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Vida y Milagros de un Informático
Vivencias de un informático y parado en ciernes al comienzo de su carrera profesional.
Prólogo
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Morriña y otras petisoperías

¿Alguna vez os habéis preguntado en serio lo que es la morriña? Yo siempre he sido bastante morriñento, incluso habiendo estudiado en una ciudad que está a menos de una hora de Ferrol y habiendo deseado durante años alejarme de la mencionada villa (curiosidades que tiene la vida, supongo).

Esta semana y la próxima estoy sólo en Coruña (absteneros de chistes estúpidos que me entendéis de sobra), en tanto que el Señor Rickiño está de vacaciones y mi potencial compañera de piso no viene hasta septiembre; y es entonces cuando me planteo seriamente el nivel de morriña, o estrés emocional utilizando términos pseudohipocráticos, que está padeciendo mi organismo.

La verdad es que si a estas alturas del año estuviera en Ferrol, también estaría solo en casa, ya que mis padres viven fuera durante el verano. Y sí, siempre me podéis decir que allí tengo a los colegas y tal, pero eso sólo hasta que empiecen a estudiar seriamente para septiembre y se me acabe buena parte de la compañía. Además, he vivido fuera cinco años y relativamente sólo muchos veranos, lo que me ha llevado a plantearme algo: ¿es realmente la morriña algo psicológico? ¿y químico? ¿será algo motivado por el ambiente que nos rodea desde pequeños?

Está claramente probado que a la gente que cambió de residencia varias veces de pequeña le resulta mucho más fácil desarraigarse que al resto. ¡Lógico! me diréis. Pues bien, yo me aventuro a conjeturar... o mejor, a hipotetizar (¿existirá realmente la palabra?); si todo eso no será un simple cambio fisiológico o metabólico, motivo en gran medida por el entorno.

La ciencia médica descubre, cada vez con más asiduidad, motivos físicos (y no hablo sólo de cosas genéticas, sino de infecciones, enfermedades e intoxicaciones) que provocan males psíquicos antes considerados pura y aisladamente anímicos; como por ejemplo las depresiones. Hoy sabemos que factores como las bajas presiones atmosféricas, las convalecencias y algunos tipos de infección bacteriana pueden provocar una "bajada de moral" tanto como el estrés o la ansiedad.

Y si ese ambiente en el que se ha desarrollado nuestro organismo se asienta tanto (dependiendo de los metabolismos, claro, todo cuerpo es un mundo) que termina por provocar algún tipo de dependencia, más o menos fuerte dependiendo del individuo, el lugar y la relación. Yo, por ejemplo y sin exagerar, siempre he notado una mejora considerable en mi estado de ánimo nada más poner el pie en los límites (más psicológicos que políticos) de mi ciudad, por no hablar de mi casa. Volviendo de mal humor de un examen, un mal día de trabajo o, simplemente, con una resaca de cien pares de cojones; se me alegra el alma al ver las calles del barrio de la Magdalena, por las que podría caminar con los ojos vendados sin tropezar en ninguna acera (será que no he caminado veces y veces ciego por ellas). Poco me importa que llueva o nieve y que de donde viniese hiciera un sol que ni Acapulco. Y después está la magia del hogar: el cruzar la puerta, dejar las maletas que te revientan los hombros y las manos y aspirar profundo... porque no me negaréis que cada casa, a pesar de los ambientadores y los productos de limpieza tiene un olor característico. Puedo asegurar que, a día de hoy, me podrían meter en las casas de mis amigos de la infancia y las reconocería sólo por el aroma.

Pero no nos dejemos engañar, ese mecanismo funciona también en el otro sentido: cuando abro un domingo la puerta del piso de Coruña, automáticamente pienso que me queda otra semana de trabajo por delante; lo mismo que cuando entro en la ducha a las siete de la mañana y aspiro el característico olor de generaciones de geles de baño y champús concentrado en mi minúsculo cuarto de baño y recuerdo que, como mínimo me van a caer nueve horas de serenismo hasta poder volver a bajar las persianas.

Hay algo en el ambiente que nos rodea (sin animismos ni horóscopos, dejándonos de polleces), algo tan sutil que resulta difícil de calibrar, que hace que dos ciudades separadas por tan sólo 50 kilómetros de carretera, y unos 10 en línea recta; puedan ser dos mundos tan diferentes para una única persona. Algo tiene que haber que explique por qué, cuando utilizo los mismos detergentes y productos de higiene; mi ropa y yo mismo olemos distintos en Ferrol que en Coruña; y también por qué cuando cocino el mismo plato con los ingredientes exactamente idénticos en una y otra ciudad, hay notables diferencias al paladar.

Todo eso es lo que yo veo, huelo, saboreo e incluso oigo (porque también es cierto que mi ciudad tiene sus propios ruidos, y que son únicos e intransferibles); y seguro que cada uno de vosotros ha encontrado algo en su hogar, aunque sea el detalle más pequeño, que es imposible de duplicar allí a donde vaya.

Hasta aquí el capítulo de hoy, nastardes.

 
Comentario:
La morriña... Algo de eso hay, Borja; razón no te falta. Mira, no sé si es genético y los gallegos estamos predestinados a ser morriñentos (algo de eso puede que también haya, y sé de más de uno que te diría que sí, yo entre ellos). Viví en Vigo cuatro años y nunca, NUNCA llegué a acostumbrarme. Llevo un año en Inglaterra –dejando a un lado las ocasionales visitas al terruño cuando los ingleses estos me han dado vacaciones- y hubo una época en que pensé que podría ser feliz aquí, en Manchester, con mis amigos y una vida cultural tan intensa, además del recinto de conciertos más grande de Europa y algún inglés que hace que se te derritan las bragas (ah, qué triste esto de la abstinencia forzosa, digan lo que digan...). Pues no, machiño, pues no. Tengo un billete de avioncito para el día 30 y, como me digan que tengo que quedarme en tierra, les corto los webos o lo que se tercie, sintiéndolo mucho. Uno anda por ahí y descubre, para su inmensa sorpresa, que no todo lo que tenemos es tan malo. Ni mucho menos. A lo mejor hasta estamos equivocados y no somos tan patéticos. Digámoslo claro, Galicia es la hostia y no debería extrañarse nadie de que vengan los turistas y después vuelvan permanentemente, a comprarse su caseto de campo. Y Ferrol..., pues Ferrol tendrá algo también. Me pasé años deseando darme el piro y ahora, aunque mi intención es independizarme en cuanto el salario (?) lo permita, Ferrol es Ferrol y la familia de uno, al final, muchas veces es lo que le queda cuando la vida le da por el culo (menos mal que en sentido figurado, porque si no me sé yo de una que iba a andar un tanto raro). Tú mencionas el barrio de la Magdalena. Mi alegría particular es volver a casa con mi padre, dejando atrás el aeropuerto; coger la autovía, pasar por encima del Raposeiro y ver el mar. Y al lado del mar, allá enfrente, a sólo tres kilómetros, mi casa. Nos llamarán reservados, algo desconfiados, lo que tú quieras; tal vez nos haría falta ponernos las pilas más a menudo y llevar el Nunca Máis a mayores. Pero conozco a varios que te dirán lo “bos e xenerosos” que son los gallegos y ese “sais pas quoi” que tiene Galicia. Y el olor de Ferrol, pues es así, tío: reconocible, familiar, como el de casa. Muchos sitios de Inglaterra, por ejemplo, tienden a apestar. ¿Coruña? Coruña no me gustaba nada hasta hace no tanto. Después de andar un poco por el mundo, qué quieres, no todo parece tan malo. Como te decía arriba, ni mucho menos.

Que no decaiga.
No