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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
El oficio de escribir...
Marisa es escritora… Sí, escribe. No es una profesional, pero ha publicado algún que otro trabajillo. Sí, Marisa escribe; Marisa es escritora. Le gusta escribir, le fascina escribir; lo necesita, es algo sin lo que no podría estar… Marisa, además de una excelente esposa, una espléndida ama de casa y, lo que es aún mejor, una gran madre de dos hijos; además de todo eso, Marisa es escritora, y todo ese entorno personal y sentimental suyo repercute de forma directa en su producción literaria. ¿Se me sigue? ¿Se entiende donde quiero llegar? Absolutamente no, caballero. Bien, pues volvamos a empezar.

Marisa es escritora… Marisa ahora mismo se está enfrentando a un reto, o, mejor dicho, a un sueño fraguado durante años y al que ahora, con mucho esfuerzo y sacrificio, le está dando forma: Marisa está escribiendo una obra de teatro. Una obra cuya trama argumental no tiene nada de extraordinario pero que sí que contiene personajes de caracteres muy marcados. La obra está protagonizada por una familia de clase media, fundamentalmente por el hombre y la mujer que la encabezan y que, juntos, han de hacer frente a alguna que otra eventualidad muy típica de estos tiempos que vivimos.

El padre de familia se llama Carlos. Él es ella, es su alter ego, su otro yo. Es la forma en que Marisa interfiere de forma directa en el desarrollo de la obra; es su encarnación dentro del elenco de personajes que intervienen en la trama. Si le preguntáis a ella, ella os lo negará, pero os lo aseguro: él es ella. No sé bien por qué él, en lugar de cualquier otro personaje de la obra, pero él es ella. No sé por qué un hombre: quizás sea porque así Marisa cree que, al tratarse de la figura de un varón, el lector o el espectador (recuérdese que es una obra de género dramático) no va a percatarse de que es su propia personalidad, su propia alma, su forma de ver la vida, las que toman cuerpo a través de un personaje de su propia creación; quizás porque Marisa, al ser hija de padre y madre, deja aflorar la parte de hombre que lleva dentro; quizás porque de esa forma ella libera el deseo de cuando, en algún momento de su juventud, deseó ser hombre… Da igual. Sea como fuere, él es su espíritu: ella se está inmortalizando en él. Él es ella, él es parte de ella. Ella le ha creado con una imagen por ella misma concebida y un espíritu a su propia semejanza. No hay duda: es ella. Sin ella, él no habría nacido; pero, en cambio, cuando ella se marche, él seguirá viviendo en los escenarios de los teatros y en las páginas de los libros que criarán polvo en los estantes de las bibliotecas.

El proceso de creación literaria es complejo y está sujeto a todo tipo de veleidades ajenas a la obra pero inherentes a la existencia del creador. Veamos un ejemplo...

Cierta mañana, Marisa había colocado su máquina de escribir en la mesa de la cocina de su casa. Paseaba hablando sola, hablando consigo misma, intentando comunicarse con su inspiración. Portaba una taza de café vacía, mientras describía circuitos desiguales y azorados:

—Él le dice… Le dice… «¿Qué te parece el miércoles?». Y ella responde: «Perfecto, me vendrá bien verte a mitad de la semana». Eso es, claro… ¡Me gusta! Ella le dice: «Perfecto, me vendrá bien verte hacia la mitad de la semana».

Marisa entonces, al encontrar una fórmula para salir del atranco en el que su proceso creativo se había estancado, volvió a acomodarse en su asiento, con su taza vacía, para proseguir componiendo en su vieja máquina de escribir. Con el sonido de las teclas de la máquina de fondo, entró en la cocina Roberto, el marido de Marisa. Entraba con paso firme y rostro iracundo, lo que denotaba un considerable enfado. Roberto entró directo hacia la cafetera, observando durante un segundo a Marisa que, absorta de lleno en su obra, no reparó en la entrada de su esposo. Roberto cogió una taza y fue a verter un poco del café que él creía que contendría la cafetera. Para su sorpresa, la cafetera estaba vacía, lo que acrecentó, aún más si cabe, su enfado. Posó con fuerza la cafetera sobre la encimera y le dijo a Marisa, en un tono algo brusco:

—¡No hay café!
—Oh, sí… Cariño, lo siento… Iba a prepararlo pero me vino un golpe de inspiración y no podía desaprovecharlo. ¿Te importa hacer un poco?
—Está bien… ¡Haré yo el café!

Roberto abrió la cafetera y, en el recipiente sobre el que tenía que verter el café molido, comenzó a echar cucharadas llenas: una, dos, tres, y, al llegar a la cuarta, decidió echar directamente el café desde el bote. Percatándose de que estaba vertiendo demasiado, Marisa se levantó de su asiento con la intención de ayudarle:

—Roberto, cielo —dijo mientras le retiraba ambos recipientes—. Si echas tanto café va a quedar muy cargado, déjame a mi…

Marisa retiró una buena parte del molido que Roberto había vertido en la cafetera, devolviéndolo al bote de donde se extrajo.

—¿Cómo fue la junta? —, preguntó Marisa.
—¿Qué cómo fue la junta! Creía que mi querido socio, Ángel, tendría las manos ocupadas con su nuevo detractor; pero, sin embargo, encontró tiempo para pasarse por la junta en calidad de observador…
—Apuesto a que hizo algo más que observar…
—Decir eso es poco… ¡Me tiene la guerra declarada! Y yo no quiero discutir con él: tan solo quiero recuperar esos valores para repartirlos equitativamente entre todos los accionistas…
—Cariño —, dijo Marisa mientras se volvía a sentar en su asiento para proseguir sus trabajos de escritura—, ¿te importa si me lo cuentas luego, dentro de un rato? Llevo horas atascada en mitad de una escena y por fin he encontrado la forma de seguir…
—¡Nuestra compañía se está jugando mucho con los derechos de esos valores, y tú solo piensas en el diálogo de una estúpida obra de teatro?
—Pero, Roberto: éste es mi trabajo…
—¡Muy bien! Entonces sigue con él… —, dijo, marchándose seguidamente por donde minutos antes había entrado.

Marisa entonces pronunció el nombre de su esposo, mientras seguía con la mirada el itinerario que iba describiendo para salir de la cocina:

—¡Roberto!

Roberto no respondió. El bello rostro de Marisa reflejaba disgusto, por un lado, e incomprensión, por otro. Marisa detestaba discutir y más con la persona que ella más quería; además, no entendía cómo se había podido llegar a semejante discusión. Roberto se había molestado porque no le podía escuchar y demostró su enfado. Por otro lado, a ella le había sorprendido ingratamente la incomprensión que Roberto había demostrado en ese momento: ¡él, que siempre había sido su principal apoyo en su ardua tarea literaria! ¿Cómo podía ponerse así? Marisa estaba intentando asimilar cuanto aquí se recoge… ¡Qué difícil se hace a veces digerir simples palabras intercambiadas…!

Una vez recuperada, se decidió a retomar su trabajo:

—Ella le dice… Le dice…¡Oh, no!

Marisa, con evidentes muestras de enfado, extrajo de la máquina el papel sobre el que estaba escribiendo, lo arrugó y lo arrojó tan lejos como pudo. Después, dejó caer su cabeza contra la máquina.

Marisa había olvidado lo que su inspiración le había transmitido, y ésta se había marchado. Marisa se había vuelto a adentrar en el punto de estancamiento del que llevaba horas intentando salir. ¿Y quien dijo que escribir era fácil?

 
Comentario:
Tú sí que eres escritor. Muy bueno. Me he sentido identificada con algunas cosas, por ejemplo, sí, a veces mis personajes que hablan en primera persona son hombres, para desvincularlos de mi persona, aunque en realidad sean yo. Para esconderme.
 
Comentario:
Hola Rubén, sí, soy yo, la pesada de siempre...

Sólo quería dejarte un saludo... bueno, mejor dicho, agradecerte dejarme ver este blog, del que parece (o esa es la impresión que me da) sólo unos cuantos tienen el PRIVILEGIO de DISFRUTAR. Gracias por dejarme ser una de esas personas PRIVILEGIADAS EN LEER COSAS DE TANTA CALIDAD EN LOS TIEMPOS ACTUALES, ESCRITAS DESDE (Y CON) LOS SENTIMIENTOS... DE VERAS SE AGRADECE.

Gracias también por dejarme "conocerte".

Ya me callo, sólo quería hacértelo saber y que quedara constancia.

Un beso.

Ana Belén
 
Comentario:
Claro que no, no es fácil escribir y menos aún cuando hay un montón de cosas que te afectan y eso se refleja en tu obra...Aún asi, veo que tu siempre aprovechas tus momentos de "inspiración".
Una vez leí que hay dos virtudes a valorar en un escritor: el hecho de que piense, y el hecho de que haga pensar. Créeme que tu posees ambas.

Un beso.
 
Comentario:
Bueno, ya tenemos algo nuevo por aquí para leer un ratillo y de calidad.
Sigue así que se nota que tienes mucho talento.

Espero que te vaya bien en los exámenes, como alguien diría: "Que tengas suertecita". Jejeje :p
No