Lo dicho, que aburrirse es, por encima de cualquier otra cosa, triste. De hecho, aburrirse es más triste que aburrido, porque cuando te paras a pensar lo triste que es estar, por ejemplo, tirado una tarde entera de sol en el sofá, ya has dejado de aburrirte (aunque sólo para autocompadecerte como un imbécil). No importa tener una colección de más de medio millar de películas y una centena de series cortesía de la red eDonkey; nada sirve cuando tu materia gris decide ser más gris que nunca. Seguro que si tuviéramos el cerebro de color rosa y a lunares verde fosforito seríamos mucho más divertidos, claro que mis conocimiendos en el campo de la antropocromática del telencéfalo en los primates superiores es relativamente limitada, así que no me hagáis mucho caso.
Pero bueno, me queda el consuelo de que la semana próxima estoy de vacaciones, lo cual quiere decir que, aunque me siga aburriendo (siempre cabe esa posibilidad), al menos dormiré nueve o diez horas diarias en una cama de verdad. El primer paso es llevar el Kreziomóvil a cambiar los filtros y el aceite (sin chistes fáciles, por favor), situación la cual aprovecharé para utilizar las piernas un poco, porque me estoy acostumbrando a quemar gasolina hasta para ir a cagar.
Para los que no os hayáis enterado porque acabáis de salir de una cápsula de criogénesis en la que caísteis accidentalmente repartiendo unas pizzas, que sepáis que hoy a pasado una tormentilla por Galicia, de nombre Gordon. A decir verdad, cuando salí de casa a eso de las siete y pico de la mañana, había un recalmón que daba un poquillo de acojone. Apenas quince minutos después, cuando llegaba al polígono, las ramas de los árboles ya tocaban el suelo a mi paso (y no por ser el Buda, precisamente). Lo más chulo de todo fue cando las ventanas empezaron a silbar en plan Alone in the Dark, y los S.A.I.s a pitar como descosidos por los cortes de luz que había cada tres segundos. Pero bueno, quitando un par de tejados y unos contenedores tumbados: mucho ruido y pocas nueces, una decepción vamos. Te prometen tu propio DOOM, y lo único que tienes es un triste Rise Of the Triad versión alemana. Con lo bien que había dormido yo, pensando en naves industriales derruidas y árboles sobre coches de jefes... de sueños también se vive.
Por cierto que ayer cumplí uno de mis viejos anhelos frustrados, para variar, por el virus de la ingeniería informática: matricularme en Historia (a distancia, claro). Si alguien se pregunta por qué estudié una carrera que resultó amargarme en vez de otra que parecía satisfacerme más, que se pare a pensar un segundo: ¿ingeniero técnico en informática o licenciado en MacDonalds? Todos tenemos que ganarnos la vida.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nastardes.





