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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
En el andén de la vida
Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación, le informaron que el tren en que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora.
La elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua para pasar el tiempo.
Buscó un banco en el andén central y se sentó preparada para la espera. Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.
De forma imprevista, la señora observó cómo aquel muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, sin reparar en nada ni en nadie de alrededor. La mujer se molestó por lo que estaba viendo: por un lado, no quería ser grosera, pero, por otro, tampoco podía dejar pasar aquella situación como si nada estuviera pasando; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se la comió mirándolo fijamente a los ojos. Como respuesta, el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora ya enojada, tomó una nueva galleta y, con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.
El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete sólo quedaba la última galleta.
—No podrá ser tan descarado—, pensó mientras miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas.
Con calma el joven alargó la mano, tomó la última galleta, y con mucha suavidad, la partió exactamente por la mitad. Así, con un gesto amoroso, ofreció la mitad de la última galleta a su compañera de banco.
—¡Gracias!—, dijo la mujer tomando con rudeza aquella mitad.
—De nada—, contestó el joven sonriendo suavemente mientras comía su mitad.
Entonces el tren anunció su partida...
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en el andén, leyendo su diario, y pensó: "¡Qué insolente, que mal educado, qué será de nuestro mundo!"
Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas intacto. Ae asomó a la ventanilla para ver al joven, pero el tren ya había empezado a andar...

Anónimo
No