Instintos
Paco, cabizbajo, salía de la consulta de su médico. Había acudido a su cita periódica; en el mismo sitio de siempre.
El médico le había recibido acompañado de otro doctor, compañero suyo.
Paco marchaba de la consulta, sin cerrar la puerta, triste, melancólico, taciturno; no hablaba con nadie, no saludaba a nadie, no reparaba en nada que no fuera el suelo...
—Pobre hombre, con lo entero que parecía...
—¡Dímelo a mi! Era la viva imagen de la hiperactividad y la alegría. Todo en él era optimismo; siempre veía la botella medio llena, siempre miraba hacia delante,...
—¡Que curioso! ¿Como una persona se puede venir abajo de forma tan drástica?
—Sí, curioso... Y mucho me temo no poder ayudarle más... El sentimiento de culpabilidad que él carga sobre sí mismo solo se lo puede quitar él. ¡Maldita noche!
—Pero, ¿cómo ocurrió todo realmente?
—Un conductor suicida... Venía circulando en dirección contraria a una velocidad vertiginosa por el mismo carril por el que él circulaba. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. No tenía espacio de maniobra. Cuestión de décimas de segundo y él, instintivamente, giró el volante del coche para evitar que el choque impactara de frente contra él... Pero fueron tan pocas décimas de segundo que no le dio tiempo a ver que, al evitar que el coche impactara contra él, iba a impactar de frente contra su niño, que viajaba en el lateral de su asiento trasero. El niño llevaba cinturón, pero dio igual: tal fue el impacto que no pudo salir de allí con vida... Al darse cuenta de lo que había hecho, Paco se abrazó a su niño y rompió a llorar. Estaba arrepentido: de haber reaccionado a tiempo, él dice que hubiera dejado que el coche chocara contra sí mismo y así, aunque él hubiera muerto, ahora su hijo viviría.
—¡Qué pena! El instinto de autoprotección fue más rápido y poderoso que el amor de padre...
—Sí, así es... Por eso ahora él se siente culpable y está como está. Por más que le he dicho que es una reacción lógica y que la culpa no es suya... Pero, no hace caso; ¡cuánto más le hablo, más culpable se siente!
—Pobre hombre,...
Elizalde

El médico le había recibido acompañado de otro doctor, compañero suyo.
Paco marchaba de la consulta, sin cerrar la puerta, triste, melancólico, taciturno; no hablaba con nadie, no saludaba a nadie, no reparaba en nada que no fuera el suelo...
—Pobre hombre, con lo entero que parecía...
—¡Dímelo a mi! Era la viva imagen de la hiperactividad y la alegría. Todo en él era optimismo; siempre veía la botella medio llena, siempre miraba hacia delante,...
—¡Que curioso! ¿Como una persona se puede venir abajo de forma tan drástica?
—Sí, curioso... Y mucho me temo no poder ayudarle más... El sentimiento de culpabilidad que él carga sobre sí mismo solo se lo puede quitar él. ¡Maldita noche!
—Pero, ¿cómo ocurrió todo realmente?
—Un conductor suicida... Venía circulando en dirección contraria a una velocidad vertiginosa por el mismo carril por el que él circulaba. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. No tenía espacio de maniobra. Cuestión de décimas de segundo y él, instintivamente, giró el volante del coche para evitar que el choque impactara de frente contra él... Pero fueron tan pocas décimas de segundo que no le dio tiempo a ver que, al evitar que el coche impactara contra él, iba a impactar de frente contra su niño, que viajaba en el lateral de su asiento trasero. El niño llevaba cinturón, pero dio igual: tal fue el impacto que no pudo salir de allí con vida... Al darse cuenta de lo que había hecho, Paco se abrazó a su niño y rompió a llorar. Estaba arrepentido: de haber reaccionado a tiempo, él dice que hubiera dejado que el coche chocara contra sí mismo y así, aunque él hubiera muerto, ahora su hijo viviría.
—¡Qué pena! El instinto de autoprotección fue más rápido y poderoso que el amor de padre...
—Sí, así es... Por eso ahora él se siente culpable y está como está. Por más que le he dicho que es una reacción lógica y que la culpa no es suya... Pero, no hace caso; ¡cuánto más le hablo, más culpable se siente!
—Pobre hombre,...
Elizalde






