Mi casita de paja
Martes, 29 Noviembre 2005 / 18:09
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Parece que mi vida cada día corre un poco más. Y es que este ritmo de trabajo nos quema a todos. Hoy estuve leyendo un antiguo texto de Nepomuck y ha desencadenado que yo, domingo por la noche, harto de trabajar y muy muy cansado, pare un momentito mi vida y mire a mi alrededor, pero no con los ojos de siempre, no con los ojos del estudiante preocupado por Diciembre, que se acera imparable, no con los ojos de trabajador que cuenta los días hasta fin de mes, sino con los ojos del hombre , que forjó su casa con paja y al que cientos de corazones protegen, día a día, para que el viento no la desmorone.
Poco a poco voy entendiendo lo que es dedicar el tiempo. Querer saber de una persona, extrañar su olor, su risa y sobretodo su cariño. Poco a poco entiendo lo que es amistad, al igual que poco a poco empiezo a valorar esos pequeños momentos que marcan la vida y la hacen un poco más llevadera. No se si será la navidad, que ya se aproxima, no se si será el invierno, pero quiero decir, a todos los que sostienen mi casita de paja, que los quiero mucho y que aunque no sepan de mi, o sepan poco, estaré y estoy para lo que quieran.
Hoy quiero que todos sepan que siento y que quiero, que abrazo de corazón y que si lloro, lo hago de alegría, que mi casa tiene muchas puertas, tantas como ilusiones la habitan, tantas como propuestas cumplidas, tantas como ilusiones rotas, tantas, que seria imposible cerrarlas. Para ellos, que siempre están ahí, para ellos que nunca me fallan, ni prostituyen mi tiempo, ni exigen mi afecto. Para todos ellos, dedico hoy mi mejor sonrisa, la más sentida, la más sincera y un sencillo te quiero, que sale de mi alma desnuda. Ojala todos pudieran sentir lo que siento, sentir como yo, esta dicha, porque no me cabe duda de que todo seria más sencillo.
Gracias por todo lo dado, gracias por todo lo escondido y doblemente gracias por estar a mi lado. Sinceramente, soy tan vuestro, como vosotros míos.
Un abrazo enorme desde el fondo del océano
PD: ¡Que bonita es la vida, cuando te aciertan la banda sonora!
Poco a poco voy entendiendo lo que es dedicar el tiempo. Querer saber de una persona, extrañar su olor, su risa y sobretodo su cariño. Poco a poco entiendo lo que es amistad, al igual que poco a poco empiezo a valorar esos pequeños momentos que marcan la vida y la hacen un poco más llevadera. No se si será la navidad, que ya se aproxima, no se si será el invierno, pero quiero decir, a todos los que sostienen mi casita de paja, que los quiero mucho y que aunque no sepan de mi, o sepan poco, estaré y estoy para lo que quieran.
Hoy quiero que todos sepan que siento y que quiero, que abrazo de corazón y que si lloro, lo hago de alegría, que mi casa tiene muchas puertas, tantas como ilusiones la habitan, tantas como propuestas cumplidas, tantas como ilusiones rotas, tantas, que seria imposible cerrarlas. Para ellos, que siempre están ahí, para ellos que nunca me fallan, ni prostituyen mi tiempo, ni exigen mi afecto. Para todos ellos, dedico hoy mi mejor sonrisa, la más sentida, la más sincera y un sencillo te quiero, que sale de mi alma desnuda. Ojala todos pudieran sentir lo que siento, sentir como yo, esta dicha, porque no me cabe duda de que todo seria más sencillo.
Gracias por todo lo dado, gracias por todo lo escondido y doblemente gracias por estar a mi lado. Sinceramente, soy tan vuestro, como vosotros míos.
Un abrazo enorme desde el fondo del océano
PD: ¡Que bonita es la vida, cuando te aciertan la banda sonora!
El pequeño Buda
Viernes, 18 Noviembre 2005 / 20:08
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- Cuanto queda para el pedido de la 11!! Me están mirando con una mala cara que no veas! -Digo yo, todo agobiado, apunto de que me de un ataque –
- Un paquistaní, dos noches locuelas, dos gofres de chocolate y un crep con caramelo, listo para llevar, chico. – Me comenta mi compañera, tranquila como nadie, vamos, como si no fuera domingo por la tarde y la tetería no estuviera a reventar – De paso, limpia la mesa cuatro, recoge la seis, da la carta a la dos y pregunta a la veinte que le falta.
Pues así estamos chicos, trabajando en una tetería los fines de semana, porque me quiero permitir unos cuantos caprichitos. No significa que no tenga suficiente con lo que me dan mis queridos padres, ni que se hallan enfadado conmigo y me cortasen el grifo, pero necesito empezar a valerme por mí mismo, sentirme un poquito útil en mi casa, que las cosas no están para que el nenico despilfarre el dinero de Pa y Ma y se conceda caprichos, con los que no llega a fin de mes. Mis padres, a todo esto, no están precisamente de acuerdo con mi modus operandi, pero bueno, tendrán que claudicar.
Hace tiempo que me planteé la posibilidad de trabajar los fines de semana, siempre y cuando no fuera algo demasiado cargante para mis estudios o mi vida privada. Pues bien, tengo demostrado que no afecta a los estudios, si me aplico entre semana y que en cuanto a la vida social, la anula definitivamente. No es que necesite juerga todos los fines de semana, pero cuando estas puteado de Lunes a Viernes, lo que menos te agrada es que, este mismo Viernes, tengas que trabajar y aguantar al personal. El trabajillo no está mal, pero no sabía que era tan complicado lidiar con la gente.
La tetería es bonita, pequeña y con un inconfundible aroma a té verde. Aunque no tiene demasiados detalles, e incluso no está terminada, sabe esconder sus defectos bajo preciosos tapices de carácter moruno. La música está bastante bien, aunque a veces se me mete en la cabeza y sueño con el mismísimo Dalay Lama. Aunque si tengo que destacar algo de la tetería, son los compañeros. Esta gente es incansable, generosa, positiva y muy muy competente. Cada uno es de un lado del mundo: Cuba, Málaga, Puerto Rico, Túnez, Ceuta, Marruecos, Madrid, etc. Parecemos la ONU sirviendo tes!!
Nunca me imagine pasar por aquí. Nunca pensé que tendría que posponer un poquito mis planes de trabajar en lo mío, para dedicarme a servir a la gente, pero al fin y al cabo, todos pasamos por lo mismo. No me quita demasiadas horas, pero la verdad es que la falta de costumbre hace mella en mí. Eso sí, he aprendido a sostener la sonrisa durante 8 horas, que aunque parezca una tontería, cuando te dejan la mesa llena de todo lo habido y por haber en este mundo, te acuerdas de la familia más próxima de los que se sentaron en ella. No pagan mal, espero sacar buen partido de la experiencia.
- ¡¡Chico, deja de vagar por tu mundo y atiene las mesas!! – Me grita mi compañera de trabajo, esta vez sensiblemente más agobiada.
Ainss, ¿¿que remedio me queda?? Ya os iré informando de mi nuevo trabajo, aunque me surge una pregunta tonta: ¿Ahora soy el periodista-camarero? , ¿El camarero-aficionado?, ¿El Periodista-tetero? Ainsss…..
Besos rápidos desde el fondo del océano, que viene genteeeeeeee
- Un paquistaní, dos noches locuelas, dos gofres de chocolate y un crep con caramelo, listo para llevar, chico. – Me comenta mi compañera, tranquila como nadie, vamos, como si no fuera domingo por la tarde y la tetería no estuviera a reventar – De paso, limpia la mesa cuatro, recoge la seis, da la carta a la dos y pregunta a la veinte que le falta.
Pues así estamos chicos, trabajando en una tetería los fines de semana, porque me quiero permitir unos cuantos caprichitos. No significa que no tenga suficiente con lo que me dan mis queridos padres, ni que se hallan enfadado conmigo y me cortasen el grifo, pero necesito empezar a valerme por mí mismo, sentirme un poquito útil en mi casa, que las cosas no están para que el nenico despilfarre el dinero de Pa y Ma y se conceda caprichos, con los que no llega a fin de mes. Mis padres, a todo esto, no están precisamente de acuerdo con mi modus operandi, pero bueno, tendrán que claudicar.
Hace tiempo que me planteé la posibilidad de trabajar los fines de semana, siempre y cuando no fuera algo demasiado cargante para mis estudios o mi vida privada. Pues bien, tengo demostrado que no afecta a los estudios, si me aplico entre semana y que en cuanto a la vida social, la anula definitivamente. No es que necesite juerga todos los fines de semana, pero cuando estas puteado de Lunes a Viernes, lo que menos te agrada es que, este mismo Viernes, tengas que trabajar y aguantar al personal. El trabajillo no está mal, pero no sabía que era tan complicado lidiar con la gente.
La tetería es bonita, pequeña y con un inconfundible aroma a té verde. Aunque no tiene demasiados detalles, e incluso no está terminada, sabe esconder sus defectos bajo preciosos tapices de carácter moruno. La música está bastante bien, aunque a veces se me mete en la cabeza y sueño con el mismísimo Dalay Lama. Aunque si tengo que destacar algo de la tetería, son los compañeros. Esta gente es incansable, generosa, positiva y muy muy competente. Cada uno es de un lado del mundo: Cuba, Málaga, Puerto Rico, Túnez, Ceuta, Marruecos, Madrid, etc. Parecemos la ONU sirviendo tes!!
Nunca me imagine pasar por aquí. Nunca pensé que tendría que posponer un poquito mis planes de trabajar en lo mío, para dedicarme a servir a la gente, pero al fin y al cabo, todos pasamos por lo mismo. No me quita demasiadas horas, pero la verdad es que la falta de costumbre hace mella en mí. Eso sí, he aprendido a sostener la sonrisa durante 8 horas, que aunque parezca una tontería, cuando te dejan la mesa llena de todo lo habido y por haber en este mundo, te acuerdas de la familia más próxima de los que se sentaron en ella. No pagan mal, espero sacar buen partido de la experiencia.
- ¡¡Chico, deja de vagar por tu mundo y atiene las mesas!! – Me grita mi compañera de trabajo, esta vez sensiblemente más agobiada.
Ainss, ¿¿que remedio me queda?? Ya os iré informando de mi nuevo trabajo, aunque me surge una pregunta tonta: ¿Ahora soy el periodista-camarero? , ¿El camarero-aficionado?, ¿El Periodista-tetero? Ainsss…..
Besos rápidos desde el fondo del océano, que viene genteeeeeeee
Viraje a Babor
Miércoles, 9 Noviembre 2005 / 17:08
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VIRAJE A BABOR
Y ahí estaba yo, a los mandos de mi pequeño Nautilus, surcando el fondo del océano, cual capitán Nemo. Mi estancamiento de estos meses empezaba a ser aplastante y puesto que no puedo luchar contra el otoño, he decidido unirme a él. Después de pensarme mucho el destino a tomar durante el puente y tras barajar todas mis cartas de navegación decidí seguir mis benditos impulsos y surcar a lo largo y ancho este mar llamado vida en el que estoy inmerso.
Ya haciendo la maleta me di cuenta de los inconvenientes de no planear un viaje. La pregunta era obvia: ¿Qué llevo conmigo? Doblé como pude mi conciencia y la hundí en el fondo de la maleta, opté por cubrirla con mis instintos, encima de los cuales dejé suavemente mi corazón, tan rojo y vivo que más bien parecía una sana fresa recién cogida y, para que no sufriera daño, lo envolví con el manto de mis ilusiones. Costó un poco cerrar la maleta, pero me ayudé de una gran sonrisa, de esas que se te dibujan en la cara cuando no te cabe el alma en el cuerpo. Facturé mi maleta en el puerto, aunque tuve que discutir con la chica para que pusiera en la etiqueta “destino incierto”.
Calenté motores, encendí el navegador de a bordo y, marcando una ruta cualquiera, decidí fumarme un cigarrillo, mientras miraba el paisaje. De fondo, chambao. El océano tranquilo, el cielo despejado y un precioso atardecer, que más bien parecía de verano para la fecha, se fundían ante mis ojos. Pronto se hizo de noche y yo, aunque no temo demasiado al frío, decidí buscar el calor del hogar. Mis padres estuvieron encantados de compartir mesa y mantel con su hijo, una conversación relajada, amenizada por risas, suspiros y gestos de cariño. Se hizo tarde, así que decidí quedarme a pasar la noche. Por cierto, nada puede ser mejor que caminar descalzo por mi antigua habitación.
Amaneció temprano y tras un copioso desayuno, cortesía de mi querida madre, decidí retomar mi viaje hacia destino incierto. Mientras encendía motores y mi navegador se peleaba conmigo por la falta de concreción en las coordenadas, me decidí por recorrer esos fondos ya olvidados que tan bien me hicieron sentir en el pasado. Así mis pasos me condujeron, oyendo peces de ciudad de Ana Belén, hacia cuevas tranquilas, remansos de paz remodelados e incluso llegué a perderme entre tanto arrecife de coral desconocido. No puedo negar que fue reconfortante.
Justo en el ecuador de mi viaje recibí un mensaje en el navegador. Para mi sorpresa era mi escritora preferida, esa que con ropa o sin ella siempre te atraviesa el alma con sabias palabras. Me encantó la charla, aunque si es verdad que hubo un punto en el que parecíamos dos abuelas, en una mesa camilla, haciendo calceta.
Sin darme cuenta, descubrí que estaba a la deriva y que me hallaba en un puerto nuevo, desconocido, misterioso pero agradable y que desprendía un calor muy familiar para mí. Era el calor del deseo. Al salir del submarino, el regente del puerto me dio una calurosa bienvenida y yo, incrédulo, pregunté el por qué del alboroto ante un extraño sin importancia. Resultó que el puerto, al igual que el corazón del regente, tenían dueño, pero debido a su juventud tenia muy descuidadas sus obligaciones. Dos tardes pasé conversando con el regente, que resultó ser un viejo marino que muchas veces embarcó, muchas naufragó y desde hace un tiempo dispuso ser regente del puerto de nadie. Esas dos tardes fueron preciosas y muy productivas y a la hora de la despedida, un gran abrazo y la promesa del marino de buscar mi puerto y, con mi permiso, tal vez, quedarse un tiempo.
Apurando ya los últimos días de mi odisea por tierras desconocidas recibí otro mensaje. Esta vez era un recién convertido amigo que preguntaba por la salud. No puedo negar que me sacó una gran sonrisa y puestos a reír, le dediqué un ratito de mi tiempo, pues considero que los momentos agradables no se pueden rechazar.
Ya de vuelta y realmente cansado, encontré un ultimo mensaje en el navegador de a bordo. Este era francamente desconcertante, puesto que eran unas coordenadas desconocidas para mí y puesto a descubrir nuevos horizontes, decidí seguirlas. Las latitudes propuestas en el mensaje, aunque desconocidas, estaban rematadas con una atrayente firma, la firma de mi recién adquirido psicoanalista, que me abrió las puertas de una pequeña cafetería muy bien ambientada, las puertas de su corazón y de su bellísima casa. Entre el desconcierto se abrió un haz de luz que traspasó mis sentidos y me inundó de felicidad. Tanto fue lo sentido que ni siquiera fui capaz de articular palabra y eso, en mí, es todo un logro.
Visto lo visto decidí retornar a casa, pero no puedo negar que mis ojos, en un pasado llenos de lágrimas, volvían con los colores vivos que le da la aurora al amanecer. Parece que este viaje a la deriva nada tuvo de perdida, incluso me atrevería a decir que ayudo al encuentro conmigo mismo. Y en estos casos, solo puedo dar las gracias.
Besos y abrazos desde el fondo del océano.
Pd: perdón por mi ausencia, pero he tenido problemitas con telefónica
Y ahí estaba yo, a los mandos de mi pequeño Nautilus, surcando el fondo del océano, cual capitán Nemo. Mi estancamiento de estos meses empezaba a ser aplastante y puesto que no puedo luchar contra el otoño, he decidido unirme a él. Después de pensarme mucho el destino a tomar durante el puente y tras barajar todas mis cartas de navegación decidí seguir mis benditos impulsos y surcar a lo largo y ancho este mar llamado vida en el que estoy inmerso.
Ya haciendo la maleta me di cuenta de los inconvenientes de no planear un viaje. La pregunta era obvia: ¿Qué llevo conmigo? Doblé como pude mi conciencia y la hundí en el fondo de la maleta, opté por cubrirla con mis instintos, encima de los cuales dejé suavemente mi corazón, tan rojo y vivo que más bien parecía una sana fresa recién cogida y, para que no sufriera daño, lo envolví con el manto de mis ilusiones. Costó un poco cerrar la maleta, pero me ayudé de una gran sonrisa, de esas que se te dibujan en la cara cuando no te cabe el alma en el cuerpo. Facturé mi maleta en el puerto, aunque tuve que discutir con la chica para que pusiera en la etiqueta “destino incierto”.
Calenté motores, encendí el navegador de a bordo y, marcando una ruta cualquiera, decidí fumarme un cigarrillo, mientras miraba el paisaje. De fondo, chambao. El océano tranquilo, el cielo despejado y un precioso atardecer, que más bien parecía de verano para la fecha, se fundían ante mis ojos. Pronto se hizo de noche y yo, aunque no temo demasiado al frío, decidí buscar el calor del hogar. Mis padres estuvieron encantados de compartir mesa y mantel con su hijo, una conversación relajada, amenizada por risas, suspiros y gestos de cariño. Se hizo tarde, así que decidí quedarme a pasar la noche. Por cierto, nada puede ser mejor que caminar descalzo por mi antigua habitación.
Amaneció temprano y tras un copioso desayuno, cortesía de mi querida madre, decidí retomar mi viaje hacia destino incierto. Mientras encendía motores y mi navegador se peleaba conmigo por la falta de concreción en las coordenadas, me decidí por recorrer esos fondos ya olvidados que tan bien me hicieron sentir en el pasado. Así mis pasos me condujeron, oyendo peces de ciudad de Ana Belén, hacia cuevas tranquilas, remansos de paz remodelados e incluso llegué a perderme entre tanto arrecife de coral desconocido. No puedo negar que fue reconfortante.
Justo en el ecuador de mi viaje recibí un mensaje en el navegador. Para mi sorpresa era mi escritora preferida, esa que con ropa o sin ella siempre te atraviesa el alma con sabias palabras. Me encantó la charla, aunque si es verdad que hubo un punto en el que parecíamos dos abuelas, en una mesa camilla, haciendo calceta.
Sin darme cuenta, descubrí que estaba a la deriva y que me hallaba en un puerto nuevo, desconocido, misterioso pero agradable y que desprendía un calor muy familiar para mí. Era el calor del deseo. Al salir del submarino, el regente del puerto me dio una calurosa bienvenida y yo, incrédulo, pregunté el por qué del alboroto ante un extraño sin importancia. Resultó que el puerto, al igual que el corazón del regente, tenían dueño, pero debido a su juventud tenia muy descuidadas sus obligaciones. Dos tardes pasé conversando con el regente, que resultó ser un viejo marino que muchas veces embarcó, muchas naufragó y desde hace un tiempo dispuso ser regente del puerto de nadie. Esas dos tardes fueron preciosas y muy productivas y a la hora de la despedida, un gran abrazo y la promesa del marino de buscar mi puerto y, con mi permiso, tal vez, quedarse un tiempo.
Apurando ya los últimos días de mi odisea por tierras desconocidas recibí otro mensaje. Esta vez era un recién convertido amigo que preguntaba por la salud. No puedo negar que me sacó una gran sonrisa y puestos a reír, le dediqué un ratito de mi tiempo, pues considero que los momentos agradables no se pueden rechazar.
Ya de vuelta y realmente cansado, encontré un ultimo mensaje en el navegador de a bordo. Este era francamente desconcertante, puesto que eran unas coordenadas desconocidas para mí y puesto a descubrir nuevos horizontes, decidí seguirlas. Las latitudes propuestas en el mensaje, aunque desconocidas, estaban rematadas con una atrayente firma, la firma de mi recién adquirido psicoanalista, que me abrió las puertas de una pequeña cafetería muy bien ambientada, las puertas de su corazón y de su bellísima casa. Entre el desconcierto se abrió un haz de luz que traspasó mis sentidos y me inundó de felicidad. Tanto fue lo sentido que ni siquiera fui capaz de articular palabra y eso, en mí, es todo un logro.
Visto lo visto decidí retornar a casa, pero no puedo negar que mis ojos, en un pasado llenos de lágrimas, volvían con los colores vivos que le da la aurora al amanecer. Parece que este viaje a la deriva nada tuvo de perdida, incluso me atrevería a decir que ayudo al encuentro conmigo mismo. Y en estos casos, solo puedo dar las gracias.
Besos y abrazos desde el fondo del océano.
Pd: perdón por mi ausencia, pero he tenido problemitas con telefónica