Corriendo...
—¿Cómo van las cosas con Mario?
—Mario se ha ido, mamá, ya te lo he dicho… Mario se ha marchado y no va a volver.
—¿Ése es el motivo de tantas carreras? ¿Huyes de Mario?
—Mamá, corro porque me hace sentir bien, tonificada, fresca,… ¡Ya sabes!
—Bien, nena… No insistiré…
—Eso, me marcho…
—Pero, ¿adonde vas?
—Hasta la presa y vuelvo…
—¡Cariño! Deben ser casi ocho kilómetros…
—Calculo; me gusta el paisaje. Volveré dentro de un par de horas. Adiós…
El rostro de decisión de Victoria contrastaba de lleno con la indecisión reflejada en el rostro de María, su madre. Victoria no acostumbraba a hacer ejercicio, era una práctica que había tomado desde hacía solo unos días, coincidiendo, aunque ella lo niegue, con la marcha de Mario. Mario era su novio, es su novio; al menos eso le ha dicho él a ella antes de marchar.
Al ver a Mario marchar ella sintió cómo su interior se vaciaba. Entonces, entre la inquietud y el llanto, sintió la imperiosa necesidad de fugarse, de emprender la gran escapada, de intentar desaparecer y esconderse... Su mente había iniciado la evasión, ya no estaba allí; pero su corazón aun le hacía estar varada en aquel lugar. De pronto sus piernas comenzaron a moverse en perfecta coordinación y Victoria empezó a correr tan rápidamente como podía. Su mente no había prefijado un destino al que dirigirse ni siquiera un rumbo o dirección a seguir, mas el ímpetu y la decisión con que corría hacían prever que sí sabía donde se dirigía: largas zancadas, brazos contraídos, adheridos al torso, moviéndose acompasados con sus piernas; respiración ordenada y fuerte, cabeza ligeramente contraída y ojos semicerrados. Nada hacía que se detuviera; en nada reparaba a su paso. Los escasos paseantes nocturnos que deambulaban por tan tétricas calles en la nocturnidad observaban impresionados el trote de aquella joven que corría, corría y corría...
Desde aquella noche, Victoria se hizo aficionada a correr. En realidad, su madre tenía razón: no se estaba aficionando al atletismo, estaba huyendo, y el resultado no puede ser más claro… La huida nunca lleva a nadie ningún sitio. Victoria había perdido lo que ella más quería: Mario no había muerto físicamente, pero para ella sí había muerto. ¿Volvería? Ella cree que no… Mientras tanto, sus pies se movían con impulso y velocidad, de forma que al dar los pasos, quedaban durante décimas de segundos sin tocar el suelo. ¡Levitar! Que gran sueño… ¡Poder volar! En cualquier caso, Victoria seguía corriendo sin mirara atrás, sin saber a donde ir; sin embargo, algo en su interior le dice que algún día llegará donde quiere llegar… ¿Es esto posible? ¡Quien sabe? Lo único que se ve con claridad en el horizonte es a María, su madre, que espera a Victoria en casa con la mesa puesta y la ducha preparada para cuando vuelva de correr.
—Mario se ha ido, mamá, ya te lo he dicho… Mario se ha marchado y no va a volver.
—¿Ése es el motivo de tantas carreras? ¿Huyes de Mario?
—Mamá, corro porque me hace sentir bien, tonificada, fresca,… ¡Ya sabes!
—Bien, nena… No insistiré…
—Eso, me marcho…
—Pero, ¿adonde vas?
—Hasta la presa y vuelvo…
—¡Cariño! Deben ser casi ocho kilómetros…
—Calculo; me gusta el paisaje. Volveré dentro de un par de horas. Adiós…
El rostro de decisión de Victoria contrastaba de lleno con la indecisión reflejada en el rostro de María, su madre. Victoria no acostumbraba a hacer ejercicio, era una práctica que había tomado desde hacía solo unos días, coincidiendo, aunque ella lo niegue, con la marcha de Mario. Mario era su novio, es su novio; al menos eso le ha dicho él a ella antes de marchar.
Al ver a Mario marchar ella sintió cómo su interior se vaciaba. Entonces, entre la inquietud y el llanto, sintió la imperiosa necesidad de fugarse, de emprender la gran escapada, de intentar desaparecer y esconderse... Su mente había iniciado la evasión, ya no estaba allí; pero su corazón aun le hacía estar varada en aquel lugar. De pronto sus piernas comenzaron a moverse en perfecta coordinación y Victoria empezó a correr tan rápidamente como podía. Su mente no había prefijado un destino al que dirigirse ni siquiera un rumbo o dirección a seguir, mas el ímpetu y la decisión con que corría hacían prever que sí sabía donde se dirigía: largas zancadas, brazos contraídos, adheridos al torso, moviéndose acompasados con sus piernas; respiración ordenada y fuerte, cabeza ligeramente contraída y ojos semicerrados. Nada hacía que se detuviera; en nada reparaba a su paso. Los escasos paseantes nocturnos que deambulaban por tan tétricas calles en la nocturnidad observaban impresionados el trote de aquella joven que corría, corría y corría...
Desde aquella noche, Victoria se hizo aficionada a correr. En realidad, su madre tenía razón: no se estaba aficionando al atletismo, estaba huyendo, y el resultado no puede ser más claro… La huida nunca lleva a nadie ningún sitio. Victoria había perdido lo que ella más quería: Mario no había muerto físicamente, pero para ella sí había muerto. ¿Volvería? Ella cree que no… Mientras tanto, sus pies se movían con impulso y velocidad, de forma que al dar los pasos, quedaban durante décimas de segundos sin tocar el suelo. ¡Levitar! Que gran sueño… ¡Poder volar! En cualquier caso, Victoria seguía corriendo sin mirara atrás, sin saber a donde ir; sin embargo, algo en su interior le dice que algún día llegará donde quiere llegar… ¿Es esto posible? ¡Quien sabe? Lo único que se ve con claridad en el horizonte es a María, su madre, que espera a Victoria en casa con la mesa puesta y la ducha preparada para cuando vuelva de correr.





