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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
Dibujándote...
A ti...

—A ver… Dobla un poco más el brazo, poniendo la mano hacia ti… Perfecto… ¡Muy bien! Relájate… ¿Estás cómoda?
—Sí.
—Bien. Pues, a partir de ahora, viene lo más importante: intenta no moverte…

Seguidamente, empecé a dibujar…

Allí estaba ella, desnuda, frente a mí. Medio tumbada, recostada plácidamente, semidistendida sobre un lujoso lecho, en una postura atrevida y audaz; como audaz era la expresión de su rostro y su actitud corporal, que parecía sonreír satisfecha y gozosa con las gracias que engalanaban su bello cuerpo: en silencio me miraba, de forma directa y provocativa, esbozando una leve sonrisa; las facciones del rostro estaban perfectamente acompasadas, exhibiendo una mirada dulce, cómplice y decidida.

Las líneas que contorneaban su figura eran ahora mi presa a cazar, mi objetivo a alcanzar: las carnaduras de su cuerpo, que se mostraban suaves, pidiendo caricias a voces, contrastaban con las sábanas arrugadas y los cojines que la rodeaban, resaltando la atmósfera de íntima sensualidad que invadía aquella instancia.

No había nadie más en aquel sitio, pero si lo hubiera, desapercibido hubiese pasado para mi mente, que solo procesaba lo que estaba mirando: mis ojos no dejaban de deslizarse por su cuerpo, observándolo, en parte con disimulo, en parte con fascinación.



Miraba y miraba, sin cansarme. Observaba con absoluto detenimiento mientras recordaba los versos de Neruda, cuando le cantaba a una mujer desnuda:

Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.

Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

Entonces, comenzó mi trabajo, haciendo el tremendo esfuerzo de intentar extrapolar lo que estaba viendo; tratando de reducir aquellos contornos, acaso mágicos, a un trozo de papel; pretendiendo recoger tanta hermosura en un insignificante pliego;… ¡Ardua tarea! Sé que se puede pensar que era fácil, pues desechada estaba la idea obsesiva de alcanzar la perfección que acompaña a toda obra de arte: tan solo tenía que mirarla a ella para darme cuenta de que ella sintetizaba la perfección. Tan solo tenía que mirarla y dibujarla tal y como la veía… Pero era difícil captar cuanto estaba viendo…

Tomé uno de mis lápices, y con él fui señalando sobre el papel algunos puntos de referencia: cuello, hombros, codos, pechos, cadera, rodillas y mentón. Cada punto, venía precedido de una mirada absorbente, con la que mis ojos intentaban cazar la fracción de su silueta que quería plasmar, trasladándola a mi mano derecha y de ella al papel. Marcados los puntos, había que unirlos para ir esbozando la efigie, siempre de acuerdo con los contornos de su cuerpo: empecé por el pubis, que más o menos se ubicaba en el centro del dibujo. Aquel triángulo invertido, donde convergían sus dos muslos, ligeramente poblado de bello, era voluptuoso: un auténtico monte de amor. Con ganas hubiera ido recogiendo fielmente en el papel cada uno de los pelos que poblaban tan delicado acolchado, mas tenía que seguir dibujando. Una vez contorneado el triángulo púbico, prolongué su vértice inferior, captando la recta de encuentro de sus muslos. Muslos exquisitos, dulces, tersos, cándidos y entrañables, como dos pilares de fino alabastro… Sin duda, los muslos eran la parte más hermosa de su cuerpo. Contorneé un muslo y luego otro, a cada cual más bello. Continué con el vientre, cuyos laterales arqueaban simétricamente entre pliegues ondulados que formaban, fruto de la postura, cascadas celestiales que dividían el abdomen en pálidas regiones; contorneando el vientre desemboqué, en lo alto, en sus senos: níveas colinas paralelas de vigor y plenitud, henchidas por la luz de la vida. Pasé entonces a recoger su rostro: su cabello largo y desordenado, bruno y lleno de vida; sus párpados de fino hilo, que encierran en sus ojos dos interesantes abismos de transparencia; su nariz afilada y suave, sus labios carnosos y refinados, sonrientes y tersos; su mentón afinado, sus mejillas sedosas, sus cejas oscuras y sus orejas semiovaladas. Para acabar, ya solo me quedaba recoger sus brazos con sus respectivas manos, transmisoras de una ternura curiosa e infinita, así como la parte baja de sus piernas, rematadas por sus pies arqueados y finos, simétricos y claros.

Durante todo este tiempo, yo permanecí en silencio, consciente de que ella seguía con la mirada todos y cada uno de mis movimientos. Se alternaba el sonido de mi lápiz recorriendo el papel, con el ciclo que iban describiendo mis ojos, al ir de su cuerpo a la hoja y de nuevo a su cuerpo. Trazado a trazado, mirada a mirada, el dibujo fue tomando forma, hasta que pudo empezar a reconocerse su estampa brotando del papel. Posteriormente, aquellas finas líneas trazadas a lápiz se fueron enmascarando con la traza más gruesa de otro lápiz más orondo, conformando líneas algo más oscuras, algunas de las cuales fueron dibujadas varias veces sobre sí mismas para conseguir que resaltaran. Cuando ya, por fin, estaban marcados los principales contornos, con la ayuda de una pulcra goma de borrar, hice desaparecer varios trazos de lápiz que me habían servido de referencia... Empezaba entonces la tarea más compleja: el remate final; transformar aquel contorno bidimensional en una figura tridimensional, tan llena de vida como la hermosa mujer que mis ojos no se cansaban de mirar; poco a poco, se fue consiguiendo que aquellas finas líneas negras, acumuladas unas con otras, fueran arrancando luces y sombras al dibujo, llegando a parecerme en algunos momentos que la imagen cobraba vida.

No sabría decir el tiempo que duró el trazado de aquel boceto: poco para mi, pues el tiempo se me pasó volando, y, no voy a negarlo, me hubiera gustado pasar más rato contemplándola; demasiado para ella, pues eternos debieron ser los minutos, por no decir horas, en los que posó pacientemente, sin perder en ningún momento la postura, ni tampoco esa sonrisa traviesa y algo mágica, que pendía de su rostro por insuflo divino.

Al acabar, se lo hice saber, para que descansara, y le mostré el dibujo que, según parece, le gustó…

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Y así quedó el dibujo: cuando días después yo lo miraba y pensaba en ella, me recordaba a una diosa, me recordaba a Venus… Pero era una diosa diferente, no era etérea ni evanescente… Durante todo momento pareció tangible, a pesar de que yo nunca llegué a tocarla: parecía mostrarse consciente y orgullosa de su belleza y de su desnudez; en ningún momento aprecié elemento alguno que provocara la sensación de un distanciamiento divino por su parte.

El dibujo, no porque lo hiciera yo (sería una modestia inapropiada) sino por la imagen que recoge, es maravilloso, magnífico, hermoso, sublime y bello… ¡pero insuficiente! La auténtica obra maestra era ella misma… Después de ella, poco queda ya que plasmar… Si acaso algún día ella se vistiera de ausencia y de olvido, siempre recordaré que un día me dio la oportunidad de dibujarla desnuda.