Levántate y anda III
Casi mediodía. Un sol resplandeciente hacía verdear las plantas y los árboles del jardín del hospital. Losas graníticas perfilaban caminos para ser recorridos por los paseantes. Roberto, portando el típico pijama hospitalario y sentado en una silla de ruedas, daba por allí un paseo, llevado por Mónica, su esposa, y acompañado por Miguel, su primo. Ya había pasado un día desde que se enterara del fallecimiento de su madre y parecía seguir algo molesto con su mujer y su primo por haberles ocultado tan trágica noticia:
—Tenía derecho a saberlo…
—Por supuesto que sí —, aseguró Miguel—. Pero no a impedir los progresos logrados por los médicos.
—¿A quién has venido a ver aquí? ¿A tus amigos los médicos?
—Sabes muy bien a quien he venido a ver, primo…
—Sí… Perdona… Es que… Es que no sé,… No sé qué pensar… Nunca me sentí tan solo en la vida…
Roberto se frotó la cara y Mónica apenada, tras dirigir una leve mirada a Miguel, dio un beso en la cabeza a su esposo y le habló:
—Cariño, todos te desean recuperado… ¿Sabes quien estuvo a verte? Tu cuñado, “el poli”, ¿a que no te lo crees?
Roberto dio una muestra de desprecio e indiferencia. Mientras tanto, seguían paseando. Se aproximaban a una pequeña explanada donde se habían dispuesto dos canastas de baloncesto, de modo que la explanada estaba habilitada como pista deportiva. Allí, en la cancha, un grupo de seis hombres, en sus respectivas sillas de ruedas, jugaban un animoso partido de baloncesto.
—Empiezas tu tratamiento… —, dijo Miguel.
—¿Qué! —, exclamó con cierta furia Roberto.
—Hablé con el personal de rehabilitación: han elaborado un programa completo para ti… Comienzas mañana.
Roberto tomó con sus manos las ruedas traseras de su silla; con cierta brusquedad, frenó en seco y, dándole un giro de ciento ochenta grados a la silla, se posicionó frente a su primo con cierto enojo:
—¡Un momento! Aguarda un momento… No quiero rehabilitación, solo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Llama al Dr. Hernando —, le dijo a su esposa—, él es mi médico… ¡Quiero que me opere!
—¡No habrá ninguna operación, Roberto! —, aseguró con firmeza Miguel.
—Si sacan la bala… Podré volver a andar…
—Rober, si te intervienen ahora podrías perderlo todo…
—Si no puedo andar, es cuando lo habré perdido
De repente, una pelota de baloncesto calló sobre el regazo de Roberto, asustándole un poco. Roberto tomó la pelota con sus manos y empezó a moverla describiendo giros desordenados, al tiempo que la observaba detenidamente sin pronunciar palabra. Uno de los hombres que jugaba al baloncesto se aproximó a él con el deseo de que le diera el balón. Era un hombre moreno, de pelo afilado y facciones marcadas; brazos fuertes y aspecto jovial:
—Eh, amigo —, le dijo a Roberto—. ¿Le apetece jugar con nosotros?
—No puedo…
—¿Por qué no? Tiene aspecto atlético…
—Tuve un accidente… No puedo…
—Oiga, no le pedimos que baile con nosotros, solo darle al balón…
—¡Ya le he dicho que no puedo!
Roberto devolvió al hombre el balón dándole un pase en picado que dio un bote en el suelo para caer en las manos del jugador. Seguidamente, dio una nueva vuelta a su silla, dándole la espalda a los baloncestistas. Mientras, el hombre al que Roberto le había devuelto el balón, tomó el esférico con sus manos y, tras dar un giro a su silla con una agilidad tremenda, lanzó un tiro a canasta desde su posición, encestando. ¡En un partido oficial aquello hubiera sido un triple! Tras tal hazaña, se volvió para regalarle unas palabras más a Roberto:
—¡Échele valor! Tener el cuerpo en desuso no es nada comparado con el daño que le hace a su mente… ¿Se entera?
Roberto no correspondió con la mirada a tales palabras, mientras Miguel, para hacerle tomar conciencia del desprecio que le había hecho a aquellos hombres, le dijo con cierta suavidad:
—No sé, Rober… Quizá ya lo hayas perdido todo…
Miguel se fue, dejando solos a Mónica y a Roberto. Monica, situándose frente a su esposo, se agachó, doblándose sobre sus piernas:
—Roberto… Cariño, escúchame. Podrás llevar una vida completa, sé que puedes… Solo tendrás que ayudarte un poco a ti mismo.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrastrarme humildemente por la oportunidad de pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas?
—Tal vez la humildad no sería mala cosa para empezar… a enfrentarte con esto.
—No es justo compararme con ellos —, dijo señalando a los que jugaban al baloncesto.
—Peor es que te abandones a ti mismo, o a mi…
—Moni… ¡Tengo miedo!
No pudo evitar abrazar a su esposa mientras rompía a llorar…
—Tenía derecho a saberlo…
—Por supuesto que sí —, aseguró Miguel—. Pero no a impedir los progresos logrados por los médicos.
—¿A quién has venido a ver aquí? ¿A tus amigos los médicos?
—Sabes muy bien a quien he venido a ver, primo…
—Sí… Perdona… Es que… Es que no sé,… No sé qué pensar… Nunca me sentí tan solo en la vida…
Roberto se frotó la cara y Mónica apenada, tras dirigir una leve mirada a Miguel, dio un beso en la cabeza a su esposo y le habló:
—Cariño, todos te desean recuperado… ¿Sabes quien estuvo a verte? Tu cuñado, “el poli”, ¿a que no te lo crees?
Roberto dio una muestra de desprecio e indiferencia. Mientras tanto, seguían paseando. Se aproximaban a una pequeña explanada donde se habían dispuesto dos canastas de baloncesto, de modo que la explanada estaba habilitada como pista deportiva. Allí, en la cancha, un grupo de seis hombres, en sus respectivas sillas de ruedas, jugaban un animoso partido de baloncesto.
—Empiezas tu tratamiento… —, dijo Miguel.
—¿Qué! —, exclamó con cierta furia Roberto.
—Hablé con el personal de rehabilitación: han elaborado un programa completo para ti… Comienzas mañana.
Roberto tomó con sus manos las ruedas traseras de su silla; con cierta brusquedad, frenó en seco y, dándole un giro de ciento ochenta grados a la silla, se posicionó frente a su primo con cierto enojo:
—¡Un momento! Aguarda un momento… No quiero rehabilitación, solo quiero salir de aquí e irme a mi casa. Llama al Dr. Hernando —, le dijo a su esposa—, él es mi médico… ¡Quiero que me opere!
—¡No habrá ninguna operación, Roberto! —, aseguró con firmeza Miguel.
—Si sacan la bala… Podré volver a andar…
—Rober, si te intervienen ahora podrías perderlo todo…
—Si no puedo andar, es cuando lo habré perdido
De repente, una pelota de baloncesto calló sobre el regazo de Roberto, asustándole un poco. Roberto tomó la pelota con sus manos y empezó a moverla describiendo giros desordenados, al tiempo que la observaba detenidamente sin pronunciar palabra. Uno de los hombres que jugaba al baloncesto se aproximó a él con el deseo de que le diera el balón. Era un hombre moreno, de pelo afilado y facciones marcadas; brazos fuertes y aspecto jovial:
—Eh, amigo —, le dijo a Roberto—. ¿Le apetece jugar con nosotros?
—No puedo…
—¿Por qué no? Tiene aspecto atlético…
—Tuve un accidente… No puedo…
—Oiga, no le pedimos que baile con nosotros, solo darle al balón…
—¡Ya le he dicho que no puedo!
Roberto devolvió al hombre el balón dándole un pase en picado que dio un bote en el suelo para caer en las manos del jugador. Seguidamente, dio una nueva vuelta a su silla, dándole la espalda a los baloncestistas. Mientras, el hombre al que Roberto le había devuelto el balón, tomó el esférico con sus manos y, tras dar un giro a su silla con una agilidad tremenda, lanzó un tiro a canasta desde su posición, encestando. ¡En un partido oficial aquello hubiera sido un triple! Tras tal hazaña, se volvió para regalarle unas palabras más a Roberto:
—¡Échele valor! Tener el cuerpo en desuso no es nada comparado con el daño que le hace a su mente… ¿Se entera?
Roberto no correspondió con la mirada a tales palabras, mientras Miguel, para hacerle tomar conciencia del desprecio que le había hecho a aquellos hombres, le dijo con cierta suavidad:
—No sé, Rober… Quizá ya lo hayas perdido todo…
Miguel se fue, dejando solos a Mónica y a Roberto. Monica, situándose frente a su esposo, se agachó, doblándose sobre sus piernas:
—Roberto… Cariño, escúchame. Podrás llevar una vida completa, sé que puedes… Solo tendrás que ayudarte un poco a ti mismo.
—¿Qué debo hacer? ¿Arrastrarme humildemente por la oportunidad de pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas?
—Tal vez la humildad no sería mala cosa para empezar… a enfrentarte con esto.
—No es justo compararme con ellos —, dijo señalando a los que jugaban al baloncesto.
—Peor es que te abandones a ti mismo, o a mi…
—Moni… ¡Tengo miedo!
No pudo evitar abrazar a su esposa mientras rompía a llorar…
El Cuaderno de Beto VI: “Ligero retroceso en esos primeros pasos para empezar a superarlo”
Gracias, una vez más, por esperar
Llevo mucho tiempo sin escribir… Lo sé. No he escrito porque no podía, no he escrito porque no me salían las palabras, porque tomaba el bolígrafo y mi mano derecha no era capaz de juntar de forma coherente más de dos palabras. Me sentía totalmente incapaz de transmitir nada… Por eso, mi cuaderno ha estado prácticamente abandonado. Dos de estas últimas noches, dado que no podía dormir, me he estado leyendo. He estado leyendo las páginas atrasadas de mi propio cuaderno y, tras reflexionar detenidamente, me he dado cuenta de que, en el fondo, me estoy engañando a mi mismo. Susana no va a volver conmigo, eso lo sé; ya lo he asumido. Sí, sí: ya lo he asumido. Pero durante este tiempo me he estado autoengañando, quizás por evitarme a mi mismo más daño, por no causarme a mi mismo un mayor sufrimiento. A lo largo de los escritos que he ido dejando en mi cuaderno, he hablado en varias ocasiones de cómo, hace unos meses, Susana y yo paseábamos nuestro amor por las calles del pueblo: ¡eso es falso! ¡Eso es mentira! Ella casi nunca tomó mi mano para dar un paseo, casi nunca fue capaz de besar mis labios en un lugar en el que no tuviera la certeza de que estábamos solos; casi nunca fue capaz de regalarme un abrazo o una muestra de afecto similar delante de algún conocido nuestro… Quizás eso me duele más: ahora sí pasea con Eusebio de la mano, ahora se abrazan en público, se besan, incluso se echan fotos juntos y luego se las enseñan a mis allegados… ¡Conmigo nunca hizo eso! Quizás esa diferencia de trato acrecienta mi dolor…
Hoy me han venido a la mente la rosa y la margarita… ¿Te acuerdas, Susana? Seguro que no, por eso me voy a permitir dejar aquí constancia escrita de aquello…
La rosa era una rosa roja, hermosa, brillante, robusta y sin espinas; sin espinas porque alguien se tomó la molestia de cortárselas para que, tus suaves manos, no corrieran el riesgo de arañarse a causa de aquella hermosa flor. Aquella rosa te la regalé una noche que pasamos juntos… Acuérdate: era invierno y estábamos hablando tú y yo, sentados a cubierto; una pobre anciana enlutada pasó junto a nosotros, con sus decrépitas manos cargadas de rosas. Nos enseñó todas las flores que llevaba y, a pesar de tu gesto de desprecio hacia la desdichada octogenaria, yo quise coger una de aquellas rosas para ti. Cuando te la di, sonreíste; y, tras haber mirado detenidamente a nuestro alrededor, me diste un beso. Fue un simple beso en la mejilla… Te aseguro que no era el beso que yo más deseaba en aquel momento que me dieras, pero en cierta forma me dio igual, porque era un beso tuyo y eso es lo que para mi potenciaba el valor del gesto, frente al beso que cualquier otra persona del mundo pudiera darme… Tú te quedaste con aquella rosa y, delante mía, empezaste a jugar y jugar con ella… Digo “jugar” por ser sutil, porque lo cierto es que, cuando al acabar aquella noche yo te acompañé a tu casa para irte a dormir, ya no llevabas la rosa contigo: la habías destrozado. La rompiste, poco a poco, en trozos: primero le quitaste las hojas del tallo, luego le arrancaste el tallo, después quitaste las hojas que, en su momento, protegían el capullo y finalmente fuiste arrancando los pétalos uno a uno… Fue cuestión de un par de horas…
La margarita… ¡Sí! La margarita… La margarita era tu flor favorita. Digo que era porque me consta que, desde que estás con ése, alguno de tus gustos ha cambiado. Y, como era tu flor favorita, una noche que parecías estar algo triste, quise sorprenderte colocándote una margarita sobre tu suave oreja. Fue en aquella explanada tan especial para nosotros, en aquel pueblo tan nuestro junto al mar… ¡No sabes lo que me costó encontrar aquella noche de verano una margarita! Pero la encontré… Estaba en una propiedad privada a la que tuve que acceder; pero era una margarita robusta, joven, con unos pétalos blancos como la nieve, que parecían tener un tacto suave y dulce… ¡Sí! Encontré la margarita y, como un niño que había encontrado algo preciado en el parque y corría a enseñárselo a su abuelo, fui a sorprenderte por la espalda, colocándote la margarita en la oreja derecha, retirando tu sedosa cabellera rubia. Te asustaste un poco, pero el susto se tornó en tranquilidad cuando me viste a mí y en alegría al ver la margarita… La explanada estaba llena de gente y tú tan solo supiste regalarme un “¡gracias, mi niño!”. Seguidamente, arrancaste el tallo de la margarita, quedándote con un ligero rabillo que te permitiera empezar, con tus dedos, a darle vueltas y vueltas a la margarita… De tantas vueltas que le diste, el corazón empezó a dejar caer los pétalos al suelo. Pasado un rato, los cuatro o cinco pétalos que quedaban los arrancaste y los tiraste al suelo… Así, la margarita, mi regalo, acabó la noche como la rosa que meses antes te había regalado…

El destino de esas dos flores, a la postre, ha sido tremendamente revelador. Yo, que siempre he creído que la vida va dejando mensajes a través de las cosas que pasan para que cada uno actúe en consecuencia, no supe ver lo que en realidad significaba el trato que aquellas flores, regaladas con todo mi amor, habían recibido. Creía que nuestro amor era como aquella rosa: fuerte, apasionado, perenne… Ahora me doy cuenta de que en realidad yo estaba levitando, y por eso no veía lo que había detrás de todo aquello: la rosa era frágil y caduca. Mi espíritu (devoto de ti, admirador de tu hermosura, sirviente de tu alma), poco a poco fue sintiendo como sus miembros se iban cercenando, como le ocurriera a la rosa; el tiempo me demostró que, durante una temporada, con mentiras, excusas y silencios, se me estuvo mareando, como a la margarita… Hasta que, al final, cuando la vida me enfrentó con la realidad desnuda, se me clavó la daga en el corazón que tanto me hirió, como cuando a ambas flores ella le arrancó sus últimos pétalos. Ahora que estoy intentando arrancarme aquella daga, siento que la vida se me va con ella… Veo muchas veces en sueños la rosa, con el mismo fulgor que tenía aquella noche, pero carece de tallo y se me muestra levitando, en el cielo, de una forma que soy incapaz de tocarla… ¡Yo me quiero morir!
Llevo mucho tiempo sin escribir… Lo sé. No he escrito porque no podía, no he escrito porque no me salían las palabras, porque tomaba el bolígrafo y mi mano derecha no era capaz de juntar de forma coherente más de dos palabras. Me sentía totalmente incapaz de transmitir nada… Por eso, mi cuaderno ha estado prácticamente abandonado. Dos de estas últimas noches, dado que no podía dormir, me he estado leyendo. He estado leyendo las páginas atrasadas de mi propio cuaderno y, tras reflexionar detenidamente, me he dado cuenta de que, en el fondo, me estoy engañando a mi mismo. Susana no va a volver conmigo, eso lo sé; ya lo he asumido. Sí, sí: ya lo he asumido. Pero durante este tiempo me he estado autoengañando, quizás por evitarme a mi mismo más daño, por no causarme a mi mismo un mayor sufrimiento. A lo largo de los escritos que he ido dejando en mi cuaderno, he hablado en varias ocasiones de cómo, hace unos meses, Susana y yo paseábamos nuestro amor por las calles del pueblo: ¡eso es falso! ¡Eso es mentira! Ella casi nunca tomó mi mano para dar un paseo, casi nunca fue capaz de besar mis labios en un lugar en el que no tuviera la certeza de que estábamos solos; casi nunca fue capaz de regalarme un abrazo o una muestra de afecto similar delante de algún conocido nuestro… Quizás eso me duele más: ahora sí pasea con Eusebio de la mano, ahora se abrazan en público, se besan, incluso se echan fotos juntos y luego se las enseñan a mis allegados… ¡Conmigo nunca hizo eso! Quizás esa diferencia de trato acrecienta mi dolor…
Hoy me han venido a la mente la rosa y la margarita… ¿Te acuerdas, Susana? Seguro que no, por eso me voy a permitir dejar aquí constancia escrita de aquello…
La rosa era una rosa roja, hermosa, brillante, robusta y sin espinas; sin espinas porque alguien se tomó la molestia de cortárselas para que, tus suaves manos, no corrieran el riesgo de arañarse a causa de aquella hermosa flor. Aquella rosa te la regalé una noche que pasamos juntos… Acuérdate: era invierno y estábamos hablando tú y yo, sentados a cubierto; una pobre anciana enlutada pasó junto a nosotros, con sus decrépitas manos cargadas de rosas. Nos enseñó todas las flores que llevaba y, a pesar de tu gesto de desprecio hacia la desdichada octogenaria, yo quise coger una de aquellas rosas para ti. Cuando te la di, sonreíste; y, tras haber mirado detenidamente a nuestro alrededor, me diste un beso. Fue un simple beso en la mejilla… Te aseguro que no era el beso que yo más deseaba en aquel momento que me dieras, pero en cierta forma me dio igual, porque era un beso tuyo y eso es lo que para mi potenciaba el valor del gesto, frente al beso que cualquier otra persona del mundo pudiera darme… Tú te quedaste con aquella rosa y, delante mía, empezaste a jugar y jugar con ella… Digo “jugar” por ser sutil, porque lo cierto es que, cuando al acabar aquella noche yo te acompañé a tu casa para irte a dormir, ya no llevabas la rosa contigo: la habías destrozado. La rompiste, poco a poco, en trozos: primero le quitaste las hojas del tallo, luego le arrancaste el tallo, después quitaste las hojas que, en su momento, protegían el capullo y finalmente fuiste arrancando los pétalos uno a uno… Fue cuestión de un par de horas…
La margarita… ¡Sí! La margarita… La margarita era tu flor favorita. Digo que era porque me consta que, desde que estás con ése, alguno de tus gustos ha cambiado. Y, como era tu flor favorita, una noche que parecías estar algo triste, quise sorprenderte colocándote una margarita sobre tu suave oreja. Fue en aquella explanada tan especial para nosotros, en aquel pueblo tan nuestro junto al mar… ¡No sabes lo que me costó encontrar aquella noche de verano una margarita! Pero la encontré… Estaba en una propiedad privada a la que tuve que acceder; pero era una margarita robusta, joven, con unos pétalos blancos como la nieve, que parecían tener un tacto suave y dulce… ¡Sí! Encontré la margarita y, como un niño que había encontrado algo preciado en el parque y corría a enseñárselo a su abuelo, fui a sorprenderte por la espalda, colocándote la margarita en la oreja derecha, retirando tu sedosa cabellera rubia. Te asustaste un poco, pero el susto se tornó en tranquilidad cuando me viste a mí y en alegría al ver la margarita… La explanada estaba llena de gente y tú tan solo supiste regalarme un “¡gracias, mi niño!”. Seguidamente, arrancaste el tallo de la margarita, quedándote con un ligero rabillo que te permitiera empezar, con tus dedos, a darle vueltas y vueltas a la margarita… De tantas vueltas que le diste, el corazón empezó a dejar caer los pétalos al suelo. Pasado un rato, los cuatro o cinco pétalos que quedaban los arrancaste y los tiraste al suelo… Así, la margarita, mi regalo, acabó la noche como la rosa que meses antes te había regalado…

El destino de esas dos flores, a la postre, ha sido tremendamente revelador. Yo, que siempre he creído que la vida va dejando mensajes a través de las cosas que pasan para que cada uno actúe en consecuencia, no supe ver lo que en realidad significaba el trato que aquellas flores, regaladas con todo mi amor, habían recibido. Creía que nuestro amor era como aquella rosa: fuerte, apasionado, perenne… Ahora me doy cuenta de que en realidad yo estaba levitando, y por eso no veía lo que había detrás de todo aquello: la rosa era frágil y caduca. Mi espíritu (devoto de ti, admirador de tu hermosura, sirviente de tu alma), poco a poco fue sintiendo como sus miembros se iban cercenando, como le ocurriera a la rosa; el tiempo me demostró que, durante una temporada, con mentiras, excusas y silencios, se me estuvo mareando, como a la margarita… Hasta que, al final, cuando la vida me enfrentó con la realidad desnuda, se me clavó la daga en el corazón que tanto me hirió, como cuando a ambas flores ella le arrancó sus últimos pétalos. Ahora que estoy intentando arrancarme aquella daga, siento que la vida se me va con ella… Veo muchas veces en sueños la rosa, con el mismo fulgor que tenía aquella noche, pero carece de tallo y se me muestra levitando, en el cielo, de una forma que soy incapaz de tocarla… ¡Yo me quiero morir!