Levántate y anda I
—Hola, doctor… ¿cómo está mi esposo?
—Sigue igual, señora…
—Pero, ¿siente dolor?
—No. Hemos llevado a cabo una serie de pruebas preliminares y no, no experimenta ningún dolor.
—¡Gracias a Dios!
—En realidad, a estas alturas, el dolor sería una señal esperanzadora. Cualquier dolor o reflejo, voluntario o involuntario, sería un signo positivo de actividad cerebral.
—¿No podría hacer algo? ¿No puede operarle?
—En este momento estamos intentando controlar la inflamación, en torno a su medula espinal.
—Pero… Si la bala es la causa de la inflamación, ¿por qué no quitársela?
—¡Ojalá fuese tan sencillo! Hemos tenido mucha suerte de que el proyectil entrase por un costado, esquivando la cavidad abdominal.
—Pero él no está consciente y yo…
—Lo sé, lo sé. Pero se ha estabilizado….
Con gran compasión, ojos enjuagados en lágrimas, Mónica miraba el rostro de su esposo, pálido y aparentemente dormido, rodeado de tubos y cables conectados a diversas máquinas. El médico apreció el sufrimiento que aquella mujer almacenaba en sus entrañas y, acariciándole suavemente con su mano el brazo derecho, le habló en un tono algo más conciliador:
—Créame, señora. Estamos haciendo todo lo posible, todo cuanto está en nuestras manos… Quizás sería recomendable que descansara un poco… Ahora, por favor, todos ustedes esperen ahí fuera.
Todos, a excepción del médico y la enfermera, salieron de la habitación.
Recapitulemos un poco para que todos nos situemos: en aquella habitación del hospital permanecía en coma Roberto, un pequeño empresario que se ganaba la vida cultivando vides para fabricar vino. Roberto se casó hace más de veinte años con Mónica, con quien tuvo dos hijos: Guillermo, que en el momento que nos concierne contaba veinte años; y Rosa, que nació tres años después que Guillermo. Los tres, madre e hijos, estaban en aquel momento en la habitación del hospital y, junto a ellos, también estaba Miguel: un primo hermano de Roberto, médico retirado, que vivía en la otra punta del país.
Todos, salvo Guillermo, venían de un funeral: el funeral de Jacinta, la madre de Roberto; he ahí la razón de la visita de Miguel. Jacinta y Roberto, madre e hijo, dos noches antes caminaban por las calles de la ciudad cuando fueron sorprendidos por un atracador que, a punta de pistola, quiso arrebatarles todo el dinero que llevaban consigo. Acababan de sacar dinero en un cajero automático y se dirigían a un restaurante en el que iban a convidar a una buena colección de amigos para celebrar el cumpleaños de Jacinta. Dado que la suma de dinero que portaban era considerable, Roberto se opuso a entregarle al ladrón el dinero y, dada su corpulencia, acabó forcejeando con el atracador en el afán de intentar arrebatarle el arma. Por desgracia, la pistola se accionó dos veces, hiriendo de muerte a Jacinta y, posteriormente, a Roberto en la espalda. El atracador se dio a la fuga…
Así, mientras el cuerpo de Jacinta acababa de recibir sepultura en el cementerio de la ciudad, su hijo Roberto no pudo asistir al sepelio al estar inconsciente en la habitación de un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
***********************************************************
Mónica, sus hijos y Miguel esperaban fuera de la habitación, en el pasillo de la planta, mientras el médico y la enfermera trabajaban por salvarle la vida a Roberto. Al observar la tremenda tensión acumulada, materializada en los cíclicos y angustiados paseos que Mónica, Guillermo y Rosa daban desordenadamente por el pasillo, Miguel se decidió a hablarles para intentar sosegarles:
—Tranquilos. Vosotros, ahora mismo, no podéis hacer nada. Están atajando la inflamación y vigilando todas las estructuras vitales…
—¿Cómo lo sabes? —, preguntó Rosa, sorprendida por la claridad y el aparente conocimiento demostrado por el primo de su padre.
—He visto las gráficas, denotan la ingestión de líquidos. Le están suministrando todos los antibióticos necesarios.
—Hablas como un médico —, repuso Guillermo.
—Lo siento, Guille… No era mi intención.
—Pero tú eres médico —, añadió Mónica.
—Ya no ejerzo… Ahora me dedico a la investigación.
—Pues es una pena… —refunfuñó Guillermo con suavidad.
—Mirad, esto no conduce a nada… Lo mejor es que confiemos en el médico y, lo que ha dicho antes es la pura verdad: Mónica, quizás lo más recomendable es que descanses un poco. ¿por qué no te vas a casa?
—No, quiero estar con él… Me quedaré aquí
—Y nosotros también —, añadió Guillermo.
—Bien —, sugirió Miguel—. Pues mientras acaba el médico, que aún tardará unos minutos, propongo que bajemos a la cafetería para tomar algo y relajarnos un poco.
Así lo hicieron: todos, a excepción de Guillermo que deseaba quedarse junto a su padre, bajaron a la cafetería. En el rato que estuvieron allí, Miguel estuvo contando historias y anécdotas transcurridas durante la infancia y juventud que compartió con su primo Roberto, intentando así arrancar una sonrisa a Mónica y a Rosa, que ingerían uno de los cafés más amargos de su vida. La hilera de anécdotas vertidas se vio bruscamente truncada cuando, desde megafonía, se llamó al equipo de cuidados intensivos para que acudiera urgentemente a la habitación de Roberto. Prestos volvieron los tres a la habitación, en cuya puerta esperaba Guillermo. De nuevo tocaba esperar:
—Llevan veinte minutos ahí dentro —, dijo Guillermo con cierta preocupación—, ¿qué estarán haciendo?
—Probablemente llevan a cabo un completo examen neurológico —, respondió Miguel.
—¿No pueden darle un estimulante para despertarle? —, preguntó Rosa.
—¡Ojala fuera tan sencillo! Le aplican estímulos para obtener respuesta al dolor o cualquier otro síntoma.
Minutos después, salió el doctor y, con el expediente médico de Roberto en la mano, les informó del estado de su paciente:
—La tumefacción cerebral parece haber cedido. Responde a la medicación antiinflamatoria.
—¿Podría traducírmelo? —, preguntó Mónica—.
—Claro. Mejora el estado de coma de su marido y ya vamos obteniendo algunas respuestas…
—¿Ya ha abierto los ojos?
—No, aún no…
—Quiero verle…
Todos entraron en la habitación. Mónica tomó de la mano a su esposo, sentándose junto a él, mientras con dulzura le llamaba por su nombre… Entretanto, el doctor seguía informando a Miguel:
—Los esteroides dan resultado, pero aún tenemos respuestas negativas a nivel tecnonal profundo y hay tejidos dañados en la que podríamos llamar “zona del impacto”.
—No es muy alentador…
—No.
—Gracias doctor…
El doctor seguía realizando su trabajo en la habitación, consultando las máquinas, mientras Miguel se colocó junto a Mónica, que hablaba a su marido:
—Cariño, tus hijos se han portado muy bien: Guille está aquí, conmigo, contigo… Rosa está en casa, se ha ido a descansar… Ella quería mucho a su abuela, a tu madre, y…
—¡Mónica! —, interrumpió Miguel—, Yo no se lo diría ahora…
—Es que él… ¿No puede oírme, verdad?
—No podemos estar seguros —, interrumpió el médico—. Es mucho lo que se ignora sobre los estados de coma.
—¡No lo entiendo! —, dijo Mónica entre lágrimas—. Si puede oírme, ¿por qué no se despierta?
—Si pudiéramos estar seguros, en casos como éste, todos tendríamos el Premio Nóbel. Volveré más tarde…
El médico se retiró, mientras fuera del hospital la noche había caído. Todos, salvo Mónica, se fueron a casa a dormir. A la mañana siguiente, todos acudieron al hospital a primera hora, a la espera de la nueva visita del médico, que facilitaría un nuevo parte. El doctor acudió puntual, como era costumbre en él, y, tras cumplimentar su pertinente reconocimiento, dejó pasar a los familiares dentro de la habitación, procediendo a informarles:
—Los signos positivos anteriores han remitido. Ésta podría ser una situación temporal que se resuelva por sí sola, o los síntomas de un ulterior deterioro neurológico.
—¿Sistema respiratorio? —, preguntó Miguel.
—Falla. Respira artificialmente…
—¿Y el coma?
—Cada vez es más profundo…
Mónica en un arrebato de desesperación, posó sus manos sobre los brazos cruzados del médico que trataba a su esposo e, intentando contener su llanto, le habló:
—Doctor… ¿Mi marido se muere?
—Señora… Hacemos todo lo que podemos… Por ahora, no puedo darle más novedad que ésta que le acabo de dar. Hasta luego.
—Gracias, doctor —, respondió el primo.
—Gracias —, añadió ella.
El doctor se retiró y Mónica se sentó en la cama junto a Roberto, tomándole la mano…
—Hola,… Soy yo. También está Guille. Anoche estuvimos hablando de aquellas vacaciones que fuimos a pasar al Lago de Sanabria. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías, cariño? —, preguntó dirigiéndose a su hijo—. ¿Siete? Sí, y Rosa debía tener cinco. No, no, cuatro… Rosa tenía cuatro. ¡El lago estaba tan frío! No creo que tú y yo nos metiéramos en él, pero los niños entraban y salían… ¡Había olvidado lo bien que lo solíamos pasar! Fueron tiempos felices, ¿verdad? Cariño, quiero que podamos recuperarlos… Quiero que volvamos a ser felices como antes…
Mónica lloraba desconsoladamente, tapándose la cara con la mano semiinerte de su esposo.
—¡Mónica! —, gritó Miguel.
—No. Por favor, no… No puedo dejarle ahora…
—¡Mónica, sigue hablando!
—Mamá, mira… —, añadió Guillermo.
Miguel señaló al electrocardiograma que había pasado de mostrar pequeñas cenefas que se iban repitiendo de forma armónica a revelar trazos irregulares que se repetían de forma esporádica y en un crecimiento progresivo aunque lento. Esto mostraba que Roberto sí oía lo que su esposa le iba diciendo.
—¡Mónica, sigue hablando! —, exclamó Miguel—. Voy a buscar al doctor…
—Cariño… —, dijo con gran dulzura Mónica—. Mi vida, estamos aquí…
—Papá, estamos aquí… No dejes de luchar.
El médico no tardó en llegar, mientras Roberto entreabría los ojos. Se posó en la cabecera de su cama y, tras controlar su pulso, inició el suave tratamiento reanimatorio requerido en estos casos:
—Roberto —, seguía hablándole su esposa —. Roberto, cariño: ¿puedes oírme?
Roberto respondió balbuceando con un «Hola»…
—No pierdas la calma —, apuntó el primo.
—Bien…
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo del todo y su mirada se fue clarificando. Ayudado por una linterna, el doctor pudo constatar que había recobrado la conciencia:
—Caballero: soy el doctor Hernando, el médico que le está atendiendo… Le han disparado, pero estése tranquilo: todo va muy bien.
—¡Mi cabeza! —, balbuceó Roberto
—Aparentemente se la hirió al caer…
Roberto no dejaba de mirar alrededor de la habitación, mientras iba reconociendo a toda su familia:
—Papá… —dijo emocionado Guillermo al ver que su padre le dirigía la mirada.
—Toda la tribu, ¿eh? —, dijo Roberto, mostrando que le costaba hablar.
—Cariño —, dijo Mónica—, éste es tu primo Miguel… Ha venido a…
—Hola, Rober —, interrumpió sonriente Miguel—. Pensé que me harías un descuento por tus vinos…
—Miguel, cuanto tiempo…
—Demasiado…
—¿Mi madre está aquí?
—Está bien, primo. Está descansando…
El médico, al ver la buena reacción del paciente, continuó dándole instrucciones para cotejar el alcance de su reanimación:
—Ahora quiero que apriete mi mano con todas sus fuerzas… ¡Vamos! Vamos, apriétela… Eso es… Muy bien, así… Bien… Ahora tome mi mano y llévela hacia usted… Vamos, un poco más… Muy bien, eso es, muy bien…
—¡Oh, qué felicidad! —, dijo Mónica mientras daba un suave abrazo a su esposo.
—Roberto, mueva un poco el pie derecho —, dijo el médico, que deseaba constatar las respuestas en sus extremidades inferiores…
—Claro —, dijo el paciente.
Roberto intentó hacer el esfuerzo que el médico le pidió, cuando súbitamente una tremenda angustia invadió su rostro. Parecía como si se fuera a ahogar, frente a la incomprensión de cuantos le miraban. Roberto se sofocaba a ojos vista, sin nadie entender por qué, hasta que finalmente pudo hablar:
—Mis piernas… Moni, Dios mío… ¡No puedo mover las piernas!
—Sigue igual, señora…
—Pero, ¿siente dolor?
—No. Hemos llevado a cabo una serie de pruebas preliminares y no, no experimenta ningún dolor.
—¡Gracias a Dios!
—En realidad, a estas alturas, el dolor sería una señal esperanzadora. Cualquier dolor o reflejo, voluntario o involuntario, sería un signo positivo de actividad cerebral.
—¿No podría hacer algo? ¿No puede operarle?
—En este momento estamos intentando controlar la inflamación, en torno a su medula espinal.
—Pero… Si la bala es la causa de la inflamación, ¿por qué no quitársela?
—¡Ojalá fuese tan sencillo! Hemos tenido mucha suerte de que el proyectil entrase por un costado, esquivando la cavidad abdominal.
—Pero él no está consciente y yo…
—Lo sé, lo sé. Pero se ha estabilizado….
Con gran compasión, ojos enjuagados en lágrimas, Mónica miraba el rostro de su esposo, pálido y aparentemente dormido, rodeado de tubos y cables conectados a diversas máquinas. El médico apreció el sufrimiento que aquella mujer almacenaba en sus entrañas y, acariciándole suavemente con su mano el brazo derecho, le habló en un tono algo más conciliador:
—Créame, señora. Estamos haciendo todo lo posible, todo cuanto está en nuestras manos… Quizás sería recomendable que descansara un poco… Ahora, por favor, todos ustedes esperen ahí fuera.
Todos, a excepción del médico y la enfermera, salieron de la habitación.
Recapitulemos un poco para que todos nos situemos: en aquella habitación del hospital permanecía en coma Roberto, un pequeño empresario que se ganaba la vida cultivando vides para fabricar vino. Roberto se casó hace más de veinte años con Mónica, con quien tuvo dos hijos: Guillermo, que en el momento que nos concierne contaba veinte años; y Rosa, que nació tres años después que Guillermo. Los tres, madre e hijos, estaban en aquel momento en la habitación del hospital y, junto a ellos, también estaba Miguel: un primo hermano de Roberto, médico retirado, que vivía en la otra punta del país.
Todos, salvo Guillermo, venían de un funeral: el funeral de Jacinta, la madre de Roberto; he ahí la razón de la visita de Miguel. Jacinta y Roberto, madre e hijo, dos noches antes caminaban por las calles de la ciudad cuando fueron sorprendidos por un atracador que, a punta de pistola, quiso arrebatarles todo el dinero que llevaban consigo. Acababan de sacar dinero en un cajero automático y se dirigían a un restaurante en el que iban a convidar a una buena colección de amigos para celebrar el cumpleaños de Jacinta. Dado que la suma de dinero que portaban era considerable, Roberto se opuso a entregarle al ladrón el dinero y, dada su corpulencia, acabó forcejeando con el atracador en el afán de intentar arrebatarle el arma. Por desgracia, la pistola se accionó dos veces, hiriendo de muerte a Jacinta y, posteriormente, a Roberto en la espalda. El atracador se dio a la fuga…
Así, mientras el cuerpo de Jacinta acababa de recibir sepultura en el cementerio de la ciudad, su hijo Roberto no pudo asistir al sepelio al estar inconsciente en la habitación de un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte.
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Mónica, sus hijos y Miguel esperaban fuera de la habitación, en el pasillo de la planta, mientras el médico y la enfermera trabajaban por salvarle la vida a Roberto. Al observar la tremenda tensión acumulada, materializada en los cíclicos y angustiados paseos que Mónica, Guillermo y Rosa daban desordenadamente por el pasillo, Miguel se decidió a hablarles para intentar sosegarles:
—Tranquilos. Vosotros, ahora mismo, no podéis hacer nada. Están atajando la inflamación y vigilando todas las estructuras vitales…
—¿Cómo lo sabes? —, preguntó Rosa, sorprendida por la claridad y el aparente conocimiento demostrado por el primo de su padre.
—He visto las gráficas, denotan la ingestión de líquidos. Le están suministrando todos los antibióticos necesarios.
—Hablas como un médico —, repuso Guillermo.
—Lo siento, Guille… No era mi intención.
—Pero tú eres médico —, añadió Mónica.
—Ya no ejerzo… Ahora me dedico a la investigación.
—Pues es una pena… —refunfuñó Guillermo con suavidad.
—Mirad, esto no conduce a nada… Lo mejor es que confiemos en el médico y, lo que ha dicho antes es la pura verdad: Mónica, quizás lo más recomendable es que descanses un poco. ¿por qué no te vas a casa?
—No, quiero estar con él… Me quedaré aquí
—Y nosotros también —, añadió Guillermo.
—Bien —, sugirió Miguel—. Pues mientras acaba el médico, que aún tardará unos minutos, propongo que bajemos a la cafetería para tomar algo y relajarnos un poco.
Así lo hicieron: todos, a excepción de Guillermo que deseaba quedarse junto a su padre, bajaron a la cafetería. En el rato que estuvieron allí, Miguel estuvo contando historias y anécdotas transcurridas durante la infancia y juventud que compartió con su primo Roberto, intentando así arrancar una sonrisa a Mónica y a Rosa, que ingerían uno de los cafés más amargos de su vida. La hilera de anécdotas vertidas se vio bruscamente truncada cuando, desde megafonía, se llamó al equipo de cuidados intensivos para que acudiera urgentemente a la habitación de Roberto. Prestos volvieron los tres a la habitación, en cuya puerta esperaba Guillermo. De nuevo tocaba esperar:
—Llevan veinte minutos ahí dentro —, dijo Guillermo con cierta preocupación—, ¿qué estarán haciendo?
—Probablemente llevan a cabo un completo examen neurológico —, respondió Miguel.
—¿No pueden darle un estimulante para despertarle? —, preguntó Rosa.
—¡Ojala fuera tan sencillo! Le aplican estímulos para obtener respuesta al dolor o cualquier otro síntoma.
Minutos después, salió el doctor y, con el expediente médico de Roberto en la mano, les informó del estado de su paciente:
—La tumefacción cerebral parece haber cedido. Responde a la medicación antiinflamatoria.
—¿Podría traducírmelo? —, preguntó Mónica—.
—Claro. Mejora el estado de coma de su marido y ya vamos obteniendo algunas respuestas…
—¿Ya ha abierto los ojos?
—No, aún no…
—Quiero verle…
Todos entraron en la habitación. Mónica tomó de la mano a su esposo, sentándose junto a él, mientras con dulzura le llamaba por su nombre… Entretanto, el doctor seguía informando a Miguel:
—Los esteroides dan resultado, pero aún tenemos respuestas negativas a nivel tecnonal profundo y hay tejidos dañados en la que podríamos llamar “zona del impacto”.
—No es muy alentador…
—No.
—Gracias doctor…
El doctor seguía realizando su trabajo en la habitación, consultando las máquinas, mientras Miguel se colocó junto a Mónica, que hablaba a su marido:
—Cariño, tus hijos se han portado muy bien: Guille está aquí, conmigo, contigo… Rosa está en casa, se ha ido a descansar… Ella quería mucho a su abuela, a tu madre, y…
—¡Mónica! —, interrumpió Miguel—, Yo no se lo diría ahora…
—Es que él… ¿No puede oírme, verdad?
—No podemos estar seguros —, interrumpió el médico—. Es mucho lo que se ignora sobre los estados de coma.
—¡No lo entiendo! —, dijo Mónica entre lágrimas—. Si puede oírme, ¿por qué no se despierta?
—Si pudiéramos estar seguros, en casos como éste, todos tendríamos el Premio Nóbel. Volveré más tarde…
El médico se retiró, mientras fuera del hospital la noche había caído. Todos, salvo Mónica, se fueron a casa a dormir. A la mañana siguiente, todos acudieron al hospital a primera hora, a la espera de la nueva visita del médico, que facilitaría un nuevo parte. El doctor acudió puntual, como era costumbre en él, y, tras cumplimentar su pertinente reconocimiento, dejó pasar a los familiares dentro de la habitación, procediendo a informarles:
—Los signos positivos anteriores han remitido. Ésta podría ser una situación temporal que se resuelva por sí sola, o los síntomas de un ulterior deterioro neurológico.
—¿Sistema respiratorio? —, preguntó Miguel.
—Falla. Respira artificialmente…
—¿Y el coma?
—Cada vez es más profundo…
Mónica en un arrebato de desesperación, posó sus manos sobre los brazos cruzados del médico que trataba a su esposo e, intentando contener su llanto, le habló:
—Doctor… ¿Mi marido se muere?
—Señora… Hacemos todo lo que podemos… Por ahora, no puedo darle más novedad que ésta que le acabo de dar. Hasta luego.
—Gracias, doctor —, respondió el primo.
—Gracias —, añadió ella.
El doctor se retiró y Mónica se sentó en la cama junto a Roberto, tomándole la mano…
—Hola,… Soy yo. También está Guille. Anoche estuvimos hablando de aquellas vacaciones que fuimos a pasar al Lago de Sanabria. ¿Te acuerdas? ¿Cuántos años tenías, cariño? —, preguntó dirigiéndose a su hijo—. ¿Siete? Sí, y Rosa debía tener cinco. No, no, cuatro… Rosa tenía cuatro. ¡El lago estaba tan frío! No creo que tú y yo nos metiéramos en él, pero los niños entraban y salían… ¡Había olvidado lo bien que lo solíamos pasar! Fueron tiempos felices, ¿verdad? Cariño, quiero que podamos recuperarlos… Quiero que volvamos a ser felices como antes…
Mónica lloraba desconsoladamente, tapándose la cara con la mano semiinerte de su esposo.
—¡Mónica! —, gritó Miguel.
—No. Por favor, no… No puedo dejarle ahora…
—¡Mónica, sigue hablando!
—Mamá, mira… —, añadió Guillermo.
Miguel señaló al electrocardiograma que había pasado de mostrar pequeñas cenefas que se iban repitiendo de forma armónica a revelar trazos irregulares que se repetían de forma esporádica y en un crecimiento progresivo aunque lento. Esto mostraba que Roberto sí oía lo que su esposa le iba diciendo.
—¡Mónica, sigue hablando! —, exclamó Miguel—. Voy a buscar al doctor…
—Cariño… —, dijo con gran dulzura Mónica—. Mi vida, estamos aquí…
—Papá, estamos aquí… No dejes de luchar.
El médico no tardó en llegar, mientras Roberto entreabría los ojos. Se posó en la cabecera de su cama y, tras controlar su pulso, inició el suave tratamiento reanimatorio requerido en estos casos:
—Roberto —, seguía hablándole su esposa —. Roberto, cariño: ¿puedes oírme?
Roberto respondió balbuceando con un «Hola»…
—No pierdas la calma —, apuntó el primo.
—Bien…
Poco a poco sus ojos se fueron abriendo del todo y su mirada se fue clarificando. Ayudado por una linterna, el doctor pudo constatar que había recobrado la conciencia:
—Caballero: soy el doctor Hernando, el médico que le está atendiendo… Le han disparado, pero estése tranquilo: todo va muy bien.
—¡Mi cabeza! —, balbuceó Roberto
—Aparentemente se la hirió al caer…
Roberto no dejaba de mirar alrededor de la habitación, mientras iba reconociendo a toda su familia:
—Papá… —dijo emocionado Guillermo al ver que su padre le dirigía la mirada.
—Toda la tribu, ¿eh? —, dijo Roberto, mostrando que le costaba hablar.
—Cariño —, dijo Mónica—, éste es tu primo Miguel… Ha venido a…
—Hola, Rober —, interrumpió sonriente Miguel—. Pensé que me harías un descuento por tus vinos…
—Miguel, cuanto tiempo…
—Demasiado…
—¿Mi madre está aquí?
—Está bien, primo. Está descansando…
El médico, al ver la buena reacción del paciente, continuó dándole instrucciones para cotejar el alcance de su reanimación:
—Ahora quiero que apriete mi mano con todas sus fuerzas… ¡Vamos! Vamos, apriétela… Eso es… Muy bien, así… Bien… Ahora tome mi mano y llévela hacia usted… Vamos, un poco más… Muy bien, eso es, muy bien…
—¡Oh, qué felicidad! —, dijo Mónica mientras daba un suave abrazo a su esposo.
—Roberto, mueva un poco el pie derecho —, dijo el médico, que deseaba constatar las respuestas en sus extremidades inferiores…
—Claro —, dijo el paciente.
Roberto intentó hacer el esfuerzo que el médico le pidió, cuando súbitamente una tremenda angustia invadió su rostro. Parecía como si se fuera a ahogar, frente a la incomprensión de cuantos le miraban. Roberto se sofocaba a ojos vista, sin nadie entender por qué, hasta que finalmente pudo hablar:
—Mis piernas… Moni, Dios mío… ¡No puedo mover las piernas!
Comentario:
Cuántos días sin saber de ti... espero que todo esté bien. Un beso.
Comentario:
Por cierto... El amor es la fuerza que hace renacer todo, como se ha visto aquí con Roberto... ¡No lo olvideis!
Comentario:
Gracias a todos por vuestros comentarios. La historia aquí recogida es la vida misma, son diferentes formas de verla, de enfocar un mismo problema... Es muy halagador lo que me decís al respecto... ¡Habrá segunda parte, por supuesto! Siento haceros esperar, pero es que no dispongo de mucho tiempo...
Besos y abrazos
Besos y abrazos
Comentario:
Siempre es un impacto leerte.
Comentario:
Un relato fascinante.
Seguiré leyendote.
saludos,
Seguiré leyendote.
saludos,
Comentario:
Pillín, pillín... Ya te he pillado:
¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “Levántate y anda”!
No está nada mal, un abrazo...
¡Cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “Levántate y anda”!
No está nada mal, un abrazo...
Comentario:
*Esperando el resto* :)
Comentario:
Está muy bien escrita...A ver cuando escribas algo más optimista...
Comentario:
Querido Elizalde:
No puedo menos que pronunciarme a propósito de este relato que, hasta ahora, no había tenido ocasión de leer. Ni por asomo podía intuir que tuvieras una idea como ésta en la cabeza... Conociéndote, puedo intuirme por donde va a ir el desenlace; del mismo modo, conociéndote, puedo intuirme que el desenlace no le voy a conocer hasta el final y sé que te harás de rogar a la hora de mostrárnoslo...
Ahora te doy mi opinión a propósito del relato: a mi no me ha disgustado, pero personalmente prefiero la historia de Beto. Me da la sensación de que está narrado con más sentimiento, quizá porque te sientes más identificado con el personaje que con cualquiera de los que ahí has recogido... ¡Ojo! No dudo que haya parte de ti en esta historia, pero me da la sensación de que está relatada con más objetividad.
Quiero, además, apuntarme a la opinión de Hell (copio literalmente): ¿Porqué los médicos insistirán en que los familiares vayan a casa a descansar si en esos momentos no hay lugar que te procure descanso y estar cerca de tu ser querido es lo que más descanso te da? No puedo estar más de acuerdo con ella.
Por otro lado, y hablando un poco del intrarrelato, creo que sobran personajes. Creo que los hijos de Roberto están de más y eclipsan un poco la caracterización de los otros (Mónica, Miguel y el doctor) que veo que has marcado sus diferencias con nitidez. Me refiero a que esas diferencias no se ven con tanta claridad, no sé si me entiendes... ¿qué opinais el resto?
No puedo menos que pronunciarme a propósito de este relato que, hasta ahora, no había tenido ocasión de leer. Ni por asomo podía intuir que tuvieras una idea como ésta en la cabeza... Conociéndote, puedo intuirme por donde va a ir el desenlace; del mismo modo, conociéndote, puedo intuirme que el desenlace no le voy a conocer hasta el final y sé que te harás de rogar a la hora de mostrárnoslo...
Ahora te doy mi opinión a propósito del relato: a mi no me ha disgustado, pero personalmente prefiero la historia de Beto. Me da la sensación de que está narrado con más sentimiento, quizá porque te sientes más identificado con el personaje que con cualquiera de los que ahí has recogido... ¡Ojo! No dudo que haya parte de ti en esta historia, pero me da la sensación de que está relatada con más objetividad.
Quiero, además, apuntarme a la opinión de Hell (copio literalmente): ¿Porqué los médicos insistirán en que los familiares vayan a casa a descansar si en esos momentos no hay lugar que te procure descanso y estar cerca de tu ser querido es lo que más descanso te da? No puedo estar más de acuerdo con ella.
Por otro lado, y hablando un poco del intrarrelato, creo que sobran personajes. Creo que los hijos de Roberto están de más y eclipsan un poco la caracterización de los otros (Mónica, Miguel y el doctor) que veo que has marcado sus diferencias con nitidez. Me refiero a que esas diferencias no se ven con tanta claridad, no sé si me entiendes... ¿qué opinais el resto?
Comentario:
Brillante, Elizalade, como siempre. Me has hecho pasar de la impotencia a la desazón, y de la esperanza a la incertidumbre. Espero y deseo que la historia tenga un final feliz.
Me alegra mucho que el regreso de Beto haya tenido tanto éxito!!
La canción... preciosa, de ésas que nunca te cansas de escuchar. Siempre aciertas.
Un beso fuerte.
Me alegra mucho que el regreso de Beto haya tenido tanto éxito!!
La canción... preciosa, de ésas que nunca te cansas de escuchar. Siempre aciertas.
Un beso fuerte.
Comentario:
Muy emotivo relato y muy realista. Consigues transmitir las emociones de los personajes en el trágico momento que atraviesan. Excelente como lo has narrado.
y cambiando de tema...¿Porqué los médicos insistirán en que los familiares vayan a casa a descansar si en esos momentos no hay lugar que te procure descanso y estar cerca de tu ser querido es lo que más descanso te da? Lo sé porque lo he pasado y yo estaba peor en mi casa que en el hospital
Un abrazo
y cambiando de tema...¿Porqué los médicos insistirán en que los familiares vayan a casa a descansar si en esos momentos no hay lugar que te procure descanso y estar cerca de tu ser querido es lo que más descanso te da? Lo sé porque lo he pasado y yo estaba peor en mi casa que en el hospital
Un abrazo
Comentario:
Pequeña historia cuasi-real que me ronda la cabeza desde hace tiempo. En breve os traeré el resto. Espero que os guste..





