Mirando atrás... Aún nos quedan cosas por hacer
Ha sido en Sevilla, casi doce años después. Durante este fin de semana he tenido un rato de algo más de dos horas en el que mi mirada se ha vuelto permanentemente atrás. Allí, en el Estadio de la Cartuja de Sevilla, he vuelto a cantar canciones que llevaba más de diez años sin entonar, por no decir gritar, en un concierto; canciones de ese grupo que tantas pasiones ha levantado dentro del panorama del rock español y latino, que tiene una historia labrada con letras de fuego y que en los noventa protagonizó conciertos de un coraje y una fuerza sin precedentes pero que, un buen día, sin nadie entender bien a cuento de qué, decidió disolverse… Me refiero a Héroes del Silencio.

Y es que once años es mucho, aunque la canción diga que veinte no son nada. Once años es todo un universo, un mar que no cesa cuando lo que se ha sembrado a lo largo de ellos no son más que esperas baldías y casi constantes rumores infundados de retorno. Sin embargo, el sábado Héroes se congració con su público, con nosotros, de la forma en que mejor sabe hacerlo: sobre el escenario, presentando un concierto que jamás se olvidará en la capital del Guadalquivir, ni en el resto de España. Prueba de ello es que en el Olímpico a los sevillanos, no solo nos unimos gentes venidas de todos los rincones de España (el resto de Andalucía, Aragón, Madrid, Baleares, Cataluña, Extremadura, Canarias,…) sino que, además, se mezclaron asistentes de varias nacionalidades: españoles, mexicanos, ingleses, portugueses, argentinos, y un largo etcétera que demuestra que los Héroes siguen uniendo a todas las personas.
El concierto comenzó con una puntualidad atípica en este tipo de espectáculos, pero que indudablemente se agradece, dados los retrasos innecesarios que suelen caracterizar a estos recitales. El diseño del escenario fue, lisa y llanamente, espectacular: un juego de varias pantallas proyectaban cientos de imágenes, mientras que las tablas estaban dispuestas de forma que se presentaban dos zonas de concierto.
De repente, ahí estaban ellos: los cuatro, otra vez juntos. Ya no estaba Alan con ellos, es cierto; en su lugar venía ahora, como quinto héroe, Gonzalo que, aunque intente negarlo, en el momento que se le veía manejar las cuerdas de su guitarra resultaba incuestionable que por sus venas corre sangre Valdivia. Cuando ahora intento pararme a pensar, me parece increíble haber podido escuchar de nuevo el magistral dominio de la batería que solo el ingenioso Pedro Andreu sabe dar a la percusión; estremece sentir de nuevo la guitarra del insigne Juan Valdivia, que aunque parece mostrarse algo más desmejorado que hace doce años, aún sigue dando ese toque tan genuino y característico al instrumento de cuerdas; me emociona ver ese toque tan exclusivo y personal que solo Joaquín Cardiel, en mi opinión el mejor bajista español, sabe dar al bajo, sello distintivo incuestionable y, a mi entender, el instrumento clave, pues produce sonidos armónicos en consonancia con la música del grupo y, al mismo tiempo, da un efecto rítmico al que no puede llegar la guitarra. Y, ¿por qué no decirlo?, a pesar de haber sido el excéntrico caprichoso, culpable de que hayamos tenido que esperar hasta once años para volver a ver a Héroes en el escenario, ha sido un placer poder volver a oír cantar a Bunbury temas tan nuestros como “Entre dos tierras”, “La Carta”, o “Iberia Sumergida”.
El concierto fue espectacular: además de todos los grandes éxitos de Héroes (de entre los que yo solo eché en falta la “Decadencia” y el “Parasiempre”), Héroes nos sorprendieron con canciones que antaño no solían cantar habitualmente en conciertos, como el “Despertar”, “Bendecida”, “Tumbas de Sal” o la hermosísima pieza de “El mar no cesa”.
En este entorno, no pude evitar mirar atrás, rebobinar hacia 1996. Por entonces yo era un chaval mucho más joven que ahora, que pensaba empezar a afeitarse, y que para mostrar sus ansias de comerse el mundo, cantaba permanentemente la canción de Deshacer el mundo. Tenía dos colgantes con el logo de los Héroes; colgantes que con el tiempo regalaría a dos de mis futuras parejas como muestra de que para mi eran especiales (ellas y los Héroes).
Mirando atrás, cuando les vi en el escenario, me acordé de una anécdota: hacia el año 96 yo acababa de instalar en mi ordenador el Windows 95 y en ese entonces nuevo sistema operativo aparecía, entre otras muchas cosas, algo que resultaba totalmente innovador y que hoy es algo habitual: los fondos de pantalla. Recuerdo que entre la revista de las Líneas del Kaos encontré una foto en la que aparecía Joaquín Cardiel, el bajo de Héroes, junto a un músico de otro grupo y, posando para la foto, le agarraba de su hombro opuesto, mirando ambos al frente. Después de escanearla, no sabría decir cuántas horas pasé retocando aquella foto, dados los medios entonces disponibles y mis escasos conocimientos en aquel tiempo, hasta que suplí al otro guitarrista en la imagen y ser yo el que aparecía junto al bajista de Héroes. Dentro de toda banda de rock, el bajo siempre ha sido el instrumento al que yo más culto he rendido: es lógico pensar, que deseara tener una foto con el bajista de mi grupo favorito y que nunca conseguí, por más que lo intenté, hacerme en vida. Aquella foto, no sé si a consecuencia de los virus o del cambio de ordenador, acabó desapareciendo y hoy, por desgracia, no la conservo.
Héroes fueron parte de mi adolescencia: mi habitación estaba plagada de posters, pañoletas, camisetas y gorras de ellos. ¡Incluso tenía una bandera en la que salían los componentes a tamaño real! Al verles el otro día juntos de nuevo, sentí como mi pasado renacía, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas, y es que, en el fondo, «soy un ave rapaz, mirad mis alas».
Al salir del concierto, muchos se preguntaban qué pasará con Héroes ahora… Yo, en este sentido, soy bastante escéptico y creo que desgraciadamente nunca más les volveré a ver después del concierto de este fin de semana en Valencia. Buena prueba de ello es que en la web oficial del grupo se habla de los conciertos de Sevilla y Valencia como «los dos últimos conciertos de la historia de Héroes del Silencio». No sé… Lo que sí es cierto es que, aunque no haya nada para siempre, como dice la canción «aún nos quedan cosas por hacer, si no das un paso te estancas. Aún nos quedan cosas por decir».
Siempre Héroes.

Y es que once años es mucho, aunque la canción diga que veinte no son nada. Once años es todo un universo, un mar que no cesa cuando lo que se ha sembrado a lo largo de ellos no son más que esperas baldías y casi constantes rumores infundados de retorno. Sin embargo, el sábado Héroes se congració con su público, con nosotros, de la forma en que mejor sabe hacerlo: sobre el escenario, presentando un concierto que jamás se olvidará en la capital del Guadalquivir, ni en el resto de España. Prueba de ello es que en el Olímpico a los sevillanos, no solo nos unimos gentes venidas de todos los rincones de España (el resto de Andalucía, Aragón, Madrid, Baleares, Cataluña, Extremadura, Canarias,…) sino que, además, se mezclaron asistentes de varias nacionalidades: españoles, mexicanos, ingleses, portugueses, argentinos, y un largo etcétera que demuestra que los Héroes siguen uniendo a todas las personas.
El concierto comenzó con una puntualidad atípica en este tipo de espectáculos, pero que indudablemente se agradece, dados los retrasos innecesarios que suelen caracterizar a estos recitales. El diseño del escenario fue, lisa y llanamente, espectacular: un juego de varias pantallas proyectaban cientos de imágenes, mientras que las tablas estaban dispuestas de forma que se presentaban dos zonas de concierto.
De repente, ahí estaban ellos: los cuatro, otra vez juntos. Ya no estaba Alan con ellos, es cierto; en su lugar venía ahora, como quinto héroe, Gonzalo que, aunque intente negarlo, en el momento que se le veía manejar las cuerdas de su guitarra resultaba incuestionable que por sus venas corre sangre Valdivia. Cuando ahora intento pararme a pensar, me parece increíble haber podido escuchar de nuevo el magistral dominio de la batería que solo el ingenioso Pedro Andreu sabe dar a la percusión; estremece sentir de nuevo la guitarra del insigne Juan Valdivia, que aunque parece mostrarse algo más desmejorado que hace doce años, aún sigue dando ese toque tan genuino y característico al instrumento de cuerdas; me emociona ver ese toque tan exclusivo y personal que solo Joaquín Cardiel, en mi opinión el mejor bajista español, sabe dar al bajo, sello distintivo incuestionable y, a mi entender, el instrumento clave, pues produce sonidos armónicos en consonancia con la música del grupo y, al mismo tiempo, da un efecto rítmico al que no puede llegar la guitarra. Y, ¿por qué no decirlo?, a pesar de haber sido el excéntrico caprichoso, culpable de que hayamos tenido que esperar hasta once años para volver a ver a Héroes en el escenario, ha sido un placer poder volver a oír cantar a Bunbury temas tan nuestros como “Entre dos tierras”, “La Carta”, o “Iberia Sumergida”.
El concierto fue espectacular: además de todos los grandes éxitos de Héroes (de entre los que yo solo eché en falta la “Decadencia” y el “Parasiempre”), Héroes nos sorprendieron con canciones que antaño no solían cantar habitualmente en conciertos, como el “Despertar”, “Bendecida”, “Tumbas de Sal” o la hermosísima pieza de “El mar no cesa”.
En este entorno, no pude evitar mirar atrás, rebobinar hacia 1996. Por entonces yo era un chaval mucho más joven que ahora, que pensaba empezar a afeitarse, y que para mostrar sus ansias de comerse el mundo, cantaba permanentemente la canción de Deshacer el mundo. Tenía dos colgantes con el logo de los Héroes; colgantes que con el tiempo regalaría a dos de mis futuras parejas como muestra de que para mi eran especiales (ellas y los Héroes).
Mirando atrás, cuando les vi en el escenario, me acordé de una anécdota: hacia el año 96 yo acababa de instalar en mi ordenador el Windows 95 y en ese entonces nuevo sistema operativo aparecía, entre otras muchas cosas, algo que resultaba totalmente innovador y que hoy es algo habitual: los fondos de pantalla. Recuerdo que entre la revista de las Líneas del Kaos encontré una foto en la que aparecía Joaquín Cardiel, el bajo de Héroes, junto a un músico de otro grupo y, posando para la foto, le agarraba de su hombro opuesto, mirando ambos al frente. Después de escanearla, no sabría decir cuántas horas pasé retocando aquella foto, dados los medios entonces disponibles y mis escasos conocimientos en aquel tiempo, hasta que suplí al otro guitarrista en la imagen y ser yo el que aparecía junto al bajista de Héroes. Dentro de toda banda de rock, el bajo siempre ha sido el instrumento al que yo más culto he rendido: es lógico pensar, que deseara tener una foto con el bajista de mi grupo favorito y que nunca conseguí, por más que lo intenté, hacerme en vida. Aquella foto, no sé si a consecuencia de los virus o del cambio de ordenador, acabó desapareciendo y hoy, por desgracia, no la conservo.
Héroes fueron parte de mi adolescencia: mi habitación estaba plagada de posters, pañoletas, camisetas y gorras de ellos. ¡Incluso tenía una bandera en la que salían los componentes a tamaño real! Al verles el otro día juntos de nuevo, sentí como mi pasado renacía, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas, y es que, en el fondo, «soy un ave rapaz, mirad mis alas».
Al salir del concierto, muchos se preguntaban qué pasará con Héroes ahora… Yo, en este sentido, soy bastante escéptico y creo que desgraciadamente nunca más les volveré a ver después del concierto de este fin de semana en Valencia. Buena prueba de ello es que en la web oficial del grupo se habla de los conciertos de Sevilla y Valencia como «los dos últimos conciertos de la historia de Héroes del Silencio». No sé… Lo que sí es cierto es que, aunque no haya nada para siempre, como dice la canción «aún nos quedan cosas por hacer, si no das un paso te estancas. Aún nos quedan cosas por decir».
Siempre Héroes.
Mirando atrás... Me cuesta tanto olvidarte
Yo tenía once años y ella se llamaba Raquel. Era rubia y medía no sé cuánto, por lo menos quince centímetros más que yo. Llevaba un mes esperándola todas las tardes a la salida de su colegio. Salva y Manolo, mis mejores amigos, me acompañaban y aprovechaban para levantarle la falda a alguna chica, pero yo no estaba para tonterías de niños y así se lo dije a mis amigos. Resultado: nunca volvieron. Mi imagen, yo solo frente a un colegio de monjas, debía de ser bastante ridícula, pero no me importaba: estaba enamorado y no cesaría hasta conseguirla. Unas semanas después, con un valor y un arrojo que yo no sabía que tuviera, le dije a una de sus amigas: "estoy por Raquel".
No sé qué pasó, pero al día siguiente Raquel salió sola del colegio, se acercó hacia mí y me preguntó si la acompañaba a casa. No era el siete de septiembre, pero casi. Esa tarde me dio un beso en la mejilla porque me decía que en la boca tenía que ser más adelante. Fuimos novios casi un mes, y aunque el beso en los labios nunca llegó, era el hombre más feliz y más bajito del mundo.
Pero una tarde, a mi lado, frente a su colegio, había un chico igual de solo que yo, un chico altísimo, casi tanto como ella, y que además fumaba. Raquel ni me saludó cuando pasó a mi lado. Le cogió de la mano y se fueron andando tan felices. A los quince o veinte metros se detuvieron y se dieron un beso en la boca.
Una semana después a mí me pusieron gafas y Mecano publicó "Entre el cielo y el suelo". Escuché "Me cuesta tanto olvidarte" trescientas setenta veces seguidas, y aunque no entendía qué quería decir "cuadro de bifrontismo que sólo da una faz", se convirtió en mi canción durante mucho tiempo. Una tarde me encontré con Raquel frente a frente por la calle. Se paró a mi lado y me soltó: "estás muy feo con gafas, pero si quieres podemos ser amigos". ¿Amigos? Ay, Raquel, lo que me hiciste sufrir. Afortunadamente, todo pasa, y unos años más tarde y un poco más alto, pude compartir con Carla, con besos en la boca y llenos de felicidad, "La fuerza del destino", y después, poco antes de hacer la selectividad, me peleaba y hacía las paces todas las tardes con Olga mientras oíamos "Una rosa es una rosa". Aún hoy, cuando me aproximo inexorablemente a los treinta, me descubro canturreando "Vivimos siempre juntos" pensando en otra cuyo nombre no quiero decir.
Mecano ha estado presente en toda mi vida. Ha estado presente en la vida de todos, convirtiéndose en la banda sonora de toda una década, los años ochenta, en los que pasaron tantas y tantas cosas. Ahora es el momento de recordar aquellos días en los que las chicas te dejaban porque eras bajito y te ponían gafas, pero también cuando tú fuiste al fin el chico alto que fumaba y que se besaba con las chicas por la calle.
Antesdeayer, en casa de mi padre, escuché que desde la habitación de mi hermana Elena, que tiene diez años, salía una y otra vez "Me cuesta tanto olvidarte". Me di cuenta en ese instante: Elena se ha enamorado por primera vez.
David Serrano
No sé qué pasó, pero al día siguiente Raquel salió sola del colegio, se acercó hacia mí y me preguntó si la acompañaba a casa. No era el siete de septiembre, pero casi. Esa tarde me dio un beso en la mejilla porque me decía que en la boca tenía que ser más adelante. Fuimos novios casi un mes, y aunque el beso en los labios nunca llegó, era el hombre más feliz y más bajito del mundo.
Pero una tarde, a mi lado, frente a su colegio, había un chico igual de solo que yo, un chico altísimo, casi tanto como ella, y que además fumaba. Raquel ni me saludó cuando pasó a mi lado. Le cogió de la mano y se fueron andando tan felices. A los quince o veinte metros se detuvieron y se dieron un beso en la boca.
Una semana después a mí me pusieron gafas y Mecano publicó "Entre el cielo y el suelo". Escuché "Me cuesta tanto olvidarte" trescientas setenta veces seguidas, y aunque no entendía qué quería decir "cuadro de bifrontismo que sólo da una faz", se convirtió en mi canción durante mucho tiempo. Una tarde me encontré con Raquel frente a frente por la calle. Se paró a mi lado y me soltó: "estás muy feo con gafas, pero si quieres podemos ser amigos". ¿Amigos? Ay, Raquel, lo que me hiciste sufrir. Afortunadamente, todo pasa, y unos años más tarde y un poco más alto, pude compartir con Carla, con besos en la boca y llenos de felicidad, "La fuerza del destino", y después, poco antes de hacer la selectividad, me peleaba y hacía las paces todas las tardes con Olga mientras oíamos "Una rosa es una rosa". Aún hoy, cuando me aproximo inexorablemente a los treinta, me descubro canturreando "Vivimos siempre juntos" pensando en otra cuyo nombre no quiero decir.
Mecano ha estado presente en toda mi vida. Ha estado presente en la vida de todos, convirtiéndose en la banda sonora de toda una década, los años ochenta, en los que pasaron tantas y tantas cosas. Ahora es el momento de recordar aquellos días en los que las chicas te dejaban porque eras bajito y te ponían gafas, pero también cuando tú fuiste al fin el chico alto que fumaba y que se besaba con las chicas por la calle.
Antesdeayer, en casa de mi padre, escuché que desde la habitación de mi hermana Elena, que tiene diez años, salía una y otra vez "Me cuesta tanto olvidarte". Me di cuenta en ese instante: Elena se ha enamorado por primera vez.
David Serrano





