Carta de amor a Toledo
Os dejo aquí, como regalo de Navidad, una carta de amor escrita a la que, en mi modesta opinión, es la ciudad más bonita de España: ¡Disfrutadla!... El trasfondo de esta carta le veréis al final:
Toledo, amada: hoy te escribo a ti, desde la distancia, esta pobre carta de amor, fruto de la nostalgia de sentirte tan lejos y a la vez tan dentro de mi; te escribo en el imposible afán de intentar reflejar en palabras cuantos sentimientos me evocas, cuantas emociones me inspiras, cuantas lágrimas de añoranza brotan cada vez que cierro los ojos y recuerdo tu estampa… Y es que, Toledo, si hermosa eres contemplada, tanto más hermosa eres recordada, porque al recordarte te tornas adecuada a la reminiscencia, ajena al tiempo, que, como en una visión inmutable, para ti no parece pasar; tú, y solo tú, trasciendes al devenir de los siglos, porque tienes poder para ello.
Dicen, los que te conocen, que pasear por tus calles es como viajar en una máquina del tiempo, que nunca antes de visitarte se puede haber recibido tan magistral lección sobre la historia española, pues solo tú ofreces el resumen más completo y sugestivo de nuestro pasado. Cuando el viajero atraviesa la Visagra o la Cambrón, olvida el moderno medio de transporte que hasta ti le ha traído. En ti se respira la atmósfera brusca de la España visigótica, en ti se conservan aromas exóticos de los cuatro siglos de dominación musulmana en el corazón de la Península, en ti se observa la nobleza que te da haber sido residencia de casi todos los reyes castellanos durante la larga Reconquista.

Los Reyes Católicos te urbanizaron y te engrandecieron, sin robarte tu herencia histórica: la traza laberíntica de la ciudad musulmana que nunca pudo ser superada, a pesar de las posteriores racionalizaciones viarias, con sus ampliaciones, conexiones y rectificaciones. Eres desdeñada por los modernos urbanistas, desconocedores de que en tus entrañas se fraguaba una de tus características más importantes: la existencia de ciertos espacios interiores inmensos y rectilíneos, como los de la catedral, rodeados, a su vez, de callejas estrechas y tortuosas, aún hoy domésticas; angostillos que, a modo de trama continua, unen y rodean los abundantes edificios históricos y religiosos que predominan sobre la trama urbana, creando una perspectiva sin igual.
Tú eres más que una ciudad: eres Ciudad Imperial; eres la capital del sueño imperial de Carlos V, basado en un proyecto de monarquía universal, inspirado en sus lecturas dantescas y edificado sobre un orbe cristiano en paz. Felipe II te quitó la capitalidad del Reino, pero tu grandeza era tan inherente a la del Imperio que, al ir perdiendo tú protagonismo, empezó a ponerse el sol en los dominios filipinos: al tú empezar a decaer, empezó a decaer la Historia de España.
Dicen, los que te desprecian, que presentas el aspecto de un pueblo muerto, que solo ofreces ruinas de ciudad incapaces de renacer, de germinar a una nueva vida, de fecundar una ciudad moderna; que eres ciudad medieval de la que solo queda la evocación de los recuerdos y tus duras cuestas… Observa: nadie, hasta quien no te quiere, se atreve a negar tu portentoso poder evocador… ¡Y tus duras cuestas! Cierto es que el hombre se ha ido acomodando a las grandes llanuras, pero jamás hubo caminante que, a pesar de tus empinadas calles, no hallara descanso al alcanzarte. Quien te desprecia es porque no te conoce con profundidad: en tus callejuelas se siente la nostalgia del pasado; se experimenta el amor hacia lo antiguo trepando por tus vericuetos, escalando con la mirada tus murallas, ásperas y fatigosas a simple vista, pero llenas de recuerdos, habitadas por sombras insignes. Quizá, Toledo, seas antigua: cierto; pero uno, al perderse en tus arterias, se siente renacer, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas.
Recuerdo de mi niñez algo más de ti que la perspectiva desde el puente de Alcántara, ensueño de artistas de toda condición: arriba, el Alcázar, dispuesto en lo alto, cual nido de halcones en la cima de una montaña inaccesible; a la izquierda, las ruinas del Castillo de San Servando; a la derecha, algo más alejado, en la pendiente que desciende hacia la Vega, el arrabal de Santiago, donde las torres de la Puerta de Visagra forman, junto con los viejos sillares de la muralla, el más ameno complejo; enfrente, una indefinida aglomeración de edificios antiquísimos y otros no tanto, edificados unos sobre otros en la pendiente del risco; y, abajo del todo, el río Tajo. Yo entraba a ti por Alcántara cuando venía de jugar al balón con otros niños en los alrededores de la ciudad; allí, fuera de ti, el paisaje es sombrío, monótono y desértico; paraíso de ermitaños y de espíritus soñolientos; erial hosco en nada afín a los trigales que invaden la llanura manchega por donde el espíritu de don Quijote sigue cabalgando, intranquilizando conciencias dormidas, a la búsqueda del último molino.
Recuerdo, como digo, algo más de ti: recuerdo cómo sentía sobre tus piedras y bajo tus arcos, acaso inmemoriales, el paso del tiempo: los siglos parecían fluir con la misma armonía que bajo las faldas de tus laderas fluyen las aguas del Tajo; nuestra Historia ha caminado por tus plazas, como la procesión del Corpus, siguiendo el compás del tañido de las campanas de tu catedral; la muerte y el sueño eterno deambulaban aunados por tus patios escondidos y por tus tortuosas calles, encontrándose a su paso restos de toda naturaleza y condición: mozárabes, góticos, renacentistas... Y, sin embargo, preservas bajo llave crónicas, crímenes, sudarios y romances. Una vida de varios cientos de años parece ocultarse bajo el pincel del artista que te dibuja o bajo el cincel de quien trabaja tu característica artesanía. Cuando me paraba en Zocodover, antaño zoco moruno de ganado en el que se hablaron todas las lenguas europeas, y contemplaba cómo desde allí se abrían paso tus múltiples callejuelas y callejones, sentía la insignificancia del hombre ante el paso del tiempo; cuando admiraba la majestuosa y gótica catedral, con su esbelta torre abriéndose paso hacia el cielo, tomaba conciencia de que la Historia es un largo camino en el que yo no puedo abarcar más que unos insignificantes segundos.

¡Tú, ciudad fortificada en el corazón de la meseta castellana, desde tiempo inmemorial te asientas sobre colinas que coronan una península rocosa sobre la que te asientas! Eres anciana, pero te muestras joven y robusta. Quisiera abrazarte, como el Tajo abraza ese enclave sobre el que te eriges en su margen derecha, formando esa hoz dorada que te bordea y que antaño fue foso natural tan colaborador en tu defensa. El río te abraza y te protege cual fortaleza medieval; el mismo río cuyas aguas bañaban el acero con que se forjaban tus célebres espadas, empuñadas por los brazos más terribles del planeta. ¡Oh, el Tajo! Portador de agua, que, como el tiempo, pasa y no vuelve; hercúlea corriente fluvial que no deja de discurrir entre peñascos, cuya sinuosidad produce ecos sombríos, agitando a su paso restos de puentes antiguos y fragmentos de murallas. Su fuerza es estridente e iracunda; las aguas se ven teñidas por la tierra que ha ido arrastrando en su curso, tomando en algunos momentos cierto color sangriento que parece acrecentar su arrebato. Nada a su paso resiste, solo tú, Toledo, que, en cambio, consigues con tu poder ser abrazada y protegida por el río.
Quisiera, Toledo, abrazarte como tú abrazas, porque, a pesar de tus murallas, eres acogedora: has sido y eres abierta; eres la ciudad de las tres culturas. Solo en tu corazón podían convivir durante siglos pueblos tan opuestos como los cristianos, los árabes y los judíos. Todos te amaron y todos en ti dejaron su huella. Ahí radica tu riqueza monumental; así se explica el legado artístico y cultural que tan presumidamente escondes tras tus murallas: iglesias, palacios, fortalezas, mezquitas y sinagogas se entremezclan en tus calles.
Podría decirte que estás cargada de monumentos, pero estaría faltando a la verdad porque no hay más monumento que tú: tú eres el verdadero monumento. Todas las antiguas construcciones que se mezclan en tus laberínticas calles (el Alcázar, la Catedral, tus palacios, tus iglesias, tus conventos, tus monasterios, tus puentes que cruzan las aguas del Tajo,…), todas ellas se hermanan armónicamente para hacer de ti un auténtico panteón inigualable, un verdadero museo al aire libre; una prodigiosa obra de fábrica, de extraordinaria belleza y solidez más que probada tras los embates de tantos siglos.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a aquel visionario llegado de oriente para el que la idea era la realidad suprema; fuiste la patria adoptiva de Dominico Greco y él, que tanto te amaba, no solo dejó en ti lo mejor de su arte, sino que además acabó convirtiéndote en su telón de fondo preferido.
Gracias al amor que hacia ti profesaba, hoy podemos contemplar sus cuadros, protagonizados por figuras graves, sombrías, enérgicas y alargadas cual cirios de cera, en muchos de tus museos y templos; cirios de cera que alumbran en el interior de las lóbregas capillas toledanas, dejando en mi, espectador, una visión calenturienta y sepulcral que se asemeja a la evocación del paso del tiempo que Toledo me inspira. Las manos del Greco son manos sobrias, son manos expresivas, son manos espirituales, son manos que hablan y evocan. Un halo de misterio parece envolver al espectador cuando se encuentra, frente a frente, ante una de sus pinturas, almacenadas en tus entrañas.

Tú, Toledo, para El Greco eras más que una ciudad: eras la materialización de una visión que él hizo volver numerosas veces en sus cuadros, con tu silueta recamada de almenas y de torres recortándose contra el cielo. Tu estampa fue deformada, transformada y reinventada sin cesar por aquel maestro del manierismo. Gracias a él, hoy podemos verte a ti, Toledo, bajo un cielo marchito surcado de nubes salpicadas por una luz de plata o, al fondo, tras la siempre dolorosa imagen de Cristo crucificado; podemos verte tras las patas del hermoso caballo blanco de San Martín, mientras éste comparte su capa con un pobre; podemos verte, tras las mitras, a los pies de San Bernardino de Siena en su paseo o a los pies de San José, que guía los pasos del niño Jesús, escoltado por un torbellino de ángeles; podemos verte, ocupando un horizonte de tonos calientes con tus construcciones, entre los blancos azulinos del cielo y la palidez de las figuras de Laocoonte y sus hijos entre los anillos de las serpientes… No cabe duda, para Dominico Greco eras más que una ciudad, más que un lugar de residencia donde establecer su hogar… Tanto te quería que no solo te inmortalizó en varios cuadros, sino que en uno de ellos, además, te representó al detalle en un plano que está sujeto por lo que él más quería: su único hijo, Jorge Manuel, toledano de nacimiento.

Es lógico que de ti Dominico se enamorara porque, culturalmente, eres también más que una ciudad; eres la lugar donde santa Teresa empezó a escribir Las Moradas, eres el rincón donde Cervantes compuso su Viaje del Parnaso, Lope de Vega su Laurel de Apolo,… Toledo es más que la capital de la vieja Castilla: es una ciudad de cultura, arte y misticismo; almacén de las letras y teatro en el que brillaron con luz propia todos las suntuosidades de nuestro renacimiento; residencia de los más fastuosos aristócratas del siglo de oro, de pícaros, de doctores pedantes, de rufianes desalmados y de otras tantas figuras magistralmente dibujadas por Tirso de Molina.
Toledo, siempre cargada de amor y de recuerdos, siempre evocando lo irreal y lo extraordinario; sé que me estás esperando con los brazos abiertos, como entonces esperabas a aquel romántico sevillano, infatigable buscador de lo maravilloso y lo fantástico. Tus antiguas piedras esperaban una varita mágica que les diera una nueva vida en la España decimonónica, y aquella vara solo la podía manejar Gustavo Adolfo Bécquer. Así le embriagaste nada más encontrarte: para él eras excesiva e ingente, eras un empacho de belleza, eras mora cautivadora de mil hermosos senos. Desde que respiró el aire que corretea por tus calles, te convertiste en un lugar de amor y peregrinación para él.
A ti volvería el poeta sevillano huyendo de su dolor amoroso y de las revueltas de la siempre cercana capital; a ti, que le encandilabas por tus retorcidas y estrechas callejuelas, por tus monumentos cargados de historia y por tu atmósfera impregnada de encanto; a ti te rendiría Bécquer tributo en numerosos artículos y en varias de sus leyendas, repletas de color local y atmósfera sobrenatural, donde se atisba el trasfondo amoroso por lo desconocido y lo extraordinario. ¡No podía ser de otra manera! Un nostálgico evocador de antiguos aromas medievales, en tus calles, ámbito inmejorablemente perfecto para deambulaciones, encontró el lugar idóneo para pasar largas horas reflexionando, siempre a la búsqueda de tintineo de espuelas y diálogo de espadas.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a Valle-Inclán, que vio en ti ejemplificado su quietismo estético, basado en desposeer, a través del recuerdo, de la condición temporal a cualquier cosa; enamoraste a un gallego que adoraba tu poder de evocación, que se sentía embelesado por tu poder místico, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Valle, al igual que yo, sintió ante tus monumentos el paso de la muerte y la densidad de los siglos, apreciando en ti una atmósfera narcótica.
Por ser tan hermosa, por ser tan legendaria, por ser pieza clave de la Historia de España, por ser la capital imperial de Carlos I, por ser la ciudad que adoptó al Greco, por ser siempre foco de cultura, por ser punto de encuentro de civilizaciones, por ser evocadora de sensaciones maravillosas, por ser un tesoro monumental salvaguardado por portentosas murallas,… Por ser distinta, ¡te quiero, Toledo!
El Cigarral de las Mercedes convocó en septiembre el I Certamen Internacional de Cartas de Amor a Toledo al que, bajo las bases requeridas, se presentó la que aquí he puesto. De entre todas las concurrentes, el jurado debía seleccionar diez, pero desgraciadamente ésta no pasó el corte... Sea como fuere, algo apenado, aquí os la dejo, para que vosotros la valoreis críticamente. Saludos a todos y Felices Fiestas
Toledo, amada: hoy te escribo a ti, desde la distancia, esta pobre carta de amor, fruto de la nostalgia de sentirte tan lejos y a la vez tan dentro de mi; te escribo en el imposible afán de intentar reflejar en palabras cuantos sentimientos me evocas, cuantas emociones me inspiras, cuantas lágrimas de añoranza brotan cada vez que cierro los ojos y recuerdo tu estampa… Y es que, Toledo, si hermosa eres contemplada, tanto más hermosa eres recordada, porque al recordarte te tornas adecuada a la reminiscencia, ajena al tiempo, que, como en una visión inmutable, para ti no parece pasar; tú, y solo tú, trasciendes al devenir de los siglos, porque tienes poder para ello.
Dicen, los que te conocen, que pasear por tus calles es como viajar en una máquina del tiempo, que nunca antes de visitarte se puede haber recibido tan magistral lección sobre la historia española, pues solo tú ofreces el resumen más completo y sugestivo de nuestro pasado. Cuando el viajero atraviesa la Visagra o la Cambrón, olvida el moderno medio de transporte que hasta ti le ha traído. En ti se respira la atmósfera brusca de la España visigótica, en ti se conservan aromas exóticos de los cuatro siglos de dominación musulmana en el corazón de la Península, en ti se observa la nobleza que te da haber sido residencia de casi todos los reyes castellanos durante la larga Reconquista.

Los Reyes Católicos te urbanizaron y te engrandecieron, sin robarte tu herencia histórica: la traza laberíntica de la ciudad musulmana que nunca pudo ser superada, a pesar de las posteriores racionalizaciones viarias, con sus ampliaciones, conexiones y rectificaciones. Eres desdeñada por los modernos urbanistas, desconocedores de que en tus entrañas se fraguaba una de tus características más importantes: la existencia de ciertos espacios interiores inmensos y rectilíneos, como los de la catedral, rodeados, a su vez, de callejas estrechas y tortuosas, aún hoy domésticas; angostillos que, a modo de trama continua, unen y rodean los abundantes edificios históricos y religiosos que predominan sobre la trama urbana, creando una perspectiva sin igual.
Tú eres más que una ciudad: eres Ciudad Imperial; eres la capital del sueño imperial de Carlos V, basado en un proyecto de monarquía universal, inspirado en sus lecturas dantescas y edificado sobre un orbe cristiano en paz. Felipe II te quitó la capitalidad del Reino, pero tu grandeza era tan inherente a la del Imperio que, al ir perdiendo tú protagonismo, empezó a ponerse el sol en los dominios filipinos: al tú empezar a decaer, empezó a decaer la Historia de España.
Dicen, los que te desprecian, que presentas el aspecto de un pueblo muerto, que solo ofreces ruinas de ciudad incapaces de renacer, de germinar a una nueva vida, de fecundar una ciudad moderna; que eres ciudad medieval de la que solo queda la evocación de los recuerdos y tus duras cuestas… Observa: nadie, hasta quien no te quiere, se atreve a negar tu portentoso poder evocador… ¡Y tus duras cuestas! Cierto es que el hombre se ha ido acomodando a las grandes llanuras, pero jamás hubo caminante que, a pesar de tus empinadas calles, no hallara descanso al alcanzarte. Quien te desprecia es porque no te conoce con profundidad: en tus callejuelas se siente la nostalgia del pasado; se experimenta el amor hacia lo antiguo trepando por tus vericuetos, escalando con la mirada tus murallas, ásperas y fatigosas a simple vista, pero llenas de recuerdos, habitadas por sombras insignes. Quizá, Toledo, seas antigua: cierto; pero uno, al perderse en tus arterias, se siente renacer, como el Ave Fénix resurge de sus cenizas.
Recuerdo de mi niñez algo más de ti que la perspectiva desde el puente de Alcántara, ensueño de artistas de toda condición: arriba, el Alcázar, dispuesto en lo alto, cual nido de halcones en la cima de una montaña inaccesible; a la izquierda, las ruinas del Castillo de San Servando; a la derecha, algo más alejado, en la pendiente que desciende hacia la Vega, el arrabal de Santiago, donde las torres de la Puerta de Visagra forman, junto con los viejos sillares de la muralla, el más ameno complejo; enfrente, una indefinida aglomeración de edificios antiquísimos y otros no tanto, edificados unos sobre otros en la pendiente del risco; y, abajo del todo, el río Tajo. Yo entraba a ti por Alcántara cuando venía de jugar al balón con otros niños en los alrededores de la ciudad; allí, fuera de ti, el paisaje es sombrío, monótono y desértico; paraíso de ermitaños y de espíritus soñolientos; erial hosco en nada afín a los trigales que invaden la llanura manchega por donde el espíritu de don Quijote sigue cabalgando, intranquilizando conciencias dormidas, a la búsqueda del último molino.
Recuerdo, como digo, algo más de ti: recuerdo cómo sentía sobre tus piedras y bajo tus arcos, acaso inmemoriales, el paso del tiempo: los siglos parecían fluir con la misma armonía que bajo las faldas de tus laderas fluyen las aguas del Tajo; nuestra Historia ha caminado por tus plazas, como la procesión del Corpus, siguiendo el compás del tañido de las campanas de tu catedral; la muerte y el sueño eterno deambulaban aunados por tus patios escondidos y por tus tortuosas calles, encontrándose a su paso restos de toda naturaleza y condición: mozárabes, góticos, renacentistas... Y, sin embargo, preservas bajo llave crónicas, crímenes, sudarios y romances. Una vida de varios cientos de años parece ocultarse bajo el pincel del artista que te dibuja o bajo el cincel de quien trabaja tu característica artesanía. Cuando me paraba en Zocodover, antaño zoco moruno de ganado en el que se hablaron todas las lenguas europeas, y contemplaba cómo desde allí se abrían paso tus múltiples callejuelas y callejones, sentía la insignificancia del hombre ante el paso del tiempo; cuando admiraba la majestuosa y gótica catedral, con su esbelta torre abriéndose paso hacia el cielo, tomaba conciencia de que la Historia es un largo camino en el que yo no puedo abarcar más que unos insignificantes segundos.

¡Tú, ciudad fortificada en el corazón de la meseta castellana, desde tiempo inmemorial te asientas sobre colinas que coronan una península rocosa sobre la que te asientas! Eres anciana, pero te muestras joven y robusta. Quisiera abrazarte, como el Tajo abraza ese enclave sobre el que te eriges en su margen derecha, formando esa hoz dorada que te bordea y que antaño fue foso natural tan colaborador en tu defensa. El río te abraza y te protege cual fortaleza medieval; el mismo río cuyas aguas bañaban el acero con que se forjaban tus célebres espadas, empuñadas por los brazos más terribles del planeta. ¡Oh, el Tajo! Portador de agua, que, como el tiempo, pasa y no vuelve; hercúlea corriente fluvial que no deja de discurrir entre peñascos, cuya sinuosidad produce ecos sombríos, agitando a su paso restos de puentes antiguos y fragmentos de murallas. Su fuerza es estridente e iracunda; las aguas se ven teñidas por la tierra que ha ido arrastrando en su curso, tomando en algunos momentos cierto color sangriento que parece acrecentar su arrebato. Nada a su paso resiste, solo tú, Toledo, que, en cambio, consigues con tu poder ser abrazada y protegida por el río.
Quisiera, Toledo, abrazarte como tú abrazas, porque, a pesar de tus murallas, eres acogedora: has sido y eres abierta; eres la ciudad de las tres culturas. Solo en tu corazón podían convivir durante siglos pueblos tan opuestos como los cristianos, los árabes y los judíos. Todos te amaron y todos en ti dejaron su huella. Ahí radica tu riqueza monumental; así se explica el legado artístico y cultural que tan presumidamente escondes tras tus murallas: iglesias, palacios, fortalezas, mezquitas y sinagogas se entremezclan en tus calles.
Podría decirte que estás cargada de monumentos, pero estaría faltando a la verdad porque no hay más monumento que tú: tú eres el verdadero monumento. Todas las antiguas construcciones que se mezclan en tus laberínticas calles (el Alcázar, la Catedral, tus palacios, tus iglesias, tus conventos, tus monasterios, tus puentes que cruzan las aguas del Tajo,…), todas ellas se hermanan armónicamente para hacer de ti un auténtico panteón inigualable, un verdadero museo al aire libre; una prodigiosa obra de fábrica, de extraordinaria belleza y solidez más que probada tras los embates de tantos siglos.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a aquel visionario llegado de oriente para el que la idea era la realidad suprema; fuiste la patria adoptiva de Dominico Greco y él, que tanto te amaba, no solo dejó en ti lo mejor de su arte, sino que además acabó convirtiéndote en su telón de fondo preferido.
Gracias al amor que hacia ti profesaba, hoy podemos contemplar sus cuadros, protagonizados por figuras graves, sombrías, enérgicas y alargadas cual cirios de cera, en muchos de tus museos y templos; cirios de cera que alumbran en el interior de las lóbregas capillas toledanas, dejando en mi, espectador, una visión calenturienta y sepulcral que se asemeja a la evocación del paso del tiempo que Toledo me inspira. Las manos del Greco son manos sobrias, son manos expresivas, son manos espirituales, son manos que hablan y evocan. Un halo de misterio parece envolver al espectador cuando se encuentra, frente a frente, ante una de sus pinturas, almacenadas en tus entrañas.

Tú, Toledo, para El Greco eras más que una ciudad: eras la materialización de una visión que él hizo volver numerosas veces en sus cuadros, con tu silueta recamada de almenas y de torres recortándose contra el cielo. Tu estampa fue deformada, transformada y reinventada sin cesar por aquel maestro del manierismo. Gracias a él, hoy podemos verte a ti, Toledo, bajo un cielo marchito surcado de nubes salpicadas por una luz de plata o, al fondo, tras la siempre dolorosa imagen de Cristo crucificado; podemos verte tras las patas del hermoso caballo blanco de San Martín, mientras éste comparte su capa con un pobre; podemos verte, tras las mitras, a los pies de San Bernardino de Siena en su paseo o a los pies de San José, que guía los pasos del niño Jesús, escoltado por un torbellino de ángeles; podemos verte, ocupando un horizonte de tonos calientes con tus construcciones, entre los blancos azulinos del cielo y la palidez de las figuras de Laocoonte y sus hijos entre los anillos de las serpientes… No cabe duda, para Dominico Greco eras más que una ciudad, más que un lugar de residencia donde establecer su hogar… Tanto te quería que no solo te inmortalizó en varios cuadros, sino que en uno de ellos, además, te representó al detalle en un plano que está sujeto por lo que él más quería: su único hijo, Jorge Manuel, toledano de nacimiento.

Es lógico que de ti Dominico se enamorara porque, culturalmente, eres también más que una ciudad; eres la lugar donde santa Teresa empezó a escribir Las Moradas, eres el rincón donde Cervantes compuso su Viaje del Parnaso, Lope de Vega su Laurel de Apolo,… Toledo es más que la capital de la vieja Castilla: es una ciudad de cultura, arte y misticismo; almacén de las letras y teatro en el que brillaron con luz propia todos las suntuosidades de nuestro renacimiento; residencia de los más fastuosos aristócratas del siglo de oro, de pícaros, de doctores pedantes, de rufianes desalmados y de otras tantas figuras magistralmente dibujadas por Tirso de Molina.
Toledo, siempre cargada de amor y de recuerdos, siempre evocando lo irreal y lo extraordinario; sé que me estás esperando con los brazos abiertos, como entonces esperabas a aquel romántico sevillano, infatigable buscador de lo maravilloso y lo fantástico. Tus antiguas piedras esperaban una varita mágica que les diera una nueva vida en la España decimonónica, y aquella vara solo la podía manejar Gustavo Adolfo Bécquer. Así le embriagaste nada más encontrarte: para él eras excesiva e ingente, eras un empacho de belleza, eras mora cautivadora de mil hermosos senos. Desde que respiró el aire que corretea por tus calles, te convertiste en un lugar de amor y peregrinación para él.
A ti volvería el poeta sevillano huyendo de su dolor amoroso y de las revueltas de la siempre cercana capital; a ti, que le encandilabas por tus retorcidas y estrechas callejuelas, por tus monumentos cargados de historia y por tu atmósfera impregnada de encanto; a ti te rendiría Bécquer tributo en numerosos artículos y en varias de sus leyendas, repletas de color local y atmósfera sobrenatural, donde se atisba el trasfondo amoroso por lo desconocido y lo extraordinario. ¡No podía ser de otra manera! Un nostálgico evocador de antiguos aromas medievales, en tus calles, ámbito inmejorablemente perfecto para deambulaciones, encontró el lugar idóneo para pasar largas horas reflexionando, siempre a la búsqueda de tintineo de espuelas y diálogo de espadas.
Toledo que me enamoras, como enamoraste a Valle-Inclán, que vio en ti ejemplificado su quietismo estético, basado en desposeer, a través del recuerdo, de la condición temporal a cualquier cosa; enamoraste a un gallego que adoraba tu poder de evocación, que se sentía embelesado por tu poder místico, crónica de viejas glorias, llena de fantasmas y anclada en el pasado. Valle, al igual que yo, sintió ante tus monumentos el paso de la muerte y la densidad de los siglos, apreciando en ti una atmósfera narcótica.
Por ser tan hermosa, por ser tan legendaria, por ser pieza clave de la Historia de España, por ser la capital imperial de Carlos I, por ser la ciudad que adoptó al Greco, por ser siempre foco de cultura, por ser punto de encuentro de civilizaciones, por ser evocadora de sensaciones maravillosas, por ser un tesoro monumental salvaguardado por portentosas murallas,… Por ser distinta, ¡te quiero, Toledo!
El Cigarral de las Mercedes convocó en septiembre el I Certamen Internacional de Cartas de Amor a Toledo al que, bajo las bases requeridas, se presentó la que aquí he puesto. De entre todas las concurrentes, el jurado debía seleccionar diez, pero desgraciadamente ésta no pasó el corte... Sea como fuere, algo apenado, aquí os la dejo, para que vosotros la valoreis críticamente. Saludos a todos y Felices Fiestas
La carta del Indio Salvaje
Esta carta fue dirigida por el Jefe indio Seattle, Gran Jefe de los Duwamish, a Franklin Pierce, decimocuarto presidente de los Estados Unidos de América.
La carta era en realidad un discurso que pronunció ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington en 1855. Su contenido no se haría público hasta 1887, es decir, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que, si no accediéramos a él, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña: ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo; la hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles o los pardos insectos son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo o el águila majestuosa son nuestros hermanos, como las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces; además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. ¡El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre!
Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y que, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser: lo mismo le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemigo: cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por lo alto de la pradera; entonces, todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad; todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra; si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos...
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: Nuestro dios es el mismo que el vuestro, Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia. Si ensuciais vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja; ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?... Desapareció.
¿Dónde está el águila ?... Desapareció.
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

La carta era en realidad un discurso que pronunció ante Isaac Stephens, Gobernador del Territorio de Washington en 1855. Su contenido no se haría público hasta 1887, es decir, treinta y dos años después.
El gran Jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras, junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle, porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad.
Queremos considerar el ofrecimiento, porque también sabemos de sobra que, si no accediéramos a él, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.
¿Pero cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña: ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros, ¿cómo podrían ser comprados?
Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo; la hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles o los pardos insectos son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas.
Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo o el águila majestuosa son nuestros hermanos, como las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre. Todos pertenecen a la misma familia.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos tendríais que recordar que son sagradas y así recordárselo a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces; además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuentan los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. ¡El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre!
Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos.
Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos, y que, por lo tanto, deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano. Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser: lo mismo le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemigo: cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando, deja atrás la tumba de sus padres sin importarle. Secuestra la vida a sus hijos y tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos, son olvidados. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el firmamento como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra, dejando detrás solo un desierto. No lo puedo entender, vuestras ciudades hieren los ojos del hombre piel roja. Quizás sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es porque soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído, y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aroma de pinos.
Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por lo alto de la pradera; entonces, todavía estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo, porque nosotros amamos nuestro país como ama el niño los latidos del corazón de su madre. Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendría que poneros una condición, que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida. Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco. Soy un salvaje y no comprendo cómo una maquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos solo para sobrevivir
¿Qué puede hacer el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad; todo lo que pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Debéis enseñar a vuestros hijos, lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra; si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, el hombre no tejió la trama de la vida; él es solo un hilo. Lo que hace con la trama, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizás seamos hermanos. Ya veremos...
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra algún día: Nuestro dios es el mismo que el vuestro, Dios.
Vosotros podéis pensar ahora que él os pertenece, lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan, pero no es así. Él es el dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y se daña y se provoca la ira del Creador. También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida solo es uno de esos hilos y está tentando la desgracia si osa romper esa red. Todo está ligado entre sí, como la sangre de una misma familia. Si ensuciais vuestro lecho cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos, pero vosotros caminareis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que, por algún designio especial, os dio dominio sobre ella y sobre la piel roja; ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.
¿Dónde está el bosque espeso?... Desapareció.
¿Dónde está el águila ?... Desapareció.
Así se acaba la vida y solo nos queda el recurso de intentar SOBREVIVIR.

¿Mis canciones?
—Debe haber sido un gran hombre… ¡Todos decían cosas muy bonitas de él!
—Me imagino que para eso son los entierros…
—¿Tú has pensado alguna vez en el tuyo? ¿Cómo te gustaría que fuese o como te gustaría que te recordasen?
—Mira, yo suelo intentar pensar en cosas más agradables…
—Pues yo a veces no puedo evitar pensar en el mío… Me gustaría dejar una buena estela…
—¡Pues piensa más las cosas que haces, guapa!
—No te me pongas irónico, Elizalde. Te estoy hablando en serio… Me gustaría que la gente me recordara bien, por algo bueno que haya hecho y que ese algo quedara en el corazón de las personas que me quieren… ¿Sabes? Me gustaría que cuando yo no esté, se me hiciera una fiesta homenaje, en la que sonaran una serie de canciones que allá donde yo esté seguro que podré escuchar… ¡Canciones que yo misma elija! ¡Canciones que en ese preciso momento cobren un significado especial! ¡Canciones que para mi tenga un significado y que yo recopilaría en un disco bajo el título de “Cuando yo me vaya…! ¿Nunca has pensado en eso?
—Ya te he dicho que yo suelo intentar pensar en cosas más agradables; creo que ahora mismo tengo pensamientos más dulces que especular con las canciones que me gustaría que sonaran el día que yo me vaya…
—Pues deberías hacerlo… Verías que es una acción de una gran transparencia espiritual. ¿Por qué no lo intentas? Anda, hazlo. Me gustaría saber cuáles serían tus canciones…
—Bueno, ya veremos…
Esta actividad, que en principio a mi me parecía absurda y desagradable, inexplicablemente, al final la he hecho. Tras haber meditador un rato, he sacado una lista de canciones tal y como tú me pediste y, en honor a la verdad, he de decir que la actividad no ha sido, en contra de lo que yo pensaba, para nada desagradable… Así que, esas canciones que a mi me gustaría que sonaran el día que me fuera, esas palabras y frases entonadas el día que yo falte, esas melodías con las que espero que me recuerden… Aquí te las dejo:
1. Héroes del Silencio — Deshacer el mundo.
2. Ronan Hardiman — Siamsa
3. Los Rodríguez — Sol y Sombra
4. Madonna — The power of good bye
5. Queen — Show must go on
6. Pooh & Fiordaliso — Saprai
7. Pink Floyd — On the turning away
8. Dire Straits — Ticket to heaven
9. Simon & Garfunkel — Bridge over troubled water
10. Ima — In your eyes
11. Nacha Pop — Relojes en la oscuridad
12. Queen — Who wants to live forever?
13. John Denver — Take me home, country roads
14. Oasis — Stop crying your heart out
15. Bob Dylan — Knocking on Heavens Door
16. Bob Seeger — Against the wind
17. Louis Armstron — What a Wonderful World
18. Ella Baila Sola — Despídete
Éstas son mis canciones. Algunas piden a gritos traduzcointerpretación, ¿verdad? Todo se andará…
Si acaso se me ocurriera alguna más, la incluiré… Mientras tanto, que cada uno de los que me lee piense: ¿cuáles serían sus canciones: esas canciones con las que le gustaría que le recordáramos cuando no esté?

—Me imagino que para eso son los entierros…
—¿Tú has pensado alguna vez en el tuyo? ¿Cómo te gustaría que fuese o como te gustaría que te recordasen?
—Mira, yo suelo intentar pensar en cosas más agradables…
—Pues yo a veces no puedo evitar pensar en el mío… Me gustaría dejar una buena estela…
—¡Pues piensa más las cosas que haces, guapa!
—No te me pongas irónico, Elizalde. Te estoy hablando en serio… Me gustaría que la gente me recordara bien, por algo bueno que haya hecho y que ese algo quedara en el corazón de las personas que me quieren… ¿Sabes? Me gustaría que cuando yo no esté, se me hiciera una fiesta homenaje, en la que sonaran una serie de canciones que allá donde yo esté seguro que podré escuchar… ¡Canciones que yo misma elija! ¡Canciones que en ese preciso momento cobren un significado especial! ¡Canciones que para mi tenga un significado y que yo recopilaría en un disco bajo el título de “Cuando yo me vaya…! ¿Nunca has pensado en eso?
—Ya te he dicho que yo suelo intentar pensar en cosas más agradables; creo que ahora mismo tengo pensamientos más dulces que especular con las canciones que me gustaría que sonaran el día que yo me vaya…
—Pues deberías hacerlo… Verías que es una acción de una gran transparencia espiritual. ¿Por qué no lo intentas? Anda, hazlo. Me gustaría saber cuáles serían tus canciones…
—Bueno, ya veremos…
Esta actividad, que en principio a mi me parecía absurda y desagradable, inexplicablemente, al final la he hecho. Tras haber meditador un rato, he sacado una lista de canciones tal y como tú me pediste y, en honor a la verdad, he de decir que la actividad no ha sido, en contra de lo que yo pensaba, para nada desagradable… Así que, esas canciones que a mi me gustaría que sonaran el día que me fuera, esas palabras y frases entonadas el día que yo falte, esas melodías con las que espero que me recuerden… Aquí te las dejo:
1. Héroes del Silencio — Deshacer el mundo.
2. Ronan Hardiman — Siamsa
3. Los Rodríguez — Sol y Sombra
4. Madonna — The power of good bye
5. Queen — Show must go on
6. Pooh & Fiordaliso — Saprai
7. Pink Floyd — On the turning away
8. Dire Straits — Ticket to heaven
9. Simon & Garfunkel — Bridge over troubled water
10. Ima — In your eyes
11. Nacha Pop — Relojes en la oscuridad
12. Queen — Who wants to live forever?
13. John Denver — Take me home, country roads
14. Oasis — Stop crying your heart out
15. Bob Dylan — Knocking on Heavens Door
16. Bob Seeger — Against the wind
17. Louis Armstron — What a Wonderful World
18. Ella Baila Sola — Despídete
Éstas son mis canciones. Algunas piden a gritos traduzcointerpretación, ¿verdad? Todo se andará…
Si acaso se me ocurriera alguna más, la incluiré… Mientras tanto, que cada uno de los que me lee piense: ¿cuáles serían sus canciones: esas canciones con las que le gustaría que le recordáramos cuando no esté?






