Aún recuerdo que un día te amé...
Galicia es tierra rociada y glauca, es tierra de acogida y de aroma lozano, es tierra de magia donde, como dijera Valle-Inclán, las almas guardan los ojos atentos para el milagro. Esta misteriosa historia que aquí he recogido, acaso milagrosa, la conocí en uno de mis viajes a la hermosa tierra gallega, cerca del lugar donde se dice que aconteció. Sin entrar a valorar cuánto de cierto o de falso hay en ella, yo aquí la transcribo para que sea de ella lo que tú, que me lees, quieras que sea...
I
—Camareiro, ponme outra copa.
—Pero hombre, si ésta ya era la sexta… Está usted completamente borracho; creo que es mejor que se vaya a casa y no beba más…
—Ponme outra, por favor... ¡Ah! Y deja la botella aquí, a mi lado; me temo que será el único consuelo que me quede esta noche…
—Pague las anteriores y, entonces, empezaremos a hablar, que creo que lleva usted una cogorza encima, que no va a saber ni contar el dinero…
—Lo siento, pero no me queda ni un duro…
—¡Qué no tiene con qué pagarme?
—Perdí todo el dinero que llevaba, y un buen pellizco que no llevaba, jugando con profesionales en un estúpido juego de azar. ¡Me han engañado! Una vez más, la suerte no ha estado de mi lado… Pero bueno… Te puedo contar mi vida de nuevo…
—Ya me la ha contado antes… Y me temo que aquí de eso no se come.
—Tranquilo. Eu pagarei, non che preocupes...
—No, si yo no me preocupo… Pero mi jefe sí que se preocupa. Él es de ésos a los que les gusta que los clientes le paguen sus consumiciones… Y también le gusta que, al final del día, la caja le cuadre.
—Llámale y dile que venga… Contareille a el a miña historia…
—Dudo mucho que le interese… No se lo tome a mal pero —, el camarero se arrimó a Antonio para acrecentar la confidencialidad, al tiempo que bajaba su tono de voz —, dudo que esa historia del viejo molino, el pantano y la chica que duerme en el fondo le interese a mi jefe. Mi jefe no sabe valorar esas cosas…
—Bueno, en ese caso… Ponme outra copa, é o único que pido.
—No… Además, son ya casi las cinco… ¡Vamos a cerrar!
La conversación se siguió desenvolviendo en el marco de lo que hasta ahora se ha contado: Antonio dispuesto a conseguir la copa, el camarero no dispuesto a dársela. Sea como fuere, lo cierto es que Antonio acabó tirado a la puerta del local, levantándose como buenamente pudo para que, guiado por la luna, iniciara el camino de retorno que le había de conducir a su casa.
Era una hora algo extraña: era muy temprano para que saliera el sol, pero ya era demasiado tarde para plantearse hacer cualquier cosa para esa noche. Quedaría como una hora para que amaneciera, si bien el ambiente denotaba que el aliento nocturno ya exhalaba sus últimos suspiros, antes de que empezaran a aparecer los primeros haces de luz.
Antonio había salido de fiesta con sus amigos. Él no quería, estaba triste y cansado; no le apetecía. Sin embargo, ellos le convencieron diciéndole que le iban a buscar una chica estupenda que le ayudara a hacer borrón y cuenta nueva o, de no ser así, al menos sí darse un buen homenaje, aunque solo fuera por una noche. Sin embargo, del grupo de cuatro que salieron, el único que acabó la noche sin encontrar pareja fue el propio Antonio: uno encontró una chica con la que se retiró sin decir a dónde iba, y los otros dos acabaron en sendas habitaciones de un prostíbulo, uno con una morena y otro con una rubia, pagando al amanecer una importante suma por los servicios prestados. Hay determinados placeres que cuestan dinero, especialmente cuando para ello se convierte en un simple y burdo objeto a una mujer.
Solo, después de que sus amigos cambiaran su compañía por la de una fémina, decidió emprender por su cuenta una ruta de bares, como la que años atrás tanto gustaba recorrer. Sin embargo, perdió el rumbo en el tercer bar; la lluvia, además, contribuyó a que se extraviara por las calles en ese desorientado itinerario. Desde entonces, hablaba con quien no contestaba, contestaba él a quien creía que le hablaba e ignoraba a las pocas personas que tenían intención de hablarle o ayudarle.
Ebrio y desconsolado… En ese estado acababa Antonio la noche. Iba borracho, sí, no hay por qué negarlo; no tiene sentido contradecir lo que es más que evidente… Pero no solo eran las copas lo que justificaba semejante estado de embriaguez. Antonio estaba borracho de la vida, porque esa fuerza interna sustancial mediante la cual obra todo ser que la posee, para él ya había dejado de ser fuerza, convirtiéndose en debilidad… Y es que la vida no siempre trata a cada cual como se merece… Lo suyo entonces era auténtico desaliento. ¡Triste situación la del desaliento! Alguien dijo alguna vez que la vida es como un viaje por mar, dado que hay días de calma y días de borrasca… Cierto es… La pena es que el barco de Antonio iba a la deriva surcando negros mares, sin timón ni capitán; el capitán se arrojó por la borda, ahogándose en lo más profundo del océano meses atrás. Vivir es nacer a cada instante; es saber experimentar permanentemente, como el Ave Fénix, ese proceso de renacer para hacerse a uno mismo… Antonio se había salido de ese proceso, y poco a poco se estaba matando a sí mismo… Guardaba algo dentro, que le iba minando el espíritu a pasos agigantados. Estaba borracho de sinvivir, más que de la vida, y también ebrio de desilusión: todo aquél que tiene una razón para vivir puede soportar cualquier forma de hacerlo; el problema se plantea cuando uno, como le ocurría a Antonio, considera que ya ha perdido toda razón para seguir viviendo. ¿Ilusión, para qué? ¿Qué sentido podía encontrar alguien como Antonio a una esperanza carente de fundamento real? Los humanos, como toda especie viva, somos mortales; pero lo que nos diferencia de los animales es el hecho de ser los únicos que, al parecer, tenemos conciencia de que hemos de morir. Sin embargo, hay gente que muere antes de morir, muere aún estando viva… Existencia vacía, existencia muerta, existencia negra…
Ebrio y desconsolado; con la visión un tanto nublada pero con la memoria bastante fresca, Antonio volvió al lugar donde siempre acababa, donde guardaba todos sus bienes y alguna otra cosa que se había ido encontrando, donde dormía y se despertaba, donde unas veces lloraba y otras reía… Donde él siempre esperaba. Pero, al llegar, a él nadie le estaba esperando: nadie había durmiendo y, por supuesto, nadie se despertó a su llegada; nadie lloraba, nadie reía… Lo único que le esperaba, si es que así se puede decir, era una carta y un buen fajo de propaganda en el buzón de correos y, para colmo de males, la carta no era para él: el cartero la había extraviado, depositándola por error en su buzón.
Su casa era pequeña y denotaba cierto abandono: muebles semirrotos y sucios, botellas de cristal caídas por el suelo, paredes de tonos desigualmente difuminados con manchas lóbregas, un par de sillas tiradas y una tercera con la tapicería resquebrajada. Antonio, al entrar, se dirigió directamente a su dormitorio, donde las arrugas de las sábanas revelaban que debía llevar cerca de una semana sin hacer la cama. Sin cambiarse de ropa y sin ni siquiera quitarse los zapatos, Antonio se tumbó en la cama quedándose, en cuestión de segundos, dormido.
En la mesilla guardaba una colección de fotos, todas ellas boca abajo. Eran fotos que él no quería mirar, para evitar que afloraran recuerdos, pero que, a su vez, conservaba ahí, pues creía que así ahuyentaba las pesadillas nocturnas que le podían visitar a altas horas de la madrugada.
Cuando mediado el día siguiente se despertó, Antonio escrutó la hora y, tras constatar la magnitud del tremendo dolor de cabeza con el que iba a tener que cargar, levantó una de las fotos que boca abajo había sobre la mesilla, mirándola durante unos segundos con fijación. En ella se veía a una mujer hermosa, joven, abrazada a un hombre, que en realidad era el propio Antonio. Ella era una mujer de cabellos brunos y alisados, con un cuerpo divinamente estilizado con arreglo a los proporciones que dictamina la sublime hermosura estética, y con una piel clara y tierna; ojos azabachados, llenos de vida y transmisores de una mirada penetrante; mejillas dulcemente sonrosadas, nariz afilada con suavidad y mentón finamente contorneado.
—Maribel… —, exclamó suspirando al contemplar la foto —. ¡Maribel, maldita sea!
Antonio arrojó entonces, con cuanta fuerza le aportó su furia, la foto contra la pared que tenía en frente, lo que hizo pedazos el marco y el cristal de protección, que cayeron inmediatamente al suelo; cayeron sobre un montón de pequeños trozos de madera, cristales rotos y fotos malogradas, lo que denotaba que no era la primera vez que Antonio destrozaba una foto siguiendo el mismo proceso.
Seguidamente, nuestro joven se levantó, cogió su vieja guitarra colgándosela a la espalda y salió de su casa cerrando la puerta, pero sin echar la llave a la misma…
II
Antonio abandonó la ciudad a toda velocidad y llegó corriendo hasta el pantano, con la guitarra colgada a su espalda. Muchos eran los bañistas que allí acudían a zambullirse en las aguas. En la orilla del lago a la que él llegó, se levantaba un majestuoso molino de viento abandonado, antaño moledor del grano de nuestro pan de cada día. Era una zona eminentemente arbórea y tranquila. El sol poniente dejaba un reflejo dorado en el verde sombrío, algo bruno, de los árboles venerables: los cedros, los sauces y los cipreses, que contaban la edad del molino, poblaban la parte trasera de un viejo jardín sin flores, abandonado y rancio, como rancia era la madera de las aspas del molino. Tras el jardín había unos pastos, que hacían que la zona fuera frecuentemente visitada por pastores acompañando al ganado.
Solo, casi sin sentido, en parte adormecido y en parte levitando, Antonio caminaba por la orilla del pantano, buscando el lugar propicio para sentarse. Según iba bordeando el pantano, Antonio empezó a hablar, dirigiéndose aparentemente al interior del mismo:
—¡Maribel! Hola, Maribel… Soy yo: Antonio… Sí, tu Antonio. He venido a verte… No podía resistir más y he venido hasta aquí, junto al molino, para verte. He traído la guitarra conmigo, mírala, la llevo colgada de mi espalda.
Antonio se sentó sobre una peña que había en la orilla, y, mientras dejaba caer dos lágrimas por sus mejillas, colocó la guitarra sobre sus piernas y siguió hablando.
—Maribel, amor mío, mi vida es un desastre… Sin ti no soy nada, sin ti mi mundo está vacío. ¡Qué desgraciado soy! Desde aquel día que vinimos aquí a bañarnos, mi vida dejó de ser vida… ¡con lo que nos gustaba venir aquí! ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando nos sorprendía la lluvia en nuestros paseos y nos escondíamos en el interior del viejo molino? ¿Recuerdas aquel día en que los rayos de sol que vinieron tras la lluvia, nos sorprendieron a través del ventanuco, haciendo el amor dentro del molino? ¿Recuerdas que susto el día que estábamos recogidos dentro del molino y, al levantarse el viento, se rompió la soga de sujeción y las aspas del molino empezaron a moverse? A pesar de que nos encantaba bañarnos en el pantano, este sitio era aún más atractivo para nosotros cuando llovía…
»Aún no me explico cómo pudo pasar, aún no entiendo qué sucedió… ¡Eras una excelente nadadora! ¿Qué te pasó? ¿Qué te retuvo para impedirte salir? Cuando tú te sumergiste en estas aguas, yo me hundí también; mi alma se ahogó contigo. Desde entonces no hay nada en el mundo que suscite mi interés. ¡Desventurado de mí, que no tengo a quien acudir en mi desgracia…! Que vivo perseguido por tu propia muerte, y la muerte me está matando. Desde que te ahogaste, nuestra cama está vacía. Cuando por las noches me acuesto y cierro los ojos, solo me vienen a la mente dos imágenes: tu cuerpo y el agua. Sí: tu cuerpo, Maribel, tu cuerpo. Tu cuerpo desnudo tumbado, junto a mí, en nuestra cama. Cuando creo que me aproximo a poder tocar de nuevo tu cuerpo, veo, al fondo, las aguas del pantano. Aguas infinitas, aguas que se pierden en el horizonte, aguas que llegan hasta los confines de lo que mi ojo alcanza a ver y hasta lo más remoto que mi mente puede concebir…
»Hace ya días que no vengo aquí cuando llueve pero, a pesar de esto, entre la bruma que siempre acompaña a este charco, voy siguiendo lo que creo que son tus pasos… Por eso estoy aquí, y por eso te canto…

Al comenzar a moverse sus ágiles manos, su guitarra empezó a sonar. Las seis cuerdas resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que poco a poco se fue perdiendo, como si se tratara de una voluta de humo. Comenzó entonces a sonar una armoniosa melodía, que nacía del punteo que Antonio le daba a la propia guitarra: aquello parecía una colección de himnos, cada uno con vida propia que, al confundirse, formaban uno solo, cuya melodía hechizaba a quien lo oyera. Las notas parecían flotar sobre las aguas del pantano y éstas parecía como si empezaran a responder al compás de las cadencias formando pequeñas olas.
Poco a poco, la combinación de notas se fue simplificando, mientras Antonio empezaba a cantar murmurando con suavidad, acompañando así a su propia música. Las aguas se iban agitando progresivamente, ante tan magna explosión de armonía: la naturaleza parecía estremecerse, mientras los pájaros y el aire parecían unirse al himno embelesador. Suavemente, el volumen del himno fue decreciendo, si bien el éxtasis generado a su alrededor permanecía… Dos ancianos paseantes, que merodeaban por la zona, observaban a Antonio a hurtadillas desde hacía un rato. Asombrados por la vida y la belleza transmitida por su guitarra, decidieron acercarse a saludarle:
—Mozo, ¿falabas antes?
—Así es…
—¿Y ahora cantas?
—Naturalmente…
—Y, si no es indiscreción, ¿con quién hablabas?
—Con ella…
—¡Ah! Con ella…—, dijo el anciano mirando al otro, señalando al joven como si estuviera loco—. Con ella…
—Sí, con ella —, dijo Antonio interrumpiendo la melodía de su guitarra y dirigiendo su mirada a los dos ancianos —. Con ella —, añadió señalando con su dedo índice hacia el interior del estanque.
Antonio constató el gesto de incomprensión de los dos hombres y siguió hablando:
—Vive ahí, estoy seguro. Las sombras me contaron que, entre estas cristalinas aguas, ella por siempre sumergida estará… Y ahí, en el fondo del pantano vive. Ahí viven sus ojos oscuros, su pelo moreno, su carácter afable y bondadoso; toda ella vive ahí. Por eso vengo hasta aquí, a cantar las canciones que a ella tanto le gustaban. Cuando se levanta el viento, y las aspas del molino empiezan a moverse, se forman pequeñas olas en la orilla a través de las cuales ella ha llegado a hablarme.
Antonio volvió a retomar su melodía, clavando su mirada de nuevo en el pantano.
—En los días en que las aguas estaban más calmadas, extasiada quizás al oírme entonar sus canciones favoritas, o deseosa tal vez de reencontrarse conmigo, he llegado a ver su mano saliendo sobre la superficie del agua, como si me la estuviera tendiendo… He llegado a ver su mano en dos ocasiones y no puedo rechazarla por más tiempo… Miren, ¿ven ustedes aquellos sauces que hay detrás del molino?
—Sí, son sauces llorones.
—Exacto… Son sauces llorones, sauces que lloran… Lloran porque, entre sus propias ramas, Maribel fue mía por primera vez. Bajo sus ramas, Maribel me regaló el primer beso.
Sin despedirse de él, los dos ancianos retomaron su paseo, dejando allí solo a Antonio, pues creyeron que estaba chiflado. Antonio entonces agudizó el tono de su himno, dándole una mayor fuerza y un cierto aire celestial. La música volvía a hacerse fuerte, pudiendo percibirse en varios metros a la redonda, mientras él la acompañaba de nuevo murmurando. Entonces, él mismo se sintió extasiar: sin morir, parecía entonces como si definitivamente su alma empezara a separarse de su cuerpo... En ese momento, Antonio entonó, al compás de su propia pieza, unos versos que pudieron ser percibidos por quien le estuviera escuchando:
—Aunque el tiempo ha pasado,
sé que esperándome estás.
¡Hoy las aguas profundas
para mi se abrirán…!
Seguidamente sonó un gran chapoteo, como si una gran piedra hubiera caído sobre el agua. Cuando aquellos dos ancianos paseantes se asomaron, mirando por encima de los matorrales, ya no encontraron a Antonio… Se acercaron hacia donde él estaba, pero tan solo pudieron ver su vieja guitarra, que, además, estaba parcialmente rota. Al fondo, junto al molino, un pastor corría de forma alocada y desorientada; mientras el ganado se le espantaba.
III
De Antonio nunca más se supo.
Aquel pastor fue internado en un centro psiquiátrico, pues todos le creían loco. Aseguraba haber visto cómo, de entre las aguas, surgía una mano suave y nívea, como la nieve que copa las montañas en invierno; una mano femenina que se tendía en señal de afecto y acogida. También decía que vio cómo el joven que cantaba, al son de su propia guitarra, correspondió al gesto de dicha mano, siendo inmediatamente absorbido, sin ejercer ningún tipo de resistencia, ni mostrar, durante los segundos siguientes, ninguna intención de oponerse al deseo de absorción hacia el interior del lago. Eso decía haber visto el pobre pastor, y le creyeron loco…
Desde entonces, un halo de misterio envuelve al pantano, allá junto al viejo molino. Los pastores, por miedo, no dejan solo al ganado en aquella zona y cuando transitan por allí, lo hacen con cautela y a plena luz del día. Los famosos sauces que había junto al molino, llorones en su día, ya no lagrimean: sus ramas hoy son fuertes y erguidas, mientras sus copas se abren hacia el cielo, siempre hacia arriba.
Hay quien asegura haber oído, en el crepúsculo de alguna tarde primaveral, el canto al unísono de un hombre y una mujer procedente del interior de las aguas, lo que ha generado la creencia de que sus espíritus viven aprisionados y sumergidos en la profundidad de las aguas del pantano. Yo no sé, en verdad, qué crédito darle a esta última parte de la historia; pero la verdad es que, desde aquel día, ningún bañista ha vuelto a sumergirse en las sombrías aguas del pantano, en el acogedor margen que hay junto a las ruinas del viejo molino.

I
—Camareiro, ponme outra copa.
—Pero hombre, si ésta ya era la sexta… Está usted completamente borracho; creo que es mejor que se vaya a casa y no beba más…
—Ponme outra, por favor... ¡Ah! Y deja la botella aquí, a mi lado; me temo que será el único consuelo que me quede esta noche…
—Pague las anteriores y, entonces, empezaremos a hablar, que creo que lleva usted una cogorza encima, que no va a saber ni contar el dinero…
—Lo siento, pero no me queda ni un duro…
—¡Qué no tiene con qué pagarme?
—Perdí todo el dinero que llevaba, y un buen pellizco que no llevaba, jugando con profesionales en un estúpido juego de azar. ¡Me han engañado! Una vez más, la suerte no ha estado de mi lado… Pero bueno… Te puedo contar mi vida de nuevo…
—Ya me la ha contado antes… Y me temo que aquí de eso no se come.
—Tranquilo. Eu pagarei, non che preocupes...
—No, si yo no me preocupo… Pero mi jefe sí que se preocupa. Él es de ésos a los que les gusta que los clientes le paguen sus consumiciones… Y también le gusta que, al final del día, la caja le cuadre.
—Llámale y dile que venga… Contareille a el a miña historia…
—Dudo mucho que le interese… No se lo tome a mal pero —, el camarero se arrimó a Antonio para acrecentar la confidencialidad, al tiempo que bajaba su tono de voz —, dudo que esa historia del viejo molino, el pantano y la chica que duerme en el fondo le interese a mi jefe. Mi jefe no sabe valorar esas cosas…
—Bueno, en ese caso… Ponme outra copa, é o único que pido.
—No… Además, son ya casi las cinco… ¡Vamos a cerrar!
La conversación se siguió desenvolviendo en el marco de lo que hasta ahora se ha contado: Antonio dispuesto a conseguir la copa, el camarero no dispuesto a dársela. Sea como fuere, lo cierto es que Antonio acabó tirado a la puerta del local, levantándose como buenamente pudo para que, guiado por la luna, iniciara el camino de retorno que le había de conducir a su casa.
Era una hora algo extraña: era muy temprano para que saliera el sol, pero ya era demasiado tarde para plantearse hacer cualquier cosa para esa noche. Quedaría como una hora para que amaneciera, si bien el ambiente denotaba que el aliento nocturno ya exhalaba sus últimos suspiros, antes de que empezaran a aparecer los primeros haces de luz.
Antonio había salido de fiesta con sus amigos. Él no quería, estaba triste y cansado; no le apetecía. Sin embargo, ellos le convencieron diciéndole que le iban a buscar una chica estupenda que le ayudara a hacer borrón y cuenta nueva o, de no ser así, al menos sí darse un buen homenaje, aunque solo fuera por una noche. Sin embargo, del grupo de cuatro que salieron, el único que acabó la noche sin encontrar pareja fue el propio Antonio: uno encontró una chica con la que se retiró sin decir a dónde iba, y los otros dos acabaron en sendas habitaciones de un prostíbulo, uno con una morena y otro con una rubia, pagando al amanecer una importante suma por los servicios prestados. Hay determinados placeres que cuestan dinero, especialmente cuando para ello se convierte en un simple y burdo objeto a una mujer.
Solo, después de que sus amigos cambiaran su compañía por la de una fémina, decidió emprender por su cuenta una ruta de bares, como la que años atrás tanto gustaba recorrer. Sin embargo, perdió el rumbo en el tercer bar; la lluvia, además, contribuyó a que se extraviara por las calles en ese desorientado itinerario. Desde entonces, hablaba con quien no contestaba, contestaba él a quien creía que le hablaba e ignoraba a las pocas personas que tenían intención de hablarle o ayudarle.
Ebrio y desconsolado… En ese estado acababa Antonio la noche. Iba borracho, sí, no hay por qué negarlo; no tiene sentido contradecir lo que es más que evidente… Pero no solo eran las copas lo que justificaba semejante estado de embriaguez. Antonio estaba borracho de la vida, porque esa fuerza interna sustancial mediante la cual obra todo ser que la posee, para él ya había dejado de ser fuerza, convirtiéndose en debilidad… Y es que la vida no siempre trata a cada cual como se merece… Lo suyo entonces era auténtico desaliento. ¡Triste situación la del desaliento! Alguien dijo alguna vez que la vida es como un viaje por mar, dado que hay días de calma y días de borrasca… Cierto es… La pena es que el barco de Antonio iba a la deriva surcando negros mares, sin timón ni capitán; el capitán se arrojó por la borda, ahogándose en lo más profundo del océano meses atrás. Vivir es nacer a cada instante; es saber experimentar permanentemente, como el Ave Fénix, ese proceso de renacer para hacerse a uno mismo… Antonio se había salido de ese proceso, y poco a poco se estaba matando a sí mismo… Guardaba algo dentro, que le iba minando el espíritu a pasos agigantados. Estaba borracho de sinvivir, más que de la vida, y también ebrio de desilusión: todo aquél que tiene una razón para vivir puede soportar cualquier forma de hacerlo; el problema se plantea cuando uno, como le ocurría a Antonio, considera que ya ha perdido toda razón para seguir viviendo. ¿Ilusión, para qué? ¿Qué sentido podía encontrar alguien como Antonio a una esperanza carente de fundamento real? Los humanos, como toda especie viva, somos mortales; pero lo que nos diferencia de los animales es el hecho de ser los únicos que, al parecer, tenemos conciencia de que hemos de morir. Sin embargo, hay gente que muere antes de morir, muere aún estando viva… Existencia vacía, existencia muerta, existencia negra…
Ebrio y desconsolado; con la visión un tanto nublada pero con la memoria bastante fresca, Antonio volvió al lugar donde siempre acababa, donde guardaba todos sus bienes y alguna otra cosa que se había ido encontrando, donde dormía y se despertaba, donde unas veces lloraba y otras reía… Donde él siempre esperaba. Pero, al llegar, a él nadie le estaba esperando: nadie había durmiendo y, por supuesto, nadie se despertó a su llegada; nadie lloraba, nadie reía… Lo único que le esperaba, si es que así se puede decir, era una carta y un buen fajo de propaganda en el buzón de correos y, para colmo de males, la carta no era para él: el cartero la había extraviado, depositándola por error en su buzón.
Su casa era pequeña y denotaba cierto abandono: muebles semirrotos y sucios, botellas de cristal caídas por el suelo, paredes de tonos desigualmente difuminados con manchas lóbregas, un par de sillas tiradas y una tercera con la tapicería resquebrajada. Antonio, al entrar, se dirigió directamente a su dormitorio, donde las arrugas de las sábanas revelaban que debía llevar cerca de una semana sin hacer la cama. Sin cambiarse de ropa y sin ni siquiera quitarse los zapatos, Antonio se tumbó en la cama quedándose, en cuestión de segundos, dormido.
En la mesilla guardaba una colección de fotos, todas ellas boca abajo. Eran fotos que él no quería mirar, para evitar que afloraran recuerdos, pero que, a su vez, conservaba ahí, pues creía que así ahuyentaba las pesadillas nocturnas que le podían visitar a altas horas de la madrugada.
Cuando mediado el día siguiente se despertó, Antonio escrutó la hora y, tras constatar la magnitud del tremendo dolor de cabeza con el que iba a tener que cargar, levantó una de las fotos que boca abajo había sobre la mesilla, mirándola durante unos segundos con fijación. En ella se veía a una mujer hermosa, joven, abrazada a un hombre, que en realidad era el propio Antonio. Ella era una mujer de cabellos brunos y alisados, con un cuerpo divinamente estilizado con arreglo a los proporciones que dictamina la sublime hermosura estética, y con una piel clara y tierna; ojos azabachados, llenos de vida y transmisores de una mirada penetrante; mejillas dulcemente sonrosadas, nariz afilada con suavidad y mentón finamente contorneado.
—Maribel… —, exclamó suspirando al contemplar la foto —. ¡Maribel, maldita sea!
Antonio arrojó entonces, con cuanta fuerza le aportó su furia, la foto contra la pared que tenía en frente, lo que hizo pedazos el marco y el cristal de protección, que cayeron inmediatamente al suelo; cayeron sobre un montón de pequeños trozos de madera, cristales rotos y fotos malogradas, lo que denotaba que no era la primera vez que Antonio destrozaba una foto siguiendo el mismo proceso.
Seguidamente, nuestro joven se levantó, cogió su vieja guitarra colgándosela a la espalda y salió de su casa cerrando la puerta, pero sin echar la llave a la misma…
II
Antonio abandonó la ciudad a toda velocidad y llegó corriendo hasta el pantano, con la guitarra colgada a su espalda. Muchos eran los bañistas que allí acudían a zambullirse en las aguas. En la orilla del lago a la que él llegó, se levantaba un majestuoso molino de viento abandonado, antaño moledor del grano de nuestro pan de cada día. Era una zona eminentemente arbórea y tranquila. El sol poniente dejaba un reflejo dorado en el verde sombrío, algo bruno, de los árboles venerables: los cedros, los sauces y los cipreses, que contaban la edad del molino, poblaban la parte trasera de un viejo jardín sin flores, abandonado y rancio, como rancia era la madera de las aspas del molino. Tras el jardín había unos pastos, que hacían que la zona fuera frecuentemente visitada por pastores acompañando al ganado.
Solo, casi sin sentido, en parte adormecido y en parte levitando, Antonio caminaba por la orilla del pantano, buscando el lugar propicio para sentarse. Según iba bordeando el pantano, Antonio empezó a hablar, dirigiéndose aparentemente al interior del mismo:
—¡Maribel! Hola, Maribel… Soy yo: Antonio… Sí, tu Antonio. He venido a verte… No podía resistir más y he venido hasta aquí, junto al molino, para verte. He traído la guitarra conmigo, mírala, la llevo colgada de mi espalda.
Antonio se sentó sobre una peña que había en la orilla, y, mientras dejaba caer dos lágrimas por sus mejillas, colocó la guitarra sobre sus piernas y siguió hablando.
—Maribel, amor mío, mi vida es un desastre… Sin ti no soy nada, sin ti mi mundo está vacío. ¡Qué desgraciado soy! Desde aquel día que vinimos aquí a bañarnos, mi vida dejó de ser vida… ¡con lo que nos gustaba venir aquí! ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas cuando nos sorprendía la lluvia en nuestros paseos y nos escondíamos en el interior del viejo molino? ¿Recuerdas aquel día en que los rayos de sol que vinieron tras la lluvia, nos sorprendieron a través del ventanuco, haciendo el amor dentro del molino? ¿Recuerdas que susto el día que estábamos recogidos dentro del molino y, al levantarse el viento, se rompió la soga de sujeción y las aspas del molino empezaron a moverse? A pesar de que nos encantaba bañarnos en el pantano, este sitio era aún más atractivo para nosotros cuando llovía…
»Aún no me explico cómo pudo pasar, aún no entiendo qué sucedió… ¡Eras una excelente nadadora! ¿Qué te pasó? ¿Qué te retuvo para impedirte salir? Cuando tú te sumergiste en estas aguas, yo me hundí también; mi alma se ahogó contigo. Desde entonces no hay nada en el mundo que suscite mi interés. ¡Desventurado de mí, que no tengo a quien acudir en mi desgracia…! Que vivo perseguido por tu propia muerte, y la muerte me está matando. Desde que te ahogaste, nuestra cama está vacía. Cuando por las noches me acuesto y cierro los ojos, solo me vienen a la mente dos imágenes: tu cuerpo y el agua. Sí: tu cuerpo, Maribel, tu cuerpo. Tu cuerpo desnudo tumbado, junto a mí, en nuestra cama. Cuando creo que me aproximo a poder tocar de nuevo tu cuerpo, veo, al fondo, las aguas del pantano. Aguas infinitas, aguas que se pierden en el horizonte, aguas que llegan hasta los confines de lo que mi ojo alcanza a ver y hasta lo más remoto que mi mente puede concebir…
»Hace ya días que no vengo aquí cuando llueve pero, a pesar de esto, entre la bruma que siempre acompaña a este charco, voy siguiendo lo que creo que son tus pasos… Por eso estoy aquí, y por eso te canto…

Al comenzar a moverse sus ágiles manos, su guitarra empezó a sonar. Las seis cuerdas resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que poco a poco se fue perdiendo, como si se tratara de una voluta de humo. Comenzó entonces a sonar una armoniosa melodía, que nacía del punteo que Antonio le daba a la propia guitarra: aquello parecía una colección de himnos, cada uno con vida propia que, al confundirse, formaban uno solo, cuya melodía hechizaba a quien lo oyera. Las notas parecían flotar sobre las aguas del pantano y éstas parecía como si empezaran a responder al compás de las cadencias formando pequeñas olas.
Poco a poco, la combinación de notas se fue simplificando, mientras Antonio empezaba a cantar murmurando con suavidad, acompañando así a su propia música. Las aguas se iban agitando progresivamente, ante tan magna explosión de armonía: la naturaleza parecía estremecerse, mientras los pájaros y el aire parecían unirse al himno embelesador. Suavemente, el volumen del himno fue decreciendo, si bien el éxtasis generado a su alrededor permanecía… Dos ancianos paseantes, que merodeaban por la zona, observaban a Antonio a hurtadillas desde hacía un rato. Asombrados por la vida y la belleza transmitida por su guitarra, decidieron acercarse a saludarle:
—Mozo, ¿falabas antes?
—Así es…
—¿Y ahora cantas?
—Naturalmente…
—Y, si no es indiscreción, ¿con quién hablabas?
—Con ella…
—¡Ah! Con ella…—, dijo el anciano mirando al otro, señalando al joven como si estuviera loco—. Con ella…
—Sí, con ella —, dijo Antonio interrumpiendo la melodía de su guitarra y dirigiendo su mirada a los dos ancianos —. Con ella —, añadió señalando con su dedo índice hacia el interior del estanque.
Antonio constató el gesto de incomprensión de los dos hombres y siguió hablando:
—Vive ahí, estoy seguro. Las sombras me contaron que, entre estas cristalinas aguas, ella por siempre sumergida estará… Y ahí, en el fondo del pantano vive. Ahí viven sus ojos oscuros, su pelo moreno, su carácter afable y bondadoso; toda ella vive ahí. Por eso vengo hasta aquí, a cantar las canciones que a ella tanto le gustaban. Cuando se levanta el viento, y las aspas del molino empiezan a moverse, se forman pequeñas olas en la orilla a través de las cuales ella ha llegado a hablarme.
Antonio volvió a retomar su melodía, clavando su mirada de nuevo en el pantano.
—En los días en que las aguas estaban más calmadas, extasiada quizás al oírme entonar sus canciones favoritas, o deseosa tal vez de reencontrarse conmigo, he llegado a ver su mano saliendo sobre la superficie del agua, como si me la estuviera tendiendo… He llegado a ver su mano en dos ocasiones y no puedo rechazarla por más tiempo… Miren, ¿ven ustedes aquellos sauces que hay detrás del molino?
—Sí, son sauces llorones.
—Exacto… Son sauces llorones, sauces que lloran… Lloran porque, entre sus propias ramas, Maribel fue mía por primera vez. Bajo sus ramas, Maribel me regaló el primer beso.
Sin despedirse de él, los dos ancianos retomaron su paseo, dejando allí solo a Antonio, pues creyeron que estaba chiflado. Antonio entonces agudizó el tono de su himno, dándole una mayor fuerza y un cierto aire celestial. La música volvía a hacerse fuerte, pudiendo percibirse en varios metros a la redonda, mientras él la acompañaba de nuevo murmurando. Entonces, él mismo se sintió extasiar: sin morir, parecía entonces como si definitivamente su alma empezara a separarse de su cuerpo... En ese momento, Antonio entonó, al compás de su propia pieza, unos versos que pudieron ser percibidos por quien le estuviera escuchando:
—Aunque el tiempo ha pasado,
sé que esperándome estás.
¡Hoy las aguas profundas
para mi se abrirán…!
Seguidamente sonó un gran chapoteo, como si una gran piedra hubiera caído sobre el agua. Cuando aquellos dos ancianos paseantes se asomaron, mirando por encima de los matorrales, ya no encontraron a Antonio… Se acercaron hacia donde él estaba, pero tan solo pudieron ver su vieja guitarra, que, además, estaba parcialmente rota. Al fondo, junto al molino, un pastor corría de forma alocada y desorientada; mientras el ganado se le espantaba.
III
De Antonio nunca más se supo.
Aquel pastor fue internado en un centro psiquiátrico, pues todos le creían loco. Aseguraba haber visto cómo, de entre las aguas, surgía una mano suave y nívea, como la nieve que copa las montañas en invierno; una mano femenina que se tendía en señal de afecto y acogida. También decía que vio cómo el joven que cantaba, al son de su propia guitarra, correspondió al gesto de dicha mano, siendo inmediatamente absorbido, sin ejercer ningún tipo de resistencia, ni mostrar, durante los segundos siguientes, ninguna intención de oponerse al deseo de absorción hacia el interior del lago. Eso decía haber visto el pobre pastor, y le creyeron loco…
Desde entonces, un halo de misterio envuelve al pantano, allá junto al viejo molino. Los pastores, por miedo, no dejan solo al ganado en aquella zona y cuando transitan por allí, lo hacen con cautela y a plena luz del día. Los famosos sauces que había junto al molino, llorones en su día, ya no lagrimean: sus ramas hoy son fuertes y erguidas, mientras sus copas se abren hacia el cielo, siempre hacia arriba.
Hay quien asegura haber oído, en el crepúsculo de alguna tarde primaveral, el canto al unísono de un hombre y una mujer procedente del interior de las aguas, lo que ha generado la creencia de que sus espíritus viven aprisionados y sumergidos en la profundidad de las aguas del pantano. Yo no sé, en verdad, qué crédito darle a esta última parte de la historia; pero la verdad es que, desde aquel día, ningún bañista ha vuelto a sumergirse en las sombrías aguas del pantano, en el acogedor margen que hay junto a las ruinas del viejo molino.

Comentario:
Hola Elizaldito. He encontrado este poema de tu querida ave en la red y aunque a lo mejor ya lo tienes aqui te lo mando, vale? Ya me diras que te parece:
En la inverosímil espesura de Arabia
el sándalo se ofrece majestuoso
mientras el ave desgarra con su pico
el tejido de un nuevo sudario.
Cinco siglos de vida se derrumban
su brillante plumaje se destiñe
opacando su púrpura y su ocre
mientras inquiere la altura de la cumbre.
Del rojo color al gris de su cenizas
y del lánguido tono del polvillo
al encarnado fulgor del horizonte
rasga del óvulo, la corteza el propio fénix
Con el último acorde de un gorjeo mitológico
regresa con más bríos su leyenda
pues en las altas montañas del oriente
renace el ave, como Cristo de su muerte.
Siento no poder darte datos sobre el autor porqe no le conozco.
Respecto al cuento este de que un dia te ame esta muy bien. Solo una cosa, que intentes hacer una prosa en especial en los comentarios, menos cargante. Por lo demas es muy chula... Un abrazo
En la inverosímil espesura de Arabia
el sándalo se ofrece majestuoso
mientras el ave desgarra con su pico
el tejido de un nuevo sudario.
Cinco siglos de vida se derrumban
su brillante plumaje se destiñe
opacando su púrpura y su ocre
mientras inquiere la altura de la cumbre.
Del rojo color al gris de su cenizas
y del lánguido tono del polvillo
al encarnado fulgor del horizonte
rasga del óvulo, la corteza el propio fénix
Con el último acorde de un gorjeo mitológico
regresa con más bríos su leyenda
pues en las altas montañas del oriente
renace el ave, como Cristo de su muerte.
Siento no poder darte datos sobre el autor porqe no le conozco.
Respecto al cuento este de que un dia te ame esta muy bien. Solo una cosa, que intentes hacer una prosa en especial en los comentarios, menos cargante. Por lo demas es muy chula... Un abrazo
Comentario:
Mu bien, mu chula, mu guay... ahora keremos Beto... Beto beto Beto Beto Beto Beto Beto Beto Beto vbeto... Creo qe se entiende no??? que vuelva Beto ya
Comentario:
Quisiera daros las gracias a todos por vuestros comentarios y por la aparentemente buena acogida, con sus fallos y errores, del cuento de Antonio... En breve pondré cosas nuevas aquí que espero que os parezcan interesantes...
Comentario:
hola, soy una persona que ha leido tu cuento y me ha parecido muy triste. tienes a muchos seguidores, y eso está muy bien. Bueno, futuro residente en Toledo, q la gente te lea tanto como hasta ahora. besos
Comentario:
gracias ... sí ... seguiré así .. no me queda más remedio ... ojalá todas las almas encontraran un lugar en el fondo de algún lago junto a otra alma ... es hermoso... seguiré pensando en ello.
gracias , mi blog es tu casa.
gracias , mi blog es tu casa.
Comentario:
Otra historia preciosa Rubén!.
Sin duda, el AMOR,es lo más grande que la vida nos puede regalar.
Ese sentimiento trascendente, luminoso y encantador del AMOR es lo que nos llena con más profundidad cuando ocurre en nuestra vida. Por eso cuando lo perdemos, es lógico poder llegar al borde del abismo,la locura...
Es el precio por vivir, por amar!
Un besote!
Sin duda, el AMOR,es lo más grande que la vida nos puede regalar.
Ese sentimiento trascendente, luminoso y encantador del AMOR es lo que nos llena con más profundidad cuando ocurre en nuestra vida. Por eso cuando lo perdemos, es lógico poder llegar al borde del abismo,la locura...
Es el precio por vivir, por amar!
Un besote!
Comentario:
He aceptado la invitación que me lanzaste en mi blog y aquí estoy! He de decirte que estoy gratamente sorprendida. Es un lujo poder leerte. Me pondré al día con tus anteriores post y seguiré pasando por aquí.
Un beso!
Por cierto, gracias por tu comentario ;)
Un beso!
Por cierto, gracias por tu comentario ;)
Comentario:
Cuanta intensidad en tus palabras, cuántas verdades, qué cantidad de alcohol. En fin amigos, la vida es maravillosa.
Pd. Lo de ir de princesa de mi tiempo simplemente es un modelito con tiara y algún detalle danés por aquí otro por allá...jeje, un beso! Espero seguir leyéndote.
Pd. Lo de ir de princesa de mi tiempo simplemente es un modelito con tiara y algún detalle danés por aquí otro por allá...jeje, un beso! Espero seguir leyéndote.
Comentario:
Gracias por pasarte por mi blog y por tu comentario, me has alentado mucho. Preciosa historia, aunque triste. Hay muchas personas en el mundo que tienen que pasar el resto de sus vidas sin su amor porque el destino les arrabata sus vidas, sin duda es una de las cosas más dolorosas que te pueden pasar en el mundo.
Este invierno estuve en Galicia un mes y medio, sus gentes son maravillosas y sus paisajes místicos, dignos de inspiración.
Un beso
Este invierno estuve en Galicia un mes y medio, sus gentes son maravillosas y sus paisajes místicos, dignos de inspiración.
Un beso
Comentario:
Buenas caballero, muchas gracias por tu comentario, me alegro mucho que te haya gustado. Bueno mi blog lo tengo un poco abandonado, pero me gustaría que me visitaras en http://universodepequenascosas.spaces.live.com este siempre lo tengo actualizado. En cuanto a tu blog, déjame decirte que me gusta mucho, me encantan los mini cuentos, asi que espero lo sigas haciendo tan bien como hasta ahora. Saludos!!
Comentario:
Muchas muchas gracias por tus versos y el resto de tus letras. Estás invitado siempre que quieras a pasearte por mi palabras. Me permito el lujo de entrar en las tuyas.
Besos.
Besos.
Comentario:
Me recuerda a "El muelle de San Blas" de Maná.





