Quero as tuas ribeiras que me fan lembrare
Esta semana he vuelto a mi lugar de residencia y laboreo, después de tomarme unos días de vacaciones, retomando de forma instantánea mi ritmo de vida habitual. He estado doce días descansando, o al menos intentando, el cuerpo y, en menor medida dada mi inquietud, la mente. Han sido unas vacaciones puramente familiares que, sinceramente, me han venido genial… Sin embargo, no estoy escribiendo esto para hablar de mis vacaciones, sino porque quiero rendir un homenaje al lugar al que he decidido que, si llego a ser anciano, me retiraré a esperar a la muerte; me estoy refiriendo a un paraje que he descubierto en estos días y que yo, hasta ahora, no conocía de forma directa: a Illa de Arousa (la Isla de Arosa).
A Illa de Arousa es una pequeña isla de apenas siete kilómetros cuadrados, que se encuentra en el corazón de la ría de Arousa, frente a su margen derecha, en la provincia de Pontevedra. Según se me dijo, en la isla viven alrededor de 5.000 habitantes, concentrados en su mayoría en un istmo estrecho (y en sus inmediaciones), que une una pequeña península con el resto del islote.
Para llegar hasta la isla, hay que ir a Vilanova de Arousa, villa natal de Ramón del Valle-Inclán, y cruzar un puente de unos dos kilómetros de longitud que atraviesa la ría. Este puente es una construcción relativamente reciente que ha dado una vida tremenda a la isla, dinamizando su economía de forma prodigiosa. Al parecer, antes de su construcción, los desplazamientos que permitían comunicar la isla con el resto de España se realizaban en pequeños vapores con horarios muy rígidos, lo que debía resultar tremendamente incómodo.
Pero a Illa de Arousa es algo más que una isla varada gracias a un puente, es algo más que un islote que ofrece treinta y seis kilómetros de costa, once de ellos de playa: a Illa de Arousa es un ejemplo, más expresivo y fehaciente que cualquier otro, de la belleza y el encanto que caracteriza a las costas de las Rías Baixas, donde el mar y la tierra son compañeros inseparables: innumerables bateas de mejillones se descubren al amanecer sobre la superficie del agua, mientras la brisa marina empapa la isla de una fragancia que conjuga aromas de pescado fresco y salitre. Barcos faenadores corretean por alrededor de la isla a cualquier hora del día o de la noche, mimando las tranquilas aguas de la ría, pues son fuente de riqueza, guardianas del tesoro que alimenta a los hijos de la ínsula desde tiempos inmemoriales. Allí, la población vive fundamentalmente de la costa y de su industria derivada. No hay rincón en la isla donde no se aprecie alguna señal de las actividades marineras de sus habitantes: en Puerto do Cantiño, en los alrededores de la lonja, en los muelles de Chazo y Cabodeiro; en cualquier rincón, el bullicio marinero se muestra en su máximo esplendor, observándose, nada más llegar, cómo la vida de los isleños parece que se cimienta en el mar, y no en la tierra.
Las calles del pueblo son calles típicas de una villa de pescadores: estrechas y algo tortuosas, a la par que acogedoras; con dos grandes paseos marítimos, uno a cada lado de la isla, donde da gusto caminar o sentarse en uno de sus múltiples bancos y así relajarse contemplando las tranquilas aguas y los barcos marineros que descansan sus lomos sobre el mar.
La isla, a pesar de ser pequeña, da muestras de poderío: su relieve es muy suave, con formas alomadas de granito a causa de la erosión; el mar que baña toda la costa insular, se muestra calmado en las numerosas playas que se forman a lo largo de todo el perímetro de la isla. ¡Hay playas de todo tipo! Desde pequeñas cala, a grandes arenales, como Area da Secada o Camaxe, playa muy singular dada su situación y que muestra en sus entrañas un hermoso islote de arena.
Allí quiero irme cuando el trabajo no me obligue a estar aquí anclado, para ver cada mañana a los marisqueros practicar la pesca de bajura; para sentir la brisa del mar acariciando mi cara y el poco cabello que para entonces me quede; allí deseo que quien me busque me encuentre… Allí me quiero ir, pues allí he sentido la densidad de los siglos, el fluir continuo de las horas como la arena de un reloj cae grano a grano… Allí, donde toda una vida de mil años parece condensarse en la tela de una araña o, mejor aún, en el entramado de una red de pesca o en el enrejado de una nasa, pues más de mil años llevan los arousanos faenando en las aguas de la ría. Allí, mirando cómo el sol sale por un flanco de la isla y se pone por el opuesto, he sentido cómo en el grano de polvo palpita el enigma del tiempo. Allí, viendo como los barcos zarpan y atracan, cargan y descargan, navegan y flotan, he visto con claridad que la vida es un espejo que vamos observando a lo largo del camino,… Allí quiero quedarme, en ese rincón perdido, en el corazón de tan grandiosa ría gallega. Allí, en Galicia, que, como ya he dicho muchas veces, es tierra rociada y glauca, tierra de acogida y de aroma lozano, tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Allí deseo estar…
Estráñoche Galicia, agora que estou lonxe de ti. Agora entendo por que Rosalía che cantaba: ¡Oh, Galicia! Teño morriña, teño saudade, porque estou lonxe de eses teus lares...

A Illa de Arousa es una pequeña isla de apenas siete kilómetros cuadrados, que se encuentra en el corazón de la ría de Arousa, frente a su margen derecha, en la provincia de Pontevedra. Según se me dijo, en la isla viven alrededor de 5.000 habitantes, concentrados en su mayoría en un istmo estrecho (y en sus inmediaciones), que une una pequeña península con el resto del islote.
Para llegar hasta la isla, hay que ir a Vilanova de Arousa, villa natal de Ramón del Valle-Inclán, y cruzar un puente de unos dos kilómetros de longitud que atraviesa la ría. Este puente es una construcción relativamente reciente que ha dado una vida tremenda a la isla, dinamizando su economía de forma prodigiosa. Al parecer, antes de su construcción, los desplazamientos que permitían comunicar la isla con el resto de España se realizaban en pequeños vapores con horarios muy rígidos, lo que debía resultar tremendamente incómodo.
Pero a Illa de Arousa es algo más que una isla varada gracias a un puente, es algo más que un islote que ofrece treinta y seis kilómetros de costa, once de ellos de playa: a Illa de Arousa es un ejemplo, más expresivo y fehaciente que cualquier otro, de la belleza y el encanto que caracteriza a las costas de las Rías Baixas, donde el mar y la tierra son compañeros inseparables: innumerables bateas de mejillones se descubren al amanecer sobre la superficie del agua, mientras la brisa marina empapa la isla de una fragancia que conjuga aromas de pescado fresco y salitre. Barcos faenadores corretean por alrededor de la isla a cualquier hora del día o de la noche, mimando las tranquilas aguas de la ría, pues son fuente de riqueza, guardianas del tesoro que alimenta a los hijos de la ínsula desde tiempos inmemoriales. Allí, la población vive fundamentalmente de la costa y de su industria derivada. No hay rincón en la isla donde no se aprecie alguna señal de las actividades marineras de sus habitantes: en Puerto do Cantiño, en los alrededores de la lonja, en los muelles de Chazo y Cabodeiro; en cualquier rincón, el bullicio marinero se muestra en su máximo esplendor, observándose, nada más llegar, cómo la vida de los isleños parece que se cimienta en el mar, y no en la tierra.
Las calles del pueblo son calles típicas de una villa de pescadores: estrechas y algo tortuosas, a la par que acogedoras; con dos grandes paseos marítimos, uno a cada lado de la isla, donde da gusto caminar o sentarse en uno de sus múltiples bancos y así relajarse contemplando las tranquilas aguas y los barcos marineros que descansan sus lomos sobre el mar.
La isla, a pesar de ser pequeña, da muestras de poderío: su relieve es muy suave, con formas alomadas de granito a causa de la erosión; el mar que baña toda la costa insular, se muestra calmado en las numerosas playas que se forman a lo largo de todo el perímetro de la isla. ¡Hay playas de todo tipo! Desde pequeñas cala, a grandes arenales, como Area da Secada o Camaxe, playa muy singular dada su situación y que muestra en sus entrañas un hermoso islote de arena.
Allí quiero irme cuando el trabajo no me obligue a estar aquí anclado, para ver cada mañana a los marisqueros practicar la pesca de bajura; para sentir la brisa del mar acariciando mi cara y el poco cabello que para entonces me quede; allí deseo que quien me busque me encuentre… Allí me quiero ir, pues allí he sentido la densidad de los siglos, el fluir continuo de las horas como la arena de un reloj cae grano a grano… Allí, donde toda una vida de mil años parece condensarse en la tela de una araña o, mejor aún, en el entramado de una red de pesca o en el enrejado de una nasa, pues más de mil años llevan los arousanos faenando en las aguas de la ría. Allí, mirando cómo el sol sale por un flanco de la isla y se pone por el opuesto, he sentido cómo en el grano de polvo palpita el enigma del tiempo. Allí, viendo como los barcos zarpan y atracan, cargan y descargan, navegan y flotan, he visto con claridad que la vida es un espejo que vamos observando a lo largo del camino,… Allí quiero quedarme, en ese rincón perdido, en el corazón de tan grandiosa ría gallega. Allí, en Galicia, que, como ya he dicho muchas veces, es tierra rociada y glauca, tierra de acogida y de aroma lozano, tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Allí deseo estar…
Estráñoche Galicia, agora que estou lonxe de ti. Agora entendo por que Rosalía che cantaba: ¡Oh, Galicia! Teño morriña, teño saudade, porque estou lonxe de eses teus lares...






