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Vida y Milagros de un Informático
Vivencias de un informático y parado en ciernes al comienzo de su carrera profesional.
Prólogo
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Sindikatua
 
Inventando la pólvora y otras petisoperías

Cuando era pequeño y escuchaba las palabras ingeniero o programador me imaginaba a alguien tipo MacGiver, capaz de construir una presa con plastilina y bastoncillos para las orejas usados. Con el tiempo fui descubriendo que un técnico de ese nivel era más bien una persona que se sentaba incontables horas ante una mesa con un flexo con muelles mal engrasados cubriendo formularios y dibujando planos con un paralex. Nada de eso importaba, el atractivo del resultado seguía siendo lo importante. Algún día yo me sentaría ante un paralex (o el equivalente de la profesión) e inventaría algo que dejaría a los post-it y al papel higiénico a la altura del vídeo beta; algo comparable al mismísimo Condensador de Fluzo.

Finalmente, ya cerca de la mayoría de edad, comencé a participar en conversaciones que, de vez en cuando, incluían temas laborales y en las que participaba algún ingeniero o arquitecto, y que te helaba la sangre al hacerte entender que cualquier parecido con tus sueños era exactamente eso, un jodido sueño.

A día de hoy no es que me haga excesiva ilusión inventar algo, y tengo bastante bien asumido que mi trabajo consiste en sentarme ocho horas diarias ante un ordenador y picar líneas y más líneas de código. No me quejo, incluso podría decir que me gusta mi oficio y que, según parece, encajo relativamente bien en él. Lo que me pregunto es si dentro de cinco, seis o siete años seguiré encajando de la misma manera, o seré la estrellita que el niño intenta meter en el agujero cuadrado; un AirgamBoy entre clicks de Playmobil.

La verdad es que con el tiempo he aprendido a preocuparme más del vil metal que de la satisfacción "psicológica" que el trabajo me pueda reportar; y toda mi lucha por mejorar se centra en ganar más y más dinero porque ya se sabe que "el dinero no da la felicidad, pero lo que compras con él sí". Quizás si me forro y me compro un coche de quinientos CV no sea feliz, pero fardaría que te cagas.

Aún así, en mi fuero interno hay algo que se resiste a no hacer nada innovador, como ir un día a la oficina con el cinturón al cuello y la corbata en la cintura, o haciendo el pino con los zapatos italianos en las manos. Otra opción es ir disfrazado de bote de membrillo o algo todavía más ridículo, sólo por joder a la jefa, que es bastante repelentilla. Mientras os dejo aquí estas absurdas reflexiones quedo a la espera de alguna propuesta de imbecilidad suprema a realizar, si es que alguien se digna a leer este artículo.

Hasta aquí el capítulo de hoy, nosdías.

 
Morriña y otras petisoperías

¿Alguna vez os habéis preguntado en serio lo que es la morriña? Yo siempre he sido bastante morriñento, incluso habiendo estudiado en una ciudad que está a menos de una hora de Ferrol y habiendo deseado durante años alejarme de la mencionada villa (curiosidades que tiene la vida, supongo).

Esta semana y la próxima estoy sólo en Coruña (absteneros de chistes estúpidos que me entendéis de sobra), en tanto que el Señor Rickiño está de vacaciones y mi potencial compañera de piso no viene hasta septiembre; y es entonces cuando me planteo seriamente el nivel de morriña, o estrés emocional utilizando términos pseudohipocráticos, que está padeciendo mi organismo.

La verdad es que si a estas alturas del año estuviera en Ferrol, también estaría solo en casa, ya que mis padres viven fuera durante el verano. Y sí, siempre me podéis decir que allí tengo a los colegas y tal, pero eso sólo hasta que empiecen a estudiar seriamente para septiembre y se me acabe buena parte de la compañía. Además, he vivido fuera cinco años y relativamente sólo muchos veranos, lo que me ha llevado a plantearme algo: ¿es realmente la morriña algo psicológico? ¿y químico? ¿será algo motivado por el ambiente que nos rodea desde pequeños?

Está claramente probado que a la gente que cambió de residencia varias veces de pequeña le resulta mucho más fácil desarraigarse que al resto. ¡Lógico! me diréis. Pues bien, yo me aventuro a conjeturar... o mejor, a hipotetizar (¿existirá realmente la palabra?); si todo eso no será un simple cambio fisiológico o metabólico, motivo en gran medida por el entorno.

La ciencia médica descubre, cada vez con más asiduidad, motivos físicos (y no hablo sólo de cosas genéticas, sino de infecciones, enfermedades e intoxicaciones) que provocan males psíquicos antes considerados pura y aisladamente anímicos; como por ejemplo las depresiones. Hoy sabemos que factores como las bajas presiones atmosféricas, las convalecencias y algunos tipos de infección bacteriana pueden provocar una "bajada de moral" tanto como el estrés o la ansiedad.

Y si ese ambiente en el que se ha desarrollado nuestro organismo se asienta tanto (dependiendo de los metabolismos, claro, todo cuerpo es un mundo) que termina por provocar algún tipo de dependencia, más o menos fuerte dependiendo del individuo, el lugar y la relación. Yo, por ejemplo y sin exagerar, siempre he notado una mejora considerable en mi estado de ánimo nada más poner el pie en los límites (más psicológicos que políticos) de mi ciudad, por no hablar de mi casa. Volviendo de mal humor de un examen, un mal día de trabajo o, simplemente, con una resaca de cien pares de cojones; se me alegra el alma al ver las calles del barrio de la Magdalena, por las que podría caminar con los ojos vendados sin tropezar en ninguna acera (será que no he caminado veces y veces ciego por ellas). Poco me importa que llueva o nieve y que de donde viniese hiciera un sol que ni Acapulco. Y después está la magia del hogar: el cruzar la puerta, dejar las maletas que te revientan los hombros y las manos y aspirar profundo... porque no me negaréis que cada casa, a pesar de los ambientadores y los productos de limpieza tiene un olor característico. Puedo asegurar que, a día de hoy, me podrían meter en las casas de mis amigos de la infancia y las reconocería sólo por el aroma.

Pero no nos dejemos engañar, ese mecanismo funciona también en el otro sentido: cuando abro un domingo la puerta del piso de Coruña, automáticamente pienso que me queda otra semana de trabajo por delante; lo mismo que cuando entro en la ducha a las siete de la mañana y aspiro el característico olor de generaciones de geles de baño y champús concentrado en mi minúsculo cuarto de baño y recuerdo que, como mínimo me van a caer nueve horas de serenismo hasta poder volver a bajar las persianas.

Hay algo en el ambiente que nos rodea (sin animismos ni horóscopos, dejándonos de polleces), algo tan sutil que resulta difícil de calibrar, que hace que dos ciudades separadas por tan sólo 50 kilómetros de carretera, y unos 10 en línea recta; puedan ser dos mundos tan diferentes para una única persona. Algo tiene que haber que explique por qué, cuando utilizo los mismos detergentes y productos de higiene; mi ropa y yo mismo olemos distintos en Ferrol que en Coruña; y también por qué cuando cocino el mismo plato con los ingredientes exactamente idénticos en una y otra ciudad, hay notables diferencias al paladar.

Todo eso es lo que yo veo, huelo, saboreo e incluso oigo (porque también es cierto que mi ciudad tiene sus propios ruidos, y que son únicos e intransferibles); y seguro que cada uno de vosotros ha encontrado algo en su hogar, aunque sea el detalle más pequeño, que es imposible de duplicar allí a donde vaya.

Hasta aquí el capítulo de hoy, nastardes.