El abrazo
A ella, por supuesto, por compartir conmigo (y solo conmigo) tan grandiosa experiencia.
A mis niñas de JMV, por ser las primeras, después de quien aquí escribe, en hacerse eco de esta historia.
La historia que aquí se recoge es una historia real, mi historia; una historia difícil de explicar con palabras…
Soy una mujer que se ha criado en un ambiente humilde. Cuando estaba en plena adolescencia conocí a un chico estupendo: lo que en principio podía parecer un simple amor precoz y adolescente, ha resultado ser un sentimiento perenne e intenso, difícilmente comparable con nada. Hoy, varias décadas después, el sentimiento vertido en aquellos besos que, con tan solo dieciséis años, a escondidas nos robábamos entre los pinares de la Dehesa de la Villa tiene la misma fuerza y el mismo ardor que por entonces tenía. Con el tiempo, nuestro sentimiento se fue materializando hasta que nos casamos y juntos pudimos, con esfuerzo y sacrificio, conformar nuestro propio hogar; hecho a nuestra medida, suyo y mío; nuestro; enteramente nuestro. Fruto de nuestro amor son nuestras dos hijas, a cada cual más hermosa. Ahora tenemos una nieta, igual de guapa que su madre, por no decir que más.
Nuestro hogar ha sido un hogar robusto y acogedor, donde el sol de nuestra juventud se fue poniendo para levantar el sol de la vida nuestras hijas; con sacrificio, con sudor y hasta con lágrimas, conseguimos que ellas nunca tuvieran ninguna necesidad, que no se tuvieran que privar de nada. Podría decirse que fuimos un matrimonio feliz, una familia dichosa y, dado que no todo en la vida es dinero, rica.
Fue en este agradable ambiente donde ocurrió un suceso que condicionó en gran medida mi vida; o, durante mucho tiempo, mi sin-vida. Mi amado esposo sufrió una enfermedad cardiaca que hizo que todo en mi vida diera un vuelco: primero una angina de pecho, luego un infarto… Cuando creímos que se reponía, tuvo una recaída que motivó finalmente una operación a corazón abierto. Los médicos me dijeron entonces que mi marido sufría una malformación: su noble corazón era demasiado grande en relación con el tamaño de su caja torácica, por lo que todo apuntaba a que moriría no tardando mucho.
Fue muy duro, imposible de describir cuánto, que me dijeran que él, la persona que más he querido, que más quiero y que más querré, se iba a marchar de mi lado sin yo poder hacer nada por remediarlo. Decir que se me vino el mundo encima, es decir poco. Cuando, tras ser receptora de tan desagradable noticia, volví a nuestra casa (que nunca puede ser mía sin él), sentí en mi interior el mayor vacío que jamás había sentido. Me sentía, paseando por las habitaciones, como una sombra carente de ilusiones; de golpe me convertí en una anciana y me quise abstraer de todo: no miraba los cuadros ni las fotos, no abría los cajones por miedo a encontrar recuerdos. Aquella tarde, para mi, la oscuridad invadió todo mi entorno: se hizo de noche de repente. El único sentimiento que cabía en mi era entonces la soledad, que era mi única y triste compañera en casa.
Recuperado de la operación, él volvió a casa. Advertida estaba de que tenía que vigilarle permanentemente porque en cualquier momento se le podía cortar la respiración. Por temor a que su respiración se cortara de noche no dormía; por angustia y por tensión durante el día ni descansaba ni comía. ¡Qué se yo cuántos kilos perdí en poco tiempo! Todavía no me explico cómo yo, con mis escasos sesenta kilos de peso, podía acostarle y levantarle a él, con sus más de cien kilos. Visto ahora, tiempo después, no entiendo de dónde podía sacar fuerzas, pero lo cierto es que lo hacía.
Lo mío era un sinvivir. Me sentía vacía y abandonada, sumida en la más absoluta incertidumbre y en la soledad más desoladora; no solo perdí el sueño y el apetito, también perdí la oración, la ilusión y hasta las ganas de vivir: solo vivía para él, para nada ni nadie más. La desesperación se iba acumulando en mi día tras día; sentía que en cualquier momento yo iba a estallar. Cuando en algún momento me quedaba a solas, rompía a llorar de forma desconsolada; no quería que él me viera llorar. Fue en medio de tanta angustia, cuando una noche me sucedió algo que abigarró mi alma, recargándola de energía. Aquella noche, como de costumbre, me quedé unos minutos yo sola en el salón, con las luces apagadas y la sola compañía de las volutas de humo de un cigarrillo que ya se consumía; la niebla, una vez más, poblaba mis pensamientos. La soledad era dulcemente amarga: solo con ella podía llorar, solo estando a solas y en medio de la oscuridad podía llorar. Fue entonces, cuando tras resbalar por mis mejillas las dos primeras lágrimas, sentí algo que hasta entonces no había sentido: ¡alguien me abrazó! No fue un abrazo cualquiera, fue el abrazo de alguien grande. No sabría decir cuanto tiempo duró aquel abrazo, ya que perdí la noción del tiempo; sentí como si alguien me vaciara todas las lágrimas que llevaba acumuladas dentro y que hasta ese momento no había tenido ocasión de expulsar; sentí como si me susurraran al oído: “no temas, aquí estoy yo; estoy contigo y estoy para ayudarte”, aunque nadie me dijo nada; en la habitación no sentí la presencia de nadie.
Por mis convicciones, por mis creencias, por mi formación y por mi forma de ver la vida, estoy convencida de Quién me dio tan maravilloso abrazo… ¡Pero eso da igual! Lo verdaderamente importante es que aquella noche, en medio de mi amarga soledad, alguien me abrazó y, como el ave Fénix, volví a nacer, volví a la vida, volví a sonreír… Todo empezó de nuevo.
En Madrid, junio de 2006

Esta historia se me relató, en junio de 2006, por boca de la persona que la vivió, con el deseo de que intentara transmitirla, ya que ella no se veía capaz de hacerlo. Respetando su anonimato, ya que solo ella y yo conocemos la intrahistoria aquí recogida, finalmente creo haber conseguido aproximarme a su experiencia... La tarea no ha sido fácil, a pesar de lo que aquí se pueda ver. Además, siento que se me quedan muchas cosas en el tintero: me veo, por ejemplo, incapaz de recoger el sentimiento que los ojos y las manos de esta persona me transmitíeron cuando compartió conmigo tan increible historia... En cualquier caso, gracias por compartirla conmigo, ya que me consta que ni tu marido la conoce, y gracias a ti por leerla...
A mis niñas de JMV, por ser las primeras, después de quien aquí escribe, en hacerse eco de esta historia.
La historia que aquí se recoge es una historia real, mi historia; una historia difícil de explicar con palabras…
Soy una mujer que se ha criado en un ambiente humilde. Cuando estaba en plena adolescencia conocí a un chico estupendo: lo que en principio podía parecer un simple amor precoz y adolescente, ha resultado ser un sentimiento perenne e intenso, difícilmente comparable con nada. Hoy, varias décadas después, el sentimiento vertido en aquellos besos que, con tan solo dieciséis años, a escondidas nos robábamos entre los pinares de la Dehesa de la Villa tiene la misma fuerza y el mismo ardor que por entonces tenía. Con el tiempo, nuestro sentimiento se fue materializando hasta que nos casamos y juntos pudimos, con esfuerzo y sacrificio, conformar nuestro propio hogar; hecho a nuestra medida, suyo y mío; nuestro; enteramente nuestro. Fruto de nuestro amor son nuestras dos hijas, a cada cual más hermosa. Ahora tenemos una nieta, igual de guapa que su madre, por no decir que más.
Nuestro hogar ha sido un hogar robusto y acogedor, donde el sol de nuestra juventud se fue poniendo para levantar el sol de la vida nuestras hijas; con sacrificio, con sudor y hasta con lágrimas, conseguimos que ellas nunca tuvieran ninguna necesidad, que no se tuvieran que privar de nada. Podría decirse que fuimos un matrimonio feliz, una familia dichosa y, dado que no todo en la vida es dinero, rica.
Fue en este agradable ambiente donde ocurrió un suceso que condicionó en gran medida mi vida; o, durante mucho tiempo, mi sin-vida. Mi amado esposo sufrió una enfermedad cardiaca que hizo que todo en mi vida diera un vuelco: primero una angina de pecho, luego un infarto… Cuando creímos que se reponía, tuvo una recaída que motivó finalmente una operación a corazón abierto. Los médicos me dijeron entonces que mi marido sufría una malformación: su noble corazón era demasiado grande en relación con el tamaño de su caja torácica, por lo que todo apuntaba a que moriría no tardando mucho.
Fue muy duro, imposible de describir cuánto, que me dijeran que él, la persona que más he querido, que más quiero y que más querré, se iba a marchar de mi lado sin yo poder hacer nada por remediarlo. Decir que se me vino el mundo encima, es decir poco. Cuando, tras ser receptora de tan desagradable noticia, volví a nuestra casa (que nunca puede ser mía sin él), sentí en mi interior el mayor vacío que jamás había sentido. Me sentía, paseando por las habitaciones, como una sombra carente de ilusiones; de golpe me convertí en una anciana y me quise abstraer de todo: no miraba los cuadros ni las fotos, no abría los cajones por miedo a encontrar recuerdos. Aquella tarde, para mi, la oscuridad invadió todo mi entorno: se hizo de noche de repente. El único sentimiento que cabía en mi era entonces la soledad, que era mi única y triste compañera en casa.
Recuperado de la operación, él volvió a casa. Advertida estaba de que tenía que vigilarle permanentemente porque en cualquier momento se le podía cortar la respiración. Por temor a que su respiración se cortara de noche no dormía; por angustia y por tensión durante el día ni descansaba ni comía. ¡Qué se yo cuántos kilos perdí en poco tiempo! Todavía no me explico cómo yo, con mis escasos sesenta kilos de peso, podía acostarle y levantarle a él, con sus más de cien kilos. Visto ahora, tiempo después, no entiendo de dónde podía sacar fuerzas, pero lo cierto es que lo hacía.
Lo mío era un sinvivir. Me sentía vacía y abandonada, sumida en la más absoluta incertidumbre y en la soledad más desoladora; no solo perdí el sueño y el apetito, también perdí la oración, la ilusión y hasta las ganas de vivir: solo vivía para él, para nada ni nadie más. La desesperación se iba acumulando en mi día tras día; sentía que en cualquier momento yo iba a estallar. Cuando en algún momento me quedaba a solas, rompía a llorar de forma desconsolada; no quería que él me viera llorar. Fue en medio de tanta angustia, cuando una noche me sucedió algo que abigarró mi alma, recargándola de energía. Aquella noche, como de costumbre, me quedé unos minutos yo sola en el salón, con las luces apagadas y la sola compañía de las volutas de humo de un cigarrillo que ya se consumía; la niebla, una vez más, poblaba mis pensamientos. La soledad era dulcemente amarga: solo con ella podía llorar, solo estando a solas y en medio de la oscuridad podía llorar. Fue entonces, cuando tras resbalar por mis mejillas las dos primeras lágrimas, sentí algo que hasta entonces no había sentido: ¡alguien me abrazó! No fue un abrazo cualquiera, fue el abrazo de alguien grande. No sabría decir cuanto tiempo duró aquel abrazo, ya que perdí la noción del tiempo; sentí como si alguien me vaciara todas las lágrimas que llevaba acumuladas dentro y que hasta ese momento no había tenido ocasión de expulsar; sentí como si me susurraran al oído: “no temas, aquí estoy yo; estoy contigo y estoy para ayudarte”, aunque nadie me dijo nada; en la habitación no sentí la presencia de nadie.
Por mis convicciones, por mis creencias, por mi formación y por mi forma de ver la vida, estoy convencida de Quién me dio tan maravilloso abrazo… ¡Pero eso da igual! Lo verdaderamente importante es que aquella noche, en medio de mi amarga soledad, alguien me abrazó y, como el ave Fénix, volví a nacer, volví a la vida, volví a sonreír… Todo empezó de nuevo.
En Madrid, junio de 2006

Esta historia se me relató, en junio de 2006, por boca de la persona que la vivió, con el deseo de que intentara transmitirla, ya que ella no se veía capaz de hacerlo. Respetando su anonimato, ya que solo ella y yo conocemos la intrahistoria aquí recogida, finalmente creo haber conseguido aproximarme a su experiencia... La tarea no ha sido fácil, a pesar de lo que aquí se pueda ver. Además, siento que se me quedan muchas cosas en el tintero: me veo, por ejemplo, incapaz de recoger el sentimiento que los ojos y las manos de esta persona me transmitíeron cuando compartió conmigo tan increible historia... En cualquier caso, gracias por compartirla conmigo, ya que me consta que ni tu marido la conoce, y gracias a ti por leerla...
Comentario:
muy belLo el hecho estaba buscando una foto de un abraZO I LLEGUE AQUI ES INEXPLICABLE
BESITOS
BESITOS
Comentario:
Gracias hijo!
Por compartir con el mundo estas cosas tan maravillosas que te ocurren; por haber llegado a esta historia tuya de este tu espacio precisamente hoy, día en que quiero, necesito saber cosas como ésta.
Nos debemos mutuamente una, recuerdas?
Un beso y un abrazo de uno que te quiere.
NTD!!!
Por compartir con el mundo estas cosas tan maravillosas que te ocurren; por haber llegado a esta historia tuya de este tu espacio precisamente hoy, día en que quiero, necesito saber cosas como ésta.
Nos debemos mutuamente una, recuerdas?
Un beso y un abrazo de uno que te quiere.
NTD!!!
Comentario:
Esa es la magia de Él.
Comentario:
Gracias a ti por dárnosla a conocer...preciosa.





