Ya está aquí, ya llegó, otro artículo de ridícula autocompasión del becario reprimido. Con todos ustedes el desarrollador básico que causa furor en la Internés, el más envidiado entre los envidiados, y más erótico que las bragas húmedas de Jessica Alba... el único e inigualable master of the petisos carambanales (apenas se nota que estoy cuasi-borracho).
Sí, compañer@s, he retornado después de un prolongado silencio (demasiado intoxicado para ponerme a calcular cuanto ha sido) en el cual he sufrido, entre otras y muy variadas cosas, una explotación laboral fuera de lo normal, sobretodo teniendo en cuenta lo "holgado" de mi salario. El mundo se vuelca sobre mi y mi única respuesta, a la par que poco original, es cocerme como un cerdo. Me he planteado alguna burrada últimamente, como por ejemplo decirle a cierta camarera lo increíblemente enfermo que me pone; pero luego recuerdo que soy una persona muy educada (y tímida para ciertas cosas), y me abstengo de tonterías.
La cuestión, volviendo al tema empresarial, es que todos los días de esta semana fueron estresantes, pero el martes se llevó la palma. No me gusta contar lo que ocurre dentro de la empresa porque existe una especie de "acuerdo de confidencialidad" no suscrito, pero es que esto tiene que narrarse, porque vale la pena:
Partimos aproximadamente a las nueve de la mañana, con viento de poniente y marejada a fuerte marejada con olas de cuatro metros. Llegamos a Kuala-Lumpur (permitidme que no mente el nombre real del lugar) alrededor de las diez y media, y nos pusimos manos a la obra. El asunto era mover el rack, una especie de armario metálico que sirve para "arrejuntar" ordenadores y redistribuir el cableado de la empresa. Nada más ver el panorama me eché a temblar: detrás del susodicho mueble había una maraña de cables que recordaba a esas serpientes de los documentales que se apilan para follar una vez al año. Me arrodillé, tal y como había aprendido gracias a las correcciones de la facultad, y comencé mi labor.
Cuando me hube librado de los cables que fornicaban tras el armario, tocó el turno de los que pasaban de un piso a otro. El objetivo era mover el rack al otro lado de la estancia, para lo cual había que perforar la placa y pasar todos los cables de un piso a otro (yo tenía otra idea, pero el cliente quería hacerlo así, y él es el que paga). Así que el eléctrico, un chaval joven que parecía ser el único de la empresa que sabía lo que hacía; se puso a ello con una barrena del 38 (3,8 cm) y de repente para de perforar y le dice al jefe:
- Oye ...................., yo creo que he llegado a una viga.
- Da igual, ahora sigue.
¡A tomar por culo! Los tíos haciéndole un agujero del grosor del tubo del papel cular a una viga de carga y tan tranquilos; luego ocurren catástrofes. De ahí a un rato se percatan de que el mencionado atentado arquitectónico no tiene grosor suficiente y le pasan una barrera del 42 (adivinar el ancho), para terminar de arreglarlo.
En medio de la batalla se desata una tormenta del orden de diez elevado a tropecientos y empieza a llover dentro de la nave, con tan mala suerte de que el chorro principal (y digo chorro y no gotas) cuadra encima del monitor de uno de los servidores. Lo ponemos a buen recaudo y seguimos pasando cables y más cables (no voy a ponerme a explicar lo que es un switch y el trabajo que nos habría ahorrado utilizar alguno), hasta que nos da la hora de comer. Nos desplazamos hasta una población próxima en medio del diluvio universal y vamos al típico mesón donde comen todos los camioneros y demás trabajadores de la zona. Al ir a pagar, la chica que atendía un compañero, le dice:
- ¿Qué te pongo en la factura?
¡¡Qué país!! Mira que hay maneras y maneras de estafar a una empresa; pero por favor, seamos menos descarados.
Volvemos al lugar y nos tiramos prácticamente toda la tarde haciendo el canelo entre un equipo y otro, cables y mierda, mucha mierda. Finalmente conectamos todo y rezamos para que funcione... eso nunca ocurre. Empiezan a informarnos de los diferentes errores que se van sucediendo y, cuando pensamos tener todo solucionado, se acerca su jefe y nos dice:
- Han llamado los del taller, que no pueden conectarse.
Cruzamos la nave de un lado a otro (no os podéis imaginar lo jodidamente larga que es) y cuando llegamos al lugar uno de los especímenes allí presentes (no llegaban al rango de humanos) nos echa en cara que el móvil no le funciona porque hemos tocado algo. ¡El tío tuvo los santos güevos de culparnos porque su teléfono era una PUTA MIERDA! Fue algo así como si meas en la calle y un vecino te acusa de que se le ha muerto el gato.
Finalmente, tras más de trece horas, vuelvo a cruzar el umbral de la puerta de mi casa y puedo por fin cagarme desahogadamente en mi trabajo (que no en sus representantes, no confundirse). El resultado es mucho queme laboral, y un montón de anécdotas estúpidas que contar el fin de semana.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nasnoches.





