La simbología del Ave Fénix
Hace años alguien, muy aficionado a la mitología me habló del Ave Fénix, al que yo solo conocía porque era mi Caballero del Zodiaco favorito. Recuerdo que me dijo que el canto del fénix era mágico, porque tenía el poder de aumentar el valor de los puros de corazón y de infundir temor en el corazón de los impuros; me dijo también que sus lágrimas tenían propiedades curativas... Desde entonces, mi devoción hacia ese espíritu de fuego alado, que arde en la hoguera de su propio vuelo renanciendo para hacerse a sí mismo, ha ido en constante aumento, hasta el punto de dar nombre a éste, mi blog... Por eso, hoy vuelvo a escribir sobre él.
El Ave Fénix es un ave de buen augurio, uno los cuatro espíritus de la leyenda china. Según una obra clásica de este país: «entre los 360 animales con plumas y alas, el ave fénix se encuentra en el primer lugar entre todos». Así, este ave constituye, junto al dragón, la cultura del fénix y el dragón de China, formando parte muy importante de sus tradiciones.

Simbología del Ave Fénix
Aunque puede vivir en todo el universo, solamente se posa en su árbol. En cuanto a la evolución, se registra a través de la literatura antigua, lo siguiente: "Fénix, esencia de fuego". Significa que el Fénix nace perfeccionado del fuego. La figura de esta ave, según la descripción de los antiguos, tiene gran parecido al Pavo Real, pero también cuenta con rasgos característicos de otros animales.
Según una obra antigua china, la cabeza del Ave guarda semejanza con el cielo, los ojos al sol, la parte trasera a la luna; sus alas al viento; las patas a la tierra; y su cola a la distancia.
Otra obra clásica lo describe concretamente de la siguiente manera: el fénix tiene la cabeza de serpiente, mandíbula de golondrina, espalda de tortuga, vientre de trionix, cresta de gruta, pico de gallina y cola de pez.
Las plumas rayadas del ave son de múltiples colores. Las rayas de la cabeza significan virtud, las rayas en las alas expresan el rito, las traseras representan justicia, las delanteras simbolizan la humanidad, y las del rayas en el vientre, la fiabilidad. Quiere decir que el cuerpo del Ave simboliza las cinco moralidades.
En cuanto a los hábitos alimentarios, esta Ave no pica gusanos vivos, no rompe hierbas vivas, ni convive con otros animales, tampoco vuela hacia todas direcciones, solamente se alimenta del bambú, no toma agua de riachuelos, ni posa en cualquier árbol.

El Fénix en China
Como el primero de los pájaros, el fénix ha sido aprovechado por teólogos y políticos, pues lo consideran como la mejor encarnación de la modalidad del rey magnánimo y de la política de benevolencia, y también un reflejo de la prosperidad y decadencia de la sociedad de entonces.
La gente antigua dividió cinco categorías que representaban la transparencia de la política china de esa época, en cinco movimientos del fénix. Hay también otras obras que tienen la misma descripción. Por ejemplo una dice así: "cuando el rey conmueve el cielo imperial, llega el fénix." En una palabra, cuando el sistema gobernante es honesto y recto, se conmueve al cielo imperial y sólo entonces vuela en el cielo el fénix.
Dicen que en la época de Confucio, reinaba la corrupción en las cortes imperiales de diversos reinos y Confucio suspiró con mucho sentimiento por su desaparición. De entre cien pájaros, el fénix es el primero en volar y es seguido por los demás, lo que corresponde a la diferencia de posición entre el emperador y los cortesanos.
Entonces muchos asuntos o cosas de los reyes o emperadores se coronaban haciendo alusiones a esta ave, como carretas, residencias, papeles, caballos, entre otras, exclusivas para la familia imperial o seres celestiales, mientras que otros no podían utilizarlos.
En el proceso de desarrollo de la cultura del dragón y del Fénix, se produjeron gradualmente las divisiones entre personas de ambos sexos, de modo que el dragón era exclusivo para hombres, y el fénix, para las mujeres. Pero generalmente esto era visto solo por la familia imperial.
Aunque con el paso de tiempo, en el pueblo en general lo considraron como un animal de buen augurio, pues con el nombramiento, tanto de personas como de cosas, se busca expresar la fortuna y la suerte.
Se pronuncia en chino como Feng Huang. Feng significa el pájaro macho, y Huang, hembra. Feng y Huang vuelan en conjunto y significan la armonía matrimonial. Razón por la cual, en la habitaciones nupciales suele pintarse algunos motivos de esta ave volando.
Este significado del ave igualmente se remonta también a una leyenda de amor. Dicen que en la época de Qinmugong había una persona que se llama Xiao Shi, que era muy hábil en tocar la flauta vertical de bambú. El sonido de Xiao, podía atraerlo hasta su patio, a la grulla blanca y a otros pájaros. A él le gustaba mucho una de las hijas de Qinmugong, llamada Yu. Entonces, por tal originalidad, su padre aceptó el matrimonio de su hija con este flautista.
Después del casamiento, Xiao Shi enseñó diariamente a Nong Yu a imitar su canto. Unos años después, Nong Yu ya podía imitar magníficamente el canto real del ave y de muchas otras que se posaban en el patio de su casa. Luego Qinmugong construyó para ellos una plataforma. A partir de entonces, la gente ha tomado la atracción de Xiao como un símbolo de matrimonio armonioso.
Es considerado como un buen augurio y muy abundante en en los temas de fortuna y suerte. Un poema chino dice así: «Viene un ave de cinco colores. No se le ve ya en mil otoños, pero, cuando él aparezca, el Estado prosperará».

El Ave Fénix es un ave de buen augurio, uno los cuatro espíritus de la leyenda china. Según una obra clásica de este país: «entre los 360 animales con plumas y alas, el ave fénix se encuentra en el primer lugar entre todos». Así, este ave constituye, junto al dragón, la cultura del fénix y el dragón de China, formando parte muy importante de sus tradiciones.

Simbología del Ave Fénix
Aunque puede vivir en todo el universo, solamente se posa en su árbol. En cuanto a la evolución, se registra a través de la literatura antigua, lo siguiente: "Fénix, esencia de fuego". Significa que el Fénix nace perfeccionado del fuego. La figura de esta ave, según la descripción de los antiguos, tiene gran parecido al Pavo Real, pero también cuenta con rasgos característicos de otros animales.
Según una obra antigua china, la cabeza del Ave guarda semejanza con el cielo, los ojos al sol, la parte trasera a la luna; sus alas al viento; las patas a la tierra; y su cola a la distancia.
Otra obra clásica lo describe concretamente de la siguiente manera: el fénix tiene la cabeza de serpiente, mandíbula de golondrina, espalda de tortuga, vientre de trionix, cresta de gruta, pico de gallina y cola de pez.
Las plumas rayadas del ave son de múltiples colores. Las rayas de la cabeza significan virtud, las rayas en las alas expresan el rito, las traseras representan justicia, las delanteras simbolizan la humanidad, y las del rayas en el vientre, la fiabilidad. Quiere decir que el cuerpo del Ave simboliza las cinco moralidades.
En cuanto a los hábitos alimentarios, esta Ave no pica gusanos vivos, no rompe hierbas vivas, ni convive con otros animales, tampoco vuela hacia todas direcciones, solamente se alimenta del bambú, no toma agua de riachuelos, ni posa en cualquier árbol.

El Fénix en China
Como el primero de los pájaros, el fénix ha sido aprovechado por teólogos y políticos, pues lo consideran como la mejor encarnación de la modalidad del rey magnánimo y de la política de benevolencia, y también un reflejo de la prosperidad y decadencia de la sociedad de entonces.
La gente antigua dividió cinco categorías que representaban la transparencia de la política china de esa época, en cinco movimientos del fénix. Hay también otras obras que tienen la misma descripción. Por ejemplo una dice así: "cuando el rey conmueve el cielo imperial, llega el fénix." En una palabra, cuando el sistema gobernante es honesto y recto, se conmueve al cielo imperial y sólo entonces vuela en el cielo el fénix.
Dicen que en la época de Confucio, reinaba la corrupción en las cortes imperiales de diversos reinos y Confucio suspiró con mucho sentimiento por su desaparición. De entre cien pájaros, el fénix es el primero en volar y es seguido por los demás, lo que corresponde a la diferencia de posición entre el emperador y los cortesanos.
Entonces muchos asuntos o cosas de los reyes o emperadores se coronaban haciendo alusiones a esta ave, como carretas, residencias, papeles, caballos, entre otras, exclusivas para la familia imperial o seres celestiales, mientras que otros no podían utilizarlos.
En el proceso de desarrollo de la cultura del dragón y del Fénix, se produjeron gradualmente las divisiones entre personas de ambos sexos, de modo que el dragón era exclusivo para hombres, y el fénix, para las mujeres. Pero generalmente esto era visto solo por la familia imperial.
Aunque con el paso de tiempo, en el pueblo en general lo considraron como un animal de buen augurio, pues con el nombramiento, tanto de personas como de cosas, se busca expresar la fortuna y la suerte.
Se pronuncia en chino como Feng Huang. Feng significa el pájaro macho, y Huang, hembra. Feng y Huang vuelan en conjunto y significan la armonía matrimonial. Razón por la cual, en la habitaciones nupciales suele pintarse algunos motivos de esta ave volando.
Este significado del ave igualmente se remonta también a una leyenda de amor. Dicen que en la época de Qinmugong había una persona que se llama Xiao Shi, que era muy hábil en tocar la flauta vertical de bambú. El sonido de Xiao, podía atraerlo hasta su patio, a la grulla blanca y a otros pájaros. A él le gustaba mucho una de las hijas de Qinmugong, llamada Yu. Entonces, por tal originalidad, su padre aceptó el matrimonio de su hija con este flautista.
Después del casamiento, Xiao Shi enseñó diariamente a Nong Yu a imitar su canto. Unos años después, Nong Yu ya podía imitar magníficamente el canto real del ave y de muchas otras que se posaban en el patio de su casa. Luego Qinmugong construyó para ellos una plataforma. A partir de entonces, la gente ha tomado la atracción de Xiao como un símbolo de matrimonio armonioso.
Es considerado como un buen augurio y muy abundante en en los temas de fortuna y suerte. Un poema chino dice así: «Viene un ave de cinco colores. No se le ve ya en mil otoños, pero, cuando él aparezca, el Estado prosperará».

Carta de amor a Toledo
Os dejo aquí, como regalo de Navidad, una carta de amor escrita a la que, en mi modesta opinión, es la ciudad más bonita de España: ¡Disfrutadla!... El trasfondo de esta carta le veréis al final:
Toledo, amada: hoy te escribo a ti, desde la distancia, esta pobre carta de amor, fruto de la nostalgia de sentirte tan lejos y a la vez tan dentro de mi; te escribo en el imposible afán de intentar reflejar en palabras cuantos sentimientos me evocas, cuantas emociones me inspiras, cuantas lágrimas de añoranza brotan cada vez que cierro los ojos y recuerdo tu estampa… Y es que, Toledo, si hermosa eres contemplada, tanto más hermosa eres recordada, porque al recordarte te tornas adecuada a la reminiscencia, ajena al tiempo, que, como en una visión inmutable, para ti no parece pasar; tú, y solo tú, trasciendes al devenir de los siglos, porque tienes poder para ello.
Dicen, los que te conocen, que pasear por tus calles es como viajar en una máquina del tiempo, que nunca antes de visitarte se puede haber recibido tan magistral lección sobre la historia española, pues solo tú ofreces el resumen más completo y sugestivo de nuestro pasado. Cuando el viajero atraviesa la Visagra o la Cambrón, olvida el moderno medio de transporte que hasta ti le ha traído. En ti se respira la atmósfera brusca de la España visigótica, en ti se conservan aromas exóticos de los cuatro siglos de dominación musulmana en el corazón de la Península, en ti se observa la nobleza que te da haber sido residencia de casi todos los reyes castellanos durante la larga Reconquista.

Los Reyes Católicos te urbanizaron y te engrandecieron, sin robarte tu herencia histórica: la traza laberíntica de la ciudad musulmana que nunca pudo ser superada, a pesar de las posteriores racionalizaciones viarias, con sus ampliaciones, conexiones y rectificaciones. Eres desdeñada por los modernos urbanistas, desconocedores de que en tus entrañas se fraguaba una de tus características más importantes: la existencia de ciertos espacios interiores inmensos y rectilíneos, como los de la catedral, rodeados, a su vez, de callejas estrechas y tortuosas, aún hoy domésticas; angostillos que, a modo de trama continua, unen y rodean los abundantes edificios históricos y religiosos que predominan sobre la trama urbana, creando una perspectiva sin igual.
Tú eres más que una ciudad: eres Ciudad Imperial; eres la capital del sueño imperial de Carlos V, basado en un proyecto de monarquía universal, inspirado en sus lecturas dantescas y edificado sobre un orbe cristiano en paz. Felipe II te quitó la capitalidad del Reino, pero tu grandeza era tan inherente a la del Imperio que, al ir perdiendo tú protagonismo, empezó a ponerse el sol en los dominios filipinos: al tú empezar a decaer, empezó a decaer la Historia de España.
Dicen, los que te desprecian, que presentas el aspecto de un pueblo muerto, que solo ofreces ruinas de ciudad incapaces de renacer, de germinar a una nueva vida, de fecundar una ciudad moderna; que eres ciudad medieval de la que solo queda la evocación de los recuerdos y tus duras cuestas… Observa: nadie, hasta quien no te quiere, se atreve a negar tu portentoso poder evocador… ¡Y tus duras cuestas! Cierto es que el hombre se ha ido acomodando a las grandes llanuras, pero jamás hubo caminante que, a pesar de tus empinadas calles, no hallara descanso al alcanzarte. Quien te desprecia es porque no te conoce con profundidad: en tus callejuelas se siente la nostalgia del pasado; se experimenta el amor hacia lo antiguo trepando por tus vericuetos, escalando con la mirada tus murallas, ásperas y fatigosas a simple vista, pero llenas de recuerdos, habitadas por sombras insignes. Quizá, Toledo, seas antigua: cierto; pero uno, al perderse en tus arterias, se siente renacer, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas.
Recuerdo de mi niñez algo más de ti que la perspectiva desde el puente de Alcántara, ensueño de artistas de toda condición: arriba, el Alcázar, dispuesto en lo alto, cual nido de halcones en la cima de una montaña inaccesible; a la izquierda, las ruinas del Castillo de San Servando; a la derecha, algo más alejado, en la pendiente que desciende hacia la Vega, el arrabal de Santiago, donde las torres de la Puerta de Visagra forman, junto con los viejos sillares de la muralla, el más ameno complejo; enfrente, una indefinida aglomeración de edificios antiquísimos y otros no tanto, edificados unos sobre otros en la pendiente del risco; y, abajo del todo, el río Tajo. Yo entraba a ti por Alcántara cuando venía de jugar al balón con otros niños en los alrededores de la ciudad; allí, fuera de ti, el paisaje es sombrío, monótono y desértico; paraíso de ermitaños y de espíritus soñolientos; erial hosco en nada afín a los trigales que invaden la llanura manchega por donde el espíritu de don Quijote sigue cabalgando, intranquilizando conciencias dormidas, a la búsqueda del último molino.
Recuerdo, como digo, algo más de ti: recuerdo cómo sentía sobre tus piedras y bajo tus arcos, acaso inmemoriales, el paso del tiempo: los siglos parecían fluir con la misma armonía que bajo las faldas de tus laderas fluyen las aguas del Tajo; nuestra Historia ha caminado por tus plazas, como la procesión del Corpus, siguiendo el compás del tañido de las campanas de tu catedral; la muerte y el sueño eterno deambulaban aunados por tus patios escondidos y por tus tortuosas calles, encontrándose a su paso restos de toda naturaleza y condición: mozárabes, góticos, renacentistas... Y, sin embargo, preservas bajo llave crónicas, crímenes, sudarios y romances. Una vida de varios cientos de años parece ocultarse bajo el pincel del artista que te dibuja o bajo el cincel de quien trabaja tu característica artesanía. Cuando me paraba en Zocodover, antaño zoco moruno de ganado en el que se hablaron todas las lenguas europeas, y contemplaba cómo desde allí se abrían paso tus múltiples callejuelas y callejones, sentía la insignificancia del hombre ante el paso del tiempo; cuando admiraba la majestuosa y gótica catedral, con su esbelta torre abriéndose paso hacia el cielo, tomaba conciencia de que la Historia es un largo camino en el que yo no puedo abarcar más que unos insignificantes segundos.

¡Tú, ciudad fortificada en el corazón de la meseta castellana, desde tiempo inmemorial te asientas sobre colinas que coronan una península rocosa sobre la que te asientas! Eres anciana, pero te muestras joven y robusta. Quisiera abrazarte, como el Tajo abraza ese enclave sobre el que te eriges en su margen derecha, formando esa hoz dorada que te bordea y que antaño fue foso natural tan colaborador en tu defensa. El río te abraza y te protege cual fortaleza medieval; el mismo río cuyas aguas bañaban el acero con que se forjaban tus célebres espadas, empuñadas por los brazos más terribles del planeta. ¡Oh, el Tajo! Portador de agua, que, como el tiempo, pasa y no vuelve; hercúlea corriente fluvial que no deja de discurrir entre peñascos, cuya sinuosidad produce ecos sombríos, agitando a su paso restos de puentes antiguos y fragmentos de murallas. Su fuerza es estridente e iracunda; las aguas se ven teñidas por la tierra que ha ido arrastrando en su curso, tomando en algunos momentos cierto color sangriento que parece acrecentar su arrebato. Nada a su paso resiste, solo tú, Toledo, que, en cambio, consigues con tu poder ser abrazada y protegida por el río.
Quisiera, Toledo, abrazarte como tú abrazas, porque, a pesar de tus murallas, eres acogedora: has sido y eres abierta; eres la ciudad de las tres culturas. Solo en tu corazón podían convivir durante siglos pueblos tan opuestos como los cristianos, los árabes y los judíos. Todos te amaron y todos en ti dejaron su huella. Ahí radica tu riqueza monumental; así se explica el legado artístico y cultural que tan presumidamente escondes tras tus murallas: iglesias, palacios, fortalezas, mezquitas y sinagogas se entremezclan en tus calles.
Podría decirte que estás cargada de monumentos, pero estaría faltando a la verdad porque no hay más monumento que tú: tú eres el verdadero monumento. Todas las antiguas construcciones que se mezclan en tus laberínticas calles (el Alcázar, la Catedral, tus palacios, tus iglesias, tus conventos, tus monasterios, tus puentes que cruzan las aguas del Tajo,…), todas ellas se hermanan armónicamente para hacer de ti un auténtico panteón inigualable, un verdadero museo al aire libre; una prodigiosa obra de fábrica, de extraordinaria belleza y solidez más que probada tras los embates de tantos siglos.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a aquel visionario llegado de oriente para el que la idea era la realidad suprema; fuiste la patria adoptiva de Dominico Greco y él, que tanto te amaba, no solo dejó en ti lo mejor de su arte, sino que además acabó convirtiéndote en su telón de fondo preferido.
Gracias al amor que hacia ti profesaba, hoy podemos contemplar sus cuadros, protagonizados por figuras graves, sombrías, enérgicas y alargadas cual cirios de cera, en muchos de tus museos y templos; cirios de cera que alumbran en el interior de las lóbregas capillas toledanas, dejando en mi, espectador, una visión calenturienta y sepulcral que se asemeja a la evocación del paso del tiempo que Toledo me inspira. Las manos del Greco son manos sobrias, son manos expresivas, son manos espirituales, son manos que hablan y evocan. Un halo de misterio parece envolver al espectador cuando se encuentra, frente a frente, ante una de sus pinturas, almacenadas en tus entrañas.

Tú, Toledo, para El Greco eras más que una ciudad: eras la materialización de una visión que él hizo volver numerosas veces en sus cuadros, con tu silueta recamada de almenas y de torres recortándose contra el cielo. Tu estampa fue deformada, transformada y reinventada sin cesar por aquel maestro del manierismo. Gracias a él, hoy podemos verte a ti, Toledo, bajo un cielo marchito surcado de nubes salpicadas por una luz de plata o, al fondo, tras la siempre dolorosa imagen de Cristo crucificado; podemos verte tras las patas del hermoso caballo blanco de San Martín, mientras éste comparte su capa con un pobre; podemos verte, tras las mitras, a los pies de San Bernardino de Siena en su paseo o a los pies de San José, que guía los pasos del niño Jesús, escoltado por un torbellino de ángeles; podemos verte, ocupando un horizonte de tonos calientes con tus construcciones, entre los blancos azulinos del cielo y la palidez de las figuras de Laocoonte y sus hijos entre los anillos de las serpientes… No cabe duda, para Dominico Greco eras más que una ciudad, más que un lugar de residencia donde establecer su hogar… Tanto te quería que no solo te inmortalizó en varios cuadros, sino que en uno de ellos, además, te representó al detalle en un plano que está sujeto por lo que él más quería: su único hijo, Jorge Manuel, toledano de nacimiento.

Es lógico que de ti Dominico se enamorara porque, culturalmente, eres también más que una ciudad; eres la lugar donde santa Teresa empezó a escribir Las Moradas, eres el rincón donde Cervantes compuso su Viaje del Parnaso, Lope de Vega su Laurel de Apolo,… Toledo es más que la capital de la vieja Castilla: es una ciudad de cultura, arte y misticismo; almacén de las letras y teatro en el que brillaron con luz propia todos las suntuosidades de nuestro renacimiento; residencia de los más fastuosos aristócratas del siglo de oro, de pícaros, de doctores pedantes, de rufianes desalmados y de otras tantas figuras magistralmente dibujadas por Tirso de Molina.
Toledo, siempre cargada de amor y de recuerdos, siempre evocando lo irreal y lo extraordinario; sé que me estás esperando con los brazos abiertos, como entonces esperabas a aquel romántico sevillano, infatigable buscador de lo maravilloso y lo fantástico. Tus antiguas piedras esperaban una varita mágica que les diera una nueva vida en la España decimonónica, y aquella vara solo la podía manejar Gustavo Adolfo Bécquer. Así le embriagaste nada más encontrarte: para él eras excesiva e ingente, eras un empacho de belleza, eras mora cautivadora de mil hermosos senos. Desde que respiró el aire que corretea por tus calles, te convertiste en un lugar de amor y peregrinación para él.
A ti volvería el poeta sevillano huyendo de su dolor amoroso y de las revueltas de la siempre cercana capital; a ti, que le encandilabas por tus retorcidas y estrechas callejuelas, por tus monumentos cargados de historia y por tu atmósfera impregnada de encanto; a ti te rendiría Bécquer tributo en numerosos artículos y en varias de sus leyendas, repletas de color local y atmósfera sobrenatural, donde se atisba el trasfondo amoroso por lo desconocido y lo extraordinario. ¡No podía ser de otra manera! Un nostálgico evocador de antiguos aromas medievales, en tus calles, ámbito inmejorablemente perfecto para deambulaciones, encontró el lugar idóneo para pasar largas horas reflexionando, siempre a la búsqueda de tintineo de espuelas y diálogo de espadas.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a Valle-Inclán, que vio en ti ejemplificado su quietismo estético, basado en desposeer, a través del recuerdo, de la condición temporal a cualquier cosa; enamoraste a un gallego que adoraba tu poder de evocación, que se sentía embelesado por tu poder místico, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Valle, al igual que yo, sintió ante tus monumentos el paso de la muerte y la densidad de los siglos, apreciando en ti una atmósfera narcótica.
Por ser tan hermosa, por ser tan legendaria, por ser pieza clave de la Historia de España, por ser la capital imperial de Carlos I, por ser la ciudad que adoptó al Greco, por ser siempre foco de cultura, por ser punto de encuentro de civilizaciones, por ser evocadora de sensaciones maravillosas, por ser un tesoro monumental salvaguardado por portentosas murallas,… Por ser distinta, ¡te quiero, Toledo!
El Cigarral de las Mercedes convocó en septiembre el I Certamen Internacional de Cartas de Amor a Toledo al que, bajo las bases requeridas, se presentó la que aquí he puesto. De entre todas las concurrentes, el jurado debía seleccionar diez, pero desgraciadamente ésta no pasó el corte... Sea como fuere, algo apenado, aquí os la dejo, para que vosotros la valoreis críticamente. Saludos a todos y Felices Fiestas
Toledo, amada: hoy te escribo a ti, desde la distancia, esta pobre carta de amor, fruto de la nostalgia de sentirte tan lejos y a la vez tan dentro de mi; te escribo en el imposible afán de intentar reflejar en palabras cuantos sentimientos me evocas, cuantas emociones me inspiras, cuantas lágrimas de añoranza brotan cada vez que cierro los ojos y recuerdo tu estampa… Y es que, Toledo, si hermosa eres contemplada, tanto más hermosa eres recordada, porque al recordarte te tornas adecuada a la reminiscencia, ajena al tiempo, que, como en una visión inmutable, para ti no parece pasar; tú, y solo tú, trasciendes al devenir de los siglos, porque tienes poder para ello.
Dicen, los que te conocen, que pasear por tus calles es como viajar en una máquina del tiempo, que nunca antes de visitarte se puede haber recibido tan magistral lección sobre la historia española, pues solo tú ofreces el resumen más completo y sugestivo de nuestro pasado. Cuando el viajero atraviesa la Visagra o la Cambrón, olvida el moderno medio de transporte que hasta ti le ha traído. En ti se respira la atmósfera brusca de la España visigótica, en ti se conservan aromas exóticos de los cuatro siglos de dominación musulmana en el corazón de la Península, en ti se observa la nobleza que te da haber sido residencia de casi todos los reyes castellanos durante la larga Reconquista.

Los Reyes Católicos te urbanizaron y te engrandecieron, sin robarte tu herencia histórica: la traza laberíntica de la ciudad musulmana que nunca pudo ser superada, a pesar de las posteriores racionalizaciones viarias, con sus ampliaciones, conexiones y rectificaciones. Eres desdeñada por los modernos urbanistas, desconocedores de que en tus entrañas se fraguaba una de tus características más importantes: la existencia de ciertos espacios interiores inmensos y rectilíneos, como los de la catedral, rodeados, a su vez, de callejas estrechas y tortuosas, aún hoy domésticas; angostillos que, a modo de trama continua, unen y rodean los abundantes edificios históricos y religiosos que predominan sobre la trama urbana, creando una perspectiva sin igual.
Tú eres más que una ciudad: eres Ciudad Imperial; eres la capital del sueño imperial de Carlos V, basado en un proyecto de monarquía universal, inspirado en sus lecturas dantescas y edificado sobre un orbe cristiano en paz. Felipe II te quitó la capitalidad del Reino, pero tu grandeza era tan inherente a la del Imperio que, al ir perdiendo tú protagonismo, empezó a ponerse el sol en los dominios filipinos: al tú empezar a decaer, empezó a decaer la Historia de España.
Dicen, los que te desprecian, que presentas el aspecto de un pueblo muerto, que solo ofreces ruinas de ciudad incapaces de renacer, de germinar a una nueva vida, de fecundar una ciudad moderna; que eres ciudad medieval de la que solo queda la evocación de los recuerdos y tus duras cuestas… Observa: nadie, hasta quien no te quiere, se atreve a negar tu portentoso poder evocador… ¡Y tus duras cuestas! Cierto es que el hombre se ha ido acomodando a las grandes llanuras, pero jamás hubo caminante que, a pesar de tus empinadas calles, no hallara descanso al alcanzarte. Quien te desprecia es porque no te conoce con profundidad: en tus callejuelas se siente la nostalgia del pasado; se experimenta el amor hacia lo antiguo trepando por tus vericuetos, escalando con la mirada tus murallas, ásperas y fatigosas a simple vista, pero llenas de recuerdos, habitadas por sombras insignes. Quizá, Toledo, seas antigua: cierto; pero uno, al perderse en tus arterias, se siente renacer, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas.
Recuerdo de mi niñez algo más de ti que la perspectiva desde el puente de Alcántara, ensueño de artistas de toda condición: arriba, el Alcázar, dispuesto en lo alto, cual nido de halcones en la cima de una montaña inaccesible; a la izquierda, las ruinas del Castillo de San Servando; a la derecha, algo más alejado, en la pendiente que desciende hacia la Vega, el arrabal de Santiago, donde las torres de la Puerta de Visagra forman, junto con los viejos sillares de la muralla, el más ameno complejo; enfrente, una indefinida aglomeración de edificios antiquísimos y otros no tanto, edificados unos sobre otros en la pendiente del risco; y, abajo del todo, el río Tajo. Yo entraba a ti por Alcántara cuando venía de jugar al balón con otros niños en los alrededores de la ciudad; allí, fuera de ti, el paisaje es sombrío, monótono y desértico; paraíso de ermitaños y de espíritus soñolientos; erial hosco en nada afín a los trigales que invaden la llanura manchega por donde el espíritu de don Quijote sigue cabalgando, intranquilizando conciencias dormidas, a la búsqueda del último molino.
Recuerdo, como digo, algo más de ti: recuerdo cómo sentía sobre tus piedras y bajo tus arcos, acaso inmemoriales, el paso del tiempo: los siglos parecían fluir con la misma armonía que bajo las faldas de tus laderas fluyen las aguas del Tajo; nuestra Historia ha caminado por tus plazas, como la procesión del Corpus, siguiendo el compás del tañido de las campanas de tu catedral; la muerte y el sueño eterno deambulaban aunados por tus patios escondidos y por tus tortuosas calles, encontrándose a su paso restos de toda naturaleza y condición: mozárabes, góticos, renacentistas... Y, sin embargo, preservas bajo llave crónicas, crímenes, sudarios y romances. Una vida de varios cientos de años parece ocultarse bajo el pincel del artista que te dibuja o bajo el cincel de quien trabaja tu característica artesanía. Cuando me paraba en Zocodover, antaño zoco moruno de ganado en el que se hablaron todas las lenguas europeas, y contemplaba cómo desde allí se abrían paso tus múltiples callejuelas y callejones, sentía la insignificancia del hombre ante el paso del tiempo; cuando admiraba la majestuosa y gótica catedral, con su esbelta torre abriéndose paso hacia el cielo, tomaba conciencia de que la Historia es un largo camino en el que yo no puedo abarcar más que unos insignificantes segundos.

¡Tú, ciudad fortificada en el corazón de la meseta castellana, desde tiempo inmemorial te asientas sobre colinas que coronan una península rocosa sobre la que te asientas! Eres anciana, pero te muestras joven y robusta. Quisiera abrazarte, como el Tajo abraza ese enclave sobre el que te eriges en su margen derecha, formando esa hoz dorada que te bordea y que antaño fue foso natural tan colaborador en tu defensa. El río te abraza y te protege cual fortaleza medieval; el mismo río cuyas aguas bañaban el acero con que se forjaban tus célebres espadas, empuñadas por los brazos más terribles del planeta. ¡Oh, el Tajo! Portador de agua, que, como el tiempo, pasa y no vuelve; hercúlea corriente fluvial que no deja de discurrir entre peñascos, cuya sinuosidad produce ecos sombríos, agitando a su paso restos de puentes antiguos y fragmentos de murallas. Su fuerza es estridente e iracunda; las aguas se ven teñidas por la tierra que ha ido arrastrando en su curso, tomando en algunos momentos cierto color sangriento que parece acrecentar su arrebato. Nada a su paso resiste, solo tú, Toledo, que, en cambio, consigues con tu poder ser abrazada y protegida por el río.
Quisiera, Toledo, abrazarte como tú abrazas, porque, a pesar de tus murallas, eres acogedora: has sido y eres abierta; eres la ciudad de las tres culturas. Solo en tu corazón podían convivir durante siglos pueblos tan opuestos como los cristianos, los árabes y los judíos. Todos te amaron y todos en ti dejaron su huella. Ahí radica tu riqueza monumental; así se explica el legado artístico y cultural que tan presumidamente escondes tras tus murallas: iglesias, palacios, fortalezas, mezquitas y sinagogas se entremezclan en tus calles.
Podría decirte que estás cargada de monumentos, pero estaría faltando a la verdad porque no hay más monumento que tú: tú eres el verdadero monumento. Todas las antiguas construcciones que se mezclan en tus laberínticas calles (el Alcázar, la Catedral, tus palacios, tus iglesias, tus conventos, tus monasterios, tus puentes que cruzan las aguas del Tajo,…), todas ellas se hermanan armónicamente para hacer de ti un auténtico panteón inigualable, un verdadero museo al aire libre; una prodigiosa obra de fábrica, de extraordinaria belleza y solidez más que probada tras los embates de tantos siglos.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a aquel visionario llegado de oriente para el que la idea era la realidad suprema; fuiste la patria adoptiva de Dominico Greco y él, que tanto te amaba, no solo dejó en ti lo mejor de su arte, sino que además acabó convirtiéndote en su telón de fondo preferido.
Gracias al amor que hacia ti profesaba, hoy podemos contemplar sus cuadros, protagonizados por figuras graves, sombrías, enérgicas y alargadas cual cirios de cera, en muchos de tus museos y templos; cirios de cera que alumbran en el interior de las lóbregas capillas toledanas, dejando en mi, espectador, una visión calenturienta y sepulcral que se asemeja a la evocación del paso del tiempo que Toledo me inspira. Las manos del Greco son manos sobrias, son manos expresivas, son manos espirituales, son manos que hablan y evocan. Un halo de misterio parece envolver al espectador cuando se encuentra, frente a frente, ante una de sus pinturas, almacenadas en tus entrañas.

Tú, Toledo, para El Greco eras más que una ciudad: eras la materialización de una visión que él hizo volver numerosas veces en sus cuadros, con tu silueta recamada de almenas y de torres recortándose contra el cielo. Tu estampa fue deformada, transformada y reinventada sin cesar por aquel maestro del manierismo. Gracias a él, hoy podemos verte a ti, Toledo, bajo un cielo marchito surcado de nubes salpicadas por una luz de plata o, al fondo, tras la siempre dolorosa imagen de Cristo crucificado; podemos verte tras las patas del hermoso caballo blanco de San Martín, mientras éste comparte su capa con un pobre; podemos verte, tras las mitras, a los pies de San Bernardino de Siena en su paseo o a los pies de San José, que guía los pasos del niño Jesús, escoltado por un torbellino de ángeles; podemos verte, ocupando un horizonte de tonos calientes con tus construcciones, entre los blancos azulinos del cielo y la palidez de las figuras de Laocoonte y sus hijos entre los anillos de las serpientes… No cabe duda, para Dominico Greco eras más que una ciudad, más que un lugar de residencia donde establecer su hogar… Tanto te quería que no solo te inmortalizó en varios cuadros, sino que en uno de ellos, además, te representó al detalle en un plano que está sujeto por lo que él más quería: su único hijo, Jorge Manuel, toledano de nacimiento.

Es lógico que de ti Dominico se enamorara porque, culturalmente, eres también más que una ciudad; eres la lugar donde santa Teresa empezó a escribir Las Moradas, eres el rincón donde Cervantes compuso su Viaje del Parnaso, Lope de Vega su Laurel de Apolo,… Toledo es más que la capital de la vieja Castilla: es una ciudad de cultura, arte y misticismo; almacén de las letras y teatro en el que brillaron con luz propia todos las suntuosidades de nuestro renacimiento; residencia de los más fastuosos aristócratas del siglo de oro, de pícaros, de doctores pedantes, de rufianes desalmados y de otras tantas figuras magistralmente dibujadas por Tirso de Molina.
Toledo, siempre cargada de amor y de recuerdos, siempre evocando lo irreal y lo extraordinario; sé que me estás esperando con los brazos abiertos, como entonces esperabas a aquel romántico sevillano, infatigable buscador de lo maravilloso y lo fantástico. Tus antiguas piedras esperaban una varita mágica que les diera una nueva vida en la España decimonónica, y aquella vara solo la podía manejar Gustavo Adolfo Bécquer. Así le embriagaste nada más encontrarte: para él eras excesiva e ingente, eras un empacho de belleza, eras mora cautivadora de mil hermosos senos. Desde que respiró el aire que corretea por tus calles, te convertiste en un lugar de amor y peregrinación para él.
A ti volvería el poeta sevillano huyendo de su dolor amoroso y de las revueltas de la siempre cercana capital; a ti, que le encandilabas por tus retorcidas y estrechas callejuelas, por tus monumentos cargados de historia y por tu atmósfera impregnada de encanto; a ti te rendiría Bécquer tributo en numerosos artículos y en varias de sus leyendas, repletas de color local y atmósfera sobrenatural, donde se atisba el trasfondo amoroso por lo desconocido y lo extraordinario. ¡No podía ser de otra manera! Un nostálgico evocador de antiguos aromas medievales, en tus calles, ámbito inmejorablemente perfecto para deambulaciones, encontró el lugar idóneo para pasar largas horas reflexionando, siempre a la búsqueda de tintineo de espuelas y diálogo de espadas.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a Valle-Inclán, que vio en ti ejemplificado su quietismo estético, basado en desposeer, a través del recuerdo, de la condición temporal a cualquier cosa; enamoraste a un gallego que adoraba tu poder de evocación, que se sentía embelesado por tu poder místico, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Valle, al igual que yo, sintió ante tus monumentos el paso de la muerte y la densidad de los siglos, apreciando en ti una atmósfera narcótica.
Por ser tan hermosa, por ser tan legendaria, por ser pieza clave de la Historia de España, por ser la capital imperial de Carlos I, por ser la ciudad que adoptó al Greco, por ser siempre foco de cultura, por ser punto de encuentro de civilizaciones, por ser evocadora de sensaciones maravillosas, por ser un tesoro monumental salvaguardado por portentosas murallas,… Por ser distinta, ¡te quiero, Toledo!
El Cigarral de las Mercedes convocó en septiembre el I Certamen Internacional de Cartas de Amor a Toledo al que, bajo las bases requeridas, se presentó la que aquí he puesto. De entre todas las concurrentes, el jurado debía seleccionar diez, pero desgraciadamente ésta no pasó el corte... Sea como fuere, algo apenado, aquí os la dejo, para que vosotros la valoreis críticamente. Saludos a todos y Felices Fiestas
La carta del Indio Salvaje
Esta carta fue dirigida por el Jefe indio Seattle, Gran Jefe de los Duwamish, a Franklin Pierce, decimocuarto presidente de los Estados Unidos de América.
La carta era en realidad un discurso que pronunció ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington en 1855. Su contenido no se haría público hasta 1887, es decir, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que, si no accediéramos a él, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña: ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo; la hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles o los pardos insectos son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo o el águila majestuosa son nuestros hermanos, como las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces; además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. ¡El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre!
Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y que, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser: lo mismo le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemigo: cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por lo alto de la pradera; entonces, todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad; todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra; si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos...
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: Nuestro dios es el mismo que el vuestro, Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia. Si ensuciais vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja; ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?... Desapareció.
¿Dónde está el águila ?... Desapareció.
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

La carta era en realidad un discurso que pronunció ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington en 1855. Su contenido no se haría público hasta 1887, es decir, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que, si no accediéramos a él, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña: ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo; la hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles o los pardos insectos son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo o el águila majestuosa son nuestros hermanos, como las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces; además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. ¡El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre!
Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y que, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser: lo mismo le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemigo: cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por lo alto de la pradera; entonces, todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad; todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra; si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos...
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: Nuestro dios es el mismo que el vuestro, Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia. Si ensuciais vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja; ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?... Desapareció.
¿Dónde está el águila ?... Desapareció.
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

¿Mis canciones?
—Debe haber sido un gran hombre… ¡Todos decían cosas muy bonitas de él!
—Me imagino que para eso son los entierros…
—¿Tú has pensado alguna vez en el tuyo? ¿Cómo te gustaría que fuese o como te gustaría que te recordasen?
—Mira, yo suelo intentar pensar en cosas más agradables…
—Pues yo a veces no puedo evitar pensar en el mío… Me gustaría dejar una buena estela…
—¡Pues piensa más las cosas que haces, guapa!
—No te me pongas irónico, Elizalde. Te estoy hablando en serio… Me gustaría que la gente me recordara bien, por algo bueno que haya hecho y que ese algo quedara en el corazón de las personas que me quieren… ¿Sabes? Me gustaría que cuando yo no esté, se me hiciera una fiesta homenaje, en la que sonaran una serie de canciones que allá donde yo esté seguro que podré escuchar… ¡Canciones que yo misma elija! ¡Canciones que en ese preciso momento cobren un significado especial! ¡Canciones que para mi tenga un significado y que yo recopilaría en un disco bajo el título de “Cuando yo me vaya…! ¿Nunca has pensado en eso?
—Ya te he dicho que yo suelo intentar pensar en cosas más agradables; creo que ahora mismo tengo pensamientos más dulces que especular con las canciones que me gustaría que sonaran el día que yo me vaya…
—Pues deberías hacerlo… Verías que es una acción de una gran transparencia espiritual. ¿Por qué no lo intentas? Anda, hazlo. Me gustaría saber cuáles serían tus canciones…
—Bueno, ya veremos…
Esta actividad, que en principio a mi me parecía absurda y desagradable, inexplicablemente, al final la he hecho. Tras haber meditador un rato, he sacado una lista de canciones tal y como tú me pediste y, en honor a la verdad, he de decir que la actividad no ha sido, en contra de lo que yo pensaba, para nada desagradable… Así que, esas canciones que a mi me gustaría que sonaran el día que me fuera, esas palabras y frases entonadas el día que yo falte, esas melodías con las que espero que me recuerden… Aquí te las dejo:
1. Héroes del Silencio — Deshacer el mundo.
2. Ronan Hardiman — Siamsa
3. Los Rodríguez — Sol y Sombra
4. Madonna — The power of good bye
5. Queen — Show must go on
6. Pooh & Fiordaliso — Saprai
7. Pink Floyd — On the turning away
8. Dire Straits — Ticket to heaven
9. Simon & Garfunkel — Bridge over troubled water
10. Ima — In your eyes
11. Nacha Pop — Relojes en la oscuridad
12. Queen — Who wants to live forever?
13. John Denver — Take me home, country roads
14. Oasis — Stop crying your heart out
15. Bob Dylan — Knocking on Heavens Door
16. Bob Seeger — Against the wind
17. Louis Armstron — What a Wonderful World
18. Ella Baila Sola — Despídete
Éstas son mis canciones. Algunas piden a gritos traduzcointerpretación, ¿verdad? Todo se andará…
Si acaso se me ocurriera alguna más, la incluiré… Mientras tanto, que cada uno de los que me lee piense: ¿cuáles serían sus canciones: esas canciones con las que le gustaría que le recordáramos cuando no esté?

—Me imagino que para eso son los entierros…
—¿Tú has pensado alguna vez en el tuyo? ¿Cómo te gustaría que fuese o como te gustaría que te recordasen?
—Mira, yo suelo intentar pensar en cosas más agradables…
—Pues yo a veces no puedo evitar pensar en el mío… Me gustaría dejar una buena estela…
—¡Pues piensa más las cosas que haces, guapa!
—No te me pongas irónico, Elizalde. Te estoy hablando en serio… Me gustaría que la gente me recordara bien, por algo bueno que haya hecho y que ese algo quedara en el corazón de las personas que me quieren… ¿Sabes? Me gustaría que cuando yo no esté, se me hiciera una fiesta homenaje, en la que sonaran una serie de canciones que allá donde yo esté seguro que podré escuchar… ¡Canciones que yo misma elija! ¡Canciones que en ese preciso momento cobren un significado especial! ¡Canciones que para mi tenga un significado y que yo recopilaría en un disco bajo el título de “Cuando yo me vaya…! ¿Nunca has pensado en eso?
—Ya te he dicho que yo suelo intentar pensar en cosas más agradables; creo que ahora mismo tengo pensamientos más dulces que especular con las canciones que me gustaría que sonaran el día que yo me vaya…
—Pues deberías hacerlo… Verías que es una acción de una gran transparencia espiritual. ¿Por qué no lo intentas? Anda, hazlo. Me gustaría saber cuáles serían tus canciones…
—Bueno, ya veremos…
Esta actividad, que en principio a mi me parecía absurda y desagradable, inexplicablemente, al final la he hecho. Tras haber meditador un rato, he sacado una lista de canciones tal y como tú me pediste y, en honor a la verdad, he de decir que la actividad no ha sido, en contra de lo que yo pensaba, para nada desagradable… Así que, esas canciones que a mi me gustaría que sonaran el día que me fuera, esas palabras y frases entonadas el día que yo falte, esas melodías con las que espero que me recuerden… Aquí te las dejo:
1. Héroes del Silencio — Deshacer el mundo.
2. Ronan Hardiman — Siamsa
3. Los Rodríguez — Sol y Sombra
4. Madonna — The power of good bye
5. Queen — Show must go on
6. Pooh & Fiordaliso — Saprai
7. Pink Floyd — On the turning away
8. Dire Straits — Ticket to heaven
9. Simon & Garfunkel — Bridge over troubled water
10. Ima — In your eyes
11. Nacha Pop — Relojes en la oscuridad
12. Queen — Who wants to live forever?
13. John Denver — Take me home, country roads
14. Oasis — Stop crying your heart out
15. Bob Dylan — Knocking on Heavens Door
16. Bob Seeger — Against the wind
17. Louis Armstron — What a Wonderful World
18. Ella Baila Sola — Despídete
Éstas son mis canciones. Algunas piden a gritos traduzcointerpretación, ¿verdad? Todo se andará…
Si acaso se me ocurriera alguna más, la incluiré… Mientras tanto, que cada uno de los que me lee piense: ¿cuáles serían sus canciones: esas canciones con las que le gustaría que le recordáramos cuando no esté?

Dibujándote...
A ti...
—A ver… Dobla un poco más el brazo, poniendo la mano hacia ti… Perfecto… ¡Muy bien! Relájate… ¿Estás cómoda?
—Sí.
—Bien. Pues, a partir de ahora, viene lo más importante: intenta no moverte…
Seguidamente, empecé a dibujar…
Allí estaba ella, desnuda, frente a mí. Medio tumbada, recostada plácidamente, semidistendida sobre un lujoso lecho, en una postura atrevida y audaz; como audaz era la expresión de su rostro y su actitud corporal, que parecía sonreír satisfecha y gozosa con las gracias que engalanaban su bello cuerpo: en silencio me miraba, de forma directa y provocativa, esbozando una leve sonrisa; las facciones del rostro estaban perfectamente acompasadas, exhibiendo una mirada dulce, cómplice y decidida.
Las líneas que contorneaban su figura eran ahora mi presa a cazar, mi objetivo a alcanzar: las carnaduras de su cuerpo, que se mostraban suaves, pidiendo caricias a voces, contrastaban con las sábanas arrugadas y los cojines que la rodeaban, resaltando la atmósfera de íntima sensualidad que invadía aquella instancia.
No había nadie más en aquel sitio, pero si lo hubiera, desapercibido hubiese pasado para mi mente, que solo procesaba lo que estaba mirando: mis ojos no dejaban de deslizarse por su cuerpo, observándolo, en parte con disimulo, en parte con fascinación.

Miraba y miraba, sin cansarme. Observaba con absoluto detenimiento mientras recordaba los versos de Neruda, cuando le cantaba a una mujer desnuda:
Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.
Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.
Entonces, comenzó mi trabajo, haciendo el tremendo esfuerzo de intentar extrapolar lo que estaba viendo; tratando de reducir aquellos contornos, acaso mágicos, a un trozo de papel; pretendiendo recoger tanta hermosura en un insignificante pliego;… ¡Ardua tarea! Sé que se puede pensar que era fácil, pues desechada estaba la idea obsesiva de alcanzar la perfección que acompaña a toda obra de arte: tan solo tenía que mirarla a ella para darme cuenta de que ella sintetizaba la perfección. Tan solo tenía que mirarla y dibujarla tal y como la veía… Pero era difícil captar cuanto estaba viendo…
Tomé uno de mis lápices, y con él fui señalando sobre el papel algunos puntos de referencia: cuello, hombros, codos, pechos, cadera, rodillas y mentón. Cada punto, venía precedido de una mirada absorbente, con la que mis ojos intentaban cazar la fracción de su silueta que quería plasmar, trasladándola a mi mano derecha y de ella al papel. Marcados los puntos, había que unirlos para ir esbozando la efigie, siempre de acuerdo con los contornos de su cuerpo: empecé por el pubis, que más o menos se ubicaba en el centro del dibujo. Aquel triángulo invertido, donde convergían sus dos muslos, ligeramente poblado de bello, era voluptuoso: un auténtico monte de amor. Con ganas hubiera ido recogiendo fielmente en el papel cada uno de los pelos que poblaban tan delicado acolchado, mas tenía que seguir dibujando. Una vez contorneado el triángulo púbico, prolongué su vértice inferior, captando la recta de encuentro de sus muslos. Muslos exquisitos, dulces, tersos, cándidos y entrañables, como dos pilares de fino alabastro… Sin duda, los muslos eran la parte más hermosa de su cuerpo. Contorneé un muslo y luego otro, a cada cual más bello. Continué con el vientre, cuyos laterales arqueaban simétricamente entre pliegues ondulados que formaban, fruto de la postura, cascadas celestiales que dividían el abdomen en pálidas regiones; contorneando el vientre desemboqué, en lo alto, en sus senos: níveas colinas paralelas de vigor y plenitud, henchidas por la luz de la vida. Pasé entonces a recoger su rostro: su cabello largo y desordenado, bruno y lleno de vida; sus párpados de fino hilo, que encierran en sus ojos dos interesantes abismos de transparencia; su nariz afilada y suave, sus labios carnosos y refinados, sonrientes y tersos; su mentón afinado, sus mejillas sedosas, sus cejas oscuras y sus orejas semiovaladas. Para acabar, ya solo me quedaba recoger sus brazos con sus respectivas manos, transmisoras de una ternura curiosa e infinita, así como la parte baja de sus piernas, rematadas por sus pies arqueados y finos, simétricos y claros.
Durante todo este tiempo, yo permanecí en silencio, consciente de que ella seguía con la mirada todos y cada uno de mis movimientos. Se alternaba el sonido de mi lápiz recorriendo el papel, con el ciclo que iban describiendo mis ojos, al ir de su cuerpo a la hoja y de nuevo a su cuerpo. Trazado a trazado, mirada a mirada, el dibujo fue tomando forma, hasta que pudo empezar a reconocerse su estampa brotando del papel. Posteriormente, aquellas finas líneas trazadas a lápiz se fueron enmascarando con la traza más gruesa de otro lápiz más orondo, conformando líneas algo más oscuras, algunas de las cuales fueron dibujadas varias veces sobre sí mismas para conseguir que resaltaran. Cuando ya, por fin, estaban marcados los principales contornos, con la ayuda de una pulcra goma de borrar, hice desaparecer varios trazos de lápiz que me habían servido de referencia... Empezaba entonces la tarea más compleja: el remate final; transformar aquel contorno bidimensional en una figura tridimensional, tan llena de vida como la hermosa mujer que mis ojos no se cansaban de mirar; poco a poco, se fue consiguiendo que aquellas finas líneas negras, acumuladas unas con otras, fueran arrancando luces y sombras al dibujo, llegando a parecerme en algunos momentos que la imagen cobraba vida.
No sabría decir el tiempo que duró el trazado de aquel boceto: poco para mi, pues el tiempo se me pasó volando, y, no voy a negarlo, me hubiera gustado pasar más rato contemplándola; demasiado para ella, pues eternos debieron ser los minutos, por no decir horas, en los que posó pacientemente, sin perder en ningún momento la postura, ni tampoco esa sonrisa traviesa y algo mágica, que pendía de su rostro por insuflo divino.
Al acabar, se lo hice saber, para que descansara, y le mostré el dibujo que, según parece, le gustó…
****************************************************************************
Y así quedó el dibujo: cuando días después yo lo miraba y pensaba en ella, me recordaba a una diosa, me recordaba a Venus… Pero era una diosa diferente, no era etérea ni evanescente… Durante todo momento pareció tangible, a pesar de que yo nunca llegué a tocarla: parecía mostrarse consciente y orgullosa de su belleza y de su desnudez; en ningún momento aprecié elemento alguno que provocara la sensación de un distanciamiento divino por su parte.
El dibujo, no porque lo hiciera yo (sería una modestia inapropiada) sino por la imagen que recoge, es maravilloso, magnífico, hermoso, sublime y bello… ¡pero insuficiente! La auténtica obra maestra era ella misma… Después de ella, poco queda ya que plasmar… Si acaso algún día ella se vistiera de ausencia y de olvido, siempre recordaré que un día me dio la oportunidad de dibujarla desnuda.

—A ver… Dobla un poco más el brazo, poniendo la mano hacia ti… Perfecto… ¡Muy bien! Relájate… ¿Estás cómoda?
—Sí.
—Bien. Pues, a partir de ahora, viene lo más importante: intenta no moverte…
Seguidamente, empecé a dibujar…
Allí estaba ella, desnuda, frente a mí. Medio tumbada, recostada plácidamente, semidistendida sobre un lujoso lecho, en una postura atrevida y audaz; como audaz era la expresión de su rostro y su actitud corporal, que parecía sonreír satisfecha y gozosa con las gracias que engalanaban su bello cuerpo: en silencio me miraba, de forma directa y provocativa, esbozando una leve sonrisa; las facciones del rostro estaban perfectamente acompasadas, exhibiendo una mirada dulce, cómplice y decidida.
Las líneas que contorneaban su figura eran ahora mi presa a cazar, mi objetivo a alcanzar: las carnaduras de su cuerpo, que se mostraban suaves, pidiendo caricias a voces, contrastaban con las sábanas arrugadas y los cojines que la rodeaban, resaltando la atmósfera de íntima sensualidad que invadía aquella instancia.
No había nadie más en aquel sitio, pero si lo hubiera, desapercibido hubiese pasado para mi mente, que solo procesaba lo que estaba mirando: mis ojos no dejaban de deslizarse por su cuerpo, observándolo, en parte con disimulo, en parte con fascinación.

Miraba y miraba, sin cansarme. Observaba con absoluto detenimiento mientras recordaba los versos de Neruda, cuando le cantaba a una mujer desnuda:
Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.
Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.
Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.
Entonces, comenzó mi trabajo, haciendo el tremendo esfuerzo de intentar extrapolar lo que estaba viendo; tratando de reducir aquellos contornos, acaso mágicos, a un trozo de papel; pretendiendo recoger tanta hermosura en un insignificante pliego;… ¡Ardua tarea! Sé que se puede pensar que era fácil, pues desechada estaba la idea obsesiva de alcanzar la perfección que acompaña a toda obra de arte: tan solo tenía que mirarla a ella para darme cuenta de que ella sintetizaba la perfección. Tan solo tenía que mirarla y dibujarla tal y como la veía… Pero era difícil captar cuanto estaba viendo…
Tomé uno de mis lápices, y con él fui señalando sobre el papel algunos puntos de referencia: cuello, hombros, codos, pechos, cadera, rodillas y mentón. Cada punto, venía precedido de una mirada absorbente, con la que mis ojos intentaban cazar la fracción de su silueta que quería plasmar, trasladándola a mi mano derecha y de ella al papel. Marcados los puntos, había que unirlos para ir esbozando la efigie, siempre de acuerdo con los contornos de su cuerpo: empecé por el pubis, que más o menos se ubicaba en el centro del dibujo. Aquel triángulo invertido, donde convergían sus dos muslos, ligeramente poblado de bello, era voluptuoso: un auténtico monte de amor. Con ganas hubiera ido recogiendo fielmente en el papel cada uno de los pelos que poblaban tan delicado acolchado, mas tenía que seguir dibujando. Una vez contorneado el triángulo púbico, prolongué su vértice inferior, captando la recta de encuentro de sus muslos. Muslos exquisitos, dulces, tersos, cándidos y entrañables, como dos pilares de fino alabastro… Sin duda, los muslos eran la parte más hermosa de su cuerpo. Contorneé un muslo y luego otro, a cada cual más bello. Continué con el vientre, cuyos laterales arqueaban simétricamente entre pliegues ondulados que formaban, fruto de la postura, cascadas celestiales que dividían el abdomen en pálidas regiones; contorneando el vientre desemboqué, en lo alto, en sus senos: níveas colinas paralelas de vigor y plenitud, henchidas por la luz de la vida. Pasé entonces a recoger su rostro: su cabello largo y desordenado, bruno y lleno de vida; sus párpados de fino hilo, que encierran en sus ojos dos interesantes abismos de transparencia; su nariz afilada y suave, sus labios carnosos y refinados, sonrientes y tersos; su mentón afinado, sus mejillas sedosas, sus cejas oscuras y sus orejas semiovaladas. Para acabar, ya solo me quedaba recoger sus brazos con sus respectivas manos, transmisoras de una ternura curiosa e infinita, así como la parte baja de sus piernas, rematadas por sus pies arqueados y finos, simétricos y claros.
Durante todo este tiempo, yo permanecí en silencio, consciente de que ella seguía con la mirada todos y cada uno de mis movimientos. Se alternaba el sonido de mi lápiz recorriendo el papel, con el ciclo que iban describiendo mis ojos, al ir de su cuerpo a la hoja y de nuevo a su cuerpo. Trazado a trazado, mirada a mirada, el dibujo fue tomando forma, hasta que pudo empezar a reconocerse su estampa brotando del papel. Posteriormente, aquellas finas líneas trazadas a lápiz se fueron enmascarando con la traza más gruesa de otro lápiz más orondo, conformando líneas algo más oscuras, algunas de las cuales fueron dibujadas varias veces sobre sí mismas para conseguir que resaltaran. Cuando ya, por fin, estaban marcados los principales contornos, con la ayuda de una pulcra goma de borrar, hice desaparecer varios trazos de lápiz que me habían servido de referencia... Empezaba entonces la tarea más compleja: el remate final; transformar aquel contorno bidimensional en una figura tridimensional, tan llena de vida como la hermosa mujer que mis ojos no se cansaban de mirar; poco a poco, se fue consiguiendo que aquellas finas líneas negras, acumuladas unas con otras, fueran arrancando luces y sombras al dibujo, llegando a parecerme en algunos momentos que la imagen cobraba vida.
No sabría decir el tiempo que duró el trazado de aquel boceto: poco para mi, pues el tiempo se me pasó volando, y, no voy a negarlo, me hubiera gustado pasar más rato contemplándola; demasiado para ella, pues eternos debieron ser los minutos, por no decir horas, en los que posó pacientemente, sin perder en ningún momento la postura, ni tampoco esa sonrisa traviesa y algo mágica, que pendía de su rostro por insuflo divino.
Al acabar, se lo hice saber, para que descansara, y le mostré el dibujo que, según parece, le gustó…
****************************************************************************
Y así quedó el dibujo: cuando días después yo lo miraba y pensaba en ella, me recordaba a una diosa, me recordaba a Venus… Pero era una diosa diferente, no era etérea ni evanescente… Durante todo momento pareció tangible, a pesar de que yo nunca llegué a tocarla: parecía mostrarse consciente y orgullosa de su belleza y de su desnudez; en ningún momento aprecié elemento alguno que provocara la sensación de un distanciamiento divino por su parte.
El dibujo, no porque lo hiciera yo (sería una modestia inapropiada) sino por la imagen que recoge, es maravilloso, magnífico, hermoso, sublime y bello… ¡pero insuficiente! La auténtica obra maestra era ella misma… Después de ella, poco queda ya que plasmar… Si acaso algún día ella se vistiera de ausencia y de olvido, siempre recordaré que un día me dio la oportunidad de dibujarla desnuda.

Mirando atrás... Aún nos quedan cosas por hacer
Ha sido en Sevilla, casi doce años después. Durante este fin de semana he tenido un rato de algo más de dos horas en el que mi mirada se ha vuelto permanentemente atrás. Allí, en el Estadio de la Cartuja de Sevilla, he vuelto a cantar canciones que llevaba más de diez años sin entonar, por no decir gritar, en un concierto; canciones de ese grupo que tantas pasiones ha levantado dentro del panorama del rock español y latino, que tiene una historia labrada con letras de fuego y que en los noventa protagonizó conciertos de un coraje y una fuerza sin precedentes pero que, un buen día, sin nadie entender bien a cuento de qué, decidió disolverse… Me refiero a Héroes del Silencio.

Y es que once años es mucho, aunque la canción diga que veinte no son nada. Once años es todo un universo, un mar que no cesa cuando lo que se ha sembrado a lo largo de ellos no son más que esperas baldías y casi constantes rumores infundados de retorno. Sin embargo, el sábado Héroes se congració con su público, con nosotros, de la forma en que mejor sabe hacerlo: sobre el escenario, presentando un concierto que jamás se olvidará en la capital del Guadalquivir, ni en el resto de España. Prueba de ello es que en el Olímpico a los sevillanos, no solo nos unimos gentes venidas de todos los rincones de España (el resto de Andalucía, Aragón, Madrid, Baleares, Cataluña, Extremadura, Canarias,…) sino que, además, se mezclaron asistentes de varias nacionalidades: españoles, mexicanos, ingleses, portugueses, argentinos, y un largo etcétera que demuestra que los Héroes siguen uniendo a todas las personas.
El concierto comenzó con una puntualidad atípica en este tipo de espectáculos, pero que indudablemente se agradece, dados los retrasos innecesarios que suelen caracterizar a estos recitales. El diseño del escenario fue, lisa y llanamente, espectacular: un juego de varias pantallas proyectaban cientos de imágenes, mientras que las tablas estaban dispuestas de forma que se presentaban dos zonas de concierto.
De repente, ahí estaban ellos: los cuatro, otra vez juntos. Ya no estaba Alan con ellos, es cierto; en su lugar venía ahora, como quinto héroe, Gonzalo que, aunque intente negarlo, en el momento que se le veía manejar las cuerdas de su guitarra resultaba incuestionable que por sus venas corre sangre Valdivia. Cuando ahora intento pararme a pensar, me parece increíble haber podido escuchar de nuevo el magistral dominio de la batería que solo el ingenioso Pedro Andreu sabe dar a la percusión; estremece sentir de nuevo la guitarra del insigne Juan Valdivia, que aunque parece mostrarse algo más desmejorado que hace doce años, aún sigue dando ese toque tan genuino y característico al instrumento de cuerdas; me emociona ver ese toque tan exclusivo y personal que solo Joaquín Cardiel, en mi opinión el mejor bajista español, sabe dar al bajo, sello distintivo incuestionable y, a mi entender, el instrumento clave, pues produce sonidos armónicos en consonancia con la música del grupo y, al mismo tiempo, da un efecto rítmico al que no puede llegar la guitarra. Y, ¿por qué no decirlo?, a pesar de haber sido el excéntrico caprichoso, culpable de que hayamos tenido que esperar hasta once años para volver a ver a Héroes en el escenario, ha sido un placer poder volver a oír cantar a Bunbury temas tan nuestros como “Entre dos tierras”, “La Carta”, o “Iberia Sumergida”.
El concierto fue espectacular: además de todos los grandes éxitos de Héroes (de entre los que yo solo eché en falta la “Decadencia” y el “Parasiempre”), Héroes nos sorprendieron con canciones que antaño no solían cantar habitualmente en conciertos, como el “Despertar”, “Bendecida”, “Tumbas de Sal” o la hermosísima pieza de “El mar no cesa”.
En este entorno, no pude evitar mirar atrás, rebobinar hacia 1996. Por entonces yo era un chaval mucho más joven que ahora, que pensaba empezar a afeitarse, y que para mostrar sus ansias de comerse el mundo, cantaba permanentemente la canción de Deshacer el mundo. Tenía dos colgantes con el logo de los Héroes; colgantes que con el tiempo regalaría a dos de mis futuras parejas como muestra de que para mi eran especiales (ellas y los Héroes).
Mirando atrás, cuando les vi en el escenario, me acordé de una anécdota: hacia el año 96 yo acababa de instalar en mi ordenador el Windows 95 y en ese entonces nuevo sistema operativo aparecía, entre otras muchas cosas, algo que resultaba totalmente innovador y que hoy es algo habitual: los fondos de pantalla. Recuerdo que entre la revista de las Líneas del Kaos encontré una foto en la que aparecía Joaquín Cardiel, el bajo de Héroes, junto a un músico de otro grupo y, posando para la foto, le agarraba de su hombro opuesto, mirando ambos al frente. Después de escanearla, no sabría decir cuántas horas pasé retocando aquella foto, dados los medios entonces disponibles y mis escasos conocimientos en aquel tiempo, hasta que suplí al otro guitarrista en la imagen y ser yo el que aparecía junto al bajista de Héroes. Dentro de toda banda de rock, el bajo siempre ha sido el instrumento al que yo más culto he rendido: es lógico pensar, que deseara tener una foto con el bajista de mi grupo favorito y que nunca conseguí, por más que lo intenté, hacerme en vida. Aquella foto, no sé si a consecuencia de los virus o del cambio de ordenador, acabó desapareciendo y hoy, por desgracia, no la conservo.
Héroes fueron parte de mi adolescencia: mi habitación estaba plagada de posters, pañoletas, camisetas y gorras de ellos. ¡Incluso tenía una bandera en la que salían los componentes a tamaño real! Al verles el otro día juntos de nuevo, sentí como mi pasado renacía, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas, y es que, en el fondo, «soy un ave rapaz, mirad mis alas».
Al salir del concierto, muchos se preguntaban qué pasará con Héroes ahora… Yo, en este sentido, soy bastante escéptico y creo que desgraciadamente nunca más les volveré a ver después del concierto de este fin de semana en Valencia. Buena prueba de ello es que en la web oficial del grupo se habla de los conciertos de Sevilla y Valencia como «los dos últimos conciertos de la historia de Héroes del Silencio». No sé… Lo que sí es cierto es que, aunque no haya nada para siempre, como dice la canción «aún nos quedan cosas por hacer, si no das un paso te estancas. Aún nos quedan cosas por decir».
Siempre Héroes.

Y es que once años es mucho, aunque la canción diga que veinte no son nada. Once años es todo un universo, un mar que no cesa cuando lo que se ha sembrado a lo largo de ellos no son más que esperas baldías y casi constantes rumores infundados de retorno. Sin embargo, el sábado Héroes se congració con su público, con nosotros, de la forma en que mejor sabe hacerlo: sobre el escenario, presentando un concierto que jamás se olvidará en la capital del Guadalquivir, ni en el resto de España. Prueba de ello es que en el Olímpico a los sevillanos, no solo nos unimos gentes venidas de todos los rincones de España (el resto de Andalucía, Aragón, Madrid, Baleares, Cataluña, Extremadura, Canarias,…) sino que, además, se mezclaron asistentes de varias nacionalidades: españoles, mexicanos, ingleses, portugueses, argentinos, y un largo etcétera que demuestra que los Héroes siguen uniendo a todas las personas.
El concierto comenzó con una puntualidad atípica en este tipo de espectáculos, pero que indudablemente se agradece, dados los retrasos innecesarios que suelen caracterizar a estos recitales. El diseño del escenario fue, lisa y llanamente, espectacular: un juego de varias pantallas proyectaban cientos de imágenes, mientras que las tablas estaban dispuestas de forma que se presentaban dos zonas de concierto.
De repente, ahí estaban ellos: los cuatro, otra vez juntos. Ya no estaba Alan con ellos, es cierto; en su lugar venía ahora, como quinto héroe, Gonzalo que, aunque intente negarlo, en el momento que se le veía manejar las cuerdas de su guitarra resultaba incuestionable que por sus venas corre sangre Valdivia. Cuando ahora intento pararme a pensar, me parece increíble haber podido escuchar de nuevo el magistral dominio de la batería que solo el ingenioso Pedro Andreu sabe dar a la percusión; estremece sentir de nuevo la guitarra del insigne Juan Valdivia, que aunque parece mostrarse algo más desmejorado que hace doce años, aún sigue dando ese toque tan genuino y característico al instrumento de cuerdas; me emociona ver ese toque tan exclusivo y personal que solo Joaquín Cardiel, en mi opinión el mejor bajista español, sabe dar al bajo, sello distintivo incuestionable y, a mi entender, el instrumento clave, pues produce sonidos armónicos en consonancia con la música del grupo y, al mismo tiempo, da un efecto rítmico al que no puede llegar la guitarra. Y, ¿por qué no decirlo?, a pesar de haber sido el excéntrico caprichoso, culpable de que hayamos tenido que esperar hasta once años para volver a ver a Héroes en el escenario, ha sido un placer poder volver a oír cantar a Bunbury temas tan nuestros como “Entre dos tierras”, “La Carta”, o “Iberia Sumergida”.
El concierto fue espectacular: además de todos los grandes éxitos de Héroes (de entre los que yo solo eché en falta la “Decadencia” y el “Parasiempre”), Héroes nos sorprendieron con canciones que antaño no solían cantar habitualmente en conciertos, como el “Despertar”, “Bendecida”, “Tumbas de Sal” o la hermosísima pieza de “El mar no cesa”.
En este entorno, no pude evitar mirar atrás, rebobinar hacia 1996. Por entonces yo era un chaval mucho más joven que ahora, que pensaba empezar a afeitarse, y que para mostrar sus ansias de comerse el mundo, cantaba permanentemente la canción de Deshacer el mundo. Tenía dos colgantes con el logo de los Héroes; colgantes que con el tiempo regalaría a dos de mis futuras parejas como muestra de que para mi eran especiales (ellas y los Héroes).
Mirando atrás, cuando les vi en el escenario, me acordé de una anécdota: hacia el año 96 yo acababa de instalar en mi ordenador el Windows 95 y en ese entonces nuevo sistema operativo aparecía, entre otras muchas cosas, algo que resultaba totalmente innovador y que hoy es algo habitual: los fondos de pantalla. Recuerdo que entre la revista de las Líneas del Kaos encontré una foto en la que aparecía Joaquín Cardiel, el bajo de Héroes, junto a un músico de otro grupo y, posando para la foto, le agarraba de su hombro opuesto, mirando ambos al frente. Después de escanearla, no sabría decir cuántas horas pasé retocando aquella foto, dados los medios entonces disponibles y mis escasos conocimientos en aquel tiempo, hasta que suplí al otro guitarrista en la imagen y ser yo el que aparecía junto al bajista de Héroes. Dentro de toda banda de rock, el bajo siempre ha sido el instrumento al que yo más culto he rendido: es lógico pensar, que deseara tener una foto con el bajista de mi grupo favorito y que nunca conseguí, por más que lo intenté, hacerme en vida. Aquella foto, no sé si a consecuencia de los virus o del cambio de ordenador, acabó desapareciendo y hoy, por desgracia, no la conservo.
Héroes fueron parte de mi adolescencia: mi habitación estaba plagada de posters, pañoletas, camisetas y gorras de ellos. ¡Incluso tenía una bandera en la que salían los componentes a tamaño real! Al verles el otro día juntos de nuevo, sentí como mi pasado renacía, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas, y es que, en el fondo, «soy un ave rapaz, mirad mis alas».
Al salir del concierto, muchos se preguntaban qué pasará con Héroes ahora… Yo, en este sentido, soy bastante escéptico y creo que desgraciadamente nunca más les volveré a ver después del concierto de este fin de semana en Valencia. Buena prueba de ello es que en la web oficial del grupo se habla de los conciertos de Sevilla y Valencia como «los dos últimos conciertos de la historia de Héroes del Silencio». No sé… Lo que sí es cierto es que, aunque no haya nada para siempre, como dice la canción «aún nos quedan cosas por hacer, si no das un paso te estancas. Aún nos quedan cosas por decir».
Siempre Héroes.
Mirando atrás... Me cuesta tanto olvidarte
Yo tenía once años y ella se llamaba Raquel. Era rubia y medía no sé cuánto, por lo menos quince centímetros más que yo. Llevaba un mes esperándola todas las tardes a la salida de su colegio. Salva y Manolo, mis mejores amigos, me acompañaban y aprovechaban para levantarle la falda a alguna chica, pero yo no estaba para tonterías de niños y así se lo dije a mis amigos. Resultado: nunca volvieron. Mi imagen, yo solo frente a un colegio de monjas, debía de ser bastante ridícula, pero no me importaba: estaba enamorado y no cesaría hasta conseguirla. Unas semanas después, con un valor y un arrojo que yo no sabía que tuviera, le dije a una de sus amigas: "estoy por Raquel".
No sé qué pasó, pero al día siguiente Raquel salió sola del colegio, se acercó hacia mí y me preguntó si la acompañaba a casa. No era el siete de septiembre, pero casi. Esa tarde me dio un beso en la mejilla porque me decía que en la boca tenía que ser más adelante. Fuimos novios casi un mes, y aunque el beso en los labios nunca llegó, era el hombre más feliz y más bajito del mundo.
Pero una tarde, a mi lado, frente a su colegio, había un chico igual de solo que yo, un chico altísimo, casi tanto como ella, y que además fumaba. Raquel ni me saludó cuando pasó a mi lado. Le cogió de la mano y se fueron andando tan felices. A los quince o veinte metros se detuvieron y se dieron un beso en la boca.
Una semana después a mí me pusieron gafas y Mecano publicó "Entre el cielo y el suelo". Escuché "Me cuesta tanto olvidarte" trescientas setenta veces seguidas, y aunque no entendía qué quería decir "cuadro de bifrontismo que sólo da una faz", se convirtió en mi canción durante mucho tiempo. Una tarde me encontré con Raquel frente a frente por la calle. Se paró a mi lado y me soltó: "estás muy feo con gafas, pero si quieres podemos ser amigos". ¿Amigos? Ay, Raquel, lo que me hiciste sufrir. Afortunadamente, todo pasa, y unos años más tarde y un poco más alto, pude compartir con Carla, con besos en la boca y llenos de felicidad, "La fuerza del destino", y después, poco antes de hacer la selectividad, me peleaba y hacía las paces todas las tardes con Olga mientras oíamos "Una rosa es una rosa". Aún hoy, cuando me aproximo inexorablemente a los treinta, me descubro canturreando "Vivimos siempre juntos" pensando en otra cuyo nombre no quiero decir.
Mecano ha estado presente en toda mi vida. Ha estado presente en la vida de todos, convirtiéndose en la banda sonora de toda una década, los años ochenta, en los que pasaron tantas y tantas cosas. Ahora es el momento de recordar aquellos días en los que las chicas te dejaban porque eras bajito y te ponían gafas, pero también cuando tú fuiste al fin el chico alto que fumaba y que se besaba con las chicas por la calle.
Antesdeayer, en casa de mi padre, escuché que desde la habitación de mi hermana Elena, que tiene diez años, salía una y otra vez "Me cuesta tanto olvidarte". Me di cuenta en ese instante: Elena se ha enamorado por primera vez.
David Serrano
No sé qué pasó, pero al día siguiente Raquel salió sola del colegio, se acercó hacia mí y me preguntó si la acompañaba a casa. No era el siete de septiembre, pero casi. Esa tarde me dio un beso en la mejilla porque me decía que en la boca tenía que ser más adelante. Fuimos novios casi un mes, y aunque el beso en los labios nunca llegó, era el hombre más feliz y más bajito del mundo.
Pero una tarde, a mi lado, frente a su colegio, había un chico igual de solo que yo, un chico altísimo, casi tanto como ella, y que además fumaba. Raquel ni me saludó cuando pasó a mi lado. Le cogió de la mano y se fueron andando tan felices. A los quince o veinte metros se detuvieron y se dieron un beso en la boca.
Una semana después a mí me pusieron gafas y Mecano publicó "Entre el cielo y el suelo". Escuché "Me cuesta tanto olvidarte" trescientas setenta veces seguidas, y aunque no entendía qué quería decir "cuadro de bifrontismo que sólo da una faz", se convirtió en mi canción durante mucho tiempo. Una tarde me encontré con Raquel frente a frente por la calle. Se paró a mi lado y me soltó: "estás muy feo con gafas, pero si quieres podemos ser amigos". ¿Amigos? Ay, Raquel, lo que me hiciste sufrir. Afortunadamente, todo pasa, y unos años más tarde y un poco más alto, pude compartir con Carla, con besos en la boca y llenos de felicidad, "La fuerza del destino", y después, poco antes de hacer la selectividad, me peleaba y hacía las paces todas las tardes con Olga mientras oíamos "Una rosa es una rosa". Aún hoy, cuando me aproximo inexorablemente a los treinta, me descubro canturreando "Vivimos siempre juntos" pensando en otra cuyo nombre no quiero decir.
Mecano ha estado presente en toda mi vida. Ha estado presente en la vida de todos, convirtiéndose en la banda sonora de toda una década, los años ochenta, en los que pasaron tantas y tantas cosas. Ahora es el momento de recordar aquellos días en los que las chicas te dejaban porque eras bajito y te ponían gafas, pero también cuando tú fuiste al fin el chico alto que fumaba y que se besaba con las chicas por la calle.
Antesdeayer, en casa de mi padre, escuché que desde la habitación de mi hermana Elena, que tiene diez años, salía una y otra vez "Me cuesta tanto olvidarte". Me di cuenta en ese instante: Elena se ha enamorado por primera vez.
David Serrano
El cuaderno
En la vida, hay regalos y regalos… Yo siempre recordaré del día de Reyes en mi casa, cómo mi madre disfrutaba más viéndonos a todos abrir los regalos, y nuestra consecuente cara de sorpresa y alegría, que abriendo sus propios regalos. Y es que, al igual que ocurre con la palabra, un regalo es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe…
En la vida, hay regalos y regalos… Ayer, o mejor dicho hoy hace cuatro o cinco horas, cinco personas tremendamente especiales me obsequiaron, al hilo de ser un día también especial, con un regalo muy representativo: un cuaderno. Al cuaderno le acompañaba un colgante con un crucifijo. Sobra decir el significado que tiene el crucifijo, pero sí quiero hablar del cuaderno: era un cuaderno con un empastado un tanto rústico y campestre, quizá en consonancia con la persona a la que se le hacía entrega del mismo. Dentro, cinco páginas escritas cada una por una de las personas que me hizo el regalo, con dedicatorias enternecedoras que habré leído ya diez o doce veces; allí he podido leer desde la transmisión de muestras de afecto, a recuerdos de hechos especiales que ni por asomo yo imaginaba que alguna de estas personas recordaría… Por todas estas palabras, estéis donde estéis, me leáis o no, gracias chicas…
Sin embargo, como en la vida hay regalos y regalos, el regalo no acababa ahí: el cuaderno no tenía solo cinco páginas, sino que había otras muchas más en blanco… No las he contado, pero calculo a ojo que debe de haber unas cuarenta o cincuenta hojas… Al hacerme entrega del cuaderno, se me dijo que esas páginas estaban en blanco para que yo las llenara, para que escribiera en ellas… ¡Incluso una de las obsequiosas llegó a acordarse de Beto en tales circunstancias! Tengo ahí cuarenta o cincuenta pliegos, esperándome, gracias a ellas, para hacer con ellos una de las cosas que más me gustan en este mundo: escribir… En ellos puedo verter meditaciones, intentar reflejar sentimientos, recoger experiencias o simplemente inventar nuevas historias, de ésas que a veces se me ocurren… Ellas me han regalado un cuaderno precioso, con unos textos a modo de introducción, para que yo escriba en él; el regalo me lo dieron ellas, pero yo he de completarlo; el regalo es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe.
***********************************************************************
El caminar por esta vida, en el fondo, es similar a un cuaderno aún por usar … Hojas en blanco en las que, cuando estás escribiendo en una página, por muy previsor que uno pueda llegar a ser, es imposible acertar a adivinar qué se va a escribir exactamente en la página siguiente… Escribiré en el cuaderno, lo prometo… Pero dado lo especial que es ese cuaderno, no quiero ser el único que escriba en él, porque ese cuaderno es un regalo, y, como tal, es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe… No sé si me entendéis…
En la vida, hay regalos y regalos… Ayer, o mejor dicho hoy hace cuatro o cinco horas, cinco personas tremendamente especiales me obsequiaron, al hilo de ser un día también especial, con un regalo muy representativo: un cuaderno. Al cuaderno le acompañaba un colgante con un crucifijo. Sobra decir el significado que tiene el crucifijo, pero sí quiero hablar del cuaderno: era un cuaderno con un empastado un tanto rústico y campestre, quizá en consonancia con la persona a la que se le hacía entrega del mismo. Dentro, cinco páginas escritas cada una por una de las personas que me hizo el regalo, con dedicatorias enternecedoras que habré leído ya diez o doce veces; allí he podido leer desde la transmisión de muestras de afecto, a recuerdos de hechos especiales que ni por asomo yo imaginaba que alguna de estas personas recordaría… Por todas estas palabras, estéis donde estéis, me leáis o no, gracias chicas…
Sin embargo, como en la vida hay regalos y regalos, el regalo no acababa ahí: el cuaderno no tenía solo cinco páginas, sino que había otras muchas más en blanco… No las he contado, pero calculo a ojo que debe de haber unas cuarenta o cincuenta hojas… Al hacerme entrega del cuaderno, se me dijo que esas páginas estaban en blanco para que yo las llenara, para que escribiera en ellas… ¡Incluso una de las obsequiosas llegó a acordarse de Beto en tales circunstancias! Tengo ahí cuarenta o cincuenta pliegos, esperándome, gracias a ellas, para hacer con ellos una de las cosas que más me gustan en este mundo: escribir… En ellos puedo verter meditaciones, intentar reflejar sentimientos, recoger experiencias o simplemente inventar nuevas historias, de ésas que a veces se me ocurren… Ellas me han regalado un cuaderno precioso, con unos textos a modo de introducción, para que yo escriba en él; el regalo me lo dieron ellas, pero yo he de completarlo; el regalo es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe.
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El caminar por esta vida, en el fondo, es similar a un cuaderno aún por usar … Hojas en blanco en las que, cuando estás escribiendo en una página, por muy previsor que uno pueda llegar a ser, es imposible acertar a adivinar qué se va a escribir exactamente en la página siguiente… Escribiré en el cuaderno, lo prometo… Pero dado lo especial que es ese cuaderno, no quiero ser el único que escriba en él, porque ese cuaderno es un regalo, y, como tal, es mitad de quien lo da y mitad de quien lo recibe… No sé si me entendéis…
Viendo Forrest Gump
Después de un mes de septiembre intenso, por fin he encontrado un hueco para dedicarlo a alguna actividad ociosa. Hacía mucho tiempo, meses, que no me sentaba en el sofá a ver tranquilamente una película y así lo he hecho: la película elegida, que ya había visto tres o cuatro veces antes, fue Forrest Gump y, dado que me gustó tanto o más que las veces anteriores y dado también el valor moral que creo que atesora, he decidido retomar mi blog hablando de ella… Desde aquí, mi recomendación a todos cuantos me lean para que vean esta película.
Analizada la intrahistoria del largometraje, Forrest Gump en realidad es una novela escrita en 1985 por Winston Groom, que fue posteriormente llevada al cine en 1994. Cabe decir, en honor a la verdad, que la película difiere sustancialmente del libro en que se basa, hasta el punto de que, en mi modesta opinión y en contra de lo que habitualmente suele ocurrir, la película es mucho mejor que el libro en el que está basada. El film tuvo un gran éxito comercial, llegando a ganar 677 millones de dólares, y obteniendo además trece nominaciones a los Premios Oscar, de los que ganó seis, incluyendo mejor película, mejor director (Robert Zemeckis) y mejor actor (Tom Hanks).

Forrest Gump es la historia de un hombre retrasado y con problemas físicos que se va paseando por las tres últimas décadas del siglo XX norteamericano; Forrest va conociendo figuras de relevancia histórica y siendo testigo de eventos de magnitud, pero siempre sin darse cuenta de lo que está pasando alrededor ni de su trascendencia para la Historia, debido a su coeficiente intelectual de 75. Y es que, a pesar de sus limitaciones, Gump consigue ser una estrella del fútbol americano, se convierte en un héroe durante la Guerra de Vietnam y en campeón olímpico de ping pong. Su perseverancia, junto con varios golpes de suerte, le llevará a conseguir una gran fortuna, a ser objeto de clamor popular y codearse con las más altas esferas políticas y sociales. Sin embargo, en su horizonte no hay deseo de fama ni ambición; lo único que él anhela es poder tener entre sus brazos a Jenny, su único y verdadero amor, la única amiga que tuvo, la única que le hizo un hueco en su asiento el primer día de escuela, la única que le enseñó a leer, la única que le tendió la mano y, aparte de su madre, le dio cariño.
Como trasfondo, el repaso que se hace de los últimos treinta años de la cultura norteamericana, es simultáneamente ácido y tierno, demoledor y constructor. Vista a través de los ojos de una mente inocente y bondadosa como la de Gump, la historia reciente de los Estados Unidos y el mundo se forja a base de casualidades donde el humor y la tragedia vienen siempre cogidos de la mano. Hay humor en ese niño taradete y feo que por culpa de los zancos metálicos que llevaba por zapatos avanzaba como un monstruo de Frankenstein por las calles del pueblo; pero también hay tristeza por su condición de marginado. Hay humor en las mil y una veces que Forrest pone sus cualidades al servicio de crear mitología (el fútbol americano, los campeonatos de ping pong, la moda del footing o los smileys) pero también hay cierto despegue tristón, en tanto que el protagonista queda siempre al margen y se contenta con poco, por no decir nada y menos. Hay también ternura a raudales, representada por esa madre abnegada y solitaria, que no duda en prestarse una noche a cambio de la educación de su hijo; en Jenny, niña abusada y a la postre convertida en hippie sin rumbo ni norte, que morirá a consecuencia de los excesos; en Bubba, el otro gigantón que sueña con convertirse en pescador de gambas y no sabe hablar de otra cosa; en el teniente Dan que, sin piernas, no acepta su condición de inválido, llegando a recriminar a Forrest haberle salvado la vida, convencido de que su destino era morir en el campo de batalla; en el niño pequeño, también Forrest Gump, que inicia un nuevo futuro al final de la película, cuando el autobús amarillo se pone de nuevo en marcha.
Detrás del recorrido de Forrest, se muestra una visión cargada de ironía de las más sacrosantas instituciones norteamericanas, vadeando terrenos fangosos que aún hoy allí pueden herir sensibilidades (el Vietnam, el racismo, las religiones) y saliendo siempre a flote sin rozar más que levemente la moralidad ideológica inevitable.
Pero, a la vez, hay cargas de profundidad a lo largo de toda la película; chistes visuales que rellenan la pantalla y añaden significado a la historia, detalles que aumentan la narración: la foto de Marilyn Monroe en el cuarto de baño de Kennedy en la Casa Blanca; los soldados bebiendo y fumando en Vietnam mientras los helicópteros barren el cielo; Elvis Presley en plano desenfocado diciendo "It´s all right, Mama"; Jenny tocando la guitarra en el Hall of Fame de Hollywood justo sobre la estrella de Jean Harlow.
Con todo, combinando con gran sutileza la parodia y el homenaje, Forrest Gump, el hombre que está en el lugar inadecuado en el momento oportuno, puede considerarse un héroe cotidiano y noblote, y por eso hoy le he querido traer aquí…

Como colofón, quisiera dejaros la letra de una de las canciones de la Banda Sonora de Forrest Gump... Ya me direis si esta canción no pide traduzcointerpretación...
Against The Wind
Bob Seger
It seems like yesterday
But it was long ago
Janey was lovely she was the queen of my nights
There in the darkness with the radio playing low
And the secrets that we shared
The mountains that we moved
Caught like a wildfire out of control
'Til there was nothing left to burn and nothing left to prove
And I remember what she said to me
How she swore that it never would end
I remember how she held me oh so tight
Wish I didn't know now what I didn't know then
Against the wind
We were runnin' against the wind
We were young and strong, we were runnin'
Against the wind
The years rolled slowly past
And I found myself alone
Surrounded by strangers I thought were my friends
I found myself further and further from my home
And I guess I lost my way
There were oh so many roads
I was living to run and running to live
Never worryied about paying or even how much I owed
Moving eight miles a minute for months at a time
Breaking all of the rules that would bend
I began to find myself searching
Searching for shelter again and again
Against the wind
A little something against the wind
I found myself seeking shelter sgainst the wind
Well those drifter's days are past me now
I've got so much more to think about
Deadlines and commitments
What to leave in, what to leave out
Against the wind
I'm still runnin' against the wind
I'm older now but still runnin' against the wind
Well I'm older now and still runnin'
Against the wind
Against the wind
Against the wind
Still runnin'
I'm still runnin' against the wind
I'm still runnin'
I'm still runnin' against the wind
Still runnin'
Runnin' against the wind
Runnin' against the wind
See the young man run
Watch the young man run
Watch the young man runnin'
He'll be runnin' against the wind
Let the cowboys ride
Let the cowboys ride
They'll be ridin' against the wind
Against the wind ...
Analizada la intrahistoria del largometraje, Forrest Gump en realidad es una novela escrita en 1985 por Winston Groom, que fue posteriormente llevada al cine en 1994. Cabe decir, en honor a la verdad, que la película difiere sustancialmente del libro en que se basa, hasta el punto de que, en mi modesta opinión y en contra de lo que habitualmente suele ocurrir, la película es mucho mejor que el libro en el que está basada. El film tuvo un gran éxito comercial, llegando a ganar 677 millones de dólares, y obteniendo además trece nominaciones a los Premios Oscar, de los que ganó seis, incluyendo mejor película, mejor director (Robert Zemeckis) y mejor actor (Tom Hanks).

Forrest Gump es la historia de un hombre retrasado y con problemas físicos que se va paseando por las tres últimas décadas del siglo XX norteamericano; Forrest va conociendo figuras de relevancia histórica y siendo testigo de eventos de magnitud, pero siempre sin darse cuenta de lo que está pasando alrededor ni de su trascendencia para la Historia, debido a su coeficiente intelectual de 75. Y es que, a pesar de sus limitaciones, Gump consigue ser una estrella del fútbol americano, se convierte en un héroe durante la Guerra de Vietnam y en campeón olímpico de ping pong. Su perseverancia, junto con varios golpes de suerte, le llevará a conseguir una gran fortuna, a ser objeto de clamor popular y codearse con las más altas esferas políticas y sociales. Sin embargo, en su horizonte no hay deseo de fama ni ambición; lo único que él anhela es poder tener entre sus brazos a Jenny, su único y verdadero amor, la única amiga que tuvo, la única que le hizo un hueco en su asiento el primer día de escuela, la única que le enseñó a leer, la única que le tendió la mano y, aparte de su madre, le dio cariño.
Como trasfondo, el repaso que se hace de los últimos treinta años de la cultura norteamericana, es simultáneamente ácido y tierno, demoledor y constructor. Vista a través de los ojos de una mente inocente y bondadosa como la de Gump, la historia reciente de los Estados Unidos y el mundo se forja a base de casualidades donde el humor y la tragedia vienen siempre cogidos de la mano. Hay humor en ese niño taradete y feo que por culpa de los zancos metálicos que llevaba por zapatos avanzaba como un monstruo de Frankenstein por las calles del pueblo; pero también hay tristeza por su condición de marginado. Hay humor en las mil y una veces que Forrest pone sus cualidades al servicio de crear mitología (el fútbol americano, los campeonatos de ping pong, la moda del footing o los smileys) pero también hay cierto despegue tristón, en tanto que el protagonista queda siempre al margen y se contenta con poco, por no decir nada y menos. Hay también ternura a raudales, representada por esa madre abnegada y solitaria, que no duda en prestarse una noche a cambio de la educación de su hijo; en Jenny, niña abusada y a la postre convertida en hippie sin rumbo ni norte, que morirá a consecuencia de los excesos; en Bubba, el otro gigantón que sueña con convertirse en pescador de gambas y no sabe hablar de otra cosa; en el teniente Dan que, sin piernas, no acepta su condición de inválido, llegando a recriminar a Forrest haberle salvado la vida, convencido de que su destino era morir en el campo de batalla; en el niño pequeño, también Forrest Gump, que inicia un nuevo futuro al final de la película, cuando el autobús amarillo se pone de nuevo en marcha.
Detrás del recorrido de Forrest, se muestra una visión cargada de ironía de las más sacrosantas instituciones norteamericanas, vadeando terrenos fangosos que aún hoy allí pueden herir sensibilidades (el Vietnam, el racismo, las religiones) y saliendo siempre a flote sin rozar más que levemente la moralidad ideológica inevitable.
Pero, a la vez, hay cargas de profundidad a lo largo de toda la película; chistes visuales que rellenan la pantalla y añaden significado a la historia, detalles que aumentan la narración: la foto de Marilyn Monroe en el cuarto de baño de Kennedy en la Casa Blanca; los soldados bebiendo y fumando en Vietnam mientras los helicópteros barren el cielo; Elvis Presley en plano desenfocado diciendo "It´s all right, Mama"; Jenny tocando la guitarra en el Hall of Fame de Hollywood justo sobre la estrella de Jean Harlow.
Con todo, combinando con gran sutileza la parodia y el homenaje, Forrest Gump, el hombre que está en el lugar inadecuado en el momento oportuno, puede considerarse un héroe cotidiano y noblote, y por eso hoy le he querido traer aquí…

Como colofón, quisiera dejaros la letra de una de las canciones de la Banda Sonora de Forrest Gump... Ya me direis si esta canción no pide traduzcointerpretación...
Against The Wind
Bob Seger
It seems like yesterday
But it was long ago
Janey was lovely she was the queen of my nights
There in the darkness with the radio playing low
And the secrets that we shared
The mountains that we moved
Caught like a wildfire out of control
'Til there was nothing left to burn and nothing left to prove
And I remember what she said to me
How she swore that it never would end
I remember how she held me oh so tight
Wish I didn't know now what I didn't know then
Against the wind
We were runnin' against the wind
We were young and strong, we were runnin'
Against the wind
The years rolled slowly past
And I found myself alone
Surrounded by strangers I thought were my friends
I found myself further and further from my home
And I guess I lost my way
There were oh so many roads
I was living to run and running to live
Never worryied about paying or even how much I owed
Moving eight miles a minute for months at a time
Breaking all of the rules that would bend
I began to find myself searching
Searching for shelter again and again
Against the wind
A little something against the wind
I found myself seeking shelter sgainst the wind
Well those drifter's days are past me now
I've got so much more to think about
Deadlines and commitments
What to leave in, what to leave out
Against the wind
I'm still runnin' against the wind
I'm older now but still runnin' against the wind
Well I'm older now and still runnin'
Against the wind
Against the wind
Against the wind
Still runnin'
I'm still runnin' against the wind
I'm still runnin'
I'm still runnin' against the wind
Still runnin'
Runnin' against the wind
Runnin' against the wind
See the young man run
Watch the young man run
Watch the young man runnin'
He'll be runnin' against the wind
Let the cowboys ride
Let the cowboys ride
They'll be ridin' against the wind
Against the wind ...
Quero as tuas ribeiras que me fan lembrare
Esta semana he vuelto a mi lugar de residencia y laboreo, después de tomarme unos días de vacaciones, retomando de forma instantánea mi ritmo de vida habitual. He estado doce días descansando, o al menos intentando, el cuerpo y, en menor medida dada mi inquietud, la mente. Han sido unas vacaciones puramente familiares que, sinceramente, me han venido genial… Sin embargo, no estoy escribiendo esto para hablar de mis vacaciones, sino porque quiero rendir un homenaje al lugar al que he decidido que, si llego a ser anciano, me retiraré a esperar a la muerte; me estoy refiriendo a un paraje que he descubierto en estos días y que yo, hasta ahora, no conocía de forma directa: a Illa de Arousa (la Isla de Arosa).
A Illa de Arousa es una pequeña isla de apenas siete kilómetros cuadrados, que se encuentra en el corazón de la ría de Arousa, frente a su margen derecha, en la provincia de Pontevedra. Según se me dijo, en la isla viven alrededor de 5.000 habitantes, concentrados en su mayoría en un istmo estrecho (y en sus inmediaciones), que une una pequeña península con el resto del islote.
Para llegar hasta la isla, hay que ir a Vilanova de Arousa, villa natal de Ramón del Valle-Inclán, y cruzar un puente de unos dos kilómetros de longitud que atraviesa la ría. Este puente es una construcción relativamente reciente que ha dado una vida tremenda a la isla, dinamizando su economía de forma prodigiosa. Al parecer, antes de su construcción, los desplazamientos que permitían comunicar la isla con el resto de España se realizaban en pequeños vapores con horarios muy rígidos, lo que debía resultar tremendamente incómodo.
Pero a Illa de Arousa es algo más que una isla varada gracias a un puente, es algo más que un islote que ofrece treinta y seis kilómetros de costa, once de ellos de playa: a Illa de Arousa es un ejemplo, más expresivo y fehaciente que cualquier otro, de la belleza y el encanto que caracteriza a las costas de las Rías Baixas, donde el mar y la tierra son compañeros inseparables: innumerables bateas de mejillones se descubren al amanecer sobre la superficie del agua, mientras la brisa marina empapa la isla de una fragancia que conjuga aromas de pescado fresco y salitre. Barcos faenadores corretean por alrededor de la isla a cualquier hora del día o de la noche, mimando las tranquilas aguas de la ría, pues son fuente de riqueza, guardianas del tesoro que alimenta a los hijos de la ínsula desde tiempos inmemoriales. Allí, la población vive fundamentalmente de la costa y de su industria derivada. No hay rincón en la isla donde no se aprecie alguna señal de las actividades marineras de sus habitantes: en Puerto do Cantiño, en los alrededores de la lonja, en los muelles de Chazo y Cabodeiro; en cualquier rincón, el bullicio marinero se muestra en su máximo esplendor, observándose, nada más llegar, cómo la vida de los isleños parece que se cimienta en el mar, y no en la tierra.
Las calles del pueblo son calles típicas de una villa de pescadores: estrechas y algo tortuosas, a la par que acogedoras; con dos grandes paseos marítimos, uno a cada lado de la isla, donde da gusto caminar o sentarse en uno de sus múltiples bancos y así relajarse contemplando las tranquilas aguas y los barcos marineros que descansan sus lomos sobre el mar.
La isla, a pesar de ser pequeña, da muestras de poderío: su relieve es muy suave, con formas alomadas de granito a causa de la erosión; el mar que baña toda la costa insular, se muestra calmado en las numerosas playas que se forman a lo largo de todo el perímetro de la isla. ¡Hay playas de todo tipo! Desde pequeñas cala, a grandes arenales, como Area da Secada o Camaxe, playa muy singular dada su situación y que muestra en sus entrañas un hermoso islote de arena.
Allí quiero irme cuando el trabajo no me obligue a estar aquí anclado, para ver cada mañana a los marisqueros practicar la pesca de bajura; para sentir la brisa del mar acariciando mi cara y el poco cabello que para entonces me quede; allí deseo que quien me busque me encuentre… Allí me quiero ir, pues allí he sentido la densidad de los siglos, el fluir continuo de las horas como la arena de un reloj cae grano a grano… Allí, donde toda una vida de mil años parece condensarse en la tela de una araña o, mejor aún, en el entramado de una red de pesca o en el enrejado de una nasa, pues más de mil años llevan los arousanos faenando en las aguas de la ría. Allí, mirando cómo el sol sale por un flanco de la isla y se pone por el opuesto, he sentido cómo en el grano de polvo palpita el enigma del tiempo. Allí, viendo como los barcos zarpan y atracan, cargan y descargan, navegan y flotan, he visto con claridad que la vida es un espejo que vamos observando a lo largo del camino,… Allí quiero quedarme, en ese rincón perdido, en el corazón de tan grandiosa ría gallega. Allí, en Galicia, que, como ya he dicho muchas veces, es tierra rociada y glauca, tierra de acogida y de aroma lozano, tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Allí deseo estar…
Estráñoche Galicia, agora que estou lonxe de ti. Agora entendo por que Rosalía che cantaba: ¡Oh, Galicia! Teño morriña, teño saudade, porque estou lonxe de eses teus lares...

A Illa de Arousa es una pequeña isla de apenas siete kilómetros cuadrados, que se encuentra en el corazón de la ría de Arousa, frente a su margen derecha, en la provincia de Pontevedra. Según se me dijo, en la isla viven alrededor de 5.000 habitantes, concentrados en su mayoría en un istmo estrecho (y en sus inmediaciones), que une una pequeña península con el resto del islote.
Para llegar hasta la isla, hay que ir a Vilanova de Arousa, villa natal de Ramón del Valle-Inclán, y cruzar un puente de unos dos kilómetros de longitud que atraviesa la ría. Este puente es una construcción relativamente reciente que ha dado una vida tremenda a la isla, dinamizando su economía de forma prodigiosa. Al parecer, antes de su construcción, los desplazamientos que permitían comunicar la isla con el resto de España se realizaban en pequeños vapores con horarios muy rígidos, lo que debía resultar tremendamente incómodo.
Pero a Illa de Arousa es algo más que una isla varada gracias a un puente, es algo más que un islote que ofrece treinta y seis kilómetros de costa, once de ellos de playa: a Illa de Arousa es un ejemplo, más expresivo y fehaciente que cualquier otro, de la belleza y el encanto que caracteriza a las costas de las Rías Baixas, donde el mar y la tierra son compañeros inseparables: innumerables bateas de mejillones se descubren al amanecer sobre la superficie del agua, mientras la brisa marina empapa la isla de una fragancia que conjuga aromas de pescado fresco y salitre. Barcos faenadores corretean por alrededor de la isla a cualquier hora del día o de la noche, mimando las tranquilas aguas de la ría, pues son fuente de riqueza, guardianas del tesoro que alimenta a los hijos de la ínsula desde tiempos inmemoriales. Allí, la población vive fundamentalmente de la costa y de su industria derivada. No hay rincón en la isla donde no se aprecie alguna señal de las actividades marineras de sus habitantes: en Puerto do Cantiño, en los alrededores de la lonja, en los muelles de Chazo y Cabodeiro; en cualquier rincón, el bullicio marinero se muestra en su máximo esplendor, observándose, nada más llegar, cómo la vida de los isleños parece que se cimienta en el mar, y no en la tierra.
Las calles del pueblo son calles típicas de una villa de pescadores: estrechas y algo tortuosas, a la par que acogedoras; con dos grandes paseos marítimos, uno a cada lado de la isla, donde da gusto caminar o sentarse en uno de sus múltiples bancos y así relajarse contemplando las tranquilas aguas y los barcos marineros que descansan sus lomos sobre el mar.
La isla, a pesar de ser pequeña, da muestras de poderío: su relieve es muy suave, con formas alomadas de granito a causa de la erosión; el mar que baña toda la costa insular, se muestra calmado en las numerosas playas que se forman a lo largo de todo el perímetro de la isla. ¡Hay playas de todo tipo! Desde pequeñas cala, a grandes arenales, como Area da Secada o Camaxe, playa muy singular dada su situación y que muestra en sus entrañas un hermoso islote de arena.
Allí quiero irme cuando el trabajo no me obligue a estar aquí anclado, para ver cada mañana a los marisqueros practicar la pesca de bajura; para sentir la brisa del mar acariciando mi cara y el poco cabello que para entonces me quede; allí deseo que quien me busque me encuentre… Allí me quiero ir, pues allí he sentido la densidad de los siglos, el fluir continuo de las horas como la arena de un reloj cae grano a grano… Allí, donde toda una vida de mil años parece condensarse en la tela de una araña o, mejor aún, en el entramado de una red de pesca o en el enrejado de una nasa, pues más de mil años llevan los arousanos faenando en las aguas de la ría. Allí, mirando cómo el sol sale por un flanco de la isla y se pone por el opuesto, he sentido cómo en el grano de polvo palpita el enigma del tiempo. Allí, viendo como los barcos zarpan y atracan, cargan y descargan, navegan y flotan, he visto con claridad que la vida es un espejo que vamos observando a lo largo del camino,… Allí quiero quedarme, en ese rincón perdido, en el corazón de tan grandiosa ría gallega. Allí, en Galicia, que, como ya he dicho muchas veces, es tierra rociada y glauca, tierra de acogida y de aroma lozano, tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Allí deseo estar…
Estráñoche Galicia, agora que estou lonxe de ti. Agora entendo por que Rosalía che cantaba: ¡Oh, Galicia! Teño morriña, teño saudade, porque estou lonxe de eses teus lares...

Leyendo a Larra...
Hace unos meses, durante el pasado puente de mayo, me propuse hacer un rato de retiro individual. Allí, en un paraje perdido en la provincia de Zamora, yo, yo solo; yo, conmigo mismo, pude dedicarme a uno de esos placeres a los que, a causa de mi escasez de tiempo por mis quehaceres diarios, no puedo dedicarme tanto como gustaría. Me estoy refiriendo a la lectura. Durante aquel puente me dediqué a leer a Larra (Fígaro), romántico español sin igual, portador de un alma en creciente desaliento e inconformidad ante el curso de la sociedad y la política de su tiempo, junto a un perenne sentimiento de dolor, causado por el desamor que le llevaría a suicidarse de un pistoletazo en la cabeza.
Cuando uno lee a Larra, en muchos de sus textos aprecia la angustia de un alma sin fe, ante un mundo que se presenta descarnado y desnudo ante sus desacostumbrados ojos. Así se expresa, por ejemplo, en el grito desgarrador del artículo dedicado a la muerte de Campo Alange: «¿Y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo arroja de sí como arroja los cadáveres al mar?». Obsérvese cuánto dolor se aprecia…Es muy razonable que ese pobre alma se revuelva, enfurecida, descartado Dios y despreciado el mundo, contra los que le han arrancado su percepción del más allá.
Sin embargo, y ante cuanto dolor percibe, Larra, de primeras (y a pesar de su triste final), trata de buscar desesperadamente una salida, una última ilusión que le permitiera continuar viviendo: «Si al final no hay nada, hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al final, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla». Estoy totalmente de acuerdo; ¿cuántas veces recorremos un camino y no reparamos en los pequeños detalles que se nos van presentando a nuestro alrededor, obcecados con lo que nos vamos a encontrar al final del camino? Por más que se nos diga que las cosas pequeñas son las que verdaderamente dan sentido a la vida, lo nuestro es mirar hacia delante, sin reparar en las cosas que se nos van brindando.
Pero, sin duda, el mejor texto de Larra que me he encontrado, y sobre el que más vueltas he dado, ha sido éste: «La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta se aboca con el que está todavía caminando y dícele: “¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al final? Nada”. El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? “Pues si no hay nada, no vale la pena seguir andando”».
¡Qué curioso! No se nos deja de decir que la vida es un camino a recorrer… Si efectivamente es así, es obligatorio que no dejemos de andar. La cuestión es: ¿se debe andar por andar? ¿Andar por el simple hecho de que uno no se debe parar? El propio Larra nos está diciendo que la felicidad no está en ninguna parte; nos está diciendo que al final no hay nada… El ser humano siempre ha puesto los ojos lo más allá posible, siempre ha mirado con cierta ternura lo que pudiera haber la final del todo; siempre ha guardado la esperanza de que el mayor bienestar pudiera encontrarse al final del camino, lo más lejos posible… ¿Será esto cierto? No lo sé. Mientras tanto, por hoy voy a dejar de escribir: he de seguir maldiciendo al tipo que vino y dijo al que viajaba que “al final no hay nada”, mientras yo sigo caminando...
Cuando uno lee a Larra, en muchos de sus textos aprecia la angustia de un alma sin fe, ante un mundo que se presenta descarnado y desnudo ante sus desacostumbrados ojos. Así se expresa, por ejemplo, en el grito desgarrador del artículo dedicado a la muerte de Campo Alange: «¿Y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo arroja de sí como arroja los cadáveres al mar?». Obsérvese cuánto dolor se aprecia…Es muy razonable que ese pobre alma se revuelva, enfurecida, descartado Dios y despreciado el mundo, contra los que le han arrancado su percepción del más allá.
Sin embargo, y ante cuanto dolor percibe, Larra, de primeras (y a pesar de su triste final), trata de buscar desesperadamente una salida, una última ilusión que le permitiera continuar viviendo: «Si al final no hay nada, hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al final, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla». Estoy totalmente de acuerdo; ¿cuántas veces recorremos un camino y no reparamos en los pequeños detalles que se nos van presentando a nuestro alrededor, obcecados con lo que nos vamos a encontrar al final del camino? Por más que se nos diga que las cosas pequeñas son las que verdaderamente dan sentido a la vida, lo nuestro es mirar hacia delante, sin reparar en las cosas que se nos van brindando.
Pero, sin duda, el mejor texto de Larra que me he encontrado, y sobre el que más vueltas he dado, ha sido éste: «La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta se aboca con el que está todavía caminando y dícele: “¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al final? Nada”. El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? “Pues si no hay nada, no vale la pena seguir andando”».
¡Qué curioso! No se nos deja de decir que la vida es un camino a recorrer… Si efectivamente es así, es obligatorio que no dejemos de andar. La cuestión es: ¿se debe andar por andar? ¿Andar por el simple hecho de que uno no se debe parar? El propio Larra nos está diciendo que la felicidad no está en ninguna parte; nos está diciendo que al final no hay nada… El ser humano siempre ha puesto los ojos lo más allá posible, siempre ha mirado con cierta ternura lo que pudiera haber la final del todo; siempre ha guardado la esperanza de que el mayor bienestar pudiera encontrarse al final del camino, lo más lejos posible… ¿Será esto cierto? No lo sé. Mientras tanto, por hoy voy a dejar de escribir: he de seguir maldiciendo al tipo que vino y dijo al que viajaba que “al final no hay nada”, mientras yo sigo caminando...
Sensación de pérdida de tiempo
¿Alguna vez habéis sentido que estáis perdiendo el tiempo? ¿Alguna vez os ha parecido que estáis luchando por una causa que no merece la pena? Mario sí.
Mario es un chico joven, de unos veinticinco años, que vive de sueños y de la ambición de materializar tales sueños. Mario sueña despierto y entiende el sueño de manera noble, porque cree que la ilusión es lo que hace que la existencia esté viva, y no sea una vida muerta.
Mario es la típica persona que cree que el individuo se desarrolla de acuerdo con la teoría del sector circular, esto es, desarrollo radial divergente, a partir de un centro, en el que todos los frentes de la vida crecen por igual: familia, trabajo, persona, pareja, sexo, fe… Mario, que estudió con excelentes resultados una carrera, tiene un trabajo excelente, con un sueldo bastante aceptable, que le permite hacer frente a un pequeño apartamento que se ha comprado en Madrid capital. Mario, a su vez, está siguiendo un complejo proceso formativo, en paralelo a su trabajo, con el que aspira a poder ejercer la docencia algún día, especializándose en una materia que le apasiona. ¡Hay mucha gente que no le entiende! ¡Trabaja más de doce horas al día y encima estudia! Pero a Mario eso le da igual: Mario es sacrificado y lucha por aquello en lo que cree y, como año tras año va cosechando sus frutos, se va sintiendo a gusto consigo mismo.
Sin embargo, Mario, en realidad estaba cojo de uno de los frentes de desarrollo del sector: hace tiempo dejó una relación con una chica estupenda y, en ese sentido, sentía un vacío. Bien es cierto que Mario nunca sintió agobio por llenar ese vacío, pero el vacío ahí estaba… Cierto día, conoció a una chica, diríase que por casualidad. Si la primera imagen es la que cuenta, se puede decir que la chica le entró por los ojos; si la primera conversación es la que cuenta, Mario de primeras sintió que se había encontrado con una persona dolida por su pasado y recelosa de cara al futuro. Sin embargo, a Mario le gustó María, que es como se llamaba la chica, y decidió intentar emprender una relación con ella. Era el día de Navidad y ella le obsequió con un “me molas”. Sin embargo, desde ese “me molas” hasta el primer beso, pasaron cerca de dos meses: dos meses en los que Mario estuvo, a base de mensajes de texto al móvil, interesándose por los quehaceres diarios de María que, recelosa, contestaba a veces bien y a veces mal. No se atrevía a quedar con Mario. Cierto día, cuando Mario empezaba ya a cansarse de perseguir telefónicamente a María, ella, en un gesto que a Mario le debería haber revelado una clara inestabilidad, le propone quedar, y Mario accede. Esa noche se dan el primer beso; dos meses después.
Mario se enamoró perdidamente de María, y empezó a dedicarle de lleno el escaso tiempo libre de que disponía. María, que seguía mostrando recelo y era poco elocuente, parecía corresponderle solo parcialmente, si bien conforme avanzaba el tiempo ella parecía irse arrimando a él con cierto temor.
Cuatro meses después, la relación de pareja continuaba pero algo había cambiado: Mario se sentía apocado y empequeñecido frente a ella. En varias ocasiones le había dicho que la quería y ella no le correspondió. Mientras Mario no escatimaba en piropos, María le regalaba pocas lisonjas, y las pocas que le regalaba, se las dedicaba vía mensaje al móvil, nunca en persona. María trabajaba: tenía un trabajo por el que le daban un sueldo, no muy elevado, pero suficiente dados sus escasos gastos. De acuerdo con ese sueldo, ella se había compuesto su vida: vivía en casa de sus padres; todos los días se iba con alguna de sus amigas de compras o a tomar algo, o bien se iba al gimnasio, para volver a casa cuando la mesa, a la hora de cenar, estuviera puesta. A esa misma hora, la mitad de los días Mario estaba todavía trabajando o estudiando. El fin de semana, Mario, el escaso rato que se podía conceder para divertirse, se lo regalaba a María; María, en cambio, apenas paraba en su casa, y componía su fin de semana, si le convenía, en función del rato que Mario le pudiera conceder…
Mario estaba embarcado en una interminable sucesión de conflictos y proyectos, de naturaleza variada, que le tenían a maltraer, pero eso a María no le importaba. De hecho, si alguien le preguntaba por alguno de esos proyectos a María, ella no sabría responder. Mario estaba enamorado de María y, fruto de ese amor, solo anhelaba su felicidad, por lo que muchas veces prefería no atosigarla con sus innumerables problemas de trabajo para que ella no se preocupara; por el contrario, María atosigaba a Mario con sus problemas, porque era la típica persona que se ahogaba en un vaso de agua y que, en cierta forma, explotaba su victimismo para así relacionarse con la gente. ¡Lo que a ella le pasaba, era siempre lo peor! Sin embargo, Mario, aunque empezaba a sentirse a disgusto con ella, aguantaba a su lado, porque la quería y creía que, a pesar de las diferencias, su relación de pareja podía funcionar…
A la postre, un buen día María dice cansarse de Mario, justo antes del verano (lo que siempre da que pensar), y le deja a través de un mensaje de texto al móvil, habiendo besado sus labios solo unos minutos antes. En aquel mensaje de texto, María le deseó a Mario lo mejor, con evidentes dosis de cinismo, diciéndole después que ella necesitaba una persona que esté más tiempo a su lado y que le preste mayor atención. Mario creyó morirse entonces. Mario sintió, como he dicho al principio, que había estado luchando por algo que no valía la pena, que había estado perdiendo el tiempo, el escaso tiempo del que disponía.
+++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++
Su propia teoría, a Mario, se le volvió en contra: quien vive de ilusiones, corre el riesgo de morir de desilusiones… Yo no creo que Mario estuviera equivocado, simplemente que ella era una víbora rastrera, que no era capaz de ver más allá de lo que sus ojos le mostraban y, para más inri, ante muchas cosas era ciega (o se lo hacía, que no sé qué es peor). ¡Tranquilo Mario! Tú sigue creciendo y olvídate de María, porque a ella la podemos describir con una palabra que recoge el castellano…
Mario es un chico joven, de unos veinticinco años, que vive de sueños y de la ambición de materializar tales sueños. Mario sueña despierto y entiende el sueño de manera noble, porque cree que la ilusión es lo que hace que la existencia esté viva, y no sea una vida muerta.
Mario es la típica persona que cree que el individuo se desarrolla de acuerdo con la teoría del sector circular, esto es, desarrollo radial divergente, a partir de un centro, en el que todos los frentes de la vida crecen por igual: familia, trabajo, persona, pareja, sexo, fe… Mario, que estudió con excelentes resultados una carrera, tiene un trabajo excelente, con un sueldo bastante aceptable, que le permite hacer frente a un pequeño apartamento que se ha comprado en Madrid capital. Mario, a su vez, está siguiendo un complejo proceso formativo, en paralelo a su trabajo, con el que aspira a poder ejercer la docencia algún día, especializándose en una materia que le apasiona. ¡Hay mucha gente que no le entiende! ¡Trabaja más de doce horas al día y encima estudia! Pero a Mario eso le da igual: Mario es sacrificado y lucha por aquello en lo que cree y, como año tras año va cosechando sus frutos, se va sintiendo a gusto consigo mismo.
Sin embargo, Mario, en realidad estaba cojo de uno de los frentes de desarrollo del sector: hace tiempo dejó una relación con una chica estupenda y, en ese sentido, sentía un vacío. Bien es cierto que Mario nunca sintió agobio por llenar ese vacío, pero el vacío ahí estaba… Cierto día, conoció a una chica, diríase que por casualidad. Si la primera imagen es la que cuenta, se puede decir que la chica le entró por los ojos; si la primera conversación es la que cuenta, Mario de primeras sintió que se había encontrado con una persona dolida por su pasado y recelosa de cara al futuro. Sin embargo, a Mario le gustó María, que es como se llamaba la chica, y decidió intentar emprender una relación con ella. Era el día de Navidad y ella le obsequió con un “me molas”. Sin embargo, desde ese “me molas” hasta el primer beso, pasaron cerca de dos meses: dos meses en los que Mario estuvo, a base de mensajes de texto al móvil, interesándose por los quehaceres diarios de María que, recelosa, contestaba a veces bien y a veces mal. No se atrevía a quedar con Mario. Cierto día, cuando Mario empezaba ya a cansarse de perseguir telefónicamente a María, ella, en un gesto que a Mario le debería haber revelado una clara inestabilidad, le propone quedar, y Mario accede. Esa noche se dan el primer beso; dos meses después.
Mario se enamoró perdidamente de María, y empezó a dedicarle de lleno el escaso tiempo libre de que disponía. María, que seguía mostrando recelo y era poco elocuente, parecía corresponderle solo parcialmente, si bien conforme avanzaba el tiempo ella parecía irse arrimando a él con cierto temor.
Cuatro meses después, la relación de pareja continuaba pero algo había cambiado: Mario se sentía apocado y empequeñecido frente a ella. En varias ocasiones le había dicho que la quería y ella no le correspondió. Mientras Mario no escatimaba en piropos, María le regalaba pocas lisonjas, y las pocas que le regalaba, se las dedicaba vía mensaje al móvil, nunca en persona. María trabajaba: tenía un trabajo por el que le daban un sueldo, no muy elevado, pero suficiente dados sus escasos gastos. De acuerdo con ese sueldo, ella se había compuesto su vida: vivía en casa de sus padres; todos los días se iba con alguna de sus amigas de compras o a tomar algo, o bien se iba al gimnasio, para volver a casa cuando la mesa, a la hora de cenar, estuviera puesta. A esa misma hora, la mitad de los días Mario estaba todavía trabajando o estudiando. El fin de semana, Mario, el escaso rato que se podía conceder para divertirse, se lo regalaba a María; María, en cambio, apenas paraba en su casa, y componía su fin de semana, si le convenía, en función del rato que Mario le pudiera conceder…
Mario estaba embarcado en una interminable sucesión de conflictos y proyectos, de naturaleza variada, que le tenían a maltraer, pero eso a María no le importaba. De hecho, si alguien le preguntaba por alguno de esos proyectos a María, ella no sabría responder. Mario estaba enamorado de María y, fruto de ese amor, solo anhelaba su felicidad, por lo que muchas veces prefería no atosigarla con sus innumerables problemas de trabajo para que ella no se preocupara; por el contrario, María atosigaba a Mario con sus problemas, porque era la típica persona que se ahogaba en un vaso de agua y que, en cierta forma, explotaba su victimismo para así relacionarse con la gente. ¡Lo que a ella le pasaba, era siempre lo peor! Sin embargo, Mario, aunque empezaba a sentirse a disgusto con ella, aguantaba a su lado, porque la quería y creía que, a pesar de las diferencias, su relación de pareja podía funcionar…
A la postre, un buen día María dice cansarse de Mario, justo antes del verano (lo que siempre da que pensar), y le deja a través de un mensaje de texto al móvil, habiendo besado sus labios solo unos minutos antes. En aquel mensaje de texto, María le deseó a Mario lo mejor, con evidentes dosis de cinismo, diciéndole después que ella necesitaba una persona que esté más tiempo a su lado y que le preste mayor atención. Mario creyó morirse entonces. Mario sintió, como he dicho al principio, que había estado luchando por algo que no valía la pena, que había estado perdiendo el tiempo, el escaso tiempo del que disponía.
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Su propia teoría, a Mario, se le volvió en contra: quien vive de ilusiones, corre el riesgo de morir de desilusiones… Yo no creo que Mario estuviera equivocado, simplemente que ella era una víbora rastrera, que no era capaz de ver más allá de lo que sus ojos le mostraban y, para más inri, ante muchas cosas era ciega (o se lo hacía, que no sé qué es peor). ¡Tranquilo Mario! Tú sigue creciendo y olvídate de María, porque a ella la podemos describir con una palabra que recoge el castellano…
El Cuaderno de Beto VII: “Mi primer regalo”
Fue en Navidad, hace no muchos años. Soy hijo de familia castellana creyente; en el seno de mi familia aprendí que el día de Navidad es uno de los días más especiales dentro del año… Se me enseñó que el día de Navidad es un día en el que el sentimiento del amor se hace más patente; que el amor se percibe, se siente, se respira, se nota… Se me dijo que la Navidad era una época para dar y que, por tanto, había de demostrar mis sentimientos a las personas que quería, más que cualquier otro día del año. Por eso, cuando llegó nuestra primera Navidad juntos, decidí hacerte un regalo, simplemente para demostrarte que te quería… ¿Te acuerdas? Fue el primer regalo de cierta importancia que te hice; fue el primer regalo tangible, eso sí, que hasta entonces te había hecho (es mucho más lo no tangible que hasta entonces te había regalado). Me costó mucho comprarte aquel regalo, pues entonces aún no trabajaba y mi situación económica no era muy holgada; y me costó más aún hacértelo llegar… Sin embargo, allí lo tuviste; allí lo recibiste con tus propias manos. Durante varios días no podía pensar en otra cosa que no fuera tu rostro cuando vieras mi dádiva… El regalo, en realidad, solo era un pequeño peluche; un perro, de raza cocker, que parecía estar recostado sobre el suelo; tenía unos ojos semillorosos que, conjugados con su posición durmiente, hacían que el muñeco transmitiera una gran ternura. Te lo regalé para que lo pusieras sobre tu cama, con el deseo de que durmieras con él y de que así, a través de él, yo me hiciera presente en tus noches, cuando la oscuridad inundaba tu alcoba y te quedabas a solas con tus sueños. ¡Sí! Tus sueños… Aquéllos que nunca me quisiste contar porque decías que si los sueños se contaban luego no se cumplían los deseos…
¿Qué fue de aquel regalo? ¿Qué fue de aquel perro que inspiraba tanto cariño y al que llegaste a insinuar que le habías puesto mi nombre? ¿Le diste un final similar al que le diste a aquellas dos flores de que hablaba en la página anterior de mi cuaderno? ¿Lo arrojaste al cubo de la basura como arrojaste mi amor? No lo sé y, francamente, prefiero no saberlo… Todo esto está acabando conmigo, yo mismo estoy acabando conmigo; tú quisiste acabar conmigo y lo estás consiguiendo... ¡Maldita seas!
¿Qué fue de aquel regalo? ¿Qué fue de aquel perro que inspiraba tanto cariño y al que llegaste a insinuar que le habías puesto mi nombre? ¿Le diste un final similar al que le diste a aquellas dos flores de que hablaba en la página anterior de mi cuaderno? ¿Lo arrojaste al cubo de la basura como arrojaste mi amor? No lo sé y, francamente, prefiero no saberlo… Todo esto está acabando conmigo, yo mismo estoy acabando conmigo; tú quisiste acabar conmigo y lo estás consiguiendo... ¡Maldita seas!
Levántate y anda III
Casi mediodía. Un sol resplandeciente hacía verdear las plantas y los árboles del jardín del hospital. Losas graníticas perfilaban caminos para ser recorridos por los paseantes. Roberto, portando el típico pijama hospitalario y sentado en una silla de ruedas, daba por allí un paseo, llevado por Mónica, su esposa, y acompañado por Miguel, su primo. Ya había pasado un día desde que se enterara del fallecimiento de su madre y parecía seguir algo molesto con su mujer y su primo por haberles ocultado tan trágica noticia:
—Tenía derecho a saberlo…
—Por supuesto que sí —, aseguró Miguel—. Pero no a impedir los progresos logrados por los médicos.
—¿A quién has venido a ver aquí? ¿A tus amigos los médicos?
—Sabes muy bien a quien he venido a ver, primo…
—Sí… Perdona… Es que… Es que no sé,… No sé qué pensar… Nunca me sentí tan solo en la vida…
Roberto se frotó la cara y Mónica apenada, tras dirigir una leve mirada a Miguel, dio un beso en la cabeza a su esposo y le habló:
—Cariño, todos te desean recuperado… ¿Sabes quien estuvo a verte? Tu cuñado, “el poli”, ¿a que no te lo crees?
Roberto dio una muestra de desprecio e indiferencia. Mientras tanto, seguían paseando. Se aproximaban a una pequeña explanada donde se habían dispuesto dos canastas de baloncesto, de modo que la explanada estaba habilitada como pista deportiva. Allí, en la cancha, un grupo de seis hombres, en sus respectivas sillas de ruedas, jugaban un animoso partido de baloncesto.
—Empiezas tu tratamiento… —, dijo Miguel.
—¿Qué! —, exclamó con cierta furia Roberto.
—Hablé con el personal de rehabilitación: han elaborado un programa completo para ti… Comienzas mañana.
Roberto tomó con sus manos las ruedas traseras de su silla; con cierta brusquedad, frenó en seco y, dándole un giro de ciento ochenta grados a la silla, se posicionó frente a su primo con cierto enojo:
—¡Un momento! Aguarda un momento… No quiero rehabilitación, solo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Llama al Dr. Hernando —, le dijo a su esposa—, él es mi médico… ¡Quiero que me opere!
—¡No habrá ninguna operación, Roberto! —, aseguró con firmeza Miguel.
—Si sacan la bala… Podré volver a andar…
—Rober, si te intervienen ahora podrías perderlo todo…
—Si no puedo andar, es cuando lo habré perdido
De repente, una pelota de baloncesto calló sobre el regazo de Roberto, asustándole un poco. Roberto tomó la pelota con sus manos y empezó a moverla describiendo giros desordenados, al tiempo que la observaba detenidamente sin pronunciar palabra. Uno de los hombres que jugaba al baloncesto se aproximó a él con el deseo de que le diera el balón. Era un hombre moreno, de pelo afilado y facciones marcadas; brazos fuertes y aspecto jovial:
—Eh, amigo —, le dijo a Roberto—. ¿Le apetece jugar con nosotros?
—No puedo…
—¿Por qué no? Tiene aspecto atlético…
—Tuve un accidente… No puedo…
—Oiga, no le pedimos que baile con nosotros, solo darle al balón…
—¡Ya le he dicho que no puedo!
Roberto devolvió al hombre el balón dándole un pase en picado que dio un bote en el suelo para caer en las manos del jugador. Seguidamente, dio una nueva vuelta a su silla, dándole la espalda a los baloncestistas. Mientras, el hombre al que Roberto le había devuelto el balón, tomó el esférico con sus manos y, tras dar un giro a su silla con una agilidad tremenda, lanzó un tiro a canasta desde su posición, encestando. ¡En un partido oficial aquello hubiera sido un triple! Tras tal hazaña, se volvió para regalarle unas palabras más a Roberto:
—¡Échele valor! Tener el cuerpo en desuso no es nada comparado con el daño que le hace a su mente… ¿Se entera?
Roberto no correspondió con la mirada a tales palabras, mientras Miguel, para hacerle tomar conciencia del desprecio que le había hecho a aquellos hombres, le dijo con cierta suavidad:
—No sé, Rober… Quizá ya lo hayas perdido todo…
Miguel se fue, dejando solos a Mónica y a Roberto. Monica, situándose frente a su esposo, se agachó, doblándose sobre sus piernas:
—Roberto… Cariño, escúchame. Podrás llevar una vida completa, sé que puedes… Solo tendrás que ayudarte un poco a ti mismo.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrastrarme humildemente por la oportunidad de pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas?
—Tal vez la humildad no sería mala cosa para empezar… a enfrentarte con esto.
—No es justo compararme con ellos —, dijo señalando a los que jugaban al baloncesto.
—Peor es que te abandones a ti mismo, o a mi…
—Moni… ¡Tengo miedo!
No pudo evitar abrazar a su esposa mientras rompía a llorar…
—Tenía derecho a saberlo…
—Por supuesto que sí —, aseguró Miguel—. Pero no a impedir los progresos logrados por los médicos.
—¿A quién has venido a ver aquí? ¿A tus amigos los médicos?
—Sabes muy bien a quien he venido a ver, primo…
—Sí… Perdona… Es que… Es que no sé,… No sé qué pensar… Nunca me sentí tan solo en la vida…
Roberto se frotó la cara y Mónica apenada, tras dirigir una leve mirada a Miguel, dio un beso en la cabeza a su esposo y le habló:
—Cariño, todos te desean recuperado… ¿Sabes quien estuvo a verte? Tu cuñado, “el poli”, ¿a que no te lo crees?
Roberto dio una muestra de desprecio e indiferencia. Mientras tanto, seguían paseando. Se aproximaban a una pequeña explanada donde se habían dispuesto dos canastas de baloncesto, de modo que la explanada estaba habilitada como pista deportiva. Allí, en la cancha, un grupo de seis hombres, en sus respectivas sillas de ruedas, jugaban un animoso partido de baloncesto.
—Empiezas tu tratamiento… —, dijo Miguel.
—¿Qué! —, exclamó con cierta furia Roberto.
—Hablé con el personal de rehabilitación: han elaborado un programa completo para ti… Comienzas mañana.
Roberto tomó con sus manos las ruedas traseras de su silla; con cierta brusquedad, frenó en seco y, dándole un giro de ciento ochenta grados a la silla, se posicionó frente a su primo con cierto enojo:
—¡Un momento! Aguarda un momento… No quiero rehabilitación, solo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Llama al Dr. Hernando —, le dijo a su esposa—, él es mi médico… ¡Quiero que me opere!
—¡No habrá ninguna operación, Roberto! —, aseguró con firmeza Miguel.
—Si sacan la bala… Podré volver a andar…
—Rober, si te intervienen ahora podrías perderlo todo…
—Si no puedo andar, es cuando lo habré perdido
De repente, una pelota de baloncesto calló sobre el regazo de Roberto, asustándole un poco. Roberto tomó la pelota con sus manos y empezó a moverla describiendo giros desordenados, al tiempo que la observaba detenidamente sin pronunciar palabra. Uno de los hombres que jugaba al baloncesto se aproximó a él con el deseo de que le diera el balón. Era un hombre moreno, de pelo afilado y facciones marcadas; brazos fuertes y aspecto jovial:
—Eh, amigo —, le dijo a Roberto—. ¿Le apetece jugar con nosotros?
—No puedo…
—¿Por qué no? Tiene aspecto atlético…
—Tuve un accidente… No puedo…
—Oiga, no le pedimos que baile con nosotros, solo darle al balón…
—¡Ya le he dicho que no puedo!
Roberto devolvió al hombre el balón dándole un pase en picado que dio un bote en el suelo para caer en las manos del jugador. Seguidamente, dio una nueva vuelta a su silla, dándole la espalda a los baloncestistas. Mientras, el hombre al que Roberto le había devuelto el balón, tomó el esférico con sus manos y, tras dar un giro a su silla con una agilidad tremenda, lanzó un tiro a canasta desde su posición, encestando. ¡En un partido oficial aquello hubiera sido un triple! Tras tal hazaña, se volvió para regalarle unas palabras más a Roberto:
—¡Échele valor! Tener el cuerpo en desuso no es nada comparado con el daño que le hace a su mente… ¿Se entera?
Roberto no correspondió con la mirada a tales palabras, mientras Miguel, para hacerle tomar conciencia del desprecio que le había hecho a aquellos hombres, le dijo con cierta suavidad:
—No sé, Rober… Quizá ya lo hayas perdido todo…
Miguel se fue, dejando solos a Mónica y a Roberto. Monica, situándose frente a su esposo, se agachó, doblándose sobre sus piernas:
—Roberto… Cariño, escúchame. Podrás llevar una vida completa, sé que puedes… Solo tendrás que ayudarte un poco a ti mismo.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrastrarme humildemente por la oportunidad de pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas?
—Tal vez la humildad no sería mala cosa para empezar… a enfrentarte con esto.
—No es justo compararme con ellos —, dijo señalando a los que jugaban al baloncesto.
—Peor es que te abandones a ti mismo, o a mi…
—Moni… ¡Tengo miedo!
No pudo evitar abrazar a su esposa mientras rompía a llorar…
El Cuaderno de Beto VI: “Ligero retroceso en esos primeros pasos para empezar a superarlo”
Gracias, una vez más, por esperar
Llevo mucho tiempo sin escribir… Lo sé. No he escrito porque no podía, no he escrito porque no me salían las palabras, porque tomaba el bolígrafo y mi mano derecha no era capaz de juntar de forma coherente más de dos palabras. Me sentía totalmente incapaz de transmitir nada… Por eso, mi cuaderno ha estado prácticamente abandonado. Dos de estas últimas noches, dado que no podía dormir, me he estado leyendo. He estado leyendo las páginas atrasadas de mi propio cuaderno y, tras reflexionar detenidamente, me he dado cuenta de que, en el fondo, me estoy engañando a mi mismo. Susana no va a volver conmigo, eso lo sé; ya lo he asumido. Sí, sí: ya lo he asumido. Pero durante este tiempo me he estado autoengañando, quizás por evitarme a mi mismo más daño, por no causarme a mi mismo un mayor sufrimiento. A lo largo de los escritos que he ido dejando en mi cuaderno, he hablado en varias ocasiones de cómo, hace unos meses, Susana y yo paseábamos nuestro amor por las calles del pueblo: ¡eso es falso! ¡Eso es mentira! Ella casi nunca tomó mi mano para dar un paseo, casi nunca fue capaz de besar mis labios en un lugar en el que no tuviera la certeza de que estábamos solos; casi nunca fue capaz de regalarme un abrazo o una muestra de afecto similar delante de algún conocido nuestro… Quizás eso me duele más: ahora sí pasea con Eusebio de la mano, ahora se abrazan en público, se besan, incluso se echan fotos juntos y luego se las enseñan a mis allegados… ¡Conmigo nunca hizo eso! Quizás esa diferencia de trato acrecienta mi dolor…
Hoy me han venido a la mente la rosa y la margarita… ¿Te acuerdas, Susana? Seguro que no, por eso me voy a permitir dejar aquí constancia escrita de aquello…
La rosa era una rosa roja, hermosa, brillante, robusta y sin espinas; sin espinas porque alguien se tomó la molestia de cortárselas para que, tus suaves manos, no corrieran el riesgo de arañarse a causa de aquella hermosa flor. Aquella rosa te la regalé una noche que pasamos juntos… Acuérdate: era invierno y estábamos hablando tú y yo, sentados a cubierto; una pobre anciana enlutada pasó junto a nosotros, con sus decrépitas manos cargadas de rosas. Nos enseñó todas las flores que llevaba y, a pesar de tu gesto de desprecio hacia la desdichada octogenaria, yo quise coger una de aquellas rosas para ti. Cuando te la di, sonreíste; y, tras haber mirado detenidamente a nuestro alrededor, me diste un beso. Fue un simple beso en la mejilla… Te aseguro que no era el beso que yo más deseaba en aquel momento que me dieras, pero en cierta forma me dio igual, porque era un beso tuyo y eso es lo que para mi potenciaba el valor del gesto, frente al beso que cualquier otra persona del mundo pudiera darme… Tú te quedaste con aquella rosa y, delante mía, empezaste a jugar y jugar con ella… Digo “jugar” por ser sutil, porque lo cierto es que, cuando al acabar aquella noche yo te acompañé a tu casa para irte a dormir, ya no llevabas la rosa contigo: la habías destrozado. La rompiste, poco a poco, en trozos: primero le quitaste las hojas del tallo, luego le arrancaste el tallo, después quitaste las hojas que, en su momento, protegían el capullo y finalmente fuiste arrancando los pétalos uno a uno… Fue cuestión de un par de horas…
La margarita… ¡Sí! La margarita… La margarita era tu flor favorita. Digo que era porque me consta que, desde que estás con ése, alguno de tus gustos ha cambiado. Y, como era tu flor favorita, una noche que parecías estar algo triste, quise sorprenderte colocándote una margarita sobre tu suave oreja. Fue en aquella explanada tan especial para nosotros, en aquel pueblo tan nuestro junto al mar… ¡No sabes lo que me costó encontrar aquella noche de verano una margarita! Pero la encontré… Estaba en una propiedad privada a la que tuve que acceder; pero era una margarita robusta, joven, con unos pétalos blancos como la nieve, que parecían tener un tacto suave y dulce… ¡Sí! Encontré la margarita y, como un niño que había encontrado algo preciado en el parque y corría a enseñárselo a su abuelo, fui a sorprenderte por la espalda, colocándote la margarita en la oreja derecha, retirando tu sedosa cabellera rubia. Te asustaste un poco, pero el susto se tornó en tranquilidad cuando me viste a mí y en alegría al ver la margarita… La explanada estaba llena de gente y tú tan solo supiste regalarme un “¡gracias, mi niño!”. Seguidamente, arrancaste el tallo de la margarita, quedándote con un ligero rabillo que te permitiera empezar, con tus dedos, a darle vueltas y vueltas a la margarita… De tantas vueltas que le diste, el corazón empezó a dejar caer los pétalos al suelo. Pasado un rato, los cuatro o cinco pétalos que quedaban los arrancaste y los tiraste al suelo… Así, la margarita, mi regalo, acabó la noche como la rosa que meses antes te había regalado…

El destino de esas dos flores, a la postre, ha sido tremendamente revelador. Yo, que siempre he creído que la vida va dejando mensajes a través de las cosas que pasan para que cada uno actúe en consecuencia, no supe ver lo que en realidad significaba el trato que aquellas flores, regaladas con todo mi amor, habían recibido. Creía que nuestro amor era como aquella rosa: fuerte, apasionado, perenne… Ahora me doy cuenta de que en realidad yo estaba levitando, y por eso no veía lo que había detrás de todo aquello: la rosa era frágil y caduca. Mi espíritu (devoto de ti, admirador de tu hermosura, sirviente de tu alma), poco a poco fue sintiendo como sus miembros se iban cercenando, como le ocurriera a la rosa; el tiempo me demostró que, durante una temporada, con mentiras, excusas y silencios, se me estuvo mareando, como a la margarita… Hasta que, al final, cuando la vida me enfrentó con la realidad desnuda, se me clavó la daga en el corazón que tanto me hirió, como cuando a ambas flores ella le arrancó sus últimos pétalos. Ahora que estoy intentando arrancarme aquella daga, siento que la vida se me va con ella… Veo muchas veces en sueños la rosa, con el mismo fulgor que tenía aquella noche, pero carece de tallo y se me muestra levitando, en el cielo, de una forma que soy incapaz de tocarla… ¡Yo me quiero morir!
Llevo mucho tiempo sin escribir… Lo sé. No he escrito porque no podía, no he escrito porque no me salían las palabras, porque tomaba el bolígrafo y mi mano derecha no era capaz de juntar de forma coherente más de dos palabras. Me sentía totalmente incapaz de transmitir nada… Por eso, mi cuaderno ha estado prácticamente abandonado. Dos de estas últimas noches, dado que no podía dormir, me he estado leyendo. He estado leyendo las páginas atrasadas de mi propio cuaderno y, tras reflexionar detenidamente, me he dado cuenta de que, en el fondo, me estoy engañando a mi mismo. Susana no va a volver conmigo, eso lo sé; ya lo he asumido. Sí, sí: ya lo he asumido. Pero durante este tiempo me he estado autoengañando, quizás por evitarme a mi mismo más daño, por no causarme a mi mismo un mayor sufrimiento. A lo largo de los escritos que he ido dejando en mi cuaderno, he hablado en varias ocasiones de cómo, hace unos meses, Susana y yo paseábamos nuestro amor por las calles del pueblo: ¡eso es falso! ¡Eso es mentira! Ella casi nunca tomó mi mano para dar un paseo, casi nunca fue capaz de besar mis labios en un lugar en el que no tuviera la certeza de que estábamos solos; casi nunca fue capaz de regalarme un abrazo o una muestra de afecto similar delante de algún conocido nuestro… Quizás eso me duele más: ahora sí pasea con Eusebio de la mano, ahora se abrazan en público, se besan, incluso se echan fotos juntos y luego se las enseñan a mis allegados… ¡Conmigo nunca hizo eso! Quizás esa diferencia de trato acrecienta mi dolor…
Hoy me han venido a la mente la rosa y la margarita… ¿Te acuerdas, Susana? Seguro que no, por eso me voy a permitir dejar aquí constancia escrita de aquello…
La rosa era una rosa roja, hermosa, brillante, robusta y sin espinas; sin espinas porque alguien se tomó la molestia de cortárselas para que, tus suaves manos, no corrieran el riesgo de arañarse a causa de aquella hermosa flor. Aquella rosa te la regalé una noche que pasamos juntos… Acuérdate: era invierno y estábamos hablando tú y yo, sentados a cubierto; una pobre anciana enlutada pasó junto a nosotros, con sus decrépitas manos cargadas de rosas. Nos enseñó todas las flores que llevaba y, a pesar de tu gesto de desprecio hacia la desdichada octogenaria, yo quise coger una de aquellas rosas para ti. Cuando te la di, sonreíste; y, tras haber mirado detenidamente a nuestro alrededor, me diste un beso. Fue un simple beso en la mejilla… Te aseguro que no era el beso que yo más deseaba en aquel momento que me dieras, pero en cierta forma me dio igual, porque era un beso tuyo y eso es lo que para mi potenciaba el valor del gesto, frente al beso que cualquier otra persona del mundo pudiera darme… Tú te quedaste con aquella rosa y, delante mía, empezaste a jugar y jugar con ella… Digo “jugar” por ser sutil, porque lo cierto es que, cuando al acabar aquella noche yo te acompañé a tu casa para irte a dormir, ya no llevabas la rosa contigo: la habías destrozado. La rompiste, poco a poco, en trozos: primero le quitaste las hojas del tallo, luego le arrancaste el tallo, después quitaste las hojas que, en su momento, protegían el capullo y finalmente fuiste arrancando los pétalos uno a uno… Fue cuestión de un par de horas…
La margarita… ¡Sí! La margarita… La margarita era tu flor favorita. Digo que era porque me consta que, desde que estás con ése, alguno de tus gustos ha cambiado. Y, como era tu flor favorita, una noche que parecías estar algo triste, quise sorprenderte colocándote una margarita sobre tu suave oreja. Fue en aquella explanada tan especial para nosotros, en aquel pueblo tan nuestro junto al mar… ¡No sabes lo que me costó encontrar aquella noche de verano una margarita! Pero la encontré… Estaba en una propiedad privada a la que tuve que acceder; pero era una margarita robusta, joven, con unos pétalos blancos como la nieve, que parecían tener un tacto suave y dulce… ¡Sí! Encontré la margarita y, como un niño que había encontrado algo preciado en el parque y corría a enseñárselo a su abuelo, fui a sorprenderte por la espalda, colocándote la margarita en la oreja derecha, retirando tu sedosa cabellera rubia. Te asustaste un poco, pero el susto se tornó en tranquilidad cuando me viste a mí y en alegría al ver la margarita… La explanada estaba llena de gente y tú tan solo supiste regalarme un “¡gracias, mi niño!”. Seguidamente, arrancaste el tallo de la margarita, quedándote con un ligero rabillo que te permitiera empezar, con tus dedos, a darle vueltas y vueltas a la margarita… De tantas vueltas que le diste, el corazón empezó a dejar caer los pétalos al suelo. Pasado un rato, los cuatro o cinco pétalos que quedaban los arrancaste y los tiraste al suelo… Así, la margarita, mi regalo, acabó la noche como la rosa que meses antes te había regalado…

El destino de esas dos flores, a la postre, ha sido tremendamente revelador. Yo, que siempre he creído que la vida va dejando mensajes a través de las cosas que pasan para que cada uno actúe en consecuencia, no supe ver lo que en realidad significaba el trato que aquellas flores, regaladas con todo mi amor, habían recibido. Creía que nuestro amor era como aquella rosa: fuerte, apasionado, perenne… Ahora me doy cuenta de que en realidad yo estaba levitando, y por eso no veía lo que había detrás de todo aquello: la rosa era frágil y caduca. Mi espíritu (devoto de ti, admirador de tu hermosura, sirviente de tu alma), poco a poco fue sintiendo como sus miembros se iban cercenando, como le ocurriera a la rosa; el tiempo me demostró que, durante una temporada, con mentiras, excusas y silencios, se me estuvo mareando, como a la margarita… Hasta que, al final, cuando la vida me enfrentó con la realidad desnuda, se me clavó la daga en el corazón que tanto me hirió, como cuando a ambas flores ella le arrancó sus últimos pétalos. Ahora que estoy intentando arrancarme aquella daga, siento que la vida se me va con ella… Veo muchas veces en sueños la rosa, con el mismo fulgor que tenía aquella noche, pero carece de tallo y se me muestra levitando, en el cielo, de una forma que soy incapaz de tocarla… ¡Yo me quiero morir!
Noche de karaoke
Hace unos días estuve en un karaoke. No salí a cantar porque las personas que me acompañaban no me lo permitieron: no entraré a valorar las razones que esgrimían para no permitirme salir, porque no vienen al caso para lo que aquí quiero transmitir, pero si a alguien le interesan con mucho gusto se las enumeraré.
Dado que, como he dicho, no me dejaron salir a cantar a mí, tomé asiento junto a mis acompañantes, pedimos una serie de copas, y nos acomodamos para ver el desfile de amagos de cantantes que estaba teniendo lugar. La noche transcurría entre la risa y el desafino, cuando la organizadora llamó a un nuevo cantante para que interpretara un tema. Recuerdo su tono de voz jovial mientras anunciaba:
—¡Miguel! Va a cantarnos “La Carta”, de Héroes del Silencio.
Miguel era un chico de figura no muy atlética, metro ochenta y cinco y un par de kilillos de sobra; pelo atezado y bastante corto; ojos de azabache, barbilla ondulada y bien afeitado. Yo conocía a Miguel. Miguel es la típica persona que vive no muy lejos de donde yo vivo y con la que me cruzo a menudo por la calle, pero con la que nunca he llegado a compartir más que un escueto “buenos días”. Allí estaba él, dispuesto a deleitarnos. Miguel empezó a cantar:
No hace mucho que leí tu carta,
y, sin fuerzas para contestar,
mil pedazos al viento nos separarán.
Pondré casa en un país
lejano para olvidar
este miedo hacia ti, este miedo hacia ti.
Y no hace mucho que rompí
tu recuerdo pensando
acabar de una vez.
Pero el tiempo y la distancia
no son todo para mí:
siempre hay algo que me hace volver.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿por qué estas tan lejos?
Sé que siempre he sido así
y que no tengo remedio,
ni lo quiero tener.
Pero ni el miedo ni tu cartas
lo son todo para mi;
quizás, otra vez, te echaré la culpa a ti.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
No lo hizo mal. Varias personas nos levantamos a aplaudirle: yo me levanté instintivamente, ya que la canción de “La Carta” es una de mis favoritas. Es más, la fui cantando en voz baja a la vez que Miguel. Pero sí que me sorprendió una cosa: Miguel no tenía una voz de cantante profesional, es cierto, pero el sentimiento que yo creí sentir al poder escuchar su voz entonando esta canción me pareció tan arrebatador y emotivo, que no parecía propio de quien se sube a cantar una canción cualquiera con el fin de pasar un buen rato.
Miguel acabó de cantar. Pude ver cómo frotaba sus ojos con suavidad, con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, agachando la cabeza. Una de sus acompañantes, que estaba sentada en la mesa donde se había acomodado su grupo de amigos, se aproximó a él: por los gestos deduje que se interesaba por su estado, ya que por la forma de tocarse los ojos, parecía que se enjuagaba unas lágrimas. Miguel respondió, sin levantar la cabeza, señalando hacia el techo con su dedo índice, justo hacia donde estaban los focos. «No lloro, son los focos», debía decirle. La chica, que por cierto estaba de muy buen ver, volvió hacia su asiento. He de decir que si, en verdad, Miguel lloraba, no era para sorprenderse… No pude reparar más, en aquel momento, en esos detalles, ya que la animadora nos habló de nuevo:
—¡Miguel va a cantarnos otra canción! Así que, Miguel, permanece en el escenario… ¡Música, maestro! Miguel nos cantará ahora “La Distancia” de Roberto Carlos.
Entre los suaves aplausos de acogida ante el nuevo tema, alguien en mi mesa hizo el chiste malo de decir que ése juega muy bien al fútbol, pero yo ignoré tal detalle; sentía curiosidad por el cambio de música tan radical que iba a hacer el chico: Miguel pasaba de la fuerza interpretativa del rock de Héroes a la sencillez romántica, para algunos cargante, de Roberto Carlos. No dejaba de pensar que las canciones que uno canta en un karaoke las elige libremente, por tanto él mismo, Miguel, era quien había decidido cantar esas canciones: ¿a qué podía responder esto?
Cavilaba en tal embroño, cuando Miguel empezó a cantar:
Nunca mas oíste tu hablar de mi,
en cambio yo seguí pensando en ti.
De toda esa nostalgia que quedó,
tanto tiempo ya pasó y nunca te olvidé.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
El resto de ése, nuestro amor, quedó
muy lejos, olvidado para ti.
Viviendo en el pasado aún estoy:
aunque todo ya cambio,
sé que no te olvidare.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
Pensé dejar de amarte una vez,
fue algo tan difícil para mi…
Si alguna vez, mi amor, piensas en mi
ten presente al recordar
que nunca te olvidé…
¡Cuántas veces yo pensé volver…
Miguel no acabó la canción. Su tono de voz se fue agravando considerablemente conforme avanzaba el tema, mientras sus ojos se humedecían a ojos vista. Llegado a este punto de la canción, Miguel tiró el micrófono al suelo y salió de la estancia, cruzando la sala a todo correr.
Como ya he dicho, yo, en realidad, no conozco a Miguel más que de vista; pero, gracias a lo que vi en él sobre aquel escenario, sí conozco la clase de persona que es ella, esa mujer a la que él aquella noche le cantaba. Tú, mujer, dondequiera que te encuentres y con quienquiera que estés, recibe mi total desprecio…
Dado que, como he dicho, no me dejaron salir a cantar a mí, tomé asiento junto a mis acompañantes, pedimos una serie de copas, y nos acomodamos para ver el desfile de amagos de cantantes que estaba teniendo lugar. La noche transcurría entre la risa y el desafino, cuando la organizadora llamó a un nuevo cantante para que interpretara un tema. Recuerdo su tono de voz jovial mientras anunciaba:
—¡Miguel! Va a cantarnos “La Carta”, de Héroes del Silencio.
Miguel era un chico de figura no muy atlética, metro ochenta y cinco y un par de kilillos de sobra; pelo atezado y bastante corto; ojos de azabache, barbilla ondulada y bien afeitado. Yo conocía a Miguel. Miguel es la típica persona que vive no muy lejos de donde yo vivo y con la que me cruzo a menudo por la calle, pero con la que nunca he llegado a compartir más que un escueto “buenos días”. Allí estaba él, dispuesto a deleitarnos. Miguel empezó a cantar:
No hace mucho que leí tu carta,
y, sin fuerzas para contestar,
mil pedazos al viento nos separarán.
Pondré casa en un país
lejano para olvidar
este miedo hacia ti, este miedo hacia ti.
Y no hace mucho que rompí
tu recuerdo pensando
acabar de una vez.
Pero el tiempo y la distancia
no son todo para mí:
siempre hay algo que me hace volver.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿por qué estas tan lejos?
Sé que siempre he sido así
y que no tengo remedio,
ni lo quiero tener.
Pero ni el miedo ni tu cartas
lo son todo para mi;
quizás, otra vez, te echaré la culpa a ti.
Siempre he escuchado, y ya no te creo
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
Siempre he escuchado, y ya no te creo:
¿por qué no te entiendo?
¿Por qué estas tan lejos?
No lo hizo mal. Varias personas nos levantamos a aplaudirle: yo me levanté instintivamente, ya que la canción de “La Carta” es una de mis favoritas. Es más, la fui cantando en voz baja a la vez que Miguel. Pero sí que me sorprendió una cosa: Miguel no tenía una voz de cantante profesional, es cierto, pero el sentimiento que yo creí sentir al poder escuchar su voz entonando esta canción me pareció tan arrebatador y emotivo, que no parecía propio de quien se sube a cantar una canción cualquiera con el fin de pasar un buen rato.
Miguel acabó de cantar. Pude ver cómo frotaba sus ojos con suavidad, con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, agachando la cabeza. Una de sus acompañantes, que estaba sentada en la mesa donde se había acomodado su grupo de amigos, se aproximó a él: por los gestos deduje que se interesaba por su estado, ya que por la forma de tocarse los ojos, parecía que se enjuagaba unas lágrimas. Miguel respondió, sin levantar la cabeza, señalando hacia el techo con su dedo índice, justo hacia donde estaban los focos. «No lloro, son los focos», debía decirle. La chica, que por cierto estaba de muy buen ver, volvió hacia su asiento. He de decir que si, en verdad, Miguel lloraba, no era para sorprenderse… No pude reparar más, en aquel momento, en esos detalles, ya que la animadora nos habló de nuevo:
—¡Miguel va a cantarnos otra canción! Así que, Miguel, permanece en el escenario… ¡Música, maestro! Miguel nos cantará ahora “La Distancia” de Roberto Carlos.
Entre los suaves aplausos de acogida ante el nuevo tema, alguien en mi mesa hizo el chiste malo de decir que ése juega muy bien al fútbol, pero yo ignoré tal detalle; sentía curiosidad por el cambio de música tan radical que iba a hacer el chico: Miguel pasaba de la fuerza interpretativa del rock de Héroes a la sencillez romántica, para algunos cargante, de Roberto Carlos. No dejaba de pensar que las canciones que uno canta en un karaoke las elige libremente, por tanto él mismo, Miguel, era quien había decidido cantar esas canciones: ¿a qué podía responder esto?
Cavilaba en tal embroño, cuando Miguel empezó a cantar:
Nunca mas oíste tu hablar de mi,
en cambio yo seguí pensando en ti.
De toda esa nostalgia que quedó,
tanto tiempo ya pasó y nunca te olvidé.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
El resto de ése, nuestro amor, quedó
muy lejos, olvidado para ti.
Viviendo en el pasado aún estoy:
aunque todo ya cambio,
sé que no te olvidare.
¡Cuántas veces yo pensé volver
y decir que de mi amor nada cambio,
pero mi silencio fue mayor
y en la distancia muero,
día a día, sin saberlo tú!
Pensé dejar de amarte una vez,
fue algo tan difícil para mi…
Si alguna vez, mi amor, piensas en mi
ten presente al recordar
que nunca te olvidé…
¡Cuántas veces yo pensé volver…
Miguel no acabó la canción. Su tono de voz se fue agravando considerablemente conforme avanzaba el tema, mientras sus ojos se humedecían a ojos vista. Llegado a este punto de la canción, Miguel tiró el micrófono al suelo y salió de la estancia, cruzando la sala a todo correr.
Como ya he dicho, yo, en realidad, no conozco a Miguel más que de vista; pero, gracias a lo que vi en él sobre aquel escenario, sí conozco la clase de persona que es ella, esa mujer a la que él aquella noche le cantaba. Tú, mujer, dondequiera que te encuentres y con quienquiera que estés, recibe mi total desprecio…
El emperador y el mendigo
Un emperador estaba saliendo de su palacio para dar un paseo matutino, cuando, a las puertas del mismo, se encontró con un mendigo. Suponiendo que el mendigo estaba allí para pedir limosna, el emperador le preguntó:
—¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo:
—Me preguntas de una manera... ¡como si tú pudieras satisfacer mi deseo!
—Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo —, respondió el emperador—. ¿Cuál es?
—Piensa bien antes de prometer nada —, dijo el mendigo.
El emperador, que empezaba a enojarse, insistió:
—Te daré cualquier cosa que pidas. Soy una persona muy, muy, muy poderosa; soy inmensamente rico... ¿qué puedes desear tú que yo no pueda darte?
—Es un deseo muy simple —, dijo el mendigo—. ¿Ves esta bolsa que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
—Por supuesto —, dijo el emperador.
Seguidamente, el soberano, muy seguro de sí mismo, llamó a uno de sus criados, diciéndole
—Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El criado así lo hizo... Pero el dinero, apenas había caído en la bolsa, desapareció. El criado echó más, y volvió a pasar lo mismo: parecía volatilizarse. Echó más y más dinero, pero éste siempre desaparecía al instante. De esta forma, la bolsa del mendigo siempre estaba vacía.
El rumor de esta escena empezó a correr rápidamente por todos los rincones de la ciudad y la curiosidad ante lo que estaba ocurriendo trajo una gran multitud a aquel lugar, con lo que empezaba a ponerse en riesgo el “buen nombre” del emperador. Ruborizado, horrorizado solo de pensar en la deshonra que este lance podía traerle, el soberano le dijo a sus servidores:
—Estoy dispuesto a perder mi reino, estoy dispuesto a mis bienes, estoy dispuesto a perderlo todo… ¡pero este mendigo no se va a salir con la suya! ¡No puede dejarme en ridículo delante de mi pueblo!
Así, fueron vertiéndose en la bolsa diamantes, perlas, esmeraldas, rubíes zafiros, oro... Uno a uno los tesoros del emperador iban vertiéndose en la bolsa, pero ésta no parecía tener fondo: todo lo que se colocaba en ella desaparecía de forma inmediata y misteriosa.
¡No había nada que hacer! El emperador había vertido todos sus bienes en el interior de la bolsa, había llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia durante siglos. Llegado a tal situación, se arrodilló en señal de penitencia a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo:
—Has ganado: pero antes de que te vayas, me gustaría que satisficieras mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
—¿El secreto? —, dijo el mendigo—. El secreto es el material de que está hecha la bolsa: la bolsa está hecha de deseos humanos.
Anónimo
**********************************************************************************************************
Piensa en los deseos ¿cuál es su mecanismo? Analicémoslo. Primero hay una gran excitación: la aventura. Se siente un gran impulso. Algo va a suceder, se está al borde de algo. Y luego que se tiene el coche, el yate, la casa, la mujer, las joyas,… De repente, nada de ello tiene significado ya. ¿Qué ha pasado? La mente lo ha desmaterializado. El coche está en el garaje, pero ya no excita de la misma manera. Lo que excitaba era conseguirlo... o lo que es lo mismo, nos habíamos emborrachado con el deseo hasta tal punto que nos habíamos olvidado que el vacío se sitúa en el interior de nosotros mismos. Pero ahora, con el deseo cumplido (el coche en el garaje, esa mujer en la cama, el dinero en el banco, las joyas en el joyero...) desaparece la excitación
De nuevo se siente ese vacío. Y se tiene que crear un nuevo deseo para escapar de esa sensación, esa ansiedad, ese vacío. Así es como va la mayoría de la gente por la vida: de un deseo en otro, convertida en mendigos con bolsas que jamás parecen poderse llenar. Cuando se alcanza, un nuevo deseo se hace necesario, olvidando ése que tanto se buscó.
Graciela Heger A.
—¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo:
—Me preguntas de una manera... ¡como si tú pudieras satisfacer mi deseo!
—Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo —, respondió el emperador—. ¿Cuál es?
—Piensa bien antes de prometer nada —, dijo el mendigo.
El emperador, que empezaba a enojarse, insistió:
—Te daré cualquier cosa que pidas. Soy una persona muy, muy, muy poderosa; soy inmensamente rico... ¿qué puedes desear tú que yo no pueda darte?
—Es un deseo muy simple —, dijo el mendigo—. ¿Ves esta bolsa que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
—Por supuesto —, dijo el emperador.
Seguidamente, el soberano, muy seguro de sí mismo, llamó a uno de sus criados, diciéndole
—Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El criado así lo hizo... Pero el dinero, apenas había caído en la bolsa, desapareció. El criado echó más, y volvió a pasar lo mismo: parecía volatilizarse. Echó más y más dinero, pero éste siempre desaparecía al instante. De esta forma, la bolsa del mendigo siempre estaba vacía.
El rumor de esta escena empezó a correr rápidamente por todos los rincones de la ciudad y la curiosidad ante lo que estaba ocurriendo trajo una gran multitud a aquel lugar, con lo que empezaba a ponerse en riesgo el “buen nombre” del emperador. Ruborizado, horrorizado solo de pensar en la deshonra que este lance podía traerle, el soberano le dijo a sus servidores:
—Estoy dispuesto a perder mi reino, estoy dispuesto a mis bienes, estoy dispuesto a perderlo todo… ¡pero este mendigo no se va a salir con la suya! ¡No puede dejarme en ridículo delante de mi pueblo!
Así, fueron vertiéndose en la bolsa diamantes, perlas, esmeraldas, rubíes zafiros, oro... Uno a uno los tesoros del emperador iban vertiéndose en la bolsa, pero ésta no parecía tener fondo: todo lo que se colocaba en ella desaparecía de forma inmediata y misteriosa.
¡No había nada que hacer! El emperador había vertido todos sus bienes en el interior de la bolsa, había llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia durante siglos. Llegado a tal situación, se arrodilló en señal de penitencia a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo:
—Has ganado: pero antes de que te vayas, me gustaría que satisficieras mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
—¿El secreto? —, dijo el mendigo—. El secreto es el material de que está hecha la bolsa: la bolsa está hecha de deseos humanos.
Anónimo
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Piensa en los deseos ¿cuál es su mecanismo? Analicémoslo. Primero hay una gran excitación: la aventura. Se siente un gran impulso. Algo va a suceder, se está al borde de algo. Y luego que se tiene el coche, el yate, la casa, la mujer, las joyas,… De repente, nada de ello tiene significado ya. ¿Qué ha pasado? La mente lo ha desmaterializado. El coche está en el garaje, pero ya no excita de la misma manera. Lo que excitaba era conseguirlo... o lo que es lo mismo, nos habíamos emborrachado con el deseo hasta tal punto que nos habíamos olvidado que el vacío se sitúa en el interior de nosotros mismos. Pero ahora, con el deseo cumplido (el coche en el garaje, esa mujer en la cama, el dinero en el banco, las joyas en el joyero...) desaparece la excitación
De nuevo se siente ese vacío. Y se tiene que crear un nuevo deseo para escapar de esa sensación, esa ansiedad, ese vacío. Así es como va la mayoría de la gente por la vida: de un deseo en otro, convertida en mendigos con bolsas que jamás parecen poderse llenar. Cuando se alcanza, un nuevo deseo se hace necesario, olvidando ése que tanto se buscó.
Graciela Heger A.
Un trato justo
Su nombre era Alexander, Alexander Fleming; era un pobre agricultor de Lochfield, en Escocia. Un día, mientras trabajaba duramente para intentar ganarse el pan para su familia, escuchó a alguien pidiendo ayuda desde un pantano cercano. Inmediatamente, soltó sus herramientas y corrió hacia el pantano. Allí, enterrado hasta la cintura en el lodo negro de un lodazal, estaba un niño aterrorizado, gritando y luchando, tratando de liberarse del lodo. El agricultor Fleming salvó al muchacho de lo que pudo ser una muerte agónica, lenta y terrible.
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor británico. Un noble ingles, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presento a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.
—Yo quiero recompensarle —, dijo el noble inglés—. Usted ayer salvó la vida de mi hijo.
—No, yo no puedo aceptar ninguna recompensa por lo que hice—, respondió el agricultor ingles, rechazando la oferta.
En ese momento el hijo del agricultor, un niño de pocos años, salió a la puerta de la humilde casa familiar, impresionado por el carruaje que había venido a visitar a su padre
—¿Es ése su hijo?—, preguntó el noble inglés sonriente.
—Sí —, respondió el agricultor lleno de orgullo.
—Dado que usted rechaza mi oferta, le voy a proponer un trato: déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación, ya que dudo que usted pueda proporcionársela. Si el chico es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming, el agricultor, se graduó en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital, en Londres, y se convirtió en un personaje de gran renombre, Sir Alexander Fleming, gracias a un descubrimento que cambiaría el mundo: la Penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonia.
¿Qué lo salvo? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.
¿El nombre de su hijo, salvado por Fleming? Sir Winston Churchill, la piedra angular de la victoria de la libertad contra la tiranía nazi.
Alguien dijo alguna vez: siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos... Quizás el sabio que lo dijo estaba en lo cierto…
Al día siguiente, un carruaje muy pomposo llegó hasta los predios del agricultor británico. Un noble ingles, elegantemente vestido, se bajó del vehículo y se presento a sí mismo como el padre del niño que Fleming había salvado.
—Yo quiero recompensarle —, dijo el noble inglés—. Usted ayer salvó la vida de mi hijo.
—No, yo no puedo aceptar ninguna recompensa por lo que hice—, respondió el agricultor ingles, rechazando la oferta.
En ese momento el hijo del agricultor, un niño de pocos años, salió a la puerta de la humilde casa familiar, impresionado por el carruaje que había venido a visitar a su padre
—¿Es ése su hijo?—, preguntó el noble inglés sonriente.
—Sí —, respondió el agricultor lleno de orgullo.
—Dado que usted rechaza mi oferta, le voy a proponer un trato: déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle una buena educación, ya que dudo que usted pueda proporcionársela. Si el chico es parecido a su padre, crecerá hasta convertirse en un hombre del cual usted estará muy orgulloso.
El agricultor aceptó.
Con el paso del tiempo, el hijo de Fleming, el agricultor, se graduó en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital, en Londres, y se convirtió en un personaje de gran renombre, Sir Alexander Fleming, gracias a un descubrimento que cambiaría el mundo: la Penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de pulmonia.
¿Qué lo salvo? La Penicilina.
¿El nombre del noble inglés? Randolph Churchill.
¿El nombre de su hijo, salvado por Fleming? Sir Winston Churchill, la piedra angular de la victoria de la libertad contra la tiranía nazi.
Alguien dijo alguna vez: siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos... Quizás el sabio que lo dijo estaba en lo cierto…
Levántate y anda II
Día soleado. El doctor que atendía a Roberto acompañaba en un leve paseo a Mónica y a Miguel, el primo de Roberto, por las afueras del hospital.
—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.
El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.
Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.
—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…
Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:
—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!
Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:
—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…
Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:
—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias
Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:
—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.
Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.
La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.
—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…
Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:
—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!
Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:
—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.
Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:
—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no cr
—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.
El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.
Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.
—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…
Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:
—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!
Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:
—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…
Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:
—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias
Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:
—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.
Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.
La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.
—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…
Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:
—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!
Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:
—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.
Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:
—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no cr