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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
Leyendo a Larra...
Hace unos meses, durante el pasado puente de mayo, me propuse hacer un rato de retiro individual. Allí, en un paraje perdido en la provincia de Zamora, yo, yo solo; yo, conmigo mismo, pude dedicarme a uno de esos placeres a los que, a causa de mi escasez de tiempo por mis quehaceres diarios, no puedo dedicarme tanto como gustaría. Me estoy refiriendo a la lectura. Durante aquel puente me dediqué a leer a Larra (Fígaro), romántico español sin igual, portador de un alma en creciente desaliento e inconformidad ante el curso de la sociedad y la política de su tiempo, junto a un perenne sentimiento de dolor, causado por el desamor que le llevaría a suicidarse de un pistoletazo en la cabeza.

Cuando uno lee a Larra, en muchos de sus textos aprecia la angustia de un alma sin fe, ante un mundo que se presenta descarnado y desnudo ante sus desacostumbrados ojos. Así se expresa, por ejemplo, en el grito desgarrador del artículo dedicado a la muerte de Campo Alange: «¿Y no ha de haber un Dios y un refugio para aquellos pocos que el mundo arroja de sí como arroja los cadáveres al mar?». Obsérvese cuánto dolor se aprecia…Es muy razonable que ese pobre alma se revuelva, enfurecida, descartado Dios y despreciado el mundo, contra los que le han arrancado su percepción del más allá.

Sin embargo, y ante cuanto dolor percibe, Larra, de primeras (y a pesar de su triste final), trata de buscar desesperadamente una salida, una última ilusión que le permitiera continuar viviendo: «Si al final no hay nada, hay que buscarlo todo en el tránsito; si no hay un vergel al final, gocemos siquiera de las rosas, malas o buenas, que adornan la orilla». Estoy totalmente de acuerdo; ¿cuántas veces recorremos un camino y no reparamos en los pequeños detalles que se nos van presentando a nuestro alrededor, obcecados con lo que nos vamos a encontrar al final del camino? Por más que se nos diga que las cosas pequeñas son las que verdaderamente dan sentido a la vida, lo nuestro es mirar hacia delante, sin reparar en las cosas que se nos van brindando.

Pero, sin duda, el mejor texto de Larra que me he encontrado, y sobre el que más vueltas he dado, ha sido éste: «La vida es un viaje: el que lo hace no sabe adónde va, pero cree ir a la felicidad. Otro que ha llegado antes y viene de vuelta se aboca con el que está todavía caminando y dícele: “¿Adónde vas? ¿Por qué andas? Yo he llegado adonde se puede llegar; nos han engañado; nos han dicho que este viaje tenía un término de descanso. ¿Sabes lo que hay al final? Nada”. El hombre entonces que viajaba, ¿qué responderá? “Pues si no hay nada, no vale la pena seguir andando”».

¡Qué curioso! No se nos deja de decir que la vida es un camino a recorrer… Si efectivamente es así, es obligatorio que no dejemos de andar. La cuestión es: ¿se debe andar por andar? ¿Andar por el simple hecho de que uno no se debe parar? El propio Larra nos está diciendo que la felicidad no está en ninguna parte; nos está diciendo que al final no hay nada… El ser humano siempre ha puesto los ojos lo más allá posible, siempre ha mirado con cierta ternura lo que pudiera haber la final del todo; siempre ha guardado la esperanza de que el mayor bienestar pudiera encontrarse al final del camino, lo más lejos posible… ¿Será esto cierto? No lo sé. Mientras tanto, por hoy voy a dejar de escribir: he de seguir maldiciendo al tipo que vino y dijo al que viajaba que “al final no hay nada”, mientras yo sigo caminando...
 
Sensación de pérdida de tiempo
¿Alguna vez habéis sentido que estáis perdiendo el tiempo? ¿Alguna vez os ha parecido que estáis luchando por una causa que no merece la pena? Mario sí.

Mario es un chico joven, de unos veinticinco años, que vive de sueños y de la ambición de materializar tales sueños. Mario sueña despierto y entiende el sueño de manera noble, porque cree que la ilusión es lo que hace que la existencia esté viva, y no sea una vida muerta.

Mario es la típica persona que cree que el individuo se desarrolla de acuerdo con la teoría del sector circular, esto es, desarrollo radial divergente, a partir de un centro, en el que todos los frentes de la vida crecen por igual: familia, trabajo, persona, pareja, sexo, fe… Mario, que estudió con excelentes resultados una carrera, tiene un trabajo excelente, con un sueldo bastante aceptable, que le permite hacer frente a un pequeño apartamento que se ha comprado en Madrid capital. Mario, a su vez, está siguiendo un complejo proceso formativo, en paralelo a su trabajo, con el que aspira a poder ejercer la docencia algún día, especializándose en una materia que le apasiona. ¡Hay mucha gente que no le entiende! ¡Trabaja más de doce horas al día y encima estudia! Pero a Mario eso le da igual: Mario es sacrificado y lucha por aquello en lo que cree y, como año tras año va cosechando sus frutos, se va sintiendo a gusto consigo mismo.

Sin embargo, Mario, en realidad estaba cojo de uno de los frentes de desarrollo del sector: hace tiempo dejó una relación con una chica estupenda y, en ese sentido, sentía un vacío. Bien es cierto que Mario nunca sintió agobio por llenar ese vacío, pero el vacío ahí estaba… Cierto día, conoció a una chica, diríase que por casualidad. Si la primera imagen es la que cuenta, se puede decir que la chica le entró por los ojos; si la primera conversación es la que cuenta, Mario de primeras sintió que se había encontrado con una persona dolida por su pasado y recelosa de cara al futuro. Sin embargo, a Mario le gustó María, que es como se llamaba la chica, y decidió intentar emprender una relación con ella. Era el día de Navidad y ella le obsequió con un “me molas”. Sin embargo, desde ese “me molas” hasta el primer beso, pasaron cerca de dos meses: dos meses en los que Mario estuvo, a base de mensajes de texto al móvil, interesándose por los quehaceres diarios de María que, recelosa, contestaba a veces bien y a veces mal. No se atrevía a quedar con Mario. Cierto día, cuando Mario empezaba ya a cansarse de perseguir telefónicamente a María, ella, en un gesto que a Mario le debería haber revelado una clara inestabilidad, le propone quedar, y Mario accede. Esa noche se dan el primer beso; dos meses después.

Mario se enamoró perdidamente de María, y empezó a dedicarle de lleno el escaso tiempo libre de que disponía. María, que seguía mostrando recelo y era poco elocuente, parecía corresponderle solo parcialmente, si bien conforme avanzaba el tiempo ella parecía irse arrimando a él con cierto temor.

Cuatro meses después, la relación de pareja continuaba pero algo había cambiado: Mario se sentía apocado y empequeñecido frente a ella. En varias ocasiones le había dicho que la quería y ella no le correspondió. Mientras Mario no escatimaba en piropos, María le regalaba pocas lisonjas, y las pocas que le regalaba, se las dedicaba vía mensaje al móvil, nunca en persona. María trabajaba: tenía un trabajo por el que le daban un sueldo, no muy elevado, pero suficiente dados sus escasos gastos. De acuerdo con ese sueldo, ella se había compuesto su vida: vivía en casa de sus padres; todos los días se iba con alguna de sus amigas de compras o a tomar algo, o bien se iba al gimnasio, para volver a casa cuando la mesa, a la hora de cenar, estuviera puesta. A esa misma hora, la mitad de los días Mario estaba todavía trabajando o estudiando. El fin de semana, Mario, el escaso rato que se podía conceder para divertirse, se lo regalaba a María; María, en cambio, apenas paraba en su casa, y componía su fin de semana, si le convenía, en función del rato que Mario le pudiera conceder…

Mario estaba embarcado en una interminable sucesión de conflictos y proyectos, de naturaleza variada, que le tenían a maltraer, pero eso a María no le importaba. De hecho, si alguien le preguntaba por alguno de esos proyectos a María, ella no sabría responder. Mario estaba enamorado de María y, fruto de ese amor, solo anhelaba su felicidad, por lo que muchas veces prefería no atosigarla con sus innumerables problemas de trabajo para que ella no se preocupara; por el contrario, María atosigaba a Mario con sus problemas, porque era la típica persona que se ahogaba en un vaso de agua y que, en cierta forma, explotaba su victimismo para así relacionarse con la gente. ¡Lo que a ella le pasaba, era siempre lo peor! Sin embargo, Mario, aunque empezaba a sentirse a disgusto con ella, aguantaba a su lado, porque la quería y creía que, a pesar de las diferencias, su relación de pareja podía funcionar…

A la postre, un buen día María dice cansarse de Mario, justo antes del verano (lo que siempre da que pensar), y le deja a través de un mensaje de texto al móvil, habiendo besado sus labios solo unos minutos antes. En aquel mensaje de texto, María le deseó a Mario lo mejor, con evidentes dosis de cinismo, diciéndole después que ella necesitaba una persona que esté más tiempo a su lado y que le preste mayor atención. Mario creyó morirse entonces. Mario sintió, como he dicho al principio, que había estado luchando por algo que no valía la pena, que había estado perdiendo el tiempo, el escaso tiempo del que disponía.

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Su propia teoría, a Mario, se le volvió en contra: quien vive de ilusiones, corre el riesgo de morir de desilusiones… Yo no creo que Mario estuviera equivocado, simplemente que ella era una víbora rastrera, que no era capaz de ver más allá de lo que sus ojos le mostraban y, para más inri, ante muchas cosas era ciega (o se lo hacía, que no sé qué es peor). ¡Tranquilo Mario! Tú sigue creciendo y olvídate de María, porque a ella la podemos describir con una palabra que recoge el castellano…
 
El Cuaderno de Beto VII: “Mi primer regalo”
Fue en Navidad, hace no muchos años. Soy hijo de familia castellana creyente; en el seno de mi familia aprendí que el día de Navidad es uno de los días más especiales dentro del año… Se me enseñó que el día de Navidad es un día en el que el sentimiento del amor se hace más patente; que el amor se percibe, se siente, se respira, se nota… Se me dijo que la Navidad era una época para dar y que, por tanto, había de demostrar mis sentimientos a las personas que quería, más que cualquier otro día del año. Por eso, cuando llegó nuestra primera Navidad juntos, decidí hacerte un regalo, simplemente para demostrarte que te quería… ¿Te acuerdas? Fue el primer regalo de cierta importancia que te hice; fue el primer regalo tangible, eso sí, que hasta entonces te había hecho (es mucho más lo no tangible que hasta entonces te había regalado). Me costó mucho comprarte aquel regalo, pues entonces aún no trabajaba y mi situación económica no era muy holgada; y me costó más aún hacértelo llegar… Sin embargo, allí lo tuviste; allí lo recibiste con tus propias manos. Durante varios días no podía pensar en otra cosa que no fuera tu rostro cuando vieras mi dádiva… El regalo, en realidad, solo era un pequeño peluche; un perro, de raza cocker, que parecía estar recostado sobre el suelo; tenía unos ojos semillorosos que, conjugados con su posición durmiente, hacían que el muñeco transmitiera una gran ternura. Te lo regalé para que lo pusieras sobre tu cama, con el deseo de que durmieras con él y de que así, a través de él, yo me hiciera presente en tus noches, cuando la oscuridad inundaba tu alcoba y te quedabas a solas con tus sueños. ¡Sí! Tus sueños… Aquéllos que nunca me quisiste contar porque decías que si los sueños se contaban luego no se cumplían los deseos…

¿Qué fue de aquel regalo? ¿Qué fue de aquel perro que inspiraba tanto cariño y al que llegaste a insinuar que le habías puesto mi nombre? ¿Le diste un final similar al que le diste a aquellas dos flores de que hablaba en la página anterior de mi cuaderno? ¿Lo arrojaste al cubo de la basura como arrojaste mi amor? No lo sé y, francamente, prefiero no saberlo… Todo esto está acabando conmigo, yo mismo estoy acabando conmigo; tú quisiste acabar conmigo y lo estás consiguiendo... ¡Maldita seas!