Lo dicho compañeros, ya es Navidad en el Corte Inglés y por ende, en nuestros hogares, seamos cristianos practicantes, ateos, musulmanes o simplemente, tocagüevos. Porque hoy día, si no tienes un abeto de plástico y un belén completamente anacrónico, no puedes ser una persona feliz y realmente integrada en la sociedad. La todopoderosa Federación de Comercio ha decidido, merced a la utilización de un ejército de adornos y lucecitas made in China que ha comenzado la "época más feliz del año" (a despecho de la rasca que hace) y al que no le guste, es que es un bicho raro.
La Navidad no son fechas para unirse y estar más contentos que Jiménez Los Santos en julio del 36; nada más lejos de la realidad. La Navidad es riesgo, sobretodo riesgo. Y existen numerosas razones para afirmarlo:
- Riesgo para tu vida: cuando montas uno de esos pseudovegetales de policipriano de plasticato rodeado de guirnaldas y bolitas altamente inflamables y finalmente aderezado con cablecitos y bombillitas al más puro estilo del desprecio por la seguridad laboral.
- Riesgo para tu salud: cuando te endiñas al cuerpo una sobredosis de langostinos, lenguados, croquetas, rollos de carne o lo que sea que se cene en vuestras casas y acabas de empujarlo con turrones, frutos secos y cava catalán, sobretodo MUCHO cava catalán.
- Riesgo para tu reputación: cuando agarras la moña de tu vida en fin de año y acabas bailando con la corbata puesta en plan Rambo o siendo incapaz de verte los pies. Este punto se presta mucho a ser acompañado por los típicos ¿quién coño es este que está a mi lado? el día de Año Nuevo.
- Riesgo para tu vida laboral: cuando no te pagan las extras o peor, cuando tu jefe te chupa los festivos (esto va dirigido principalmente al gremio comercial) en aras del negocio; pero tú sigues ganando la misma miseria.
- Riesgo para tu economía: cuando te gastas el sueldo de dos meses en regalos y comida que estarás apurando hasta el mes de marzo. Porque: ¿en qué casa no hay un cuenco con peladillas o higos secos que dure hasta Semana Santa?
- Riesgo para la dignidad histórica (no menos importante): cuando montas un belén ambientado lógicamente en Palestina, pero en el cual hay tanta nieve que parece Baqueira-Beret; y en el que diversas generaciones de belenistas familiares han aportado su granito de arena con numerosas figuras y construcciones, hasta que la disparidad de tamaños asemeja el resultado más a una escena del Señor de los Anillos que al Próximo Oriente de hace 2000 años. Todo eso por no hablar de la costumbre de meter bombillitas de colores en las casas (como si ya existiera Endesa), convirtiendo finalmente un apacible lugar de la Tierra Prometida en el barrio chino de Amsterdam.
Ya lo véis, la Navidad es, ante todo, riesgo... quizás por eso gusta tanto a todo el mundo. Yo, por mi parte, he de reconocer, que aún siendo un convencido antinatalista hace unos años, me he replanteado seriamente mis posiciones para, finalmente, decidir que hay épocas y momentos mucho peores a lo largo del año, como por ejemplo el mes de octubre.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nasnoches.





