidinosos, ya que mi amiga también “entendía” y su opción de entregar su vida a Dios fue consecuencia de estas pasiones “mal entendidas”, por nuestro mundo.
¡Qué desgracia la mía!. Me alejaba del deseo y de la cadena que el sexo me producía, y este Dios me lo vino a poner en su hogar en bandeja.
No