Acabo de volver de pasar un hermoso día de playa con una resaca de tres pares de cojones y me he dado cuenta de que tengo los hombros ligeramente tostadillos. Lo que me faltaba ya después de haber dormido menos de tres horas era no poder conciliar bien el sueño por culpa de las sábanas, así que he pasado por el supermercado a comprar cosas de esas que se echan las mujeres: a saber un bote industrial de body milk (a mi ese nombre siempre me ha sonado a título de película porno) con el que me he embadurnado de arriba abajo, cual pene con una propuesta anal.
Las quemaduras solares constituyen un auténtico abanico de sensaciones, a cada cual más dolorosa. Bueno, al menos no estoy muy churrascado, que podría ser peor. Nunca me ha agradado demasiado la idea de morir de cáncer de piel. En realidad nunca me ha agradado demasiado la idea de morir, sea del modo que sea. Porque uno es un ateo convencido que sabe que más allá de la vida no hay nada, y que todo lo que hemos conocido, odiado y amado desaparecerá con nosotros ¿qué bonito verdad? Pero eso no es lo que importa, la cuestión es que además de joder un güevo, las quemaduras solares son un boleto con premio casi asegurado como lo es fumarse un paquete al día o trabajar con tóxicos químicos.
Aunque esas dolorosas hijas de la gran puta también reportan momentos graciosos, porque ¿quién no ha tocado nunca los hombros de un/a amig@ que estuviera como un camarón para regocijo de los asistentes? ¿Y habéis visto alguna vez quemarse a los guiris en las playas del Mediterráneo? Primero son blancos como folios, luego se ponen rosas como cerdos y dos días después vuelven a parecer Casper ¡ni que no tuvieran melanina! Porque pecas y lunares sí que tienen, los jodidos.
Desde luego que lo de protegerse del sol (como todo) queda en manos del que lo escoge. Una amiga mía dice que ya sabe de lo que va a morir (curiosamente es la misma que la de las sandalias) y prefiere cocerse cual gambón a la plancha antes que carecer de un tono de piel a la moda, antes muerta que blanquilla que diría la niña repelente esa (tú no cachoperra, sino la cantante). En cambio tengo otra amiga que finalmente se ha unido al Club de la Responsabilidad y ha decidido comprarse un bote de protector solar (cada día somos máis), lo cual es muy loable por su parte.
Todavía recuerdo las quemaduras que tuve cuando hice la prueba de socorrismo: primer día de playa del año, un sol de justicia, y yo a cuerpo descubierto durante cinco horas... me duraron diez días. Era una de esas sensaciones indescriptibles que marcan momentos inolvidables en la vida: como cuando te das cuenta de que la comida picante tiene efecto de entrada-salida, o cuando te pillas la polla con la cremallera por primera vez. Definitivamente un recuerdo imborrable; desde entonces gasto los botes de protección solar como quien come pipas, y aún me parece poco.
Hoy creo que me voy a echar a dormir bastante pronto, porque se me caen los párpados y eso que son las 19:30. ¿Cómo estaré a las diez? No creo que llegue a ver acabar "The Italian Job", aunque como ya la vi y me pareció un aútentica m...... no es algo que me quite el sueño. Parece que ya he superado la fase resaquil, porque ya no me duele ni la cabeza ni el estómago; para entrar en la fase post-maratón, que es aquella en que te duelen todos los músculos del cuerpo. No tengo ganas ni de jugar a cinco contra el calvo, y el público masculino sabe que no hay que estar precisamente en plena forma para eso.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nastardes.
Me imagino que tras : "Acabo de volver de pasar un hermoso día de playa con una resaca de tres pares de cojones y me he dado cuenta de que tengo los hombros ligeramente tostadillos" se esconden muchos...
Abraz@s desde Barcelona.





