Hoy me he levantado relativamente temprano para ir a la facultad a entregar el proyecto. Bueno, la verdad es que primero tuve que ir a comprar un tipo de encuadernación en concreto (exigida por la normativa del centro), de la cual desconocía el nombre por completo, y eso que me lo habían repetido hasta la saciedad. Es lo que tiene el Alzheimer. Cuando por fin llegué a la facultad con mis cinco copias del manual y la memoria, las encuadernaciones pertinentes (que por cierto se llaman chanel) y los cinco sobrecitos para cedés (sí, uno con cada copia, serán sibaritas), me encuentro, de pura potra, con el tutor del proyecto que accede amablemente a echarme unas firmillas en cada copia (requisito indispensable para entregar) y me indica que en la biblioteca me montan las encuadernaciones esas por la face.
Tiro para el lugar y el bibliotecario me dice cómo se utiliza la prensa de encuadernar (al final trabajan los de siempre). Así que, aún a riesgo de mi propia vida (hay que ponerle un toque de acción, que eso les mola a las churris) trinco las cinco copias contra sus respectivos canutillos de acero y les aplico una solución a base de celo u/o fixo para pegar las fundas de los cedés. Y ahora un briconsejo de jardinería...
Termino por fin, después de aprender más sobre papelería en una semana que en los 23 años de vida anteriores, y cargo con todo el material hasta secretaría para terminar con uno de suplicios más gordos de mi existencia (o al menos con una buena parte). Le doy los tochos a la señorita de Secretaría, relleno los papelotes pertinentes y me suelta:
Personal de Administración y Servicios --Es que le has cambiado el nombre al proyecto, necesitas una autorización firmada de tu tutor.
Yo --Ya, pero se da el casual de que mi señor tutor está ahora mismo en la defensa de una tesis doctoral y va a ser que no va a poder atenderme; además sólo he añadido el nombre del programa al título original.
PAS --Sí, pero sigues necesitando una autorización del tutor, además de firmar la de la biblioteca, la del proyecto, la del anteproyecto y un análisis de ADN de tu tatarabuelo por línea materna.
Yo (iracundo) --Pues creo que voy a volver otro día.
PAS --Acuérdate de que el plazo termina el viernes.
Yo (por lo bajini) --No me lo recuerdes que aún va a correr la sangre.
O sea, que después de hacerme pagar todos los gastos del proyecto (a pesar de aforar su consecuente matrícula a principio de curso), unos 50 € sin contar la gasolina y los peajes; me dicen que tengo que volver otro día porque a un título de veintipico palabras le he añadido la palabra que da nombre al proyecto ¡Cómo se me pasaría por la cabeza! No me voy a cagar en la madre del decano porque probablemente no tuvo culpa de enamorarse de su primo.
En resumidas cuentas, tendré que volver mañana o pasado a entregar el proyecto in extremis porque la gente que define la burocracia de mi facultad tiene ganas de un asiento en la Real Academia. Menos mal que al menos les resulto útiles a mis compañeros y de paso que pringo de vuelta por Coruña les miro las notas (alguien tenía que salir beneficiado de este asunto, como pasa con todo). Eso sí, como los de secretaría me vuelvan a decir otra tontería del calibre de la de hoy, se la suelto en plan Terminator (momento "volveré") y aparezco al día siguiente con una recortada dispuesto a cometer una barbaridad (será por ganas).
Cuanto más lo pienso más me doy cuenta de lo mucho que voy a echar de menos el infierno ese. Y es que por mucho sádico, hijo de perra y capullo que haya, he encontrado gente por la que merecía pasar por todo eso y más (aún voy a soltar unas lágrimas, cago en la leche). Espero encontrar un trabajillo en las proximidades y poder seguir disfrutando, al menos un par de añitos más, de su grata compañía. A todos aquellos de los que no me pudiera despedir, simplemente un hasta pronto si Dios quiere y si no quiere me da igual.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nastardes.
Abrazos.





