La simbología del Ave Fénix
Hace años alguien, muy aficionado a la mitología me habló del Ave Fénix, al que yo solo conocía porque era mi Caballero del Zodiaco favorito. Recuerdo que me dijo que el canto del fénix era mágico, porque tenía el poder de aumentar el valor de los puros de corazón y de infundir temor en el corazón de los impuros; me dijo también que sus lágrimas tenían propiedades curativas... Desde entonces, mi devoción hacia ese espíritu de fuego alado, que arde en la hoguera de su propio vuelo renanciendo para hacerse a sí mismo, ha ido en constante aumento, hasta el punto de dar nombre a éste, mi blog... Por eso, hoy vuelvo a escribir sobre él.
El Ave Fénix es un ave de buen augurio, uno los cuatro espíritus de la leyenda china. Según una obra clásica de este país: «entre los 360 animales con plumas y alas, el ave fénix se encuentra en el primer lugar entre todos». Así, este ave constituye, junto al dragón, la cultura del fénix y el dragón de China, formando parte muy importante de sus tradiciones.

Simbología del Ave Fénix
Aunque puede vivir en todo el universo, solamente se posa en su árbol. En cuanto a la evolución, se registra a través de la literatura antigua, lo siguiente: "Fénix, esencia de fuego". Significa que el Fénix nace perfeccionado del fuego. La figura de esta ave, según la descripción de los antiguos, tiene gran parecido al Pavo Real, pero también cuenta con rasgos característicos de otros animales.
Según una obra antigua china, la cabeza del Ave guarda semejanza con el cielo, los ojos al sol, la parte trasera a la luna; sus alas al viento; las patas a la tierra; y su cola a la distancia.
Otra obra clásica lo describe concretamente de la siguiente manera: el fénix tiene la cabeza de serpiente, mandíbula de golondrina, espalda de tortuga, vientre de trionix, cresta de gruta, pico de gallina y cola de pez.
Las plumas rayadas del ave son de múltiples colores. Las rayas de la cabeza significan virtud, las rayas en las alas expresan el rito, las traseras representan justicia, las delanteras simbolizan la humanidad, y las del rayas en el vientre, la fiabilidad. Quiere decir que el cuerpo del Ave simboliza las cinco moralidades.
En cuanto a los hábitos alimentarios, esta Ave no pica gusanos vivos, no rompe hierbas vivas, ni convive con otros animales, tampoco vuela hacia todas direcciones, solamente se alimenta del bambú, no toma agua de riachuelos, ni posa en cualquier árbol.

El Fénix en China
Como el primero de los pájaros, el fénix ha sido aprovechado por teólogos y políticos, pues lo consideran como la mejor encarnación de la modalidad del rey magnánimo y de la política de benevolencia, y también un reflejo de la prosperidad y decadencia de la sociedad de entonces.
La gente antigua dividió cinco categorías que representaban la transparencia de la política china de esa época, en cinco movimientos del fénix. Hay también otras obras que tienen la misma descripción. Por ejemplo una dice así: "cuando el rey conmueve el cielo imperial, llega el fénix." En una palabra, cuando el sistema gobernante es honesto y recto, se conmueve al cielo imperial y sólo entonces vuela en el cielo el fénix.
Dicen que en la época de Confucio, reinaba la corrupción en las cortes imperiales de diversos reinos y Confucio suspiró con mucho sentimiento por su desaparición. De entre cien pájaros, el fénix es el primero en volar y es seguido por los demás, lo que corresponde a la diferencia de posición entre el emperador y los cortesanos.
Entonces muchos asuntos o cosas de los reyes o emperadores se coronaban haciendo alusiones a esta ave, como carretas, residencias, papeles, caballos, entre otras, exclusivas para la familia imperial o seres celestiales, mientras que otros no podían utilizarlos.
En el proceso de desarrollo de la cultura del dragón y del Fénix, se produjeron gradualmente las divisiones entre personas de ambos sexos, de modo que el dragón era exclusivo para hombres, y el fénix, para las mujeres. Pero generalmente esto era visto solo por la familia imperial.
Aunque con el paso de tiempo, en el pueblo en general lo considraron como un animal de buen augurio, pues con el nombramiento, tanto de personas como de cosas, se busca expresar la fortuna y la suerte.
Se pronuncia en chino como Feng Huang. Feng significa el pájaro macho, y Huang, hembra. Feng y Huang vuelan en conjunto y significan la armonía matrimonial. Razón por la cual, en la habitaciones nupciales suele pintarse algunos motivos de esta ave volando.
Este significado del ave igualmente se remonta también a una leyenda de amor. Dicen que en la época de Qinmugong había una persona que se llama Xiao Shi, que era muy hábil en tocar la flauta vertical de bambú. El sonido de Xiao, podía atraerlo hasta su patio, a la grulla blanca y a otros pájaros. A él le gustaba mucho una de las hijas de Qinmugong, llamada Yu. Entonces, por tal originalidad, su padre aceptó el matrimonio de su hija con este flautista.
Después del casamiento, Xiao Shi enseñó diariamente a Nong Yu a imitar su canto. Unos años después, Nong Yu ya podía imitar magníficamente el canto real del ave y de muchas otras que se posaban en el patio de su casa. Luego Qinmugong construyó para ellos una plataforma. A partir de entonces, la gente ha tomado la atracción de Xiao como un símbolo de matrimonio armonioso.
Es considerado como un buen augurio y muy abundante en en los temas de fortuna y suerte. Un poema chino dice así: «Viene un ave de cinco colores. No se le ve ya en mil otoños, pero, cuando él aparezca, el Estado prosperará».

El Ave Fénix es un ave de buen augurio, uno los cuatro espíritus de la leyenda china. Según una obra clásica de este país: «entre los 360 animales con plumas y alas, el ave fénix se encuentra en el primer lugar entre todos». Así, este ave constituye, junto al dragón, la cultura del fénix y el dragón de China, formando parte muy importante de sus tradiciones.

Simbología del Ave Fénix
Aunque puede vivir en todo el universo, solamente se posa en su árbol. En cuanto a la evolución, se registra a través de la literatura antigua, lo siguiente: "Fénix, esencia de fuego". Significa que el Fénix nace perfeccionado del fuego. La figura de esta ave, según la descripción de los antiguos, tiene gran parecido al Pavo Real, pero también cuenta con rasgos característicos de otros animales.
Según una obra antigua china, la cabeza del Ave guarda semejanza con el cielo, los ojos al sol, la parte trasera a la luna; sus alas al viento; las patas a la tierra; y su cola a la distancia.
Otra obra clásica lo describe concretamente de la siguiente manera: el fénix tiene la cabeza de serpiente, mandíbula de golondrina, espalda de tortuga, vientre de trionix, cresta de gruta, pico de gallina y cola de pez.
Las plumas rayadas del ave son de múltiples colores. Las rayas de la cabeza significan virtud, las rayas en las alas expresan el rito, las traseras representan justicia, las delanteras simbolizan la humanidad, y las del rayas en el vientre, la fiabilidad. Quiere decir que el cuerpo del Ave simboliza las cinco moralidades.
En cuanto a los hábitos alimentarios, esta Ave no pica gusanos vivos, no rompe hierbas vivas, ni convive con otros animales, tampoco vuela hacia todas direcciones, solamente se alimenta del bambú, no toma agua de riachuelos, ni posa en cualquier árbol.

El Fénix en China
Como el primero de los pájaros, el fénix ha sido aprovechado por teólogos y políticos, pues lo consideran como la mejor encarnación de la modalidad del rey magnánimo y de la política de benevolencia, y también un reflejo de la prosperidad y decadencia de la sociedad de entonces.
La gente antigua dividió cinco categorías que representaban la transparencia de la política china de esa época, en cinco movimientos del fénix. Hay también otras obras que tienen la misma descripción. Por ejemplo una dice así: "cuando el rey conmueve el cielo imperial, llega el fénix." En una palabra, cuando el sistema gobernante es honesto y recto, se conmueve al cielo imperial y sólo entonces vuela en el cielo el fénix.
Dicen que en la época de Confucio, reinaba la corrupción en las cortes imperiales de diversos reinos y Confucio suspiró con mucho sentimiento por su desaparición. De entre cien pájaros, el fénix es el primero en volar y es seguido por los demás, lo que corresponde a la diferencia de posición entre el emperador y los cortesanos.
Entonces muchos asuntos o cosas de los reyes o emperadores se coronaban haciendo alusiones a esta ave, como carretas, residencias, papeles, caballos, entre otras, exclusivas para la familia imperial o seres celestiales, mientras que otros no podían utilizarlos.
En el proceso de desarrollo de la cultura del dragón y del Fénix, se produjeron gradualmente las divisiones entre personas de ambos sexos, de modo que el dragón era exclusivo para hombres, y el fénix, para las mujeres. Pero generalmente esto era visto solo por la familia imperial.
Aunque con el paso de tiempo, en el pueblo en general lo considraron como un animal de buen augurio, pues con el nombramiento, tanto de personas como de cosas, se busca expresar la fortuna y la suerte.
Se pronuncia en chino como Feng Huang. Feng significa el pájaro macho, y Huang, hembra. Feng y Huang vuelan en conjunto y significan la armonía matrimonial. Razón por la cual, en la habitaciones nupciales suele pintarse algunos motivos de esta ave volando.
Este significado del ave igualmente se remonta también a una leyenda de amor. Dicen que en la época de Qinmugong había una persona que se llama Xiao Shi, que era muy hábil en tocar la flauta vertical de bambú. El sonido de Xiao, podía atraerlo hasta su patio, a la grulla blanca y a otros pájaros. A él le gustaba mucho una de las hijas de Qinmugong, llamada Yu. Entonces, por tal originalidad, su padre aceptó el matrimonio de su hija con este flautista.
Después del casamiento, Xiao Shi enseñó diariamente a Nong Yu a imitar su canto. Unos años después, Nong Yu ya podía imitar magníficamente el canto real del ave y de muchas otras que se posaban en el patio de su casa. Luego Qinmugong construyó para ellos una plataforma. A partir de entonces, la gente ha tomado la atracción de Xiao como un símbolo de matrimonio armonioso.
Es considerado como un buen augurio y muy abundante en en los temas de fortuna y suerte. Un poema chino dice así: «Viene un ave de cinco colores. No se le ve ya en mil otoños, pero, cuando él aparezca, el Estado prosperará».

Carta de amor a Toledo
Os dejo aquí, como regalo de Navidad, una carta de amor escrita a la que, en mi modesta opinión, es la ciudad más bonita de España: ¡Disfrutadla!... El trasfondo de esta carta le veréis al final:
Toledo, amada: hoy te escribo a ti, desde la distancia, esta pobre carta de amor, fruto de la nostalgia de sentirte tan lejos y a la vez tan dentro de mi; te escribo en el imposible afán de intentar reflejar en palabras cuantos sentimientos me evocas, cuantas emociones me inspiras, cuantas lágrimas de añoranza brotan cada vez que cierro los ojos y recuerdo tu estampa… Y es que, Toledo, si hermosa eres contemplada, tanto más hermosa eres recordada, porque al recordarte te tornas adecuada a la reminiscencia, ajena al tiempo, que, como en una visión inmutable, para ti no parece pasar; tú, y solo tú, trasciendes al devenir de los siglos, porque tienes poder para ello.
Dicen, los que te conocen, que pasear por tus calles es como viajar en una máquina del tiempo, que nunca antes de visitarte se puede haber recibido tan magistral lección sobre la historia española, pues solo tú ofreces el resumen más completo y sugestivo de nuestro pasado. Cuando el viajero atraviesa la Visagra o la Cambrón, olvida el moderno medio de transporte que hasta ti le ha traído. En ti se respira la atmósfera brusca de la España visigótica, en ti se conservan aromas exóticos de los cuatro siglos de dominación musulmana en el corazón de la Península, en ti se observa la nobleza que te da haber sido residencia de casi todos los reyes castellanos durante la larga Reconquista.

Los Reyes Católicos te urbanizaron y te engrandecieron, sin robarte tu herencia histórica: la traza laberíntica de la ciudad musulmana que nunca pudo ser superada, a pesar de las posteriores racionalizaciones viarias, con sus ampliaciones, conexiones y rectificaciones. Eres desdeñada por los modernos urbanistas, desconocedores de que en tus entrañas se fraguaba una de tus características más importantes: la existencia de ciertos espacios interiores inmensos y rectilíneos, como los de la catedral, rodeados, a su vez, de callejas estrechas y tortuosas, aún hoy domésticas; angostillos que, a modo de trama continua, unen y rodean los abundantes edificios históricos y religiosos que predominan sobre la trama urbana, creando una perspectiva sin igual.
Tú eres más que una ciudad: eres Ciudad Imperial; eres la capital del sueño imperial de Carlos V, basado en un proyecto de monarquía universal, inspirado en sus lecturas dantescas y edificado sobre un orbe cristiano en paz. Felipe II te quitó la capitalidad del Reino, pero tu grandeza era tan inherente a la del Imperio que, al ir perdiendo tú protagonismo, empezó a ponerse el sol en los dominios filipinos: al tú empezar a decaer, empezó a decaer la Historia de España.
Dicen, los que te desprecian, que presentas el aspecto de un pueblo muerto, que solo ofreces ruinas de ciudad incapaces de renacer, de germinar a una nueva vida, de fecundar una ciudad moderna; que eres ciudad medieval de la que solo queda la evocación de los recuerdos y tus duras cuestas… Observa: nadie, hasta quien no te quiere, se atreve a negar tu portentoso poder evocador… ¡Y tus duras cuestas! Cierto es que el hombre se ha ido acomodando a las grandes llanuras, pero jamás hubo caminante que, a pesar de tus empinadas calles, no hallara descanso al alcanzarte. Quien te desprecia es porque no te conoce con profundidad: en tus callejuelas se siente la nostalgia del pasado; se experimenta el amor hacia lo antiguo trepando por tus vericuetos, escalando con la mirada tus murallas, ásperas y fatigosas a simple vista, pero llenas de recuerdos, habitadas por sombras insignes. Quizá, Toledo, seas antigua: cierto; pero uno, al perderse en tus arterias, se siente renacer, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas.
Recuerdo de mi niñez algo más de ti que la perspectiva desde el puente de Alcántara, ensueño de artistas de toda condición: arriba, el Alcázar, dispuesto en lo alto, cual nido de halcones en la cima de una montaña inaccesible; a la izquierda, las ruinas del Castillo de San Servando; a la derecha, algo más alejado, en la pendiente que desciende hacia la Vega, el arrabal de Santiago, donde las torres de la Puerta de Visagra forman, junto con los viejos sillares de la muralla, el más ameno complejo; enfrente, una indefinida aglomeración de edificios antiquísimos y otros no tanto, edificados unos sobre otros en la pendiente del risco; y, abajo del todo, el río Tajo. Yo entraba a ti por Alcántara cuando venía de jugar al balón con otros niños en los alrededores de la ciudad; allí, fuera de ti, el paisaje es sombrío, monótono y desértico; paraíso de ermitaños y de espíritus soñolientos; erial hosco en nada afín a los trigales que invaden la llanura manchega por donde el espíritu de don Quijote sigue cabalgando, intranquilizando conciencias dormidas, a la búsqueda del último molino.
Recuerdo, como digo, algo más de ti: recuerdo cómo sentía sobre tus piedras y bajo tus arcos, acaso inmemoriales, el paso del tiempo: los siglos parecían fluir con la misma armonía que bajo las faldas de tus laderas fluyen las aguas del Tajo; nuestra Historia ha caminado por tus plazas, como la procesión del Corpus, siguiendo el compás del tañido de las campanas de tu catedral; la muerte y el sueño eterno deambulaban aunados por tus patios escondidos y por tus tortuosas calles, encontrándose a su paso restos de toda naturaleza y condición: mozárabes, góticos, renacentistas... Y, sin embargo, preservas bajo llave crónicas, crímenes, sudarios y romances. Una vida de varios cientos de años parece ocultarse bajo el pincel del artista que te dibuja o bajo el cincel de quien trabaja tu característica artesanía. Cuando me paraba en Zocodover, antaño zoco moruno de ganado en el que se hablaron todas las lenguas europeas, y contemplaba cómo desde allí se abrían paso tus múltiples callejuelas y callejones, sentía la insignificancia del hombre ante el paso del tiempo; cuando admiraba la majestuosa y gótica catedral, con su esbelta torre abriéndose paso hacia el cielo, tomaba conciencia de que la Historia es un largo camino en el que yo no puedo abarcar más que unos insignificantes segundos.

¡Tú, ciudad fortificada en el corazón de la meseta castellana, desde tiempo inmemorial te asientas sobre colinas que coronan una península rocosa sobre la que te asientas! Eres anciana, pero te muestras joven y robusta. Quisiera abrazarte, como el Tajo abraza ese enclave sobre el que te eriges en su margen derecha, formando esa hoz dorada que te bordea y que antaño fue foso natural tan colaborador en tu defensa. El río te abraza y te protege cual fortaleza medieval; el mismo río cuyas aguas bañaban el acero con que se forjaban tus célebres espadas, empuñadas por los brazos más terribles del planeta. ¡Oh, el Tajo! Portador de agua, que, como el tiempo, pasa y no vuelve; hercúlea corriente fluvial que no deja de discurrir entre peñascos, cuya sinuosidad produce ecos sombríos, agitando a su paso restos de puentes antiguos y fragmentos de murallas. Su fuerza es estridente e iracunda; las aguas se ven teñidas por la tierra que ha ido arrastrando en su curso, tomando en algunos momentos cierto color sangriento que parece acrecentar su arrebato. Nada a su paso resiste, solo tú, Toledo, que, en cambio, consigues con tu poder ser abrazada y protegida por el río.
Quisiera, Toledo, abrazarte como tú abrazas, porque, a pesar de tus murallas, eres acogedora: has sido y eres abierta; eres la ciudad de las tres culturas. Solo en tu corazón podían convivir durante siglos pueblos tan opuestos como los cristianos, los árabes y los judíos. Todos te amaron y todos en ti dejaron su huella. Ahí radica tu riqueza monumental; así se explica el legado artístico y cultural que tan presumidamente escondes tras tus murallas: iglesias, palacios, fortalezas, mezquitas y sinagogas se entremezclan en tus calles.
Podría decirte que estás cargada de monumentos, pero estaría faltando a la verdad porque no hay más monumento que tú: tú eres el verdadero monumento. Todas las antiguas construcciones que se mezclan en tus laberínticas calles (el Alcázar, la Catedral, tus palacios, tus iglesias, tus conventos, tus monasterios, tus puentes que cruzan las aguas del Tajo,…), todas ellas se hermanan armónicamente para hacer de ti un auténtico panteón inigualable, un verdadero museo al aire libre; una prodigiosa obra de fábrica, de extraordinaria belleza y solidez más que probada tras los embates de tantos siglos.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a aquel visionario llegado de oriente para el que la idea era la realidad suprema; fuiste la patria adoptiva de Dominico Greco y él, que tanto te amaba, no solo dejó en ti lo mejor de su arte, sino que además acabó convirtiéndote en su telón de fondo preferido.
Gracias al amor que hacia ti profesaba, hoy podemos contemplar sus cuadros, protagonizados por figuras graves, sombrías, enérgicas y alargadas cual cirios de cera, en muchos de tus museos y templos; cirios de cera que alumbran en el interior de las lóbregas capillas toledanas, dejando en mi, espectador, una visión calenturienta y sepulcral que se asemeja a la evocación del paso del tiempo que Toledo me inspira. Las manos del Greco son manos sobrias, son manos expresivas, son manos espirituales, son manos que hablan y evocan. Un halo de misterio parece envolver al espectador cuando se encuentra, frente a frente, ante una de sus pinturas, almacenadas en tus entrañas.

Tú, Toledo, para El Greco eras más que una ciudad: eras la materialización de una visión que él hizo volver numerosas veces en sus cuadros, con tu silueta recamada de almenas y de torres recortándose contra el cielo. Tu estampa fue deformada, transformada y reinventada sin cesar por aquel maestro del manierismo. Gracias a él, hoy podemos verte a ti, Toledo, bajo un cielo marchito surcado de nubes salpicadas por una luz de plata o, al fondo, tras la siempre dolorosa imagen de Cristo crucificado; podemos verte tras las patas del hermoso caballo blanco de San Martín, mientras éste comparte su capa con un pobre; podemos verte, tras las mitras, a los pies de San Bernardino de Siena en su paseo o a los pies de San José, que guía los pasos del niño Jesús, escoltado por un torbellino de ángeles; podemos verte, ocupando un horizonte de tonos calientes con tus construcciones, entre los blancos azulinos del cielo y la palidez de las figuras de Laocoonte y sus hijos entre los anillos de las serpientes… No cabe duda, para Dominico Greco eras más que una ciudad, más que un lugar de residencia donde establecer su hogar… Tanto te quería que no solo te inmortalizó en varios cuadros, sino que en uno de ellos, además, te representó al detalle en un plano que está sujeto por lo que él más quería: su único hijo, Jorge Manuel, toledano de nacimiento.

Es lógico que de ti Dominico se enamorara porque, culturalmente, eres también más que una ciudad; eres la lugar donde santa Teresa empezó a escribir Las Moradas, eres el rincón donde Cervantes compuso su Viaje del Parnaso, Lope de Vega su Laurel de Apolo,… Toledo es más que la capital de la vieja Castilla: es una ciudad de cultura, arte y misticismo; almacén de las letras y teatro en el que brillaron con luz propia todos las suntuosidades de nuestro renacimiento; residencia de los más fastuosos aristócratas del siglo de oro, de pícaros, de doctores pedantes, de rufianes desalmados y de otras tantas figuras magistralmente dibujadas por Tirso de Molina.
Toledo, siempre cargada de amor y de recuerdos, siempre evocando lo irreal y lo extraordinario; sé que me estás esperando con los brazos abiertos, como entonces esperabas a aquel romántico sevillano, infatigable buscador de lo maravilloso y lo fantástico. Tus antiguas piedras esperaban una varita mágica que les diera una nueva vida en la España decimonónica, y aquella vara solo la podía manejar Gustavo Adolfo Bécquer. Así le embriagaste nada más encontrarte: para él eras excesiva e ingente, eras un empacho de belleza, eras mora cautivadora de mil hermosos senos. Desde que respiró el aire que corretea por tus calles, te convertiste en un lugar de amor y peregrinación para él.
A ti volvería el poeta sevillano huyendo de su dolor amoroso y de las revueltas de la siempre cercana capital; a ti, que le encandilabas por tus retorcidas y estrechas callejuelas, por tus monumentos cargados de historia y por tu atmósfera impregnada de encanto; a ti te rendiría Bécquer tributo en numerosos artículos y en varias de sus leyendas, repletas de color local y atmósfera sobrenatural, donde se atisba el trasfondo amoroso por lo desconocido y lo extraordinario. ¡No podía ser de otra manera! Un nostálgico evocador de antiguos aromas medievales, en tus calles, ámbito inmejorablemente perfecto para deambulaciones, encontró el lugar idóneo para pasar largas horas reflexionando, siempre a la búsqueda de tintineo de espuelas y diálogo de espadas.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a Valle-Inclán, que vio en ti ejemplificado su quietismo estético, basado en desposeer, a través del recuerdo, de la condición temporal a cualquier cosa; enamoraste a un gallego que adoraba tu poder de evocación, que se sentía embelesado por tu poder místico, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Valle, al igual que yo, sintió ante tus monumentos el paso de la muerte y la densidad de los siglos, apreciando en ti una atmósfera narcótica.
Por ser tan hermosa, por ser tan legendaria, por ser pieza clave de la Historia de España, por ser la capital imperial de Carlos I, por ser la ciudad que adoptó al Greco, por ser siempre foco de cultura, por ser punto de encuentro de civilizaciones, por ser evocadora de sensaciones maravillosas, por ser un tesoro monumental salvaguardado por portentosas murallas,… Por ser distinta, ¡te quiero, Toledo!
El Cigarral de las Mercedes convocó en septiembre el I Certamen Internacional de Cartas de Amor a Toledo al que, bajo las bases requeridas, se presentó la que aquí he puesto. De entre todas las concurrentes, el jurado debía seleccionar diez, pero desgraciadamente ésta no pasó el corte... Sea como fuere, algo apenado, aquí os la dejo, para que vosotros la valoreis críticamente. Saludos a todos y Felices Fiestas
Toledo, amada: hoy te escribo a ti, desde la distancia, esta pobre carta de amor, fruto de la nostalgia de sentirte tan lejos y a la vez tan dentro de mi; te escribo en el imposible afán de intentar reflejar en palabras cuantos sentimientos me evocas, cuantas emociones me inspiras, cuantas lágrimas de añoranza brotan cada vez que cierro los ojos y recuerdo tu estampa… Y es que, Toledo, si hermosa eres contemplada, tanto más hermosa eres recordada, porque al recordarte te tornas adecuada a la reminiscencia, ajena al tiempo, que, como en una visión inmutable, para ti no parece pasar; tú, y solo tú, trasciendes al devenir de los siglos, porque tienes poder para ello.
Dicen, los que te conocen, que pasear por tus calles es como viajar en una máquina del tiempo, que nunca antes de visitarte se puede haber recibido tan magistral lección sobre la historia española, pues solo tú ofreces el resumen más completo y sugestivo de nuestro pasado. Cuando el viajero atraviesa la Visagra o la Cambrón, olvida el moderno medio de transporte que hasta ti le ha traído. En ti se respira la atmósfera brusca de la España visigótica, en ti se conservan aromas exóticos de los cuatro siglos de dominación musulmana en el corazón de la Península, en ti se observa la nobleza que te da haber sido residencia de casi todos los reyes castellanos durante la larga Reconquista.

Los Reyes Católicos te urbanizaron y te engrandecieron, sin robarte tu herencia histórica: la traza laberíntica de la ciudad musulmana que nunca pudo ser superada, a pesar de las posteriores racionalizaciones viarias, con sus ampliaciones, conexiones y rectificaciones. Eres desdeñada por los modernos urbanistas, desconocedores de que en tus entrañas se fraguaba una de tus características más importantes: la existencia de ciertos espacios interiores inmensos y rectilíneos, como los de la catedral, rodeados, a su vez, de callejas estrechas y tortuosas, aún hoy domésticas; angostillos que, a modo de trama continua, unen y rodean los abundantes edificios históricos y religiosos que predominan sobre la trama urbana, creando una perspectiva sin igual.
Tú eres más que una ciudad: eres Ciudad Imperial; eres la capital del sueño imperial de Carlos V, basado en un proyecto de monarquía universal, inspirado en sus lecturas dantescas y edificado sobre un orbe cristiano en paz. Felipe II te quitó la capitalidad del Reino, pero tu grandeza era tan inherente a la del Imperio que, al ir perdiendo tú protagonismo, empezó a ponerse el sol en los dominios filipinos: al tú empezar a decaer, empezó a decaer la Historia de España.
Dicen, los que te desprecian, que presentas el aspecto de un pueblo muerto, que solo ofreces ruinas de ciudad incapaces de renacer, de germinar a una nueva vida, de fecundar una ciudad moderna; que eres ciudad medieval de la que solo queda la evocación de los recuerdos y tus duras cuestas… Observa: nadie, hasta quien no te quiere, se atreve a negar tu portentoso poder evocador… ¡Y tus duras cuestas! Cierto es que el hombre se ha ido acomodando a las grandes llanuras, pero jamás hubo caminante que, a pesar de tus empinadas calles, no hallara descanso al alcanzarte. Quien te desprecia es porque no te conoce con profundidad: en tus callejuelas se siente la nostalgia del pasado; se experimenta el amor hacia lo antiguo trepando por tus vericuetos, escalando con la mirada tus murallas, ásperas y fatigosas a simple vista, pero llenas de recuerdos, habitadas por sombras insignes. Quizá, Toledo, seas antigua: cierto; pero uno, al perderse en tus arterias, se siente renacer, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas.
Recuerdo de mi niñez algo más de ti que la perspectiva desde el puente de Alcántara, ensueño de artistas de toda condición: arriba, el Alcázar, dispuesto en lo alto, cual nido de halcones en la cima de una montaña inaccesible; a la izquierda, las ruinas del Castillo de San Servando; a la derecha, algo más alejado, en la pendiente que desciende hacia la Vega, el arrabal de Santiago, donde las torres de la Puerta de Visagra forman, junto con los viejos sillares de la muralla, el más ameno complejo; enfrente, una indefinida aglomeración de edificios antiquísimos y otros no tanto, edificados unos sobre otros en la pendiente del risco; y, abajo del todo, el río Tajo. Yo entraba a ti por Alcántara cuando venía de jugar al balón con otros niños en los alrededores de la ciudad; allí, fuera de ti, el paisaje es sombrío, monótono y desértico; paraíso de ermitaños y de espíritus soñolientos; erial hosco en nada afín a los trigales que invaden la llanura manchega por donde el espíritu de don Quijote sigue cabalgando, intranquilizando conciencias dormidas, a la búsqueda del último molino.
Recuerdo, como digo, algo más de ti: recuerdo cómo sentía sobre tus piedras y bajo tus arcos, acaso inmemoriales, el paso del tiempo: los siglos parecían fluir con la misma armonía que bajo las faldas de tus laderas fluyen las aguas del Tajo; nuestra Historia ha caminado por tus plazas, como la procesión del Corpus, siguiendo el compás del tañido de las campanas de tu catedral; la muerte y el sueño eterno deambulaban aunados por tus patios escondidos y por tus tortuosas calles, encontrándose a su paso restos de toda naturaleza y condición: mozárabes, góticos, renacentistas... Y, sin embargo, preservas bajo llave crónicas, crímenes, sudarios y romances. Una vida de varios cientos de años parece ocultarse bajo el pincel del artista que te dibuja o bajo el cincel de quien trabaja tu característica artesanía. Cuando me paraba en Zocodover, antaño zoco moruno de ganado en el que se hablaron todas las lenguas europeas, y contemplaba cómo desde allí se abrían paso tus múltiples callejuelas y callejones, sentía la insignificancia del hombre ante el paso del tiempo; cuando admiraba la majestuosa y gótica catedral, con su esbelta torre abriéndose paso hacia el cielo, tomaba conciencia de que la Historia es un largo camino en el que yo no puedo abarcar más que unos insignificantes segundos.

¡Tú, ciudad fortificada en el corazón de la meseta castellana, desde tiempo inmemorial te asientas sobre colinas que coronan una península rocosa sobre la que te asientas! Eres anciana, pero te muestras joven y robusta. Quisiera abrazarte, como el Tajo abraza ese enclave sobre el que te eriges en su margen derecha, formando esa hoz dorada que te bordea y que antaño fue foso natural tan colaborador en tu defensa. El río te abraza y te protege cual fortaleza medieval; el mismo río cuyas aguas bañaban el acero con que se forjaban tus célebres espadas, empuñadas por los brazos más terribles del planeta. ¡Oh, el Tajo! Portador de agua, que, como el tiempo, pasa y no vuelve; hercúlea corriente fluvial que no deja de discurrir entre peñascos, cuya sinuosidad produce ecos sombríos, agitando a su paso restos de puentes antiguos y fragmentos de murallas. Su fuerza es estridente e iracunda; las aguas se ven teñidas por la tierra que ha ido arrastrando en su curso, tomando en algunos momentos cierto color sangriento que parece acrecentar su arrebato. Nada a su paso resiste, solo tú, Toledo, que, en cambio, consigues con tu poder ser abrazada y protegida por el río.
Quisiera, Toledo, abrazarte como tú abrazas, porque, a pesar de tus murallas, eres acogedora: has sido y eres abierta; eres la ciudad de las tres culturas. Solo en tu corazón podían convivir durante siglos pueblos tan opuestos como los cristianos, los árabes y los judíos. Todos te amaron y todos en ti dejaron su huella. Ahí radica tu riqueza monumental; así se explica el legado artístico y cultural que tan presumidamente escondes tras tus murallas: iglesias, palacios, fortalezas, mezquitas y sinagogas se entremezclan en tus calles.
Podría decirte que estás cargada de monumentos, pero estaría faltando a la verdad porque no hay más monumento que tú: tú eres el verdadero monumento. Todas las antiguas construcciones que se mezclan en tus laberínticas calles (el Alcázar, la Catedral, tus palacios, tus iglesias, tus conventos, tus monasterios, tus puentes que cruzan las aguas del Tajo,…), todas ellas se hermanan armónicamente para hacer de ti un auténtico panteón inigualable, un verdadero museo al aire libre; una prodigiosa obra de fábrica, de extraordinaria belleza y solidez más que probada tras los embates de tantos siglos.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a aquel visionario llegado de oriente para el que la idea era la realidad suprema; fuiste la patria adoptiva de Dominico Greco y él, que tanto te amaba, no solo dejó en ti lo mejor de su arte, sino que además acabó convirtiéndote en su telón de fondo preferido.
Gracias al amor que hacia ti profesaba, hoy podemos contemplar sus cuadros, protagonizados por figuras graves, sombrías, enérgicas y alargadas cual cirios de cera, en muchos de tus museos y templos; cirios de cera que alumbran en el interior de las lóbregas capillas toledanas, dejando en mi, espectador, una visión calenturienta y sepulcral que se asemeja a la evocación del paso del tiempo que Toledo me inspira. Las manos del Greco son manos sobrias, son manos expresivas, son manos espirituales, son manos que hablan y evocan. Un halo de misterio parece envolver al espectador cuando se encuentra, frente a frente, ante una de sus pinturas, almacenadas en tus entrañas.

Tú, Toledo, para El Greco eras más que una ciudad: eras la materialización de una visión que él hizo volver numerosas veces en sus cuadros, con tu silueta recamada de almenas y de torres recortándose contra el cielo. Tu estampa fue deformada, transformada y reinventada sin cesar por aquel maestro del manierismo. Gracias a él, hoy podemos verte a ti, Toledo, bajo un cielo marchito surcado de nubes salpicadas por una luz de plata o, al fondo, tras la siempre dolorosa imagen de Cristo crucificado; podemos verte tras las patas del hermoso caballo blanco de San Martín, mientras éste comparte su capa con un pobre; podemos verte, tras las mitras, a los pies de San Bernardino de Siena en su paseo o a los pies de San José, que guía los pasos del niño Jesús, escoltado por un torbellino de ángeles; podemos verte, ocupando un horizonte de tonos calientes con tus construcciones, entre los blancos azulinos del cielo y la palidez de las figuras de Laocoonte y sus hijos entre los anillos de las serpientes… No cabe duda, para Dominico Greco eras más que una ciudad, más que un lugar de residencia donde establecer su hogar… Tanto te quería que no solo te inmortalizó en varios cuadros, sino que en uno de ellos, además, te representó al detalle en un plano que está sujeto por lo que él más quería: su único hijo, Jorge Manuel, toledano de nacimiento.

Es lógico que de ti Dominico se enamorara porque, culturalmente, eres también más que una ciudad; eres la lugar donde santa Teresa empezó a escribir Las Moradas, eres el rincón donde Cervantes compuso su Viaje del Parnaso, Lope de Vega su Laurel de Apolo,… Toledo es más que la capital de la vieja Castilla: es una ciudad de cultura, arte y misticismo; almacén de las letras y teatro en el que brillaron con luz propia todos las suntuosidades de nuestro renacimiento; residencia de los más fastuosos aristócratas del siglo de oro, de pícaros, de doctores pedantes, de rufianes desalmados y de otras tantas figuras magistralmente dibujadas por Tirso de Molina.
Toledo, siempre cargada de amor y de recuerdos, siempre evocando lo irreal y lo extraordinario; sé que me estás esperando con los brazos abiertos, como entonces esperabas a aquel romántico sevillano, infatigable buscador de lo maravilloso y lo fantástico. Tus antiguas piedras esperaban una varita mágica que les diera una nueva vida en la España decimonónica, y aquella vara solo la podía manejar Gustavo Adolfo Bécquer. Así le embriagaste nada más encontrarte: para él eras excesiva e ingente, eras un empacho de belleza, eras mora cautivadora de mil hermosos senos. Desde que respiró el aire que corretea por tus calles, te convertiste en un lugar de amor y peregrinación para él.
A ti volvería el poeta sevillano huyendo de su dolor amoroso y de las revueltas de la siempre cercana capital; a ti, que le encandilabas por tus retorcidas y estrechas callejuelas, por tus monumentos cargados de historia y por tu atmósfera impregnada de encanto; a ti te rendiría Bécquer tributo en numerosos artículos y en varias de sus leyendas, repletas de color local y atmósfera sobrenatural, donde se atisba el trasfondo amoroso por lo desconocido y lo extraordinario. ¡No podía ser de otra manera! Un nostálgico evocador de antiguos aromas medievales, en tus calles, ámbito inmejorablemente perfecto para deambulaciones, encontró el lugar idóneo para pasar largas horas reflexionando, siempre a la búsqueda de tintineo de espuelas y diálogo de espadas.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a Valle-Inclán, que vio en ti ejemplificado su quietismo estético, basado en desposeer, a través del recuerdo, de la condición temporal a cualquier cosa; enamoraste a un gallego que adoraba tu poder de evocación, que se sentía embelesado por tu poder místico, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Valle, al igual que yo, sintió ante tus monumentos el paso de la muerte y la densidad de los siglos, apreciando en ti una atmósfera narcótica.
Por ser tan hermosa, por ser tan legendaria, por ser pieza clave de la Historia de España, por ser la capital imperial de Carlos I, por ser la ciudad que adoptó al Greco, por ser siempre foco de cultura, por ser punto de encuentro de civilizaciones, por ser evocadora de sensaciones maravillosas, por ser un tesoro monumental salvaguardado por portentosas murallas,… Por ser distinta, ¡te quiero, Toledo!
El Cigarral de las Mercedes convocó en septiembre el I Certamen Internacional de Cartas de Amor a Toledo al que, bajo las bases requeridas, se presentó la que aquí he puesto. De entre todas las concurrentes, el jurado debía seleccionar diez, pero desgraciadamente ésta no pasó el corte... Sea como fuere, algo apenado, aquí os la dejo, para que vosotros la valoreis críticamente. Saludos a todos y Felices Fiestas
La carta del Indio Salvaje
Esta carta fue dirigida por el Jefe indio Seattle, Gran Jefe de los Duwamish, a Franklin Pierce, decimocuarto presidente de los Estados Unidos de América.
La carta era en realidad un discurso que pronunció ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington en 1855. Su contenido no se haría público hasta 1887, es decir, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que, si no accediéramos a él, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña: ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo; la hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles o los pardos insectos son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo o el águila majestuosa son nuestros hermanos, como las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces; además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. ¡El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre!
Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y que, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser: lo mismo le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemigo: cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por lo alto de la pradera; entonces, todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad; todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra; si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos...
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: Nuestro dios es el mismo que el vuestro, Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia. Si ensuciais vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja; ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?... Desapareció.
¿Dónde está el águila ?... Desapareció.
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

La carta era en realidad un discurso que pronunció ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington en 1855. Su contenido no se haría público hasta 1887, es decir, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que, si no accediéramos a él, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña: ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo; la hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles o los pardos insectos son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo o el águila majestuosa son nuestros hermanos, como las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces; además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. ¡El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre!
Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y que, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser: lo mismo le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemigo: cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por lo alto de la pradera; entonces, todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad; todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra; si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos...
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: Nuestro dios es el mismo que el vuestro, Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia. Si ensuciais vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja; ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?... Desapareció.
¿Dónde está el águila ?... Desapareció.
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

¿Mis canciones?
—Debe haber sido un gran hombre… ¡Todos decían cosas muy bonitas de él!
—Me imagino que para eso son los entierros…
—¿Tú has pensado alguna vez en el tuyo? ¿Cómo te gustaría que fuese o como te gustaría que te recordasen?
—Mira, yo suelo intentar pensar en cosas más agradables…
—Pues yo a veces no puedo evitar pensar en el mío… Me gustaría dejar una buena estela…
—¡Pues piensa más las cosas que haces, guapa!
—No te me pongas irónico, Elizalde. Te estoy hablando en serio… Me gustaría que la gente me recordara bien, por algo bueno que haya hecho y que ese algo quedara en el corazón de las personas que me quieren… ¿Sabes? Me gustaría que cuando yo no esté, se me hiciera una fiesta homenaje, en la que sonaran una serie de canciones que allá donde yo esté seguro que podré escuchar… ¡Canciones que yo misma elija! ¡Canciones que en ese preciso momento cobren un significado especial! ¡Canciones que para mi tenga un significado y que yo recopilaría en un disco bajo el título de “Cuando yo me vaya…! ¿Nunca has pensado en eso?
—Ya te he dicho que yo suelo intentar pensar en cosas más agradables; creo que ahora mismo tengo pensamientos más dulces que especular con las canciones que me gustaría que sonaran el día que yo me vaya…
—Pues deberías hacerlo… Verías que es una acción de una gran transparencia espiritual. ¿Por qué no lo intentas? Anda, hazlo. Me gustaría saber cuáles serían tus canciones…
—Bueno, ya veremos…
Esta actividad, que en principio a mi me parecía absurda y desagradable, inexplicablemente, al final la he hecho. Tras haber meditador un rato, he sacado una lista de canciones tal y como tú me pediste y, en honor a la verdad, he de decir que la actividad no ha sido, en contra de lo que yo pensaba, para nada desagradable… Así que, esas canciones que a mi me gustaría que sonaran el día que me fuera, esas palabras y frases entonadas el día que yo falte, esas melodías con las que espero que me recuerden… Aquí te las dejo:
1. Héroes del Silencio — Deshacer el mundo.
2. Ronan Hardiman — Siamsa
3. Los Rodríguez — Sol y Sombra
4. Madonna — The power of good bye
5. Queen — Show must go on
6. Pooh & Fiordaliso — Saprai
7. Pink Floyd — On the turning away
8. Dire Straits — Ticket to heaven
9. Simon & Garfunkel — Bridge over troubled water
10. Ima — In your eyes
11. Nacha Pop — Relojes en la oscuridad
12. Queen — Who wants to live forever?
13. John Denver — Take me home, country roads
14. Oasis — Stop crying your heart out
15. Bob Dylan — Knocking on Heavens Door
16. Bob Seeger — Against the wind
17. Louis Armstron — What a Wonderful World
18. Ella Baila Sola — Despídete
Éstas son mis canciones. Algunas piden a gritos traduzcointerpretación, ¿verdad? Todo se andará…
Si acaso se me ocurriera alguna más, la incluiré… Mientras tanto, que cada uno de los que me lee piense: ¿cuáles serían sus canciones: esas canciones con las que le gustaría que le recordáramos cuando no esté?

—Me imagino que para eso son los entierros…
—¿Tú has pensado alguna vez en el tuyo? ¿Cómo te gustaría que fuese o como te gustaría que te recordasen?
—Mira, yo suelo intentar pensar en cosas más agradables…
—Pues yo a veces no puedo evitar pensar en el mío… Me gustaría dejar una buena estela…
—¡Pues piensa más las cosas que haces, guapa!
—No te me pongas irónico, Elizalde. Te estoy hablando en serio… Me gustaría que la gente me recordara bien, por algo bueno que haya hecho y que ese algo quedara en el corazón de las personas que me quieren… ¿Sabes? Me gustaría que cuando yo no esté, se me hiciera una fiesta homenaje, en la que sonaran una serie de canciones que allá donde yo esté seguro que podré escuchar… ¡Canciones que yo misma elija! ¡Canciones que en ese preciso momento cobren un significado especial! ¡Canciones que para mi tenga un significado y que yo recopilaría en un disco bajo el título de “Cuando yo me vaya…! ¿Nunca has pensado en eso?
—Ya te he dicho que yo suelo intentar pensar en cosas más agradables; creo que ahora mismo tengo pensamientos más dulces que especular con las canciones que me gustaría que sonaran el día que yo me vaya…
—Pues deberías hacerlo… Verías que es una acción de una gran transparencia espiritual. ¿Por qué no lo intentas? Anda, hazlo. Me gustaría saber cuáles serían tus canciones…
—Bueno, ya veremos…
Esta actividad, que en principio a mi me parecía absurda y desagradable, inexplicablemente, al final la he hecho. Tras haber meditador un rato, he sacado una lista de canciones tal y como tú me pediste y, en honor a la verdad, he de decir que la actividad no ha sido, en contra de lo que yo pensaba, para nada desagradable… Así que, esas canciones que a mi me gustaría que sonaran el día que me fuera, esas palabras y frases entonadas el día que yo falte, esas melodías con las que espero que me recuerden… Aquí te las dejo:
1. Héroes del Silencio — Deshacer el mundo.
2. Ronan Hardiman — Siamsa
3. Los Rodríguez — Sol y Sombra
4. Madonna — The power of good bye
5. Queen — Show must go on
6. Pooh & Fiordaliso — Saprai
7. Pink Floyd — On the turning away
8. Dire Straits — Ticket to heaven
9. Simon & Garfunkel — Bridge over troubled water
10. Ima — In your eyes
11. Nacha Pop — Relojes en la oscuridad
12. Queen — Who wants to live forever?
13. John Denver — Take me home, country roads
14. Oasis — Stop crying your heart out
15. Bob Dylan — Knocking on Heavens Door
16. Bob Seeger — Against the wind
17. Louis Armstron — What a Wonderful World
18. Ella Baila Sola — Despídete
Éstas son mis canciones. Algunas piden a gritos traduzcointerpretación, ¿verdad? Todo se andará…
Si acaso se me ocurriera alguna más, la incluiré… Mientras tanto, que cada uno de los que me lee piense: ¿cuáles serían sus canciones: esas canciones con las que le gustaría que le recordáramos cuando no esté?

Dibujándote...
A ti...
—A ver… Dobla un poco más el brazo, poniendo la mano hacia ti… Perfecto… ¡Muy bien! Relájate… ¿Estás cómoda?
—Sí.
—Bien. Pues, a partir de ahora, viene lo más importante: intenta no moverte…
Seguidamente, empecé a dibujar…
Allí estaba ella, desnuda, frente a mí. Medio tumbada, recostada plácidamente, semidistendida sobre un lujoso lecho, en una postura atrevida y audaz; como audaz era la expresión de su rostro y su actitud corporal, que parecía sonreír satisfecha y gozosa con las gracias que engalanaban su bello cuerpo: en silencio me miraba, de forma directa y provocativa, esbozando una leve sonrisa; las facciones del rostro estaban perfectamente acompasadas, exhibiendo una mirada dulce, cómplice y decidida.
Las líneas que contorneaban su figura eran ahora mi presa a cazar, mi objetivo a alcanzar: las carnaduras de su cuerpo, que se mostraban suaves, pidiendo caricias a voces, contrastaban con las sábanas arrugadas y los cojines que la rodeaban, resaltando la atmósfera de íntima sensualidad que invadía aquella instancia.
No había nadie más en aquel sitio, pero si lo hubiera, desapercibido hubiese pasado para mi mente, que solo procesaba lo que estaba mirando: mis ojos no dejaban de deslizarse por su cuerpo, observándolo, en parte con disimulo, en parte con fascinación.

Miraba y miraba, sin cansarme. Observaba con absoluto detenimiento mientras recordaba los versos de Neruda, cuando le cantaba a una mujer desnuda:
Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.
Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.
Entonces, comenzó mi trabajo, haciendo el tremendo esfuerzo de intentar extrapolar lo que estaba viendo; tratando de reducir aquellos contornos, acaso mágicos, a un trozo de papel; pretendiendo recoger tanta hermosura en un insignificante pliego;… ¡Ardua tarea! Sé que se puede pensar que era fácil, pues desechada estaba la idea obsesiva de alcanzar la perfección que acompaña a toda obra de arte: tan solo tenía que mirarla a ella para darme cuenta de que ella sintetizaba la perfección. Tan solo tenía que mirarla y dibujarla tal y como la veía… Pero era difícil captar cuanto estaba viendo…
Tomé uno de mis lápices, y con él fui señalando sobre el papel algunos puntos de referencia: cuello, hombros, codos, pechos, cadera, rodillas y mentón. Cada punto, venía precedido de una mirada absorbente, con la que mis ojos intentaban cazar la fracción de su silueta que quería plasmar, trasladándola a mi mano derecha y de ella al papel. Marcados los puntos, había que unirlos para ir esbozando la efigie, siempre de acuerdo con los contornos de su cuerpo: empecé por el pubis, que más o menos se ubicaba en el centro del dibujo. Aquel triángulo invertido, donde convergían sus dos muslos, ligeramente poblado de bello, era voluptuoso: un auténtico monte de amor. Con ganas hubiera ido recogiendo fielmente en el papel cada uno de los pelos que poblaban tan delicado acolchado, mas tenía que seguir dibujando. Una vez contorneado el triángulo púbico, prolongué su vértice inferior, captando la recta de encuentro de sus muslos. Muslos exquisitos, dulces, tersos, cándidos y entrañables, como dos pilares de fino alabastro… Sin duda, los muslos eran la parte más hermosa de su cuerpo. Contorneé un muslo y luego otro, a cada cual más bello. Continué con el vientre, cuyos laterales arqueaban simétricamente entre pliegues ondulados que formaban, fruto de la postura, cascadas celestiales que dividían el abdomen en pálidas regiones; contorneando el vientre desemboqué, en lo alto, en sus senos: níveas colinas paralelas de vigor y plenitud, henchidas por la luz de la vida. Pasé entonces a recoger su rostro: su cabello largo y desordenado, bruno y lleno de vida; sus párpados de fino hilo, que encierran en sus ojos dos interesantes abismos de transparencia; su nariz afilada y suave, sus labios carnosos y refinados, sonrientes y tersos; su mentón afinado, sus mejillas sedosas, sus cejas oscuras y sus orejas semiovaladas. Para acabar, ya solo me quedaba recoger sus brazos con sus respectivas manos, transmisoras de una ternura curiosa e infinita, así como la parte baja de sus piernas, rematadas por sus pies arqueados y finos, simétricos y claros.
Durante todo este tiempo, yo permanecí en silencio, consciente de que ella seguía con la mirada todos y cada uno de mis movimientos. Se alternaba el sonido de mi lápiz recorriendo el papel, con el ciclo que iban describiendo mis ojos, al ir de su cuerpo a la hoja y de nuevo a su cuerpo. Trazado a trazado, mirada a mirada, el dibujo fue tomando forma, hasta que pudo empezar a reconocerse su estampa brotando del papel. Posteriormente, aquellas finas líneas trazadas a lápiz se fueron enmascarando con la traza más gruesa de otro lápiz más orondo, conformando líneas algo más oscuras, algunas de las cuales fueron dibujadas varias veces sobre sí mismas para conseguir que resaltaran. Cuando ya, por fin, estaban marcados los principales contornos, con la ayuda de una pulcra goma de borrar, hice desaparecer varios trazos de lápiz que me habían servido de referencia... Empezaba entonces la tarea más compleja: el remate final; transformar aquel contorno bidimensional en una figura tridimensional, tan llena de vida como la hermosa mujer que mis ojos no se cansaban de mirar; poco a poco, se fue consiguiendo que aquellas finas líneas negras, acumuladas unas con otras, fueran arrancando luces y sombras al dibujo, llegando a parecerme en algunos momentos que la imagen cobraba vida.
No sabría decir el tiempo que duró el trazado de aquel boceto: poco para mi, pues el tiempo se me pasó volando, y, no voy a negarlo, me hubiera gustado pasar más rato contemplándola; demasiado para ella, pues eternos debieron ser los minutos, por no decir horas, en los que posó pacientemente, sin perder en ningún momento la postura, ni tampoco esa sonrisa traviesa y algo mágica, que pendía de su rostro por insuflo divino.
Al acabar, se lo hice saber, para que descansara, y le mostré el dibujo que, según parece, le gustó…
****************************************************************************
Y así quedó el dibujo: cuando días después yo lo miraba y pensaba en ella, me recordaba a una diosa, me recordaba a Venus… Pero era una diosa diferente, no era etérea ni evanescente… Durante todo momento pareció tangible, a pesar de que yo nunca llegué a tocarla: parecía mostrarse consciente y orgullosa de su belleza y de su desnudez; en ningún momento aprecié elemento alguno que provocara la sensación de un distanciamiento divino por su parte.
El dibujo, no porque lo hiciera yo (sería una modestia inapropiada) sino por la imagen que recoge, es maravilloso, magnífico, hermoso, sublime y bello… ¡pero insuficiente! La auténtica obra maestra era ella misma… Después de ella, poco queda ya que plasmar… Si acaso algún día ella se vistiera de ausencia y de olvido, siempre recordaré que un día me dio la oportunidad de dibujarla desnuda.

—A ver… Dobla un poco más el brazo, poniendo la mano hacia ti… Perfecto… ¡Muy bien! Relájate… ¿Estás cómoda?
—Sí.
—Bien. Pues, a partir de ahora, viene lo más importante: intenta no moverte…
Seguidamente, empecé a dibujar…
Allí estaba ella, desnuda, frente a mí. Medio tumbada, recostada plácidamente, semidistendida sobre un lujoso lecho, en una postura atrevida y audaz; como audaz era la expresión de su rostro y su actitud corporal, que parecía sonreír satisfecha y gozosa con las gracias que engalanaban su bello cuerpo: en silencio me miraba, de forma directa y provocativa, esbozando una leve sonrisa; las facciones del rostro estaban perfectamente acompasadas, exhibiendo una mirada dulce, cómplice y decidida.
Las líneas que contorneaban su figura eran ahora mi presa a cazar, mi objetivo a alcanzar: las carnaduras de su cuerpo, que se mostraban suaves, pidiendo caricias a voces, contrastaban con las sábanas arrugadas y los cojines que la rodeaban, resaltando la atmósfera de íntima sensualidad que invadía aquella instancia.
No había nadie más en aquel sitio, pero si lo hubiera, desapercibido hubiese pasado para mi mente, que solo procesaba lo que estaba mirando: mis ojos no dejaban de deslizarse por su cuerpo, observándolo, en parte con disimulo, en parte con fascinación.

Miraba y miraba, sin cansarme. Observaba con absoluto detenimiento mientras recordaba los versos de Neruda, cuando le cantaba a una mujer desnuda:
Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.
Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.
Entonces, comenzó mi trabajo, haciendo el tremendo esfuerzo de intentar extrapolar lo que estaba viendo; tratando de reducir aquellos contornos, acaso mágicos, a un trozo de papel; pretendiendo recoger tanta hermosura en un insignificante pliego;… ¡Ardua tarea! Sé que se puede pensar que era fácil, pues desechada estaba la idea obsesiva de alcanzar la perfección que acompaña a toda obra de arte: tan solo tenía que mirarla a ella para darme cuenta de que ella sintetizaba la perfección. Tan solo tenía que mirarla y dibujarla tal y como la veía… Pero era difícil captar cuanto estaba viendo…
Tomé uno de mis lápices, y con él fui señalando sobre el papel algunos puntos de referencia: cuello, hombros, codos, pechos, cadera, rodillas y mentón. Cada punto, venía precedido de una mirada absorbente, con la que mis ojos intentaban cazar la fracción de su silueta que quería plasmar, trasladándola a mi mano derecha y de ella al papel. Marcados los puntos, había que unirlos para ir esbozando la efigie, siempre de acuerdo con los contornos de su cuerpo: empecé por el pubis, que más o menos se ubicaba en el centro del dibujo. Aquel triángulo invertido, donde convergían sus dos muslos, ligeramente poblado de bello, era voluptuoso: un auténtico monte de amor. Con ganas hubiera ido recogiendo fielmente en el papel cada uno de los pelos que poblaban tan delicado acolchado, mas tenía que seguir dibujando. Una vez contorneado el triángulo púbico, prolongué su vértice inferior, captando la recta de encuentro de sus muslos. Muslos exquisitos, dulces, tersos, cándidos y entrañables, como dos pilares de fino alabastro… Sin duda, los muslos eran la parte más hermosa de su cuerpo. Contorneé un muslo y luego otro, a cada cual más bello. Continué con el vientre, cuyos laterales arqueaban simétricamente entre pliegues ondulados que formaban, fruto de la postura, cascadas celestiales que dividían el abdomen en pálidas regiones; contorneando el vientre desemboqué, en lo alto, en sus senos: níveas colinas paralelas de vigor y plenitud, henchidas por la luz de la vida. Pasé entonces a recoger su rostro: su cabello largo y desordenado, bruno y lleno de vida; sus párpados de fino hilo, que encierran en sus ojos dos interesantes abismos de transparencia; su nariz afilada y suave, sus labios carnosos y refinados, sonrientes y tersos; su mentón afinado, sus mejillas sedosas, sus cejas oscuras y sus orejas semiovaladas. Para acabar, ya solo me quedaba recoger sus brazos con sus respectivas manos, transmisoras de una ternura curiosa e infinita, así como la parte baja de sus piernas, rematadas por sus pies arqueados y finos, simétricos y claros.
Durante todo este tiempo, yo permanecí en silencio, consciente de que ella seguía con la mirada todos y cada uno de mis movimientos. Se alternaba el sonido de mi lápiz recorriendo el papel, con el ciclo que iban describiendo mis ojos, al ir de su cuerpo a la hoja y de nuevo a su cuerpo. Trazado a trazado, mirada a mirada, el dibujo fue tomando forma, hasta que pudo empezar a reconocerse su estampa brotando del papel. Posteriormente, aquellas finas líneas trazadas a lápiz se fueron enmascarando con la traza más gruesa de otro lápiz más orondo, conformando líneas algo más oscuras, algunas de las cuales fueron dibujadas varias veces sobre sí mismas para conseguir que resaltaran. Cuando ya, por fin, estaban marcados los principales contornos, con la ayuda de una pulcra goma de borrar, hice desaparecer varios trazos de lápiz que me habían servido de referencia... Empezaba entonces la tarea más compleja: el remate final; transformar aquel contorno bidimensional en una figura tridimensional, tan llena de vida como la hermosa mujer que mis ojos no se cansaban de mirar; poco a poco, se fue consiguiendo que aquellas finas líneas negras, acumuladas unas con otras, fueran arrancando luces y sombras al dibujo, llegando a parecerme en algunos momentos que la imagen cobraba vida.
No sabría decir el tiempo que duró el trazado de aquel boceto: poco para mi, pues el tiempo se me pasó volando, y, no voy a negarlo, me hubiera gustado pasar más rato contemplándola; demasiado para ella, pues eternos debieron ser los minutos, por no decir horas, en los que posó pacientemente, sin perder en ningún momento la postura, ni tampoco esa sonrisa traviesa y algo mágica, que pendía de su rostro por insuflo divino.
Al acabar, se lo hice saber, para que descansara, y le mostré el dibujo que, según parece, le gustó…
****************************************************************************
Y así quedó el dibujo: cuando días después yo lo miraba y pensaba en ella, me recordaba a una diosa, me recordaba a Venus… Pero era una diosa diferente, no era etérea ni evanescente… Durante todo momento pareció tangible, a pesar de que yo nunca llegué a tocarla: parecía mostrarse consciente y orgullosa de su belleza y de su desnudez; en ningún momento aprecié elemento alguno que provocara la sensación de un distanciamiento divino por su parte.
El dibujo, no porque lo hiciera yo (sería una modestia inapropiada) sino por la imagen que recoge, es maravilloso, magnífico, hermoso, sublime y bello… ¡pero insuficiente! La auténtica obra maestra era ella misma… Después de ella, poco queda ya que plasmar… Si acaso algún día ella se vistiera de ausencia y de olvido, siempre recordaré que un día me dio la oportunidad de dibujarla desnuda.

Mirando atrás... Aún nos quedan cosas por hacer
Ha sido en Sevilla, casi doce años después. Durante este fin de semana he tenido un rato de algo más de dos horas en el que mi mirada se ha vuelto permanentemente atrás. Allí, en el Estadio de la Cartuja de Sevilla, he vuelto a cantar canciones que llevaba más de diez años sin entonar, por no decir gritar, en un concierto; canciones de ese grupo que tantas pasiones ha levantado dentro del panorama del rock español y latino, que tiene una historia labrada con letras de fuego y que en los noventa protagonizó conciertos de un coraje y una fuerza sin precedentes pero que, un buen día, sin nadie entender bien a cuento de qué, decidió disolverse… Me refiero a Héroes del Silencio.

Y es que once años es mucho, aunque la canción diga que veinte no son nada. Once años es todo un universo, un mar que no cesa cuando lo que se ha sembrado a lo largo de ellos no son más que esperas baldías y casi constantes rumores infundados de retorno. Sin embargo, el sábado Héroes se congració con su público, con nosotros, de la forma en que mejor sabe hacerlo: sobre el escenario, presentando un concierto que jamás se olvidará en la capital del Guadalquivir, ni en el resto de España. Prueba de ello es que en el Olímpico a los sevillanos, no solo nos unimos gentes venidas de todos los rincones de España (el resto de Andalucía, Aragón, Madrid, Baleares, Cataluña, Extremadura, Canarias,…) sino que, además, se mezclaron asistentes de varias nacionalidades: españoles, mexicanos, ingleses, portugueses, argentinos, y un largo etcétera que demuestra que los Héroes siguen uniendo a todas las personas.
El concierto comenzó con una puntualidad atípica en este tipo de espectáculos, pero que indudablemente se agradece, dados los retrasos innecesarios que suelen caracterizar a estos recitales. El diseño del escenario fue, lisa y llanamente, espectacular: un juego de varias pantallas proyectaban cientos de imágenes, mientras que las tablas estaban dispuestas de forma que se presentaban dos zonas de concierto.
De repente, ahí estaban ellos: los cuatro, otra vez juntos. Ya no estaba Alan con ellos, es cierto; en su lugar venía ahora, como quinto héroe, Gonzalo que, aunque intente negarlo, en el momento que se le veía manejar las cuerdas de su guitarra resultaba incuestionable que por sus venas corre sangre Valdivia. Cuando ahora intento pararme a pensar, me parece increíble haber podido escuchar de nuevo el magistral dominio de la batería que solo el ingenioso Pedro Andreu sabe dar a la percusión; estremece sentir de nuevo la guitarra del insigne Juan Valdivia, que aunque parece mostrarse algo más desmejorado que hace doce años, aún sigue dando ese toque tan genuino y característico al instrumento de cuerdas; me emociona ver ese toque tan exclusivo y personal que solo Joaquín Cardiel, en mi opinión el mejor bajista español, sabe dar al bajo, sello distintivo incuestionable y, a mi entender, el instrumento clave, pues produce sonidos armónicos en consonancia con la música del grupo y, al mismo tiempo, da un efecto rítmico al que no puede llegar la guitarra. Y, ¿por qué no decirlo?, a pesar de haber sido el excéntrico caprichoso, culpable de que hayamos tenido que esperar hasta once años para volver a ver a Héroes en el escenario, ha sido un placer poder volver a oír cantar a Bunbury temas tan nuestros como “Entre dos tierras”, “La Carta”, o “Iberia Sumergida”.
El concierto fue espectacular: además de todos los grandes éxitos de Héroes (de entre los que yo solo eché en falta la “Decadencia” y el “Parasiempre”), Héroes nos sorprendieron con canciones que antaño no solían cantar habitualmente en conciertos, como el “Despertar”, “Bendecida”, “Tumbas de Sal” o la hermosísima pieza de “El mar no cesa”.
En este entorno, no pude evitar mirar atrás, rebobinar hacia 1996. Por entonces yo era un chaval mucho más joven que ahora, que pensaba empezar a afeitarse, y que para mostrar sus ansias de comerse el mundo, cantaba permanentemente la canción de Deshacer el mundo. Tenía dos colgantes con el logo de los Héroes; colgantes que con el tiempo regalaría a dos de mis futuras parejas como muestra de que para mi eran especiales (ellas y los Héroes).
Mirando atrás, cuando les vi en el escenario, me acordé de una anécdota: hacia el año 96 yo acababa de instalar en mi ordenador el Windows 95 y en ese entonces nuevo sistema operativo aparecía, entre otras muchas cosas, algo que resultaba totalmente innovador y que hoy es algo habitual: los fondos de pantalla. Recuerdo que entre la revista de las Líneas del Kaos encontré una foto en la que aparecía Joaquín Cardiel, el bajo de Héroes, junto a un músico de otro grupo y, posando para la foto, le agarraba de su hombro opuesto, mirando ambos al frente. Después de escanearla, no sabría decir cuántas horas pasé retocando aquella foto, dados los medios entonces disponibles y mis escasos conocimientos en aquel tiempo, hasta que suplí al otro guitarrista en la imagen y ser yo el que aparecía junto al bajista de Héroes. Dentro de toda banda de rock, el bajo siempre ha sido el instrumento al que yo más culto he rendido: es lógico pensar, que deseara tener una foto con el bajista de mi grupo favorito y que nunca conseguí, por más que lo intenté, hacerme en vida. Aquella foto, no sé si a consecuencia de los virus o del cambio de ordenador, acabó desapareciendo y hoy, por desgracia, no la conservo.
Héroes fueron parte de mi adolescencia: mi habitación estaba plagada de posters, pañoletas, camisetas y gorras de ellos. ¡Incluso tenía una bandera en la que salían los componentes a tamaño real! Al verles el otro día juntos de nuevo, sentí como mi pasado renacía, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas, y es que, en el fondo, «soy un ave rapaz, mirad mis alas».
Al salir del concierto, muchos se preguntaban qué pasará con Héroes ahora… Yo, en este sentido, soy bastante escéptico y creo que desgraciadamente nunca más les volveré a ver después del concierto de este fin de semana en Valencia. Buena prueba de ello es que en la web oficial del grupo se habla de los conciertos de Sevilla y Valencia como «los dos últimos conciertos de la historia de Héroes del Silencio». No sé… Lo que sí es cierto es que, aunque no haya nada para siempre, como dice la canción «aún nos quedan cosas por hacer, si no das un paso te estancas. Aún nos quedan cosas por decir».
Siempre Héroes.

Y es que once años es mucho, aunque la canción diga que veinte no son nada. Once años es todo un universo, un mar que no cesa cuando lo que se ha sembrado a lo largo de ellos no son más que esperas baldías y casi constantes rumores infundados de retorno. Sin embargo, el sábado Héroes se congració con su público, con nosotros, de la forma en que mejor sabe hacerlo: sobre el escenario, presentando un concierto que jamás se olvidará en la capital del Guadalquivir, ni en el resto de España. Prueba de ello es que en el Olímpico a los sevillanos, no solo nos unimos gentes venidas de todos los rincones de España (el resto de Andalucía, Aragón, Madrid, Baleares, Cataluña, Extremadura, Canarias,…) sino que, además, se mezclaron asistentes de varias nacionalidades: españoles, mexicanos, ingleses, portugueses, argentinos, y un largo etcétera que demuestra que los Héroes siguen uniendo a todas las personas.
El concierto comenzó con una puntualidad atípica en este tipo de espectáculos, pero que indudablemente se agradece, dados los retrasos innecesarios que suelen caracterizar a estos recitales. El diseño del escenario fue, lisa y llanamente, espectacular: un juego de varias pantallas proyectaban cientos de imágenes, mientras que las tablas estaban dispuestas de forma que se presentaban dos zonas de concierto.
De repente, ahí estaban ellos: los cuatro, otra vez juntos. Ya no estaba Alan con ellos, es cierto; en su lugar venía ahora, como quinto héroe, Gonzalo que, aunque intente negarlo, en el momento que se le veía manejar las cuerdas de su guitarra resultaba incuestionable que por sus venas corre sangre Valdivia. Cuando ahora intento pararme a pensar, me parece increíble haber podido escuchar de nuevo el magistral dominio de la batería que solo el ingenioso Pedro Andreu sabe dar a la percusión; estremece sentir de nuevo la guitarra del insigne Juan Valdivia, que aunque parece mostrarse algo más desmejorado que hace doce años, aún sigue dando ese toque tan genuino y característico al instrumento de cuerdas; me emociona ver ese toque tan exclusivo y personal que solo Joaquín Cardiel, en mi opinión el mejor bajista español, sabe dar al bajo, sello distintivo incuestionable y, a mi entender, el instrumento clave, pues produce sonidos armónicos en consonancia con la música del grupo y, al mismo tiempo, da un efecto rítmico al que no puede llegar la guitarra. Y, ¿por qué no decirlo?, a pesar de haber sido el excéntrico caprichoso, culpable de que hayamos tenido que esperar hasta once años para volver a ver a Héroes en el escenario, ha sido un placer poder volver a oír cantar a Bunbury temas tan nuestros como “Entre dos tierras”, “La Carta”, o “Iberia Sumergida”.
El concierto fue espectacular: además de todos los grandes éxitos de Héroes (de entre los que yo solo eché en falta la “Decadencia” y el “Parasiempre”), Héroes nos sorprendieron con canciones que antaño no solían cantar habitualmente en conciertos, como el “Despertar”, “Bendecida”, “Tumbas de Sal” o la hermosísima pieza de “El mar no cesa”.
En este entorno, no pude evitar mirar atrás, rebobinar hacia 1996. Por entonces yo era un chaval mucho más joven que ahora, que pensaba empezar a afeitarse, y que para mostrar sus ansias de comerse el mundo, cantaba permanentemente la canción de Deshacer el mundo. Tenía dos colgantes con el logo de los Héroes; colgantes que con el tiempo regalaría a dos de mis futuras parejas como muestra de que para mi eran especiales (ellas y los Héroes).
Mirando atrás, cuando les vi en el escenario, me acordé de una anécdota: hacia el año 96 yo acababa de instalar en mi ordenador el Windows 95 y en ese entonces nuevo sistema operativo aparecía, entre otras muchas cosas, algo que resultaba totalmente innovador y que hoy es algo habitual: los fondos de pantalla. Recuerdo que entre la revista de las Líneas del Kaos encontré una foto en la que aparecía Joaquín Cardiel, el bajo de Héroes, junto a un músico de otro grupo y, posando para la foto, le agarraba de su hombro opuesto, mirando ambos al frente. Después de escanearla, no sabría decir cuántas horas pasé retocando aquella foto, dados los medios entonces disponibles y mis escasos conocimientos en aquel tiempo, hasta que suplí al otro guitarrista en la imagen y ser yo el que aparecía junto al bajista de Héroes. Dentro de toda banda de rock, el bajo siempre ha sido el instrumento al que yo más culto he rendido: es lógico pensar, que deseara tener una foto con el bajista de mi grupo favorito y que nunca conseguí, por más que lo intenté, hacerme en vida. Aquella foto, no sé si a consecuencia de los virus o del cambio de ordenador, acabó desapareciendo y hoy, por desgracia, no la conservo.
Héroes fueron parte de mi adolescencia: mi habitación estaba plagada de posters, pañoletas, camisetas y gorras de ellos. ¡Incluso tenía una bandera en la que salían los componentes a tamaño real! Al verles el otro día juntos de nuevo, sentí como mi pasado renacía, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas, y es que, en el fondo, «soy un ave rapaz, mirad mis alas».
Al salir del concierto, muchos se preguntaban qué pasará con Héroes ahora… Yo, en este sentido, soy bastante escéptico y creo que desgraciadamente nunca más les volveré a ver después del concierto de este fin de semana en Valencia. Buena prueba de ello es que en la web oficial del grupo se habla de los conciertos de Sevilla y Valencia como «los dos últimos conciertos de la historia de Héroes del Silencio». No sé… Lo que sí es cierto es que, aunque no haya nada para siempre, como dice la canción «aún nos quedan cosas por hacer, si no das un paso te estancas. Aún nos quedan cosas por decir».
Siempre Héroes.
Mirando atrás... Me cuesta tanto olvidarte
Yo tenía once años y ella se llamaba Raquel. Era rubia y medía no sé cuánto, por lo menos quince centímetros más que yo. Llevaba un mes esperándola todas las tardes a la salida de su colegio. Salva y Manolo, mis mejores amigos, me acompañaban y aprovechaban para levantarle la falda a alguna chica, pero yo no estaba para tonterías de niños y así se lo dije a mis amigos. Resultado: nunca volvieron. Mi imagen, yo solo frente a un colegio de monjas, debía de ser bastante ridícula, pero no me importaba: estaba enamorado y no cesaría hasta conseguirla. Unas semanas después, con un valor y un arrojo que yo no sabía que tuviera, le dije a una de sus amigas: "estoy por Raquel".
No sé qué pasó, pero al día siguiente Raquel salió sola del colegio, se acercó hacia mí y me preguntó si la acompañaba a casa. No era el siete de septiembre, pero casi. Esa tarde me dio un beso en la mejilla porque me decía que en la boca tenía que ser más adelante. Fuimos novios casi un mes, y aunque el beso en los labios nunca llegó, era el hombre más feliz y más bajito del mundo.
Pero una tarde, a mi lado, frente a su colegio, había un chico igual de solo que yo, un chico altísimo, casi tanto como ella, y que además fumaba. Raquel ni me saludó cuando pasó a mi lado. Le cogió de la mano y se fueron andando tan felices. A los quince o veinte metros se detuvieron y se dieron un beso en la boca.
Una semana después a mí me pusieron gafas y Mecano publicó "Entre el cielo y el suelo". Escuché "Me cuesta tanto olvidarte" trescientas setenta veces seguidas, y aunque no entendía qué quería decir "cuadro de bifrontismo que sólo da una faz", se convirtió en mi canción durante mucho tiempo. Una tarde me encontré con Raquel frente a frente por la calle. Se paró a mi lado y me soltó: "estás muy feo con gafas, pero si quieres podemos ser amigos". ¿Amigos? Ay, Raquel, lo que me hiciste sufrir. Afortunadamente, todo pasa, y unos años más tarde y un poco más alto, pude compartir con Carla, con besos en la boca y llenos de felicidad, "La fuerza del destino", y después, poco antes de hacer la selectividad, me peleaba y hacía las paces todas las tardes con Olga mientras oíamos "Una rosa es una rosa". Aún hoy, cuando me aproximo inexorablemente a los treinta, me descubro canturreando "Vivimos siempre juntos" pensando en otra cuyo nombre no quiero decir.
Mecano ha estado presente en toda mi vida. Ha estado presente en la vida de todos, convirtiéndose en la banda sonora de toda una década, los años ochenta, en los que pasaron tantas y tantas cosas. Ahora es el momento de recordar aquellos días en los que las chicas te dejaban porque eras bajito y te ponían gafas, pero también cuando tú fuiste al fin el chico alto que fumaba y que se besaba con las chicas por la calle.
Antesdeayer, en casa de mi padre, escuché que desde la habitación de mi hermana Elena, que tiene diez años, salía una y otra vez "Me cuesta tanto olvidarte". Me di cuenta en ese instante: Elena se ha enamorado por primera vez.
David Serrano
No sé qué pasó, pero al día siguiente Raquel salió sola del colegio, se acercó hacia mí y me preguntó si la acompañaba a casa. No era el siete de septiembre, pero casi. Esa tarde me dio un beso en la mejilla porque me decía que en la boca tenía que ser más adelante. Fuimos novios casi un mes, y aunque el beso en los labios nunca llegó, era el hombre más feliz y más bajito del mundo.
Pero una tarde, a mi lado, frente a su colegio, había un chico igual de solo que yo, un chico altísimo, casi tanto como ella, y que además fumaba. Raquel ni me saludó cuando pasó a mi lado. Le cogió de la mano y se fueron andando tan felices. A los quince o veinte metros se detuvieron y se dieron un beso en la boca.
Una semana después a mí me pusieron gafas y Mecano publicó "Entre el cielo y el suelo". Escuché "Me cuesta tanto olvidarte" trescientas setenta veces seguidas, y aunque no entendía qué quería decir "cuadro de bifrontismo que sólo da una faz", se convirtió en mi canción durante mucho tiempo. Una tarde me encontré con Raquel frente a frente por la calle. Se paró a mi lado y me soltó: "estás muy feo con gafas, pero si quieres podemos ser amigos". ¿Amigos? Ay, Raquel, lo que me hiciste sufrir. Afortunadamente, todo pasa, y unos años más tarde y un poco más alto, pude compartir con Carla, con besos en la boca y llenos de felicidad, "La fuerza del destino", y después, poco antes de hacer la selectividad, me peleaba y hacía las paces todas las tardes con Olga mientras oíamos "Una rosa es una rosa". Aún hoy, cuando me aproximo inexorablemente a los treinta, me descubro canturreando "Vivimos siempre juntos" pensando en otra cuyo nombre no quiero decir.
Mecano ha estado presente en toda mi vida. Ha estado presente en la vida de todos, convirtiéndose en la banda sonora de toda una década, los años ochenta, en los que pasaron tantas y tantas cosas. Ahora es el momento de recordar aquellos días en los que las chicas te dejaban porque eras bajito y te ponían gafas, pero también cuando tú fuiste al fin el chico alto que fumaba y que se besaba con las chicas por la calle.
Antesdeayer, en casa de mi padre, escuché que desde la habitación de mi hermana Elena, que tiene diez años, salía una y otra vez "Me cuesta tanto olvidarte". Me di cuenta en ese instante: Elena se ha enamorado por primera vez.
David Serrano
El cuaderno
En la vida, hay regalos y regalos… Yo siempre recordaré del día de Reyes en mi casa, cómo mi madre disfrutaba más viéndonos a todos abrir los regalos, y nuestra consecuente cara de sorpresa y alegría, que abriendo sus propios regalos. Y es que, al igual que ocurre con la palabra, un regalo es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe…
En la vida, hay regalos y regalos… Ayer, o mejor dicho hoy hace cuatro o cinco horas, cinco personas tremendamente especiales me obsequiaron, al hilo de ser un día también especial, con un regalo muy representativo: un cuaderno. Al cuaderno le acompañaba un colgante con un crucifijo. Sobra decir el significado que tiene el crucifijo, pero sí quiero hablar del cuaderno: era un cuaderno con un empastado un tanto rústico y campestre, quizá en consonancia con la persona a la que se le hacía entrega del mismo. Dentro, cinco páginas escritas cada una por una de las personas que me hizo el regalo, con dedicatorias enternecedoras que habré leído ya diez o doce veces; allí he podido leer desde la transmisión de muestras de afecto, a recuerdos de hechos especiales que ni por asomo yo imaginaba que alguna de estas personas recordaría… Por todas estas palabras, estéis donde estéis, me leáis o no, gracias chicas…
Sin embargo, como en la vida hay regalos y regalos, el regalo no acababa ahí: el cuaderno no tenía solo cinco páginas, sino que había otras muchas más en blanco… No las he contado, pero calculo a ojo que debe de haber unas cuarenta o cincuenta hojas… Al hacerme entrega del cuaderno, se me dijo que esas páginas estaban en blanco para que yo las llenara, para que escribiera en ellas… ¡Incluso una de las obsequiosas llegó a acordarse de Beto en tales circunstancias! Tengo ahí cuarenta o cincuenta pliegos, esperándome, gracias a ellas, para hacer con ellos una de las cosas que más me gustan en este mundo: escribir… En ellos puedo verter meditaciones, intentar reflejar sentimientos, recoger experiencias o simplemente inventar nuevas historias, de ésas que a veces se me ocurren… Ellas me han regalado un cuaderno precioso, con unos textos a modo de introducción, para que yo escriba en él; el regalo me lo dieron ellas, pero yo he de completarlo; el regalo es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe.
***********************************************************************
El caminar por esta vida, en el fondo, es similar a un cuaderno aún por usar … Hojas en blanco en las que, cuando estás escribiendo en una página, por muy previsor que uno pueda llegar a ser, es imposible acertar a adivinar qué se va a escribir exactamente en la página siguiente… Escribiré en el cuaderno, lo prometo… Pero dado lo especial que es ese cuaderno, no quiero ser el único que escriba en él, porque ese cuaderno es un regalo, y, como tal, es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe… No sé si me entendéis…
En la vida, hay regalos y regalos… Ayer, o mejor dicho hoy hace cuatro o cinco horas, cinco personas tremendamente especiales me obsequiaron, al hilo de ser un día también especial, con un regalo muy representativo: un cuaderno. Al cuaderno le acompañaba un colgante con un crucifijo. Sobra decir el significado que tiene el crucifijo, pero sí quiero hablar del cuaderno: era un cuaderno con un empastado un tanto rústico y campestre, quizá en consonancia con la persona a la que se le hacía entrega del mismo. Dentro, cinco páginas escritas cada una por una de las personas que me hizo el regalo, con dedicatorias enternecedoras que habré leído ya diez o doce veces; allí he podido leer desde la transmisión de muestras de afecto, a recuerdos de hechos especiales que ni por asomo yo imaginaba que alguna de estas personas recordaría… Por todas estas palabras, estéis donde estéis, me leáis o no, gracias chicas…
Sin embargo, como en la vida hay regalos y regalos, el regalo no acababa ahí: el cuaderno no tenía solo cinco páginas, sino que había otras muchas más en blanco… No las he contado, pero calculo a ojo que debe de haber unas cuarenta o cincuenta hojas… Al hacerme entrega del cuaderno, se me dijo que esas páginas estaban en blanco para que yo las llenara, para que escribiera en ellas… ¡Incluso una de las obsequiosas llegó a acordarse de Beto en tales circunstancias! Tengo ahí cuarenta o cincuenta pliegos, esperándome, gracias a ellas, para hacer con ellos una de las cosas que más me gustan en este mundo: escribir… En ellos puedo verter meditaciones, intentar reflejar sentimientos, recoger experiencias o simplemente inventar nuevas historias, de ésas que a veces se me ocurren… Ellas me han regalado un cuaderno precioso, con unos textos a modo de introducción, para que yo escriba en él; el regalo me lo dieron ellas, pero yo he de completarlo; el regalo es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe.
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El caminar por esta vida, en el fondo, es similar a un cuaderno aún por usar … Hojas en blanco en las que, cuando estás escribiendo en una página, por muy previsor que uno pueda llegar a ser, es imposible acertar a adivinar qué se va a escribir exactamente en la página siguiente… Escribiré en el cuaderno, lo prometo… Pero dado lo especial que es ese cuaderno, no quiero ser el único que escriba en él, porque ese cuaderno es un regalo, y, como tal, es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe… No sé si me entendéis…
Viendo Forrest Gump
Después de un mes de septiembre intenso, por fin he encontrado un hueco para dedicarlo a alguna actividad ociosa. Hacía mucho tiempo, meses, que no me sentaba en el sofá a ver tranquilamente una película y así lo he hecho: la película elegida, que ya había visto tres o cuatro veces antes, fue Forrest Gump y, dado que me gustó tanto o más que las veces anteriores y dado también el valor moral que creo que atesora, he decidido retomar mi blog hablando de ella… Desde aquí, mi recomendación a todos cuantos me lean para que vean esta película.
Analizada la intrahistoria del largometraje, Forrest Gump en realidad es una novela escrita en 1985 por Winston Groom, que fue posteriormente llevada al cine en 1994. Cabe decir, en honor a la verdad, que la película difiere sustancialmente del libro en que se basa, hasta el punto de que, en mi modesta opinión y en contra de lo que habitualmente suele ocurrir, la película es mucho mejor que el libro en el que está basada. El film tuvo un gran éxito comercial, llegando a ganar 677 millones de dólares, y obteniendo además trece nominaciones a los Premios Oscar, de los que ganó seis, incluyendo mejor película, mejor director (Robert Zemeckis) y mejor actor (Tom Hanks).

Forrest Gump es la historia de un hombre retrasado y con problemas físicos que se va paseando por las tres últimas décadas del siglo XX norteamericano; Forrest va conociendo figuras de relevancia histórica y siendo testigo de eventos de magnitud, pero siempre sin darse cuenta de lo que está pasando alrededor ni de su trascendencia para la Historia, debido a su coeficiente intelectual de 75. Y es que, a pesar de sus limitaciones, Gump consigue ser una estrella del fútbol americano, se convierte en un héroe durante la Guerra de Vietnam y en campeón olímpico de ping pong. Su perseverancia, junto con varios golpes de suerte, le llevará a conseguir una gran fortuna, a ser objeto de clamor popular y codearse con las más altas esferas políticas y sociales. Sin embargo, en su horizonte no hay deseo de fama ni ambición; lo único que él anhela es poder tener entre sus brazos a Jenny, su único y verdadero amor, la única amiga que tuvo, la única que le hizo un hueco en su asiento el primer día de escuela, la única que le enseñó a leer, la única que le tendió la mano y, aparte de su madre, le dio cariño.
Como trasfondo, el repaso que se hace de los últimos treinta años de la cultura norteamericana, es simultáneamente ácido y tierno, demoledor y constructor. Vista a través de los ojos de una mente inocente y bondadosa como la de Gump, la historia reciente de los Estados Unidos y el mundo se forja a base de casualidades donde el humor y la tragedia vienen siempre cogidos de la mano. Hay humor en ese niño taradete y feo que por culpa de los zancos metálicos que llevaba por zapatos avanzaba como un monstruo de Frankenstein por las calles del pueblo; pero también hay tristeza por su condición de marginado. Hay humor en las mil y una veces que Forrest pone sus cualidades al servicio de crear mitología (el fútbol americano, los campeonatos de ping pong, la moda del footing o los smileys) pero también hay cierto despegue tristón, en tanto que el protagonista queda siempre al margen y se contenta con poco, por no decir nada y menos. Hay también ternura a raudales, representada por esa madre abnegada y solitaria, que no duda en prestarse una noche a cambio de la educación de su hijo; en Jenny, niña abusada y a la postre convertida en hippie sin rumbo ni norte, que morirá a consecuencia de los excesos; en Bubba, el otro gigantón que sueña con convertirse en pescador de gambas y no sabe hablar de otra cosa; en el teniente Dan que, sin piernas, no acepta su condición de inválido, llegando a recriminar a Forrest haberle salvado la vida, convencido de que su destino era morir en el campo de batalla; en el niño pequeño, también Forrest Gump, que inicia un nuevo futuro al final de la película, cuando el autobús amarillo se pone de nuevo en marcha.
Detrás del recorrido de Forrest, se muestra una visión cargada de ironía de las más sacrosantas instituciones norteamericanas, vadeando terrenos fangosos que aún hoy allí pueden herir sensibilidades (el Vietnam, el racismo, las religiones) y saliendo siempre a flote sin rozar más que levemente la moralidad ideológica inevitable.
Pero, a la vez, hay cargas de profundidad a lo largo de toda la película; chistes visuales que rellenan la pantalla y añaden significado a la historia, detalles que aumentan la narración: la foto de Marilyn Monroe en el cuarto de baño de Kennedy en la Casa Blanca; los soldados bebiendo y fumando en Vietnam mientras los helicópteros barren el cielo; Elvis Presley en plano desenfocado diciendo "It´s all right, Mama"; Jenny tocando la guitarra en el Hall of Fame de Hollywood justo sobre la estrella de Jean Harlow.
Con todo, combinando con gran sutileza la parodia y el homenaje, Forrest Gump, el hombre que está en el lugar inadecuado en el momento oportuno, puede considerarse un héroe cotidiano y noblote, y por eso hoy le he querido traer aquí…

Como colofón, quisiera dejaros la letra de una de las canciones de la Banda Sonora de Forrest Gump... Ya me direis si esta canción no pide traduzcointerpretación...
Against The Wind
Bob Seger
It seems like yesterday
But it was long ago
Janey was lovely she was the queen of my nights
There in the darkness with the radio playing low
And the secrets that we shared
The mountains that we moved
Caught like a wildfire out of control
'Til there was nothing left to burn and nothing left to prove
And I remember what she said to me
How she swore that it never would end
I remember how she held me oh so tight
Wish I didn't know now what I didn't know then
Against the wind
We were runnin' against the wind
We were young and strong, we were runnin'
Against the wind
The years rolled slowly past
And I found myself alone
Surrounded by strangers I thought were my friends
I found myself further and further from my home
And I guess I lost my way
There were oh so many roads
I was living to run and running to live
Never worryied about paying or even how much I owed
Moving eight miles a minute for months at a time
Breaking all of the rules that would bend
I began to find myself searching
Searching for shelter again and again
Against the wind
A little something against the wind
I found myself seeking shelter sgainst the wind
Well those drifter's days are past me now
I've got so much more to think about
Deadlines and commitments
What to leave in, what to leave out
Against the wind
I'm still runnin' against the wind
I'm older now but still runnin' against the wind
Well I'm older now and still runnin'
Against the wind
Against the wind
Against the wind
Still runnin'
I'm still runnin' against the wind
I'm still runnin'
I'm still runnin' against the wind
Still runnin'
Runnin' against the wind
Runnin' against the wind
See the young man run
Watch the young man run
Watch the young man runnin'
He'll be runnin' against the wind
Let the cowboys ride
Let the cowboys ride
They'll be ridin' against the wind
Against the wind ...
Analizada la intrahistoria del largometraje, Forrest Gump en realidad es una novela escrita en 1985 por Winston Groom, que fue posteriormente llevada al cine en 1994. Cabe decir, en honor a la verdad, que la película difiere sustancialmente del libro en que se basa, hasta el punto de que, en mi modesta opinión y en contra de lo que habitualmente suele ocurrir, la película es mucho mejor que el libro en el que está basada. El film tuvo un gran éxito comercial, llegando a ganar 677 millones de dólares, y obteniendo además trece nominaciones a los Premios Oscar, de los que ganó seis, incluyendo mejor película, mejor director (Robert Zemeckis) y mejor actor (Tom Hanks).

Forrest Gump es la historia de un hombre retrasado y con problemas físicos que se va paseando por las tres últimas décadas del siglo XX norteamericano; Forrest va conociendo figuras de relevancia histórica y siendo testigo de eventos de magnitud, pero siempre sin darse cuenta de lo que está pasando alrededor ni de su trascendencia para la Historia, debido a su coeficiente intelectual de 75. Y es que, a pesar de sus limitaciones, Gump consigue ser una estrella del fútbol americano, se convierte en un héroe durante la Guerra de Vietnam y en campeón olímpico de ping pong. Su perseverancia, junto con varios golpes de suerte, le llevará a conseguir una gran fortuna, a ser objeto de clamor popular y codearse con las más altas esferas políticas y sociales. Sin embargo, en su horizonte no hay deseo de fama ni ambición; lo único que él anhela es poder tener entre sus brazos a Jenny, su único y verdadero amor, la única amiga que tuvo, la única que le hizo un hueco en su asiento el primer día de escuela, la única que le enseñó a leer, la única que le tendió la mano y, aparte de su madre, le dio cariño.
Como trasfondo, el repaso que se hace de los últimos treinta años de la cultura norteamericana, es simultáneamente ácido y tierno, demoledor y constructor. Vista a través de los ojos de una mente inocente y bondadosa como la de Gump, la historia reciente de los Estados Unidos y el mundo se forja a base de casualidades donde el humor y la tragedia vienen siempre cogidos de la mano. Hay humor en ese niño taradete y feo que por culpa de los zancos metálicos que llevaba por zapatos avanzaba como un monstruo de Frankenstein por las calles del pueblo; pero también hay tristeza por su condición de marginado. Hay humor en las mil y una veces que Forrest pone sus cualidades al servicio de crear mitología (el fútbol americano, los campeonatos de ping pong, la moda del footing o los smileys) pero también hay cierto despegue tristón, en tanto que el protagonista queda siempre al margen y se contenta con poco, por no decir nada y menos. Hay también ternura a raudales, representada por esa madre abnegada y solitaria, que no duda en prestarse una noche a cambio de la educación de su hijo; en Jenny, niña abusada y a la postre convertida en hippie sin rumbo ni norte, que morirá a consecuencia de los excesos; en Bubba, el otro gigantón que sueña con convertirse en pescador de gambas y no sabe hablar de otra cosa; en el teniente Dan que, sin piernas, no acepta su condición de inválido, llegando a recriminar a Forrest haberle salvado la vida, convencido de que su destino era morir en el campo de batalla; en el niño pequeño, también Forrest Gump, que inicia un nuevo futuro al final de la película, cuando el autobús amarillo se pone de nuevo en marcha.
Detrás del recorrido de Forrest, se muestra una visión cargada de ironía de las más sacrosantas instituciones norteamericanas, vadeando terrenos fangosos que aún hoy allí pueden herir sensibilidades (el Vietnam, el racismo, las religiones) y saliendo siempre a flote sin rozar más que levemente la moralidad ideológica inevitable.
Pero, a la vez, hay cargas de profundidad a lo largo de toda la película; chistes visuales que rellenan la pantalla y añaden significado a la historia, detalles que aumentan la narración: la foto de Marilyn Monroe en el cuarto de baño de Kennedy en la Casa Blanca; los soldados bebiendo y fumando en Vietnam mientras los helicópteros barren el cielo; Elvis Presley en plano desenfocado diciendo "It´s all right, Mama"; Jenny tocando la guitarra en el Hall of Fame de Hollywood justo sobre la estrella de Jean Harlow.
Con todo, combinando con gran sutileza la parodia y el homenaje, Forrest Gump, el hombre que está en el lugar inadecuado en el momento oportuno, puede considerarse un héroe cotidiano y noblote, y por eso hoy le he querido traer aquí…

Como colofón, quisiera dejaros la letra de una de las canciones de la Banda Sonora de Forrest Gump... Ya me direis si esta canción no pide traduzcointerpretación...
Against The Wind
Bob Seger
It seems like yesterday
But it was long ago
Janey was lovely she was the queen of my nights
There in the darkness with the radio playing low
And the secrets that we shared
The mountains that we moved
Caught like a wildfire out of control
'Til there was nothing left to burn and nothing left to prove
And I remember what she said to me
How she swore that it never would end
I remember how she held me oh so tight
Wish I didn't know now what I didn't know then
Against the wind
We were runnin' against the wind
We were young and strong, we were runnin'
Against the wind
The years rolled slowly past
And I found myself alone
Surrounded by strangers I thought were my friends
I found myself further and further from my home
And I guess I lost my way
There were oh so many roads
I was living to run and running to live
Never worryied about paying or even how much I owed
Moving eight miles a minute for months at a time
Breaking all of the rules that would bend
I began to find myself searching
Searching for shelter again and again
Against the wind
A little something against the wind
I found myself seeking shelter sgainst the wind
Well those drifter's days are past me now
I've got so much more to think about
Deadlines and commitments
What to leave in, what to leave out
Against the wind
I'm still runnin' against the wind
I'm older now but still runnin' against the wind
Well I'm older now and still runnin'
Against the wind
Against the wind
Against the wind
Still runnin'
I'm still runnin' against the wind
I'm still runnin'
I'm still runnin' against the wind
Still runnin'
Runnin' against the wind
Runnin' against the wind
See the young man run
Watch the young man run
Watch the young man runnin'
He'll be runnin' against the wind
Let the cowboys ride
Let the cowboys ride
They'll be ridin' against the wind
Against the wind ...
Quero as tuas ribeiras que me fan lembrare
Esta semana he vuelto a mi lugar de residencia y laboreo, después de tomarme unos días de vacaciones, retomando de forma instantánea mi ritmo de vida habitual. He estado doce días descansando, o al menos intentando, el cuerpo y, en menor medida dada mi inquietud, la mente. Han sido unas vacaciones puramente familiares que, sinceramente, me han venido genial… Sin embargo, no estoy escribiendo esto para hablar de mis vacaciones, sino porque quiero rendir un homenaje al lugar al que he decidido que, si llego a ser anciano, me retiraré a esperar a la muerte; me estoy refiriendo a un paraje que he descubierto en estos días y que yo, hasta ahora, no conocía de forma directa: a Illa de Arousa (la Isla de Arosa).
A Illa de Arousa es una pequeña isla de apenas siete kilómetros cuadrados, que se encuentra en el corazón de la ría de Arousa, frente a su margen derecha, en la provincia de Pontevedra. Según se me dijo, en la isla viven alrededor de 5.000 habitantes, concentrados en su mayoría en un istmo estrecho (y en sus inmediaciones), que une una pequeña península con el resto del islote.
Para llegar hasta la isla, hay que ir a Vilanova de Arousa, villa natal de Ramón del Valle-Inclán, y cruzar un puente de unos dos kilómetros de longitud que atraviesa la ría. Este puente es una construcción relativamente reciente que ha dado una vida tremenda a la isla, dinamizando su economía de forma prodigiosa. Al parecer, antes de su construcción, los desplazamientos que permitían comunicar la isla con el resto de España se realizaban en pequeños vapores con horarios muy rígidos, lo que debía resultar tremendamente incómodo.
Pero a Illa de Arousa es algo más que una isla varada gracias a un puente, es algo más que un islote que ofrece treinta y seis kilómetros de costa, once de ellos de playa: a Illa de Arousa es un ejemplo, más expresivo y fehaciente que cualquier otro, de la belleza y el encanto que caracteriza a las costas de las Rías Baixas, donde el mar y la tierra son compañeros inseparables: innumerables bateas de mejillones se descubren al amanecer sobre la superficie del agua, mientras la brisa marina empapa la isla de una fragancia que conjuga aromas de pescado fresco y salitre. Barcos faenadores corretean por alrededor de la isla a cualquier hora del día o de la noche, mimando las tranquilas aguas de la ría, pues son fuente de riqueza, guardianas del tesoro que alimenta a los hijos de la ínsula desde tiempos inmemoriales. Allí, la población vive fundamentalmente de la costa y de su industria derivada. No hay rincón en la isla donde no se aprecie alguna señal de las actividades marineras de sus habitantes: en Puerto do Cantiño, en los alrededores de la lonja, en los muelles de Chazo y Cabodeiro; en cualquier rincón, el bullicio marinero se muestra en su máximo esplendor, observándose, nada más llegar, cómo la vida de los isleños parece que se cimienta en el mar, y no en la tierra.
Las calles del pueblo son calles típicas de una villa de pescadores: estrechas y algo tortuosas, a la par que acogedoras; con dos grandes paseos marítimos, uno a cada lado de la isla, donde da gusto caminar o sentarse en uno de sus múltiples bancos y así relajarse contemplando las tranquilas aguas y los barcos marineros que descansan sus lomos sobre el mar.
La isla, a pesar de ser pequeña, da muestras de poderío: su relieve es muy suave, con formas alomadas de granito a causa de la erosión; el mar que baña toda la costa insular, se muestra calmado en las numerosas playas que se forman a lo largo de todo el perímetro de la isla. ¡Hay playas de todo tipo! Desde pequeñas cala, a grandes arenales, como Area da Secada o Camaxe, playa muy singular dada su situación y que muestra en sus entrañas un hermoso islote de arena.
Allí quiero irme cuando el trabajo no me obligue a estar aquí anclado, para ver cada mañana a los marisqueros practicar la pesca de bajura; para sentir la brisa del mar acariciando mi cara y el poco cabello que para entonces me quede; allí deseo que quien me busque me encuentre… Allí me quiero ir, pues allí he sentido la densidad de los siglos, el fluir continuo de las horas como la arena de un reloj cae grano a grano… Allí, donde toda una vida de mil años parece condensarse en la tela de una araña o, mejor aún, en el entramado de una red de pesca o en el enrejado de una nasa, pues más de mil años llevan los arousanos faenando en las aguas de la ría. Allí, mirando cómo el sol sale por un flanco de la isla y se pone por el opuesto, he sentido cómo en el grano de polvo palpita el enigma del tiempo. Allí, viendo como los barcos zarpan y atracan, cargan y descargan, navegan y flotan, he visto con claridad que la vida es un espejo que vamos observando a lo largo del camino,… Allí quiero quedarme, en ese rincón perdido, en el corazón de tan grandiosa ría gallega. Allí, en Galicia, que, como ya he dicho muchas veces, es tierra rociada y glauca, tierra de acogida y de aroma lozano, tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Allí deseo estar…
Estráñoche Galicia, agora que estou lonxe de ti. Agora entendo por que Rosalía che cantaba: ¡Oh, Galicia! Teño morriña, teño saudade, porque estou lonxe de eses teus lares...

A Illa de Arousa es una pequeña isla de apenas siete kilómetros cuadrados, que se encuentra en el corazón de la ría de Arousa, frente a su margen derecha, en la provincia de Pontevedra. Según se me dijo, en la isla viven alrededor de 5.000 habitantes, concentrados en su mayoría en un istmo estrecho (y en sus inmediaciones), que une una pequeña península con el resto del islote.
Para llegar hasta la isla, hay que ir a Vilanova de Arousa, villa natal de Ramón del Valle-Inclán, y cruzar un puente de unos dos kilómetros de longitud que atraviesa la ría. Este puente es una construcción relativamente reciente que ha dado una vida tremenda a la isla, dinamizando su economía de forma prodigiosa. Al parecer, antes de su construcción, los desplazamientos que permitían comunicar la isla con el resto de España se realizaban en pequeños vapores con horarios muy rígidos, lo que debía resultar tremendamente incómodo.
Pero a Illa de Arousa es algo más que una isla varada gracias a un puente, es algo más que un islote que ofrece treinta y seis kilómetros de costa, once de ellos de playa: a Illa de Arousa es un ejemplo, más expresivo y fehaciente que cualquier otro, de la belleza y el encanto que caracteriza a las costas de las Rías Baixas, donde el mar y la tierra son compañeros inseparables: innumerables bateas de mejillones se descubren al amanecer sobre la superficie del agua, mientras la brisa marina empapa la isla de una fragancia que conjuga aromas de pescado fresco y salitre. Barcos faenadores corretean por alrededor de la isla a cualquier hora del día o de la noche, mimando las tranquilas aguas de la ría, pues son fuente de riqueza, guardianas del tesoro que alimenta a los hijos de la ínsula desde tiempos inmemoriales. Allí, la población vive fundamentalmente de la costa y de su industria derivada. No hay rincón en la isla donde no se aprecie alguna señal de las actividades marineras de sus habitantes: en Puerto do Cantiño, en los alrededores de la lonja, en los muelles de Chazo y Cabodeiro; en cualquier rincón, el bullicio marinero se muestra en su máximo esplendor, observándose, nada más llegar, cómo la vida de los isleños parece que se cimienta en el mar, y no en la tierra.
Las calles del pueblo son calles típicas de una villa de pescadores: estrechas y algo tortuosas, a la par que acogedoras; con dos grandes paseos marítimos, uno a cada lado de la isla, donde da gusto caminar o sentarse en uno de sus múltiples bancos y así relajarse contemplando las tranquilas aguas y los barcos marineros que descansan sus lomos sobre el mar.
La isla, a pesar de ser pequeña, da muestras de poderío: su relieve es muy suave, con formas alomadas de granito a causa de la erosión; el mar que baña toda la costa insular, se muestra calmado en las numerosas playas que se forman a lo largo de todo el perímetro de la isla. ¡Hay playas de todo tipo! Desde pequeñas cala, a grandes arenales, como Area da Secada o Camaxe, playa muy singular dada su situación y que muestra en sus entrañas un hermoso islote de arena.
Allí quiero irme cuando el trabajo no me obligue a estar aquí anclado, para ver cada mañana a los marisqueros practicar la pesca de bajura; para sentir la brisa del mar acariciando mi cara y el poco cabello que para entonces me quede; allí deseo que quien me busque me encuentre… Allí me quiero ir, pues allí he sentido la densidad de los siglos, el fluir continuo de las horas como la arena de un reloj cae grano a grano… Allí, donde toda una vida de mil años parece condensarse en la tela de una araña o, mejor aún, en el entramado de una red de pesca o en el enrejado de una nasa, pues más de mil años llevan los arousanos faenando en las aguas de la ría. Allí, mirando cómo el sol sale por un flanco de la isla y se pone por el opuesto, he sentido cómo en el grano de polvo palpita el enigma del tiempo. Allí, viendo como los barcos zarpan y atracan, cargan y descargan, navegan y flotan, he visto con claridad que la vida es un espejo que vamos observando a lo largo del camino,… Allí quiero quedarme, en ese rincón perdido, en el corazón de tan grandiosa ría gallega. Allí, en Galicia, que, como ya he dicho muchas veces, es tierra rociada y glauca, tierra de acogida y de aroma lozano, tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Allí deseo estar…
Estráñoche Galicia, agora que estou lonxe de ti. Agora entendo por que Rosalía che cantaba: ¡Oh, Galicia! Teño morriña, teño saudade, porque estou lonxe de eses teus lares...

Leyendo a Larra...
Hace unos meses, durante el pasado puente de mayo, me propuse hacer un rato de retiro individual. Allí, en un paraje perdido en la provincia de Zamora, yo, yo solo; yo, conmigo mismo, pude dedicarme a uno de esos placeres a los que, a causa de mi escasez de tiempo por mis quehaceres diarios, no puedo dedicarme tanto como gustaría. Me estoy refiriendo a la lectura. Durante aquel puente me dediqué a leer a Larra (Fígaro), romántico español sin igual, portador de un alma en creciente desaliento e inconformidad ante el curso de la sociedad y la política de su tiempo, junto a un perenne sentimiento de dolor, causado por el desamor que le llevaría a suicidarse de un pistoletazo en la cabeza.
Cuando uno lee a Larra, en muchos de sus textos aprecia la angustia de un alma sin fe, ante un mundo que se presenta descarnado y desnudo ante sus desacostumbrados ojos. Así se expresa, por ejemplo, en el grito desgarrador del artículo dedicado a la muerte de Campo Alange: «¿Y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo arroja de sí como arroja los cadáveres al mar?». Obsérvese cuánto dolor se aprecia…Es muy razonable que ese pobre alma se revuelva, enfurecida, descartado Dios y despreciado el mundo, contra los que le han arrancado su percepción del más allá.
Sin embargo, y ante cuanto dolor percibe, Larra, de primeras (y a pesar de su triste final), trata de buscar desesperadamente una salida, una última ilusión que le permitiera continuar viviendo: «Si al final no hay nada, hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al final, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla». Estoy totalmente de acuerdo; ¿cuántas veces recorremos un camino y no reparamos en los pequeños detalles que se nos van presentando a nuestro alrededor, obcecados con lo que nos vamos a encontrar al final del camino? Por más que se nos diga que las cosas pequeñas son las que verdaderamente dan sentido a la vida, lo nuestro es mirar hacia delante, sin reparar en las cosas que se nos van brindando.
Pero, sin duda, el mejor texto de Larra que me he encontrado, y sobre el que más vueltas he dado, ha sido éste: «La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta se aboca con el que está todavía caminando y dícele: “¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al final? Nada”. El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? “Pues si no hay nada, no vale la pena seguir andando”».
¡Qué curioso! No se nos deja de decir que la vida es un camino a recorrer… Si efectivamente es así, es obligatorio que no dejemos de andar. La cuestión es: ¿se debe andar por andar? ¿Andar por el simple hecho de que uno no se debe parar? El propio Larra nos está diciendo que la felicidad no está en ninguna parte; nos está diciendo que al final no hay nada… El ser humano siempre ha puesto los ojos lo más allá posible, siempre ha mirado con cierta ternura lo que pudiera haber la final del todo; siempre ha guardado la esperanza de que el mayor bienestar pudiera encontrarse al final del camino, lo más lejos posible… ¿Será esto cierto? No lo sé. Mientras tanto, por hoy voy a dejar de escribir: he de seguir maldiciendo al tipo que vino y dijo al que viajaba que “al final no hay nada”, mientras yo sigo caminando...
Cuando uno lee a Larra, en muchos de sus textos aprecia la angustia de un alma sin fe, ante un mundo que se presenta descarnado y desnudo ante sus desacostumbrados ojos. Así se expresa, por ejemplo, en el grito desgarrador del artículo dedicado a la muerte de Campo Alange: «¿Y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo arroja de sí como arroja los cadáveres al mar?». Obsérvese cuánto dolor se aprecia…Es muy razonable que ese pobre alma se revuelva, enfurecida, descartado Dios y despreciado el mundo, contra los que le han arrancado su percepción del más allá.
Sin embargo, y ante cuanto dolor percibe, Larra, de primeras (y a pesar de su triste final), trata de buscar desesperadamente una salida, una última ilusión que le permitiera continuar viviendo: «Si al final no hay nada, hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al final, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla». Estoy totalmente de acuerdo; ¿cuántas veces recorremos un camino y no reparamos en los pequeños detalles que se nos van presentando a nuestro alrededor, obcecados con lo que nos vamos a encontrar al final del camino? Por más que se nos diga que las cosas pequeñas son las que verdaderamente dan sentido a la vida, lo nuestro es mirar hacia delante, sin reparar en las cosas que se nos van brindando.
Pero, sin duda, el mejor texto de Larra que me he encontrado, y sobre el que más vueltas he dado, ha sido éste: «La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta se aboca con el que está todavía caminando y dícele: “¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al final? Nada”. El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? “Pues si no hay nada, no vale la pena seguir andando”».
¡Qué curioso! No se nos deja de decir que la vida es un camino a recorrer… Si efectivamente es así, es obligatorio que no dejemos de andar. La cuestión es: ¿se debe andar por andar? ¿Andar por el simple hecho de que uno no se debe parar? El propio Larra nos está diciendo que la felicidad no está en ninguna parte; nos está diciendo que al final no hay nada… El ser humano siempre ha puesto los ojos lo más allá posible, siempre ha mirado con cierta ternura lo que pudiera haber la final del todo; siempre ha guardado la esperanza de que el mayor bienestar pudiera encontrarse al final del camino, lo más lejos posible… ¿Será esto cierto? No lo sé. Mientras tanto, por hoy voy a dejar de escribir: he de seguir maldiciendo al tipo que vino y dijo al que viajaba que “al final no hay nada”, mientras yo sigo caminando...
Sensación de pérdida de tiempo
¿Alguna vez habéis sentido que estáis perdiendo el tiempo? ¿Alguna vez os ha parecido que estáis luchando por una causa que no merece la pena? Mario sí.
Mario es un chico joven, de unos veinticinco años, que vive de sueños y de la ambición de materializar tales sueños. Mario sueña despierto y entiende el sueño de manera noble, porque cree que la ilusión es lo que hace que la existencia esté viva, y no sea una vida muerta.
Mario es la típica persona que cree que el individuo se desarrolla de acuerdo con la teoría del sector circular, esto es, desarrollo radial divergente, a partir de un centro, en el que todos los frentes de la vida crecen por igual: familia, trabajo, persona, pareja, sexo, fe… Mario, que estudió con excelentes resultados una carrera, tiene un trabajo excelente, con un sueldo bastante aceptable, que le permite hacer frente a un pequeño apartamento que se ha comprado en Madrid capital. Mario, a su vez, está siguiendo un complejo proceso formativo, en paralelo a su trabajo, con el que aspira a poder ejercer la docencia algún día, especializándose en una materia que le apasiona. ¡Hay mucha gente que no le entiende! ¡Trabaja más de doce horas al día y encima estudia! Pero a Mario eso le da igual: Mario es sacrificado y lucha por aquello en lo que cree y, como año tras año va cosechando sus frutos, se va sintiendo a gusto consigo mismo.
Sin embargo, Mario, en realidad estaba cojo de uno de los frentes de desarrollo del sector: hace tiempo dejó una relación con una chica estupenda y, en ese sentido, sentía un vacío. Bien es cierto que Mario nunca sintió agobio por llenar ese vacío, pero el vacío ahí estaba… Cierto día, conoció a una chica, diríase que por casualidad. Si la primera imagen es la que cuenta, se puede decir que la chica le entró por los ojos; si la primera conversación es la que cuenta, Mario de primeras sintió que se había encontrado con una persona dolida por su pasado y recelosa de cara al futuro. Sin embargo, a Mario le gustó María, que es como se llamaba la chica, y decidió intentar emprender una relación con ella. Era el día de Navidad y ella le obsequió con un “me molas”. Sin embargo, desde ese “me molas” hasta el primer beso, pasaron cerca de dos meses: dos meses en los que Mario estuvo, a base de mensajes de texto al móvil, interesándose por los quehaceres diarios de María que, recelosa, contestaba a veces bien y a veces mal. No se atrevía a quedar con Mario. Cierto día, cuando Mario empezaba ya a cansarse de perseguir telefónicamente a María, ella, en un gesto que a Mario le debería haber revelado una clara inestabilidad, le propone quedar, y Mario accede. Esa noche se dan el primer beso; dos meses después.
Mario se enamoró perdidamente de María, y empezó a dedicarle de lleno el escaso tiempo libre de que disponía. María, que seguía mostrando recelo y era poco elocuente, parecía corresponderle solo parcialmente, si bien conforme avanzaba el tiempo ella parecía irse arrimando a él con cierto temor.
Cuatro meses después, la relación de pareja continuaba pero algo había cambiado: Mario se sentía apocado y empequeñecido frente a ella. En varias ocasiones le había dicho que la quería y ella no le correspondió. Mientras Mario no escatimaba en piropos, María le regalaba pocas lisonjas, y las pocas que le regalaba, se las dedicaba vía mensaje al móvil, nunca en persona. María trabajaba: tenía un trabajo por el que le daban un sueldo, no muy elevado, pero suficiente dados sus escasos gastos. De acuerdo con ese sueldo, ella se había compuesto su vida: vivía en casa de sus padres; todos los días se iba con alguna de sus amigas de compras o a tomar algo, o bien se iba al gimnasio, para volver a casa cuando la mesa, a la hora de cenar, estuviera puesta. A esa misma hora, la mitad de los días Mario estaba todavía trabajando o estudiando. El fin de semana, Mario, el escaso rato que se podía conceder para divertirse, se lo regalaba a María; María, en cambio, apenas paraba en su casa, y componía su fin de semana, si le convenía, en función del rato que Mario le pudiera conceder…
Mario estaba embarcado en una interminable sucesión de conflictos y proyectos, de naturaleza variada, que le tenían a maltraer, pero eso a María no le importaba. De hecho, si alguien le preguntaba por alguno de esos proyectos a María, ella no sabría responder. Mario estaba enamorado de María y, fruto de ese amor, solo anhelaba su felicidad, por lo que muchas veces prefería no atosigarla con sus innumerables problemas de trabajo para que ella no se preocupara; por el contrario, María atosigaba a Mario con sus problemas, porque era la típica persona que se ahogaba en un vaso de agua y que, en cierta forma, explotaba su victimismo para así relacionarse con la gente. ¡Lo que a ella le pasaba, era siempre lo peor! Sin embargo, Mario, aunque empezaba a sentirse a disgusto con ella, aguantaba a su lado, porque la quería y creía que, a pesar de las diferencias, su relación de pareja podía funcionar…
A la postre, un buen día María dice cansarse de Mario, justo antes del verano (lo que siempre da que pensar), y le deja a través de un mensaje de texto al móvil, habiendo besado sus labios solo unos minutos antes. En aquel mensaje de texto, María le deseó a Mario lo mejor, con evidentes dosis de cinismo, diciéndole después que ella necesitaba una persona que esté más tiempo a su lado y que le preste mayor atención. Mario creyó morirse entonces. Mario sintió, como he dicho al principio, que había estado luchando por algo que no valía la pena, que había estado perdiendo el tiempo, el escaso tiempo del que disponía.
+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Su propia teoría, a Mario, se le volvió en contra: quien vive de ilusiones, corre el riesgo de morir de desilusiones… Yo no creo que Mario estuviera equivocado, simplemente que ella era una víbora rastrera, que no era capaz de ver más allá de lo que sus ojos le mostraban y, para más inri, ante muchas cosas era ciega (o se lo hacía, que no sé qué es peor). ¡Tranquilo Mario! Tú sigue creciendo y olvídate de María, porque a ella la podemos describir con una palabra que recoge el castellano…
Mario es un chico joven, de unos veinticinco años, que vive de sueños y de la ambición de materializar tales sueños. Mario sueña despierto y entiende el sueño de manera noble, porque cree que la ilusión es lo que hace que la existencia esté viva, y no sea una vida muerta.
Mario es la típica persona que cree que el individuo se desarrolla de acuerdo con la teoría del sector circular, esto es, desarrollo radial divergente, a partir de un centro, en el que todos los frentes de la vida crecen por igual: familia, trabajo, persona, pareja, sexo, fe… Mario, que estudió con excelentes resultados una carrera, tiene un trabajo excelente, con un sueldo bastante aceptable, que le permite hacer frente a un pequeño apartamento que se ha comprado en Madrid capital. Mario, a su vez, está siguiendo un complejo proceso formativo, en paralelo a su trabajo, con el que aspira a poder ejercer la docencia algún día, especializándose en una materia que le apasiona. ¡Hay mucha gente que no le entiende! ¡Trabaja más de doce horas al día y encima estudia! Pero a Mario eso le da igual: Mario es sacrificado y lucha por aquello en lo que cree y, como año tras año va cosechando sus frutos, se va sintiendo a gusto consigo mismo.
Sin embargo, Mario, en realidad estaba cojo de uno de los frentes de desarrollo del sector: hace tiempo dejó una relación con una chica estupenda y, en ese sentido, sentía un vacío. Bien es cierto que Mario nunca sintió agobio por llenar ese vacío, pero el vacío ahí estaba… Cierto día, conoció a una chica, diríase que por casualidad. Si la primera imagen es la que cuenta, se puede decir que la chica le entró por los ojos; si la primera conversación es la que cuenta, Mario de primeras sintió que se había encontrado con una persona dolida por su pasado y recelosa de cara al futuro. Sin embargo, a Mario le gustó María, que es como se llamaba la chica, y decidió intentar emprender una relación con ella. Era el día de Navidad y ella le obsequió con un “me molas”. Sin embargo, desde ese “me molas” hasta el primer beso, pasaron cerca de dos meses: dos meses en los que Mario estuvo, a base de mensajes de texto al móvil, interesándose por los quehaceres diarios de María que, recelosa, contestaba a veces bien y a veces mal. No se atrevía a quedar con Mario. Cierto día, cuando Mario empezaba ya a cansarse de perseguir telefónicamente a María, ella, en un gesto que a Mario le debería haber revelado una clara inestabilidad, le propone quedar, y Mario accede. Esa noche se dan el primer beso; dos meses después.
Mario se enamoró perdidamente de María, y empezó a dedicarle de lleno el escaso tiempo libre de que disponía. María, que seguía mostrando recelo y era poco elocuente, parecía corresponderle solo parcialmente, si bien conforme avanzaba el tiempo ella parecía irse arrimando a él con cierto temor.
Cuatro meses después, la relación de pareja continuaba pero algo había cambiado: Mario se sentía apocado y empequeñecido frente a ella. En varias ocasiones le había dicho que la quería y ella no le correspondió. Mientras Mario no escatimaba en piropos, María le regalaba pocas lisonjas, y las pocas que le regalaba, se las dedicaba vía mensaje al móvil, nunca en persona. María trabajaba: tenía un trabajo por el que le daban un sueldo, no muy elevado, pero suficiente dados sus escasos gastos. De acuerdo con ese sueldo, ella se había compuesto su vida: vivía en casa de sus padres; todos los días se iba con alguna de sus amigas de compras o a tomar algo, o bien se iba al gimnasio, para volver a casa cuando la mesa, a la hora de cenar, estuviera puesta. A esa misma hora, la mitad de los días Mario estaba todavía trabajando o estudiando. El fin de semana, Mario, el escaso rato que se podía conceder para divertirse, se lo regalaba a María; María, en cambio, apenas paraba en su casa, y componía su fin de semana, si le convenía, en función del rato que Mario le pudiera conceder…
Mario estaba embarcado en una interminable sucesión de conflictos y proyectos, de naturaleza variada, que le tenían a maltraer, pero eso a María no le importaba. De hecho, si alguien le preguntaba por alguno de esos proyectos a María, ella no sabría responder. Mario estaba enamorado de María y, fruto de ese amor, solo anhelaba su felicidad, por lo que muchas veces prefería no atosigarla con sus innumerables problemas de trabajo para que ella no se preocupara; por el contrario, María atosigaba a Mario con sus problemas, porque era la típica persona que se ahogaba en un vaso de agua y que, en cierta forma, explotaba su victimismo para así relacionarse con la gente. ¡Lo que a ella le pasaba, era siempre lo peor! Sin embargo, Mario, aunque empezaba a sentirse a disgusto con ella, aguantaba a su lado, porque la quería y creía que, a pesar de las diferencias, su relación de pareja podía funcionar…
A la postre, un buen día María dice cansarse de Mario, justo antes del verano (lo que siempre da que pensar), y le deja a través de un mensaje de texto al móvil, habiendo besado sus labios solo unos minutos antes. En aquel mensaje de texto, María le deseó a Mario lo mejor, con evidentes dosis de cinismo, diciéndole después que ella necesitaba una persona que esté más tiempo a su lado y que le preste mayor atención. Mario creyó morirse entonces. Mario sintió, como he dicho al principio, que había estado luchando por algo que no valía la pena, que había estado perdiendo el tiempo, el escaso tiempo del que disponía.
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Su propia teoría, a Mario, se le volvió en contra: quien vive de ilusiones, corre el riesgo de morir de desilusiones… Yo no creo que Mario estuviera equivocado, simplemente que ella era una víbora rastrera, que no era capaz de ver más allá de lo que sus ojos le mostraban y, para más inri, ante muchas cosas era ciega (o se lo hacía, que no sé qué es peor). ¡Tranquilo Mario! Tú sigue creciendo y olvídate de María, porque a ella la podemos describir con una palabra que recoge el castellano…
El Cuaderno de Beto VII: “Mi primer regalo”
Fue en Navidad, hace no muchos años. Soy hijo de familia castellana creyente; en el seno de mi familia aprendí que el día de Navidad es uno de los días más especiales dentro del año… Se me enseñó que el día de Navidad es un día en el que el sentimiento del amor se hace más patente; que el amor se percibe, se siente, se respira, se nota… Se me dijo que la Navidad era una época para dar y que, por tanto, había de demostrar mis sentimientos a las personas que quería, más que cualquier otro día del año. Por eso, cuando llegó nuestra primera Navidad juntos, decidí hacerte un regalo, simplemente para demostrarte que te quería… ¿Te acuerdas? Fue el primer regalo de cierta importancia que te hice; fue el primer regalo tangible, eso sí, que hasta entonces te había hecho (es mucho más lo no tangible que hasta entonces te había regalado). Me costó mucho comprarte aquel regalo, pues entonces aún no trabajaba y mi situación económica no era muy holgada; y me costó más aún hacértelo llegar… Sin embargo, allí lo tuviste; allí lo recibiste con tus propias manos. Durante varios días no podía pensar en otra cosa que no fuera tu rostro cuando vieras mi dádiva… El regalo, en realidad, solo era un pequeño peluche; un perro, de raza cocker, que parecía estar recostado sobre el suelo; tenía unos ojos semillorosos que, conjugados con su posición durmiente, hacían que el muñeco transmitiera una gran ternura. Te lo regalé para que lo pusieras sobre tu cama, con el deseo de que durmieras con él y de que así, a través de él, yo me hiciera presente en tus noches, cuando la oscuridad inundaba tu alcoba y te quedabas a solas con tus sueños. ¡Sí! Tus sueños… Aquéllos que nunca me quisiste contar porque decías que si los sueños se contaban luego no se cumplían los deseos…
¿Qué fue de aquel regalo? ¿Qué fue de aquel perro que inspiraba tanto cariño y al que llegaste a insinuar que le habías puesto mi nombre? ¿Le diste un final similar al que le diste a aquellas dos flores de que hablaba en la página anterior de mi cuaderno? ¿Lo arrojaste al cubo de la basura como arrojaste mi amor? No lo sé y, francamente, prefiero no saberlo… Todo esto está acabando conmigo, yo mismo estoy acabando conmigo; tú quisiste acabar conmigo y lo estás consiguiendo... ¡Maldita seas!
¿Qué fue de aquel regalo? ¿Qué fue de aquel perro que inspiraba tanto cariño y al que llegaste a insinuar que le habías puesto mi nombre? ¿Le diste un final similar al que le diste a aquellas dos flores de que hablaba en la página anterior de mi cuaderno? ¿Lo arrojaste al cubo de la basura como arrojaste mi amor? No lo sé y, francamente, prefiero no saberlo… Todo esto está acabando conmigo, yo mismo estoy acabando conmigo; tú quisiste acabar conmigo y lo estás consiguiendo... ¡Maldita seas!
Levántate y anda III
Casi mediodía. Un sol resplandeciente hacía verdear las plantas y los árboles del jardín del hospital. Losas graníticas perfilaban caminos para ser recorridos por los paseantes. Roberto, portando el típico pijama hospitalario y sentado en una silla de ruedas, daba por allí un paseo, llevado por Mónica, su esposa, y acompañado por Miguel, su primo. Ya había pasado un día desde que se enterara del fallecimiento de su madre y parecía seguir algo molesto con su mujer y su primo por haberles ocultado tan trágica noticia:
—Tenía derecho a saberlo…
—Por supuesto que sí —, aseguró Miguel—. Pero no a impedir los progresos logrados por los médicos.
—¿A quién has venido a ver aquí? ¿A tus amigos los médicos?
—Sabes muy bien a quien he venido a ver, primo…
—Sí… Perdona… Es que… Es que no sé,… No sé qué pensar… Nunca me sentí tan solo en la vida…
Roberto se frotó la cara y Mónica apenada, tras dirigir una leve mirada a Miguel, dio un beso en la cabeza a su esposo y le habló:
—Cariño, todos te desean recuperado… ¿Sabes quien estuvo a verte? Tu cuñado, “el poli”, ¿a que no te lo crees?
Roberto dio una muestra de desprecio e indiferencia. Mientras tanto, seguían paseando. Se aproximaban a una pequeña explanada donde se habían dispuesto dos canastas de baloncesto, de modo que la explanada estaba habilitada como pista deportiva. Allí, en la cancha, un grupo de seis hombres, en sus respectivas sillas de ruedas, jugaban un animoso partido de baloncesto.
—Empiezas tu tratamiento… —, dijo Miguel.
—¿Qué! —, exclamó con cierta furia Roberto.
—Hablé con el personal de rehabilitación: han elaborado un programa completo para ti… Comienzas mañana.
Roberto tomó con sus manos las ruedas traseras de su silla; con cierta brusquedad, frenó en seco y, dándole un giro de ciento ochenta grados a la silla, se posicionó frente a su primo con cierto enojo:
—¡Un momento! Aguarda un momento… No quiero rehabilitación, solo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Llama al Dr. Hernando —, le dijo a su esposa—, él es mi médico… ¡Quiero que me opere!
—¡No habrá ninguna operación, Roberto! —, aseguró con firmeza Miguel.
—Si sacan la bala… Podré volver a andar…
—Rober, si te intervienen ahora podrías perderlo todo…
—Si no puedo andar, es cuando lo habré perdido
De repente, una pelota de baloncesto calló sobre el regazo de Roberto, asustándole un poco. Roberto tomó la pelota con sus manos y empezó a moverla describiendo giros desordenados, al tiempo que la observaba detenidamente sin pronunciar palabra. Uno de los hombres que jugaba al baloncesto se aproximó a él con el deseo de que le diera el balón. Era un hombre moreno, de pelo afilado y facciones marcadas; brazos fuertes y aspecto jovial:
—Eh, amigo —, le dijo a Roberto—. ¿Le apetece jugar con nosotros?
—No puedo…
—¿Por qué no? Tiene aspecto atlético…
—Tuve un accidente… No puedo…
—Oiga, no le pedimos que baile con nosotros, solo darle al balón…
—¡Ya le he dicho que no puedo!
Roberto devolvió al hombre el balón dándole un pase en picado que dio un bote en el suelo para caer en las manos del jugador. Seguidamente, dio una nueva vuelta a su silla, dándole la espalda a los baloncestistas. Mientras, el hombre al que Roberto le había devuelto el balón, tomó el esférico con sus manos y, tras dar un giro a su silla con una agilidad tremenda, lanzó un tiro a canasta desde su posición, encestando. ¡En un partido oficial aquello hubiera sido un triple! Tras tal hazaña, se volvió para regalarle unas palabras más a Roberto:
—¡Échele valor! Tener el cuerpo en desuso no es nada comparado con el daño que le hace a su mente… ¿Se entera?
Roberto no correspondió con la mirada a tales palabras, mientras Miguel, para hacerle tomar conciencia del desprecio que le había hecho a aquellos hombres, le dijo con cierta suavidad:
—No sé, Rober… Quizá ya lo hayas perdido todo…
Miguel se fue, dejando solos a Mónica y a Roberto. Monica, situándose frente a su esposo, se agachó, doblándose sobre sus piernas:
—Roberto… Cariño, escúchame. Podrás llevar una vida completa, sé que puedes… Solo tendrás que ayudarte un poco a ti mismo.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrastrarme humildemente por la oportunidad de pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas?
—Tal vez la humildad no sería mala cosa para empezar… a enfrentarte con esto.
—No es justo compararme con ellos —, dijo señalando a los que jugaban al baloncesto.
—Peor es que te abandones a ti mismo, o a mi…
—Moni… ¡Tengo miedo!
No pudo evitar abrazar a su esposa mientras rompía a llorar…
—Tenía derecho a saberlo…
—Por supuesto que sí —, aseguró Miguel—. Pero no a impedir los progresos logrados por los médicos.
—¿A quién has venido a ver aquí? ¿A tus amigos los médicos?
—Sabes muy bien a quien he venido a ver, primo…
—Sí… Perdona… Es que… Es que no sé,… No sé qué pensar… Nunca me sentí tan solo en la vida…
Roberto se frotó la cara y Mónica apenada, tras dirigir una leve mirada a Miguel, dio un beso en la cabeza a su esposo y le habló:
—Cariño, todos te desean recuperado… ¿Sabes quien estuvo a verte? Tu cuñado, “el poli”, ¿a que no te lo crees?
Roberto dio una muestra de desprecio e indiferencia. Mientras tanto, seguían paseando. Se aproximaban a una pequeña explanada donde se habían dispuesto dos canastas de baloncesto, de modo que la explanada estaba habilitada como pista deportiva. Allí, en la cancha, un grupo de seis hombres, en sus respectivas sillas de ruedas, jugaban un animoso partido de baloncesto.
—Empiezas tu tratamiento… —, dijo Miguel.
—¿Qué! —, exclamó con cierta furia Roberto.
—Hablé con el personal de rehabilitación: han elaborado un programa completo para ti… Comienzas mañana.
Roberto tomó con sus manos las ruedas traseras de su silla; con cierta brusquedad, frenó en seco y, dándole un giro de ciento ochenta grados a la silla, se posicionó frente a su primo con cierto enojo:
—¡Un momento! Aguarda un momento… No quiero rehabilitación, solo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Llama al Dr. Hernando —, le dijo a su esposa—, él es mi médico… ¡Quiero que me opere!
—¡No habrá ninguna operación, Roberto! —, aseguró con firmeza Miguel.
—Si sacan la bala… Podré volver a andar…
—Rober, si te intervienen ahora podrías perderlo todo…
—Si no puedo andar, es cuando lo habré perdido
De repente, una pelota de baloncesto calló sobre el regazo de Roberto, asustándole un poco. Roberto tomó la pelota con sus manos y empezó a moverla describiendo giros desordenados, al tiempo que la observaba detenidamente sin pronunciar palabra. Uno de los hombres que jugaba al baloncesto se aproximó a él con el deseo de que le diera el balón. Era un hombre moreno, de pelo afilado y facciones marcadas; brazos fuertes y aspecto jovial:
—Eh, amigo —, le dijo a Roberto—. ¿Le apetece jugar con nosotros?
—No puedo…
—¿Por qué no? Tiene aspecto atlético…
—Tuve un accidente… No puedo…
—Oiga, no le pedimos que baile con nosotros, solo darle al balón…
—¡Ya le he dicho que no puedo!
Roberto devolvió al hombre el balón dándole un pase en picado que dio un bote en el suelo para caer en las manos del jugador. Seguidamente, dio una nueva vuelta a su silla, dándole la espalda a los baloncestistas. Mientras, el hombre al que Roberto le había devuelto el balón, tomó el esférico con sus manos y, tras dar un giro a su silla con una agilidad tremenda, lanzó un tiro a canasta desde su posición, encestando. ¡En un partido oficial aquello hubiera sido un triple! Tras tal hazaña, se volvió para regalarle unas palabras más a Roberto:
—¡Échele valor! Tener el cuerpo en desuso no es nada comparado con el daño que le hace a su mente… ¿Se entera?
Roberto no correspondió con la mirada a tales palabras, mientras Miguel, para hacerle tomar conciencia del desprecio que le había hecho a aquellos hombres, le dijo con cierta suavidad:
—No sé, Rober… Quizá ya lo hayas perdido todo…
Miguel se fue, dejando solos a Mónica y a Roberto. Monica, situándose frente a su esposo, se agachó, doblándose sobre sus piernas:
—Roberto… Cariño, escúchame. Podrás llevar una vida completa, sé que puedes… Solo tendrás que ayudarte un poco a ti mismo.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrastrarme humildemente por la oportunidad de pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas?
—Tal vez la humildad no sería mala cosa para empezar… a enfrentarte con esto.
—No es justo compararme con ellos —, dijo señalando a los que jugaban al baloncesto.
—Peor es que te abandones a ti mismo, o a mi…
—Moni… ¡Tengo miedo!
No pudo evitar abrazar a su esposa mientras rompía a llorar…
El Cuaderno de Beto VI: “Ligero retroceso en esos primeros pasos para empezar a superarlo”
Gracias, una vez más, por esperar
Llevo mucho tiempo sin escribir… Lo sé. No he escrito porque no podía, no he escrito porque no me salían las palabras, porque tomaba el bolígrafo y mi mano derecha no era capaz de juntar de forma coherente más de dos palabras. Me sentía totalmente incapaz de transmitir nada… Por eso, mi cuaderno ha estado prácticamente abandonado. Dos de estas últimas noches, dado que no podía dormir, me he estado leyendo. He estado leyendo las páginas atrasadas de mi propio cuaderno y, tras reflexionar detenidamente, me he dado cuenta de que, en el fondo, me estoy engañando a mi mismo. Susana no va a volver conmigo, eso lo sé; ya lo he asumido. Sí, sí: ya lo he asumido. Pero durante este tiempo me he estado autoengañando, quizás por evitarme a mi mismo más daño, por no causarme a mi mismo un mayor sufrimiento. A lo largo de los escritos que he ido dejando en mi cuaderno, he hablado en varias ocasiones de cómo, hace unos meses, Susana y yo paseábamos nuestro amor por las calles del pueblo: ¡eso es falso! ¡Eso es mentira! Ella casi nunca tomó mi mano para dar un paseo, casi nunca fue capaz de besar mis labios en un lugar en el que no tuviera la certeza de que estábamos solos; casi nunca fue capaz de regalarme un abrazo o una muestra de afecto similar delante de algún conocido nuestro… Quizás eso me duele más: ahora sí pasea con Eusebio de la mano, ahora se abrazan en público, se besan, incluso se echan fotos juntos y luego se las enseñan a mis allegados… ¡Conmigo nunca hizo eso! Quizás esa diferencia de trato acrecienta mi dolor…
Hoy me han venido a la mente la rosa y la margarita… ¿Te acuerdas, Susana? Seguro que no, por eso me voy a permitir dejar aquí constancia escrita de aquello…
La rosa era una rosa roja, hermosa, brillante, robusta y sin espinas; sin espinas porque alguien se tomó la molestia de cortárselas para que, tus suaves manos, no corrieran el riesgo de arañarse a causa de aquella hermosa flor. Aquella rosa te la regalé una noche que pasamos juntos… Acuérdate: era invierno y estábamos hablando tú y yo, sentados a cubierto; una pobre anciana enlutada pasó junto a nosotros, con sus decrépitas manos cargadas de rosas. Nos enseñó todas las flores que llevaba y, a pesar de tu gesto de desprecio hacia la desdichada octogenaria, yo quise coger una de aquellas rosas para ti. Cuando te la di, sonreíste; y, tras haber mirado detenidamente a nuestro alrededor, me diste un beso. Fue un simple beso en la mejilla… Te aseguro que no era el beso que yo más deseaba en aquel momento que me dieras, pero en cierta forma me dio igual, porque era un beso tuyo y eso es lo que para mi potenciaba el valor del gesto, frente al beso que cualquier otra persona del mundo pudiera darme… Tú te quedaste con aquella rosa y, delante mía, empezaste a jugar y jugar con ella… Digo “jugar” por ser sutil, porque lo cierto es que, cuando al acabar aquella noche yo te acompañé a tu casa para irte a dormir, ya no llevabas la rosa contigo: la habías destrozado. La rompiste, poco a poco, en trozos: primero le quitaste las hojas del tallo, luego le arrancaste el tallo, después quitaste las hojas que, en su momento, protegían el capullo y finalmente fuiste arrancando los pétalos uno a uno… Fue cuestión de un par de horas…
La margarita… ¡Sí! La margarita… La margarita era tu flor favorita. Digo que era porque me consta que, desde que estás con ése, alguno de tus gustos ha cambiado. Y, como era tu flor favorita, una noche que parecías estar algo triste, quise sorprenderte colocándote una margarita sobre tu suave oreja. Fue en aquella explanada tan especial para nosotros, en aquel pueblo tan nuestro junto al mar… ¡No sabes lo que me costó encontrar aquella noche de verano una margarita! Pero la encontré… Estaba en una propiedad privada a la que tuve que acceder; pero era una margarita robusta, joven, con unos pétalos blancos como la nieve, que parecían tener un tacto suave y dulce… ¡Sí! Encontré la margarita y, como un niño que había encontrado algo preciado en el parque y corría a enseñárselo a su abuelo, fui a sorprenderte por la espalda, colocándote la margarita en la oreja derecha, retirando tu sedosa cabellera rubia. Te asustaste un poco, pero el susto se tornó en tranquilidad cuando me viste a mí y en alegría al ver la margarita… La explanada estaba llena de gente y tú tan solo supiste regalarme un “¡gracias, mi niño!”. Seguidamente, arrancaste el tallo de la margarita, quedándote con un ligero rabillo que te permitiera empezar, con tus dedos, a darle vueltas y vueltas a la margarita… De tantas vueltas que le diste, el corazón empezó a dejar caer los pétalos al suelo. Pasado un rato, los cuatro o cinco pétalos que quedaban los arrancaste y los tiraste al suelo… Así, la margarita, mi regalo, acabó la noche como la rosa que meses antes te había regalado…

El destino de esas dos flores, a la postre, ha sido tremendamente revelador. Yo, que siempre he creído que la vida va dejando mensajes a través de las cosas que pasan para que cada uno actúe en consecuencia, no supe ver lo que en realidad significaba el trato que aquellas flores, regaladas con todo mi amor, habían recibido. Creía que nuestro amor era como aquella rosa: fuerte, apasionado, perenne… Ahora me doy cuenta de que en realidad yo estaba levitando, y por eso no veía lo que había detrás de todo aquello: la rosa era frágil y caduca. Mi espíritu (devoto de ti, admirador de tu hermosura, sirviente de tu alma), poco a poco fue sintiendo como sus miembros se iban cercenando, como le ocurriera a la rosa; el tiempo me demostró que, durante una temporada, con mentiras, excusas y silencios, se me estuvo mareando, como a la margarita… Hasta que, al final, cuando la vida me enfrentó con la realidad desnuda, se me clavó la daga en el corazón que tanto me hirió, como cuando a ambas flores ella le arrancó sus últimos pétalos. Ahora que estoy intentando arrancarme aquella daga, siento que la vida se me va con ella… Veo muchas veces en sueños la rosa, con el mismo fulgor que tenía aquella noche, pero carece de tallo y se me muestra levitando, en el cielo, de una forma que soy incapaz de tocarla… ¡Yo me quiero morir!
Llevo mucho tiempo sin escribir… Lo sé. No he escrito porque no podía, no he escrito porque no me salían las palabras, porque tomaba el bolígrafo y mi mano derecha no era capaz de juntar de forma coherente más de dos palabras. Me sentía totalmente incapaz de transmitir nada… Por eso, mi cuaderno ha estado prácticamente abandonado. Dos de estas últimas noches, dado que no podía dormir, me he estado leyendo. He estado leyendo las páginas atrasadas de mi propio cuaderno y, tras reflexionar detenidamente, me he dado cuenta de que, en el fondo, me estoy engañando a mi mismo. Susana no va a volver conmigo, eso lo sé; ya lo he asumido. Sí, sí: ya lo he asumido. Pero durante este tiempo me he estado autoengañando, quizás por evitarme a mi mismo más daño, por no causarme a mi mismo un mayor sufrimiento. A lo largo de los escritos que he ido dejando en mi cuaderno, he hablado en varias ocasiones de cómo, hace unos meses, Susana y yo paseábamos nuestro amor por las calles del pueblo: ¡eso es falso! ¡Eso es mentira! Ella casi nunca tomó mi mano para dar un paseo, casi nunca fue capaz de besar mis labios en un lugar en el que no tuviera la certeza de que estábamos solos; casi nunca fue capaz de regalarme un abrazo o una muestra de afecto similar delante de algún conocido nuestro… Quizás eso me duele más: ahora sí pasea con Eusebio de la mano, ahora se abrazan en público, se besan, incluso se echan fotos juntos y luego se las enseñan a mis allegados… ¡Conmigo nunca hizo eso! Quizás esa diferencia de trato acrecienta mi dolor…
Hoy me han venido a la mente la rosa y la margarita… ¿Te acuerdas, Susana? Seguro que no, por eso me voy a permitir dejar aquí constancia escrita de aquello…
La rosa era una rosa roja, hermosa, brillante, robusta y sin espinas; sin espinas porque alguien se tomó la molestia de cortárselas para que, tus suaves manos, no corrieran el riesgo de arañarse a causa de aquella hermosa flor. Aquella rosa te la regalé una noche que pasamos juntos… Acuérdate: era invierno y estábamos hablando tú y yo, sentados a cubierto; una pobre anciana enlutada pasó junto a nosotros, con sus decrépitas manos cargadas de rosas. Nos enseñó todas las flores que llevaba y, a pesar de tu gesto de desprecio hacia la desdichada octogenaria, yo quise coger una de aquellas rosas para ti. Cuando te la di, sonreíste; y, tras haber mirado detenidamente a nuestro alrededor, me diste un beso. Fue un simple beso en la mejilla… Te aseguro que no era el beso que yo más deseaba en aquel momento que me dieras, pero en cierta forma me dio igual, porque era un beso tuyo y eso es lo que para mi potenciaba el valor del gesto, frente al beso que cualquier otra persona del mundo pudiera darme… Tú te quedaste con aquella rosa y, delante mía, empezaste a jugar y jugar con ella… Digo “jugar” por ser sutil, porque lo cierto es que, cuando al acabar aquella noche yo te acompañé a tu casa para irte a dormir, ya no llevabas la rosa contigo: la habías destrozado. La rompiste, poco a poco, en trozos: primero le quitaste las hojas del tallo, luego le arrancaste el tallo, después quitaste las hojas que, en su momento, protegían el capullo y finalmente fuiste arrancando los pétalos uno a uno… Fue cuestión de un par de horas…
La margarita… ¡Sí! La margarita… La margarita era tu flor favorita. Digo que era porque me consta que, desde que estás con ése, alguno de tus gustos ha cambiado. Y, como era tu flor favorita, una noche que parecías estar algo triste, quise sorprenderte colocándote una margarita sobre tu suave oreja. Fue en aquella explanada tan especial para nosotros, en aquel pueblo tan nuestro junto al mar… ¡No sabes lo que me costó encontrar aquella noche de verano una margarita! Pero la encontré… Estaba en una propiedad privada a la que tuve que acceder; pero era una margarita robusta, joven, con unos pétalos blancos como la nieve, que parecían tener un tacto suave y dulce… ¡Sí! Encontré la margarita y, como un niño que había encontrado algo preciado en el parque y corría a enseñárselo a su abuelo, fui a sorprenderte por la espalda, colocándote la margarita en la oreja derecha, retirando tu sedosa cabellera rubia. Te asustaste un poco, pero el susto se tornó en tranquilidad cuando me viste a mí y en alegría al ver la margarita… La explanada estaba llena de gente y tú tan solo supiste regalarme un “¡gracias, mi niño!”. Seguidamente, arrancaste el tallo de la margarita, quedándote con un ligero rabillo que te permitiera empezar, con tus dedos, a darle vueltas y vueltas a la margarita… De tantas vueltas que le diste, el corazón empezó a dejar caer los pétalos al suelo. Pasado un rato, los cuatro o cinco pétalos que quedaban los arrancaste y los tiraste al suelo… Así, la margarita, mi regalo, acabó la noche como la rosa que meses antes te había regalado…

El destino de esas dos flores, a la postre, ha sido tremendamente revelador. Yo, que siempre he creído que la vida va dejando mensajes a través de las cosas que pasan para que cada uno actúe en consecuencia, no supe ver lo que en realidad significaba el trato que aquellas flores, regaladas con todo mi amor, habían recibido. Creía que nuestro amor era como aquella rosa: fuerte, apasionado, perenne… Ahora me doy cuenta de que en realidad yo estaba levitando, y por eso no veía lo que había detrás de todo aquello: la rosa era frágil y caduca. Mi espíritu (devoto de ti, admirador de tu hermosura, sirviente de tu alma), poco a poco fue sintiendo como sus miembros se iban cercenando, como le ocurriera a la rosa; el tiempo me demostró que, durante una temporada, con mentiras, excusas y silencios, se me estuvo mareando, como a la margarita… Hasta que, al final, cuando la vida me enfrentó con la realidad desnuda, se me clavó la daga en el corazón que tanto me hirió, como cuando a ambas flores ella le arrancó sus últimos pétalos. Ahora que estoy intentando arrancarme aquella daga, siento que la vida se me va con ella… Veo muchas veces en sueños la rosa, con el mismo fulgor que tenía aquella noche, pero carece de tallo y se me muestra levitando, en el cielo, de una forma que soy incapaz de tocarla… ¡Yo me quiero morir!
Noche de karaoke
Hace unos días estuve en un karaoke. No salí a cantar porque las personas que me acompañaban no me lo permitieron: no entraré a valorar las razones que esgrimían para no permitirme salir, porque no vienen al caso para lo que aquí quiero transmitir, pero si a alguien le interesan con mucho gusto se las enumeraré.
Dado que, como he dicho, no me dejaron salir a cantar a mí, tomé asiento junto a mis acompañantes, pedimos una serie de copas, y nos acomodamos para ver el desfile de amagos de cantantes que estaba teniendo lugar. La noche transcurría entre la risa y el desafino, cuando la organizadora llamó a un nuevo cantante para que interpretara un tema. Recuerdo su tono de voz jovial mientras anunciaba:
—¡Miguel! Va a cantarnos “La Carta”, de Héroes del Silencio.
Miguel era un chico de figura no muy atlética, metro ochenta y cinco y un par de kilillos de sobra; pelo atezado y bastante corto; ojos de azabache, barbilla ondulada y bien afeitado. Yo conocía a Miguel. Miguel es la típica persona que vive no muy lejos de donde yo vivo y con la que me cruzo a menudo por la calle, pero con la que nunca he llegado a compartir más que un escueto “buenos días”. Allí estaba él, dispuesto a deleitarnos. Miguel empezó a cantar:
No hace mucho que leí tu carta,
y, sin fuerzas para contestar,
mil pedazos al viento nos separarán.
Pondré casa en un país
lejano para olvidar
este miedo hacia ti, este miedo hacia ti.
Y no hace mucho que rompí
tu recuerdo pensando
acabar de una vez.
Pero el tiempo y la distancia
no son todo para mí:
siempre hay algo que me hace volver.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿por qué estas tan lejos?
Sé que siempre he sido así
y que no tengo remedio,
ni lo quiero tener.
Pero ni el miedo ni tu cartas
lo son todo para mi;
quizás, otra vez, te echaré la culpa a ti.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
No lo hizo mal. Varias personas nos levantamos a aplaudirle: yo me levanté instintivamente, ya que la canción de “La Carta” es una de mis favoritas. Es más, la fui cantando en voz baja a la vez que Miguel. Pero sí que me sorprendió una cosa: Miguel no tenía una voz de cantante profesional, es cierto, pero el sentimiento que yo creí sentir al poder escuchar su voz entonando esta canción me pareció tan arrebatador y emotivo, que no parecía propio de quien se sube a cantar una canción cualquiera con el fin de pasar un buen rato.
Miguel acabó de cantar. Pude ver cómo frotaba sus ojos con suavidad, con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, agachando la cabeza. Una de sus acompañantes, que estaba sentada en la mesa donde se había acomodado su grupo de amigos, se aproximó a él: por los gestos deduje que se interesaba por su estado, ya que por la forma de tocarse los ojos, parecía que se enjuagaba unas lágrimas. Miguel respondió, sin levantar la cabeza, señalando hacia el techo con su dedo índice, justo hacia donde estaban los focos. «No lloro, son los focos», debía decirle. La chica, que por cierto estaba de muy buen ver, volvió hacia su asiento. He de decir que si, en verdad, Miguel lloraba, no era para sorprenderse… No pude reparar más, en aquel momento, en esos detalles, ya que la animadora nos habló de nuevo:
—¡Miguel va a cantarnos otra canción! Así que, Miguel, permanece en el escenario… ¡Música, maestro! Miguel nos cantará ahora “La Distancia” de Roberto Carlos.
Entre los suaves aplausos de acogida ante el nuevo tema, alguien en mi mesa hizo el chiste malo de decir que ése juega muy bien al fútbol, pero yo ignoré tal detalle; sentía curiosidad por el cambio de música tan radical que iba a hacer el chico: Miguel pasaba de la fuerza interpretativa del rock de Héroes a la sencillez romántica, para algunos cargante, de Roberto Carlos. No dejaba de pensar que las canciones que uno canta en un karaoke las elige libremente, por tanto él mismo, Miguel, era quien había decidido cantar esas canciones: ¿a qué podía responder esto?
Cavilaba en tal embroño, cuando Miguel empezó a cantar:
Nunca mas oíste tu hablar de mi,
en cambio yo seguí pensando en ti.
De toda esa nostalgia que quedó,
tanto tiempo ya pasó y nunca te olvidé.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
El resto de ése, nuestro amor, quedó
muy lejos, olvidado para ti.
Viviendo en el pasado aún estoy:
aunque todo ya cambio,
sé que no te olvidare.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
Pensé dejar de amarte una vez,
fue algo tan difícil para mi…
Si alguna vez, mi amor, piensas en mi
ten presente al recordar
que nunca te olvidé…
¡Cuántas veces yo pensé volver…
Miguel no acabó la canción. Su tono de voz se fue agravando considerablemente conforme avanzaba el tema, mientras sus ojos se humedecían a ojos vista. Llegado a este punto de la canción, Miguel tiró el micrófono al suelo y salió de la estancia, cruzando la sala a todo correr.
Como ya he dicho, yo, en realidad, no conozco a Miguel más que de vista; pero, gracias a lo que vi en él sobre aquel escenario, sí conozco la clase de persona que es ella, esa mujer a la que él aquella noche le cantaba. Tú, mujer, dondequiera que te encuentres y con quienquiera que estés, recibe mi total desprecio…
Dado que, como he dicho, no me dejaron salir a cantar a mí, tomé asiento junto a mis acompañantes, pedimos una serie de copas, y nos acomodamos para ver el desfile de amagos de cantantes que estaba teniendo lugar. La noche transcurría entre la risa y el desafino, cuando la organizadora llamó a un nuevo cantante para que interpretara un tema. Recuerdo su tono de voz jovial mientras anunciaba:
—¡Miguel! Va a cantarnos “La Carta”, de Héroes del Silencio.
Miguel era un chico de figura no muy atlética, metro ochenta y cinco y un par de kilillos de sobra; pelo atezado y bastante corto; ojos de azabache, barbilla ondulada y bien afeitado. Yo conocía a Miguel. Miguel es la típica persona que vive no muy lejos de donde yo vivo y con la que me cruzo a menudo por la calle, pero con la que nunca he llegado a compartir más que un escueto “buenos días”. Allí estaba él, dispuesto a deleitarnos. Miguel empezó a cantar:
No hace mucho que leí tu carta,
y, sin fuerzas para contestar,
mil pedazos al viento nos separarán.
Pondré casa en un país
lejano para olvidar
este miedo hacia ti, este miedo hacia ti.
Y no hace mucho que rompí
tu recuerdo pensando
acabar de una vez.
Pero el tiempo y la distancia
no son todo para mí:
siempre hay algo que me hace volver.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿por qué estas tan lejos?
Sé que siempre he sido así
y que no tengo remedio,
ni lo quiero tener.
Pero ni el miedo ni tu cartas
lo son todo para mi;
quizás, otra vez, te echaré la culpa a ti.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
No lo hizo mal. Varias personas nos levantamos a aplaudirle: yo me levanté instintivamente, ya que la canción de “La Carta” es una de mis favoritas. Es más, la fui cantando en voz baja a la vez que Miguel. Pero sí que me sorprendió una cosa: Miguel no tenía una voz de cantante profesional, es cierto, pero el sentimiento que yo creí sentir al poder escuchar su voz entonando esta canción me pareció tan arrebatador y emotivo, que no parecía propio de quien se sube a cantar una canción cualquiera con el fin de pasar un buen rato.
Miguel acabó de cantar. Pude ver cómo frotaba sus ojos con suavidad, con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, agachando la cabeza. Una de sus acompañantes, que estaba sentada en la mesa donde se había acomodado su grupo de amigos, se aproximó a él: por los gestos deduje que se interesaba por su estado, ya que por la forma de tocarse los ojos, parecía que se enjuagaba unas lágrimas. Miguel respondió, sin levantar la cabeza, señalando hacia el techo con su dedo índice, justo hacia donde estaban los focos. «No lloro, son los focos», debía decirle. La chica, que por cierto estaba de muy buen ver, volvió hacia su asiento. He de decir que si, en verdad, Miguel lloraba, no era para sorprenderse… No pude reparar más, en aquel momento, en esos detalles, ya que la animadora nos habló de nuevo:
—¡Miguel va a cantarnos otra canción! Así que, Miguel, permanece en el escenario… ¡Música, maestro! Miguel nos cantará ahora “La Distancia” de Roberto Carlos.
Entre los suaves aplausos de acogida ante el nuevo tema, alguien en mi mesa hizo el chiste malo de decir que ése juega muy bien al fútbol, pero yo ignoré tal detalle; sentía curiosidad por el cambio de música tan radical que iba a hacer el chico: Miguel pasaba de la fuerza interpretativa del rock de Héroes a la sencillez romántica, para algunos cargante, de Roberto Carlos. No dejaba de pensar que las canciones que uno canta en un karaoke las elige libremente, por tanto él mismo, Miguel, era quien había decidido cantar esas canciones: ¿a qué podía responder esto?
Cavilaba en tal embroño, cuando Miguel empezó a cantar:
Nunca mas oíste tu hablar de mi,
en cambio yo seguí pensando en ti.
De toda esa nostalgia que quedó,
tanto tiempo ya pasó y nunca te olvidé.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
El resto de ése, nuestro amor, quedó
muy lejos, olvidado para ti.
Viviendo en el pasado aún estoy:
aunque todo ya cambio,
sé que no te olvidare.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
Pensé dejar de amarte una vez,
fue algo tan difícil para mi…
Si alguna vez, mi amor, piensas en mi
ten presente al recordar
que nunca te olvidé…
¡Cuántas veces yo pensé volver…
Miguel no acabó la canción. Su tono de voz se fue agravando considerablemente conforme avanzaba el tema, mientras sus ojos se humedecían a ojos vista. Llegado a este punto de la canción, Miguel tiró el micrófono al suelo y salió de la estancia, cruzando la sala a todo correr.
Como ya he dicho, yo, en realidad, no conozco a Miguel más que de vista; pero, gracias a lo que vi en él sobre aquel escenario, sí conozco la clase de persona que es ella, esa mujer a la que él aquella noche le cantaba. Tú, mujer, dondequiera que te encuentres y con quienquiera que estés, recibe mi total desprecio…
El emperador y el mendigo
Un emperador estaba saliendo de su palacio para dar un paseo matutino, cuando, a las puertas del mismo, se encontró con un mendigo. Suponiendo que el mendigo estaba allí para pedir limosna, el emperador le preguntó:
—¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo:
—Me preguntas de una manera... ¡como si tú pudieras satisfacer mi deseo!
—Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo —, respondió el emperador—. ¿Cuál es?
—Piensa bien antes de prometer nada —, dijo el mendigo.
El emperador, que empezaba a enojarse, insistió:
—Te daré cualquier cosa que pidas. Soy una persona muy, muy, muy poderosa; soy inmensamente rico... ¿qué puedes desear tú que yo no pueda darte?
—Es un deseo muy simple —, dijo el mendigo—. ¿Ves esta bolsa que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
—Por supuesto —, dijo el emperador.
Seguidamente, el soberano, muy seguro de sí mismo, llamó a uno de sus criados, diciéndole
—Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El criado así lo hizo... Pero el dinero, apenas había caído en la bolsa, desapareció. El criado echó más, y volvió a pasar lo mismo: parecía volatilizarse. Echó más y más dinero, pero éste siempre desaparecía al instante. De esta forma, la bolsa del mendigo siempre estaba vacía.
El rumor de esta escena empezó a correr rápidamente por todos los rincones de la ciudad y la curiosidad ante lo que estaba ocurriendo trajo una gran multitud a aquel lugar, con lo que empezaba a ponerse en riesgo el “buen nombre” del emperador. Ruborizado, horrorizado solo de pensar en la deshonra que este lance podía traerle, el soberano le dijo a sus servidores:
—Estoy dispuesto a perder mi reino, estoy dispuesto a mis bienes, estoy dispuesto a perderlo todo… ¡pero este mendigo no se va a salir con la suya! ¡No puede dejarme en ridículo delante de mi pueblo!
Así, fueron vertiéndose en la bolsa diamantes, perlas, esmeraldas, rubíes zafiros, oro... Uno a uno los tesoros del emperador iban vertiéndose en la bolsa, pero ésta no parecía tener fondo: todo lo que se colocaba en ella desaparecía de forma inmediata y misteriosa.
¡No había nada que hacer! El emperador había vertido todos sus bienes en el interior de la bolsa, había llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia durante siglos. Llegado a tal situación, se arrodilló en señal de penitencia a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo:
—Has ganado: pero antes de que te vayas, me gustaría que satisficieras mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
—¿El secreto? —, dijo el mendigo—. El secreto es el material de que está hecha la bolsa: la bolsa está hecha de deseos humanos.
Anónimo
**********************************************************************************************************
Piensa en los deseos ¿cuál es su mecanismo? Analicémoslo. Primero hay una gran excitación: la aventura. Se siente un gran impulso. Algo va a suceder, se está al borde de algo. Y luego que se tiene el coche, el yate, la casa, la mujer, las joyas,… De repente, nada de ello tiene significado ya. ¿Qué ha pasado? La mente lo ha desmaterializado. El coche está en el garaje, pero ya no excita de la misma manera. Lo que excitaba era conseguirlo... o lo que es lo mismo, nos habíamos emborrachado con el deseo hasta tal punto que nos habíamos olvidado que el vacío se sitúa en el interior de nosotros mismos. Pero ahora, con el deseo cumplido (el coche en el garaje, esa mujer en la cama, el dinero en el banco, las joyas en el joyero...) desaparece la excitación
De nuevo se siente ese vacío. Y se tiene que crear un nuevo deseo para escapar de esa sensación, esa ansiedad, ese vacío. Así es como va la mayoría de la gente por la vida: de un deseo en otro, convertida en mendigos con bolsas que jamás parecen poderse llenar. Cuando se alcanza, un nuevo deseo se hace necesario, olvidando ése que tanto se buscó.
Graciela Heger A.
—¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo:
—Me preguntas de una manera... ¡como si tú pudieras satisfacer mi deseo!
—Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo —, respondió el emperador—. ¿Cuál es?
—Piensa bien antes de prometer nada —, dijo el mendigo.
El emperador, que empezaba a enojarse, insistió:
—Te daré cualquier cosa que pidas. Soy una persona muy, muy, muy poderosa; soy inmensamente rico... ¿qué puedes desear tú que yo no pueda darte?
—Es un deseo muy simple —, dijo el mendigo—. ¿Ves esta bolsa que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
—Por supuesto —, dijo el emperador.
Seguidamente, el soberano, muy seguro de sí mismo, llamó a uno de sus criados, diciéndole
—Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El criado así lo hizo... Pero el dinero, apenas había caído en la bolsa, desapareció. El criado echó más, y volvió a pasar lo mismo: parecía volatilizarse. Echó más y más dinero, pero éste siempre desaparecía al instante. De esta forma, la bolsa del mendigo siempre estaba vacía.
El rumor de esta escena empezó a correr rápidamente por todos los rincones de la ciudad y la curiosidad ante lo que estaba ocurriendo trajo una gran multitud a aquel lugar, con lo que empezaba a ponerse en riesgo el “buen nombre” del emperador. Ruborizado, horrorizado solo de pensar en la deshonra que este lance podía traerle, el soberano le dijo a sus servidores:
—Estoy dispuesto a perder mi reino, estoy dispuesto a mis bienes, estoy dispuesto a perderlo todo… ¡pero este mendigo no se va a salir con la suya! ¡No puede dejarme en ridículo delante de mi pueblo!
Así, fueron vertiéndose en la bolsa diamantes, perlas, esmeraldas, rubíes zafiros, oro... Uno a uno los tesoros del emperador iban vertiéndose en la bolsa, pero ésta no parecía tener fondo: todo lo que se colocaba en ella desaparecía de forma inmediata y misteriosa.
¡No había nada que hacer! El emperador había vertido todos sus bienes en el interior de la bolsa, había llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia durante siglos. Llegado a tal situación, se arrodilló en señal de penitencia a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo:
—Has ganado: pero antes de que te vayas, me gustaría que satisficieras mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
—¿El secreto? —, dijo el mendigo—. El secreto es el material de que está hecha la bolsa: la bolsa está hecha de deseos humanos.
Anónimo
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Piensa en los deseos ¿cuál es su mecanismo? Analicémoslo. Primero hay una gran excitación: la aventura. Se siente un gran impulso. Algo va a suceder, se está al borde de algo. Y luego que se tiene el coche, el yate, la casa, la mujer, las joyas,… De repente, nada de ello tiene significado ya. ¿Qué ha pasado? La mente lo ha desmaterializado. El coche está en el garaje, pero ya no excita de la misma manera. Lo que excitaba era conseguirlo... o lo que es lo mismo, nos habíamos emborrachado con el deseo hasta tal punto que nos habíamos olvidado que el vacío se sitúa en el interior de nosotros mismos. Pero ahora, con el deseo cumplido (el coche en el garaje, esa mujer en la cama, el dinero en el banco, las joyas en el joyero...) desaparece la excitación
De nuevo se siente ese vacío. Y se tiene que crear un nuevo deseo para escapar de esa sensación, esa ansiedad, ese vacío. Así es como va la mayoría de la gente por la vida: de un deseo en otro, convertida en mendigos con bolsas que jamás parecen poderse llenar. Cuando se alcanza, un nuevo deseo se hace necesario, olvidando ése que tanto se buscó.
Graciela Heger A.
Un trato justo
Su nombre era Alexander, Alexander Fleming; era un pobre agricultor de Lochfield, en Escocia. Un día, mientras trabajaba duramente para intentar ganarse el pan para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano. Inmediatamente, soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro de un lodazal, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando, tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvó al muchacho de lo que pudo ser una muerte agónica, lenta y terrible.
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor británico. Un noble ingles, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presento a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.
—Yo quiero recompensarle —, dijo el noble inglés—. Usted ayer salvó la vida de mi hijo.
—No, yo no puedo aceptar ninguna recompensa por lo que hice—, respondió el agricultor ingles, rechazando la oferta.
En ese momento el hijo del agricultor, un niño de pocos años, salió a la puerta de la humilde casa familiar, impresionado por el carruaje que había venido a visitar a su padre
—¿Es ése su hijo?—, preguntó el noble inglés sonriente.
—Sí —, respondió el agricultor lleno de orgullo.
—Dado que usted rechaza mi oferta, le voy a proponer un trato: déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación, ya que dudo que usted pueda proporcionársela. Si el chico es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming, el agricultor, se graduó en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital, en Londres, y se convirtió en un personaje de gran renombre, Sir Alexander Fleming, gracias a un descubrimento que cambiaría el mundo: la Penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonia.
¿Qué lo salvo? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.
¿El nombre de su hijo, salvado por Fleming? Sir Winston Churchill, la piedra angular de la victoria de la libertad contra la tiranía nazi.
Alguien dijo alguna vez: siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos... Quizás el sabio que lo dijo estaba en lo cierto…
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor británico. Un noble ingles, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presento a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.
—Yo quiero recompensarle —, dijo el noble inglés—. Usted ayer salvó la vida de mi hijo.
—No, yo no puedo aceptar ninguna recompensa por lo que hice—, respondió el agricultor ingles, rechazando la oferta.
En ese momento el hijo del agricultor, un niño de pocos años, salió a la puerta de la humilde casa familiar, impresionado por el carruaje que había venido a visitar a su padre
—¿Es ése su hijo?—, preguntó el noble inglés sonriente.
—Sí —, respondió el agricultor lleno de orgullo.
—Dado que usted rechaza mi oferta, le voy a proponer un trato: déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación, ya que dudo que usted pueda proporcionársela. Si el chico es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming, el agricultor, se graduó en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital, en Londres, y se convirtió en un personaje de gran renombre, Sir Alexander Fleming, gracias a un descubrimento que cambiaría el mundo: la Penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonia.
¿Qué lo salvo? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.
¿El nombre de su hijo, salvado por Fleming? Sir Winston Churchill, la piedra angular de la victoria de la libertad contra la tiranía nazi.
Alguien dijo alguna vez: siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos... Quizás el sabio que lo dijo estaba en lo cierto…
Levántate y anda II
Día soleado. El doctor que atendía a Roberto acompañaba en un leve paseo a Mónica y a Miguel, el primo de Roberto, por las afueras del hospital.
—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.
El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.
Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.
—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…
Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:
—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!
Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:
—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…
Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:
—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias
Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:
—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.
Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.
La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.
—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…
Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:
—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!
Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:
—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.
Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:
—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no crees eso?
—Roberto, ¿qué te pasa?
—Creíste que no podría soportarlo, que yo no era lo bastante hombre…
—¡Claro que lo eres! El mismo hombre con quien me casé…
—¿De veras? Piensa otra vez en el hombre que fui la semana pasada, en la clase de hombre que aún dices que soy.
—Cariño, ¿de qué estás hablando?
—Ni si quiera has tenido el valor o la sinceridad de decirme que había matado a mi propia madre… ¡Tuve que oírselo a Ángela! Me has mentido…
—Cariño…
—¡No quiero tu piedad!
—No fue por eso… Te quiero…
—¡Es piedad! Piedad para el inválido, porque eso es lo que soy ahora… ¡Un inválido!
—Por favor, por favor escúchame: solo quisimos esperar a que estuvieses más fuerte…
—Vete… Déjame en paz…
Sin saber qué decir, observando cómo su marido la rechazaba con la mirada, Mónica abandonó la habitación con lágrimas contenidas. Roberto había cerrado los ojos. Cuando oyó que, al salir Mónica, la puerta se cerraba, los abrió. Mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas, llamó a su esposa:
—Moni… Moni, perdona… ¡Moni!
Ya era demasiado tarde…
—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.
El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.
Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.
—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…
Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:
—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!
Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:
—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…
Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:
—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias
Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:
—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.
Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.
La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.
—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…
Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:
—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!
Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:
—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.
Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:
—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no crees eso?
—Roberto, ¿qué te pasa?
—Creíste que no podría soportarlo, que yo no era lo bastante hombre…
—¡Claro que lo eres! El mismo hombre con quien me casé…
—¿De veras? Piensa otra vez en el hombre que fui la semana pasada, en la clase de hombre que aún dices que soy.
—Cariño, ¿de qué estás hablando?
—Ni si quiera has tenido el valor o la sinceridad de decirme que había matado a mi propia madre… ¡Tuve que oírselo a Ángela! Me has mentido…
—Cariño…
—¡No quiero tu piedad!
—No fue por eso… Te quiero…
—¡Es piedad! Piedad para el inválido, porque eso es lo que soy ahora… ¡Un inválido!
—Por favor, por favor escúchame: solo quisimos esperar a que estuvieses más fuerte…
—Vete… Déjame en paz…
Sin saber qué decir, observando cómo su marido la rechazaba con la mirada, Mónica abandonó la habitación con lágrimas contenidas. Roberto había cerrado los ojos. Cuando oyó que, al salir Mónica, la puerta se cerraba, los abrió. Mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas, llamó a su esposa:
—Moni… Moni, perdona… ¡Moni!
Ya era demasiado tarde…
Levántate y anda I
—Hola, doctor… ¿cómo está mi esposo?
—Sigue igual, señora…
—Pero, ¿siente dolor?
—No. Hemos llevado a cabo una serie de pruebas preliminares y no, no experimenta ningún dolor.
—¡Gracias a Dios!
—En realidad, a estas alturas, el dolor sería una señal esperanzadora. Cualquier dolor o reflejo, voluntario o involuntario, sería un signo positivo de actividad cerebral.
—¿No podría hacer algo? ¿No puede operarle?
—En este momento estamos intentando controlar la inflamación, en torno a su medula espinal.
—Pero… Si la bala es la causa de la inflamación, ¿por qué no quitársela?
—¡Ojalá fuese tan sencillo! Hemos tenido mucha suerte de que el proyectil entrase por un costado, esquivando la cavidad abdominal.
—Pero él no está consciente y yo…
—Lo sé, lo sé. Pero se ha estabilizado….
Con gran compasión, ojos enjuagados en lágrimas, Mónica miraba el rostro de su esposo, pálido y aparentemente dormido, rodeado de tubos y cables conectados a diversas máquinas. El médico apreció el sufrimiento que aquella mujer almacenaba en sus entrañas y, acariciándole suavemente con su mano el brazo derecho, le habló en un tono algo más conciliador:
—Créame, señora. Estamos haciendo todo lo posible, todo cuanto está en nuestras manos… Quizás sería recomendable que descansara un poco… Ahora, por favor, todos ustedes esperen ahí fuera.
Todos, a excepción del médico y la enfermera, salieron de la habitación.
Recapitulemos un poco para que todos nos situemos: en aquella habitación del hospital permanecía en coma Roberto, un pequeño empresario que se ganaba la vida cultivando vides para fabricar vino. Roberto se casó hace más de veinte años con Mónica, con quien tuvo dos hijos: Guillermo, que en el momento que nos concierne contaba veinte años; y Rosa, que nació tres años después que Guillermo. Los tres, madre e hijos, estaban en aquel momento en la habitación del hospital y, junto a ellos, también estaba Miguel: un primo hermano de Roberto, médico retirado, que vivía en la otra punta del país.
Todos, salvo Guillermo, venían de un funeral: el funeral de Jacinta, la madre de Roberto; he ahí la razón de la visita de Miguel. Jacinta y Roberto, madre e hijo, dos noches antes caminaban por las calles de la ciudad cuando fueron sorprendidos por un atracador que, a punta de pistola, quiso arrebatarles todo el dinero que llevaban consigo. Acababan de sacar dinero en un cajero automático y se dirigían a un restaurante en el que iban a convidar a una buena colección de amigos para celebrar el cumpleaños de Jacinta. Dado que la suma de dinero que portaban era considerable, Roberto se opuso a entregarle al ladrón el dinero y, dada su corpulencia, acabó forcejeando con el atracador en el afán de intentar arrebatarle el arma. Por desgracia, la pistola se accionó dos veces, hiriendo de muerte a Jacinta y, posteriormente, a Roberto en la espalda. El atracador se dio a la fuga…
Así, mientras el cuerpo de Jacinta acababa de recibir sepultura en el cementerio de la ciudad, su hijo Roberto no pudo asistir al sepelio al estar inconsciente en la habitación de un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
***********************************************************
Mónica, sus hijos y Miguel esperaban fuera de la habitación, en el pasillo de la planta, mientras el médico y la enfermera trabajaban por salvarle la vida a Roberto. Al observar la tremenda tensión acumulada, materializada en los cíclicos y angustiados paseos que Mónica, Guillermo y Rosa daban desordenadamente por el pasillo, Miguel se decidió a hablarles para intentar sosegarles:
—Tranquilos. Vosotros, ahora mismo, no podéis hacer nada. Están atajando la inflamación y vigilando todas las estructuras vitales…
—¿Cómo lo sabes? —, preguntó Rosa, sorprendida por la claridad y el aparente conocimiento demostrado por el primo de su padre.
—He visto las gráficas, denotan la ingestión de líquidos. Le están suministrando todos los antibióticos necesarios.
—Hablas como un médico —, repuso Guillermo.
—Lo siento, Guille… No era mi intención.
—Pero tú eres médico —, añadió Mónica.
—Ya no ejerzo… Ahora me dedico a la investigación.
—Pues es una pena… —refunfuñó Guillermo con suavidad.
—Mirad, esto no conduce a nada… Lo mejor es que confiemos en el médico y, lo que ha dicho antes es la pura verdad: Mónica, quizás lo más recomendable es que descanses un poco. ¿por qué no te vas a casa?
—No, quiero estar con él… Me quedaré aquí
—Y nosotros también —, añadió Guillermo.
—Bien —, sugirió Miguel—. Pues mientras acaba el médico, que aún tardará unos minutos, propongo que bajemos a la cafetería para tomar algo y relajarnos un poco.
Así lo hicieron: todos, a excepción de Guillermo que deseaba quedarse junto a su padre, bajaron a la cafetería. En el rato que estuvieron allí, Miguel estuvo contando historias y anécdotas transcurridas durante la infancia y juventud que compartió con su primo Roberto, intentando así arrancar una sonrisa a Mónica y a Rosa, que ingerían uno de los cafés más amargos de su vida. La hilera de anécdotas vertidas se vio bruscamente truncada cuando, desde megafonía, se llamó al equipo de cuidados intensivos para que acudiera urgentemente a la habitación de Roberto. Prestos volvieron los tres a la habitación, en cuya puerta esperaba Guillermo. De nuevo tocaba esperar:
—Llevan veinte minutos ahí dentro —, dijo Guillermo con cierta preocupación—, ¿qué estarán haciendo?
—Probablemente llevan a cabo un completo examen neurológico —, respondió Miguel.
—¿No pueden darle un estimulante para despertarle? —, preguntó Rosa.
—¡Ojala fuera tan sencillo! Le aplican estímulos para obtener respuesta al dolor o cualquier otro síntoma.
Minutos después, salió el doctor y, con el expediente médico de Roberto en la mano, les informó del estado de su paciente:
—La tumefacción cerebral parece haber cedido. Responde a la medicación antiinflamatoria.
—¿Podría traducírmelo? —, preguntó Mónica—.
—Claro. Mejora el estado de coma de su marido y ya vamos obteniendo algunas respuestas…
—¿Ya ha abierto los ojos?
—No, aún no…
—Quiero verle…
Todos entraron en la habitación. Mónica tomó de la mano a su esposo, sentándose junto a él, mientras con dulzura le llamaba por su nombre… Entretanto, el doctor seguía informando a Miguel:
—Los esteroides dan resultado, pero aún tenemos respuestas negativas a nivel tecnonal profundo y hay tejidos dañados en la que podríamos llamar “zona del impacto”.
—No es muy alentador…
—No.
—Gracias doctor…
El doctor seguía realizando su trabajo en la habitación, consultando las máquinas, mientras Miguel se colocó junto a Mónica, que hablaba a su marido:
—Cariño, tus hijos se han portado muy bien: Guille está aquí, conmigo, contigo… Rosa está en casa, se ha ido a descansar… Ella quería mucho a su abuela, a tu madre, y…
—¡Mónica! —, interrumpió Miguel—, Yo no se lo diría ahora…
—Es que él… ¿No puede oírme, verdad?
—No podemos estar seguros —, interrumpió el médico—. Es mucho lo que se ignora sobre los estados de coma.
—¡No lo entiendo! —, dijo Mónica entre lágrimas—. Si puede oírme, ¿por qué no se despierta?
—Si pudiéramos estar seguros, en casos como éste, todos tendríamos el Premio Nóbel. Volveré más tarde…
El médico se retiró, mientras fuera del hospital la noche había caído. Todos, salvo Mónica, se fueron a casa a dormir. A la mañana siguiente, todos acudieron al hospital a primera hora, a la espera de la nueva visita del médico, que facilitaría un nuevo parte. El doctor acudió puntual, como era costumbre en él, y, tras cumplimentar su pertinente reconocimiento, dejó pasar a los familiares dentro de la habitación, procediendo a informarles:
—Los signos positivos anteriores han remitido. Ésta podría ser una situación temporal que se resuelva por sí sola, o los síntomas de un ulterior deterioro neurológico.
—¿Sistema respiratorio? —, preguntó Miguel.
—Falla. Respira artificialmente…
—¿Y el coma?
—Cada vez es más profundo…
Mónica en un arrebato de desesperación, posó sus manos sobre los brazos cruzados del médico que trataba a su esposo e, intentando contener su llanto, le habló:
—Doctor… ¿Mi marido se muere?
—Señora… Hacemos todo lo que podemos… Por ahora, no puedo darle más novedad que ésta que le acabo de dar. Hasta luego.
—Gracias, doctor —, respondió el primo.
—Gracias —, añadió ella.
El doctor se retiró y Mónica se sentó en la cama junto a Roberto, tomándole la mano…
—Hola,… Soy yo. También está Guille. Anoche estuvimos hablando de aquellas vacaciones que fuimos a pasar al Lago de Sanabria. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías, cariño? —, preguntó dirigiéndose a su hijo—. ¿Siete? Sí, y Rosa debía tener cinco. No, no, cuatro… Rosa tenía cuatro. ¡El lago estaba tan frío! No creo que tú y yo nos metiéramos en él, pero los niños entraban y salían… ¡Había olvidado lo bien que lo solíamos pasar! Fueron tiempos felices, ¿verdad? Cariño, quiero que podamos recuperarlos… Quiero que volvamos a ser felices como antes…
Mónica lloraba desconsoladamente, tapándose la cara con la mano semiinerte de su esposo.
—¡Mónica! —, gritó Miguel.
—No. Por favor, no… No puedo dejarle ahora…
—¡Mónica, sigue hablando!
—Mamá, mira… —, añadió Guillermo.
Miguel señaló al electrocardiograma que había pasado de mostrar pequeñas cenefas que se iban repitiendo de forma armónica a revelar trazos irregulares que se repetían de forma esporádica y en un crecimiento progresivo aunque lento. Esto mostraba que Roberto sí oía lo que su esposa le iba diciendo.
—¡Mónica, sigue hablando! —, exclamó Miguel—. Voy a buscar al doctor…
—Cariño… —, dijo con gran dulzura Mónica—. Mi vida, estamos aquí…
—Papá, estamos aquí… No dejes de luchar.
El médico no tardó en llegar, mientras Roberto entreabría los ojos. Se posó en la cabecera de su cama y, tras controlar su pulso, inició el suave tratamiento reanimatorio requerido en estos casos:
—Roberto —, seguía hablándole su esposa —. Roberto, cariño: ¿puedes oírme?
Roberto respondió balbuceando con un «Hola»…
—No pierdas la calma —, apuntó el primo.
—Bien…
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo del todo y su mirada se fue clarificando. Ayudado por una linterna, el doctor pudo constatar que había recobrado la conciencia:
—Caballero: soy el doctor Hernando, el médico que le está atendiendo… Le han disparado, pero estése tranquilo: todo va muy bien.
—¡Mi cabeza! —, balbuceó Roberto
—Aparentemente se la hirió al caer…
Roberto no dejaba de mirar alrededor de la habitación, mientras iba reconociendo a toda su familia:
—Papá… —dijo emocionado Guillermo al ver que su padre le dirigía la mirada.
—Toda la tribu, ¿eh? —, dijo Roberto, mostrando que le costaba hablar.
—Cariño —, dijo Mónica—, éste es tu primo Miguel… Ha venido a…
—Hola, Rober —, interrumpió sonriente Miguel—. Pensé que me harías un descuento por tus vinos…
—Miguel, cuanto tiempo…
—Demasiado…
—¿Mi madre está aquí?
—Está bien, primo. Está descansando…
El médico, al ver la buena reacción del paciente, continuó dándole instrucciones para cotejar el alcance de su reanimación:
—Ahora quiero que apriete mi mano con todas sus fuerzas… ¡Vamos! Vamos, apriétela… Eso es… Muy bien, así… Bien… Ahora tome mi mano y llévela hacia usted… Vamos, un poco más… Muy bien, eso es, muy bien…
—¡Oh, qué felicidad! —, dijo Mónica mientras daba un suave abrazo a su esposo.
—Roberto, mueva un poco el pie derecho —, dijo el médico, que deseaba constatar las respuestas en sus extremidades inferiores…
—Claro —, dijo el paciente.
Roberto intentó hacer el esfuerzo que el médico le pidió, cuando súbitamente una tremenda angustia invadió su rostro. Parecía como si se fuera a ahogar, frente a la incomprensión de cuantos le miraban. Roberto se sofocaba a ojos vista, sin nadie entender por qué, hasta que finalmente pudo hablar:
—Mis piernas… Moni, Dios mío… ¡No puedo mover las piernas!
—Sigue igual, señora…
—Pero, ¿siente dolor?
—No. Hemos llevado a cabo una serie de pruebas preliminares y no, no experimenta ningún dolor.
—¡Gracias a Dios!
—En realidad, a estas alturas, el dolor sería una señal esperanzadora. Cualquier dolor o reflejo, voluntario o involuntario, sería un signo positivo de actividad cerebral.
—¿No podría hacer algo? ¿No puede operarle?
—En este momento estamos intentando controlar la inflamación, en torno a su medula espinal.
—Pero… Si la bala es la causa de la inflamación, ¿por qué no quitársela?
—¡Ojalá fuese tan sencillo! Hemos tenido mucha suerte de que el proyectil entrase por un costado, esquivando la cavidad abdominal.
—Pero él no está consciente y yo…
—Lo sé, lo sé. Pero se ha estabilizado….
Con gran compasión, ojos enjuagados en lágrimas, Mónica miraba el rostro de su esposo, pálido y aparentemente dormido, rodeado de tubos y cables conectados a diversas máquinas. El médico apreció el sufrimiento que aquella mujer almacenaba en sus entrañas y, acariciándole suavemente con su mano el brazo derecho, le habló en un tono algo más conciliador:
—Créame, señora. Estamos haciendo todo lo posible, todo cuanto está en nuestras manos… Quizás sería recomendable que descansara un poco… Ahora, por favor, todos ustedes esperen ahí fuera.
Todos, a excepción del médico y la enfermera, salieron de la habitación.
Recapitulemos un poco para que todos nos situemos: en aquella habitación del hospital permanecía en coma Roberto, un pequeño empresario que se ganaba la vida cultivando vides para fabricar vino. Roberto se casó hace más de veinte años con Mónica, con quien tuvo dos hijos: Guillermo, que en el momento que nos concierne contaba veinte años; y Rosa, que nació tres años después que Guillermo. Los tres, madre e hijos, estaban en aquel momento en la habitación del hospital y, junto a ellos, también estaba Miguel: un primo hermano de Roberto, médico retirado, que vivía en la otra punta del país.
Todos, salvo Guillermo, venían de un funeral: el funeral de Jacinta, la madre de Roberto; he ahí la razón de la visita de Miguel. Jacinta y Roberto, madre e hijo, dos noches antes caminaban por las calles de la ciudad cuando fueron sorprendidos por un atracador que, a punta de pistola, quiso arrebatarles todo el dinero que llevaban consigo. Acababan de sacar dinero en un cajero automático y se dirigían a un restaurante en el que iban a convidar a una buena colección de amigos para celebrar el cumpleaños de Jacinta. Dado que la suma de dinero que portaban era considerable, Roberto se opuso a entregarle al ladrón el dinero y, dada su corpulencia, acabó forcejeando con el atracador en el afán de intentar arrebatarle el arma. Por desgracia, la pistola se accionó dos veces, hiriendo de muerte a Jacinta y, posteriormente, a Roberto en la espalda. El atracador se dio a la fuga…
Así, mientras el cuerpo de Jacinta acababa de recibir sepultura en el cementerio de la ciudad, su hijo Roberto no pudo asistir al sepelio al estar inconsciente en la habitación de un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
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Mónica, sus hijos y Miguel esperaban fuera de la habitación, en el pasillo de la planta, mientras el médico y la enfermera trabajaban por salvarle la vida a Roberto. Al observar la tremenda tensión acumulada, materializada en los cíclicos y angustiados paseos que Mónica, Guillermo y Rosa daban desordenadamente por el pasillo, Miguel se decidió a hablarles para intentar sosegarles:
—Tranquilos. Vosotros, ahora mismo, no podéis hacer nada. Están atajando la inflamación y vigilando todas las estructuras vitales…
—¿Cómo lo sabes? —, preguntó Rosa, sorprendida por la claridad y el aparente conocimiento demostrado por el primo de su padre.
—He visto las gráficas, denotan la ingestión de líquidos. Le están suministrando todos los antibióticos necesarios.
—Hablas como un médico —, repuso Guillermo.
—Lo siento, Guille… No era mi intención.
—Pero tú eres médico —, añadió Mónica.
—Ya no ejerzo… Ahora me dedico a la investigación.
—Pues es una pena… —refunfuñó Guillermo con suavidad.
—Mirad, esto no conduce a nada… Lo mejor es que confiemos en el médico y, lo que ha dicho antes es la pura verdad: Mónica, quizás lo más recomendable es que descanses un poco. ¿por qué no te vas a casa?
—No, quiero estar con él… Me quedaré aquí
—Y nosotros también —, añadió Guillermo.
—Bien —, sugirió Miguel—. Pues mientras acaba el médico, que aún tardará unos minutos, propongo que bajemos a la cafetería para tomar algo y relajarnos un poco.
Así lo hicieron: todos, a excepción de Guillermo que deseaba quedarse junto a su padre, bajaron a la cafetería. En el rato que estuvieron allí, Miguel estuvo contando historias y anécdotas transcurridas durante la infancia y juventud que compartió con su primo Roberto, intentando así arrancar una sonrisa a Mónica y a Rosa, que ingerían uno de los cafés más amargos de su vida. La hilera de anécdotas vertidas se vio bruscamente truncada cuando, desde megafonía, se llamó al equipo de cuidados intensivos para que acudiera urgentemente a la habitación de Roberto. Prestos volvieron los tres a la habitación, en cuya puerta esperaba Guillermo. De nuevo tocaba esperar:
—Llevan veinte minutos ahí dentro —, dijo Guillermo con cierta preocupación—, ¿qué estarán haciendo?
—Probablemente llevan a cabo un completo examen neurológico —, respondió Miguel.
—¿No pueden darle un estimulante para despertarle? —, preguntó Rosa.
—¡Ojala fuera tan sencillo! Le aplican estímulos para obtener respuesta al dolor o cualquier otro síntoma.
Minutos después, salió el doctor y, con el expediente médico de Roberto en la mano, les informó del estado de su paciente:
—La tumefacción cerebral parece haber cedido. Responde a la medicación antiinflamatoria.
—¿Podría traducírmelo? —, preguntó Mónica—.
—Claro. Mejora el estado de coma de su marido y ya vamos obteniendo algunas respuestas…
—¿Ya ha abierto los ojos?
—No, aún no…
—Quiero verle…
Todos entraron en la habitación. Mónica tomó de la mano a su esposo, sentándose junto a él, mientras con dulzura le llamaba por su nombre… Entretanto, el doctor seguía informando a Miguel:
—Los esteroides dan resultado, pero aún tenemos respuestas negativas a nivel tecnonal profundo y hay tejidos dañados en la que podríamos llamar “zona del impacto”.
—No es muy alentador…
—No.
—Gracias doctor…
El doctor seguía realizando su trabajo en la habitación, consultando las máquinas, mientras Miguel se colocó junto a Mónica, que hablaba a su marido:
—Cariño, tus hijos se han portado muy bien: Guille está aquí, conmigo, contigo… Rosa está en casa, se ha ido a descansar… Ella quería mucho a su abuela, a tu madre, y…
—¡Mónica! —, interrumpió Miguel—, Yo no se lo diría ahora…
—Es que él… ¿No puede oírme, verdad?
—No podemos estar seguros —, interrumpió el médico—. Es mucho lo que se ignora sobre los estados de coma.
—¡No lo entiendo! —, dijo Mónica entre lágrimas—. Si puede oírme, ¿por qué no se despierta?
—Si pudiéramos estar seguros, en casos como éste, todos tendríamos el Premio Nóbel. Volveré más tarde…
El médico se retiró, mientras fuera del hospital la noche había caído. Todos, salvo Mónica, se fueron a casa a dormir. A la mañana siguiente, todos acudieron al hospital a primera hora, a la espera de la nueva visita del médico, que facilitaría un nuevo parte. El doctor acudió puntual, como era costumbre en él, y, tras cumplimentar su pertinente reconocimiento, dejó pasar a los familiares dentro de la habitación, procediendo a informarles:
—Los signos positivos anteriores han remitido. Ésta podría ser una situación temporal que se resuelva por sí sola, o los síntomas de un ulterior deterioro neurológico.
—¿Sistema respiratorio? —, preguntó Miguel.
—Falla. Respira artificialmente…
—¿Y el coma?
—Cada vez es más profundo…
Mónica en un arrebato de desesperación, posó sus manos sobre los brazos cruzados del médico que trataba a su esposo e, intentando contener su llanto, le habló:
—Doctor… ¿Mi marido se muere?
—Señora… Hacemos todo lo que podemos… Por ahora, no puedo darle más novedad que ésta que le acabo de dar. Hasta luego.
—Gracias, doctor —, respondió el primo.
—Gracias —, añadió ella.
El doctor se retiró y Mónica se sentó en la cama junto a Roberto, tomándole la mano…
—Hola,… Soy yo. También está Guille. Anoche estuvimos hablando de aquellas vacaciones que fuimos a pasar al Lago de Sanabria. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías, cariño? —, preguntó dirigiéndose a su hijo—. ¿Siete? Sí, y Rosa debía tener cinco. No, no, cuatro… Rosa tenía cuatro. ¡El lago estaba tan frío! No creo que tú y yo nos metiéramos en él, pero los niños entraban y salían… ¡Había olvidado lo bien que lo solíamos pasar! Fueron tiempos felices, ¿verdad? Cariño, quiero que podamos recuperarlos… Quiero que volvamos a ser felices como antes…
Mónica lloraba desconsoladamente, tapándose la cara con la mano semiinerte de su esposo.
—¡Mónica! —, gritó Miguel.
—No. Por favor, no… No puedo dejarle ahora…
—¡Mónica, sigue hablando!
—Mamá, mira… —, añadió Guillermo.
Miguel señaló al electrocardiograma que había pasado de mostrar pequeñas cenefas que se iban repitiendo de forma armónica a revelar trazos irregulares que se repetían de forma esporádica y en un crecimiento progresivo aunque lento. Esto mostraba que Roberto sí oía lo que su esposa le iba diciendo.
—¡Mónica, sigue hablando! —, exclamó Miguel—. Voy a buscar al doctor…
—Cariño… —, dijo con gran dulzura Mónica—. Mi vida, estamos aquí…
—Papá, estamos aquí… No dejes de luchar.
El médico no tardó en llegar, mientras Roberto entreabría los ojos. Se posó en la cabecera de su cama y, tras controlar su pulso, inició el suave tratamiento reanimatorio requerido en estos casos:
—Roberto —, seguía hablándole su esposa —. Roberto, cariño: ¿puedes oírme?
Roberto respondió balbuceando con un «Hola»…
—No pierdas la calma —, apuntó el primo.
—Bien…
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo del todo y su mirada se fue clarificando. Ayudado por una linterna, el doctor pudo constatar que había recobrado la conciencia:
—Caballero: soy el doctor Hernando, el médico que le está atendiendo… Le han disparado, pero estése tranquilo: todo va muy bien.
—¡Mi cabeza! —, balbuceó Roberto
—Aparentemente se la hirió al caer…
Roberto no dejaba de mirar alrededor de la habitación, mientras iba reconociendo a toda su familia:
—Papá… —dijo emocionado Guillermo al ver que su padre le dirigía la mirada.
—Toda la tribu, ¿eh? —, dijo Roberto, mostrando que le costaba hablar.
—Cariño —, dijo Mónica—, éste es tu primo Miguel… Ha venido a…
—Hola, Rober —, interrumpió sonriente Miguel—. Pensé que me harías un descuento por tus vinos…
—Miguel, cuanto tiempo…
—Demasiado…
—¿Mi madre está aquí?
—Está bien, primo. Está descansando…
El médico, al ver la buena reacción del paciente, continuó dándole instrucciones para cotejar el alcance de su reanimación:
—Ahora quiero que apriete mi mano con todas sus fuerzas… ¡Vamos! Vamos, apriétela… Eso es… Muy bien, así… Bien… Ahora tome mi mano y llévela hacia usted… Vamos, un poco más… Muy bien, eso es, muy bien…
—¡Oh, qué felicidad! —, dijo Mónica mientras daba un suave abrazo a su esposo.
—Roberto, mueva un poco el pie derecho —, dijo el médico, que deseaba constatar las respuestas en sus extremidades inferiores…
—Claro —, dijo el paciente.
Roberto intentó hacer el esfuerzo que el médico le pidió, cuando súbitamente una tremenda angustia invadió su rostro. Parecía como si se fuera a ahogar, frente a la incomprensión de cuantos le miraban. Roberto se sofocaba a ojos vista, sin nadie entender por qué, hasta que finalmente pudo hablar:
—Mis piernas… Moni, Dios mío… ¡No puedo mover las piernas!
El Cuaderno de Beto V: “Dando los primeros pasos para empezar a superarlo”
Gracias por esperar
La iglesia del pueblo. Majestuoso templo románico de escasos ornamentos. Bóvedas de medio cañón, apuntadas cual arco, coronaban la nave central, armonizada con bóvedas de cuarto de cañón en las naves laterales. Escasos y pequeños ventanales abiertos en fachada, con vidrieras incoloras o con láminas traslúcidas de alabastro, dificultaban la entrada de los tenues rayos de sol que, unidos a las llamas ciriales, iluminaban pobremente el santuario.
Era una tarde invernal. A través de la puerta principal, enmarcada por un arco abocinado y moldurado de gran efecto visual, entraba, con zancadas firmes, un joven fornido y bermejo. Miraba cuanto había a su alrededor en el templo: iba buscando a alguien. Se dirigió hacia el altar principal donde, a su diestra, junto a la efigie mariana, había un joven postrado en clave oratoria mirando fijamente a la Virgen. Al irse aproximando, pudo comprobar que estaba hablando, con la voz entrecortada, a la santa:
—Madre… Haz que vuelva a mi, haz que su espíritu vea la luz, haz que la bondad inunde su alma, haz que me quiera y yo pueda así, de verdad, quererla…
Concluida su oración, se arrodilló junto a él, y le habló sigilosamente:
—Hola Beto, ¿Qué le pides?
—Le pido por mi, Toni… Y, más especialmente, le pido por ella… Para que reconduzca su vida… Le pido para que se reconvierta, que sea buena y que tenga compasión de mi…
—¿Y se lo pides a la Virgen? ¿A nuestra patrona? ¿A la patrona de nuestro pueblo? Mira que Susana a lo mejor tiene otra patrona diferente…
—Todas las vírgenes son la madre de Dios y, por ende, nuestra madre: María…
—Me temo que la Virgen sabe que no puede cambiar a tu Susana.
—¿Por qué no? La Virgen también es la madre de Susana…
—Sí, pero… Susana tiene un pacto con Satanás; y me temo que no piensa volver a ti ni por asomo.
Beto agachó la cabeza entristeciéndose aún más. El tiempo transcurrido era más que suficiente para asumir la marcha de Susana y su no retorno; sin embargo, Beto estaba resignado y se negaba a asumir la realidad tal y como se le había presentado. Beto pretendía renunciar a su propio dolor y, en ese afán, vivía mirando hacia otro lado, intentando autoconvencerse de que cabía alguna posibilidad de que Susana volviera. Por eso, cada vez que alguien le hacía ver lo distante que estaba su deseo de la realidad, Beto sentía que el mundo caía sobre él. Toni se dio cuenta de la aflicción de su amigo, y, posando la mano sobre su espalda, le habló de nuevo:
—¿Por qué no nos vamos de aquí, Beto? Vamos a otro sitio donde podamos hablar tranquilamente.
—De acuerdo, vayamos a mi casa…
Durante el breve camino que separaba la iglesia de la casa de Beto, Toni fue contándole todo tipo de cosas intrascendentes a su amigo, si bien éste no respondía. Al llegar a casa, Beto invitó a Toni a que se acomodara en la alcoba. El sitio denotaba cierto abandono, si bien lo que más llamaba la atención, dentro del desorden, eran dos cajas abiertas, rodeadas de cartas, alguna foto y algún que otro recuerdo:
—Beto —, dijo Toni—. ¿De qué son estas cajas?
—Son las cartas que yo le enviaba a Susana y alguna foto que teníamos juntos. Susana las tenía guardadas ahí, en ese armario. Cuando se marchó, no se las llevó: las dejó aquí.
—Será que no las quería llevar consigo…
—Será… Ahora las recogeré…
—Nada, tranquilo… Tienes que quitarte a Susana de la cabeza, amigo. Sino, lo único que vas a hacer es destruirte a ti mismo… Piensa una cosa, ¿tú crees que ella lo está pasando mal?
—No, seguro que no…
—¡Pues no le des esa satisfacción! Haz borrón y cuenta nueva. Rehaz tu vida y mira hacia delante… Y si Susana te ha cambiado por ese muerto de hambre…
—¡No tan muerto de hambre! Que es un tipo con estudios…
—Sí… Un licenciado en una carrera que no le sirve para encontrar un trabajo y que nadie sabe para qué sirve. Eusebio es un vividor que no tiene donde caerse muerto…
—Sí, pero tiene a mi Susana…
—Ya. Ya lo sé… Pero… Es que tú eres muy buena gente, Beto. Para la gente del pueblo, siempre fuiste prototipo de chico honrado, buena persona, decente y cabal, vamos, que eras una persona impropia para estos tiempos que corren. Si Susana te ha cambiado por ése, más va a perder ella, ya lo verás…
—Será. Bueno, voy a preparar algo para que comamos algo, ¿quieres?
—Sí, claro. Si no te importa, voy a entrar un momento a lavarme las manos.
Toni salió de la alcoba y se dirigió a asear sus manos. Al ir a secarse, le surgió una duda que le obligó a recurrir a su amigo para solventarla:
—¡Beto! ,—gritó en un tono no muy elevado—. Tienes dos toallas… ¿Con cuál de ellas me seco las manos?
—Con la blanca —, dijo Beto, mientras se aproximaba al aseo—. La otra la guardo porque es la toalla de Susana: con ella se solía secar y no la he lavado desde que se marchó… Aún conserva su aroma. Todavía huele a ella.
Toni olfateó la toalla, adquiriendo su rostro una cierta muestra de asco:
—No te lo tomes a mal, Beto, pero esta toalla no huele a Susana. Esta toalla huele a muerto, como vuestra relación… ¡Olvídate ya de ella!
Beto se estremeció a ojos vista. Tras aquel comentario, apenas cruzaron palabras ambos amigos en lo que restó de noche. Al concluir la exigua cena servida, Toni se marchó a su casa, dejándole dicho a Beto que al día siguiente volvería a pasar un rato junto a él. Al quedarse solo en la estancia, Beto se puso a releer las cartas que él mismo le remitió a Susana en su día y, al llegar al tercer escrito, rompió a llorar. Cansado de sollozar, se sentó en su mesa y retomó esta gran labor que es la escritura:
«Después de varias semanas, vuelvo a escribir…
Escribo. Escribo, sí… Escribo. Porque las palabras, con el tiempo, se esfuman y evaporan; las palabras, con el viento, quizá lleguen donde no deban llegar... Sin embargo, esta palabra que yo aquí escribo, a pesar del tiempo y a pesar del viento, llega donde yo soy incapaz de llegar. Hay personas reflexionan para escribir; yo, en cambio, escribo para no reflexionar y conseguir sacar lo que llevo dentro de mi... Escribo porque es mi forma de escucharme a mi mismo; escribo porque es la única vía que tengo para decirte lo que realmente pienso; escribo porque es la única manera que tengo de hablar con libertad y sin que nadie me interrumpa. Así, no necesito suprimir toda palabra inútil, no necesito simplificar las frases, no necesito compendiar las ideas, no necesito pasarme las horas suprimiendo palabras, borrándolas y sustituyéndolas… Escribo tal y como brotan las cosas desde mis entrañas… Escribo, de la misma forma que pienso, de la misma forma que leo… Escribo:
Llegó la noche y no encontré un asilo,
¡y tuve sed...!, mis lágrimas bebí;
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
desierto... para mí!
Ya lo ves, escribo. Así, con tu nombre hago todo tipo de rimas (*), me autoconsuelo así; así me intento hacer sentir feliz a mi mismo. Escribiendo y soñando… Porque también sueño… Sí, sueño, como un niño... Sueño, porque siempre creí que la vida está hecha de sueños. Sueño como antaño. Sueño cómo, al igual que ocurría meses atrás, me pierdo vagando por el camino que marcan tus hermosas piernas. Allí, en tus piernas ligeramente cubiertas por tu suave camisón; allí fue donde se perdió el jardín de mi locura. ¡Ay, Susana! ¡Lo que yo daría por volver a jugar contigo aquí, en nuestro colchón! Lo que daría por renacer en esta muerte tan dolorosa que me ha tocado vivir. Lo que daría por no sentir más está oscuridad; lo que daría por no beber más de esta venenosa soledad…
Hoy se me ocurrió abrir tu armario, después de tantas semanas; no lo había abierto desde que te marchaste… Fue así como encontré las dos cajas que tengo ahora ahí. Guardabas, junto a una colección de recuerdos, todas mis cartas: son las cartas que yo te escribía cada noche, en casa de mis padres, antes de irme a acostar. Recuerdo que las escribía por la noche, besando el papel antes de acostarme y, a la mañana siguiente, antes de dejarlas en tu buzón, las releía y, entonces, las firmaba. Me inspirabas de forma sorprendente: nunca necesitaba corregir nada. Tal y como brotaban de mi pluma las palabras, iban al papel, con el deseo de que su destino final fuera tu corazón. Así, escribiéndolas por la noche y firmándolas por la mañana, yo demostraba que eras lo último en lo que pensaba cada noche al acostarme y la primera imagen que concebían mis pensamientos al despertarme.
Quizá lo más conveniente sea guardar todas las cartas de nuevo en la caja. No quería cerrarla, pero creo que será lo mejor para mi. De esta forma, aunque sea entre lágrimas, me aseguro que la sombra del dolor no asome desde el interior de esa maldita caja… ¡Qué duro es ver que se ha estado luchando por una causa perdida! Se siente uno completamente inútil…
Hoy Toni fue a buscarme a la iglesia. Toni es mi amigo y, aunque sea un poco brusco y me duelan ciertas cosas que me dice, sé que se preocupa por mi: se está tomando mucho interés conmigo. Se preocupa por mi. Hoy, tras irme a buscar a la iglesia, vinimos hasta casa dando un paseo y luego, cenamos algo aquí. Se fue hace poco. Sé que, en mi estado, él no disfruta estando conmigo; pero sabe que me encuentro mal y por eso está a mi lado, pendiente de cómo estoy. Toni no deja de decirme que me olvide de Susana… Empiezo a pensar si esto de escribir mis pensamientos en un cuaderno no será una pérdida de tiempo… No lo sé, pero lo cierto es que Toni, sin él querer, ha conseguido que vuelva a escribir… Creo que dejaré de escribir y me iré a acostar…
**************************************************************************
Hace un par de horas que me acosté y no consigo dormirme… No me queda otra, Toni tiene razón: he de sacar a Susana de mi… ¡Lo nuestro está muerto! Ella no me quiere… Pero no puedo quitármela de la cabeza. Soy incapaz de hacerme a la idea de que Susana sea feliz en los brazos de otro… Así, no puedo vivir, por lo que, y esta vez ya lo digo en serio, una de dos: o me suicidio para liberarme de este martirio, o mato yo mismo a Susana…»
(*) Éste es un detalle importante y que, hasta ahora, no había mencionado. En las últimas páginas del cuaderno de Beto (en la parte trasera), había una larga colección de versos de rima consonante junto a una serie de miniaturas dibujadas, según parece, por él mismo. En aquellos versos, había una palabra que se repetía por encima de todas las demás: “Susana”. Otro detalle que tampoco he comentado es que, en la contraportada del cuaderno, Beto había dejado escrita una frase cuyo significado comprendí según fui conociendo su historia. La frase decía: “Siempre iré un paso por delante de ti. Beto”.
La iglesia del pueblo. Majestuoso templo románico de escasos ornamentos. Bóvedas de medio cañón, apuntadas cual arco, coronaban la nave central, armonizada con bóvedas de cuarto de cañón en las naves laterales. Escasos y pequeños ventanales abiertos en fachada, con vidrieras incoloras o con láminas traslúcidas de alabastro, dificultaban la entrada de los tenues rayos de sol que, unidos a las llamas ciriales, iluminaban pobremente el santuario.
Era una tarde invernal. A través de la puerta principal, enmarcada por un arco abocinado y moldurado de gran efecto visual, entraba, con zancadas firmes, un joven fornido y bermejo. Miraba cuanto había a su alrededor en el templo: iba buscando a alguien. Se dirigió hacia el altar principal donde, a su diestra, junto a la efigie mariana, había un joven postrado en clave oratoria mirando fijamente a la Virgen. Al irse aproximando, pudo comprobar que estaba hablando, con la voz entrecortada, a la santa:
—Madre… Haz que vuelva a mi, haz que su espíritu vea la luz, haz que la bondad inunde su alma, haz que me quiera y yo pueda así, de verdad, quererla…
Concluida su oración, se arrodilló junto a él, y le habló sigilosamente:
—Hola Beto, ¿Qué le pides?
—Le pido por mi, Toni… Y, más especialmente, le pido por ella… Para que reconduzca su vida… Le pido para que se reconvierta, que sea buena y que tenga compasión de mi…
—¿Y se lo pides a la Virgen? ¿A nuestra patrona? ¿A la patrona de nuestro pueblo? Mira que Susana a lo mejor tiene otra patrona diferente…
—Todas las vírgenes son la madre de Dios y, por ende, nuestra madre: María…
—Me temo que la Virgen sabe que no puede cambiar a tu Susana.
—¿Por qué no? La Virgen también es la madre de Susana…
—Sí, pero… Susana tiene un pacto con Satanás; y me temo que no piensa volver a ti ni por asomo.
Beto agachó la cabeza entristeciéndose aún más. El tiempo transcurrido era más que suficiente para asumir la marcha de Susana y su no retorno; sin embargo, Beto estaba resignado y se negaba a asumir la realidad tal y como se le había presentado. Beto pretendía renunciar a su propio dolor y, en ese afán, vivía mirando hacia otro lado, intentando autoconvencerse de que cabía alguna posibilidad de que Susana volviera. Por eso, cada vez que alguien le hacía ver lo distante que estaba su deseo de la realidad, Beto sentía que el mundo caía sobre él. Toni se dio cuenta de la aflicción de su amigo, y, posando la mano sobre su espalda, le habló de nuevo:
—¿Por qué no nos vamos de aquí, Beto? Vamos a otro sitio donde podamos hablar tranquilamente.
—De acuerdo, vayamos a mi casa…
Durante el breve camino que separaba la iglesia de la casa de Beto, Toni fue contándole todo tipo de cosas intrascendentes a su amigo, si bien éste no respondía. Al llegar a casa, Beto invitó a Toni a que se acomodara en la alcoba. El sitio denotaba cierto abandono, si bien lo que más llamaba la atención, dentro del desorden, eran dos cajas abiertas, rodeadas de cartas, alguna foto y algún que otro recuerdo:
—Beto —, dijo Toni—. ¿De qué son estas cajas?
—Son las cartas que yo le enviaba a Susana y alguna foto que teníamos juntos. Susana las tenía guardadas ahí, en ese armario. Cuando se marchó, no se las llevó: las dejó aquí.
—Será que no las quería llevar consigo…
—Será… Ahora las recogeré…
—Nada, tranquilo… Tienes que quitarte a Susana de la cabeza, amigo. Sino, lo único que vas a hacer es destruirte a ti mismo… Piensa una cosa, ¿tú crees que ella lo está pasando mal?
—No, seguro que no…
—¡Pues no le des esa satisfacción! Haz borrón y cuenta nueva. Rehaz tu vida y mira hacia delante… Y si Susana te ha cambiado por ese muerto de hambre…
—¡No tan muerto de hambre! Que es un tipo con estudios…
—Sí… Un licenciado en una carrera que no le sirve para encontrar un trabajo y que nadie sabe para qué sirve. Eusebio es un vividor que no tiene donde caerse muerto…
—Sí, pero tiene a mi Susana…
—Ya. Ya lo sé… Pero… Es que tú eres muy buena gente, Beto. Para la gente del pueblo, siempre fuiste prototipo de chico honrado, buena persona, decente y cabal, vamos, que eras una persona impropia para estos tiempos que corren. Si Susana te ha cambiado por ése, más va a perder ella, ya lo verás…
—Será. Bueno, voy a preparar algo para que comamos algo, ¿quieres?
—Sí, claro. Si no te importa, voy a entrar un momento a lavarme las manos.
Toni salió de la alcoba y se dirigió a asear sus manos. Al ir a secarse, le surgió una duda que le obligó a recurrir a su amigo para solventarla:
—¡Beto! ,—gritó en un tono no muy elevado—. Tienes dos toallas… ¿Con cuál de ellas me seco las manos?
—Con la blanca —, dijo Beto, mientras se aproximaba al aseo—. La otra la guardo porque es la toalla de Susana: con ella se solía secar y no la he lavado desde que se marchó… Aún conserva su aroma. Todavía huele a ella.
Toni olfateó la toalla, adquiriendo su rostro una cierta muestra de asco:
—No te lo tomes a mal, Beto, pero esta toalla no huele a Susana. Esta toalla huele a muerto, como vuestra relación… ¡Olvídate ya de ella!
Beto se estremeció a ojos vista. Tras aquel comentario, apenas cruzaron palabras ambos amigos en lo que restó de noche. Al concluir la exigua cena servida, Toni se marchó a su casa, dejándole dicho a Beto que al día siguiente volvería a pasar un rato junto a él. Al quedarse solo en la estancia, Beto se puso a releer las cartas que él mismo le remitió a Susana en su día y, al llegar al tercer escrito, rompió a llorar. Cansado de sollozar, se sentó en su mesa y retomó esta gran labor que es la escritura:
«Después de varias semanas, vuelvo a escribir…
Escribo. Escribo, sí… Escribo. Porque las palabras, con el tiempo, se esfuman y evaporan; las palabras, con el viento, quizá lleguen donde no deban llegar... Sin embargo, esta palabra que yo aquí escribo, a pesar del tiempo y a pesar del viento, llega donde yo soy incapaz de llegar. Hay personas reflexionan para escribir; yo, en cambio, escribo para no reflexionar y conseguir sacar lo que llevo dentro de mi... Escribo porque es mi forma de escucharme a mi mismo; escribo porque es la única vía que tengo para decirte lo que realmente pienso; escribo porque es la única manera que tengo de hablar con libertad y sin que nadie me interrumpa. Así, no necesito suprimir toda palabra inútil, no necesito simplificar las frases, no necesito compendiar las ideas, no necesito pasarme las horas suprimiendo palabras, borrándolas y sustituyéndolas… Escribo tal y como brotan las cosas desde mis entrañas… Escribo, de la misma forma que pienso, de la misma forma que leo… Escribo:
Llegó la noche y no encontré un asilo,
¡y tuve sed...!, mis lágrimas bebí;
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba
desierto... para mí!
Ya lo ves, escribo. Así, con tu nombre hago todo tipo de rimas (*), me autoconsuelo así; así me intento hacer sentir feliz a mi mismo. Escribiendo y soñando… Porque también sueño… Sí, sueño, como un niño... Sueño, porque siempre creí que la vida está hecha de sueños. Sueño como antaño. Sueño cómo, al igual que ocurría meses atrás, me pierdo vagando por el camino que marcan tus hermosas piernas. Allí, en tus piernas ligeramente cubiertas por tu suave camisón; allí fue donde se perdió el jardín de mi locura. ¡Ay, Susana! ¡Lo que yo daría por volver a jugar contigo aquí, en nuestro colchón! Lo que daría por renacer en esta muerte tan dolorosa que me ha tocado vivir. Lo que daría por no sentir más está oscuridad; lo que daría por no beber más de esta venenosa soledad…
Hoy se me ocurrió abrir tu armario, después de tantas semanas; no lo había abierto desde que te marchaste… Fue así como encontré las dos cajas que tengo ahora ahí. Guardabas, junto a una colección de recuerdos, todas mis cartas: son las cartas que yo te escribía cada noche, en casa de mis padres, antes de irme a acostar. Recuerdo que las escribía por la noche, besando el papel antes de acostarme y, a la mañana siguiente, antes de dejarlas en tu buzón, las releía y, entonces, las firmaba. Me inspirabas de forma sorprendente: nunca necesitaba corregir nada. Tal y como brotaban de mi pluma las palabras, iban al papel, con el deseo de que su destino final fuera tu corazón. Así, escribiéndolas por la noche y firmándolas por la mañana, yo demostraba que eras lo último en lo que pensaba cada noche al acostarme y la primera imagen que concebían mis pensamientos al despertarme.
Quizá lo más conveniente sea guardar todas las cartas de nuevo en la caja. No quería cerrarla, pero creo que será lo mejor para mi. De esta forma, aunque sea entre lágrimas, me aseguro que la sombra del dolor no asome desde el interior de esa maldita caja… ¡Qué duro es ver que se ha estado luchando por una causa perdida! Se siente uno completamente inútil…
Hoy Toni fue a buscarme a la iglesia. Toni es mi amigo y, aunque sea un poco brusco y me duelan ciertas cosas que me dice, sé que se preocupa por mi: se está tomando mucho interés conmigo. Se preocupa por mi. Hoy, tras irme a buscar a la iglesia, vinimos hasta casa dando un paseo y luego, cenamos algo aquí. Se fue hace poco. Sé que, en mi estado, él no disfruta estando conmigo; pero sabe que me encuentro mal y por eso está a mi lado, pendiente de cómo estoy. Toni no deja de decirme que me olvide de Susana… Empiezo a pensar si esto de escribir mis pensamientos en un cuaderno no será una pérdida de tiempo… No lo sé, pero lo cierto es que Toni, sin él querer, ha conseguido que vuelva a escribir… Creo que dejaré de escribir y me iré a acostar…
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Hace un par de horas que me acosté y no consigo dormirme… No me queda otra, Toni tiene razón: he de sacar a Susana de mi… ¡Lo nuestro está muerto! Ella no me quiere… Pero no puedo quitármela de la cabeza. Soy incapaz de hacerme a la idea de que Susana sea feliz en los brazos de otro… Así, no puedo vivir, por lo que, y esta vez ya lo digo en serio, una de dos: o me suicidio para liberarme de este martirio, o mato yo mismo a Susana…»
(*) Éste es un detalle importante y que, hasta ahora, no había mencionado. En las últimas páginas del cuaderno de Beto (en la parte trasera), había una larga colección de versos de rima consonante junto a una serie de miniaturas dibujadas, según parece, por él mismo. En aquellos versos, había una palabra que se repetía por encima de todas las demás: “Susana”. Otro detalle que tampoco he comentado es que, en la contraportada del cuaderno, Beto había dejado escrita una frase cuyo significado comprendí según fui conociendo su historia. La frase decía: “Siempre iré un paso por delante de ti. Beto”.
La verdad
—Adelante…
Se entreabrió la puerta y Carlos pudo distinguir de inmediato la esbelta figura de su hijo, Nicolás.
—Papá… Hola. ¿Qué tal va todo?
—¡Ay! —, exclamó Carlos suspirando con fuerza mientras seguía clasificando la colada—. ¡Cómo me gustaría que tu madre estuviera aquí!
—Hay algo de lo que quiero hablarte… ¿Puedo?
—Claro… ¿De qué se trata?
—Pues… Esto te va a sonar algo tonto, pero… ¿Tú crees que se debe de decir la verdad a cualquier precio?
—Hombre… Depende. Eso es algo que cada persona tiene que decidir…
—Pero, en general,… ¿Tú qué crees?
—Bueno, ya conoces el dicho… “La verdad te libera”.
Carlos asentía con la cabeza tras pronunciar esta última frase, en un claro gesto de autoconvencimiento: parecía un político intentando creerse él mismo lo que acababa de decir… Tras materializar tal aquiescencia, se quedó mirando fijamente a su hijo cuyo rostro, con cierta incomprensión y unos ojos turbios, seguía implorando una respuesta a su pregunta que pudiera servirle de ayuda. Leyendo su mirada a la perfección, Carlos habló de nuevo a su hijo:
—No te estoy ayudando mucho, ¿verdad?
—No, no mucho…
En esto sonó el teléfono. Carlos lo descolgó y Nico pudo constatar, tanto por las palabras dichas por su padre como por el tono con el que las pronunciaba, que era su madre la que llamaba. Sin despedirse para no interrumpir la conversación de sus padres, Nico abandonó la estancia. Minutos después, Carlos colgó y, volviendo la mirada para retomar la conversación con su hijo, comprobó que Nico se había marchado.
Carlos era un hombre inteligente, si bien no era necesario ser muy listo para saber, a la luz de la conversación mantenida, que Nico iba cargando con un importante peso que necesitaba echar fuera: no era un peso físico, era otro tipo de peso… Era la carga de algo que necesitaba contar a alguien pero que, dado el contenido de lo que deseaba transmitir, no se atrevía a contarlo. Era una “verdad”, como él bien había dicho… Es lógica la tortura psicológica que azotaba a Nico: se dice que siempre se ha de decir la verdad; se dice que para hacer las cosas en conciencia, siempre se debe de decir la verdad. La realidad, en cambio, es muy distinta: la experiencia nos dice que la verdad muchas veces es molesta y ofensiva; la verdad puede llegar a convertirse en una poderosa arma de agresión, que hace morir espiritualmente al que la guarda, o puede matar al que la escucha. Pero uno no se la puede quedar eternamente consigo…
Nico: suéltalo y libérate; dile a tu padre eso que crees que debes decirle. Tu padre te ha dicho algo cierto: cuando la verdad se digna a venir, su hermana libertad no andará muy lejos. Tu padre es tu padre: si en verdad te quiere como tal, por mucho que le moleste o duela lo que le estás ocultando, seguirá queriéndote como a un hijo… Nico, di siempre la verdad; quizás así, de primeras, hagas daño a quien te oiga, pero tú te sentirás renacer, como el Ave Fénix...
Se entreabrió la puerta y Carlos pudo distinguir de inmediato la esbelta figura de su hijo, Nicolás.
—Papá… Hola. ¿Qué tal va todo?
—¡Ay! —, exclamó Carlos suspirando con fuerza mientras seguía clasificando la colada—. ¡Cómo me gustaría que tu madre estuviera aquí!
—Hay algo de lo que quiero hablarte… ¿Puedo?
—Claro… ¿De qué se trata?
—Pues… Esto te va a sonar algo tonto, pero… ¿Tú crees que se debe de decir la verdad a cualquier precio?
—Hombre… Depende. Eso es algo que cada persona tiene que decidir…
—Pero, en general,… ¿Tú qué crees?
—Bueno, ya conoces el dicho… “La verdad te libera”.
Carlos asentía con la cabeza tras pronunciar esta última frase, en un claro gesto de autoconvencimiento: parecía un político intentando creerse él mismo lo que acababa de decir… Tras materializar tal aquiescencia, se quedó mirando fijamente a su hijo cuyo rostro, con cierta incomprensión y unos ojos turbios, seguía implorando una respuesta a su pregunta que pudiera servirle de ayuda. Leyendo su mirada a la perfección, Carlos habló de nuevo a su hijo:
—No te estoy ayudando mucho, ¿verdad?
—No, no mucho…
En esto sonó el teléfono. Carlos lo descolgó y Nico pudo constatar, tanto por las palabras dichas por su padre como por el tono con el que las pronunciaba, que era su madre la que llamaba. Sin despedirse para no interrumpir la conversación de sus padres, Nico abandonó la estancia. Minutos después, Carlos colgó y, volviendo la mirada para retomar la conversación con su hijo, comprobó que Nico se había marchado.
Carlos era un hombre inteligente, si bien no era necesario ser muy listo para saber, a la luz de la conversación mantenida, que Nico iba cargando con un importante peso que necesitaba echar fuera: no era un peso físico, era otro tipo de peso… Era la carga de algo que necesitaba contar a alguien pero que, dado el contenido de lo que deseaba transmitir, no se atrevía a contarlo. Era una “verdad”, como él bien había dicho… Es lógica la tortura psicológica que azotaba a Nico: se dice que siempre se ha de decir la verdad; se dice que para hacer las cosas en conciencia, siempre se debe de decir la verdad. La realidad, en cambio, es muy distinta: la experiencia nos dice que la verdad muchas veces es molesta y ofensiva; la verdad puede llegar a convertirse en una poderosa arma de agresión, que hace morir espiritualmente al que la guarda, o puede matar al que la escucha. Pero uno no se la puede quedar eternamente consigo…
Nico: suéltalo y libérate; dile a tu padre eso que crees que debes decirle. Tu padre te ha dicho algo cierto: cuando la verdad se digna a venir, su hermana libertad no andará muy lejos. Tu padre es tu padre: si en verdad te quiere como tal, por mucho que le moleste o duela lo que le estás ocultando, seguirá queriéndote como a un hijo… Nico, di siempre la verdad; quizás así, de primeras, hagas daño a quien te oiga, pero tú te sentirás renacer, como el Ave Fénix...
El plantador de dátiles
—Mira, todo lo que tú enseñas parece muy cierto y por supuesto me encantaría pensar que es posible vivir así... Sin embargo, la verdad es que creo que tu modelo de vida no es más que un hermoso planteo teórico, inaplicable a la realidad cotidiana.
—No creo...
—¡Claro! Tú no crees porque para ti debe ser más fácil que para los demás. Tú creaste una forma de vivir a tu alrededor y entonces ahora es sencillo, pero yo y casi todos, vivimos en un mundo común y normal. Nosotros jamás llegaríamos a hacer todo lo que hace falta hacer, para llegar a disfrutarlo.
—La verdad, Demián, es que yo vengo de ese mismo mundo real del que vienes tú, que yo habito este mismo planeta cotidiano que habitamos todos y que convivo con la misma gente común y normal que tú conoces... Admito que vivo un poco mejor que la mayoría de las personas que conozco, pero te quiero dejar en claro dos cosas: la primera es que el costo no fue pequeño. Construir este “entorno” como lo llamas tú, demandó mucha energía y dedicación, mucho dolor y sobre todo muchas pérdidas. La segunda es que esto fue un proceso, quiero decir que cambiar lo que había para cambiar, conseguir que no se desmorone lo que había que preservar y recorrer los caminos que había que explorar, demandó un tiempo. No fue algo que pasó solo, ni que sucedió de un día para otro...
—Me imagino. ¡Pero por lo menos, sabías que al final estaba el premio que hoy y gozas!
—No es así. Y ese es otro de los prejuicios con que tú cuentas para tu análisis. Yo nunca tuve la garantía de ningún premio. Más bien, te diría que todo el camino que llevo recorrido hasta aquí, no es más que una apuesta a un resultado que en realidad tampoco llegó todavía.
—¿Cómo que no llegó?
—Todavía me queda mucho por hacer, Demián... Es más, no creo que yo consiga en toda mi vida, aunque la imagine larguísima, llegar a disfrutar de la plenitud total, disfrutar de la completa falta de expectativas, disfrutar de la actitud mental de aceptación plena de los hechos...
—¿Tú me estás diciendo que estás tomándote todo este trabajo, pensando que posiblemente nunca llegues a disfrutarlo a pleno?
—Sí.
—Estás loco.
—Es verdad, pero para tu beneficio soy un loco que cuenta cuentos y que ahora está por contarte uno.
*************************************************************************************
En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Elihau de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Elihau transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
—¿Qué tal anciano? La paz sea contigo.
—Contigo –contestó Elihau sin dejar su tarea.
—¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
—Siembro –contestó el viejo.
—¿Qué siembras aquí, Elihau?
—Dátiles –respondió Elihau mientras señalaba a su alrededor el palmar.
—¡Dátiles! –repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez comprensivamente—. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
—No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...
—Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
—No sé... sesenta, setenta, ochenta, no sé... lo he olvidado... pero eso ¿qué importa?
—Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años de crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
—Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar estos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
—Me has dado una gran lección, Elihau, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste –y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
—Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
—Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.
—Y a veces pasa esto –siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas—: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseché no sólo una, sino dos veces.
—Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte...
********************************************************************************************
—¿Entiendes, Demián? –me preguntó el gordo.
—Más que eso: ¡me doy cuenta! –contesté yo...
Jorge Bucay
—No creo...
—¡Claro! Tú no crees porque para ti debe ser más fácil que para los demás. Tú creaste una forma de vivir a tu alrededor y entonces ahora es sencillo, pero yo y casi todos, vivimos en un mundo común y normal. Nosotros jamás llegaríamos a hacer todo lo que hace falta hacer, para llegar a disfrutarlo.
—La verdad, Demián, es que yo vengo de ese mismo mundo real del que vienes tú, que yo habito este mismo planeta cotidiano que habitamos todos y que convivo con la misma gente común y normal que tú conoces... Admito que vivo un poco mejor que la mayoría de las personas que conozco, pero te quiero dejar en claro dos cosas: la primera es que el costo no fue pequeño. Construir este “entorno” como lo llamas tú, demandó mucha energía y dedicación, mucho dolor y sobre todo muchas pérdidas. La segunda es que esto fue un proceso, quiero decir que cambiar lo que había para cambiar, conseguir que no se desmorone lo que había que preservar y recorrer los caminos que había que explorar, demandó un tiempo. No fue algo que pasó solo, ni que sucedió de un día para otro...
—Me imagino. ¡Pero por lo menos, sabías que al final estaba el premio que hoy y gozas!
—No es así. Y ese es otro de los prejuicios con que tú cuentas para tu análisis. Yo nunca tuve la garantía de ningún premio. Más bien, te diría que todo el camino que llevo recorrido hasta aquí, no es más que una apuesta a un resultado que en realidad tampoco llegó todavía.
—¿Cómo que no llegó?
—Todavía me queda mucho por hacer, Demián... Es más, no creo que yo consiga en toda mi vida, aunque la imagine larguísima, llegar a disfrutar de la plenitud total, disfrutar de la completa falta de expectativas, disfrutar de la actitud mental de aceptación plena de los hechos...
—¿Tú me estás diciendo que estás tomándote todo este trabajo, pensando que posiblemente nunca llegues a disfrutarlo a pleno?
—Sí.
—Estás loco.
—Es verdad, pero para tu beneficio soy un loco que cuenta cuentos y que ahora está por contarte uno.
*************************************************************************************
En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Elihau de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Elihau transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
—¿Qué tal anciano? La paz sea contigo.
—Contigo –contestó Elihau sin dejar su tarea.
—¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
—Siembro –contestó el viejo.
—¿Qué siembras aquí, Elihau?
—Dátiles –respondió Elihau mientras señalaba a su alrededor el palmar.
—¡Dátiles! –repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez comprensivamente—. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
—No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...
—Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
—No sé... sesenta, setenta, ochenta, no sé... lo he olvidado... pero eso ¿qué importa?
—Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años de crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
—Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar estos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
—Me has dado una gran lección, Elihau, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste –y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
—Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
—Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.
—Y a veces pasa esto –siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas—: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseché no sólo una, sino dos veces.
—Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte...
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—¿Entiendes, Demián? –me preguntó el gordo.
—Más que eso: ¡me doy cuenta! –contesté yo...
Jorge Bucay
Que nadie me detenga...
Hoy he traído aquí una canción de Mikel Erentxun. Esto no es un ejercicio de traduzco-interpretación... Esto es simplemente la letra de una canción que me encanta, que estoy escuchando ahora mismo y que me apetecía traer aquí porque, sin entrar a valorarla, a mi me dice mucho... ¡Y los que quieran entender, que entiendan!
Amanece la revolución
en mis alas rotas, en mi respiración;
cuando apenas nadie queda en pie
para poderlo contar.
Amanece la electricidad,
en el cuarto de atrás: lo que sea será.
Es el momento de elegir
con los cinco sentidos.
Hoy mi vida merece la pena,
hoy mi vida yo la vivo al pie de la letra.
Que nadie me detenga
cuando el tiempo se detenga;
que nadie me condene
por amar a quien yo quiera.
Pero mi única aspiración
tan sólo era poder soñar
un sueño interminable
y no tener que despertar.
Todo cambia, afortunadamente,
todo cambia y yo he cambiado con los años.
Que nadie me detenga
cuando el tiempo se detenga
que nadie me condene
por amar a quien yo quiera.
Y ya no es necesario
que siga rizando el rizo...
*********************************************************************************************************
Volvióse a levantar un poco de viento, y de nuevo las aspas del molino empezaron a moverse. ¡Dio igual! Bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, el caballero arremetió a todo el galope del rocín, embistiendo el primer molino que se encontró. Pero, ¿cómo no? Al darle la lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, arrastrando tras de sí al caballo y al caballero, que cayeron al suelo de inmediato. ¿Resultado? Lanza de nuevo rota y caballero maltrecho... ¿En verdad eran gigantes?

Amanece la revolución
en mis alas rotas, en mi respiración;
cuando apenas nadie queda en pie
para poderlo contar.
Amanece la electricidad,
en el cuarto de atrás: lo que sea será.
Es el momento de elegir
con los cinco sentidos.
Hoy mi vida merece la pena,
hoy mi vida yo la vivo al pie de la letra.
Que nadie me detenga
cuando el tiempo se detenga;
que nadie me condene
por amar a quien yo quiera.
Pero mi única aspiración
tan sólo era poder soñar
un sueño interminable
y no tener que despertar.
Todo cambia, afortunadamente,
todo cambia y yo he cambiado con los años.
Que nadie me detenga
cuando el tiempo se detenga
que nadie me condene
por amar a quien yo quiera.
Y ya no es necesario
que siga rizando el rizo...
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Volvióse a levantar un poco de viento, y de nuevo las aspas del molino empezaron a moverse. ¡Dio igual! Bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, el caballero arremetió a todo el galope del rocín, embistiendo el primer molino que se encontró. Pero, ¿cómo no? Al darle la lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, arrastrando tras de sí al caballo y al caballero, que cayeron al suelo de inmediato. ¿Resultado? Lanza de nuevo rota y caballero maltrecho... ¿En verdad eran gigantes?

Show must go on
Dada la buena acogida, y el momento presente, presento aquí un nuevo ejercicio de traduzco-interpretación. Recuerdo (y anuncio para los que no hayan leído el Somebody to love), que la traduzco-interpretación consiste en mostrar la letra de la canción que, en este caso, estará en inglés y, seguidamente, se traduce e interpreta simultáneamente la canción; es decir, que se trata de una traducción muy subjetiva que no se ciñe exclusivamente a la transcripición literal de la letra de la composición a la lengua castellana.
Hoy presento “Show must go on”, también de Queen. Un vídeo de esta canción se puede ver en el siguiente link:
http://www.youtube.com/watch?v=t28EUcTDLII
Show must go on
Empty spaces - what are we living for
Abandoned places - I guess we know the score
On and on, does anybody know what we are looking for...
Another hero, another mindless crime
Behind the curtain, in the pantomime
Hold the line, does anybody want to take it anymore
The show must go on
The show must go on, yeah
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on
Whatever happens, I'll leave it all to chance
Another heartache, another failed romance
On and on, does anybody know what we are living for ?
I guess I'm learning (I'm learning learning learning)
I must be warmer now
I'll soon be turning (turning turning turning)
Round the corner now
Outside the dawn is breaking
But inside in the dark I'm aching to be free
The show must go on
The show must go on, yeah yeah
Ooh, inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on
Yeah yeah, whoa wo oh oh
My soul is painted like the wings of butterflies
Fairytales of yesterday will grow but never die
I can fly - my friends
The show must go on (go on, go on, go on) yeah yeah
The show must go on (go on, go on, go on)
I'll face it with a grin
I'm never giving in
On - with the show
Ooh, I'll top the bill, I'll overkill
I have to find the will to carry on
On with the show
On with the show
The show - the show must go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on
Cuando alguien a quien quieres se va, no pierdes a esa persona de repente; sino a trozos, poquito a poco, como cuando un amigo en la distancia deja de escribirte… Dicen que la gente que se va, si volviera a reencontrarse con nosotros, nos diría que no nos apenáramos y que nos animáramos, porque la vida sigue, porque el espectáculo debe continuar… En otro orden de cosas, esta sociedad en que vivimos, regida por el materialismo, la apariencia y placer, está concebida de tal forma que nadie se hace indispensable: cualquiera de nosotros puede faltar. Cierto, toda pieza es fácilmente cambiable. Sin embargo, algo de nosotros va quedando en lo más profundo del espíritu de los que nos conocen, quedando más o menos, según la capacidad de influencia de la persona y el grado de conocimiento de la misma. ¿Se me entiende? Me temo que no… Volvamos a la canción…
Uno se asoma a la ventana y ve la velocidad a la que vive la gente; no es de extrañar que con el ritmo tan frenético y agotador que llevamos, haya en el mundo tanta gente espiritualmente vacía. La vida está llena de huecos, y no me refiero a huecos físicos, sino al vacío espiritual de muchas de las almas. Cuando uno analiza el devenir de las personas, individualmente, no puede menos que preguntarse: ¿para qué vivimos? ¿Qué podemos buscar en la vida? ¿Qué puede darnos la vida? Uno ve las noticias, y observa cómo una gran cantidad de seres humanos viven en situación de absoluto abandono y desamparo; ¿cómo, quien sufre la guerra, no va a sentirse vacío? ¿Cómo no va a sentirse vacío quien pasa hambre o tiene sed? ¿Cómo no va a sentir un vacío interior quien padece cualquier clase de injusticia? ¿Hay alguien que no se siente vacío cuando vive en la oscura soledad? Pero, a pesar de todo, la función de continuar…
El otro día me relataron un crimen en el que fue víctima un conocido lejano mío. ¿La razón? Convincente como ninguna otra: un ajuste cuentas. «Fulanito me debía lo que yo estimaba que me debía». A veces la realidad supera con creces a la más ficticia de las ficciones: hacemos héroes a personas carentes de fondo moral o de principios y, sin embargo, a los héroes de verdad es a los primeros a los que matamos. Y ya se sabe que al que le damos la muerte, le impedimos que viva más… Esto es evidente, claro. Sin embargo, casi todas las muertes forzadas tiene su por qué… Sí, claro. Preguntémosle a cualquier asesino, veremos como se nos justifica, en la mayoría de los casos, su crimen… Y eso es muerte física, muerte material, muerte tangible… No hablemos ya de la muerte espiritual: espiritualmente vivimos permanentemente golpeándonos y matándonos los unos a los otros, y es que hay palabras que hacen más daño que algunas bofetadas. Cada vez que nos callan, morimos; cada vez que alguien nos hace de menos, morimos; cada vez que nos subestiman o nos infravaloran, morimos; cada vez que alguien nos amedrenta o consigue acobardarnos, algo de nosotros muere; cada día que pasa y nos queda pendiente algo por hacer, morimos un poco más… Sin embargo, el espectáculo debe proseguir…
Se dice que la vida es un manantial de placeres que se nos brindan para que gocemos de ellos… ¡Qué bien suena esto! Tiene hasta cierto aire poético. Suena a cierto idilio romántico-armonioso, como la mujer ideal o el ansia de amor infinito de algunos poetas. ¿Y qué hay del fracaso? ¿Qué hay de todos los resbalones, tropiezos y caídas que se sufren a lo largo del camino? Sí, el espectáculo debe continuar; allí, en el escenario, pero… ¿qué hay del resto? A nadie le importa lo que ocurre en los camerinos, tras las cortinas, entre las bambalinas, o en las múltiples zonas que no se ven desde el espectador… Da igual que el espectáculo que se esté visualizando sea una pantomima; da igual que en él se estén viendo llorar ojos en rostros con labios sonrientes, porque lo que vale es la sonrisa, dado que la gente quiere ver reír y no sufrir… Da igual que se rompa a pedazos el corazón del actor, lo importante es que no se resquebraje su careta y que el maquillaje le aguante hasta que acabe la representación… Da igual lo que el actor en realidad piense o sienta. Dan igual sus angustias, su afecto, sus sueños, sus pretensiones, sus quimeras y sus desdenes ¡Da igual todo! El caso es que el espectáculo continúe, porque así debe de ser… El espectáculo debe continuar…
Y en el centro del escenario estoy yo… Sí, yo. Me abofetean, pero aguanto. Me empujan y me tiran al suelo, pero yo me levanto. Me escupen, pero yo me limpio y sonrío. Al fin y al cabo, si me detengo a valorar las afrentas, me estaré parando en la vida… ¡Uno nunca debe de pararse en la vida! Y si lo hace, porque no le queda otro remedio, que sea con conocimiento de por qué se para. Luchemos, sí: pero luchemos por algo para que así siempre sepamos a donde hemos de mirar.
Algún día faltaré, es lógico y normal. «Es ley de vida», que dirían algunos: todo lo que empieza tiene un fin, y ésta es la razón de la vida. Algún día faltaré, pero nada cambiará cuando yo falte… Todo seguirá como cuando estaba… La función seguirá su curso: el espectáculo continuará, porque así debe de ser… Anhelo libertad, persigo sueños; todo eso lo llevo en la sangre; es parte de mi, es parte de mi vida… Con el telón bajado y las luces apagadas me siento solo y deseo sentir entonces el renacer del Ave Fénix que llevo dentro… El telón se levantará, pero no lo hará cuando yo desee, sino cuando así lo requiera el espectáculo; al fin y al cabo, la función es la que manda… El espectáculo debe seguir…
Debe continuar…
Tiene que continuar…
Ha de continuar…
Esté yo, o no esté… La función debe seguir…
**********************************************************************************************************************************
Y el viento, al atardecer, seguirá haciendo girar las aspas del molino, en espera de la llegada del siguiente hidalgo ilusion-idealista (porque el espectáculo continuará y alguien vendrá después que yo…) que crea que se trata de un gigante destructor al que hay que combatir… ¡Ojala el golpe que le aseste el aspa, movida por el viento, no le haga caer! Ay de él si cae…

Hoy presento “Show must go on”, también de Queen. Un vídeo de esta canción se puede ver en el siguiente link:
http://www.youtube.com/watch?v=t28EUcTDLII
Show must go on
Empty spaces - what are we living for
Abandoned places - I guess we know the score
On and on, does anybody know what we are looking for...
Another hero, another mindless crime
Behind the curtain, in the pantomime
Hold the line, does anybody want to take it anymore
The show must go on
The show must go on, yeah
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on
Whatever happens, I'll leave it all to chance
Another heartache, another failed romance
On and on, does anybody know what we are living for ?
I guess I'm learning (I'm learning learning learning)
I must be warmer now
I'll soon be turning (turning turning turning)
Round the corner now
Outside the dawn is breaking
But inside in the dark I'm aching to be free
The show must go on
The show must go on, yeah yeah
Ooh, inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on
Yeah yeah, whoa wo oh oh
My soul is painted like the wings of butterflies
Fairytales of yesterday will grow but never die
I can fly - my friends
The show must go on (go on, go on, go on) yeah yeah
The show must go on (go on, go on, go on)
I'll face it with a grin
I'm never giving in
On - with the show
Ooh, I'll top the bill, I'll overkill
I have to find the will to carry on
On with the show
On with the show
The show - the show must go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on
Cuando alguien a quien quieres se va, no pierdes a esa persona de repente; sino a trozos, poquito a poco, como cuando un amigo en la distancia deja de escribirte… Dicen que la gente que se va, si volviera a reencontrarse con nosotros, nos diría que no nos apenáramos y que nos animáramos, porque la vida sigue, porque el espectáculo debe continuar… En otro orden de cosas, esta sociedad en que vivimos, regida por el materialismo, la apariencia y placer, está concebida de tal forma que nadie se hace indispensable: cualquiera de nosotros puede faltar. Cierto, toda pieza es fácilmente cambiable. Sin embargo, algo de nosotros va quedando en lo más profundo del espíritu de los que nos conocen, quedando más o menos, según la capacidad de influencia de la persona y el grado de conocimiento de la misma. ¿Se me entiende? Me temo que no… Volvamos a la canción…
Uno se asoma a la ventana y ve la velocidad a la que vive la gente; no es de extrañar que con el ritmo tan frenético y agotador que llevamos, haya en el mundo tanta gente espiritualmente vacía. La vida está llena de huecos, y no me refiero a huecos físicos, sino al vacío espiritual de muchas de las almas. Cuando uno analiza el devenir de las personas, individualmente, no puede menos que preguntarse: ¿para qué vivimos? ¿Qué podemos buscar en la vida? ¿Qué puede darnos la vida? Uno ve las noticias, y observa cómo una gran cantidad de seres humanos viven en situación de absoluto abandono y desamparo; ¿cómo, quien sufre la guerra, no va a sentirse vacío? ¿Cómo no va a sentirse vacío quien pasa hambre o tiene sed? ¿Cómo no va a sentir un vacío interior quien padece cualquier clase de injusticia? ¿Hay alguien que no se siente vacío cuando vive en la oscura soledad? Pero, a pesar de todo, la función de continuar…
El otro día me relataron un crimen en el que fue víctima un conocido lejano mío. ¿La razón? Convincente como ninguna otra: un ajuste cuentas. «Fulanito me debía lo que yo estimaba que me debía». A veces la realidad supera con creces a la más ficticia de las ficciones: hacemos héroes a personas carentes de fondo moral o de principios y, sin embargo, a los héroes de verdad es a los primeros a los que matamos. Y ya se sabe que al que le damos la muerte, le impedimos que viva más… Esto es evidente, claro. Sin embargo, casi todas las muertes forzadas tiene su por qué… Sí, claro. Preguntémosle a cualquier asesino, veremos como se nos justifica, en la mayoría de los casos, su crimen… Y eso es muerte física, muerte material, muerte tangible… No hablemos ya de la muerte espiritual: espiritualmente vivimos permanentemente golpeándonos y matándonos los unos a los otros, y es que hay palabras que hacen más daño que algunas bofetadas. Cada vez que nos callan, morimos; cada vez que alguien nos hace de menos, morimos; cada vez que nos subestiman o nos infravaloran, morimos; cada vez que alguien nos amedrenta o consigue acobardarnos, algo de nosotros muere; cada día que pasa y nos queda pendiente algo por hacer, morimos un poco más… Sin embargo, el espectáculo debe proseguir…
Se dice que la vida es un manantial de placeres que se nos brindan para que gocemos de ellos… ¡Qué bien suena esto! Tiene hasta cierto aire poético. Suena a cierto idilio romántico-armonioso, como la mujer ideal o el ansia de amor infinito de algunos poetas. ¿Y qué hay del fracaso? ¿Qué hay de todos los resbalones, tropiezos y caídas que se sufren a lo largo del camino? Sí, el espectáculo debe continuar; allí, en el escenario, pero… ¿qué hay del resto? A nadie le importa lo que ocurre en los camerinos, tras las cortinas, entre las bambalinas, o en las múltiples zonas que no se ven desde el espectador… Da igual que el espectáculo que se esté visualizando sea una pantomima; da igual que en él se estén viendo llorar ojos en rostros con labios sonrientes, porque lo que vale es la sonrisa, dado que la gente quiere ver reír y no sufrir… Da igual que se rompa a pedazos el corazón del actor, lo importante es que no se resquebraje su careta y que el maquillaje le aguante hasta que acabe la representación… Da igual lo que el actor en realidad piense o sienta. Dan igual sus angustias, su afecto, sus sueños, sus pretensiones, sus quimeras y sus desdenes ¡Da igual todo! El caso es que el espectáculo continúe, porque así debe de ser… El espectáculo debe continuar…
Y en el centro del escenario estoy yo… Sí, yo. Me abofetean, pero aguanto. Me empujan y me tiran al suelo, pero yo me levanto. Me escupen, pero yo me limpio y sonrío. Al fin y al cabo, si me detengo a valorar las afrentas, me estaré parando en la vida… ¡Uno nunca debe de pararse en la vida! Y si lo hace, porque no le queda otro remedio, que sea con conocimiento de por qué se para. Luchemos, sí: pero luchemos por algo para que así siempre sepamos a donde hemos de mirar.
Algún día faltaré, es lógico y normal. «Es ley de vida», que dirían algunos: todo lo que empieza tiene un fin, y ésta es la razón de la vida. Algún día faltaré, pero nada cambiará cuando yo falte… Todo seguirá como cuando estaba… La función seguirá su curso: el espectáculo continuará, porque así debe de ser… Anhelo libertad, persigo sueños; todo eso lo llevo en la sangre; es parte de mi, es parte de mi vida… Con el telón bajado y las luces apagadas me siento solo y deseo sentir entonces el renacer del Ave Fénix que llevo dentro… El telón se levantará, pero no lo hará cuando yo desee, sino cuando así lo requiera el espectáculo; al fin y al cabo, la función es la que manda… El espectáculo debe seguir…
Debe continuar…
Tiene que continuar…
Ha de continuar…
Esté yo, o no esté… La función debe seguir…
**********************************************************************************************************************************
Y el viento, al atardecer, seguirá haciendo girar las aspas del molino, en espera de la llegada del siguiente hidalgo ilusion-idealista (porque el espectáculo continuará y alguien vendrá después que yo…) que crea que se trata de un gigante destructor al que hay que combatir… ¡Ojala el golpe que le aseste el aspa, movida por el viento, no le haga caer! Ay de él si cae…

Las malas noticias
¡Qué duro se hace dar malas noticias! Qué duro se hace, especialmente cuando se las tienes que transmitir a personas a las que quieres y a las que sabes positivamente que, lo que les tienes que decir, les va a suponer una lanza que se va a clavar de lleno en lo más profundo del corazón.

Cuando uno recibe una mala noticia, siente cómo, por unos instantes, se le va la vida; es como si alguien te asestara un golpe en el estómago y, en vez de sentir dolor, sientes como si las entrañas se te fueran poco a poco por la boca, quedándote vacío, y te notas como si no pisaras suelo firme, como si estuvieras levitando, en medio de la nada… ¿quién ligaría a la existencia humana la experiencia del dolor? ¡Maldito dolor, maldito sufrimiento! Es muy triste cuando nos miramos de lejos, desde arriba, y vemos cuánto condiciona el dolor nuestra existencia. ¡Qué miserable que es la condición humana! Unos obran con maldad, con el único objetivo de hacer daño; y para el resto, que obra con bondad, el sentimiento más vivo que les llega es el dolor. Parece que venimos al mundo solo para sufrir… ¡Y todavía hay algún alma caritativa que se atreve a subir a un escenario para cantar que son «los latidos del corazón los que mueven el mundo»…!
Pero, y aunque suene a egocentrismo, ¿qué hay de la persona que tiene que transmitir la mala noticia y que no es gustosa de hacerlo? ¿Qué hay de la persona que se reconcome de solo pensar el daño que le va a hacer a sus interlocutores cuando se hagan eco del doloroso mensaje transmitido? ¿Qué hay de las noches anteriores, en las que no ha sido capaz de conciliar el sueño solo de pensar que iba a hacer daño a personas que quiere? ¿Qué hay del difícilmente disimulable temblor de manos y piernas que te invade en los instantes previos a la transmisión de la noticia? ¿Qué hay de las lágrimas tragadas y de las involuntarisa e indeseadamente vertidas? ¡Eso no lo mira nadie! Y, a decir verdad, entiendo que sea así… Por eso uno siente que lo mejor es dar la noticia y desaparecer, para así no prolongar más una situación tan tortuosa.
Cada vez comprendo más y mejor por qué Juan Ramón Jiménez, alma sensible como ninguna otra, vivía aislado en su torre de marfil. No hay relación con los semejantes: no hay amor; no hay amor: no hay posibilidad de hacer daño a personas que quieres… Solo hay lo que siempre te llega: la soledad. Decía Francis Beaumont, comediógrafo inglés, que el que vive retirado dentro de su inteligencia y espíritu, vive en el paraíso... No sé... Yo, por las circunstancias de la vida, he aprendido a estar solo y a ser, en gran medida, independiente... Sin embargo, a pesar de estar acostumbrado a estar solo, nunca había sentido la soledad que desde hace unos días estoy sintiendo. Quizás las cosas tengan que ser así y las decisiones importantes verdaderamente fuerzan a dejarnos solos, o será quizás que un hombre solo no tiene por qué realmente estar solo, sino que puede tomar conciencia de su soledad por haber gozado de malas compañías... O quizás no: tal vez la soledad es una percepción meramente subjetiva, en el sentido de que existe la soledad concebida como tal en la medida estamos con otros… No sé: yo, en el fondo, siempre he creído que vivimos como soñamos: solos.
Yo nunca quise hacer daño a nadie, y menos a personas a las que quiero tanto…; pero hay cosas que es mejor saberlas por boca de la persona que debe transmitirlas y que, además, cuanto antes se sepan, es mejor para todos… Si me leeis, quiero que sepais lo mucho que lo siento...
***********************************************************
Las aspas del molino siguen girando: cuando arrecia el viento, golpea contra el aspa y el molino la devuelve con tal furia, que el golpe se hace imposible de soportar. Yo empiezo a dudar de si son gigantes o son molinos, a pesar de mi eterno convencimiento de que son gigantes; lo único que puedo asegurar es que el aspa golpea (o quizás los brazos del gigante) y cuando lo hace es de forma despiadada, sin miramientos, arrasando lo que pille a su paso… ¿Ilusión, para qué? ¿Ave Fénix, renacer? Primero toma conciencia de que estás muerto para poder entonces renacer…

Cuando uno recibe una mala noticia, siente cómo, por unos instantes, se le va la vida; es como si alguien te asestara un golpe en el estómago y, en vez de sentir dolor, sientes como si las entrañas se te fueran poco a poco por la boca, quedándote vacío, y te notas como si no pisaras suelo firme, como si estuvieras levitando, en medio de la nada… ¿quién ligaría a la existencia humana la experiencia del dolor? ¡Maldito dolor, maldito sufrimiento! Es muy triste cuando nos miramos de lejos, desde arriba, y vemos cuánto condiciona el dolor nuestra existencia. ¡Qué miserable que es la condición humana! Unos obran con maldad, con el único objetivo de hacer daño; y para el resto, que obra con bondad, el sentimiento más vivo que les llega es el dolor. Parece que venimos al mundo solo para sufrir… ¡Y todavía hay algún alma caritativa que se atreve a subir a un escenario para cantar que son «los latidos del corazón los que mueven el mundo»…!
Pero, y aunque suene a egocentrismo, ¿qué hay de la persona que tiene que transmitir la mala noticia y que no es gustosa de hacerlo? ¿Qué hay de la persona que se reconcome de solo pensar el daño que le va a hacer a sus interlocutores cuando se hagan eco del doloroso mensaje transmitido? ¿Qué hay de las noches anteriores, en las que no ha sido capaz de conciliar el sueño solo de pensar que iba a hacer daño a personas que quiere? ¿Qué hay del difícilmente disimulable temblor de manos y piernas que te invade en los instantes previos a la transmisión de la noticia? ¿Qué hay de las lágrimas tragadas y de las involuntarisa e indeseadamente vertidas? ¡Eso no lo mira nadie! Y, a decir verdad, entiendo que sea así… Por eso uno siente que lo mejor es dar la noticia y desaparecer, para así no prolongar más una situación tan tortuosa.
Cada vez comprendo más y mejor por qué Juan Ramón Jiménez, alma sensible como ninguna otra, vivía aislado en su torre de marfil. No hay relación con los semejantes: no hay amor; no hay amor: no hay posibilidad de hacer daño a personas que quieres… Solo hay lo que siempre te llega: la soledad. Decía Francis Beaumont, comediógrafo inglés, que el que vive retirado dentro de su inteligencia y espíritu, vive en el paraíso... No sé... Yo, por las circunstancias de la vida, he aprendido a estar solo y a ser, en gran medida, independiente... Sin embargo, a pesar de estar acostumbrado a estar solo, nunca había sentido la soledad que desde hace unos días estoy sintiendo. Quizás las cosas tengan que ser así y las decisiones importantes verdaderamente fuerzan a dejarnos solos, o será quizás que un hombre solo no tiene por qué realmente estar solo, sino que puede tomar conciencia de su soledad por haber gozado de malas compañías... O quizás no: tal vez la soledad es una percepción meramente subjetiva, en el sentido de que existe la soledad concebida como tal en la medida estamos con otros… No sé: yo, en el fondo, siempre he creído que vivimos como soñamos: solos.
Yo nunca quise hacer daño a nadie, y menos a personas a las que quiero tanto…; pero hay cosas que es mejor saberlas por boca de la persona que debe transmitirlas y que, además, cuanto antes se sepan, es mejor para todos… Si me leeis, quiero que sepais lo mucho que lo siento...
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Las aspas del molino siguen girando: cuando arrecia el viento, golpea contra el aspa y el molino la devuelve con tal furia, que el golpe se hace imposible de soportar. Yo empiezo a dudar de si son gigantes o son molinos, a pesar de mi eterno convencimiento de que son gigantes; lo único que puedo asegurar es que el aspa golpea (o quizás los brazos del gigante) y cuando lo hace es de forma despiadada, sin miramientos, arrasando lo que pille a su paso… ¿Ilusión, para qué? ¿Ave Fénix, renacer? Primero toma conciencia de que estás muerto para poder entonces renacer…
Molinos de viento
—No, Elizalde. Ya no quedan causas por las que luchar…
—¡No me digas eso! —, le respondí apenado.
—Es la verdad… ¡Mira cómo funciona el mundo!
—El panorama a nuestro alrededor es bastante desolador, no te lo discuto… Pero hay que seguir peleando por aquello en lo que uno cree.
—¡Tú, como siempre, sigues siendo igual de idealista! De verdad que me desesperas…
—¡Tú, como siempre, sigues siendo igual de realista! De verdad que no puedo contigo…
—La eterna lucha, Elizalde.
—Sí, así es. Eso no ha cambiado. Yo siempre tuve los sueños y tú siempre tuviste los proyectos… Mientras yo iba, paso a paso, construyendo el barco con el que soñaba hacerme a la mar, tú ibas paseando con tu flamante coche deportivo diciéndome que no podías ayudarme en mi barco porque tenías varias sartenes en el fuego… Lo que digo: tú los proyectos y yo los sueños.
—Y dices bien…
Ambos quedamos mirándonos fijamente a los ojos durante unos segundos; aunque estábamos en un bar, parecía como si un halo de silencio misterioso hubiera envuelto el tramo de la barra en el que ambos nos hallábamos… Esta atmósfera misteriosa fue rota cuando yo retomé mi jarra de cerveza para echar un trago, reanudando la conversación, a continuación, yo mismo:
—¿En qué andas metido ahora?
—En lo de siempre…
—¿Y cómo te va?
—Como siempre…
—¿Y qué perspectivas tienes?
—Seguir como hasta ahora…
—¿Alguna innovación o hecho novedoso en el horizonte?
—¡No!
—¡Vaya! ¡Qué triste, no?
—Que va, al contrario… Cuando algo marcha bien hay que evitar cambiarlo…
—Ya, ya… Te entiendo —, dije mientras con el rostro manifestaba una clara incomprensión —. ¡Vaya una conversación vacía que estamos manteniendo! —, exclamé por lo bajo, pero de forma que mi interlocutor pudiera oírme con claridad.
—¡Mira, Elizalde! No me intentes llevar a tu terreno, porque sabes que no veo las cosas como tú…
—A ver, yo no pretendo llevarte a ningún lado: tan solo hace mucho tiempo que no te veo y te pregunto, por curiosidad, cómo te van las cosas… A través de esas preguntas, lo que estoy viendo es que con el paso de los años, cada vez eres una persona que tiene menos ambiciones en la vida y menos ilusiones que materializar… Me da la impresión de que cada vez estás más vacío por dentro.
—¡Eso no es verdad! Sí que tengo alguna ilusión…
—¿Ah, sí? Dime, ¿cuál?
—Acabar de pagar la hipoteca de mi casa…
Fue inevitable que una gran pena invadiera mi rostro:
—¡Bendito sea Dios! Así nos va…
—¿Así nos va? ¿Y cómo te va a ti? ¿Te trata bien la vida? ¿Acaso tienes la vida resuelta? ¡No! Tienes que trabajar más de diez horas diarias, obra arriba y obra abajo, para poder pagar esa choza que te compraste y que, al paso que llevas, no conseguirás acabar de pagar antes de que te caigan los cuarenta y cinco. ¿Tienes amor? Sí, claro, tienes amor: tienes ese amor ideal y eterno con el que cuando eras más joven llenabas los poemas que les regalabas en cuartillas dobladas a las chicas en el colegio y que al final no te servían de nada, porque, a la hora de la verdad, ligabas lo mismo que yo… ¡Nada! Como ahora: soltero tú, soltero yo. Y dime… ¿Te trata bien la vida? Te trata como a todos, con una pequeña diferencia: en tu estúpido afán de ayudar a los demás, de entregarte a esas causas nobles en las que tú siempre has creído, a la hora de la verdad lo único que has encontrado ha sido soledad y golpes. Yo estoy solo, no tengo ningún problema en admitirlo, pero yo nunca me entregué a nada que no fuera de mi interés. Sin embargo, mírate: has de reconocer que tú, con todo lo que has hecho por la gente (y más por algunas personas en concreto), estás ahora tan solo como yo. A lo largo de la vida, personas con las que creías mantener cierta reciprocidad afectiva, te han decepcionado o te han ido dejando solo; has recibido bastantes más palos de los que esperabas, y sé que muchos de ellos han sido especialmente dolorosos, al proceder de flancos desde los que nunca imaginaste que te podrían atacar… ¿Qué es mejor, entonces? ¿Seguir empecinado en destruir los molinos de viento a golpe de lanza porque creemos que son gigantes, o callarnos y asumir que son molinos para seguir sembrando para nosotros mismos?
—No sé, tal vez tengas razón…
Mi viejo amigo consultó su reloj de pulsera y, al constatar que había llegado la hora de encaminarse a otros menesteres, procedió a abandonarme:
—Bueno, antes hablabas de proyectos… Vuelvo de nuevo, y que no sirva de precedente, a darte la razón. Tengo un proyecto bastante gordo y está al caer… Perdona que te deje así… Te permito que te emborraches… Mañana vendré y pagaré cuanto te hayas tomado. Cuídate, anda… Dentro de unos días te llamo y acabamos de hablar. Hasta luego...
Me quedé solo en la barra de aquel bar. He de reconocer que en ningún momento pensé en emborracharme, a pesar de lo que él me dijo. Sin embargo, sí es cierto que, palabra tras palabra, resonó dentro de mi cabeza su contundente discurso final, en especial la interrogación retórica con la que le puso término… «¿Qué es mejor: seguir empecinado en destruir los molinos de viento a golpe de lanza porque creemos que son gigantes o callarnos y asumir que son molinos para seguir sembrando para nosotros mismos?» Yo siempre he estado convencido de que son gigantes y no molinos; siempre he creído que con una vara de rama de oliva se puede reconstruir la lanza destruida, como renace el Ave Fénix de sus cenizas; y siempre he creído que no había caída lo suficientemente dura como para no volver a levantarme… Sin embargo, ahora mismo lo único que puedo decir es que el golpe que te asesta el aspa, movida por el viento, es tremendamente doloroso…

—¡No me digas eso! —, le respondí apenado.
—Es la verdad… ¡Mira cómo funciona el mundo!
—El panorama a nuestro alrededor es bastante desolador, no te lo discuto… Pero hay que seguir peleando por aquello en lo que uno cree.
—¡Tú, como siempre, sigues siendo igual de idealista! De verdad que me desesperas…
—¡Tú, como siempre, sigues siendo igual de realista! De verdad que no puedo contigo…
—La eterna lucha, Elizalde.
—Sí, así es. Eso no ha cambiado. Yo siempre tuve los sueños y tú siempre tuviste los proyectos… Mientras yo iba, paso a paso, construyendo el barco con el que soñaba hacerme a la mar, tú ibas paseando con tu flamante coche deportivo diciéndome que no podías ayudarme en mi barco porque tenías varias sartenes en el fuego… Lo que digo: tú los proyectos y yo los sueños.
—Y dices bien…
Ambos quedamos mirándonos fijamente a los ojos durante unos segundos; aunque estábamos en un bar, parecía como si un halo de silencio misterioso hubiera envuelto el tramo de la barra en el que ambos nos hallábamos… Esta atmósfera misteriosa fue rota cuando yo retomé mi jarra de cerveza para echar un trago, reanudando la conversación, a continuación, yo mismo:
—¿En qué andas metido ahora?
—En lo de siempre…
—¿Y cómo te va?
—Como siempre…
—¿Y qué perspectivas tienes?
—Seguir como hasta ahora…
—¿Alguna innovación o hecho novedoso en el horizonte?
—¡No!
—¡Vaya! ¡Qué triste, no?
—Que va, al contrario… Cuando algo marcha bien hay que evitar cambiarlo…
—Ya, ya… Te entiendo —, dije mientras con el rostro manifestaba una clara incomprensión —. ¡Vaya una conversación vacía que estamos manteniendo! —, exclamé por lo bajo, pero de forma que mi interlocutor pudiera oírme con claridad.
—¡Mira, Elizalde! No me intentes llevar a tu terreno, porque sabes que no veo las cosas como tú…
—A ver, yo no pretendo llevarte a ningún lado: tan solo hace mucho tiempo que no te veo y te pregunto, por curiosidad, cómo te van las cosas… A través de esas preguntas, lo que estoy viendo es que con el paso de los años, cada vez eres una persona que tiene menos ambiciones en la vida y menos ilusiones que materializar… Me da la impresión de que cada vez estás más vacío por dentro.
—¡Eso no es verdad! Sí que tengo alguna ilusión…
—¿Ah, sí? Dime, ¿cuál?
—Acabar de pagar la hipoteca de mi casa…
Fue inevitable que una gran pena invadiera mi rostro:
—¡Bendito sea Dios! Así nos va…
—¿Así nos va? ¿Y cómo te va a ti? ¿Te trata bien la vida? ¿Acaso tienes la vida resuelta? ¡No! Tienes que trabajar más de diez horas diarias, obra arriba y obra abajo, para poder pagar esa choza que te compraste y que, al paso que llevas, no conseguirás acabar de pagar antes de que te caigan los cuarenta y cinco. ¿Tienes amor? Sí, claro, tienes amor: tienes ese amor ideal y eterno con el que cuando eras más joven llenabas los poemas que les regalabas en cuartillas dobladas a las chicas en el colegio y que al final no te servían de nada, porque, a la hora de la verdad, ligabas lo mismo que yo… ¡Nada! Como ahora: soltero tú, soltero yo. Y dime… ¿Te trata bien la vida? Te trata como a todos, con una pequeña diferencia: en tu estúpido afán de ayudar a los demás, de entregarte a esas causas nobles en las que tú siempre has creído, a la hora de la verdad lo único que has encontrado ha sido soledad y golpes. Yo estoy solo, no tengo ningún problema en admitirlo, pero yo nunca me entregué a nada que no fuera de mi interés. Sin embargo, mírate: has de reconocer que tú, con todo lo que has hecho por la gente (y más por algunas personas en concreto), estás ahora tan solo como yo. A lo largo de la vida, personas con las que creías mantener cierta reciprocidad afectiva, te han decepcionado o te han ido dejando solo; has recibido bastantes más palos de los que esperabas, y sé que muchos de ellos han sido especialmente dolorosos, al proceder de flancos desde los que nunca imaginaste que te podrían atacar… ¿Qué es mejor, entonces? ¿Seguir empecinado en destruir los molinos de viento a golpe de lanza porque creemos que son gigantes, o callarnos y asumir que son molinos para seguir sembrando para nosotros mismos?
—No sé, tal vez tengas razón…
Mi viejo amigo consultó su reloj de pulsera y, al constatar que había llegado la hora de encaminarse a otros menesteres, procedió a abandonarme:
—Bueno, antes hablabas de proyectos… Vuelvo de nuevo, y que no sirva de precedente, a darte la razón. Tengo un proyecto bastante gordo y está al caer… Perdona que te deje así… Te permito que te emborraches… Mañana vendré y pagaré cuanto te hayas tomado. Cuídate, anda… Dentro de unos días te llamo y acabamos de hablar. Hasta luego...
Me quedé solo en la barra de aquel bar. He de reconocer que en ningún momento pensé en emborracharme, a pesar de lo que él me dijo. Sin embargo, sí es cierto que, palabra tras palabra, resonó dentro de mi cabeza su contundente discurso final, en especial la interrogación retórica con la que le puso término… «¿Qué es mejor: seguir empecinado en destruir los molinos de viento a golpe de lanza porque creemos que son gigantes o callarnos y asumir que son molinos para seguir sembrando para nosotros mismos?» Yo siempre he estado convencido de que son gigantes y no molinos; siempre he creído que con una vara de rama de oliva se puede reconstruir la lanza destruida, como renace el Ave Fénix de sus cenizas; y siempre he creído que no había caída lo suficientemente dura como para no volver a levantarme… Sin embargo, ahora mismo lo único que puedo decir es que el golpe que te asesta el aspa, movida por el viento, es tremendamente doloroso…

Somebody to love
La traduzco-interpretación es un nuevo ejercicio que voy a estrenar en el blog. La idea me surgió cuando, hace unos días y por casualidad, descubrí, en la siempre sorprendente página de You Tube, la grabación en vídeo de “Somebody to love”, que es una de mis canciones favoritas de Queen. La grabación está realizada en el concierto que se celebró en el Estadio de Wembley en honor del desdichado Freddie Mercury, meses después de que éste se fuera para no volver.
A “Somebody to love” le pone voz George Michael, brillante e influyente cantante de pop británico que, además, en los últimos años se ha convertido en un referente iconográfico para determinados sectores de nuestra sociedad. Yo tengo esta versión de la canción en el disco de Greatest Hits III de Queen, que mis amigos me regalaron por mi cumpleaños hará unos siete u ocho años; y he de decir que, desde el primer momento que la escuche (y ruego Freddie me disculpe, dondequiera que esté), me gustó mucho más que la versión original. Si queréis ver el vídeo, el link para acceder es éste:
http://www.youtube.com/watch?v=of-7jmD7OxE
El ejercicio a realizar ahora es el siguiente: yo voy a poner a continuación la letra de la canción que, obviamente, estará en inglés y, seguidamente, procederé a traducir y simultáneamente interpretar la canción; es decir, que será una traducción muy subjetiva que no se va a ceñir a transcribir al castellano literalmente la letra de la composición.
Can anybody find me somebody to love
Ooh, each morning I get up I die a little
Can barely stand on my feet
(Take a look at yourself) Take a look in the mirror and cry (and cry)
Lord what you're doing to me (yeah yeah)
I have spent all my years in believing you
But I just can't get no relief, lord!
Somebody, somebody, oh somebody, somebody
Can anybody find me somebody to love?
Yeah
I work hard (he works hard) every day of my life
I work till I ache my bones
At the end (at the end of the day)
I take home my hard earned pay all on my own
I get down (down) on my knees (knees)
And I start to pray
Till the tears run down from my eyes
Lord, somebody, somebody, ooh somebody
(Please) Can anybody find me somebody to love?
(He works hard)
Everyday (everyday), I try and I try and I try
But everybody wants to put me down
They say I'm going crazy
They say I got a lot of water in my brain
Ah, got no common sense
I got nobody left to believe in
Yeah yeah yeah yeah
Oh lord
Ooh somebody, ooh somebody
Can anybody find me somebody to love?
(Can anybody find me someone to love)
Got no feel, I got no rhythm
I just keep losing my beat (you just keep losing and losing)
I'm ok, I'm alright (he's alright, he's alright)
I ain't gonna face no defeat (yeah yeah)
I just gotta get out of this prison cell
Oneday (someday) I'm gonna be free, Lord!
Find me somebody to love
Find me somebody to love love love
Find me somebody to love
Find me somebody to love somebody somebody somebody somebody
Somebody find me
Somebody find me somebody to love
Can anybody find me somebody to love ?
Find me somebody to love
Oooh find me somebody to love
Somebody somebody
Find me somebody somebody to love
Find me find me find me find me find me somebody to love
Somebody to love
Find me somebody to love
Somebody to love
Find me somebody to love
Anybody any brook and I'm bound to find me somebody to love (to love)
Oh find me find me find me love
¿Puede alguien encontrarme una persona a la que amar? ¡Qué gran pregunta! Los sentimientos no se pueden imponer pues son objetos abstractos, puramente espirituales, que nacen de las impresiones causadas en nuestro ánimo por otros espíritus. Los hechos, los actos de nuestros semejantes, son los únicos que pueden verdaderamente mover nuestros sentimientos: si alguien se porta bien conmigo, yo puedo sentir afecto hacia esa persona; si alguien me desprecia, yo puedo sentir odio hacia esa persona; si alguien me engaña, yo puedo sentir desconfianza hacia la persona que me miente. Ahora bien, en todo momento se trata de una relación directa, de tú a tú, ya que las mediaciones no permiten despertar realmente sentimientos hacia la persona en cuestión. Y el amor es el sentimiento de sentimientos, es, junto con el dolor, el principal motor del espíritu humano. Por mucho que se quiera ser mediador, intercesor, alcahueto o comoquiera llamarse, nadie puede forzar sentimientos hacia una tercera persona. Alguien me podrá decir que esto no es cierto porque, por ejemplo, nuestros políticos tienen una especial capacidad para, con sus palabras, despertar odio hacia otros de su misma condición o hacia determinados sectores de la sociedad. Cierto. Totalmente de acuerdo. Pero solo quiero hacer dos puntualizaciones al respecto: por un lado, quisiera dejar en el aire la pregunta siguiente: ¿alguien conoce algún político que con sus arengas despierte amor o afecto?; y, por otro lado, quisiera decir que quizás los políticos son capaces de hacer que germinen determinados odios en algunas personas, pero también es cierto que ese odio germina porque existe un caldo de cultivo…
El caso del amor es distinto: decía Einstein que «el amor por la fuerza nada vale; la fuerza sin amor es energía gastada en vano». Es cierto: si la fuerza es lo que vale, no hay lugar para el amor en el mundo. Nadie puede obligar a que una persona se enamore de otra. El amor es una de las fuerzas más misteriosas, a la vez que poderosas, dentro de la naturaleza. Me estoy acordando ahora mismo que, cuando en la película Aladdín rescata al Genio, éste le anuncia que dispone de tres deseos pero, a su vez, con tres limitaciones: Genio no puede matar a nadie, no puede resucitar a los muertos y no puede conseguir que nadie se enamore de nadie. ¡Es gracioso! Sí: gracioso pero realista… Dado el estrecho vínculo que existe entre el amor y la felicidad y el desarrollo personales, ¡qué gran infelicidad y frustración supondría el obligar a alguien a que se enamore de otra persona! Llegados a este punto, yo pregunto: ¿puede alguien encontrarme una persona a la que amar?
Cada mañana me levanto y empieza un nuevo día. Es cierto que cada día que pasa en nuestra vida, desde el momento en que nacemos, morimos un poco; esta apreciación se va haciendo más evidente con el paso de los años. Morimos un poco más aún si cabe cuando nos paramos a reflexionar, a pensar en nosotros mismos. Hay gente a la que ver su imagen reflejada en el espejo le incita a reflexionar sobre sí mismo; hay otros tantos que no: hay incluso personas a las que ver su imagen en el espejo les hace tomar conciencia, aún más si cabe, de lo maravillosa que es la naturaleza al concentrar tanta hermosura en un solo cuerpo. Pero eso corresponde a los superficiales. Yo me miro, me observo y tomo conciencia del paso del tiempo: cada vez tengo menos pelo y más entradas, me crece la papada, y mi piel se va arrugando. Es cierto: físicamente, también morimos un poco cada día. El cuerpo tiene que soportar el duro castigo de envejecer cada día. La vida nos da primero lo que luego poco a poco nos va quitando. Yo aún puedo considerarme joven, pero he visto cómo la vida, al ir avanzando, te roba el color del pelo, trocándotelo blanco, cuando no te lo retira; la boca se queda huera de dientes; el cuerpo poco a poco se va arrugando, consumiéndose y encorvándose. Y, a pesar de todo esto, cada mañana nos miramos en el espejo para afeitarnos, peinarnos o incluso para lavarnos los dientes, que ya se me dirá a mi que sentido tiene mirarse al espejo para higienizar nuestros molares… Así, cada mañana el espejo me hace tomar conciencia de que voy muriendo un poco… y grito «¡Oh, Dios!, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Estoy solo, muy solo, solísimo… ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?».
Trabajo mucho, trabajo duramente, invierto más de un tercio de mi vida en el trabajo… Bien es cierto que no es moralmente aceptable que yo me queje del trabajo: he visto los callos de las manos de los encofradores, manos insensibles a todo tipo de punciones o cortes; he visto el sudor emanar con fluidez al asfaltar una carretera durante las primeras horas de una tarde veraniega; he visto las deplorables condiciones, con la silicosis como espada de Damocles, en que se trabaja en las tétricas minas subterráneas; he visto el esfuerzo que supone arar un campo de vides, al tiempo que se reza para que los dioses que rigen el tiempo se pongan de acuerdo para que las condiciones permitan obtener una buena cosecha; he perdido la cuenta al computar las horas invertidas y los kilómetros recorridos por un transportista que lleva un camión cargado de combustible. Sin embargo, yo trabajo, trabajo mucho. Invierto muchas horas en desarrollar mi trabajo; y a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio traigo a mi casa la paga que gano… Y cada mañana, antes de irme a trabajar, me miro en el espejo de nuevo, y siempre la misma canción, siempre la misma rutina: «¡Oh, Dios!, ¡qué solo estoy! ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?». Es entonces, cuando uno se siente solo y toma conciencia de los problemas que pueda tener; es en esos momentos cuando, si en el colegio o en casa le inculcaron que existe un Dios bueno y todopoderoso, uno se acuerda de la Divina Providencia… Y se pasa, en cuestión de segundos, de vivir pendiente de uno mismo a sentirse más religioso que nunca. Dicen que ese proceso también le experimenta el que ve la muerte de cerca. ¡Triste comparación! Uno reza. ¡Oh, sí! Reza… «¡Señor y Dios mío! Mira que solo estoy por las noches… ¿Por qué no me mandas esta noche una buena mujer?» Y volvemos a la eterna pregunta: ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?
La gente al leerme dirá que estoy chiflado. La gente al leerme dirá que tengo el cerebro lleno de agua… Sí, ¿por qué no? Pero… Leed detenidamente la canción y ved si estoy loco o lo que he ido poniendo se ajusta a lo que cuenta la canción… ¡Si parece que está escrita por el malogrado Beto, de quien yo he ido poniendo las páginas de su cuaderno aquí, en lugar de por Freddie Mercury!… El amor puede ser una fuente de alegrías y de placeres; pero también un gran manantial de dolor y de frustración; puede dar sentido a una vida, de la misma forma que puede abocarla al fracaso. El amor es lanzar una moneda al aire: puede salirte gozo o puede salirte dolor; incluso hay quien dice que te puede salir canto… ¡Cada cual que interprete! Mientras, yo cada día sigo defendiendo los valores en los que creo; sigo opinando que el amor y la libertad son los motores principales que deberían regir todo movimiento espiritual del ser humano… Y en medio de todo este caos mental, lanzo la siguiente pregunta: ¿puede alguien buscarme una persona a la que amar? Que me disculpen Freddie Mercury, Roger Taylor, Brian May, John Deacon y George Michael, pero creo que, afortunadamente y aunque sé que hay muchas relaciones de amor que están cimentadas única y exclusivamente sobre dinero, la respuesta es NO. Alguien que no sea yo: ¡NO!
Y será mejor ni plantearse la respuesta a si puede alguien encontrarme una persona que me ame… La respuesta es más que evidente, aunque pueda parecer dolorosa…

A “Somebody to love” le pone voz George Michael, brillante e influyente cantante de pop británico que, además, en los últimos años se ha convertido en un referente iconográfico para determinados sectores de nuestra sociedad. Yo tengo esta versión de la canción en el disco de Greatest Hits III de Queen, que mis amigos me regalaron por mi cumpleaños hará unos siete u ocho años; y he de decir que, desde el primer momento que la escuche (y ruego Freddie me disculpe, dondequiera que esté), me gustó mucho más que la versión original. Si queréis ver el vídeo, el link para acceder es éste:
http://www.youtube.com/watch?v=of-7jmD7OxE
El ejercicio a realizar ahora es el siguiente: yo voy a poner a continuación la letra de la canción que, obviamente, estará en inglés y, seguidamente, procederé a traducir y simultáneamente interpretar la canción; es decir, que será una traducción muy subjetiva que no se va a ceñir a transcribir al castellano literalmente la letra de la composición.
Can anybody find me somebody to love
Ooh, each morning I get up I die a little
Can barely stand on my feet
(Take a look at yourself) Take a look in the mirror and cry (and cry)
Lord what you're doing to me (yeah yeah)
I have spent all my years in believing you
But I just can't get no relief, lord!
Somebody, somebody, oh somebody, somebody
Can anybody find me somebody to love?
Yeah
I work hard (he works hard) every day of my life
I work till I ache my bones
At the end (at the end of the day)
I take home my hard earned pay all on my own
I get down (down) on my knees (knees)
And I start to pray
Till the tears run down from my eyes
Lord, somebody, somebody, ooh somebody
(Please) Can anybody find me somebody to love?
(He works hard)
Everyday (everyday), I try and I try and I try
But everybody wants to put me down
They say I'm going crazy
They say I got a lot of water in my brain
Ah, got no common sense
I got nobody left to believe in
Yeah yeah yeah yeah
Oh lord
Ooh somebody, ooh somebody
Can anybody find me somebody to love?
(Can anybody find me someone to love)
Got no feel, I got no rhythm
I just keep losing my beat (you just keep losing and losing)
I'm ok, I'm alright (he's alright, he's alright)
I ain't gonna face no defeat (yeah yeah)
I just gotta get out of this prison cell
Oneday (someday) I'm gonna be free, Lord!
Find me somebody to love
Find me somebody to love love love
Find me somebody to love
Find me somebody to love somebody somebody somebody somebody
Somebody find me
Somebody find me somebody to love
Can anybody find me somebody to love ?
Find me somebody to love
Oooh find me somebody to love
Somebody somebody
Find me somebody somebody to love
Find me find me find me find me find me somebody to love
Somebody to love
Find me somebody to love
Somebody to love
Find me somebody to love
Anybody any brook and I'm bound to find me somebody to love (to love)
Oh find me find me find me love
¿Puede alguien encontrarme una persona a la que amar? ¡Qué gran pregunta! Los sentimientos no se pueden imponer pues son objetos abstractos, puramente espirituales, que nacen de las impresiones causadas en nuestro ánimo por otros espíritus. Los hechos, los actos de nuestros semejantes, son los únicos que pueden verdaderamente mover nuestros sentimientos: si alguien se porta bien conmigo, yo puedo sentir afecto hacia esa persona; si alguien me desprecia, yo puedo sentir odio hacia esa persona; si alguien me engaña, yo puedo sentir desconfianza hacia la persona que me miente. Ahora bien, en todo momento se trata de una relación directa, de tú a tú, ya que las mediaciones no permiten despertar realmente sentimientos hacia la persona en cuestión. Y el amor es el sentimiento de sentimientos, es, junto con el dolor, el principal motor del espíritu humano. Por mucho que se quiera ser mediador, intercesor, alcahueto o comoquiera llamarse, nadie puede forzar sentimientos hacia una tercera persona. Alguien me podrá decir que esto no es cierto porque, por ejemplo, nuestros políticos tienen una especial capacidad para, con sus palabras, despertar odio hacia otros de su misma condición o hacia determinados sectores de la sociedad. Cierto. Totalmente de acuerdo. Pero solo quiero hacer dos puntualizaciones al respecto: por un lado, quisiera dejar en el aire la pregunta siguiente: ¿alguien conoce algún político que con sus arengas despierte amor o afecto?; y, por otro lado, quisiera decir que quizás los políticos son capaces de hacer que germinen determinados odios en algunas personas, pero también es cierto que ese odio germina porque existe un caldo de cultivo…
El caso del amor es distinto: decía Einstein que «el amor por la fuerza nada vale; la fuerza sin amor es energía gastada en vano». Es cierto: si la fuerza es lo que vale, no hay lugar para el amor en el mundo. Nadie puede obligar a que una persona se enamore de otra. El amor es una de las fuerzas más misteriosas, a la vez que poderosas, dentro de la naturaleza. Me estoy acordando ahora mismo que, cuando en la película Aladdín rescata al Genio, éste le anuncia que dispone de tres deseos pero, a su vez, con tres limitaciones: Genio no puede matar a nadie, no puede resucitar a los muertos y no puede conseguir que nadie se enamore de nadie. ¡Es gracioso! Sí: gracioso pero realista… Dado el estrecho vínculo que existe entre el amor y la felicidad y el desarrollo personales, ¡qué gran infelicidad y frustración supondría el obligar a alguien a que se enamore de otra persona! Llegados a este punto, yo pregunto: ¿puede alguien encontrarme una persona a la que amar?
Cada mañana me levanto y empieza un nuevo día. Es cierto que cada día que pasa en nuestra vida, desde el momento en que nacemos, morimos un poco; esta apreciación se va haciendo más evidente con el paso de los años. Morimos un poco más aún si cabe cuando nos paramos a reflexionar, a pensar en nosotros mismos. Hay gente a la que ver su imagen reflejada en el espejo le incita a reflexionar sobre sí mismo; hay otros tantos que no: hay incluso personas a las que ver su imagen en el espejo les hace tomar conciencia, aún más si cabe, de lo maravillosa que es la naturaleza al concentrar tanta hermosura en un solo cuerpo. Pero eso corresponde a los superficiales. Yo me miro, me observo y tomo conciencia del paso del tiempo: cada vez tengo menos pelo y más entradas, me crece la papada, y mi piel se va arrugando. Es cierto: físicamente, también morimos un poco cada día. El cuerpo tiene que soportar el duro castigo de envejecer cada día. La vida nos da primero lo que luego poco a poco nos va quitando. Yo aún puedo considerarme joven, pero he visto cómo la vida, al ir avanzando, te roba el color del pelo, trocándotelo blanco, cuando no te lo retira; la boca se queda huera de dientes; el cuerpo poco a poco se va arrugando, consumiéndose y encorvándose. Y, a pesar de todo esto, cada mañana nos miramos en el espejo para afeitarnos, peinarnos o incluso para lavarnos los dientes, que ya se me dirá a mi que sentido tiene mirarse al espejo para higienizar nuestros molares… Así, cada mañana el espejo me hace tomar conciencia de que voy muriendo un poco… y grito «¡Oh, Dios!, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Estoy solo, muy solo, solísimo… ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?».
Trabajo mucho, trabajo duramente, invierto más de un tercio de mi vida en el trabajo… Bien es cierto que no es moralmente aceptable que yo me queje del trabajo: he visto los callos de las manos de los encofradores, manos insensibles a todo tipo de punciones o cortes; he visto el sudor emanar con fluidez al asfaltar una carretera durante las primeras horas de una tarde veraniega; he visto las deplorables condiciones, con la silicosis como espada de Damocles, en que se trabaja en las tétricas minas subterráneas; he visto el esfuerzo que supone arar un campo de vides, al tiempo que se reza para que los dioses que rigen el tiempo se pongan de acuerdo para que las condiciones permitan obtener una buena cosecha; he perdido la cuenta al computar las horas invertidas y los kilómetros recorridos por un transportista que lleva un camión cargado de combustible. Sin embargo, yo trabajo, trabajo mucho. Invierto muchas horas en desarrollar mi trabajo; y a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio traigo a mi casa la paga que gano… Y cada mañana, antes de irme a trabajar, me miro en el espejo de nuevo, y siempre la misma canción, siempre la misma rutina: «¡Oh, Dios!, ¡qué solo estoy! ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?». Es entonces, cuando uno se siente solo y toma conciencia de los problemas que pueda tener; es en esos momentos cuando, si en el colegio o en casa le inculcaron que existe un Dios bueno y todopoderoso, uno se acuerda de la Divina Providencia… Y se pasa, en cuestión de segundos, de vivir pendiente de uno mismo a sentirse más religioso que nunca. Dicen que ese proceso también le experimenta el que ve la muerte de cerca. ¡Triste comparación! Uno reza. ¡Oh, sí! Reza… «¡Señor y Dios mío! Mira que solo estoy por las noches… ¿Por qué no me mandas esta noche una buena mujer?» Y volvemos a la eterna pregunta: ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?
La gente al leerme dirá que estoy chiflado. La gente al leerme dirá que tengo el cerebro lleno de agua… Sí, ¿por qué no? Pero… Leed detenidamente la canción y ved si estoy loco o lo que he ido poniendo se ajusta a lo que cuenta la canción… ¡Si parece que está escrita por el malogrado Beto, de quien yo he ido poniendo las páginas de su cuaderno aquí, en lugar de por Freddie Mercury!… El amor puede ser una fuente de alegrías y de placeres; pero también un gran manantial de dolor y de frustración; puede dar sentido a una vida, de la misma forma que puede abocarla al fracaso. El amor es lanzar una moneda al aire: puede salirte gozo o puede salirte dolor; incluso hay quien dice que te puede salir canto… ¡Cada cual que interprete! Mientras, yo cada día sigo defendiendo los valores en los que creo; sigo opinando que el amor y la libertad son los motores principales que deberían regir todo movimiento espiritual del ser humano… Y en medio de todo este caos mental, lanzo la siguiente pregunta: ¿puede alguien buscarme una persona a la que amar? Que me disculpen Freddie Mercury, Roger Taylor, Brian May, John Deacon y George Michael, pero creo que, afortunadamente y aunque sé que hay muchas relaciones de amor que están cimentadas única y exclusivamente sobre dinero, la respuesta es NO. Alguien que no sea yo: ¡NO!
Y será mejor ni plantearse la respuesta a si puede alguien encontrarme una persona que me ame… La respuesta es más que evidente, aunque pueda parecer dolorosa…

¡Quiero volver a ser un padre!
A continuación, se recoge un episodio familiar cualquiera, de una familia cualquiera, residente en un lugar cualquiera. Los hechos que aquí se relatan, aunque en cierta forma puedan parecer exagerados, son desventuras diarias que tienen que afrontar la mayoría de las familias hoy día: padres ausentes por motivos de trabajo que se pierden buena parte de la infancia de sus hijos, hijos que se embarcan en sabe Dios qué conflictos, escasez de comunicación entre las partes,... Yo lo he traído aquí para que se lea y se tenga presente el final, dado que cuando en la vida se tiene un problema el primer paso siempre ha de ser tomar conciencia de la existencia y, una vez tomada, poner los medios para solventarlo.
—Torre de control… Aquí AIA205. Con ustedes a nivel de vuelo 3-2-0.
—Recibido, AIA205… Están en contacto con rádar. Nivel de vuelo 3-2-0.
—Hemos cumplido… ¿Y ustedes? Cambio…
—Negativo, 205. Las cuatro terminales de Madrid-Barajas están bajo mínimos. Mantengan la presente altitud y reduzcan la presente velocidad a 3-5-0 nudos.
—Recibido, gracias. Cambio.
—David, ¿cuándo crees que llegaremos? —, preguntó Carlos dirigiéndose a su copiloto de vuelo.
—Hacia las once, Carlos… Voy a perderme el cumpleaños de mi hijo.
—No te apures… Ya hace años que falto en esa fecha. Terminan por acostumbrarse.
Aquel avión aterrizó cuando solo faltaban diez minutos para alcanzar las once de la noche. Tras el desembarque de los pasajeros y cumplir el protocolo requerido, Carlos pudo abandonar el aeropuerto y tomar el transporte que le llevaría a su hogar, con el único objetivo de, al llegar, dar un beso, como muestra de afecto y saludo, a sus dos hijos y a su esposa para seguidamente acostarse y combatir así el tremendo cansancio que llevaba consigo.
Al llegar a casa, Carlos no encontró a nadie. Todas las luces estaban apagadas, lo que le sorprendió ingratamente dada la hora que era. Creyendo que pudiera tratarse de alguna broma o que su familia estuviera esperándole para darle alguna sorpresa, dado que llevaba varios días fuera de casa, Carlos dejó sus maletas a la entrada de la casa, encendió la luz, y, en un tono de cierta guasa, empezó a gritar con suavidad:
—¡Socorro! Me he perdido y busco un lugar donde pasar la noche… ¿Hay alguien?
Nadie contestó, nadie salió al ver la luz encendida. Extrañado, Carlos decidió empezar a recorrer las escasas habitaciones del piso, para así constatar que, efectivamente, en la casa no había nadie. Cuando se disponía a entrar en la cocina, María, su esposa, entraba por la puerta principal de la casa y, tras ella, Nico y Vicky, sus dos hijos. Nico, de unos veinte años, era alto y rubio; mientras Vicky, de unos dieciocho, era algo más menuda y de pelo algo más bruno. Ambos entraban algo apenados y cabizbajos.
—¡Hola, guapísima! —, exclamó Carlos al ver a su esposa, regalándole un beso—. ¿Dónde estabais? Empezaba a estar preocupado: acabo de llegar y no veía a nadie en casa…
—Venimos de la comisaría —, respondió María.
—¿De la comisaría! ¿Qué ha pasado?
—Habían detenido a Nico por agredir a un señor en su propio domicilio.
—¿Cómo?
—Tranquilo, la denuncia ha sido retirada, gracias a la mediación de Vicky… El hombre al que agredió es el padre de una de las compañeras de baile de Vicky y, al parecer, a pesar de que le doble la edad, es la actual pareja de nuestra hija…
Carlos, con evidentes muestras de incomprensión, miró por unos instantes a sus dos hijos, quienes, cabizbajos aún, no se atrevían a corresponder a la mirada paterna.
—Perdonadme… Estoy muy cansado y no esperaba encontrarme esto al llegar a casa… Me iré a descansar, mañana hablaremos… Buenas noches.
* * *
Media hora después, Carlos estaba semitumbado y abstraído en la cama, mientras su esposa se desvestía para ponerse el pijama y así poder meterse en el lecho matrimonial junto a su marido.
—¿Hace frío o lo tengo yo?
—Hace algo de frío… Por eso he subido un poco la calefacción… Ven, arrímate.
Carlos abrió su brazo y María se recostó contra él, para seguidamente cerrar su brazo, apretando suavemente el tórax de su esposa contra su pecho. Ambos estaban cubiertos por una manta y una sábana.
—Gracias, cariño… ¿Qué tienes ahí? —, preguntó señalando con la mirada hacia la otra mano de Carlos.
Carlos le mostró un hermoso reloj de bolsillo, bañado en oro y acompañado de una lujosa cadena de sujeción que pendía de su parte superior.
—Es el reloj de mi abuelo ¿No sabes qué día es hoy? Hoy hace cuatro años de la muerte de mi padre… No puedo evitar acordarme de él en una fecha tan señalada. A pesar de la escasa relación que manteníamos, a pesar de lo alejados que estábamos, su muerte me dolió mucho… ¡Todo parecía tan irreal! Lo mismo que me parece ahora. Yo intenté seguir unido a mi padre, pero él nunca entendió que yo quería vivir mi vida y que la vida que yo quería seguir estaba lejos de los planes que él tenía para mi en el negocio familiar… Durante años le escribí cartas y él nunca me contestó… Eso es precisamente lo que ahora me preocupa… Veo como Nico y Vicky se distancian de mí de la misma forma…
—No puedes comparar tu niñez con la de Nico y Vicky, no tiene nada que ver…
—¡Es lo mismo! Un padre es un padre para sus hijos… No importa donde esté…
—Sí.
—¡Me paso más de medio mes fuera de casa…!
—Sí, ya lo sé… Los pilotos no tienen mucho donde escoger…
—Pero los demás sí… Durante más de veinte años escribí cartas a mi padre pero nunca tuvimos ocasión para sentarnos a hablar… Eso es lo que me ocurre ahora con Nico y Vicky… ¡Apenas les veo! Y… ¿nosotros?
—¿Qué?
—Apenas tenemos tiempo para hacer el amor…
—Lo buscaremos… Tranquilo…
María dio un beso en los labios a Carlos, quien no apartaba de sus ojos esa niebla característica de quien está pensando; ojos abstraídos, propios de quien tiene la mente en un lugar distinto y distante de aquél en el que se encuentra su cuerpo… Carlos se levantó de la cama, se puso el albornoz y empezó a dar vueltas elípticas con la longitud que permitía el dormitorio…
—Me cuesta trabajo creer lo que me he encontrado hoy al llegar a casa… —, dijo mientras describía circunferencias con las manos sobre sus sienes —. Y parece que fue ayer cuando llegaba a casa tan cansado que ni siquiera quería hablar con los chicos…
—Bueno… Vicky va en busca de algo…
—Sí, Nico creo que también… Y además creo que, a pesar de ser mayor, tampoco está mejor. Dice que quiere ser arqueólogo y se pasa la vida vagando por los museos…
—Bueno, la madurez lleva su tiempo…
—¡No conseguirá nada positivo en la vida si no va a la Universidad! —, dijo elevando el tono de voz —. Estos chicos divagan…
Carlos se sentó en la cama y escondió su rostro tras las palmas de sus manos.
—¿Qué piensas?
—Pues… Pienso que pasarme los próximos diez años de mi vida sobrevolando el Atlántico a no se cuantos metros de altura no nos servirá de nada, excepto para pagar un montón de porquerías que no necesitamos y que no tendríamos si no viviéramos aquí, en la ciudad…
—Pero aquí, en la ciudad, es donde vivimos…
—Sí, así es… ¿Y el resultado? Examínalo tú misma: Vicky cree que la atamos; Nico se separa de nosotros sin ninguna dirección, y yo… ¡Empiezo a sentirme desconectado! Y…—, fijó durante unos segundos de silencio su mirada en María que tenía puesta en él toda su atención—. Y me enfado con mi familia y te grito a ti…
María se arrodilló sobre la cama, abrazando a su esposo por la espalda y dándole un beso en la mejilla.
—No sé… —, dijo en un tono muy suave—. Tal vez necesitemos unas vacaciones… Vacaciones en familia… Tranquilizarnos y resolver todo esto…
—¿Y luego qué? Cuando volvamos, cada uno por su lado, ¿de qué servirá? María, quiero volver a ser un padre y un marido… Necesitamos empezar de nuevo: un par de años más como éste y nuestra familia estará deshecha… Ayúdame en ello, ambos sentiremos el renacer de todo esto y volveremos a ser una familia…

—Torre de control… Aquí AIA205. Con ustedes a nivel de vuelo 3-2-0.
—Recibido, AIA205… Están en contacto con rádar. Nivel de vuelo 3-2-0.
—Hemos cumplido… ¿Y ustedes? Cambio…
—Negativo, 205. Las cuatro terminales de Madrid-Barajas están bajo mínimos. Mantengan la presente altitud y reduzcan la presente velocidad a 3-5-0 nudos.
—Recibido, gracias. Cambio.
—David, ¿cuándo crees que llegaremos? —, preguntó Carlos dirigiéndose a su copiloto de vuelo.
—Hacia las once, Carlos… Voy a perderme el cumpleaños de mi hijo.
—No te apures… Ya hace años que falto en esa fecha. Terminan por acostumbrarse.
Aquel avión aterrizó cuando solo faltaban diez minutos para alcanzar las once de la noche. Tras el desembarque de los pasajeros y cumplir el protocolo requerido, Carlos pudo abandonar el aeropuerto y tomar el transporte que le llevaría a su hogar, con el único objetivo de, al llegar, dar un beso, como muestra de afecto y saludo, a sus dos hijos y a su esposa para seguidamente acostarse y combatir así el tremendo cansancio que llevaba consigo.
Al llegar a casa, Carlos no encontró a nadie. Todas las luces estaban apagadas, lo que le sorprendió ingratamente dada la hora que era. Creyendo que pudiera tratarse de alguna broma o que su familia estuviera esperándole para darle alguna sorpresa, dado que llevaba varios días fuera de casa, Carlos dejó sus maletas a la entrada de la casa, encendió la luz, y, en un tono de cierta guasa, empezó a gritar con suavidad:
—¡Socorro! Me he perdido y busco un lugar donde pasar la noche… ¿Hay alguien?
Nadie contestó, nadie salió al ver la luz encendida. Extrañado, Carlos decidió empezar a recorrer las escasas habitaciones del piso, para así constatar que, efectivamente, en la casa no había nadie. Cuando se disponía a entrar en la cocina, María, su esposa, entraba por la puerta principal de la casa y, tras ella, Nico y Vicky, sus dos hijos. Nico, de unos veinte años, era alto y rubio; mientras Vicky, de unos dieciocho, era algo más menuda y de pelo algo más bruno. Ambos entraban algo apenados y cabizbajos.
—¡Hola, guapísima! —, exclamó Carlos al ver a su esposa, regalándole un beso—. ¿Dónde estabais? Empezaba a estar preocupado: acabo de llegar y no veía a nadie en casa…
—Venimos de la comisaría —, respondió María.
—¿De la comisaría! ¿Qué ha pasado?
—Habían detenido a Nico por agredir a un señor en su propio domicilio.
—¿Cómo?
—Tranquilo, la denuncia ha sido retirada, gracias a la mediación de Vicky… El hombre al que agredió es el padre de una de las compañeras de baile de Vicky y, al parecer, a pesar de que le doble la edad, es la actual pareja de nuestra hija…
Carlos, con evidentes muestras de incomprensión, miró por unos instantes a sus dos hijos, quienes, cabizbajos aún, no se atrevían a corresponder a la mirada paterna.
—Perdonadme… Estoy muy cansado y no esperaba encontrarme esto al llegar a casa… Me iré a descansar, mañana hablaremos… Buenas noches.
* * *
Media hora después, Carlos estaba semitumbado y abstraído en la cama, mientras su esposa se desvestía para ponerse el pijama y así poder meterse en el lecho matrimonial junto a su marido.
—¿Hace frío o lo tengo yo?
—Hace algo de frío… Por eso he subido un poco la calefacción… Ven, arrímate.
Carlos abrió su brazo y María se recostó contra él, para seguidamente cerrar su brazo, apretando suavemente el tórax de su esposa contra su pecho. Ambos estaban cubiertos por una manta y una sábana.
—Gracias, cariño… ¿Qué tienes ahí? —, preguntó señalando con la mirada hacia la otra mano de Carlos.
Carlos le mostró un hermoso reloj de bolsillo, bañado en oro y acompañado de una lujosa cadena de sujeción que pendía de su parte superior.
—Es el reloj de mi abuelo ¿No sabes qué día es hoy? Hoy hace cuatro años de la muerte de mi padre… No puedo evitar acordarme de él en una fecha tan señalada. A pesar de la escasa relación que manteníamos, a pesar de lo alejados que estábamos, su muerte me dolió mucho… ¡Todo parecía tan irreal! Lo mismo que me parece ahora. Yo intenté seguir unido a mi padre, pero él nunca entendió que yo quería vivir mi vida y que la vida que yo quería seguir estaba lejos de los planes que él tenía para mi en el negocio familiar… Durante años le escribí cartas y él nunca me contestó… Eso es precisamente lo que ahora me preocupa… Veo como Nico y Vicky se distancian de mí de la misma forma…
—No puedes comparar tu niñez con la de Nico y Vicky, no tiene nada que ver…
—¡Es lo mismo! Un padre es un padre para sus hijos… No importa donde esté…
—Sí.
—¡Me paso más de medio mes fuera de casa…!
—Sí, ya lo sé… Los pilotos no tienen mucho donde escoger…
—Pero los demás sí… Durante más de veinte años escribí cartas a mi padre pero nunca tuvimos ocasión para sentarnos a hablar… Eso es lo que me ocurre ahora con Nico y Vicky… ¡Apenas les veo! Y… ¿nosotros?
—¿Qué?
—Apenas tenemos tiempo para hacer el amor…
—Lo buscaremos… Tranquilo…
María dio un beso en los labios a Carlos, quien no apartaba de sus ojos esa niebla característica de quien está pensando; ojos abstraídos, propios de quien tiene la mente en un lugar distinto y distante de aquél en el que se encuentra su cuerpo… Carlos se levantó de la cama, se puso el albornoz y empezó a dar vueltas elípticas con la longitud que permitía el dormitorio…
—Me cuesta trabajo creer lo que me he encontrado hoy al llegar a casa… —, dijo mientras describía circunferencias con las manos sobre sus sienes —. Y parece que fue ayer cuando llegaba a casa tan cansado que ni siquiera quería hablar con los chicos…
—Bueno… Vicky va en busca de algo…
—Sí, Nico creo que también… Y además creo que, a pesar de ser mayor, tampoco está mejor. Dice que quiere ser arqueólogo y se pasa la vida vagando por los museos…
—Bueno, la madurez lleva su tiempo…
—¡No conseguirá nada positivo en la vida si no va a la Universidad! —, dijo elevando el tono de voz —. Estos chicos divagan…
Carlos se sentó en la cama y escondió su rostro tras las palmas de sus manos.
—¿Qué piensas?
—Pues… Pienso que pasarme los próximos diez años de mi vida sobrevolando el Atlántico a no se cuantos metros de altura no nos servirá de nada, excepto para pagar un montón de porquerías que no necesitamos y que no tendríamos si no viviéramos aquí, en la ciudad…
—Pero aquí, en la ciudad, es donde vivimos…
—Sí, así es… ¿Y el resultado? Examínalo tú misma: Vicky cree que la atamos; Nico se separa de nosotros sin ninguna dirección, y yo… ¡Empiezo a sentirme desconectado! Y…—, fijó durante unos segundos de silencio su mirada en María que tenía puesta en él toda su atención—. Y me enfado con mi familia y te grito a ti…
María se arrodilló sobre la cama, abrazando a su esposo por la espalda y dándole un beso en la mejilla.
—No sé… —, dijo en un tono muy suave—. Tal vez necesitemos unas vacaciones… Vacaciones en familia… Tranquilizarnos y resolver todo esto…
—¿Y luego qué? Cuando volvamos, cada uno por su lado, ¿de qué servirá? María, quiero volver a ser un padre y un marido… Necesitamos empezar de nuevo: un par de años más como éste y nuestra familia estará deshecha… Ayúdame en ello, ambos sentiremos el renacer de todo esto y volveremos a ser una familia…

Aún recuerdo que un día te amé...
Galicia es tierra rociada y glauca, es tierra de acogida y de aroma lozano, es tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Esta misteriosa historia que aquí he recogido, acaso milagrosa, la conocí en uno de mis viajes a la hermosa tierra gallega, cerca del lugar donde se dice que aconteció. Sin entrar a valorar cuánto de cierto o de falso hay en ella, yo aquí la transcribo para que sea de ella lo que tú, que me lees, quieras que sea...
I
—Camareiro, ponme outra copa.
—Pero hombre, si ésta ya era la sexta… Está usted completamente borracho; creo que es mejor que se vaya a casa y no beba más…
—Ponme outra, por favor... ¡Ah! Y deja la botella aquí, a mi lado; me temo que será el único consuelo que me quede esta noche…
—Pague las anteriores y, entonces, empezaremos a hablar, que creo que lleva usted una cogorza encima, que no va a saber ni contar el dinero…
—Lo siento, pero no me queda ni un duro…
—¡Qué no tiene con qué pagarme?
—Perdí todo el dinero que llevaba, y un buen pellizco que no llevaba, jugando con profesionales en un estúpido juego de azar. ¡Me han engañado! Una vez más, la suerte no ha estado de mi lado… Pero bueno… Te puedo contar mi vida de nuevo…
—Ya me la ha contado antes… Y me temo que aquí de eso no se come.
—Tranquilo. Eu pagarei, non che preocupes...
—No, si yo no me preocupo… Pero mi jefe sí que se preocupa. Él es de ésos a los que les gusta que los clientes le paguen sus consumiciones… Y también le gusta que, al final del día, la caja le cuadre.
—Llámale y dile que venga… Contareille a el a miña historia…
—Dudo mucho que le interese… No se lo tome a mal pero —, el camarero se arrimó a Antonio para acrecentar la confidencialidad, al tiempo que bajaba su tono de voz —, dudo que esa historia del viejo molino, el pantano y la chica que duerme en el fondo le interese a mi jefe. Mi jefe no sabe valorar esas cosas…
—Bueno, en ese caso… Ponme outra copa, é o único que pido.
—No… Además, son ya casi las cinco… ¡Vamos a cerrar!
La conversación se siguió desenvolviendo en el marco de lo que hasta ahora se ha contado: Antonio dispuesto a conseguir la copa, el camarero no dispuesto a dársela. Sea como fuere, lo cierto es que Antonio acabó tirado a la puerta del local, levantándose como buenamente pudo para que, guiado por la luna, iniciara el camino de retorno que le había de conducir a su casa.
Era una hora algo extraña: era muy temprano para que saliera el sol, pero ya era demasiado tarde para plantearse hacer cualquier cosa para esa noche. Quedaría como una hora para que amaneciera, si bien el ambiente denotaba que el aliento nocturno ya exhalaba sus últimos suspiros, antes de que empezaran a aparecer los primeros haces de luz.
Antonio había salido de fiesta con sus amigos. Él no quería, estaba triste y cansado; no le apetecía. Sin embargo, ellos le convencieron diciéndole que le iban a buscar una chica estupenda que le ayudara a hacer borrón y cuenta nueva o, de no ser así, al menos sí darse un buen homenaje, aunque solo fuera por una noche. Sin embargo, del grupo de cuatro que salieron, el único que acabó la noche sin encontrar pareja fue el propio Antonio: uno encontró una chica con la que se retiró sin decir a dónde iba, y los otros dos acabaron en sendas habitaciones de un prostíbulo, uno con una morena y otro con una rubia, pagando al amanecer una importante suma por los servicios prestados. Hay determinados placeres que cuestan dinero, especialmente cuando para ello se convierte en un simple y burdo objeto a una mujer.
Solo, después de que sus amigos cambiaran su compañía por la de una fémina, decidió emprender por su cuenta una ruta de bares, como la que años atrás tanto gustaba recorrer. Sin embargo, perdió el rumbo en el tercer bar; la lluvia, además, contribuyó a que se extraviara por las calles en ese desorientado itinerario. Desde entonces, hablaba con quien no contestaba, contestaba él a quien creía que le hablaba e ignoraba a las pocas personas que tenían intención de hablarle o ayudarle.
Ebrio y desconsolado… En ese estado acababa Antonio la noche. Iba borracho, sí, no hay por qué negarlo; no tiene sentido contradecir lo que es más que evidente… Pero no solo eran las copas lo que justificaba semejante estado de embriaguez. Antonio estaba borracho de la vida, porque esa fuerza interna sustancial mediante la cual obra todo ser que la posee, para él ya había dejado de ser fuerza, convirtiéndose en debilidad… Y es que la vida no siempre trata a cada cual como se merece… Lo suyo entonces era auténtico desaliento. ¡Triste situación la del desaliento! Alguien dijo alguna vez que la vida es como un viaje por mar, dado que hay días de calma y días de borrasca… Cierto es… La pena es que el barco de Antonio iba a la deriva surcando negros mares, sin timón ni capitán; el capitán se arrojó por la borda, ahogándose en lo más profundo del océano meses atrás. Vivir es nacer a cada instante; es saber experimentar permanentemente, como el Ave Fénix, ese proceso de renacer para hacerse a uno mismo… Antonio se había salido de ese proceso, y poco a poco se estaba matando a sí mismo… Guardaba algo dentro, que le iba minando el espíritu a pasos agigantados. Estaba borracho de sinvivir, más que de la vida, y también ebrio de desilusión: todo aquél que tiene una razón para vivir puede soportar cualquier forma de hacerlo; el problema se plantea cuando uno, como le ocurría a Antonio, considera que ya ha perdido toda razón para seguir viviendo. ¿Ilusión, para qué? ¿Qué sentido podía encontrar alguien como Antonio a una esperanza carente de fundamento real? Los humanos, como toda especie viva, somos mortales; pero lo que nos diferencia de los animales es el hecho de ser los únicos que, al parecer, tenemos conciencia de que hemos de morir. Sin embargo, hay gente que muere antes de morir, muere aún estando viva… Existencia vacía, existencia muerta, existencia negra…
Ebrio y desconsolado; con la visión un tanto nublada pero con la memoria bastante fresca, Antonio volvió al lugar donde siempre acababa, donde guardaba todos sus bienes y alguna otra cosa que se había ido encontrando, donde dormía y se despertaba, donde unas veces lloraba y otras reía… Donde él siempre esperaba. Pero, al llegar, a él nadie le estaba esperando: nadie había durmiendo y, por supuesto, nadie se despertó a su llegada; nadie lloraba, nadie reía… Lo único que le esperaba, si es que así se puede decir, era una carta y un buen fajo de propaganda en el buzón de correos y, para colmo de males, la carta no era para él: el cartero la había extraviado, depositándola por error en su buzón.
Su casa era pequeña y denotaba cierto abandono: muebles semirrotos y sucios, botellas de cristal caídas por el suelo, paredes de tonos desigualmente difuminados con manchas lóbregas, un par de sillas tiradas y una tercera con la tapicería resquebrajada. Antonio, al entrar, se dirigió directamente a su dormitorio, donde las arrugas de las sábanas revelaban que debía llevar cerca de una semana sin hacer la cama. Sin cambiarse de ropa y sin ni siquiera quitarse los zapatos, Antonio se tumbó en la cama quedándose, en cuestión de segundos, dormido.
En la mesilla guardaba una colección de fotos, todas ellas boca abajo. Eran fotos que él no quería mirar, para evitar que afloraran recuerdos, pero que, a su vez, conservaba ahí, pues creía que así ahuyentaba las pesadillas nocturnas que le podían visitar a altas horas de la madrugada.
Cuando mediado el día siguiente se despertó, Antonio escrutó la hora y, tras constatar la magnitud del tremendo dolor de cabeza con el que iba a tener que cargar, levantó una de las fotos que boca abajo había sobre la mesilla, mirándola durante unos segundos con fijación. En ella se veía a una mujer hermosa, joven, abrazada a un hombre, que en realidad era el propio Antonio. Ella era una mujer de cabellos brunos y alisados, con un cuerpo divinamente estilizado con arreglo a los proporciones que dictamina la sublime hermosura estética, y con una piel clara y tierna; ojos azabachados, llenos de vida y transmisores de una mirada penetrante; mejillas dulcemente sonrosadas, nariz afilada con suavidad y mentón finamente contorneado.
—Maribel… —, exclamó suspirando al contemplar la foto —. ¡Maribel, maldita sea!
Antonio arrojó entonces, con cuanta fuerza le aportó su furia, la foto contra la pared que tenía en frente, lo que hizo pedazos el marco y el cristal de protección, que cayeron inmediatamente al suelo; cayeron sobre un montón de pequeños trozos de madera, cristales rotos y fotos malogradas, lo que denotaba que no era la primera vez que Antonio destrozaba una foto siguiendo el mismo proceso.
Seguidamente, nuestro joven se levantó, cogió su vieja guitarra colgándosela a la espalda y salió de su casa cerrando la puerta, pero sin echar la llave a la misma…
II
Antonio abandonó la ciudad a toda velocidad y llegó corriendo hasta el pantano, con la guitarra colgada a su espalda. Muchos eran los bañistas que allí acudían a zambullirse en las aguas. En la orilla del lago a la que él llegó, se levantaba un majestuoso molino de viento abandonado, antaño moledor del grano de nuestro pan de cada día. Era una zona eminentemente arbórea y tranquila. El sol poniente dejaba un reflejo dorado en el verde sombrío, algo bruno, de los árboles venerables: los cedros, los sauces y los cipreses, que contaban la edad del molino, poblaban la parte trasera de un viejo jardín sin flores, abandonado y rancio, como rancia era la madera de las aspas del molino. Tras el jardín había unos pastos, que hacían que la zona fuera frecuentemente visitada por pastores acompañando al ganado.
Solo, casi sin sentido, en parte adormecido y en parte levitando, Antonio caminaba por la orilla del pantano, buscando el lugar propicio para sentarse. Según iba bordeando el pantano, Antonio empezó a hablar, dirigiéndose aparentemente al interior del mismo:
—¡Maribel! Hola, Maribel… Soy yo: Antonio… Sí, tu Antonio. He venido a verte… No podía resistir más y he venido hasta aquí, junto al molino, para verte. He traído la guitarra conmigo, mírala, la llevo colgada de mi espalda.
Antonio se sentó sobre una peña que había en la orilla, y, mientras dejaba caer dos lágrimas por sus mejillas, colocó la guitarra sobre sus piernas y siguió hablando.
—Maribel, amor mío, mi vida es un desastre… Sin ti no soy nada, sin ti mi mundo está vacío. ¡Qué desgraciado soy! Desde aquel día que vinimos aquí a bañarnos, mi vida dejó de ser vida… ¡con lo que nos gustaba venir aquí! ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando nos sorprendía la lluvia en nuestros paseos y nos escondíamos en el interior del viejo molino? ¿Recuerdas aquel día en que los rayos de sol que vinieron tras la lluvia, nos sorprendieron a través del ventanuco, haciendo el amor dentro del molino? ¿Recuerdas que susto el día que estábamos recogidos dentro del molino y, al levantarse el viento, se rompió la soga de sujeción y las aspas del molino empezaron a moverse? A pesar de que nos encantaba bañarnos en el pantano, este sitio era aún más atractivo para nosotros cuando llovía…
»Aún no me explico cómo pudo pasar, aún no entiendo qué sucedió… ¡Eras una excelente nadadora! ¿Qué te pasó? ¿Qué te retuvo para impedirte salir? Cuando tú te sumergiste en estas aguas, yo me hundí también; mi alma se ahogó contigo. Desde entonces no hay nada en el mundo que suscite mi interés. ¡Desventurado de mí, que no tengo a quien acudir en mi desgracia…! Que vivo perseguido por tu propia muerte, y la muerte me está matando. Desde que te ahogaste, nuestra cama está vacía. Cuando por las noches me acuesto y cierro los ojos, solo me vienen a la mente dos imágenes: tu cuerpo y el agua. Sí: tu cuerpo, Maribel, tu cuerpo. Tu cuerpo desnudo tumbado, junto a mí, en nuestra cama. Cuando creo que me aproximo a poder tocar de nuevo tu cuerpo, veo, al fondo, las aguas del pantano. Aguas infinitas, aguas que se pierden en el horizonte, aguas que llegan hasta los confines de lo que mi ojo alcanza a ver y hasta lo más remoto que mi mente puede concebir…
»Hace ya días que no vengo aquí cuando llueve pero, a pesar de esto, entre la bruma que siempre acompaña a este charco, voy siguiendo lo que creo que son tus pasos… Por eso estoy aquí, y por eso te canto…

Al comenzar a moverse sus ágiles manos, su guitarra empezó a sonar. Las seis cuerdas resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que poco a poco se fue perdiendo, como si se tratara de una voluta de humo. Comenzó entonces a sonar una armoniosa melodía, que nacía del punteo que Antonio le daba a la propia guitarra: aquello parecía una colección de himnos, cada uno con vida propia que, al confundirse, formaban uno solo, cuya melodía hechizaba a quien lo oyera. Las notas parecían flotar sobre las aguas del pantano y éstas parecía como si empezaran a responder al compás de las cadencias formando pequeñas olas.
Poco a poco, la combinación de notas se fue simplificando, mientras Antonio empezaba a cantar murmurando con suavidad, acompañando así a su propia música. Las aguas se iban agitando progresivamente, ante tan magna explosión de armonía: la naturaleza parecía estremecerse, mientras los pájaros y el aire parecían unirse al himno embelesador. Suavemente, el volumen del himno fue decreciendo, si bien el éxtasis generado a su alrededor permanecía… Dos ancianos paseantes, que merodeaban por la zona, observaban a Antonio a hurtadillas desde hacía un rato. Asombrados por la vida y la belleza transmitida por su guitarra, decidieron acercarse a saludarle:
—Mozo, ¿falabas antes?
—Así es…
—¿Y ahora cantas?
—Naturalmente…
—Y, si no es indiscreción, ¿con quién hablabas?
—Con ella…
—¡Ah! Con ella…—, dijo el anciano mirando al otro, señalando al joven como si estuviera loco—. Con ella…
—Sí, con ella —, dijo Antonio interrumpiendo la melodía de su guitarra y dirigiendo su mirada a los dos ancianos —. Con ella —, añadió señalando con su dedo índice hacia el interior del estanque.
Antonio constató el gesto de incomprensión de los dos hombres y siguió hablando:
—Vive ahí, estoy seguro. Las sombras me contaron que, entre estas cristalinas aguas, ella por siempre sumergida estará… Y ahí, en el fondo del pantano vive. Ahí viven sus ojos oscuros, su pelo moreno, su carácter afable y bondadoso; toda ella vive ahí. Por eso vengo hasta aquí, a cantar las canciones que a ella tanto le gustaban. Cuando se levanta el viento, y las aspas del molino empiezan a moverse, se forman pequeñas olas en la orilla a través de las cuales ella ha llegado a hablarme.
Antonio volvió a retomar su melodía, clavando su mirada de nuevo en el pantano.
—En los días en que las aguas estaban más calmadas, extasiada quizás al oírme entonar sus canciones favoritas, o deseosa tal vez de reencontrarse conmigo, he llegado a ver su mano saliendo sobre la superficie del agua, como si me la estuviera tendiendo… He llegado a ver su mano en dos ocasiones y no puedo rechazarla por más tiempo… Miren, ¿ven ustedes aquellos sauces que hay detrás del molino?
—Sí, son sauces llorones.
—Exacto… Son sauces llorones, sauces que lloran… Lloran porque, entre sus propias ramas, Maribel fue mía por primera vez. Bajo sus ramas, Maribel me regaló el primer beso.
Sin despedirse de él, los dos ancianos retomaron su paseo, dejando allí solo a Antonio, pues creyeron que estaba chiflado. Antonio entonces agudizó el tono de su himno, dándole una mayor fuerza y un cierto aire celestial. La música volvía a hacerse fuerte, pudiendo percibirse en varios metros a la redonda, mientras él la acompañaba de nuevo murmurando. Entonces, él mismo se sintió extasiar: sin morir, parecía entonces como si definitivamente su alma empezara a separarse de su cuerpo... En ese momento, Antonio entonó, al compás de su propia pieza, unos versos que pudieron ser percibidos por quien le estuviera escuchando:
—Aunque el tiempo ha pasado,
sé que esperándome estás.
¡Hoy las aguas profundas
para mi se abrirán…!
Seguidamente sonó un gran chapoteo, como si una gran piedra hubiera caído sobre el agua. Cuando aquellos dos ancianos paseantes se asomaron, mirando por encima de los matorrales, ya no encontraron a Antonio… Se acercaron hacia donde él estaba, pero tan solo pudieron ver su vieja guitarra, que, además, estaba parcialmente rota. Al fondo, junto al molino, un pastor corría de forma alocada y desorientada; mientras el ganado se le espantaba.
III
De Antonio nunca más se supo.
Aquel pastor fue internado en un centro psiquiátrico, pues todos le creían loco. Aseguraba haber visto cómo, de entre las aguas, surgía una mano suave y nívea, como la nieve que copa las montañas en invierno; una mano femenina que se tendía en señal de afecto y acogida. También decía que vio cómo el joven que cantaba, al son de su propia guitarra, correspondió al gesto de dicha mano, siendo inmediatamente absorbido, sin ejercer ningún tipo de resistencia, ni mostrar, durante los segundos siguientes, ninguna intención de oponerse al deseo de absorción hacia el interior del lago. Eso decía haber visto el pobre pastor, y le creyeron loco…
Desde entonces, un halo de misterio envuelve al pantano, allá junto al viejo molino. Los pastores, por miedo, no dejan solo al ganado en aquella zona y cuando transitan por allí, lo hacen con cautela y a plena luz del día. Los famosos sauces que había junto al molino, llorones en su día, ya no lagrimean: sus ramas hoy son fuertes y erguidas, mientras sus copas se abren hacia el cielo, siempre hacia arriba.
Hay quien asegura haber oído, en el crepúsculo de alguna tarde primaveral, el canto al unísono de un hombre y una mujer procedente del interior de las aguas, lo que ha generado la creencia de que sus espíritus viven aprisionados y sumergidos en la profundidad de las aguas del pantano. Yo no sé, en verdad, qué crédito darle a esta última parte de la historia; pero la verdad es que, desde aquel día, ningún bañista ha vuelto a sumergirse en las sombrías aguas del pantano, en el acogedor margen que hay junto a las ruinas del viejo molino.

I
—Camareiro, ponme outra copa.
—Pero hombre, si ésta ya era la sexta… Está usted completamente borracho; creo que es mejor que se vaya a casa y no beba más…
—Ponme outra, por favor... ¡Ah! Y deja la botella aquí, a mi lado; me temo que será el único consuelo que me quede esta noche…
—Pague las anteriores y, entonces, empezaremos a hablar, que creo que lleva usted una cogorza encima, que no va a saber ni contar el dinero…
—Lo siento, pero no me queda ni un duro…
—¡Qué no tiene con qué pagarme?
—Perdí todo el dinero que llevaba, y un buen pellizco que no llevaba, jugando con profesionales en un estúpido juego de azar. ¡Me han engañado! Una vez más, la suerte no ha estado de mi lado… Pero bueno… Te puedo contar mi vida de nuevo…
—Ya me la ha contado antes… Y me temo que aquí de eso no se come.
—Tranquilo. Eu pagarei, non che preocupes...
—No, si yo no me preocupo… Pero mi jefe sí que se preocupa. Él es de ésos a los que les gusta que los clientes le paguen sus consumiciones… Y también le gusta que, al final del día, la caja le cuadre.
—Llámale y dile que venga… Contareille a el a miña historia…
—Dudo mucho que le interese… No se lo tome a mal pero —, el camarero se arrimó a Antonio para acrecentar la confidencialidad, al tiempo que bajaba su tono de voz —, dudo que esa historia del viejo molino, el pantano y la chica que duerme en el fondo le interese a mi jefe. Mi jefe no sabe valorar esas cosas…
—Bueno, en ese caso… Ponme outra copa, é o único que pido.
—No… Además, son ya casi las cinco… ¡Vamos a cerrar!
La conversación se siguió desenvolviendo en el marco de lo que hasta ahora se ha contado: Antonio dispuesto a conseguir la copa, el camarero no dispuesto a dársela. Sea como fuere, lo cierto es que Antonio acabó tirado a la puerta del local, levantándose como buenamente pudo para que, guiado por la luna, iniciara el camino de retorno que le había de conducir a su casa.
Era una hora algo extraña: era muy temprano para que saliera el sol, pero ya era demasiado tarde para plantearse hacer cualquier cosa para esa noche. Quedaría como una hora para que amaneciera, si bien el ambiente denotaba que el aliento nocturno ya exhalaba sus últimos suspiros, antes de que empezaran a aparecer los primeros haces de luz.
Antonio había salido de fiesta con sus amigos. Él no quería, estaba triste y cansado; no le apetecía. Sin embargo, ellos le convencieron diciéndole que le iban a buscar una chica estupenda que le ayudara a hacer borrón y cuenta nueva o, de no ser así, al menos sí darse un buen homenaje, aunque solo fuera por una noche. Sin embargo, del grupo de cuatro que salieron, el único que acabó la noche sin encontrar pareja fue el propio Antonio: uno encontró una chica con la que se retiró sin decir a dónde iba, y los otros dos acabaron en sendas habitaciones de un prostíbulo, uno con una morena y otro con una rubia, pagando al amanecer una importante suma por los servicios prestados. Hay determinados placeres que cuestan dinero, especialmente cuando para ello se convierte en un simple y burdo objeto a una mujer.
Solo, después de que sus amigos cambiaran su compañía por la de una fémina, decidió emprender por su cuenta una ruta de bares, como la que años atrás tanto gustaba recorrer. Sin embargo, perdió el rumbo en el tercer bar; la lluvia, además, contribuyó a que se extraviara por las calles en ese desorientado itinerario. Desde entonces, hablaba con quien no contestaba, contestaba él a quien creía que le hablaba e ignoraba a las pocas personas que tenían intención de hablarle o ayudarle.
Ebrio y desconsolado… En ese estado acababa Antonio la noche. Iba borracho, sí, no hay por qué negarlo; no tiene sentido contradecir lo que es más que evidente… Pero no solo eran las copas lo que justificaba semejante estado de embriaguez. Antonio estaba borracho de la vida, porque esa fuerza interna sustancial mediante la cual obra todo ser que la posee, para él ya había dejado de ser fuerza, convirtiéndose en debilidad… Y es que la vida no siempre trata a cada cual como se merece… Lo suyo entonces era auténtico desaliento. ¡Triste situación la del desaliento! Alguien dijo alguna vez que la vida es como un viaje por mar, dado que hay días de calma y días de borrasca… Cierto es… La pena es que el barco de Antonio iba a la deriva surcando negros mares, sin timón ni capitán; el capitán se arrojó por la borda, ahogándose en lo más profundo del océano meses atrás. Vivir es nacer a cada instante; es saber experimentar permanentemente, como el Ave Fénix, ese proceso de renacer para hacerse a uno mismo… Antonio se había salido de ese proceso, y poco a poco se estaba matando a sí mismo… Guardaba algo dentro, que le iba minando el espíritu a pasos agigantados. Estaba borracho de sinvivir, más que de la vida, y también ebrio de desilusión: todo aquél que tiene una razón para vivir puede soportar cualquier forma de hacerlo; el problema se plantea cuando uno, como le ocurría a Antonio, considera que ya ha perdido toda razón para seguir viviendo. ¿Ilusión, para qué? ¿Qué sentido podía encontrar alguien como Antonio a una esperanza carente de fundamento real? Los humanos, como toda especie viva, somos mortales; pero lo que nos diferencia de los animales es el hecho de ser los únicos que, al parecer, tenemos conciencia de que hemos de morir. Sin embargo, hay gente que muere antes de morir, muere aún estando viva… Existencia vacía, existencia muerta, existencia negra…
Ebrio y desconsolado; con la visión un tanto nublada pero con la memoria bastante fresca, Antonio volvió al lugar donde siempre acababa, donde guardaba todos sus bienes y alguna otra cosa que se había ido encontrando, donde dormía y se despertaba, donde unas veces lloraba y otras reía… Donde él siempre esperaba. Pero, al llegar, a él nadie le estaba esperando: nadie había durmiendo y, por supuesto, nadie se despertó a su llegada; nadie lloraba, nadie reía… Lo único que le esperaba, si es que así se puede decir, era una carta y un buen fajo de propaganda en el buzón de correos y, para colmo de males, la carta no era para él: el cartero la había extraviado, depositándola por error en su buzón.
Su casa era pequeña y denotaba cierto abandono: muebles semirrotos y sucios, botellas de cristal caídas por el suelo, paredes de tonos desigualmente difuminados con manchas lóbregas, un par de sillas tiradas y una tercera con la tapicería resquebrajada. Antonio, al entrar, se dirigió directamente a su dormitorio, donde las arrugas de las sábanas revelaban que debía llevar cerca de una semana sin hacer la cama. Sin cambiarse de ropa y sin ni siquiera quitarse los zapatos, Antonio se tumbó en la cama quedándose, en cuestión de segundos, dormido.
En la mesilla guardaba una colección de fotos, todas ellas boca abajo. Eran fotos que él no quería mirar, para evitar que afloraran recuerdos, pero que, a su vez, conservaba ahí, pues creía que así ahuyentaba las pesadillas nocturnas que le podían visitar a altas horas de la madrugada.
Cuando mediado el día siguiente se despertó, Antonio escrutó la hora y, tras constatar la magnitud del tremendo dolor de cabeza con el que iba a tener que cargar, levantó una de las fotos que boca abajo había sobre la mesilla, mirándola durante unos segundos con fijación. En ella se veía a una mujer hermosa, joven, abrazada a un hombre, que en realidad era el propio Antonio. Ella era una mujer de cabellos brunos y alisados, con un cuerpo divinamente estilizado con arreglo a los proporciones que dictamina la sublime hermosura estética, y con una piel clara y tierna; ojos azabachados, llenos de vida y transmisores de una mirada penetrante; mejillas dulcemente sonrosadas, nariz afilada con suavidad y mentón finamente contorneado.
—Maribel… —, exclamó suspirando al contemplar la foto —. ¡Maribel, maldita sea!
Antonio arrojó entonces, con cuanta fuerza le aportó su furia, la foto contra la pared que tenía en frente, lo que hizo pedazos el marco y el cristal de protección, que cayeron inmediatamente al suelo; cayeron sobre un montón de pequeños trozos de madera, cristales rotos y fotos malogradas, lo que denotaba que no era la primera vez que Antonio destrozaba una foto siguiendo el mismo proceso.
Seguidamente, nuestro joven se levantó, cogió su vieja guitarra colgándosela a la espalda y salió de su casa cerrando la puerta, pero sin echar la llave a la misma…
II
Antonio abandonó la ciudad a toda velocidad y llegó corriendo hasta el pantano, con la guitarra colgada a su espalda. Muchos eran los bañistas que allí acudían a zambullirse en las aguas. En la orilla del lago a la que él llegó, se levantaba un majestuoso molino de viento abandonado, antaño moledor del grano de nuestro pan de cada día. Era una zona eminentemente arbórea y tranquila. El sol poniente dejaba un reflejo dorado en el verde sombrío, algo bruno, de los árboles venerables: los cedros, los sauces y los cipreses, que contaban la edad del molino, poblaban la parte trasera de un viejo jardín sin flores, abandonado y rancio, como rancia era la madera de las aspas del molino. Tras el jardín había unos pastos, que hacían que la zona fuera frecuentemente visitada por pastores acompañando al ganado.
Solo, casi sin sentido, en parte adormecido y en parte levitando, Antonio caminaba por la orilla del pantano, buscando el lugar propicio para sentarse. Según iba bordeando el pantano, Antonio empezó a hablar, dirigiéndose aparentemente al interior del mismo:
—¡Maribel! Hola, Maribel… Soy yo: Antonio… Sí, tu Antonio. He venido a verte… No podía resistir más y he venido hasta aquí, junto al molino, para verte. He traído la guitarra conmigo, mírala, la llevo colgada de mi espalda.
Antonio se sentó sobre una peña que había en la orilla, y, mientras dejaba caer dos lágrimas por sus mejillas, colocó la guitarra sobre sus piernas y siguió hablando.
—Maribel, amor mío, mi vida es un desastre… Sin ti no soy nada, sin ti mi mundo está vacío. ¡Qué desgraciado soy! Desde aquel día que vinimos aquí a bañarnos, mi vida dejó de ser vida… ¡con lo que nos gustaba venir aquí! ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando nos sorprendía la lluvia en nuestros paseos y nos escondíamos en el interior del viejo molino? ¿Recuerdas aquel día en que los rayos de sol que vinieron tras la lluvia, nos sorprendieron a través del ventanuco, haciendo el amor dentro del molino? ¿Recuerdas que susto el día que estábamos recogidos dentro del molino y, al levantarse el viento, se rompió la soga de sujeción y las aspas del molino empezaron a moverse? A pesar de que nos encantaba bañarnos en el pantano, este sitio era aún más atractivo para nosotros cuando llovía…
»Aún no me explico cómo pudo pasar, aún no entiendo qué sucedió… ¡Eras una excelente nadadora! ¿Qué te pasó? ¿Qué te retuvo para impedirte salir? Cuando tú te sumergiste en estas aguas, yo me hundí también; mi alma se ahogó contigo. Desde entonces no hay nada en el mundo que suscite mi interés. ¡Desventurado de mí, que no tengo a quien acudir en mi desgracia…! Que vivo perseguido por tu propia muerte, y la muerte me está matando. Desde que te ahogaste, nuestra cama está vacía. Cuando por las noches me acuesto y cierro los ojos, solo me vienen a la mente dos imágenes: tu cuerpo y el agua. Sí: tu cuerpo, Maribel, tu cuerpo. Tu cuerpo desnudo tumbado, junto a mí, en nuestra cama. Cuando creo que me aproximo a poder tocar de nuevo tu cuerpo, veo, al fondo, las aguas del pantano. Aguas infinitas, aguas que se pierden en el horizonte, aguas que llegan hasta los confines de lo que mi ojo alcanza a ver y hasta lo más remoto que mi mente puede concebir…
»Hace ya días que no vengo aquí cuando llueve pero, a pesar de esto, entre la bruma que siempre acompaña a este charco, voy siguiendo lo que creo que son tus pasos… Por eso estoy aquí, y por eso te canto…

Al comenzar a moverse sus ágiles manos, su guitarra empezó a sonar. Las seis cuerdas resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que poco a poco se fue perdiendo, como si se tratara de una voluta de humo. Comenzó entonces a sonar una armoniosa melodía, que nacía del punteo que Antonio le daba a la propia guitarra: aquello parecía una colección de himnos, cada uno con vida propia que, al confundirse, formaban uno solo, cuya melodía hechizaba a quien lo oyera. Las notas parecían flotar sobre las aguas del pantano y éstas parecía como si empezaran a responder al compás de las cadencias formando pequeñas olas.
Poco a poco, la combinación de notas se fue simplificando, mientras Antonio empezaba a cantar murmurando con suavidad, acompañando así a su propia música. Las aguas se iban agitando progresivamente, ante tan magna explosión de armonía: la naturaleza parecía estremecerse, mientras los pájaros y el aire parecían unirse al himno embelesador. Suavemente, el volumen del himno fue decreciendo, si bien el éxtasis generado a su alrededor permanecía… Dos ancianos paseantes, que merodeaban por la zona, observaban a Antonio a hurtadillas desde hacía un rato. Asombrados por la vida y la belleza transmitida por su guitarra, decidieron acercarse a saludarle:
—Mozo, ¿falabas antes?
—Así es…
—¿Y ahora cantas?
—Naturalmente…
—Y, si no es indiscreción, ¿con quién hablabas?
—Con ella…
—¡Ah! Con ella…—, dijo el anciano mirando al otro, señalando al joven como si estuviera loco—. Con ella…
—Sí, con ella —, dijo Antonio interrumpiendo la melodía de su guitarra y dirigiendo su mirada a los dos ancianos —. Con ella —, añadió señalando con su dedo índice hacia el interior del estanque.
Antonio constató el gesto de incomprensión de los dos hombres y siguió hablando:
—Vive ahí, estoy seguro. Las sombras me contaron que, entre estas cristalinas aguas, ella por siempre sumergida estará… Y ahí, en el fondo del pantano vive. Ahí viven sus ojos oscuros, su pelo moreno, su carácter afable y bondadoso; toda ella vive ahí. Por eso vengo hasta aquí, a cantar las canciones que a ella tanto le gustaban. Cuando se levanta el viento, y las aspas del molino empiezan a moverse, se forman pequeñas olas en la orilla a través de las cuales ella ha llegado a hablarme.
Antonio volvió a retomar su melodía, clavando su mirada de nuevo en el pantano.
—En los días en que las aguas estaban más calmadas, extasiada quizás al oírme entonar sus canciones favoritas, o deseosa tal vez de reencontrarse conmigo, he llegado a ver su mano saliendo sobre la superficie del agua, como si me la estuviera tendiendo… He llegado a ver su mano en dos ocasiones y no puedo rechazarla por más tiempo… Miren, ¿ven ustedes aquellos sauces que hay detrás del molino?
—Sí, son sauces llorones.
—Exacto… Son sauces llorones, sauces que lloran… Lloran porque, entre sus propias ramas, Maribel fue mía por primera vez. Bajo sus ramas, Maribel me regaló el primer beso.
Sin despedirse de él, los dos ancianos retomaron su paseo, dejando allí solo a Antonio, pues creyeron que estaba chiflado. Antonio entonces agudizó el tono de su himno, dándole una mayor fuerza y un cierto aire celestial. La música volvía a hacerse fuerte, pudiendo percibirse en varios metros a la redonda, mientras él la acompañaba de nuevo murmurando. Entonces, él mismo se sintió extasiar: sin morir, parecía entonces como si definitivamente su alma empezara a separarse de su cuerpo... En ese momento, Antonio entonó, al compás de su propia pieza, unos versos que pudieron ser percibidos por quien le estuviera escuchando:
—Aunque el tiempo ha pasado,
sé que esperándome estás.
¡Hoy las aguas profundas
para mi se abrirán…!
Seguidamente sonó un gran chapoteo, como si una gran piedra hubiera caído sobre el agua. Cuando aquellos dos ancianos paseantes se asomaron, mirando por encima de los matorrales, ya no encontraron a Antonio… Se acercaron hacia donde él estaba, pero tan solo pudieron ver su vieja guitarra, que, además, estaba parcialmente rota. Al fondo, junto al molino, un pastor corría de forma alocada y desorientada; mientras el ganado se le espantaba.
III
De Antonio nunca más se supo.
Aquel pastor fue internado en un centro psiquiátrico, pues todos le creían loco. Aseguraba haber visto cómo, de entre las aguas, surgía una mano suave y nívea, como la nieve que copa las montañas en invierno; una mano femenina que se tendía en señal de afecto y acogida. También decía que vio cómo el joven que cantaba, al son de su propia guitarra, correspondió al gesto de dicha mano, siendo inmediatamente absorbido, sin ejercer ningún tipo de resistencia, ni mostrar, durante los segundos siguientes, ninguna intención de oponerse al deseo de absorción hacia el interior del lago. Eso decía haber visto el pobre pastor, y le creyeron loco…
Desde entonces, un halo de misterio envuelve al pantano, allá junto al viejo molino. Los pastores, por miedo, no dejan solo al ganado en aquella zona y cuando transitan por allí, lo hacen con cautela y a plena luz del día. Los famosos sauces que había junto al molino, llorones en su día, ya no lagrimean: sus ramas hoy son fuertes y erguidas, mientras sus copas se abren hacia el cielo, siempre hacia arriba.
Hay quien asegura haber oído, en el crepúsculo de alguna tarde primaveral, el canto al unísono de un hombre y una mujer procedente del interior de las aguas, lo que ha generado la creencia de que sus espíritus viven aprisionados y sumergidos en la profundidad de las aguas del pantano. Yo no sé, en verdad, qué crédito darle a esta última parte de la historia; pero la verdad es que, desde aquel día, ningún bañista ha vuelto a sumergirse en las sombrías aguas del pantano, en el acogedor margen que hay junto a las ruinas del viejo molino.






