Levántate y anda II
Día soleado. El doctor que atendía a Roberto acompañaba en un leve paseo a Mónica y a Miguel, el primo de Roberto, por las afueras del hospital.
—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.
El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.
Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.
—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…
Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:
—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!
Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:
—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…
Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:
—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias
Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:
—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.
Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.
La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.
—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…
Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:
—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!
Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:
—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.
Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:
—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no crees eso?
—Roberto, ¿qué te pasa?
—Creíste que no podría soportarlo, que yo no era lo bastante hombre…
—¡Claro que lo eres! El mismo hombre con quien me casé…
—¿De veras? Piensa otra vez en el hombre que fui la semana pasada, en la clase de hombre que aún dices que soy.
—Cariño, ¿de qué estás hablando?
—Ni si quiera has tenido el valor o la sinceridad de decirme que había matado a mi propia madre… ¡Tuve que oírselo a Ángela! Me has mentido…
—Cariño…
—¡No quiero tu piedad!
—No fue por eso… Te quiero…
—¡Es piedad! Piedad para el inválido, porque eso es lo que soy ahora… ¡Un inválido!
—Por favor, por favor escúchame: solo quisimos esperar a que estuvieses más fuerte…
—Vete… Déjame en paz…
Sin saber qué decir, observando cómo su marido la rechazaba con la mirada, Mónica abandonó la habitación con lágrimas contenidas. Roberto había cerrado los ojos. Cuando oyó que, al salir Mónica, la puerta se cerraba, los abrió. Mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas, llamó a su esposa:
—Moni… Moni, perdona… ¡Moni!
Ya era demasiado tarde…
—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.
El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.
Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.
—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…
Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:
—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!
Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:
—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…
Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:
—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias
Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:
—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.
Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.
La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.
—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…
Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:
—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!
Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:
—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.
Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:
—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no crees eso?
—Roberto, ¿qué te pasa?
—Creíste que no podría soportarlo, que yo no era lo bastante hombre…
—¡Claro que lo eres! El mismo hombre con quien me casé…
—¿De veras? Piensa otra vez en el hombre que fui la semana pasada, en la clase de hombre que aún dices que soy.
—Cariño, ¿de qué estás hablando?
—Ni si quiera has tenido el valor o la sinceridad de decirme que había matado a mi propia madre… ¡Tuve que oírselo a Ángela! Me has mentido…
—Cariño…
—¡No quiero tu piedad!
—No fue por eso… Te quiero…
—¡Es piedad! Piedad para el inválido, porque eso es lo que soy ahora… ¡Un inválido!
—Por favor, por favor escúchame: solo quisimos esperar a que estuvieses más fuerte…
—Vete… Déjame en paz…
Sin saber qué decir, observando cómo su marido la rechazaba con la mirada, Mónica abandonó la habitación con lágrimas contenidas. Roberto había cerrado los ojos. Cuando oyó que, al salir Mónica, la puerta se cerraba, los abrió. Mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas, llamó a su esposa:
—Moni… Moni, perdona… ¡Moni!
Ya era demasiado tarde…
Levántate y anda I
—Hola, doctor… ¿cómo está mi esposo?
—Sigue igual, señora…
—Pero, ¿siente dolor?
—No. Hemos llevado a cabo una serie de pruebas preliminares y no, no experimenta ningún dolor.
—¡Gracias a Dios!
—En realidad, a estas alturas, el dolor sería una señal esperanzadora. Cualquier dolor o reflejo, voluntario o involuntario, sería un signo positivo de actividad cerebral.
—¿No podría hacer algo? ¿No puede operarle?
—En este momento estamos intentando controlar la inflamación, en torno a su medula espinal.
—Pero… Si la bala es la causa de la inflamación, ¿por qué no quitársela?
—¡Ojalá fuese tan sencillo! Hemos tenido mucha suerte de que el proyectil entrase por un costado, esquivando la cavidad abdominal.
—Pero él no está consciente y yo…
—Lo sé, lo sé. Pero se ha estabilizado….
Con gran compasión, ojos enjuagados en lágrimas, Mónica miraba el rostro de su esposo, pálido y aparentemente dormido, rodeado de tubos y cables conectados a diversas máquinas. El médico apreció el sufrimiento que aquella mujer almacenaba en sus entrañas y, acariciándole suavemente con su mano el brazo derecho, le habló en un tono algo más conciliador:
—Créame, señora. Estamos haciendo todo lo posible, todo cuanto está en nuestras manos… Quizás sería recomendable que descansara un poco… Ahora, por favor, todos ustedes esperen ahí fuera.
Todos, a excepción del médico y la enfermera, salieron de la habitación.
Recapitulemos un poco para que todos nos situemos: en aquella habitación del hospital permanecía en coma Roberto, un pequeño empresario que se ganaba la vida cultivando vides para fabricar vino. Roberto se casó hace más de veinte años con Mónica, con quien tuvo dos hijos: Guillermo, que en el momento que nos concierne contaba veinte años; y Rosa, que nació tres años después que Guillermo. Los tres, madre e hijos, estaban en aquel momento en la habitación del hospital y, junto a ellos, también estaba Miguel: un primo hermano de Roberto, médico retirado, que vivía en la otra punta del país.
Todos, salvo Guillermo, venían de un funeral: el funeral de Jacinta, la madre de Roberto; he ahí la razón de la visita de Miguel. Jacinta y Roberto, madre e hijo, dos noches antes caminaban por las calles de la ciudad cuando fueron sorprendidos por un atracador que, a punta de pistola, quiso arrebatarles todo el dinero que llevaban consigo. Acababan de sacar dinero en un cajero automático y se dirigían a un restaurante en el que iban a convidar a una buena colección de amigos para celebrar el cumpleaños de Jacinta. Dado que la suma de dinero que portaban era considerable, Roberto se opuso a entregarle al ladrón el dinero y, dada su corpulencia, acabó forcejeando con el atracador en el afán de intentar arrebatarle el arma. Por desgracia, la pistola se accionó dos veces, hiriendo de muerte a Jacinta y, posteriormente, a Roberto en la espalda. El atracador se dio a la fuga…
Así, mientras el cuerpo de Jacinta acababa de recibir sepultura en el cementerio de la ciudad, su hijo Roberto no pudo asistir al sepelio al estar inconsciente en la habitación de un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
***********************************************************
Mónica, sus hijos y Miguel esperaban fuera de la habitación, en el pasillo de la planta, mientras el médico y la enfermera trabajaban por salvarle la vida a Roberto. Al observar la tremenda tensión acumulada, materializada en los cíclicos y angustiados paseos que Mónica, Guillermo y Rosa daban desordenadamente por el pasillo, Miguel se decidió a hablarles para intentar sosegarles:
—Tranquilos. Vosotros, ahora mismo, no podéis hacer nada. Están atajando la inflamación y vigilando todas las estructuras vitales…
—¿Cómo lo sabes? —, preguntó Rosa, sorprendida por la claridad y el aparente conocimiento demostrado por el primo de su padre.
—He visto las gráficas, denotan la ingestión de líquidos. Le están suministrando todos los antibióticos necesarios.
—Hablas como un médico —, repuso Guillermo.
—Lo siento, Guille… No era mi intención.
—Pero tú eres médico —, añadió Mónica.
—Ya no ejerzo… Ahora me dedico a la investigación.
—Pues es una pena… —refunfuñó Guillermo con suavidad.
—Mirad, esto no conduce a nada… Lo mejor es que confiemos en el médico y, lo que ha dicho antes es la pura verdad: Mónica, quizás lo más recomendable es que descanses un poco. ¿por qué no te vas a casa?
—No, quiero estar con él… Me quedaré aquí
—Y nosotros también —, añadió Guillermo.
—Bien —, sugirió Miguel—. Pues mientras acaba el médico, que aún tardará unos minutos, propongo que bajemos a la cafetería para tomar algo y relajarnos un poco.
Así lo hicieron: todos, a excepción de Guillermo que deseaba quedarse junto a su padre, bajaron a la cafetería. En el rato que estuvieron allí, Miguel estuvo contando historias y anécdotas transcurridas durante la infancia y juventud que compartió con su primo Roberto, intentando así arrancar una sonrisa a Mónica y a Rosa, que ingerían uno de los cafés más amargos de su vida. La hilera de anécdotas vertidas se vio bruscamente truncada cuando, desde megafonía, se llamó al equipo de cuidados intensivos para que acudiera urgentemente a la habitación de Roberto. Prestos volvieron los tres a la habitación, en cuya puerta esperaba Guillermo. De nuevo tocaba esperar:
—Llevan veinte minutos ahí dentro —, dijo Guillermo con cierta preocupación—, ¿qué estarán haciendo?
—Probablemente llevan a cabo un completo examen neurológico —, respondió Miguel.
—¿No pueden darle un estimulante para despertarle? —, preguntó Rosa.
—¡Ojala fuera tan sencillo! Le aplican estímulos para obtener respuesta al dolor o cualquier otro síntoma.
Minutos después, salió el doctor y, con el expediente médico de Roberto en la mano, les informó del estado de su paciente:
—La tumefacción cerebral parece haber cedido. Responde a la medicación antiinflamatoria.
—¿Podría traducírmelo? —, preguntó Mónica—.
—Claro. Mejora el estado de coma de su marido y ya vamos obteniendo algunas respuestas…
—¿Ya ha abierto los ojos?
—No, aún no…
—Quiero verle…
Todos entraron en la habitación. Mónica tomó de la mano a su esposo, sentándose junto a él, mientras con dulzura le llamaba por su nombre… Entretanto, el doctor seguía informando a Miguel:
—Los esteroides dan resultado, pero aún tenemos respuestas negativas a nivel tecnonal profundo y hay tejidos dañados en la que podríamos llamar “zona del impacto”.
—No es muy alentador…
—No.
—Gracias doctor…
El doctor seguía realizando su trabajo en la habitación, consultando las máquinas, mientras Miguel se colocó junto a Mónica, que hablaba a su marido:
—Cariño, tus hijos se han portado muy bien: Guille está aquí, conmigo, contigo… Rosa está en casa, se ha ido a descansar… Ella quería mucho a su abuela, a tu madre, y…
—¡Mónica! —, interrumpió Miguel—, Yo no se lo diría ahora…
—Es que él… ¿No puede oírme, verdad?
—No podemos estar seguros —, interrumpió el médico—. Es mucho lo que se ignora sobre los estados de coma.
—¡No lo entiendo! —, dijo Mónica entre lágrimas—. Si puede oírme, ¿por qué no se despierta?
—Si pudiéramos estar seguros, en casos como éste, todos tendríamos el Premio Nóbel. Volveré más tarde…
El médico se retiró, mientras fuera del hospital la noche había caído. Todos, salvo Mónica, se fueron a casa a dormir. A la mañana siguiente, todos acudieron al hospital a primera hora, a la espera de la nueva visita del médico, que facilitaría un nuevo parte. El doctor acudió puntual, como era costumbre en él, y, tras cumplimentar su pertinente reconocimiento, dejó pasar a los familiares dentro de la habitación, procediendo a informarles:
—Los signos positivos anteriores han remitido. Ésta podría ser una situación temporal que se resuelva por sí sola, o los síntomas de un ulterior deterioro neurológico.
—¿Sistema respiratorio? —, preguntó Miguel.
—Falla. Respira artificialmente…
—¿Y el coma?
—Cada vez es más profundo…
Mónica en un arrebato de desesperación, posó sus manos sobre los brazos cruzados del médico que trataba a su esposo e, intentando contener su llanto, le habló:
—Doctor… ¿Mi marido se muere?
—Señora… Hacemos todo lo que podemos… Por ahora, no puedo darle más novedad que ésta que le acabo de dar. Hasta luego.
—Gracias, doctor —, respondió el primo.
—Gracias —, añadió ella.
El doctor se retiró y Mónica se sentó en la cama junto a Roberto, tomándole la mano…
—Hola,… Soy yo. También está Guille. Anoche estuvimos hablando de aquellas vacaciones que fuimos a pasar al Lago de Sanabria. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías, cariño? —, preguntó dirigiéndose a su hijo—. ¿Siete? Sí, y Rosa debía tener cinco. No, no, cuatro… Rosa tenía cuatro. ¡El lago estaba tan frío! No creo que tú y yo nos metiéramos en él, pero los niños entraban y salían… ¡Había olvidado lo bien que lo solíamos pasar! Fueron tiempos felices, ¿verdad? Cariño, quiero que podamos recuperarlos… Quiero que volvamos a ser felices como antes…
Mónica lloraba desconsoladamente, tapándose la cara con la mano semiinerte de su esposo.
—¡Mónica! —, gritó Miguel.
—No. Por favor, no… No puedo dejarle ahora…
—¡Mónica, sigue hablando!
—Mamá, mira… —, añadió Guillermo.
Miguel señaló al electrocardiograma que había pasado de mostrar pequeñas cenefas que se iban repitiendo de forma armónica a revelar trazos irregulares que se repetían de forma esporádica y en un crecimiento progresivo aunque lento. Esto mostraba que Roberto sí oía lo que su esposa le iba diciendo.
—¡Mónica, sigue hablando! —, exclamó Miguel—. Voy a buscar al doctor…
—Cariño… —, dijo con gran dulzura Mónica—. Mi vida, estamos aquí…
—Papá, estamos aquí… No dejes de luchar.
El médico no tardó en llegar, mientras Roberto entreabría los ojos. Se posó en la cabecera de su cama y, tras controlar su pulso, inició el suave tratamiento reanimatorio requerido en estos casos:
—Roberto —, seguía hablándole su esposa —. Roberto, cariño: ¿puedes oírme?
Roberto respondió balbuceando con un «Hola»…
—No pierdas la calma —, apuntó el primo.
—Bien…
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo del todo y su mirada se fue clarificando. Ayudado por una linterna, el doctor pudo constatar que había recobrado la conciencia:
—Caballero: soy el doctor Hernando, el médico que le está atendiendo… Le han disparado, pero estése tranquilo: todo va muy bien.
—¡Mi cabeza! —, balbuceó Roberto
—Aparentemente se la hirió al caer…
Roberto no dejaba de mirar alrededor de la habitación, mientras iba reconociendo a toda su familia:
—Papá… —dijo emocionado Guillermo al ver que su padre le dirigía la mirada.
—Toda la tribu, ¿eh? —, dijo Roberto, mostrando que le costaba hablar.
—Cariño —, dijo Mónica—, éste es tu primo Miguel… Ha venido a…
—Hola, Rober —, interrumpió sonriente Miguel—. Pensé que me harías un descuento por tus vinos…
—Miguel, cuanto tiempo…
—Demasiado…
—¿Mi madre está aquí?
—Está bien, primo. Está descansando…
El médico, al ver la buena reacción del paciente, continuó dándole instrucciones para cotejar el alcance de su reanimación:
—Ahora quiero que apriete mi mano con todas sus fuerzas… ¡Vamos! Vamos, apriétela… Eso es… Muy bien, así… Bien… Ahora tome mi mano y llévela hacia usted… Vamos, un poco más… Muy bien, eso es, muy bien…
—¡Oh, qué felicidad! —, dijo Mónica mientras daba un suave abrazo a su esposo.
—Roberto, mueva un poco el pie derecho —, dijo el médico, que deseaba constatar las respuestas en sus extremidades inferiores…
—Claro —, dijo el paciente.
Roberto intentó hacer el esfuerzo que el médico le pidió, cuando súbitamente una tremenda angustia invadió su rostro. Parecía como si se fuera a ahogar, frente a la incomprensión de cuantos le miraban. Roberto se sofocaba a ojos vista, sin nadie entender por qué, hasta que finalmente pudo hablar:
—Mis piernas… Moni, Dios mío… ¡No puedo mover las piernas!
—Sigue igual, señora…
—Pero, ¿siente dolor?
—No. Hemos llevado a cabo una serie de pruebas preliminares y no, no experimenta ningún dolor.
—¡Gracias a Dios!
—En realidad, a estas alturas, el dolor sería una señal esperanzadora. Cualquier dolor o reflejo, voluntario o involuntario, sería un signo positivo de actividad cerebral.
—¿No podría hacer algo? ¿No puede operarle?
—En este momento estamos intentando controlar la inflamación, en torno a su medula espinal.
—Pero… Si la bala es la causa de la inflamación, ¿por qué no quitársela?
—¡Ojalá fuese tan sencillo! Hemos tenido mucha suerte de que el proyectil entrase por un costado, esquivando la cavidad abdominal.
—Pero él no está consciente y yo…
—Lo sé, lo sé. Pero se ha estabilizado….
Con gran compasión, ojos enjuagados en lágrimas, Mónica miraba el rostro de su esposo, pálido y aparentemente dormido, rodeado de tubos y cables conectados a diversas máquinas. El médico apreció el sufrimiento que aquella mujer almacenaba en sus entrañas y, acariciándole suavemente con su mano el brazo derecho, le habló en un tono algo más conciliador:
—Créame, señora. Estamos haciendo todo lo posible, todo cuanto está en nuestras manos… Quizás sería recomendable que descansara un poco… Ahora, por favor, todos ustedes esperen ahí fuera.
Todos, a excepción del médico y la enfermera, salieron de la habitación.
Recapitulemos un poco para que todos nos situemos: en aquella habitación del hospital permanecía en coma Roberto, un pequeño empresario que se ganaba la vida cultivando vides para fabricar vino. Roberto se casó hace más de veinte años con Mónica, con quien tuvo dos hijos: Guillermo, que en el momento que nos concierne contaba veinte años; y Rosa, que nació tres años después que Guillermo. Los tres, madre e hijos, estaban en aquel momento en la habitación del hospital y, junto a ellos, también estaba Miguel: un primo hermano de Roberto, médico retirado, que vivía en la otra punta del país.
Todos, salvo Guillermo, venían de un funeral: el funeral de Jacinta, la madre de Roberto; he ahí la razón de la visita de Miguel. Jacinta y Roberto, madre e hijo, dos noches antes caminaban por las calles de la ciudad cuando fueron sorprendidos por un atracador que, a punta de pistola, quiso arrebatarles todo el dinero que llevaban consigo. Acababan de sacar dinero en un cajero automático y se dirigían a un restaurante en el que iban a convidar a una buena colección de amigos para celebrar el cumpleaños de Jacinta. Dado que la suma de dinero que portaban era considerable, Roberto se opuso a entregarle al ladrón el dinero y, dada su corpulencia, acabó forcejeando con el atracador en el afán de intentar arrebatarle el arma. Por desgracia, la pistola se accionó dos veces, hiriendo de muerte a Jacinta y, posteriormente, a Roberto en la espalda. El atracador se dio a la fuga…
Así, mientras el cuerpo de Jacinta acababa de recibir sepultura en el cementerio de la ciudad, su hijo Roberto no pudo asistir al sepelio al estar inconsciente en la habitación de un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
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Mónica, sus hijos y Miguel esperaban fuera de la habitación, en el pasillo de la planta, mientras el médico y la enfermera trabajaban por salvarle la vida a Roberto. Al observar la tremenda tensión acumulada, materializada en los cíclicos y angustiados paseos que Mónica, Guillermo y Rosa daban desordenadamente por el pasillo, Miguel se decidió a hablarles para intentar sosegarles:
—Tranquilos. Vosotros, ahora mismo, no podéis hacer nada. Están atajando la inflamación y vigilando todas las estructuras vitales…
—¿Cómo lo sabes? —, preguntó Rosa, sorprendida por la claridad y el aparente conocimiento demostrado por el primo de su padre.
—He visto las gráficas, denotan la ingestión de líquidos. Le están suministrando todos los antibióticos necesarios.
—Hablas como un médico —, repuso Guillermo.
—Lo siento, Guille… No era mi intención.
—Pero tú eres médico —, añadió Mónica.
—Ya no ejerzo… Ahora me dedico a la investigación.
—Pues es una pena… —refunfuñó Guillermo con suavidad.
—Mirad, esto no conduce a nada… Lo mejor es que confiemos en el médico y, lo que ha dicho antes es la pura verdad: Mónica, quizás lo más recomendable es que descanses un poco. ¿por qué no te vas a casa?
—No, quiero estar con él… Me quedaré aquí
—Y nosotros también —, añadió Guillermo.
—Bien —, sugirió Miguel—. Pues mientras acaba el médico, que aún tardará unos minutos, propongo que bajemos a la cafetería para tomar algo y relajarnos un poco.
Así lo hicieron: todos, a excepción de Guillermo que deseaba quedarse junto a su padre, bajaron a la cafetería. En el rato que estuvieron allí, Miguel estuvo contando historias y anécdotas transcurridas durante la infancia y juventud que compartió con su primo Roberto, intentando así arrancar una sonrisa a Mónica y a Rosa, que ingerían uno de los cafés más amargos de su vida. La hilera de anécdotas vertidas se vio bruscamente truncada cuando, desde megafonía, se llamó al equipo de cuidados intensivos para que acudiera urgentemente a la habitación de Roberto. Prestos volvieron los tres a la habitación, en cuya puerta esperaba Guillermo. De nuevo tocaba esperar:
—Llevan veinte minutos ahí dentro —, dijo Guillermo con cierta preocupación—, ¿qué estarán haciendo?
—Probablemente llevan a cabo un completo examen neurológico —, respondió Miguel.
—¿No pueden darle un estimulante para despertarle? —, preguntó Rosa.
—¡Ojala fuera tan sencillo! Le aplican estímulos para obtener respuesta al dolor o cualquier otro síntoma.
Minutos después, salió el doctor y, con el expediente médico de Roberto en la mano, les informó del estado de su paciente:
—La tumefacción cerebral parece haber cedido. Responde a la medicación antiinflamatoria.
—¿Podría traducírmelo? —, preguntó Mónica—.
—Claro. Mejora el estado de coma de su marido y ya vamos obteniendo algunas respuestas…
—¿Ya ha abierto los ojos?
—No, aún no…
—Quiero verle…
Todos entraron en la habitación. Mónica tomó de la mano a su esposo, sentándose junto a él, mientras con dulzura le llamaba por su nombre… Entretanto, el doctor seguía informando a Miguel:
—Los esteroides dan resultado, pero aún tenemos respuestas negativas a nivel tecnonal profundo y hay tejidos dañados en la que podríamos llamar “zona del impacto”.
—No es muy alentador…
—No.
—Gracias doctor…
El doctor seguía realizando su trabajo en la habitación, consultando las máquinas, mientras Miguel se colocó junto a Mónica, que hablaba a su marido:
—Cariño, tus hijos se han portado muy bien: Guille está aquí, conmigo, contigo… Rosa está en casa, se ha ido a descansar… Ella quería mucho a su abuela, a tu madre, y…
—¡Mónica! —, interrumpió Miguel—, Yo no se lo diría ahora…
—Es que él… ¿No puede oírme, verdad?
—No podemos estar seguros —, interrumpió el médico—. Es mucho lo que se ignora sobre los estados de coma.
—¡No lo entiendo! —, dijo Mónica entre lágrimas—. Si puede oírme, ¿por qué no se despierta?
—Si pudiéramos estar seguros, en casos como éste, todos tendríamos el Premio Nóbel. Volveré más tarde…
El médico se retiró, mientras fuera del hospital la noche había caído. Todos, salvo Mónica, se fueron a casa a dormir. A la mañana siguiente, todos acudieron al hospital a primera hora, a la espera de la nueva visita del médico, que facilitaría un nuevo parte. El doctor acudió puntual, como era costumbre en él, y, tras cumplimentar su pertinente reconocimiento, dejó pasar a los familiares dentro de la habitación, procediendo a informarles:
—Los signos positivos anteriores han remitido. Ésta podría ser una situación temporal que se resuelva por sí sola, o los síntomas de un ulterior deterioro neurológico.
—¿Sistema respiratorio? —, preguntó Miguel.
—Falla. Respira artificialmente…
—¿Y el coma?
—Cada vez es más profundo…
Mónica en un arrebato de desesperación, posó sus manos sobre los brazos cruzados del médico que trataba a su esposo e, intentando contener su llanto, le habló:
—Doctor… ¿Mi marido se muere?
—Señora… Hacemos todo lo que podemos… Por ahora, no puedo darle más novedad que ésta que le acabo de dar. Hasta luego.
—Gracias, doctor —, respondió el primo.
—Gracias —, añadió ella.
El doctor se retiró y Mónica se sentó en la cama junto a Roberto, tomándole la mano…
—Hola,… Soy yo. También está Guille. Anoche estuvimos hablando de aquellas vacaciones que fuimos a pasar al Lago de Sanabria. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías, cariño? —, preguntó dirigiéndose a su hijo—. ¿Siete? Sí, y Rosa debía tener cinco. No, no, cuatro… Rosa tenía cuatro. ¡El lago estaba tan frío! No creo que tú y yo nos metiéramos en él, pero los niños entraban y salían… ¡Había olvidado lo bien que lo solíamos pasar! Fueron tiempos felices, ¿verdad? Cariño, quiero que podamos recuperarlos… Quiero que volvamos a ser felices como antes…
Mónica lloraba desconsoladamente, tapándose la cara con la mano semiinerte de su esposo.
—¡Mónica! —, gritó Miguel.
—No. Por favor, no… No puedo dejarle ahora…
—¡Mónica, sigue hablando!
—Mamá, mira… —, añadió Guillermo.
Miguel señaló al electrocardiograma que había pasado de mostrar pequeñas cenefas que se iban repitiendo de forma armónica a revelar trazos irregulares que se repetían de forma esporádica y en un crecimiento progresivo aunque lento. Esto mostraba que Roberto sí oía lo que su esposa le iba diciendo.
—¡Mónica, sigue hablando! —, exclamó Miguel—. Voy a buscar al doctor…
—Cariño… —, dijo con gran dulzura Mónica—. Mi vida, estamos aquí…
—Papá, estamos aquí… No dejes de luchar.
El médico no tardó en llegar, mientras Roberto entreabría los ojos. Se posó en la cabecera de su cama y, tras controlar su pulso, inició el suave tratamiento reanimatorio requerido en estos casos:
—Roberto —, seguía hablándole su esposa —. Roberto, cariño: ¿puedes oírme?
Roberto respondió balbuceando con un «Hola»…
—No pierdas la calma —, apuntó el primo.
—Bien…
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo del todo y su mirada se fue clarificando. Ayudado por una linterna, el doctor pudo constatar que había recobrado la conciencia:
—Caballero: soy el doctor Hernando, el médico que le está atendiendo… Le han disparado, pero estése tranquilo: todo va muy bien.
—¡Mi cabeza! —, balbuceó Roberto
—Aparentemente se la hirió al caer…
Roberto no dejaba de mirar alrededor de la habitación, mientras iba reconociendo a toda su familia:
—Papá… —dijo emocionado Guillermo al ver que su padre le dirigía la mirada.
—Toda la tribu, ¿eh? —, dijo Roberto, mostrando que le costaba hablar.
—Cariño —, dijo Mónica—, éste es tu primo Miguel… Ha venido a…
—Hola, Rober —, interrumpió sonriente Miguel—. Pensé que me harías un descuento por tus vinos…
—Miguel, cuanto tiempo…
—Demasiado…
—¿Mi madre está aquí?
—Está bien, primo. Está descansando…
El médico, al ver la buena reacción del paciente, continuó dándole instrucciones para cotejar el alcance de su reanimación:
—Ahora quiero que apriete mi mano con todas sus fuerzas… ¡Vamos! Vamos, apriétela… Eso es… Muy bien, así… Bien… Ahora tome mi mano y llévela hacia usted… Vamos, un poco más… Muy bien, eso es, muy bien…
—¡Oh, qué felicidad! —, dijo Mónica mientras daba un suave abrazo a su esposo.
—Roberto, mueva un poco el pie derecho —, dijo el médico, que deseaba constatar las respuestas en sus extremidades inferiores…
—Claro —, dijo el paciente.
Roberto intentó hacer el esfuerzo que el médico le pidió, cuando súbitamente una tremenda angustia invadió su rostro. Parecía como si se fuera a ahogar, frente a la incomprensión de cuantos le miraban. Roberto se sofocaba a ojos vista, sin nadie entender por qué, hasta que finalmente pudo hablar:
—Mis piernas… Moni, Dios mío… ¡No puedo mover las piernas!





