Ayer Vikiña me pidió que la acompañase a un mítin del B.N.G. Y yo, que a veces soy demasiado sociable (por no decir tonto) acepté, con todas sus consecuencias. No es que tenga algo en contra de los nacionalistas, ni mucho menos, dado que hasta hace relativamente poco comulgaba muy bien con sus ideas. El problema surge cuando, de un tiempo a esta parte, me doy cuenta de que siempre he sido, soy y más que probablemente seré, un comunista convencido y bastante utópico, por qué no decirlo. Ahora no es que crea que los diferentes pueblos del mundo no deben defender su entidad nacional, no me malinterpretéis, es sólo que no entiendo que si el fin último de marxismo es unir a todo el mundo se vaya a llegar a ningún lado dividiéndonos. Pero todo eso que os cuento seguro que os importa un güevo, así que empiezo a contar la historia tal y como ocurrió (si Viki os la cuenta de otra manera ni puto caso).
Érase una vez una pequeña ciudad al lado del mar en la que se celebró un mítin del Bloque Nacionalista Galego con motivo de las más que cercanas elecciones autonómicas. A esas alturas un dios del sexo reencarnado en perito informático ya tenía su elección hecha: haría voto útil al partido mencionado a pesar de ser un votante convencido de Izquierda Unida. Esa es la principal razón de que no me importara ir al acto en cuestión; bueno eso y que no tenía nada que hacer en casa (uno no puede estar pelándosela cada dos por tres).
Comenzó el acto y los diferentes especímenes que componían la organización se acercaban para intentar endosarme el merchandising (gratuito, eso sí) del acto. Finalmente y por no escuchar más polleces sobre lo bien que iba a quedar en televisión y tal, decidí ponerme la camiseta: típico pedazo de algodón de tan mala calidad que puedes ver a través de él, en el que "Impresiones Olegario" había estampado el logotipo del partido. Por si las flies me la puse por encima de la que ya llevaba no fuera a coger una sínfilis o una gonorreda. Apenas cinco minutos después ya había adelgazado cuatro kilos a base de sudar, y lo que me esperaba.
Entonces el personaje de la megafonía empezó a sacudirnos un discursillo en plan campo de fútbol: con el número 10 Leonor Gasmo, con el número 9 Alberto de Piernas... así hasta llegar al candidato a presidente, Anxo Quintana, un tipo joven y con bastante percha, de esta gente que cae bien sólo con verle la cara (en eso aventaja bastante a los otros dos, desde luego). El séquito empieza a acercarse desde la parte trasera del auditorio (nosotros en quinta o sexta fila), me viene una especie de flash en plan Matrix, y le digo a mi amiga:
-- ¿Qué te apuestas a que me toca a mi?
Dicho y hecho, en cuanto se acerca, el tío se para y estrecha la mano del que se sienta detrás de mi para continuar en plan dominó, con el de delante... flashes, cámaras de televisión y medio auditorio mirando como un candidato a la Xunta le da la mano a un votante de otro partido; si es que no se puede tener una personalidad tan magnética (vivir para ver).
Los primeros actos fueron de gente más o menos sin importancia, a saber: concejales, enésimos en las listas y tal; puestos ahí para hacer bulto sobre todo. Al final sube el candidato al estrado y suelta una hora y pico (al menos a mi me pareció eso) de discurso político; aunque he de reconocer que fue uno de los mejores soliloquios que he oído. Lo de siempre:
-- ¿Hoy toca Ferrol?
-- Sí, señor candidato.
De lo que se deduce que hay que construir una charla basada en la reforma del sector naval, el paro, la segunda fase del Puerto Exterior y el asquito que dan los alrededores de la ciudad; como si fueran los objetivos principales del partido. Ya se sabe que esas cosas se hacen a medida: en Padrón, pimientos, y en Pamplona, toros. Éche o que hai, Misae.
Acaba el mítin y respiro aliviado, por fin me puedo quitar la camiseta, minutos antes de que se me escalfasen los güevos. Al atravesar la puerta a la pobre Viki le quitan la bandera, con la ilusión que le hacía quedársela; se ve que están concienciados con aquello del reciclaje.
Una cosa que sí me parece increíble es el gafe que tengo con la política: me tiro toda la vida votando al B.N.G. sin que tuvieran ningún tipo de programa electoral, excepto el darle caña al fascista de Fraga; y cuando decido votar a otro partido presentan cosas que me agradan sobremanera, y me describen objetivos que tienen sentido, como son crear X puestos de trabajo en cuatro años, y no X*10000 como dicen algunos. A mi lo que más me ha gustado de la política siempre es la gente que tiene los pies sobre la tierra; aunque aún disfruto cuando los partidos mayoritarios se tiran los trastos a la cabeza por un quítame allá esa comisión de investigación.
De todas formas supongo que seguiré votando al BNG en las elecciones autonómicas hasta el fin de mis días, por aquel simple principio que, aunque ya había escuchado anteriormente, me recordó Vikiña con una frase corta y directa, como el polvo de un eyaculador precoz:
-- Yo creo que un partido nacionalista siempre va a tirar más por el bien de su tierra.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nastardes.
Gracias BORJIÑA





