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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
El abrazo
A ella, por supuesto, por compartir conmigo (y solo conmigo) tan grandiosa experiencia.
A mis niñas de JMV, por ser las primeras, después de quien aquí escribe, en hacerse eco de esta historia.


La historia que aquí se recoge es una historia real, mi historia; una historia difícil de explicar con palabras…

Soy una mujer que se ha criado en un ambiente humilde. Cuando estaba en plena adolescencia conocí a un chico estupendo: lo que en principio podía parecer un simple amor precoz y adolescente, ha resultado ser un sentimiento perenne e intenso, difícilmente comparable con nada. Hoy, varias décadas después, el sentimiento vertido en aquellos besos que, con tan solo dieciséis años, a escondidas nos robábamos entre los pinares de la Dehesa de la Villa tiene la misma fuerza y el mismo ardor que por entonces tenía. Con el tiempo, nuestro sentimiento se fue materializando hasta que nos casamos y juntos pudimos, con esfuerzo y sacrificio, conformar nuestro propio hogar; hecho a nuestra medida, suyo y mío; nuestro; enteramente nuestro. Fruto de nuestro amor son nuestras dos hijas, a cada cual más hermosa. Ahora tenemos una nieta, igual de guapa que su madre, por no decir que más.

Nuestro hogar ha sido un hogar robusto y acogedor, donde el sol de nuestra juventud se fue poniendo para levantar el sol de la vida nuestras hijas; con sacrificio, con sudor y hasta con lágrimas, conseguimos que ellas nunca tuvieran ninguna necesidad, que no se tuvieran que privar de nada. Podría decirse que fuimos un matrimonio feliz, una familia dichosa y, dado que no todo en la vida es dinero, rica.

Fue en este agradable ambiente donde ocurrió un suceso que condicionó en gran medida mi vida; o, durante mucho tiempo, mi sin-vida. Mi amado esposo sufrió una enfermedad cardiaca que hizo que todo en mi vida diera un vuelco: primero una angina de pecho, luego un infarto… Cuando creímos que se reponía, tuvo una recaída que motivó finalmente una operación a corazón abierto. Los médicos me dijeron entonces que mi marido sufría una malformación: su noble corazón era demasiado grande en relación con el tamaño de su caja torácica, por lo que todo apuntaba a que moriría no tardando mucho.

Fue muy duro, imposible de describir cuánto, que me dijeran que él, la persona que más he querido, que más quiero y que más querré, se iba a marchar de mi lado sin yo poder hacer nada por remediarlo. Decir que se me vino el mundo encima, es decir poco. Cuando, tras ser receptora de tan desagradable noticia, volví a nuestra casa (que nunca puede ser mía sin él), sentí en mi interior el mayor vacío que jamás había sentido. Me sentía, paseando por las habitaciones, como una sombra carente de ilusiones; de golpe me convertí en una anciana y me quise abstraer de todo: no miraba los cuadros ni las fotos, no abría los cajones por miedo a encontrar recuerdos. Aquella tarde, para mi, la oscuridad invadió todo mi entorno: se hizo de noche de repente. El único sentimiento que cabía en mi era entonces la soledad, que era mi única y triste compañera en casa.

Recuperado de la operación, él volvió a casa. Advertida estaba de que tenía que vigilarle permanentemente porque en cualquier momento se le podía cortar la respiración. Por temor a que su respiración se cortara de noche no dormía; por angustia y por tensión durante el día ni descansaba ni comía. ¡Qué se yo cuántos kilos perdí en poco tiempo! Todavía no me explico cómo yo, con mis escasos sesenta kilos de peso, podía acostarle y levantarle a él, con sus más de cien kilos. Visto ahora, tiempo después, no entiendo de dónde podía sacar fuerzas, pero lo cierto es que lo hacía.

Lo mío era un sinvivir. Me sentía vacía y abandonada, sumida en la más absoluta incertidumbre y en la soledad más desoladora; no solo perdí el sueño y el apetito, también perdí la oración, la ilusión y hasta las ganas de vivir: solo vivía para él, para nada ni nadie más. La desesperación se iba acumulando en mi día tras día; sentía que en cualquier momento yo iba a estallar. Cuando en algún momento me quedaba a solas, rompía a llorar de forma desconsolada; no quería que él me viera llorar. Fue en medio de tanta angustia, cuando una noche me sucedió algo que abigarró mi alma, recargándola de energía. Aquella noche, como de costumbre, me quedé unos minutos yo sola en el salón, con las luces apagadas y la sola compañía de las volutas de humo de un cigarrillo que ya se consumía; la niebla, una vez más, poblaba mis pensamientos. La soledad era dulcemente amarga: solo con ella podía llorar, solo estando a solas y en medio de la oscuridad podía llorar. Fue entonces, cuando tras resbalar por mis mejillas las dos primeras lágrimas, sentí algo que hasta entonces no había sentido: ¡alguien me abrazó! No fue un abrazo cualquiera, fue el abrazo de alguien grande. No sabría decir cuanto tiempo duró aquel abrazo, ya que perdí la noción del tiempo; sentí como si alguien me vaciara todas las lágrimas que llevaba acumuladas dentro y que hasta ese momento no había tenido ocasión de expulsar; sentí como si me susurraran al oído: “no temas, aquí estoy yo; estoy contigo y estoy para ayudarte”, aunque nadie me dijo nada; en la habitación no sentí la presencia de nadie.

Por mis convicciones, por mis creencias, por mi formación y por mi forma de ver la vida, estoy convencida de Quién me dio tan maravilloso abrazo… ¡Pero eso da igual! Lo verdaderamente importante es que aquella noche, en medio de mi amarga soledad, alguien me abrazó y, como el ave Fénix, volví a nacer, volví a la vida, volví a sonreír… Todo empezó de nuevo.

En Madrid, junio de 2006



Esta historia se me relató, en junio de 2006, por boca de la persona que la vivió, con el deseo de que intentara transmitirla, ya que ella no se veía capaz de hacerlo. Respetando su anonimato, ya que solo ella y yo conocemos la intrahistoria aquí recogida, finalmente creo haber conseguido aproximarme a su experiencia... La tarea no ha sido fácil, a pesar de lo que aquí se pueda ver. Además, siento que se me quedan muchas cosas en el tintero: me veo, por ejemplo, incapaz de recoger el sentimiento que los ojos y las manos de esta persona me transmitíeron cuando compartió conmigo tan increible historia... En cualquier caso, gracias por compartirla conmigo, ya que me consta que ni tu marido la conoce, y gracias a ti por leerla...
 
Llevo la competición en la sangre


El día 21 de marzo del año 1960 nacía en São Paulo (Brasil) Ayrton Senna da Silva. Ayrton era hijo de un terrateniente, un rico hombre de negocio. Siendo Ayrton todavía un niño, su padre le construyó un coche a pedales; aquel pequeño auto fue doblemente milagroso, ya que no solamente pobló de ilusión a aquella criatura, sino que además hizo desaparecer ciertos problemas de motricidad en las manos de un chiquillo que en breve comenzaría a incursionar, a pasos agigantados, en el mundo del automovilismo. Desde ese momento, su padre fue su principal agente impulsor, y gracias a él, en el año 1973 ya había entrado a competir en el campeonato de karts de Brasil. Antes de acabar la década de los setenta, aquel joven brasileño ya había sido campeón de Sudamérica y subcampeón del mundo de karts.

En 1980 Senna abandonaba su adorado Brasil natal para desplazarse a suelo europeo y conocer, de primera mano, el automovilismo del Viejo Continente; allí sorprendería su facilidad para acumular victorias, pole positions y vueltas rápidas. Dado el talento atesorado, Ayrton no tardaría en hacerse un privilegiado hueco: en 1981 se proclamó campeón, de forma indiscutible, en la categoría de la Fórmula Ford 1600 Británica; al año siguiente, 1982, consiguió el título de campeón en la categoría de Fórmula Ford 2000; y en 1983 se proclamó campeón en la complicada Fórmula 3 Británica, en el mismo año de su llegada a la categoría.

Con estos avales, en 1984 por fin Ayrton dio el paso definitivo para llegar a la categoría donde se colmarían sus aspiraciones y en la que su figura se consagraría eternamente: la Fórmula 1. Tras manejar, durante los principios de su andadura monoplazas de escuderías humildes, Ayrton pasaría en la temporada del año 1988 a la escudería McClaren, acompañando al ya prestigioso Alain Prost. Ese mismo año se proclamó campeón del mundo, revalidando el título dos veces más: en el año 1990 y en el año 1991.



En 1994, y después de un par de años de mala suerte a causa de una fuerte crisis en la escudería McClaren, Ayrton fichó por el equipo Williams-Renault. Lo que en principio parecía ser una nueva etapa plagada de éxitos al ponerse a los mandos del que, por entonces, era el mejor coche, acabó convirtiéndose en una tragedia. La temporada comenzaba para Ayrton con dos poles y dos abandonos en los G. P. de Brasil y Pacífico, mientras que su más directo oponente, un joven Michael Schumacher, se imponía en sendas carreras. El siguiente episodio tendría lugar en Ímola (San Marino). El Gran Premio comenzó mal desde el principio: en la primera jornada de los entrenamientos, el coche del brasileño Rubens Barrichello volaba contra un muro de neumáticos, sufriendo el piloto varias heridas de cierta severidad que le impedirían disputar la carrera. Al día siguiente, sábado, el monoplaza del austriaco Roland Ratzenberger se salía en la trazada de una curva, chocando de frente contra un muro: el piloto falleció en el acto. Ambos accidentes afectaron visiblemente a Senna, quien se mostró durante las horas previas al Gran Premio notablemente preocupado, como quien presiente algo malo: buena prueba de ello es que, en cada carrera, Senna siempre tenía por costumbre dar dos vueltas al circuito tras salir del pit-lane, antes de colocarse en la parrilla de salida; en aquella ocasión, Ayrton dio tres vueltas. A pesar de todos los contratiempos, Senna había conseguido la pole position, por lo que partía desde la primera línea de la parrilla de salida. Tras un comienzo de carrera algo convulso, el piloto brasileño se hizo con el control de la competición, manteniendo la primera posición; sin embargo, al llegar a la séptima vuelta, Ayrton perdió el control de su coche al entrar en la célebre curva de Tamburello, con tan mala suerte que su monoplaza se salió de pista chocando finalmente contra un muro de hormigón. Senna moriría cuatro horas más tarde en el hospital, al que fue evacuado en helicóptero desde el circuito.

Mucho se ha especulado sobre las causas de aquel accidente: que si la barra de la dirección, que si la temperatura de los neumáticos… ¡Da igual! Lo único que ha quedado claro es que aquella triste tarde del primero de mayo le perdimos para siempre. Lo que vino después fue una clara muestra de la grandeza inherente al brasileño: aquel accidente cambió el deporte del motor profundamente, lo que indudablemente ha contribuido a salvar muchas vidas desde entonces. Una de las consecuencias del accidente de Senna ha sido el replanteamiento de los trazados de los circuitos de todo el mundo. Tamburello, por ejemplo, la curva en la que Senna halló la muerte, fue rediseñada y convertida en una chicane de izquierda a derecha para obligar a los pilotos a reducir la velocidad. Desde aquel infortunio, no ha habido más accidentes mortales en Fórmula 1. ¿Acaso es éste un digno legado para un gran hombre?

Al morir, Ayrton Senna acumulaba en su trayectoria como piloto de Fórmula 1, además de los tres títulos mundiales, 41 victorias, 65 pole positions y 19 vueltas rápidas, además de algún que otro récord de menor índole, como son sus seis victorias en el Gran Premio de Mónaco (el más atractivo de todos). Con el tiempo, ha sido superado por Michael Shumacher en todos los records (exceptuando el de las seis victorias en Mónaco), quedando así la eterna intriga de qué hubiera pasado de no haber muerto, lo que ha contribuido a afianzar aún más la leyenda de Senna.



Pero Ayrton Senna representa algo más que unas meras cifras deportivas apabullantes que se pueden consultar en miles de páginas de la red dedicadas al mundo del motor o del deporte en general. Senna era algo más que un piloto. Tras el nombre de Ayrton Senna hay algo más que una vida completa ligada al deporte del motor. No se mide la grandeza de un hombre solo en cifras; no se ha traido la figura de Senna aquí para transcribir su carrera deportiva. Las estadísticas, por sí solas, no crean ni un ídolo, ni mucho menos una leyenda.

Ayrton Senna llegó a establecer una relación tan sumamente estrecha, íntima, personal y afectiva con su vehículo, que no tiene parangón: Senna conseguía entenderse a la perfección con su automóvil, llegando con él a acariciar los límites de lo sobrenatural, rebasando las barreras de velocidad que nadie imaginaba que ni siquiera se pudieran alcanzar y logrando los triunfos que la mayoría de sus compañeros de competición anhelaban. Era una relación más mágica que amorosa. A él poco le importaba, por no decir nada, si el asfalto estaba mojado o tenía poca adherencia: lo suyo era volar y violar, en una décima de segundo, todas las leyes de la Física. Su precisión en la conducción le hizo prácticamente invencible en condiciones climáticas extremas; no hay más que valorar que a día de hoy ningún piloto es capaz de adelantar por el exterior en las curvas de un circuito lluvioso. Ayrton dominaba el clima como nadie: cuando llovía en su São Paolo natal, y toda la gente se recogía, Ayrton aprovechaba para entrenar con su monoplaza en el circuito de Interlagos, con lo que acostumbraba sus músculos al dureza y el rigor de la lluvia, además de aprender a controlar, visual y técnicamente, las peores condiciones climáticas en el asfalto. ¿Qué más se puede decir? Era un hombre extraordinario que poseía un don magnífico, con un talento sublime y una ambición épica (muestra de su anhelo de victoria es su tan repetida frase «el segundo es el primero de los perdedores»).

Además, Senna combinaba ese talento sin fin dentro de las pistas, que demostraba en cada Gran Premio, con una sensibilidad sin igual y un don de gentes extraordinario: fue un hombre que, como ningún otro, supo ganarse el afecto de la gente y el respeto de los más rigurosos críticos del mundo automovilístico; la relación entre Ayrton y su público iba más allá de cualquiera de sus deleitosas actuaciones a los mandos de su monoplaza. Cuando llegaron a Brasil sus restos mortales, recibió un entierro con todos los honores, como el héroe nacional que era: multitud de admiradores, bañados en lágrimas, acudieron a rendirle tributo por las calles de São Paolo al paso de su féretro envuelto en la bandera de Brasil, mientras el país declaraba tres días de luto oficial.

Buena muestra de su calidad humana, son, por poner un ejemplo, las imágenes que muchos aficionados conservan aún en su retina de los entrenamientos del G. P. de Bélgica del año 1992, en el circuito belga de Spa Francorchamps. Ayrton, al percatarse de que el piloto francés Erik Comas permanecía dentro del monoplaza tras sufrir un aparatoso accidente, detuvo su vehículo y echó a correr en auxilio del accidentado intentando evitar así una desgracia mayor; la imagen de un piloto ayudando a un compañero en semejante situación es bastante poco habitual y dice mucho de la categoría humana del bienhechor (podéis ver un vídeo en el enlace siguiente: http://www.youtube.com/watch?v=zZfd_7MQNLI).

Si sorprendentes fueron su trayectoria profesional y su don de gentes, sorprendente era también, para asombro de todos, la relación que mantenía, o decía mantener, con Dios. Ya no solo era una cuestión de fe o convicción; ya no solo era que, antes de cada Gran Premio, Senna acostumbrara a leer, en el motorhome de cada circuito, algún pasaje de la Biblia; es que Senna parecía ser propietario de una comunicación exclusiva, directa y “de tú a tú” con Dios. Era como si verdaderamente se dirigiera a un amigo, a un ser de su misma naturaleza; no a un ser superior ante el que la gente suele arrodillarse. Parecía como si Dios estuviera permanentemente atareado; pero cuando el gran piloto llegaba, sin necesidad de pedir audiencia, Él le atendía.

Era algo fantástico: en más de una ocasión llegó a confesar que en la curva de Eau Rouge, en el circuito belga de Spa, hablaba con Dios. Además, solía decir que no le gustaban las iglesias llenas, sino que prefería las iglesias vacías, ya que en ellas la comunicación con Dios era más asequible y personal.

Pero aún hay más: Ayrton amaba apasionadamente su Brasil natal, con sus luces y sus sombras, con sus carencias y sus abundancias, con sus miserias y sus opulencias. Después de cosechar tantos éxitos y adquirir una considerable riqueza, Ayrton decidió destinar parte de sus esfuerzos a intentar ofrecer las oportunidades que él tuvo, a otros que no gozaban de su suerte. Así, en febrero de 1994 se creó el personaje de dibujos animados “Senninha”, presentándose oficialmente en una ceremonia en la que estuvo presente el propio Ayrton. Senniha, que en realidad es el pequeño Senna, es un simpático y travieso pequeño campeón del automovilismo, inspirado en y por el propio Ayrton. El cariñoso y alegre dibujo animado pronto alcanzó una gran popularidad en Brasil.



En paralelo al nacimiento de Senninha, se fundó el Instituto Ayrton Senna, bajo el lema “desarrollar el potencial de las nuevas generaciones: todos tienen el potencial para ser un vencedor”. El Instituto nacía con la misión de ayudar a niños desfavorecidos en Brasil a través proyectos educacionales, deportivos, medioambientales y de salud, nutriéndose fundamentalmente con los derechos del personaje de dibujos Senninha.

Tras la muerte del piloto, y hasta hoy, el Instituto ha estado dirigido por Viviane Senna, hermana de Ayrton, consiguiéndose unos resultados que superan con creces los éxitos deportivos de Ayrton: en los últimos diez años, el patrocinio de empresas y la venta de productos de la marca Senna-Senninha han permitido recaudar más de 35 millones de dólares, lo que ha permitido que casi cuatro millones de niños y jóvenes brasileños, carentes de medios económicos, hayan tenido la oportunidad de desarrollar sus potencialidades a través de los múltiples proyectos del Instituto. En estos momentos hay más de 370 productos en diversas partes del mundo que llevan el nombre de Senna: hoy la imagen de Senninha se puede encontrar desde en pequeños objetos, como cuadernos escolares, camisetas o juguetes, hasta en helicópteros. Además, se realizan actividades orientadas a recaudar fondos que ya han adquirido notoriedad y son consideradas una tradición; este es el caso del Ayrton Senna Racing Day, una maratón que se celebra anualmente en São Paolo, en la que se recaudan fondos para nutrir y afianzar los proyectos del Instituto Ayrton Senna.

Así, con el trabajo de su hermana Viviane y con la huella que él mismo fue dejando por cada uno de los circuitos en los que compitió, la imagen de Ayrton Senna permanece hoy mucho más viva que en ningún otro momento de su carrera, convertida en legendaria desde el mismo momento que nos dejó. Vencer los obstáculos y poder ir siempre más allá de los límites fueron, y siguen siendo, sus distintivos principales en honor a su impronta como gran piloto y, aún en mayor medida, como extraordinario ser humano. Su esfuerzo permanente por ser mejor, su dedicación y su entrega, su anhelo de victoria y, ¿por qué no decirlo?, su lucha hasta el último instante liderando una carrera, morir haciendo el trabajo que él tanto amaba (morir con las botas puestas) son valores que iluminaron durante muchas tardes a miles de aficionados y que, aún hoy, siguen asombrando a gentes de todas las naciones que ven en Senna una leyenda, más que deportiva, de lucha, entrega, superación y aprovechamiento máximo de las habilidades individuales para llegar siempre a más.



Para los coleccionistas de frases:

Todos los años hay un campeón, pero no siempre hay un gran campeón.
Mis rivales no me quieren porque mi pecado es ser veloz.
Los pilotos somos, para la gente, más un sueño que una realidad.
Correr, competir; es algo que llevo en la sangre; es parte de mi, es parte de mi vida. Es lo que llevo haciendo toda mi vida. Y esto es lo primero, antes que cualquier otra cosa.
Las carreras son excitantes, pero también peligrosas.
Nunca tengo en cuenta la posibilidad de sufrir un accidente, pero el miedo es una constante en mi día a día
Tengo miedo de la muerte y del dolor, pero convivo con ellos. El miedo me fascina.
No sé conducir de otra forma que no sea arriesgada. Cuando tengo que adelantar, adelanto. Cada piloto tiene un límite; el mío está por encima del de los demás.
El cobarde muere varias veces; el valiente solo experimenta la muerte una vez antes de expirar.
Me vienen muchas cosas a la cabeza: soy un profesional, tengo una responsabilidad, pero también soy un ser humano. Los valores que tengo en mi vida son más fuertes que cualquier persona que desea influir sobre dichos valores, o destruir estos valores.
Lo más importante es ser tú mismo, aunque la gente te incordie y te moleste para intentar hacerte diferente, porque los demás quieren que seas diferente. Tienes que ser tú mismo. Tú, con tu propia personalidad, con tu propio carácter, con las dificultades que te encuentres en el camino. Así, con lo que se va aprendiendo y los errores que se van cometiendo, uno va siendo mejor.
A veces piensas que tienes un límite y tratas de alcanzar ese límite y haces todo lo mejor posible para alcanzar ese límite; y, cuando por fin estás alcanzando ese límite, hay algo dentro de ti que te dice que puedes ir un poco más lejos. Con el poder de tu mente, con tu determinación, con tu instinto y también con tu experiencia puedes volar muy alto.
Yo no tengo ídolos: lo que admiro es la dedicación, el trabajo y la competición.
En lo que digo respecto al empeño, al compromiso, al esfuerzo y a la dedicación, no existen términos medios: o haces una cosa bien, o no la haces.
Si quieres ser bien recordado, necesitas tener una dedicación total: buscar hasta donde llega tu límite y dar siempre lo mejor de ti mismo
Yo creo que se aprende y se progresa sin cesar. Nosotros somos puestos a prueba sin cesar.
Si he llegado donde he llegado y he conseguido hacer todo lo que he hecho, ha sido porque tuve la oportunidad de crecer bien, en un buen ambiente familiar; de vivir bien, sin problemas económicos y de ser orientado hacia el camino correcto en los momentos decisivos de mi vida.
Los ricos no podemos seguir viviendo como si fuéramos una isla de prosperidad, cuando estamos rodeados por un mar de pobreza.
Dentro del coche va Ayrton Senna; dentro del piloto la fe en Dios.
Él (Dios) es el dueño de todo. Le debo la oportunidad que tuve de llegar a donde he llegado. Muchas personas tienen la capacidad, pero no tienen la oportunidad. Él me la dio a mí, pero no sé porqué. Sólo sé que no puedo desperdiciarla"
Trabajé mucho para alcanzar el éxito, pero no habría conseguido nada si Dios no me hubiera ayudado.
Soy un joven que sacrificó mucho de su propia existencia por las carreras de coches. Pienso en esta profesión desde que era un niño; di todo de mí por mi profesión y creo que la amo más que cualquier otra cosa. Por eso, mientras siga corriendo, lo haré solamente para vencer. Sólo pararé el día en que perciba que estoy rodando una décima de segundo más despacio de lo que podría rodar.
Se pueden encontrar aspectos positivos hasta en las situaciones negativas y es posible utilizar todo eso como experiencia para el futuro, ya sea como piloto, ya sea como hombre.
El día llega, llegará. Puede ser hoy o dentro de cincuenta años. Lo único que se sabe con seguridad es que el día llegará.



Este artículo fue elaborado hacia el día 1 de mayo de 2006, cuando se cumplieron doce años del fallecimiento de Senna. Sin embargo, por una serie de circunstancias, el artículo no llegó a aparecer aquí, en el blog del autor. El artículo fue publicado aquí unos días antes de que fuera publicado en la siguiente web:

http://usuarios.lycos.es/elbenz/llevocompeticion.htm

Os aconsejo que la visiteis, ya que encontrareis el artículo en un formato más original y acompañado de la música del "Simply the best" de Tina Turner, pieza que seleccioné pues, en su día, Turner se la dedicó al campeón Senna.

 
Julia duerme
Julia está dormida, no la quiero despertar. ¡Fíjate! ¡Qué guapa es! Yo quedé atrapado por su esencia desde el primer día que me la encontré en el ascensor. El aroma de su perfume me tuvo embriagado durante dos o tres días... Durante horas mi mente vivió en la más absoluta niebla, pensando solo en ella. Tenías que haber visto que hermosa iba: por un momento creí que el sol y la luna iban a reventar al unísono por su belleza. Aquello sí que fue un flechazo, auténtico amor a primera vista. Mi vida cambió radicalmente a raíz de aquella coincidencia en el ascensor. Desde aquel mismo día, decidí volcar todos mis esfuerzos en Julia: no comía, no dormía, hasta dejé de fumar por pensar en ella… En aquellos momentos era capaz de cualquier cosa por verla, aunque fuera a través de un diminuto agujero.

Julia está dormida, no la quiero despertar… No sabes la de noches que, abrazado a mi almohada, soñaba con tener la visión que tengo ahora… Yo quería ser la neurona que desquiciara su cabeza.

Julia duerme, no quiero despertarla… Es igual de guapa dormida que despierta… Recuerdo aquellas tardes de otoño en que me escapaba con estúpidas excusas de mi trabajo simplemente para verla pasar por la calle, agazapada debajo del paraguas. ¡Pensarás que soy un estúpido, pero lo que te cuento es cierto! Muchas tardes de lluvia solo le podía ver las piernas, pero con eso ya era feliz. Al sentirla cerca, en mi rostros solo cabía la sonrisa

¡Ay! Fíjate, Julia está dormida, no la quiero despertar… Recuerdo el día en que ya me decidí a hablarla y a pedirle que se viniera a cenar conmigo. Pobrecilla. Le ofrecí mi invitación una mañana de invierno en su sitio de trabajo, delante de todas sus compañeras, y sintió tal vergüenza que salió corriendo, dejándome a mi allí… Y yo pensando que aquello era un rechazo en toda regla. Qué pena la que me embargó durante los días siguientes, en que no supe nada de ella. No me la quitaba de la cabeza. Me moría de la desesperación por verla de nuevo, aunque solo fuera para pedirle disculpas; sin embargo, en ese afán de encontrarme con ella, no salí como hasta entonces había venido haciendo a verla en sus itinerarios habituales, pues corría el riesgo de encontrarme con ella. Dios me echó una mano, y ella me vino a encontrar a mí, trayendo como regalo una aceptación mi invitación a cenar… Aquel día estaba particularmente guapa.

Julia está dormida, no la quiero despertar. Que tez más suave, blanca como la nieve; que labios tan suavemente contorneados. Recuerdo cómo me quedaba embelesado al principio mirando sus labios, por la hemosura de sus movimientos... Si miraba sus labios, me embobaba de tal forma, que era incapaz de escuchar al mismo tiempo lo que me estaba diciendo. Mejor no te hablo de mi desmayo el día que me besó por vez primera… ¿Y su sonrisa? ¡Qué sonrisa! Decir que sus dientes son perlas es decir poco: en cuanto veía que, mirándome, sus labios iban a dibujar una sonrisa, me entraba tal sonrojo que era incapaz mantener alzada la mirada. Fíjate en sus manos. Cada vez que me miraba sus manos no sé de qué me entraban más deseos si de acariciárselas o de que me acariciara con ellas.

¡Ssssssssss! Julia está dormida, no la quiero despertar. Es muy lista: sabe latín. Pero no el latín de la escuela, "rosa rosae", sino ese latín que solo hablan los que más saben, los justos... Sabía desenvolverse en las situaciones más desfavorables con una maestría sin igual… Siempre aspiraba a vencer los obstáculos y poder ir siempre más allá de los límites establecidos. Es una mujer extraordinaria, a la que quiero como a ninguna otra… ¡Maldito alcohol! ¡Maldito coche! Julia está dormida, no la puedo despertar…