A la vuelta de la esquina
Nos acostumbramos a perder ante el gigante. O al menos a ser una oveja más del rebaño de polifemo. El proceso de disonancia cognitiva entra en funcionamiento, y nuestras neuronas se reordenan en busca de una realidad soportable...¡Toma Matrix!
En plata: Es mucho más fácil autoconvencernos de que podíamos haber triunfado, pero que elegimos no hacerlo. "Podía haber aceptado ese empleo en el extranjero, pero claro, la familia...". "Si no hubiera sido por esa lesión...". "Tenía talento para esto, pero quién tiene tiempo, los estudios, los amigos...". Y así poco a poco creamos un entorno que nos nos hace enfrentarnos cada día a nuestras derrotas. Salvo en la hora de los fantasmas, claro está. Si hombre, ese momento entre la vigilia y el sueño en el que nuestros temores, enemigos, cadaveres abandonados y frustraciones vienen a visitarnos.
Hoy os entrego dos armas. La primera es el amor a la derrota. Curiosamente, de entre los millonarios mas ricos del planeta muchos de ellos se han arruinado al menos un par de veces durante su carrera (que se lo pregunten a Donald Trump). Pero nos vemos bombardeados con el tan americano arquetipo de los ganadores y los perdedores, y asumimos que el que trinufa lo hará siempre y el que pierde ya puede ir buscándose un sucio antro de carretera en el que llorar sus penas hasta el fin de los días. Pues no.
Y la segunda es el amor al triunfo. Siempre hay tiempo aun para triunfar. Mozart era un genio a los nueve. Orson Welles dirigió Ciudadano Kane con 26 años. Arthur Miller empezó a triunfar después de cumplir los treinta. Chiquito de la Calzada no alcanzó la inmortalidad hasta la sesentena. Kafka y Van Gohg no se comieron un rosco hasta después de muertos.
Pos eso. A darle duro.
PD: Más sobre la disonancia cognitiva en próximos artículos. Curioso fenómeno este, pardiez...





