Como habréis podido apreciar mis estimados, y escasos, lectores; he estado ausente de la pseudoliteratura bloguera durante bastante tiempo. No se ha debido ello a que tenga pensado abandonar la web, sino al hecho de que el lunes pasado (lunes día 10 de julio para aquellos que seáis estudiantes y ya hayáis tenido el privilegio de olvidar en que fecha vivís) comencé de nuevo a trabajar, esta vez en una archiconocida empresa con sede en A Coruña, donde me he reinstalado cual sistema operativo Microsoft, retornando al redil de los cascarillas... si es que no pueden vivir sin mi.
La verdad es que el trabajo no ofrece ningún reto demasiado grande, pero el sueldo es bastante mejor que el de los explotadores anteriores (aunque no excelente) y la abundancia de féminas cubre gran parte de mis otras espectativas. Además de lo anterior, la verdad es que estaba hasta los güevos de estar en paro, aunque hecho de menos especialmente la gran ventaja orgánica que constituye el hecho de levantarse a una hora que no empieza por seis.
Lejos quedan los becarios, y no digamos las matrículas; lejos el ir andando a trabajar y comer comida de verdad también, por qué no decirlo; ya que mi nuevo horario al finalizar la temporada estival, y tras ese gran logro de la lucha sindical llamado "jornada intensiva", me impedirá gozar de las horas, minutos y segundos que requiere preparar un plato de nota. Mientras tanto podré ver el Tour y tocarme las pelotas preparando las sinapsis para una nunca bien ponderada siesta, que desde luego necesitaré por culpa de mi fea costumbre de acostarme después de las once y pico.
Poco sabía Hoare en el año 1969 mientras desarrollaba el que sería el algoritmo de ordenación más eficiente diseñado hasta el momento lo que ese su gran descubrimiento acabaría amargando la vida de un simple estudiante gallego de 19 años... pero lo perdono, a fin de cuentas errare humanum est y seguro que el pobre nació en un país en el que no existía el botellón ni las sesiones de tarde y tuvo una triste adolescencia asexuada que lo abocó a un freakismo exhacerbado (ya me estoy yendo por las ramas).
El anterior párrafo viene a cuenta de que ya los viejos rencores contra el personal docente de mi facultad parecen apaciguarse, cosa que nunca pensé que ocurriría, y probablemente el catalizador de tan inesperada reacción metabólica ha sido que mi sistema nervioso ha encontrado algo mucho más importante en lo que concentrar su estrés: la precariedad laboral y la abstinencia (forzada) sexual. Yo de mis profesores rezaría para que siga cobrando poco y sin follar durante mucho tiempo, porque sino a lo mejor les hago un tatuaje de pirelli en el colodrillo aprovechando que no me caen lejos del tajo.
Una vez desahogado os abandono de nuevo para irme a dormir, que llevo cinco días durmiendo del orden de 4 a 6 horas diarias y tengo el pulso de una gelatina royal con parkinson.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nasnoches.
Por cierto, en octubre habrá que hacer una cena o algo asín, ya echo de menos nuestras cogorzas!!!
Nada más, y que la explotación laboral no te acompañe (cosa jodida, pero por pedir...)
Un abrazo. Nos vemos





