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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
Show must go on
Dada la buena acogida, y el momento presente, presento aquí un nuevo ejercicio de traduzco-interpretación. Recuerdo (y anuncio para los que no hayan leído el Somebody to love), que la traduzco-interpretación consiste en mostrar la letra de la canción que, en este caso, estará en inglés y, seguidamente, se traduce e interpreta simultáneamente la canción; es decir, que se trata de una traducción muy subjetiva que no se ciñe exclusivamente a la transcripición literal de la letra de la composición a la lengua castellana.

Hoy presento “Show must go on”, también de Queen. Un vídeo de esta canción se puede ver en el siguiente link:

http://www.youtube.com/watch?v=t28EUcTDLII

Show must go on

Empty spaces - what are we living for
Abandoned places - I guess we know the score
On and on, does anybody know what we are looking for...
Another hero, another mindless crime
Behind the curtain, in the pantomime
Hold the line, does anybody want to take it anymore
The show must go on
The show must go on, yeah
Inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on

Whatever happens, I'll leave it all to chance
Another heartache, another failed romance
On and on, does anybody know what we are living for ?
I guess I'm learning (I'm learning learning learning)
I must be warmer now
I'll soon be turning (turning turning turning)
Round the corner now
Outside the dawn is breaking
But inside in the dark I'm aching to be free
The show must go on
The show must go on, yeah yeah
Ooh, inside my heart is breaking
My make-up may be flaking
But my smile still stays on

Yeah yeah, whoa wo oh oh

My soul is painted like the wings of butterflies
Fairytales of yesterday will grow but never die
I can fly - my friends
The show must go on (go on, go on, go on) yeah yeah
The show must go on (go on, go on, go on)
I'll face it with a grin
I'm never giving in
On - with the show

Ooh, I'll top the bill, I'll overkill
I have to find the will to carry on
On with the show
On with the show
The show - the show must go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on, go on, go on, go on
Go on, go on

Cuando alguien a quien quieres se va, no pierdes a esa persona de repente; sino a trozos, poquito a poco, como cuando un amigo en la distancia deja de escribirte… Dicen que la gente que se va, si volviera a reencontrarse con nosotros, nos diría que no nos apenáramos y que nos animáramos, porque la vida sigue, porque el espectáculo debe continuar… En otro orden de cosas, esta sociedad en que vivimos, regida por el materialismo, la apariencia y placer, está concebida de tal forma que nadie se hace indispensable: cualquiera de nosotros puede faltar. Cierto, toda pieza es fácilmente cambiable. Sin embargo, algo de nosotros va quedando en lo más profundo del espíritu de los que nos conocen, quedando más o menos, según la capacidad de influencia de la persona y el grado de conocimiento de la misma. ¿Se me entiende? Me temo que no… Volvamos a la canción…

Uno se asoma a la ventana y ve la velocidad a la que vive la gente; no es de extrañar que con el ritmo tan frenético y agotador que llevamos, haya en el mundo tanta gente espiritualmente vacía. La vida está llena de huecos, y no me refiero a huecos físicos, sino al vacío espiritual de muchas de las almas. Cuando uno analiza el devenir de las personas, individualmente, no puede menos que preguntarse: ¿para qué vivimos? ¿Qué podemos buscar en la vida? ¿Qué puede darnos la vida? Uno ve las noticias, y observa cómo una gran cantidad de seres humanos viven en situación de absoluto abandono y desamparo; ¿cómo, quien sufre la guerra, no va a sentirse vacío? ¿Cómo no va a sentirse vacío quien pasa hambre o tiene sed? ¿Cómo no va a sentir un vacío interior quien padece cualquier clase de injusticia? ¿Hay alguien que no se siente vacío cuando vive en la oscura soledad? Pero, a pesar de todo, la función de continuar…

El otro día me relataron un crimen en el que fue víctima un conocido lejano mío. ¿La razón? Convincente como ninguna otra: un ajuste cuentas. «Fulanito me debía lo que yo estimaba que me debía». A veces la realidad supera con creces a la más ficticia de las ficciones: hacemos héroes a personas carentes de fondo moral o de principios y, sin embargo, a los héroes de verdad es a los primeros a los que matamos. Y ya se sabe que al que le damos la muerte, le impedimos que viva más… Esto es evidente, claro. Sin embargo, casi todas las muertes forzadas tiene su por qué… Sí, claro. Preguntémosle a cualquier asesino, veremos como se nos justifica, en la mayoría de los casos, su crimen… Y eso es muerte física, muerte material, muerte tangible… No hablemos ya de la muerte espiritual: espiritualmente vivimos permanentemente golpeándonos y matándonos los unos a los otros, y es que hay palabras que hacen más daño que algunas bofetadas. Cada vez que nos callan, morimos; cada vez que alguien nos hace de menos, morimos; cada vez que nos subestiman o nos infravaloran, morimos; cada vez que alguien nos amedrenta o consigue acobardarnos, algo de nosotros muere; cada día que pasa y nos queda pendiente algo por hacer, morimos un poco más… Sin embargo, el espectáculo debe proseguir…

Se dice que la vida es un manantial de placeres que se nos brindan para que gocemos de ellos… ¡Qué bien suena esto! Tiene hasta cierto aire poético. Suena a cierto idilio romántico-armonioso, como la mujer ideal o el ansia de amor infinito de algunos poetas. ¿Y qué hay del fracaso? ¿Qué hay de todos los resbalones, tropiezos y caídas que se sufren a lo largo del camino? Sí, el espectáculo debe continuar; allí, en el escenario, pero… ¿qué hay del resto? A nadie le importa lo que ocurre en los camerinos, tras las cortinas, entre las bambalinas, o en las múltiples zonas que no se ven desde el espectador… Da igual que el espectáculo que se esté visualizando sea una pantomima; da igual que en él se estén viendo llorar ojos en rostros con labios sonrientes, porque lo que vale es la sonrisa, dado que la gente quiere ver reír y no sufrir… Da igual que se rompa a pedazos el corazón del actor, lo importante es que no se resquebraje su careta y que el maquillaje le aguante hasta que acabe la representación… Da igual lo que el actor en realidad piense o sienta. Dan igual sus angustias, su afecto, sus sueños, sus pretensiones, sus quimeras y sus desdenes ¡Da igual todo! El caso es que el espectáculo continúe, porque así debe de ser… El espectáculo debe continuar…

Y en el centro del escenario estoy yo… Sí, yo. Me abofetean, pero aguanto. Me empujan y me tiran al suelo, pero yo me levanto. Me escupen, pero yo me limpio y sonrío. Al fin y al cabo, si me detengo a valorar las afrentas, me estaré parando en la vida… ¡Uno nunca debe de pararse en la vida! Y si lo hace, porque no le queda otro remedio, que sea con conocimiento de por qué se para. Luchemos, sí: pero luchemos por algo para que así siempre sepamos a donde hemos de mirar.

Algún día faltaré, es lógico y normal. «Es ley de vida», que dirían algunos: todo lo que empieza tiene un fin, y ésta es la razón de la vida. Algún día faltaré, pero nada cambiará cuando yo falte… Todo seguirá como cuando estaba… La función seguirá su curso: el espectáculo continuará, porque así debe de ser… Anhelo libertad, persigo sueños; todo eso lo llevo en la sangre; es parte de mi, es parte de mi vida… Con el telón bajado y las luces apagadas me siento solo y deseo sentir entonces el renacer del Ave Fénix que llevo dentro… El telón se levantará, pero no lo hará cuando yo desee, sino cuando así lo requiera el espectáculo; al fin y al cabo, la función es la que manda… El espectáculo debe seguir…

Debe continuar…

Tiene que continuar…

Ha de continuar…

Esté yo, o no esté… La función debe seguir…

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Y el viento, al atardecer, seguirá haciendo girar las aspas del molino, en espera de la llegada del siguiente hidalgo ilusion-idealista (porque el espectáculo continuará y alguien vendrá después que yo…) que crea que se trata de un gigante destructor al que hay que combatir… ¡Ojala el golpe que le aseste el aspa, movida por el viento, no le haga caer! Ay de él si cae…


 
Las malas noticias
¡Qué duro se hace dar malas noticias! Qué duro se hace, especialmente cuando se las tienes que transmitir a personas a las que quieres y a las que sabes positivamente que, lo que les tienes que decir, les va a suponer una lanza que se va a clavar de lleno en lo más profundo del corazón.



Cuando uno recibe una mala noticia, siente cómo, por unos instantes, se le va la vida; es como si alguien te asestara un golpe en el estómago y, en vez de sentir dolor, sientes como si las entrañas se te fueran poco a poco por la boca, quedándote vacío, y te notas como si no pisaras suelo firme, como si estuvieras levitando, en medio de la nada… ¿quién ligaría a la existencia humana la experiencia del dolor? ¡Maldito dolor, maldito sufrimiento! Es muy triste cuando nos miramos de lejos, desde arriba, y vemos cuánto condiciona el dolor nuestra existencia. ¡Qué miserable que es la condición humana! Unos obran con maldad, con el único objetivo de hacer daño; y para el resto, que obra con bondad, el sentimiento más vivo que les llega es el dolor. Parece que venimos al mundo solo para sufrir… ¡Y todavía hay algún alma caritativa que se atreve a subir a un escenario para cantar que son «los latidos del corazón los que mueven el mundo»…!

Pero, y aunque suene a egocentrismo, ¿qué hay de la persona que tiene que transmitir la mala noticia y que no es gustosa de hacerlo? ¿Qué hay de la persona que se reconcome de solo pensar el daño que le va a hacer a sus interlocutores cuando se hagan eco del doloroso mensaje transmitido? ¿Qué hay de las noches anteriores, en las que no ha sido capaz de conciliar el sueño solo de pensar que iba a hacer daño a personas que quiere? ¿Qué hay del difícilmente disimulable temblor de manos y piernas que te invade en los instantes previos a la transmisión de la noticia? ¿Qué hay de las lágrimas tragadas y de las involuntarisa e indeseadamente vertidas? ¡Eso no lo mira nadie! Y, a decir verdad, entiendo que sea así… Por eso uno siente que lo mejor es dar la noticia y desaparecer, para así no prolongar más una situación tan tortuosa.

Cada vez comprendo más y mejor por qué Juan Ramón Jiménez, alma sensible como ninguna otra, vivía aislado en su torre de marfil. No hay relación con los semejantes: no hay amor; no hay amor: no hay posibilidad de hacer daño a personas que quieres… Solo hay lo que siempre te llega: la soledad. Decía Francis Beaumont, comediógrafo inglés, que el que vive retirado dentro de su inteligencia y espíritu, vive en el paraíso... No sé... Yo, por las circunstancias de la vida, he aprendido a estar solo y a ser, en gran medida, independiente... Sin embargo, a pesar de estar acostumbrado a estar solo, nunca había sentido la soledad que desde hace unos días estoy sintiendo. Quizás las cosas tengan que ser así y las decisiones importantes verdaderamente fuerzan a dejarnos solos, o será quizás que un hombre solo no tiene por qué realmente estar solo, sino que puede tomar conciencia de su soledad por haber gozado de malas compañías... O quizás no: tal vez la soledad es una percepción meramente subjetiva, en el sentido de que existe la soledad concebida como tal en la medida estamos con otros… No sé: yo, en el fondo, siempre he creído que vivimos como soñamos: solos.

Yo nunca quise hacer daño a nadie, y menos a personas a las que quiero tanto…; pero hay cosas que es mejor saberlas por boca de la persona que debe transmitirlas y que, además, cuanto antes se sepan, es mejor para todos… Si me leeis, quiero que sepais lo mucho que lo siento...

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Las aspas del molino siguen girando: cuando arrecia el viento, golpea contra el aspa y el molino la devuelve con tal furia, que el golpe se hace imposible de soportar. Yo empiezo a dudar de si son gigantes o son molinos, a pesar de mi eterno convencimiento de que son gigantes; lo único que puedo asegurar es que el aspa golpea (o quizás los brazos del gigante) y cuando lo hace es de forma despiadada, sin miramientos, arrasando lo que pille a su paso… ¿Ilusión, para qué? ¿Ave Fénix, renacer? Primero toma conciencia de que estás muerto para poder entonces renacer…

 
Molinos de viento
—No, Elizalde. Ya no quedan causas por las que luchar…
—¡No me digas eso! —, le respondí apenado.
—Es la verdad… ¡Mira cómo funciona el mundo!
—El panorama a nuestro alrededor es bastante desolador, no te lo discuto… Pero hay que seguir peleando por aquello en lo que uno cree.
—¡Tú, como siempre, sigues siendo igual de idealista! De verdad que me desesperas…
—¡Tú, como siempre, sigues siendo igual de realista! De verdad que no puedo contigo…
—La eterna lucha, Elizalde.
—Sí, así es. Eso no ha cambiado. Yo siempre tuve los sueños y tú siempre tuviste los proyectos… Mientras yo iba, paso a paso, construyendo el barco con el que soñaba hacerme a la mar, tú ibas paseando con tu flamante coche deportivo diciéndome que no podías ayudarme en mi barco porque tenías varias sartenes en el fuego… Lo que digo: tú los proyectos y yo los sueños.
—Y dices bien…

Ambos quedamos mirándonos fijamente a los ojos durante unos segundos; aunque estábamos en un bar, parecía como si un halo de silencio misterioso hubiera envuelto el tramo de la barra en el que ambos nos hallábamos… Esta atmósfera misteriosa fue rota cuando yo retomé mi jarra de cerveza para echar un trago, reanudando la conversación, a continuación, yo mismo:

—¿En qué andas metido ahora?
—En lo de siempre…
—¿Y cómo te va?
—Como siempre…
—¿Y qué perspectivas tienes?
—Seguir como hasta ahora…
—¿Alguna innovación o hecho novedoso en el horizonte?
—¡No!
—¡Vaya! ¡Qué triste, no?
—Que va, al contrario… Cuando algo marcha bien hay que evitar cambiarlo…
—Ya, ya… Te entiendo —, dije mientras con el rostro manifestaba una clara incomprensión —. ¡Vaya una conversación vacía que estamos manteniendo! —, exclamé por lo bajo, pero de forma que mi interlocutor pudiera oírme con claridad.
—¡Mira, Elizalde! No me intentes llevar a tu terreno, porque sabes que no veo las cosas como tú…
—A ver, yo no pretendo llevarte a ningún lado: tan solo hace mucho tiempo que no te veo y te pregunto, por curiosidad, cómo te van las cosas… A través de esas preguntas, lo que estoy viendo es que con el paso de los años, cada vez eres una persona que tiene menos ambiciones en la vida y menos ilusiones que materializar… Me da la impresión de que cada vez estás más vacío por dentro.
—¡Eso no es verdad! Sí que tengo alguna ilusión…
—¿Ah, sí? Dime, ¿cuál?
—Acabar de pagar la hipoteca de mi casa…

Fue inevitable que una gran pena invadiera mi rostro:

—¡Bendito sea Dios! Así nos va…
—¿Así nos va? ¿Y cómo te va a ti? ¿Te trata bien la vida? ¿Acaso tienes la vida resuelta? ¡No! Tienes que trabajar más de diez horas diarias, obra arriba y obra abajo, para poder pagar esa choza que te compraste y que, al paso que llevas, no conseguirás acabar de pagar antes de que te caigan los cuarenta y cinco. ¿Tienes amor? Sí, claro, tienes amor: tienes ese amor ideal y eterno con el que cuando eras más joven llenabas los poemas que les regalabas en cuartillas dobladas a las chicas en el colegio y que al final no te servían de nada, porque, a la hora de la verdad, ligabas lo mismo que yo… ¡Nada! Como ahora: soltero tú, soltero yo. Y dime… ¿Te trata bien la vida? Te trata como a todos, con una pequeña diferencia: en tu estúpido afán de ayudar a los demás, de entregarte a esas causas nobles en las que tú siempre has creído, a la hora de la verdad lo único que has encontrado ha sido soledad y golpes. Yo estoy solo, no tengo ningún problema en admitirlo, pero yo nunca me entregué a nada que no fuera de mi interés. Sin embargo, mírate: has de reconocer que tú, con todo lo que has hecho por la gente (y más por algunas personas en concreto), estás ahora tan solo como yo. A lo largo de la vida, personas con las que creías mantener cierta reciprocidad afectiva, te han decepcionado o te han ido dejando solo; has recibido bastantes más palos de los que esperabas, y sé que muchos de ellos han sido especialmente dolorosos, al proceder de flancos desde los que nunca imaginaste que te podrían atacar… ¿Qué es mejor, entonces? ¿Seguir empecinado en destruir los molinos de viento a golpe de lanza porque creemos que son gigantes, o callarnos y asumir que son molinos para seguir sembrando para nosotros mismos?
—No sé, tal vez tengas razón…

Mi viejo amigo consultó su reloj de pulsera y, al constatar que había llegado la hora de encaminarse a otros menesteres, procedió a abandonarme:

—Bueno, antes hablabas de proyectos… Vuelvo de nuevo, y que no sirva de precedente, a darte la razón. Tengo un proyecto bastante gordo y está al caer… Perdona que te deje así… Te permito que te emborraches… Mañana vendré y pagaré cuanto te hayas tomado. Cuídate, anda… Dentro de unos días te llamo y acabamos de hablar. Hasta luego...

Me quedé solo en la barra de aquel bar. He de reconocer que en ningún momento pensé en emborracharme, a pesar de lo que él me dijo. Sin embargo, sí es cierto que, palabra tras palabra, resonó dentro de mi cabeza su contundente discurso final, en especial la interrogación retórica con la que le puso término… «¿Qué es mejor: seguir empecinado en destruir los molinos de viento a golpe de lanza porque creemos que son gigantes o callarnos y asumir que son molinos para seguir sembrando para nosotros mismos?» Yo siempre he estado convencido de que son gigantes y no molinos; siempre he creído que con una vara de rama de oliva se puede reconstruir la lanza destruida, como renace el Ave Fénix de sus cenizas; y siempre he creído que no había caída lo suficientemente dura como para no volver a levantarme… Sin embargo, ahora mismo lo único que puedo decir es que el golpe que te asesta el aspa, movida por el viento, es tremendamente doloroso…

 
Somebody to love
La traduzco-interpretación es un nuevo ejercicio que voy a estrenar en el blog. La idea me surgió cuando, hace unos días y por casualidad, descubrí, en la siempre sorprendente página de You Tube, la grabación en vídeo de “Somebody to love”, que es una de mis canciones favoritas de Queen. La grabación está realizada en el concierto que se celebró en el Estadio de Wembley en honor del desdichado Freddie Mercury, meses después de que éste se fuera para no volver.

A “Somebody to love” le pone voz George Michael, brillante e influyente cantante de pop británico que, además, en los últimos años se ha convertido en un referente iconográfico para determinados sectores de nuestra sociedad. Yo tengo esta versión de la canción en el disco de Greatest Hits III de Queen, que mis amigos me regalaron por mi cumpleaños hará unos siete u ocho años; y he de decir que, desde el primer momento que la escuche (y ruego Freddie me disculpe, dondequiera que esté), me gustó mucho más que la versión original. Si queréis ver el vídeo, el link para acceder es éste:

http://www.youtube.com/watch?v=of-7jmD7OxE

El ejercicio a realizar ahora es el siguiente: yo voy a poner a continuación la letra de la canción que, obviamente, estará en inglés y, seguidamente, procederé a traducir y simultáneamente interpretar la canción; es decir, que será una traducción muy subjetiva que no se va a ceñir a transcribir al castellano literalmente la letra de la composición.

Can anybody find me somebody to love

Ooh, each morning I get up I die a little
Can barely stand on my feet
(Take a look at yourself) Take a look in the mirror and cry (and cry)
Lord what you're doing to me (yeah yeah)
I have spent all my years in believing you
But I just can't get no relief, lord!
Somebody, somebody, oh somebody, somebody
Can anybody find me somebody to love?

Yeah
I work hard (he works hard) every day of my life
I work till I ache my bones
At the end (at the end of the day)
I take home my hard earned pay all on my own
I get down (down) on my knees (knees)
And I start to pray
Till the tears run down from my eyes
Lord, somebody, somebody, ooh somebody
(Please) Can anybody find me somebody to love?

(He works hard)
Everyday (everyday), I try and I try and I try
But everybody wants to put me down
They say I'm going crazy
They say I got a lot of water in my brain
Ah, got no common sense
I got nobody left to believe in
Yeah yeah yeah yeah

Oh lord
Ooh somebody, ooh somebody
Can anybody find me somebody to love?
(Can anybody find me someone to love)

Got no feel, I got no rhythm
I just keep losing my beat (you just keep losing and losing)
I'm ok, I'm alright (he's alright, he's alright)
I ain't gonna face no defeat (yeah yeah)
I just gotta get out of this prison cell
Oneday (someday) I'm gonna be free, Lord!

Find me somebody to love
Find me somebody to love love love
Find me somebody to love
Find me somebody to love somebody somebody somebody somebody
Somebody find me
Somebody find me somebody to love
Can anybody find me somebody to love ?
Find me somebody to love
Oooh find me somebody to love
Somebody somebody
Find me somebody somebody to love
Find me find me find me find me find me somebody to love
Somebody to love
Find me somebody to love
Somebody to love
Find me somebody to love
Anybody any brook and I'm bound to find me somebody to love (to love)
Oh find me find me find me love

¿Puede alguien encontrarme una persona a la que amar? ¡Qué gran pregunta! Los sentimientos no se pueden imponer pues son objetos abstractos, puramente espirituales, que nacen de las impresiones causadas en nuestro ánimo por otros espíritus. Los hechos, los actos de nuestros semejantes, son los únicos que pueden verdaderamente mover nuestros sentimientos: si alguien se porta bien conmigo, yo puedo sentir afecto hacia esa persona; si alguien me desprecia, yo puedo sentir odio hacia esa persona; si alguien me engaña, yo puedo sentir desconfianza hacia la persona que me miente. Ahora bien, en todo momento se trata de una relación directa, de tú a tú, ya que las mediaciones no permiten despertar realmente sentimientos hacia la persona en cuestión. Y el amor es el sentimiento de sentimientos, es, junto con el dolor, el principal motor del espíritu humano. Por mucho que se quiera ser mediador, intercesor, alcahueto o comoquiera llamarse, nadie puede forzar sentimientos hacia una tercera persona. Alguien me podrá decir que esto no es cierto porque, por ejemplo, nuestros políticos tienen una especial capacidad para, con sus palabras, despertar odio hacia otros de su misma condición o hacia determinados sectores de la sociedad. Cierto. Totalmente de acuerdo. Pero solo quiero hacer dos puntualizaciones al respecto: por un lado, quisiera dejar en el aire la pregunta siguiente: ¿alguien conoce algún político que con sus arengas despierte amor o afecto?; y, por otro lado, quisiera decir que quizás los políticos son capaces de hacer que germinen determinados odios en algunas personas, pero también es cierto que ese odio germina porque existe un caldo de cultivo…

El caso del amor es distinto: decía Einstein que «el amor por la fuerza nada vale; la fuerza sin amor es energía gastada en vano». Es cierto: si la fuerza es lo que vale, no hay lugar para el amor en el mundo. Nadie puede obligar a que una persona se enamore de otra. El amor es una de las fuerzas más misteriosas, a la vez que poderosas, dentro de la naturaleza. Me estoy acordando ahora mismo que, cuando en la película Aladdín rescata al Genio, éste le anuncia que dispone de tres deseos pero, a su vez, con tres limitaciones: Genio no puede matar a nadie, no puede resucitar a los muertos y no puede conseguir que nadie se enamore de nadie. ¡Es gracioso! Sí: gracioso pero realista… Dado el estrecho vínculo que existe entre el amor y la felicidad y el desarrollo personales, ¡qué gran infelicidad y frustración supondría el obligar a alguien a que se enamore de otra persona! Llegados a este punto, yo pregunto: ¿puede alguien encontrarme una persona a la que amar?

Cada mañana me levanto y empieza un nuevo día. Es cierto que cada día que pasa en nuestra vida, desde el momento en que nacemos, morimos un poco; esta apreciación se va haciendo más evidente con el paso de los años. Morimos un poco más aún si cabe cuando nos paramos a reflexionar, a pensar en nosotros mismos. Hay gente a la que ver su imagen reflejada en el espejo le incita a reflexionar sobre sí mismo; hay otros tantos que no: hay incluso personas a las que ver su imagen en el espejo les hace tomar conciencia, aún más si cabe, de lo maravillosa que es la naturaleza al concentrar tanta hermosura en un solo cuerpo. Pero eso corresponde a los superficiales. Yo me miro, me observo y tomo conciencia del paso del tiempo: cada vez tengo menos pelo y más entradas, me crece la papada, y mi piel se va arrugando. Es cierto: físicamente, también morimos un poco cada día. El cuerpo tiene que soportar el duro castigo de envejecer cada día. La vida nos da primero lo que luego poco a poco nos va quitando. Yo aún puedo considerarme joven, pero he visto cómo la vida, al ir avanzando, te roba el color del pelo, trocándotelo blanco, cuando no te lo retira; la boca se queda huera de dientes; el cuerpo poco a poco se va arrugando, consumiéndose y encorvándose. Y, a pesar de todo esto, cada mañana nos miramos en el espejo para afeitarnos, peinarnos o incluso para lavarnos los dientes, que ya se me dirá a mi que sentido tiene mirarse al espejo para higienizar nuestros molares… Así, cada mañana el espejo me hace tomar conciencia de que voy muriendo un poco… y grito «¡Oh, Dios!, ¿qué estoy haciendo con mi vida? Estoy solo, muy solo, solísimo… ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?».

Trabajo mucho, trabajo duramente, invierto más de un tercio de mi vida en el trabajo… Bien es cierto que no es moralmente aceptable que yo me queje del trabajo: he visto los callos de las manos de los encofradores, manos insensibles a todo tipo de punciones o cortes; he visto el sudor emanar con fluidez al asfaltar una carretera durante las primeras horas de una tarde veraniega; he visto las deplorables condiciones, con la silicosis como espada de Damocles, en que se trabaja en las tétricas minas subterráneas; he visto el esfuerzo que supone arar un campo de vides, al tiempo que se reza para que los dioses que rigen el tiempo se pongan de acuerdo para que las condiciones permitan obtener una buena cosecha; he perdido la cuenta al computar las horas invertidas y los kilómetros recorridos por un transportista que lleva un camión cargado de combustible. Sin embargo, yo trabajo, trabajo mucho. Invierto muchas horas en desarrollar mi trabajo; y a base de trabajo, esfuerzo y sacrificio traigo a mi casa la paga que gano… Y cada mañana, antes de irme a trabajar, me miro en el espejo de nuevo, y siempre la misma canción, siempre la misma rutina: «¡Oh, Dios!, ¡qué solo estoy! ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?». Es entonces, cuando uno se siente solo y toma conciencia de los problemas que pueda tener; es en esos momentos cuando, si en el colegio o en casa le inculcaron que existe un Dios bueno y todopoderoso, uno se acuerda de la Divina Providencia… Y se pasa, en cuestión de segundos, de vivir pendiente de uno mismo a sentirse más religioso que nunca. Dicen que ese proceso también le experimenta el que ve la muerte de cerca. ¡Triste comparación! Uno reza. ¡Oh, sí! Reza… «¡Señor y Dios mío! Mira que solo estoy por las noches… ¿Por qué no me mandas esta noche una buena mujer?» Y volvemos a la eterna pregunta: ¿Puede alguien buscarme una persona a la que amar?

La gente al leerme dirá que estoy chiflado. La gente al leerme dirá que tengo el cerebro lleno de agua… Sí, ¿por qué no? Pero… Leed detenidamente la canción y ved si estoy loco o lo que he ido poniendo se ajusta a lo que cuenta la canción… ¡Si parece que está escrita por el malogrado Beto, de quien yo he ido poniendo las páginas de su cuaderno aquí, en lugar de por Freddie Mercury!… El amor puede ser una fuente de alegrías y de placeres; pero también un gran manantial de dolor y de frustración; puede dar sentido a una vida, de la misma forma que puede abocarla al fracaso. El amor es lanzar una moneda al aire: puede salirte gozo o puede salirte dolor; incluso hay quien dice que te puede salir canto… ¡Cada cual que interprete! Mientras, yo cada día sigo defendiendo los valores en los que creo; sigo opinando que el amor y la libertad son los motores principales que deberían regir todo movimiento espiritual del ser humano… Y en medio de todo este caos mental, lanzo la siguiente pregunta: ¿puede alguien buscarme una persona a la que amar? Que me disculpen Freddie Mercury, Roger Taylor, Brian May, John Deacon y George Michael, pero creo que, afortunadamente y aunque sé que hay muchas relaciones de amor que están cimentadas única y exclusivamente sobre dinero, la respuesta es NO. Alguien que no sea yo: ¡NO!

Y será mejor ni plantearse la respuesta a si puede alguien encontrarme una persona que me ame… La respuesta es más que evidente, aunque pueda parecer dolorosa…

 
¡Quiero volver a ser un padre!
A continuación, se recoge un episodio familiar cualquiera, de una familia cualquiera, residente en un lugar cualquiera. Los hechos que aquí se relatan, aunque en cierta forma puedan parecer exagerados, son desventuras diarias que tienen que afrontar la mayoría de las familias hoy día: padres ausentes por motivos de trabajo que se pierden buena parte de la infancia de sus hijos, hijos que se embarcan en sabe Dios qué conflictos, escasez de comunicación entre las partes,... Yo lo he traído aquí para que se lea y se tenga presente el final, dado que cuando en la vida se tiene un problema el primer paso siempre ha de ser tomar conciencia de la existencia y, una vez tomada, poner los medios para solventarlo.


—Torre de control… Aquí AIA205. Con ustedes a nivel de vuelo 3-2-0.
—Recibido, AIA205… Están en contacto con rádar. Nivel de vuelo 3-2-0.
—Hemos cumplido… ¿Y ustedes? Cambio…
—Negativo, 205. Las cuatro terminales de Madrid-Barajas están bajo mínimos. Mantengan la presente altitud y reduzcan la presente velocidad a 3-5-0 nudos.
—Recibido, gracias. Cambio.
—David, ¿cuándo crees que llegaremos? —, preguntó Carlos dirigiéndose a su copiloto de vuelo.
—Hacia las once, Carlos… Voy a perderme el cumpleaños de mi hijo.
—No te apures… Ya hace años que falto en esa fecha. Terminan por acostumbrarse.

Aquel avión aterrizó cuando solo faltaban diez minutos para alcanzar las once de la noche. Tras el desembarque de los pasajeros y cumplir el protocolo requerido, Carlos pudo abandonar el aeropuerto y tomar el transporte que le llevaría a su hogar, con el único objetivo de, al llegar, dar un beso, como muestra de afecto y saludo, a sus dos hijos y a su esposa para seguidamente acostarse y combatir así el tremendo cansancio que llevaba consigo.

Al llegar a casa, Carlos no encontró a nadie. Todas las luces estaban apagadas, lo que le sorprendió ingratamente dada la hora que era. Creyendo que pudiera tratarse de alguna broma o que su familia estuviera esperándole para darle alguna sorpresa, dado que llevaba varios días fuera de casa, Carlos dejó sus maletas a la entrada de la casa, encendió la luz, y, en un tono de cierta guasa, empezó a gritar con suavidad:

—¡Socorro! Me he perdido y busco un lugar donde pasar la noche… ¿Hay alguien?

Nadie contestó, nadie salió al ver la luz encendida. Extrañado, Carlos decidió empezar a recorrer las escasas habitaciones del piso, para así constatar que, efectivamente, en la casa no había nadie. Cuando se disponía a entrar en la cocina, María, su esposa, entraba por la puerta principal de la casa y, tras ella, Nico y Vicky, sus dos hijos. Nico, de unos veinte años, era alto y rubio; mientras Vicky, de unos dieciocho, era algo más menuda y de pelo algo más bruno. Ambos entraban algo apenados y cabizbajos.

—¡Hola, guapísima! —, exclamó Carlos al ver a su esposa, regalándole un beso—. ¿Dónde estabais? Empezaba a estar preocupado: acabo de llegar y no veía a nadie en casa…
—Venimos de la comisaría —, respondió María.
—¿De la comisaría! ¿Qué ha pasado?
—Habían detenido a Nico por agredir a un señor en su propio domicilio.
—¿Cómo?
—Tranquilo, la denuncia ha sido retirada, gracias a la mediación de Vicky… El hombre al que agredió es el padre de una de las compañeras de baile de Vicky y, al parecer, a pesar de que le doble la edad, es la actual pareja de nuestra hija…

Carlos, con evidentes muestras de incomprensión, miró por unos instantes a sus dos hijos, quienes, cabizbajos aún, no se atrevían a corresponder a la mirada paterna.

—Perdonadme… Estoy muy cansado y no esperaba encontrarme esto al llegar a casa… Me iré a descansar, mañana hablaremos… Buenas noches.


* * *

Media hora después, Carlos estaba semitumbado y abstraído en la cama, mientras su esposa se desvestía para ponerse el pijama y así poder meterse en el lecho matrimonial junto a su marido.

—¿Hace frío o lo tengo yo?
—Hace algo de frío… Por eso he subido un poco la calefacción… Ven, arrímate.

Carlos abrió su brazo y María se recostó contra él, para seguidamente cerrar su brazo, apretando suavemente el tórax de su esposa contra su pecho. Ambos estaban cubiertos por una manta y una sábana.

—Gracias, cariño… ¿Qué tienes ahí? —, preguntó señalando con la mirada hacia la otra mano de Carlos.

Carlos le mostró un hermoso reloj de bolsillo, bañado en oro y acompañado de una lujosa cadena de sujeción que pendía de su parte superior.

—Es el reloj de mi abuelo ¿No sabes qué día es hoy? Hoy hace cuatro años de la muerte de mi padre… No puedo evitar acordarme de él en una fecha tan señalada. A pesar de la escasa relación que manteníamos, a pesar de lo alejados que estábamos, su muerte me dolió mucho… ¡Todo parecía tan irreal! Lo mismo que me parece ahora. Yo intenté seguir unido a mi padre, pero él nunca entendió que yo quería vivir mi vida y que la vida que yo quería seguir estaba lejos de los planes que él tenía para mi en el negocio familiar… Durante años le escribí cartas y él nunca me contestó… Eso es precisamente lo que ahora me preocupa… Veo como Nico y Vicky se distancian de mí de la misma forma…
—No puedes comparar tu niñez con la de Nico y Vicky, no tiene nada que ver…
—¡Es lo mismo! Un padre es un padre para sus hijos… No importa donde esté…
—Sí.
—¡Me paso más de medio mes fuera de casa…!
—Sí, ya lo sé… Los pilotos no tienen mucho donde escoger…
—Pero los demás sí… Durante más de veinte años escribí cartas a mi padre pero nunca tuvimos ocasión para sentarnos a hablar… Eso es lo que me ocurre ahora con Nico y Vicky… ¡Apenas les veo! Y… ¿nosotros?
—¿Qué?
—Apenas tenemos tiempo para hacer el amor…
—Lo buscaremos… Tranquilo…

María dio un beso en los labios a Carlos, quien no apartaba de sus ojos esa niebla característica de quien está pensando; ojos abstraídos, propios de quien tiene la mente en un lugar distinto y distante de aquél en el que se encuentra su cuerpo… Carlos se levantó de la cama, se puso el albornoz y empezó a dar vueltas elípticas con la longitud que permitía el dormitorio…

—Me cuesta trabajo creer lo que me he encontrado hoy al llegar a casa… —, dijo mientras describía circunferencias con las manos sobre sus sienes —. Y parece que fue ayer cuando llegaba a casa tan cansado que ni siquiera quería hablar con los chicos…
—Bueno… Vicky va en busca de algo…
—Sí, Nico creo que también… Y además creo que, a pesar de ser mayor, tampoco está mejor. Dice que quiere ser arqueólogo y se pasa la vida vagando por los museos…
—Bueno, la madurez lleva su tiempo…
—¡No conseguirá nada positivo en la vida si no va a la Universidad! —, dijo elevando el tono de voz —. Estos chicos divagan…

Carlos se sentó en la cama y escondió su rostro tras las palmas de sus manos.

—¿Qué piensas?
—Pues… Pienso que pasarme los próximos diez años de mi vida sobrevolando el Atlántico a no se cuantos metros de altura no nos servirá de nada, excepto para pagar un montón de porquerías que no necesitamos y que no tendríamos si no viviéramos aquí, en la ciudad…
—Pero aquí, en la ciudad, es donde vivimos…
—Sí, así es… ¿Y el resultado? Examínalo tú misma: Vicky cree que la atamos; Nico se separa de nosotros sin ninguna dirección, y yo… ¡Empiezo a sentirme desconectado! Y…—, fijó durante unos segundos de silencio su mirada en María que tenía puesta en él toda su atención—. Y me enfado con mi familia y te grito a ti…

María se arrodilló sobre la cama, abrazando a su esposo por la espalda y dándole un beso en la mejilla.

—No sé… —, dijo en un tono muy suave—. Tal vez necesitemos unas vacaciones… Vacaciones en familia… Tranquilizarnos y resolver todo esto…
—¿Y luego qué? Cuando volvamos, cada uno por su lado, ¿de qué servirá? María, quiero volver a ser un padre y un marido… Necesitamos empezar de nuevo: un par de años más como éste y nuestra familia estará deshecha… Ayúdame en ello, ambos sentiremos el renacer de todo esto y volveremos a ser una familia…

 
Aún recuerdo que un día te amé...
Galicia es tierra rociada y glauca, es tierra de acogida y de aroma lozano, es tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Esta misteriosa historia que aquí he recogido, acaso milagrosa, la conocí en uno de mis viajes a la hermosa tierra gallega, cerca del lugar donde se dice que aconteció. Sin entrar a valorar cuánto de cierto o de falso hay en ella, yo aquí la transcribo para que sea de ella lo que tú, que me lees, quieras que sea...

I
—Camareiro, ponme outra copa.
—Pero hombre, si ésta ya era la sexta… Está usted completamente borracho; creo que es mejor que se vaya a casa y no beba más…
—Ponme outra, por favor... ¡Ah! Y deja la botella aquí, a mi lado; me temo que será el único consuelo que me quede esta noche…
—Pague las anteriores y, entonces, empezaremos a hablar, que creo que lleva usted una cogorza encima, que no va a saber ni contar el dinero…
—Lo siento, pero no me queda ni un duro…
—¡Qué no tiene con qué pagarme?
—Perdí todo el dinero que llevaba, y un buen pellizco que no llevaba, jugando con profesionales en un estúpido juego de azar. ¡Me han engañado! Una vez más, la suerte no ha estado de mi lado… Pero bueno… Te puedo contar mi vida de nuevo…
—Ya me la ha contado antes… Y me temo que aquí de eso no se come.
—Tranquilo. Eu pagarei, non che preocupes...
—No, si yo no me preocupo… Pero mi jefe sí que se preocupa. Él es de ésos a los que les gusta que los clientes le paguen sus consumiciones… Y también le gusta que, al final del día, la caja le cuadre.
—Llámale y dile que venga… Contareille a el a miña historia…
—Dudo mucho que le interese… No se lo tome a mal pero —, el camarero se arrimó a Antonio para acrecentar la confidencialidad, al tiempo que bajaba su tono de voz —, dudo que esa historia del viejo molino, el pantano y la chica que duerme en el fondo le interese a mi jefe. Mi jefe no sabe valorar esas cosas…
—Bueno, en ese caso… Ponme outra copa, é o único que pido.
—No… Además, son ya casi las cinco… ¡Vamos a cerrar!

La conversación se siguió desenvolviendo en el marco de lo que hasta ahora se ha contado: Antonio dispuesto a conseguir la copa, el camarero no dispuesto a dársela. Sea como fuere, lo cierto es que Antonio acabó tirado a la puerta del local, levantándose como buenamente pudo para que, guiado por la luna, iniciara el camino de retorno que le había de conducir a su casa.

Era una hora algo extraña: era muy temprano para que saliera el sol, pero ya era demasiado tarde para plantearse hacer cualquier cosa para esa noche. Quedaría como una hora para que amaneciera, si bien el ambiente denotaba que el aliento nocturno ya exhalaba sus últimos suspiros, antes de que empezaran a aparecer los primeros haces de luz.

Antonio había salido de fiesta con sus amigos. Él no quería, estaba triste y cansado; no le apetecía. Sin embargo, ellos le convencieron diciéndole que le iban a buscar una chica estupenda que le ayudara a hacer borrón y cuenta nueva o, de no ser así, al menos sí darse un buen homenaje, aunque solo fuera por una noche. Sin embargo, del grupo de cuatro que salieron, el único que acabó la noche sin encontrar pareja fue el propio Antonio: uno encontró una chica con la que se retiró sin decir a dónde iba, y los otros dos acabaron en sendas habitaciones de un prostíbulo, uno con una morena y otro con una rubia, pagando al amanecer una importante suma por los servicios prestados. Hay determinados placeres que cuestan dinero, especialmente cuando para ello se convierte en un simple y burdo objeto a una mujer.

Solo, después de que sus amigos cambiaran su compañía por la de una fémina, decidió emprender por su cuenta una ruta de bares, como la que años atrás tanto gustaba recorrer. Sin embargo, perdió el rumbo en el tercer bar; la lluvia, además, contribuyó a que se extraviara por las calles en ese desorientado itinerario. Desde entonces, hablaba con quien no contestaba, contestaba él a quien creía que le hablaba e ignoraba a las pocas personas que tenían intención de hablarle o ayudarle.

Ebrio y desconsolado… En ese estado acababa Antonio la noche. Iba borracho, sí, no hay por qué negarlo; no tiene sentido contradecir lo que es más que evidente… Pero no solo eran las copas lo que justificaba semejante estado de embriaguez. Antonio estaba borracho de la vida, porque esa fuerza interna sustancial mediante la cual obra todo ser que la posee, para él ya había dejado de ser fuerza, convirtiéndose en debilidad… Y es que la vida no siempre trata a cada cual como se merece… Lo suyo entonces era auténtico desaliento. ¡Triste situación la del desaliento! Alguien dijo alguna vez que la vida es como un viaje por mar, dado que hay días de calma y días de borrasca… Cierto es… La pena es que el barco de Antonio iba a la deriva surcando negros mares, sin timón ni capitán; el capitán se arrojó por la borda, ahogándose en lo más profundo del océano meses atrás. Vivir es nacer a cada instante; es saber experimentar permanentemente, como el Ave Fénix, ese proceso de renacer para hacerse a uno mismo… Antonio se había salido de ese proceso, y poco a poco se estaba matando a sí mismo… Guardaba algo dentro, que le iba minando el espíritu a pasos agigantados. Estaba borracho de sinvivir, más que de la vida, y también ebrio de desilusión: todo aquél que tiene una razón para vivir puede soportar cualquier forma de hacerlo; el problema se plantea cuando uno, como le ocurría a Antonio, considera que ya ha perdido toda razón para seguir viviendo. ¿Ilusión, para qué? ¿Qué sentido podía encontrar alguien como Antonio a una esperanza carente de fundamento real? Los humanos, como toda especie viva, somos mortales; pero lo que nos diferencia de los animales es el hecho de ser los únicos que, al parecer, tenemos conciencia de que hemos de morir. Sin embargo, hay gente que muere antes de morir, muere aún estando viva… Existencia vacía, existencia muerta, existencia negra…

Ebrio y desconsolado; con la visión un tanto nublada pero con la memoria bastante fresca, Antonio volvió al lugar donde siempre acababa, donde guardaba todos sus bienes y alguna otra cosa que se había ido encontrando, donde dormía y se despertaba, donde unas veces lloraba y otras reía… Donde él siempre esperaba. Pero, al llegar, a él nadie le estaba esperando: nadie había durmiendo y, por supuesto, nadie se despertó a su llegada; nadie lloraba, nadie reía… Lo único que le esperaba, si es que así se puede decir, era una carta y un buen fajo de propaganda en el buzón de correos y, para colmo de males, la carta no era para él: el cartero la había extraviado, depositándola por error en su buzón.

Su casa era pequeña y denotaba cierto abandono: muebles semirrotos y sucios, botellas de cristal caídas por el suelo, paredes de tonos desigualmente difuminados con manchas lóbregas, un par de sillas tiradas y una tercera con la tapicería resquebrajada. Antonio, al entrar, se dirigió directamente a su dormitorio, donde las arrugas de las sábanas revelaban que debía llevar cerca de una semana sin hacer la cama. Sin cambiarse de ropa y sin ni siquiera quitarse los zapatos, Antonio se tumbó en la cama quedándose, en cuestión de segundos, dormido.

En la mesilla guardaba una colección de fotos, todas ellas boca abajo. Eran fotos que él no quería mirar, para evitar que afloraran recuerdos, pero que, a su vez, conservaba ahí, pues creía que así ahuyentaba las pesadillas nocturnas que le podían visitar a altas horas de la madrugada.

Cuando mediado el día siguiente se despertó, Antonio escrutó la hora y, tras constatar la magnitud del tremendo dolor de cabeza con el que iba a tener que cargar, levantó una de las fotos que boca abajo había sobre la mesilla, mirándola durante unos segundos con fijación. En ella se veía a una mujer hermosa, joven, abrazada a un hombre, que en realidad era el propio Antonio. Ella era una mujer de cabellos brunos y alisados, con un cuerpo divinamente estilizado con arreglo a los proporciones que dictamina la sublime hermosura estética, y con una piel clara y tierna; ojos azabachados, llenos de vida y transmisores de una mirada penetrante; mejillas dulcemente sonrosadas, nariz afilada con suavidad y mentón finamente contorneado.

—Maribel… —, exclamó suspirando al contemplar la foto —. ¡Maribel, maldita sea!

Antonio arrojó entonces, con cuanta fuerza le aportó su furia, la foto contra la pared que tenía en frente, lo que hizo pedazos el marco y el cristal de protección, que cayeron inmediatamente al suelo; cayeron sobre un montón de pequeños trozos de madera, cristales rotos y fotos malogradas, lo que denotaba que no era la primera vez que Antonio destrozaba una foto siguiendo el mismo proceso.

Seguidamente, nuestro joven se levantó, cogió su vieja guitarra colgándosela a la espalda y salió de su casa cerrando la puerta, pero sin echar la llave a la misma…


II
Antonio abandonó la ciudad a toda velocidad y llegó corriendo hasta el pantano, con la guitarra colgada a su espalda. Muchos eran los bañistas que allí acudían a zambullirse en las aguas. En la orilla del lago a la que él llegó, se levantaba un majestuoso molino de viento abandonado, antaño moledor del grano de nuestro pan de cada día. Era una zona eminentemente arbórea y tranquila. El sol poniente dejaba un reflejo dorado en el verde sombrío, algo bruno, de los árboles venerables: los cedros, los sauces y los cipreses, que contaban la edad del molino, poblaban la parte trasera de un viejo jardín sin flores, abandonado y rancio, como rancia era la madera de las aspas del molino. Tras el jardín había unos pastos, que hacían que la zona fuera frecuentemente visitada por pastores acompañando al ganado.

Solo, casi sin sentido, en parte adormecido y en parte levitando, Antonio caminaba por la orilla del pantano, buscando el lugar propicio para sentarse. Según iba bordeando el pantano, Antonio empezó a hablar, dirigiéndose aparentemente al interior del mismo:

—¡Maribel! Hola, Maribel… Soy yo: Antonio… Sí, tu Antonio. He venido a verte… No podía resistir más y he venido hasta aquí, junto al molino, para verte. He traído la guitarra conmigo, mírala, la llevo colgada de mi espalda.

Antonio se sentó sobre una peña que había en la orilla, y, mientras dejaba caer dos lágrimas por sus mejillas, colocó la guitarra sobre sus piernas y siguió hablando.

—Maribel, amor mío, mi vida es un desastre… Sin ti no soy nada, sin ti mi mundo está vacío. ¡Qué desgraciado soy! Desde aquel día que vinimos aquí a bañarnos, mi vida dejó de ser vida… ¡con lo que nos gustaba venir aquí! ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando nos sorprendía la lluvia en nuestros paseos y nos escondíamos en el interior del viejo molino? ¿Recuerdas aquel día en que los rayos de sol que vinieron tras la lluvia, nos sorprendieron a través del ventanuco, haciendo el amor dentro del molino? ¿Recuerdas que susto el día que estábamos recogidos dentro del molino y, al levantarse el viento, se rompió la soga de sujeción y las aspas del molino empezaron a moverse? A pesar de que nos encantaba bañarnos en el pantano, este sitio era aún más atractivo para nosotros cuando llovía…
»Aún no me explico cómo pudo pasar, aún no entiendo qué sucedió… ¡Eras una excelente nadadora! ¿Qué te pasó? ¿Qué te retuvo para impedirte salir? Cuando tú te sumergiste en estas aguas, yo me hundí también; mi alma se ahogó contigo. Desde entonces no hay nada en el mundo que suscite mi interés. ¡Desventurado de mí, que no tengo a quien acudir en mi desgracia…! Que vivo perseguido por tu propia muerte, y la muerte me está matando. Desde que te ahogaste, nuestra cama está vacía. Cuando por las noches me acuesto y cierro los ojos, solo me vienen a la mente dos imágenes: tu cuerpo y el agua. Sí: tu cuerpo, Maribel, tu cuerpo. Tu cuerpo desnudo tumbado, junto a mí, en nuestra cama. Cuando creo que me aproximo a poder tocar de nuevo tu cuerpo, veo, al fondo, las aguas del pantano. Aguas infinitas, aguas que se pierden en el horizonte, aguas que llegan hasta los confines de lo que mi ojo alcanza a ver y hasta lo más remoto que mi mente puede concebir…
»Hace ya días que no vengo aquí cuando llueve pero, a pesar de esto, entre la bruma que siempre acompaña a este charco, voy siguiendo lo que creo que son tus pasos… Por eso estoy aquí, y por eso te canto…



Al comenzar a moverse sus ágiles manos, su guitarra empezó a sonar. Las seis cuerdas resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que poco a poco se fue perdiendo, como si se tratara de una voluta de humo. Comenzó entonces a sonar una armoniosa melodía, que nacía del punteo que Antonio le daba a la propia guitarra: aquello parecía una colección de himnos, cada uno con vida propia que, al confundirse, formaban uno solo, cuya melodía hechizaba a quien lo oyera. Las notas parecían flotar sobre las aguas del pantano y éstas parecía como si empezaran a responder al compás de las cadencias formando pequeñas olas.

Poco a poco, la combinación de notas se fue simplificando, mientras Antonio empezaba a cantar murmurando con suavidad, acompañando así a su propia música. Las aguas se iban agitando progresivamente, ante tan magna explosión de armonía: la naturaleza parecía estremecerse, mientras los pájaros y el aire parecían unirse al himno embelesador. Suavemente, el volumen del himno fue decreciendo, si bien el éxtasis generado a su alrededor permanecía… Dos ancianos paseantes, que merodeaban por la zona, observaban a Antonio a hurtadillas desde hacía un rato. Asombrados por la vida y la belleza transmitida por su guitarra, decidieron acercarse a saludarle:

—Mozo, ¿falabas antes?
—Así es…
—¿Y ahora cantas?
—Naturalmente…
—Y, si no es indiscreción, ¿con quién hablabas?
—Con ella…
—¡Ah! Con ella…—, dijo el anciano mirando al otro, señalando al joven como si estuviera loco—. Con ella…
—Sí, con ella —, dijo Antonio interrumpiendo la melodía de su guitarra y dirigiendo su mirada a los dos ancianos —. Con ella —, añadió señalando con su dedo índice hacia el interior del estanque.

Antonio constató el gesto de incomprensión de los dos hombres y siguió hablando:

—Vive ahí, estoy seguro. Las sombras me contaron que, entre estas cristalinas aguas, ella por siempre sumergida estará… Y ahí, en el fondo del pantano vive. Ahí viven sus ojos oscuros, su pelo moreno, su carácter afable y bondadoso; toda ella vive ahí. Por eso vengo hasta aquí, a cantar las canciones que a ella tanto le gustaban. Cuando se levanta el viento, y las aspas del molino empiezan a moverse, se forman pequeñas olas en la orilla a través de las cuales ella ha llegado a hablarme.

Antonio volvió a retomar su melodía, clavando su mirada de nuevo en el pantano.

—En los días en que las aguas estaban más calmadas, extasiada quizás al oírme entonar sus canciones favoritas, o deseosa tal vez de reencontrarse conmigo, he llegado a ver su mano saliendo sobre la superficie del agua, como si me la estuviera tendiendo… He llegado a ver su mano en dos ocasiones y no puedo rechazarla por más tiempo… Miren, ¿ven ustedes aquellos sauces que hay detrás del molino?
—Sí, son sauces llorones.
—Exacto… Son sauces llorones, sauces que lloran… Lloran porque, entre sus propias ramas, Maribel fue mía por primera vez. Bajo sus ramas, Maribel me regaló el primer beso.

Sin despedirse de él, los dos ancianos retomaron su paseo, dejando allí solo a Antonio, pues creyeron que estaba chiflado. Antonio entonces agudizó el tono de su himno, dándole una mayor fuerza y un cierto aire celestial. La música volvía a hacerse fuerte, pudiendo percibirse en varios metros a la redonda, mientras él la acompañaba de nuevo murmurando. Entonces, él mismo se sintió extasiar: sin morir, parecía entonces como si definitivamente su alma empezara a separarse de su cuerpo... En ese momento, Antonio entonó, al compás de su propia pieza, unos versos que pudieron ser percibidos por quien le estuviera escuchando:

—Aunque el tiempo ha pasado,
sé que esperándome estás.
¡Hoy las aguas profundas
para mi se abrirán…!

Seguidamente sonó un gran chapoteo, como si una gran piedra hubiera caído sobre el agua. Cuando aquellos dos ancianos paseantes se asomaron, mirando por encima de los matorrales, ya no encontraron a Antonio… Se acercaron hacia donde él estaba, pero tan solo pudieron ver su vieja guitarra, que, además, estaba parcialmente rota. Al fondo, junto al molino, un pastor corría de forma alocada y desorientada; mientras el ganado se le espantaba.


III
De Antonio nunca más se supo.

Aquel pastor fue internado en un centro psiquiátrico, pues todos le creían loco. Aseguraba haber visto cómo, de entre las aguas, surgía una mano suave y nívea, como la nieve que copa las montañas en invierno; una mano femenina que se tendía en señal de afecto y acogida. También decía que vio cómo el joven que cantaba, al son de su propia guitarra, correspondió al gesto de dicha mano, siendo inmediatamente absorbido, sin ejercer ningún tipo de resistencia, ni mostrar, durante los segundos siguientes, ninguna intención de oponerse al deseo de absorción hacia el interior del lago. Eso decía haber visto el pobre pastor, y le creyeron loco…

Desde entonces, un halo de misterio envuelve al pantano, allá junto al viejo molino. Los pastores, por miedo, no dejan solo al ganado en aquella zona y cuando transitan por allí, lo hacen con cautela y a plena luz del día. Los famosos sauces que había junto al molino, llorones en su día, ya no lagrimean: sus ramas hoy son fuertes y erguidas, mientras sus copas se abren hacia el cielo, siempre hacia arriba.

Hay quien asegura haber oído, en el crepúsculo de alguna tarde primaveral, el canto al unísono de un hombre y una mujer procedente del interior de las aguas, lo que ha generado la creencia de que sus espíritus viven aprisionados y sumergidos en la profundidad de las aguas del pantano. Yo no sé, en verdad, qué crédito darle a esta última parte de la historia; pero la verdad es que, desde aquel día, ningún bañista ha vuelto a sumergirse en las sombrías aguas del pantano, en el acogedor margen que hay junto a las ruinas del viejo molino.


 
El abrazo milenario…
Dedicado a Flordorada, por hacerme llegar esta noticia (permitidme que haga un paréntesis, antes de empezar, para recomendaros que visitéis la web de flordorada www.flordorada.com, os aseguro que merece la pena).

Entre sufrimiento y escarnio, entre guerra y malicia, entre basura y textos intrascendentes,… Entre toda esa podredumbre que, en gran medida, caracteriza este mundo que nos ha tocado vivir, esta sociedad infecta y materialista; entre todo esto que desgraciadamente es lo único que día tras día copa las sucias páginas de los periódicos, hoy, algunos diarios se hacían eco de una noticia curiosa, cuyo conocimiento debería inspirarnos a muchos… Seguidamente reproduzco la noticia, relatada por el diario La Razón Argentina:

Encontraron los restos de una pareja abrazada

El hallazgo lo hizo un grupo de arqueólogos en Italia. Aseguran que se trata de un caso extraordinario.
Un grupo de arqueólogos descubrió en Italia una pareja sepultada hace 5.000 a 6.000 años, abrazada. "Es un caso extraordinario", dijo Elena Menotti, quien lideró un equipo de excavación cerca del norte de la ciudad de Mantova.
«No se ha encontrado un sepelio doble del período Neolítico, mucho menos dos personas abrazadas, y ellos están realmente abrazados», agregó.
Menotti señaló que creía que ambos «aparentemente un hombre y una mujer, aunque esto aún debe ser confirmado. Murieron jóvenes porque sus dientes están en su mayoría intactos y sin desgastar».
Menotti agregó: «Debo decir que cuando lo encontramos, nos emocionamos mucho. He estado haciendo este trabajo durante 25 años». Un laboratorio intentará ahora determinar la edad de la pareja en el momento de su muerte y cuánto tiempo lleva enterrada.


De igual forma, el diario digital peruano 24 Horas Libre se hacía eco de la noticia, expresándose del siguiente modo:

Hallan esqueletos de pareja abrazada de hace seis mil años.

Un grupo de arqueólogos italianos halló en la ciudad septentrional de Mantua una sepultura con dos esqueletos abrazados, que, según dataron, tienen más de seis mil años, informó la Superintendecia Arqueológica de Lombardía.
El hallazgo se produjo cuando los arqueólogos supervisaban los restos de una villa romana, encontrados en las obras de urbanización de Valardo, una barriada de Mantua.
Los dos esqueletos hallados corresponden a un hombre y una mujer «muy jóvenes», que vivieron en el periodo Neolítico, según informaron sus descubridores.
La novedad de los huesos encontrados, bautizados por los arqueólogos como "Los amantes de Valardo", es su postura, ya que es la primera vez que se encuentran los esqueletos de dos personas de edades similares abrazados.
El fallecimiento del hombre y el posterior sacrificio de la mujer para ser enterrada con él es una de las hipótesis que se barajan para explicar la postura de enterramiento: el uno frente al otro, con sus brazos y piernas superpuestos a manera de abrazo.
Junto al esqueleto masculino se encontró, a la altura de las cervicales, una punta de sílex, mientras que en el de la mujer se halló una cuchilla alargada entre uno de sus muslos y el costado.
Los instrumentos también son objeto de hipótesis por parte de los estudiosos, ya que se supone que podrían formar parte de un ajuar funerario o bien fueron los empleados para causar la muerte, al menos de la mujer.
La arqueóloga responsable de la zona de Mantua, Elena Menotti, afirmó a los medios locales que los dos esqueletos serán recuperados "sin separarlos" para exponerlos en el Museo Arqueológico Nacional de Mantua.




¡Qué pena! ¿Alguien conoce algún caso de alguna persona que haya muerto amando? No, ¿verdad? Pero seguro estoy de que quien me lea conoce más de un caso de personas que han muerto luchando; que han muerto por o para la violencia. Insisto ¡qué pena! Si en vez de regalar puñetazos, patadas, disparos, navajazos, amenazas, coacciones y qué se yo cuantas más expresiones de violencia se conozcan; si en vez de eso, regaláramos un breve abrazo (no hace falta llegar a los 5.000 años, con unos segundos basta), nos daríamos cuenta de que la expresión “el mundo es así” es una auténtica mofa. El mundo no es así, nosotros lo hacemos así… Y solo de nosotros depende el cambiarlo; de nosotros depende que, como el Ave Fénix, el mundo renazca para que nosotros lo rehagamos…
 
El oficio de escribir...
Marisa es escritora… Sí, escribe. No es una profesional, pero ha publicado algún que otro trabajillo. Sí, Marisa escribe; Marisa es escritora. Le gusta escribir, le fascina escribir; lo necesita, es algo sin lo que no podría estar… Marisa, además de una excelente esposa, una espléndida ama de casa y, lo que es aún mejor, una gran madre de dos hijos; además de todo eso, Marisa es escritora, y todo ese entorno personal y sentimental suyo repercute de forma directa en su producción literaria. ¿Se me sigue? ¿Se entiende donde quiero llegar? Absolutamente no, caballero. Bien, pues volvamos a empezar.

Marisa es escritora… Marisa ahora mismo se está enfrentando a un reto, o, mejor dicho, a un sueño fraguado durante años y al que ahora, con mucho esfuerzo y sacrificio, le está dando forma: Marisa está escribiendo una obra de teatro. Una obra cuya trama argumental no tiene nada de extraordinario pero que sí que contiene personajes de caracteres muy marcados. La obra está protagonizada por una familia de clase media, fundamentalmente por el hombre y la mujer que la encabezan y que, juntos, han de hacer frente a alguna que otra eventualidad muy típica de estos tiempos que vivimos.

El padre de familia se llama Carlos. Él es ella, es su alter ego, su otro yo. Es la forma en que Marisa interfiere de forma directa en el desarrollo de la obra; es su encarnación dentro del elenco de personajes que intervienen en la trama. Si le preguntáis a ella, ella os lo negará, pero os lo aseguro: él es ella. No sé bien por qué él, en lugar de cualquier otro personaje de la obra, pero él es ella. No sé por qué un hombre: quizás sea porque así Marisa cree que, al tratarse de la figura de un varón, el lector o el espectador (recuérdese que es una obra de género dramático) no va a percatarse de que es su propia personalidad, su propia alma, su forma de ver la vida, las que toman cuerpo a través de un personaje de su propia creación; quizás porque Marisa, al ser hija de padre y madre, deja aflorar la parte de hombre que lleva dentro; quizás porque de esa forma ella libera el deseo de cuando, en algún momento de su juventud, deseó ser hombre… Da igual. Sea como fuere, él es su espíritu: ella se está inmortalizando en él. Él es ella, él es parte de ella. Ella le ha creado con una imagen por ella misma concebida y un espíritu a su propia semejanza. No hay duda: es ella. Sin ella, él no habría nacido; pero, en cambio, cuando ella se marche, él seguirá viviendo en los escenarios de los teatros y en las páginas de los libros que criarán polvo en los estantes de las bibliotecas.

El proceso de creación literaria es complejo y está sujeto a todo tipo de veleidades ajenas a la obra pero inherentes a la existencia del creador. Veamos un ejemplo...

Cierta mañana, Marisa había colocado su máquina de escribir en la mesa de la cocina de su casa. Paseaba hablando sola, hablando consigo misma, intentando comunicarse con su inspiración. Portaba una taza de café vacía, mientras describía circuitos desiguales y azorados:

—Él le dice… Le dice… «¿Qué te parece el miércoles?». Y ella responde: «Perfecto, me vendrá bien verte a mitad de la semana». Eso es, claro… ¡Me gusta! Ella le dice: «Perfecto, me vendrá bien verte hacia la mitad de la semana».

Marisa entonces, al encontrar una fórmula para salir del atranco en el que su proceso creativo se había estancado, volvió a acomodarse en su asiento, con su taza vacía, para proseguir componiendo en su vieja máquina de escribir. Con el sonido de las teclas de la máquina de fondo, entró en la cocina Roberto, el marido de Marisa. Entraba con paso firme y rostro iracundo, lo que denotaba un considerable enfado. Roberto entró directo hacia la cafetera, observando durante un segundo a Marisa que, absorta de lleno en su obra, no reparó en la entrada de su esposo. Roberto cogió una taza y fue a verter un poco del café que él creía que contendría la cafetera. Para su sorpresa, la cafetera estaba vacía, lo que acrecentó, aún más si cabe, su enfado. Posó con fuerza la cafetera sobre la encimera y le dijo a Marisa, en un tono algo brusco:

—¡No hay café!
—Oh, sí… Cariño, lo siento… Iba a prepararlo pero me vino un golpe de inspiración y no podía desaprovecharlo. ¿Te importa hacer un poco?
—Está bien… ¡Haré yo el café!

Roberto abrió la cafetera y, en el recipiente sobre el que tenía que verter el café molido, comenzó a echar cucharadas llenas: una, dos, tres, y, al llegar a la cuarta, decidió echar directamente el café desde el bote. Percatándose de que estaba vertiendo demasiado, Marisa se levantó de su asiento con la intención de ayudarle:

—Roberto, cielo —dijo mientras le retiraba ambos recipientes—. Si echas tanto café va a quedar muy cargado, déjame a mi…

Marisa retiró una buena parte del molido que Roberto había vertido en la cafetera, devolviéndolo al bote de donde se extrajo.

—¿Cómo fue la junta? —, preguntó Marisa.
—¿Qué cómo fue la junta! Creía que mi querido socio, Ángel, tendría las manos ocupadas con su nuevo detractor; pero, sin embargo, encontró tiempo para pasarse por la junta en calidad de observador…
—Apuesto a que hizo algo más que observar…
—Decir eso es poco… ¡Me tiene la guerra declarada! Y yo no quiero discutir con él: tan solo quiero recuperar esos valores para repartirlos equitativamente entre todos los accionistas…
—Cariño —, dijo Marisa mientras se volvía a sentar en su asiento para proseguir sus trabajos de escritura—, ¿te importa si me lo cuentas luego, dentro de un rato? Llevo horas atascada en mitad de una escena y por fin he encontrado la forma de seguir…
—¡Nuestra compañía se está jugando mucho con los derechos de esos valores, y tú solo piensas en el diálogo de una estúpida obra de teatro?
—Pero, Roberto: éste es mi trabajo…
—¡Muy bien! Entonces sigue con él… —, dijo, marchándose seguidamente por donde minutos antes había entrado.

Marisa entonces pronunció el nombre de su esposo, mientras seguía con la mirada el itinerario que iba describiendo para salir de la cocina:

—¡Roberto!

Roberto no respondió. El bello rostro de Marisa reflejaba disgusto, por un lado, e incomprensión, por otro. Marisa detestaba discutir y más con la persona que ella más quería; además, no entendía cómo se había podido llegar a semejante discusión. Roberto se había molestado porque no le podía escuchar y demostró su enfado. Por otro lado, a ella le había sorprendido ingratamente la incomprensión que Roberto había demostrado en ese momento: ¡él, que siempre había sido su principal apoyo en su ardua tarea literaria! ¿Cómo podía ponerse así? Marisa estaba intentando asimilar cuanto aquí se recoge… ¡Qué difícil se hace a veces digerir simples palabras intercambiadas…!

Una vez recuperada, se decidió a retomar su trabajo:

—Ella le dice… Le dice…¡Oh, no!

Marisa, con evidentes muestras de enfado, extrajo de la máquina el papel sobre el que estaba escribiendo, lo arrugó y lo arrojó tan lejos como pudo. Después, dejó caer su cabeza contra la máquina.

Marisa había olvidado lo que su inspiración le había transmitido, y ésta se había marchado. Marisa se había vuelto a adentrar en el punto de estancamiento del que llevaba horas intentando salir. ¿Y quien dijo que escribir era fácil?