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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
El cuaderno de Beto III: “Aprendiendo a tomar conciencia de que debo empezar a superarlo”
—Alberto, hijo, come un poco más… No has comido nada…
—No tengo apetito, madre. Coma usted, de verdad, que tiene una pinta estupenda; y échele más a padre, que creo que le ha echado poco…
—¡Fíjate, Antonio! —, exclamó la mujer dirigiéndose a su esposo, que apuraba con su cuchara las últimas gotas de sopa que quedaban en su plato—. El niño no ha comida nada…
—Déjale, mujer —, respondió su marido—. No le obligues. A ver si le va a sentar mal… Además, ya sabes que, cuando tu hijo se disgusta, en seguida se le quita el hambre…

Beto levantó la mirada, hasta ahora agazapada y centrada casi exclusivamente en el plato en el que su madre le iba sirviendo, para fijarla en el rostro de su padre, quien gustoso había empezado a engullir el segundo plato. Era más que evidente que, en aquellos momentos, la cabeza de ambos, padre e hijo, estaba en lugares bien distintos. Beto no quería hablar; Don Antonio, su padre, parecía no querer escuchar.

Fue una comida incómoda, seguida de una sobremesa igualmente embarazosa a la par que breve. Ninguno de los tres comensales sabía qué decir: Susana, a pesar de no ser tratada de forma directa en ningún momento y de estar físicamente ausente, ocupaba la cuarta silla presente en la mesa. Susana estaba allí, aunque todos pretendían desdeñarla. A nadie se le ocurrían temas de conversación sugerentes que poder ofrecer al resto de los concurrentes. Beto no miraba a nadie. D. Antonio, su padre, no sabía a quien mirar. Doña Teresa, su madre, miraba compasiva a su hijo sin que Beto se diera cuenta; Constantemente le planteaba alguna pregunta para demostrarle interés por su estado y por su situación, con el deseo de que su hijo hablara:

—Y dime, Alberto, cariño… ¿Cómo estás?
—Bien, madre —, respondía sin apenas levantar la mirada—. Estoy bien

—Alberto, cielo, ¿estás bien?
—Sí, madre, estoy bien.

—Alberto, ya sabes que tu padre y yo estamos aquí para lo que necesites…
—Sí, madre, ya lo sé…

Fue en vano. Beto apenas tomó tres cucharadas de sopa, manuseó y revolvió uno de los dos muslos de pollo asado que se le sirvieron y ni siquiera cató un flan, que era su postre favorito… No habrían pasado ni quince minutos desde que Teresa recogiera la mesa, cuando Beto expresó su deseo de marcharse.

—Quédate un poco más, hijo —, le dijo su madre—. Quédate un rato aquí, con nosotros.
—No, madre, no. Prefiero irme ya a mi casa. Ahora, en seguida anochece, y, al caer la noche, hace mucho frío. Prefiero recogerme ya y así enciendo, cuando llegue, el brasero.
—¿De verdad no quieres quedarte y echamos una partida al tute? —, preguntó su padre.
—No, padre. Gracias. No me apetece jugar a las cartas… Prefiero irme a casa.
—Bueno —, prosiguió su padre—. Déjame entonces darte algo…

Su padre se retiró unos minutos, quedando solos Beto y su madre, que no cruzaron palabra durante el breve lapso que D. Antonio estuvo ausente.

A los dos minutos volvió con un paquete con forma de prisma alargado, de unos treinta centímetros de largo. El paquete estaba cubierto por una capa de papel ocre malamente colocado, que hacía las veces de envoltorio:

—Toma hijo. Acepta este regalo, que es algo mío. Te va a servir de gran ayuda. Cuando tenías diez o doce años, te lo enseñé, y tú, por tu cuenta (porque siempre fuiste muy curioso) lo fuiste descubriendo… Recuerdó que te encantaba. Es algo de más valor espiritual que material. Hace algo más de un siglo, un galán de muy buen ver cortejaba a las damas y no había casi ninguna que se le resistiera. Sin embargo, él en verdad estaba enamorado de la única dama que no quería nada con él. Un día, desesperado, decidió regalarle lo mismo que yo ahora a ti te regalo y, desde el momento en que la dama descubrió su contenido, fue suya para siempre... Espero que te sea útil.

Alberto tomó el regalo y con un escueto «adiós», se despidió de sus padres, sin regalarles siquiera un beso o una muestra de afecto similar.

Al llegar a la calle, Beto se dejó caer ligeramente contra la puerta, reclinando hacia atrás la cabeza, soltando un fuerte suspiro y abrazando con fuerza el regalo de su padre. Dos grandes lágrimas manaron de sus ojos, fluyendo rápidamente por sus mejillas a pesar del frío. Eran las lágrimas que había estado conteniendo para que sus padres no le vieran llorar. Minutos después, suspiró de nuevo y comenzó a andar.

Era un frío invierno y en aquel pueblo anochecía en seguida: todo callaba alrededor de Beto; todo parecía respetar su pena. Los rumores del campo se habían apagado de repente, mientras el viento vespertino dormía y las sombras suavemente comenzaban a envolver las viejas casas y los árboles de los alrededores.



Beto caminaba, taciturno y recogido, hacia su casa. Apenas sí contemplaba lo que había a su alrededor. No se cruzó con nadie mientras recorría su camino, que duró unos minutos, durante los cuales se borró por completo el tenue rastro luminoso que el sol había dejado al morir en el horizonte. Vagamente, la luna comenzaba a dibujarse sobre el fondo, más violeta que naranja, del cielo crepuscular, mientras unas tras otras iban apareciendo las mayores estrellas…

Cuando Beto entró en su casa encendió la hoguera de la chimenea y, seguidamente, se tumbó en la cama cerrando los ojos. Permaneció allí cerca de una hora y media, en la cual pensó y lloró, repensó y suspiró, intento dormir y no pudo… Entonces, angustiado por el silencio, decidió escribir, a pesar de que no le apetecía… Y escribió:

Hoy he estado comiendo con mis padres… Por mucho que yo intentara evitar tratarte, tú has estado allí; yo te he sentido, ellos te han sentido… Ha sido una situación incómoda para todos, y todo por tu culpa…

¡Que estúpido soy, que soy incapaz de olvidarte! Éramos tú y yo, tú y yo hechos uno: dos personas con un mismo sueño y unos objetivos compartidos. A menudo hablábamos de irnos a vivir a la ciudad. ¡Fíjate! ¡Qué cosas! ¿Hacerme a mi cambiar la arena y el adobe por asfalto, acero y humo! Durante el tiempo que creí que me querías, tú lo ocupaste todo; ahora que me desprecias, que sé que no me querías, también lo ocupas todo... Lo has sido todo para mi; eres todo para mi. Yo me quiero morir… Añoro tus caricias por la noche,… ¡Este antro sin ti no es hogar! Es un infierno ardiente, como las llamas que arden al fondo, en la chimenea…

Fuiste mi primer amor, fuiste mi único amor; gracias a ti aprendí a amar, a conocer ese amor que te desintegra los huesos y te descompone por dentro… Gracias a ti me sentí hombre, y no un niño… Y sin embargo sigues siendo parte de mi… Para mi hoy no hay más horizontes que tu cuerpo y el mundo que me rodea… Y sin ti, el mundo no es mundo… ¡No tengo nada! ¡No soy nada!



Hoy me acuerdo también de Alicia, de Carlos y de Eduardo… ¿Te acuerdas? Sí, claro, ¿cómo no te acuerdas de ellos? Son nuestros hijos. Sí, Susana, sí. Nuestros hijos. Los nombres que habíamos soñado para nuestros hijos. Para aquellos hijos que concebimos y engendramos en nuestros sueños compartidos y que, ahora entiendo por qué, nunca llegamos a tener… Alicia, Carlos y Eduardo. Qué lindos eran. ¿Te acuerdas de cuando nos tumbábamos en el campo en las tardes primaverales, allí en el prado, y cerrábamos los ojos y creíamos sentirlos correr, gritar y saltar? ¿Te acuerdas? ¡De qué te vas a acordar tú? ¡Sí!Susana es sinónimo de mentira, de dolor, de silencios ardientes, de complicidades engañosas... ¡Nunca sentiste por mi una milésima parte de lo que yo llegué a sentir por ti! Para ti no llegué a ser nunca hombre, sino un saco de escombro; para ti, mi amor, era un objeto desechable, algo de usar y tirar…

Yo me quiero morir…

Yo me voy a morir…

Yo así no puedo vivir…

Si en los próximos días no encuentro la forma de aprender a superar este calvario, empezaré a valorar la posibilidad de suicidarme…

Por cierto, mi padre me ha regalado un algo y me ha dicho que me va a gustar… Aún no lo he abierto; no sé lo que es. Llegué y lo dejé encima de la mesa… Me ha dicho que es suyo y que de pequeño a mi me encantaba… Incluso me ha contado que con ello un hombre consiguió el amor eterno de una joven que se le resistía… ¿Qué será, que me ha dicho que a lo mejor me ayuda? Por la forma y por el tacto parecía un libro… Voy a abrirlo… Efectivamente, es un libro: son las Rimas de Bécquer… Las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer…

 
El cuaderno de Beto II: "Intentando tomar conciencia de que debo empezar a superarlo"
Hoy, esta noche, con la Navidad a la vuelta de la esquina, he tenido un sueño al que aún no soy capaz de otorgar ningún calificativo que refleje con fiabilidad lo que en sí ha sido. Yo paseaba por la calle: el invierno hacía acto de presencia con su característico frío cortante y estremecedor, que encoge la carne e incita a la hibernación. Por las desérticas y gélidas calles no se veía un alma… Yo, como siempre, andaba taciturno, pensando en no recuerdo qué. De repente, a lo lejos tras de mí, alguien gritó mi nombre: en seguida pude identificar su voz. Era ella, eras tú: Susana. Y venías corriendo hacia mí, desde el final de la calle, repitiendo mi nombre. Yo te aguardaba inmóvil, experimentando una sensación que mezclaba incomprensión y alegría, esperanza y sospecha, gozo y suspicacia:

—¡Beto, mi niño! —, exclamaste, con tu voz característica cariñosa y dulce, cuando ya estabas frente a mi, besando mis labios y dándome un breve abrazo a continuación—. ¿Dónde has estado? Te he estado buscando por todas partes, me tenías preocupada… Venga, anda, mi amor: vámonos a casa, que hace frío…

A pesar del frío, ninguno de los dos llevábamos guantes: tú tomaste mi mano, entrecruzando tus dedos con los míos, como hacíamos cuando antaño paseábamos juntos, exhibiendo nuestro amor por las calles del pueblo. Durante todo el camino seguido hacia casa, me estuviste hablando de todo y de nada al mismo tiempo, de cosas intrascendentes y de otras tantas que a mi no me importaban en absoluto… ¡Como si nada hubiera pasado! No me lo explicaba y fue por eso que yo, que no entendía tal situación, llegué a caminar pensando en lo disparatada que era la escena que estaba viviendo, sin escuchar lo que me ibas contando.

Cuando llegamos a casa me quité el abrigo y tú te despojaste del tuyo… Seguidamente, tú te quitaste el jersey de lana que llevabas para a continuación empezar a agitar tus hermosos cabellos rubios para recogértelos con una goma… Una vez te los habías recogido, me miraste sonriendo y, tras susurrar cariñosamente mi nombre, me abrazaste, con más ternura que fuerza, y me besaste.

—¿Por qué haces esto ahora? —, te pregunté intentando expresarte así mi incomprensión—. ¿Por qué vuelves a mí ahora, después de todo el daño que me has hecho, como si nada hubiera pasado?
—Porque quiero que me perdones, cariño… Quiero que todo vuelva a ser como antes…

Empezaste a recorrer con besos suaves, primero mi mejilla, después mi cuello, provocando en mi ese placer que solo tú sabes darme…

—Te quiero…

Al decirme estas dos palabras, mi subconsciente reaccionó y activó mi alarma. Tenía que estar soñando. La situación que estaba viviendo no podía ser real. Me separé de ti y empecé a golpearme con toda la fuerza que tenía dentro de mi… ¡Necesitaba despertar! Hay determinados sueños que, por mucho que se deseen, no merecen ser soñados…



Cuando el alba me regaló los primeros rayos del sol que, esta mañana, entraron por la ventana que hay junto a mi cama, el día me sorprendió llorando. Lloraba por ti, lloraba por mi: lloraba, una vez más, la noche que yo había pasado acompañado de tu maldita ausencia… Te añoro. En mi vida tan solo quedan tus propios recuerdos, que ni siquiera son míos; guardo en mis labios todos y cada uno de los besos que tú me has dado, a pesar de que el tiempo me ha enseñado que eran besos envenenados.

Hoy me he pasado el día con la intención de salir a buscarte para así, si te encontraba, ver si, en verdad, mi sueño podía convertirse en realidad. Sin embargo, las cuatro veces que me he calzado y puesto el abrigo, no he llegado a traspasar la puerta de la calle: ¡sé que es muy triste! Pero lo cierto es que finalmente no he salido a buscarte porque, si salía, a lo mejor te encontraba… Ya he vivido bastantes semanas volviéndome, en cada esquina del pueblo por la que pasaba, con el deseo de verte a ti, Susana, avanzando deseosa hacia mí. Ahora estoy desesperado de esperarte, consciente de que espero lo inesperable: cuán cierto es que la esperanza es el peor de los males, pues no sirve más que para prolongar la tortura de cualquier hombre de bien. ¡Yo me quiero morir! Voy a llorar hasta deshidratarme… Al contemplar como mis ilusiones y mis esperanzas se van muriendo en lo más profundo de mi propio corazón me doy cuenta de que no me queda absolutamente nada… Nada. El vacío.

Tú jugaste sucio conmigo; yo, encima, no sé perder… ¡Maldita sea! Sigo llevando tu nombre escrito, con letras de fuego, en mi cabeza y en mi corazón. Ahora veo que, cada paso que yo creía que dábamos juntos en nuestra relación, era un paso que yo daba decidido, sin saberlo, hacia el abismo. El vacío…

En este momento, lo único que se arremolinan en mis atormentados pensamientos son preguntas a las que ni siquiera yo soy capaz de darle una respuesta: ¿Por qué te he querido? O, lo que es aún peor, ¿por qué te sigo queriendo cuando no me das ningún motivo para amarte? Si sabes que me has hecho daño, si sabes que estoy sufriendo, si sabes que hay días que incluso quisiera morirme y no has vuelto por casa a, ni siquiera, interesarte por cómo me encuentro… ¿Por qué? ¿Por qué yo lloro cuando tú no lloras? ¿Por qué tu ríes, disfrutas y gozas cuando yo hace tiempo que olvidé qué es eso? Ojala pudiera escribir un “te odio” sintiendo de verdad lo que escribo…

Creo que iré a ver a mis padres…

 
El cuaderno de Beto: “Palabras de Fuego”
A Aurora

Alberto la había pillado, por fin… Quizá el “por fin” no es la expresión más acertada, pero también es cierto que, “por fin”, Alberto se había dado cuenta de que estaba dedicando demasiado tiempo, del poco de que disponía, para luchar por una causa perdida. Todo el mundo se lo decía: los que le querían, y los que no parecían quererle tanto; sus familiares y los que decían serlo; sus no tan amigos y los que querían aparentarlo; todos se lo decían:

—Beto, que Susana te está engañanado…
—Beto, que hemos vuelto a ver a Susana con Eusebio…
—Beto, manda al carajo a Susana y rehaz tu vida, que te está poniendo los cuernos.

Mas no, Alberto. Parecía que con él no iba lo cosa. Lo suyo era, como siempre, ir contracorriente… No creía a la gente; él no concebía que Susana pudiera serle infiel … Si él la quería y ella decía corresponderle, ¿cómo podía serle infiel, entonces? ¡Y más con Eusebio, que era amigo suyo desde la infancia! Era imposible… «La gente —, debía pensar Alberto —, que es muy mala y solo busca hacer daño».

Sin embargo, ya no había vuelta de hoja. Él vio a Susana con su amante. El mundo se le vino encima. Quiso morir… Perdió el habla y, en gran medida, la vista y el oído. Minutos después de sorprenderlos, huyó de aquel lugar a todo correr. Durante varios días estuvo escondido en una vieja casa de campo que hay en una viña a dos kilómetros de su hogar; nadie supo nada de él durante este tiempo.

Cuando volvió al pueblo, Alberto hablaba solo, repitiendo constantemente la misma frase: «Tu nombre se escribe con letras de fuego». Empezó a dar paseos absurdos, no dirigidos a ningún otro destino que no fuera el mismo que su punto de partida: itinerarios cíclicos de viajes a ninguna parte que él iba reproduciendo de forma involuntaria. «Tu nombre se escribe con letras de fuego», iba diciendo por todos los rincones ante la sorpresa de la gente. Días después, comenzó a pronunciar alguna palabra más, lo que dio pie a que las personas que le querían empezaran a interesarse por él, ya que le veían muy triste:

—Hola, Beto, ¿cómo estás?
—Ella, la he visto, era ella… —, respondía—. ¡Su nombre está escrito con letras de fuego!
—¿Te encuentras bien?
—Amor... mujeres... gloria... felicidad... mentira todo, sombras de un vil sueño, fantasmas vanos que formamos en nuestra propia imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, digo yo: ¿para qué? Todo está escrito con letras de fuego…

Alberto estaba loco. Sí, chiflado; al menos, la mayoría de la gente en el pueblo así lo empezó a creer. Yo, por el contrario, con todo lo que he ido descubriendo de él después, a través de su cuaderno, creo que, como el Ave Fénix, lo que Alberto estaba haciendo era empezar a renacer.

Alberto, durante un tiempo, estuvo viviendo por el simple hecho de que tenía que vivir… Estaba tan acostumbrado a hacerlo, que vivía sin darse cuenta, de forma mecánica… Estuvo así días, semanas, e incluso meses; no hablaba con nadie, no se interesaba por nada… ¡Incluso perdió su puesto de trabajo! Sin embargo, una noche invernal, todo cambió. Aquélla era una noche tremendamente fría; cuando Alberto, a altas horas de la madrugada, se despertó, decidió sentarse durante unos minutos en la cama, mirando, al fondo de la lóbrega alcoba en la que dormía, la leña que se consumía: el fuego ardiente, como no puede ser de otra forma, quemaba la madera de forma despiadada; leves cenizas caían fuera del brasero extinguiéndose de forma inmediata.

Así, en tan ardiente oscuridad, Alberto, un escritor frustrado que nunca publicó nada, debió iniciar las anotaciones que descubrí en la primera página de su cuaderno. Para sacar lo que dentro de sí había ido acumulando durante tanto tiempo, Alberto decidió escribirlo (intuyo que sin pararse a pensar en si, con el paso del tiempo, alguien leería su palabra escrita). Yo descubrí su cuaderno allí mismo, en la vieja casa del pueblo donde vivió durante mucho tiempo, escondido y lleno de polvo, en un viejo baúl de la misma alcoba donde él solía dormir… Y aquí reproduzco, unos cuarenta años después, sus dos primeras páginas: un listado con palabras escritas con letras de fuego…



«Tu nombre se escribe con letras de fuego, arde, me quema, como el asfalto de la carretera en las tardes de agosto… Tu nombre ha sido mi castigo, por eso me quema; y por eso, aún hoy, algo sigue ardiendo dentro de mi…

Si tuviera que describir tu cuerpo, lo describiría con palabras escritas con letras de fuego… Tu cuerpo desnudo, perenne en mis pensamientos; anhelo en mis noches de insomnio y tristeza, cada vez que abrazaba la soledad de nuestra cama. Me hierve la sangre, por el fuego, solo de pensar que ese cretino se divierte ahora contigo, cuando, no hace muchos meses, yo disfrutaba recorriendo con mis labios todos los rincones de tu bello cuerpo, llenándolo de besos, mientras tus dulces gemidos me demostraban cuánto disfrutabas al contacto...

Labios, tus labios… Cada palabra que sale de tus labios está escrita con letras de fuego… Cuando, con tu característica dulzura, dijiste mi nombre por primera vez, sentí cómo me ardían las entrañas… Cuando me dijiste que me querías, mi corazón se avivó como nunca lo había hecho, sentía sus latidos por todo mi cuerpo; la sangre me fluía a toda velocidad, y por eso, por el calor generado, empecé a sudar… ¡fuego! Ardiente pieza punzante de acero fue la que se me clavó en lo más profundo de mis entrañas cuando me enteré que estabas con él… Aquello era la suma de todos los clavos hirviendo que se me fueron clavando en el pecho en cada una de nuestras discusiones…

Amor se escribe con letras de fuego. Ese sentimiento de apasionado afecto hacia ti que a los cuatro vientos he manifestado hablando, cantando, gritando, bailando y escribiendo es una palabra que se escribe con letras de fuego. Seguro estoy de que con la misma devoción, veneración, apego y pasión que yo te he querido nunca nadie te querrá. Mi vivo afecto hacia ti, mi debilidad por ti, mi idealización de tu persona, todo ello es mi amor,… Y está escrito con letras de fuego. ¡Maldita seas! Decían que el amor es ciego, pero no es cierto; el amor, al igual que el odio, no es ciego, sino que está cegado por el fuego que llevan dentro. ¡Qué bien quedabas al decirme aquello de que “el amor vive más de lo que da que de lo que recibe”! ¡Qué cínica podías llegar a ser! Nunca me diste nada… ¡Siempre tuve que ser yo el que te daba! Y encima me decías que me querías… ¡Ay! Es cierto, al final, que hay veces que el amor te enseña a vivir con la resignación, el verdadero sentido de la renuncia y, por ende, el suplicio y la tortura de tener que aceptar lo inevitable. Dios… ¿qué será de mi a partir de ahora? Si es que el amor es la excusa más barata que puede encontrar un hombre para ser feliz; pero, por desgracia, es también el tormento más caro para sentirte desgraciado cuando, como yo ahora, no se es correspondido.

Pasión se escribe con letras de fuego… ¡Que se lo digan a Cristo! Pasión: esa inclinación vehemente de mi ánimo, acompañada de mi propio afecto y de mis gestos para materializar mi afecto… Pasión… La tormenta que siento yo ahora también es pasión y, por supuesto, se escribe con letras de fuego. ¡Qué difícil que se me hace vivir si no te siento cerca de mi…!

Deseo se escribe con letras de fuego. Ese movimiento de mi propia voluntad orientado en todo momento a conocerte, a agradarte, a poseerte, a disfrutarte,… Deseo se escribe con letras de fuego. Al final, ¡maldición!, cuanto más se desea una cosa, menos se disfruta de la vida… “Haz lo necesario para lograr tu más ardiente deseo, y acabarás lográndolo”, me decía mi profesor en el bachillerato… ¡Mentira! ¡Mentira podrida! Sí: deseo se escribe con letras de fuego. Ahora me doy cuenta, ahora que estoy solo y sólo hay recuerdos, viejos momentos que en mi nublada mente aún están cerca como para poder olvidarlos.

Beso se escribe con letras de fuego. Cada uno de los besos que tú me has dado, están escritos con letras de fuego. ¡Cuántas veces has posado tus labios sobre alguna de mis mejillas como muestra de amor y afecto! ¡Cuántas veces oprimiste los labios de tu boca contra los míos en señal de amor o, incluso, de burdo deseo sexual! Ahora veo que tus besos eran como el beso de Judas, besos dados con doblez; besos vacíos, tibios, venenosos y emponzoñados, envueltos en la sucia rutina. Y, sin embargo, recuerdo cuando me besaste por primera vez… Recuerdo que me besaste, porque decías que querías besarme, y tras besarme saliste corriendo…

Perfume se escribe con letras de fuego, tu ardiente aroma
[…]»

La segunda página está rota, lo que impide leer el resto del listado… Seguro que había otras tantas palabras escritas con letras de fuego que aquí no he podido reproducir…



 
Mi epitafio
Esto es responder a una cuestión que alguien especial me planteó hace unos días:

—Oye, Rubén... ¿Qué te gustaría que pusiera en tu epitafio?
—Vaya... —, respondí —. La verdad es que no lo sé. Pienso muy a menudo en la muerte, en mi muerte, no es ningún secreto... Pero nunca me había parado a pensar qué me gustaría que pusiera en mi epitafio.

Cierto. Nunca me había parado a pensarlo... Sin embargo, tras reflexionar un poco, no ha sido difícil darle una respuesta a tu pregunta. Y aquí la tienes, con todo mi cariño. Lo que a continuación se reproduce es un poema excelente que recoge claramente, a lo largo de las sucesivas enumeraciones, lo que yo he sido, lo que yo soy y lo que espero seguir siendo en éste, mi paso por este mundo. Sé que es un poco largo, pero también es cierto que yo he sido, soy, bastante complejo y rebuscado. Apuntároslo bien, me gustaría que alguien lo tuviera presente el día que me marche.

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo nado en el vacío,
del sol tiemblo en la hoguera,
palpito entre las sombras
y floto con las nieblas.

Yo soy el fleco de oro
de la lejana estrella,
yo soy de la alta luna
la luz tibia y serena.

Yo soy la ardiente nube
que en el ocaso ondea,
yo soy del astro errante
la luminosa estela.

Yo soy nieve en las cumbres,
soy fuego en las arenas,
azul onda en los mares,
y espuma en las riberas.

En el laúd soy nota,
perfume en la violeta,
fugaz llama en las tumbas
y en las ruinas yedra.

Yo atrueno en el torrente
y silbo en la centella,
y ciego en el relámpago
y rujo en la tormenta.


Yo río en los alcores,
susurro en la alta yerba,
suspiro en la onda pura
y lloro en la hoja seca.

Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.

Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.

Yo corro tras las ninfas
que en la corriente fresca
del cristalino arroyo
desnudas juguetean.

Yo, en bosque de corales
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.

Yo, en las cavernas cóncavas
do el sol nunca penetra,
mezclándome a los gnomos,
contemplo sus riquezas.

Yo busco de los siglos
las ya borradas huellas,
y sé de esos imperios
de que ni el nombre queda.

Yo sigo en raudo vértigo
los mundos que voltean,
y mi pupila abarca
la creación entera.

Yo sé de esas regiones
a do un rumor no llega,
y donde informes astros
de vida un soplo esperan.

Yo soy sobre el abismo
el puente que atraviesa,
yo soy la ignota escala
que el cielo une a la tierra.

Yo soy el invisible
anillo que sujeta
el mundo de la forma
al mundo de la idea.

Yo en fin soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.

Gustavo Adolfo Bécquer

 
El elefante encadenado
—No puedo—, le dije—. ¡No puedo!
—¿Seguro?—, me preguntó él.
—Sí, nada me gustaría más que poder sentarme frente a ella y decirle lo que siento… Pero sé que no puedo.

El gordo se sentó a lo buda en aquellos horribles sillones azules de su consultorio. Sonrió, me miró a los ojos y, bajando la voz como hacía cada vez que quería ser escuchado atentamente, me dijo:
—Déjame que te cuente…

Y sin esperar mi aprobación Jorge empezó a contar.

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más que gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena aprisionada de una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaba y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente.

¿Qué lo sujeta entonces?

¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:

El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefante empujó, tisú y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.

Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.

Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.

Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…

—Así es, Demian. Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cuentos a estacas que nos restan libertad.

Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos.

Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.

Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: No puedo y nunca podré.

Jorge hizo una larga pausa. Luego se acercó, se sentó en el suelo frente a mí y siguió:
—Eso es lo que te pasa, Demi. Vives condicionado por el recuerdo de un Demián que ya no existe, que no pudo.

Tu única manera de saber si puedes conseguirlo es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón… ¡Todo tu corazón!

Jorge Bucay



 
¿Cómo rezas?
ÁNGEL: ¡Espera! Dime: ¿cómo rezas?
MARTINA: ¡Qué cosas se le ocurren al señorito!
ÁNGEL: ¿Qué le dices a Dios?
MARTINA: ¿A Dios? Yo no le digo a Dios nunca nada…
ÁNGEL: (Aparte) Se entienden sin hablar… (A MARTINA) ¿Pues a quién rezas?
MARTINA: (Encogiéndose de hombros) ¡Yo no entiendo de eso! Lo que me enseñaron mi madre y el señor cura sólo…
ÁNGEL: ¿Tienes miedo a morirte?
MARTINA: Pero ¡si no estoy enferma!
ÁNGEL: Y novio, ¿le tienes?
(MARTINA baja los ojos)
[…]
ÁNGEL: ¡Bueno! Ten novio; cásate con él, cría hijos para el cielo; vive siempre así, en paz y en gracia de Dios; reza como te enseñaron, sin pensar en lo que reces, y luego muérete naturalmente…. Como se debe morir…
MARTINA: Cuando Dios quiera…, ¿qué remedio?
ÁNGEL: ¡Es verdad; no hay remedio para la voluntad de Dios! A ti no te importa del recuerdo que dejes… ¿Sabes leer?
MARTINA: En mi catecismo sólo…
ÁNGEL: ¡A todos nos sucede lo mismo!
MARTINA: ¿Quiere usted algo más?
ÁNGEL: ¿Qué si quiero algo más? Es tanto lo que quiero… ¡Tanto! Ni yo sé lo que quiero… Vete, y no te olvides de rezar por mí…

Miguel de Unamuno
La esfinge


 
Corriendo...
—¿Cómo van las cosas con Mario?
—Mario se ha ido, mamá, ya te lo he dicho… Mario se ha marchado y no va a volver.
—¿Ése es el motivo de tantas carreras? ¿Huyes de Mario?
—Mamá, corro porque me hace sentir bien, tonificada, fresca,… ¡Ya sabes!
—Bien, nena… No insistiré…
—Eso, me marcho…
—Pero, ¿adonde vas?
—Hasta la presa y vuelvo…
—¡Cariño! Deben ser casi ocho kilómetros…
—Calculo; me gusta el paisaje. Volveré dentro de un par de horas. Adiós…

El rostro de decisión de Victoria contrastaba de lleno con la indecisión reflejada en el rostro de María, su madre. Victoria no acostumbraba a hacer ejercicio, era una práctica que había tomado desde hacía solo unos días, coincidiendo, aunque ella lo niegue, con la marcha de Mario. Mario era su novio, es su novio; al menos eso le ha dicho él a ella antes de marchar.

Al ver a Mario marchar ella sintió cómo su interior se vaciaba. Entonces, entre la inquietud y el llanto, sintió la imperiosa necesidad de fugarse, de emprender la gran escapada, de intentar desaparecer y esconderse... Su mente había iniciado la evasión, ya no estaba allí; pero su corazón aun le hacía estar varada en aquel lugar. De pronto sus piernas comenzaron a moverse en perfecta coordinación y Victoria empezó a correr tan rápidamente como podía. Su mente no había prefijado un destino al que dirigirse ni siquiera un rumbo o dirección a seguir, mas el ímpetu y la decisión con que corría hacían prever que sí sabía donde se dirigía: largas zancadas, brazos contraídos, adheridos al torso, moviéndose acompasados con sus piernas; respiración ordenada y fuerte, cabeza ligeramente contraída y ojos semicerrados. Nada hacía que se detuviera; en nada reparaba a su paso. Los escasos paseantes nocturnos que deambulaban por tan tétricas calles en la nocturnidad observaban impresionados el trote de aquella joven que corría, corría y corría...

Desde aquella noche, Victoria se hizo aficionada a correr. En realidad, su madre tenía razón: no se estaba aficionando al atletismo, estaba huyendo, y el resultado no puede ser más claro… La huida nunca lleva a nadie ningún sitio. Victoria había perdido lo que ella más quería: Mario no había muerto físicamente, pero para ella sí había muerto. ¿Volvería? Ella cree que no… Mientras tanto, sus pies se movían con impulso y velocidad, de forma que al dar los pasos, quedaban durante décimas de segundos sin tocar el suelo. ¡Levitar! Que gran sueño… ¡Poder volar! En cualquier caso, Victoria seguía corriendo sin mirara atrás, sin saber a donde ir; sin embargo, algo en su interior le dice que algún día llegará donde quiere llegar… ¿Es esto posible? ¡Quien sabe? Lo único que se ve con claridad en el horizonte es a María, su madre, que espera a Victoria en casa con la mesa puesta y la ducha preparada para cuando vuelva de correr.