Que el poder corrompe en mayor o menor medida es algo que todos sabemos. Esta historia trata de como el poder corrompió a un hombre bueno hasta convertirlo en aquello contra lo que él había luchado, olvidando de dónde venía y quienes habían sido sus camaradas.
x - x - x - x - x - x - x
Iksandr había sido músico de cámara de varios personajes de la alta aristocracia capitolina antes de entrar al servicio del Sultán en el palacio de la capital, a mucha distancia de su familia. Él amaba su trabajo y mejorar su arte era su objetivo diario. Nunca se había sentido del todo cómodo trabajando para ningún aristócrata, ya que ninguno le dejaba ejecutar la música tal y como él la sentía.
Pasó el tiempo e Iksandr decidió que el mundo podía permitirse una manera diferente de escuchar la música, menos encorsetada por rígidas normas y cánones; y abierta a un público mayor. Posó ante los pies del Sultán la lira de oro que el mismo le había regalado y volvió a su hogar para intentar hacer de su arte un nuevo modo de vida, y con el sueño de que otros compartiesen ese objetivo.
Tuvo que trabajar duro, muchas veces el la misma calle, tocando para los transeúntes hasta que reunió suficiente dinero para fundar una escuela de música. Los años se sucedieron y con ellos los aprendices, algunos mejores y otros peores; algunos pasaron de largo y otros se quedaron para ayudar al maestro en su empresa artística. Con el tiempo Ia escuela creció e Iksandr comprendió que había que imponer algún tipo de jerarquía para evitar que el caos la consumiera como había visto en otras ocasiones... nada más lejos de la realidad. Pronto la apacible escuela con la que un joven músico había soñado (y que hacía tiempo agonizaba dentro de una mente corrupta por el poder), pasaría de ser un brote tierno que se mecía con el viento a un recio árbol en el que las hojas de arriba impedían que la luz llegase a las inferiores.
Un buen día un joven músico llamado Ajbred (que acababa de conseguir su primer sitār) con más esperanzas y fantasías que técnica y calidad, fue admitido en la escuela, que si bien conservaba ese nombre en la fachada se había convertido en un pequeño estado, alejado de las artes, y sólo centrado en aumentar los beneficios. En el proceso de jerarquización y corporativización de la escuela; Iksandr se había autoproclamado pachá y su alumno más fiel, Lespraï, había sido investido visir.
El pachá recomendó a Ajbred, con el carácter que su poder le otorgaba, que cambiara el sitār por la lira, más acorde con los gustos del mercado ya que, aunque el instrumento que el novicio había escogido producía hermosas melodías, nunca superaría los ingresos que el último reportaba.
Las hojas cayeron de los árboles, el invierno posó sus nieves en el paisaje y el pachá, en sus sueños de grandeza, fue dando cada vez más y más forma de estado a la antigua escuela: los músicos fueron nombrados consejeros, beyes y emires (como ocurrió con el joven Ajbred). Y cuando el, todavía soñador, sitārista cumplió dos estaciones junto a su nuevo señor, éste le regaló una espada de oro que siempre le acreditaría como miembro de sus Cortes, y le permitió escoger, de entre una serie de palacios, aquel que más le complaciese.
Oro y belleza material complacieron a Ajbred durante un tiempo, pero su amor por la música (como otrora acaeciese a su señor) le hervía en la sangre desde la mañana al ocaso; así que solicitó audiencia con el pachá y se arrodilló ante él para hacerle una petición: hablando con otros miembros del gobierno había descubierto que muchos añoraban la libertad de la que habían gozado ejecutando música en la vieja escuela; por lo que decidieron pedirle más tiempo libre para practicarse el arte a la manera personal de cada uno. El pachá pidió a Ajbred que, antes de contarle nada, expusiese sus ideas al visir y que, una vez evaluadas por éste, el propio Lespraï se las haría llegar de la manera que más conveniente le pareciera.
x - x - x - x - x - x - x
Hasta aquí la primera parte, nasnoches.





