Sí vale, ya sé que hoy ya ha caído sesión de blog, pero es que ha tocado insomnio (nada relacionado con mi baja laboral, no os preocupéis) y después de tragarme medio libro y dos películas que ya había visto (Tombstone y Rockstar), y negarme en rotundo a estudiar cual lombriz de biblioteca a horas intempestivas; me he decidido a escribir sobre este curioso fenómeno que me ataca desde que tengo uso de razón una vez cada dos o tres meses, aproximadamente.
Mi insomnio no es de ese encuadrable en una rara enfermedad psicoafectiva o fisiológica que padecen algunas personas, y que les hace tirarse una noche entera dando vueltas en la cama con un sueño de cojones como simple paso previo a un día horrible y unas ojeras dignas del Zorro. Yo simplemente hace mucho que advertí que hay noches en que, nada más apoyo la oreja en la almohada, mi cerebro toma consciencia de que no va a conciliar el sueño porque, simple y llanamente, no lo necesita. Eso es lo que me ocurre ahora, que mi cuerpo tiene ganas de farra y no hay manera de convencerlo de que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Es como cuando alguien encuentra esas sospechosas manchas de producto interior bruto en tus sábanas. Puedes explicar una y mil veces que se deben a la orgía que mantuviste la noche anterior con aquellas dos gemelas suecas (y puede que incluso sea verdad), pero a tu contertulio sólo le vendrá una palabra a la mente: paja, bueno esa y quizás también guarro.
Como os comentaba me he leído medio libro, concretamente uno de mis tesoros de juventud sobre la Mitología Griega (tengo que repasar historias para un fin mucho más noble y tierno), me he revisionado dos filmes que me habían gustado bastante en su momento (y de los que guardaba mejor impresión, quizás), he vuelto a cenar, he picado entre horas y más horas, y finalmente he subido a mirar las ofertas de trabajo en Infojobs y a decidirme a publicar otro artículo.
Desde el punto de vista del rendimiento casi podría considerarse que mi insomnio es algo bueno. Estas noches me sirven para acabar tareas pendientes y adelantar trabajo, y lo mejor de todo es que, cuando se hace de día no suelo estar mucho más cansado que en la jornada anterior. ¡Quién sabe! Puede que mi organismo se ajuste de manera diferente o que, visto de otro modo, mi reloj biológico sea a los relojes biológicos lo que el Casio del mercadillo a los Festina de importación.
En general, y durante casi toda mi vida, he dedicado estas hermosas noches de incomparecencia de Morfeo a la literatura, desde el punto de vista del consumo, claro, no de la producción. Normalmente me sirven para devorarme un libro de trescientas páginas de un tirón, lo que siempre ayuda bastante a conservar la línea argumental fresca.
Hoy incluso he estado tentado de salir, coger el coche e ir hasta el paseo marítimo a echar unas carreras (con las piernas obviamente), pero luego se me encendió la bombilla y pensé que tampoco está muy bien eso de que mis padres se levanten un día de semana y encuentren que su hijo (que a fin de cuentas sigue de baja por síntomas de depresión) ha desaparecido de casa. Yo no sé que pensaríais vosotros, pero desde luego yo sí que lo sé. Por esa y otras razones menos poéticas, me he quedado en casa y me he puesto a escribir otro artículo, cosa inaudita, con una diferencia de menos de siete horas respecto al anterior.
Hasta aquí el capítulo de hoy, nasnoches.





