MALOS TIEMPOS PARA INFORMAR
Miércoles, 10 Marzo 2010 / 19:51
Enlace Permanente
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El camino que un periodista debe recorrer para convertirse en un profesional de la comunicación es, por norma general, largo y duro. Años de estudios, practicas poco o nada remuneradas, intensas jornadas de trabajo y la frustración de entregar hasta el pellejo y obtener como recompensa un contrato a tiempo parcial o como autónomo, por el que trabajas “más que un sereno”.Y en esos casos hay que estar agradecido.
Es algo incomprensible, lo sé. De hecho, mi madre nunca ha llegado a comprenderlo y siempre me animaba a dedicarme a algo “que realmente de dinero”. Es entonces cuando yo la siento en el sofá negro de piel del salón y comienzo a explicarle que siente un periodista.
Le explico que nos gusta ser los primeros en saber las cosas, en manejar la información, elaborarla y transmitirla, incluso a pesar de que algunas veces, como en el caso de Zachery Kouwe y Jayson Blair, cometamos el error del plagio y demos rienda suelta a la inventiva, debido en gran medida a la presión que nos rodea.
Le cuento que nos gusta ser vigilantes de la libertad y mantener a raya a aquellos que oprimen el mundo, aunque haya países donde, a veces, nos ganemos unos azotes, como la sudanesa Lubna Husein, o donde incluso se nos encarcele, como al tunecino Taoufik Ben Brik. Ella me replica que soy un idealista y que no se me ocurra irme a la guerra, que ella no ha criado un hijo para que lo maten. Que ella no quiere que yo sea otro José Couso, otro Julio Anguita Parrado, muerto de forma injusta en acto de servicio.
De pronto me mira con diligencia y me invita a opositar para el estado, a lo que yo respondo que los medios públicos no están mejor que los privados. Argumento que con el descenso de la publicidad muchos medios andan medio moribundos o, como en el caso de las televisiones nacionales o autonómicas, se están empezando a convertir en meros postes de emisión, donde las productoras se hacen con el control jugando a ser lo que son, empresas más rentables en un mundo de apariencias.
Mi madre empieza a sentirse acorralada y, en un acto desesperado, se saca un as de la manga. O eso cree. “Tal vez sea mejor el camino de la formación”, exclama triunfante, para insistir en que doctorarme puede ser la panacea que necesito para ganar dinero sin “partirme el lomo”. Yo la miro, cada vez más divertido y aniquilo su argumento bajo la premisa de que, por mucho que yo enseñe, la situación del periodista no cambiaría mucho. En ese momento le muestro las sentencias que condenan a los periodistas cuando no revelan una fuente, como a Antonio Rubio, compañero de “El Mundo”, o la casi condena de la periodista del “New York Times” Judith Miller, o incluso las multas que se nos imponen por publicar la información en Internet, que al parecer no es un medio de comunicación al uso.
A estas alturas mi madre esta desesperada y aterrada. No comprende. No entiende como su hijo puede amar tanto una profesión que da más disgustos que alegrías, pero durante toda la conversación no ha dejado de mirarme y de ver el brillo de mis ojos cuando hablo de mi trabajo. En ese momento desiste de su intento de convencerme para que me dedique a otra cosa, me abraza y acaba susurrando en mi oído que tenga paciencia, que todo cambia, que todo llega y que, tal vez, solo sean malos tiempos para informar.
Es algo incomprensible, lo sé. De hecho, mi madre nunca ha llegado a comprenderlo y siempre me animaba a dedicarme a algo “que realmente de dinero”. Es entonces cuando yo la siento en el sofá negro de piel del salón y comienzo a explicarle que siente un periodista.
Le explico que nos gusta ser los primeros en saber las cosas, en manejar la información, elaborarla y transmitirla, incluso a pesar de que algunas veces, como en el caso de Zachery Kouwe y Jayson Blair, cometamos el error del plagio y demos rienda suelta a la inventiva, debido en gran medida a la presión que nos rodea.
Le cuento que nos gusta ser vigilantes de la libertad y mantener a raya a aquellos que oprimen el mundo, aunque haya países donde, a veces, nos ganemos unos azotes, como la sudanesa Lubna Husein, o donde incluso se nos encarcele, como al tunecino Taoufik Ben Brik. Ella me replica que soy un idealista y que no se me ocurra irme a la guerra, que ella no ha criado un hijo para que lo maten. Que ella no quiere que yo sea otro José Couso, otro Julio Anguita Parrado, muerto de forma injusta en acto de servicio.
De pronto me mira con diligencia y me invita a opositar para el estado, a lo que yo respondo que los medios públicos no están mejor que los privados. Argumento que con el descenso de la publicidad muchos medios andan medio moribundos o, como en el caso de las televisiones nacionales o autonómicas, se están empezando a convertir en meros postes de emisión, donde las productoras se hacen con el control jugando a ser lo que son, empresas más rentables en un mundo de apariencias.
Mi madre empieza a sentirse acorralada y, en un acto desesperado, se saca un as de la manga. O eso cree. “Tal vez sea mejor el camino de la formación”, exclama triunfante, para insistir en que doctorarme puede ser la panacea que necesito para ganar dinero sin “partirme el lomo”. Yo la miro, cada vez más divertido y aniquilo su argumento bajo la premisa de que, por mucho que yo enseñe, la situación del periodista no cambiaría mucho. En ese momento le muestro las sentencias que condenan a los periodistas cuando no revelan una fuente, como a Antonio Rubio, compañero de “El Mundo”, o la casi condena de la periodista del “New York Times” Judith Miller, o incluso las multas que se nos imponen por publicar la información en Internet, que al parecer no es un medio de comunicación al uso.
A estas alturas mi madre esta desesperada y aterrada. No comprende. No entiende como su hijo puede amar tanto una profesión que da más disgustos que alegrías, pero durante toda la conversación no ha dejado de mirarme y de ver el brillo de mis ojos cuando hablo de mi trabajo. En ese momento desiste de su intento de convencerme para que me dedique a otra cosa, me abraza y acaba susurrando en mi oído que tenga paciencia, que todo cambia, que todo llega y que, tal vez, solo sean malos tiempos para informar.





