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Ave Fénix
Reflexiones, meditaciones, absurdeces y cuantas cosas se pueden compartir con palabras
Acerca de
Hace ya tiempo creé este blog para verter en él reflexiones, historias y enlaces que pudieran ser interesantes y que nos ayudaran a cuantos visitamos este sitio en nuestro quehacer diario. No sé si decir que esto es un éxito, pero sí puedo decir que es algo que cada vez forma más parte de mi y, aunque sigo estando bastante ocupado, mantengo mi promesa de intentar actualizar el blog con frecuencia, para que no cesen de aparecer en él cosas nuevas que puedan ser de utilidad y hagan del blog un lugar dinámico e interesante, digno de ser visitado.
Sindicación
 
Levántate y anda II
Día soleado. El doctor que atendía a Roberto acompañaba en un leve paseo a Mónica y a Miguel, el primo de Roberto, por las afueras del hospital.

—No puedo creer que ocurra esto —, dijo Mónica—. ¿Qué hacemos ahora?
—Todavía no es fácil saberlo —, aseguró el médico.
—No es fácil, ¿por qué? Mi marido está paralítico, ¿no?
—Sí: se ha producido un trauma en la médula cuya importancia está aún por ver.
—Si no puede andar, yo diría que es una importancia muy grande… Solo quiero obtener algunas respuestas concretas, ¿es eso posible?
—Verá, señora: según mi experiencia clínica, los pacientes con lesiones como las sufridas por su marido pocas veces recuperan el uso completo de sus piernas.
—¿Entonces nunca volverá a andar?
—No, no he dicho eso… Existe una posibilidad, aunque muy remota… Lo siento…
—No, no. Una remota posibilidad es lo que precisamos. Roberto y yo hemos pasado mucho juntos y siempre hemos luchado por salir adelante, sé que lo hará…
—Roberto es fuerte —, interrumpió Miguel—. Tú también, Moni; tú también…
—Disculpe —, dijo Mónica llorosa al médico, apartándose.

El médico lanzó un suspiro y, tras mirar durante dos segundos a Miguel, se retiró, camino de la habitación de Roberto. Miguel no correspondió a su mirada y se dirigió a prestar su apoyo a Mónica, que lloraba desconsolada, abrazada a una de las columnas del porche de la entrada al hospital. Miguel abrazó a Mónica.

Mientras, en la habitación, Roberto sudaba angustiado a más no poder. Se asfixiaba por su propia tensión, horrorizado de solo pensar que nunca volvería a caminar. Sus hijos, Guillermo y Rosa, permanecían junto a él. Una enfermera le reponía el paño húmedo que reposaba sobre su frente, mientras le suministraba otro calmante.

—Papá, seguimos aquí —, le dijo Rosa.
—No más medicinas, por favor —, dijo Roberto espantado —. Puedo aguantar el dolor… Al menos así sentiré algo.
—Eso no le hará ningún bien, don Roberto —, aseguró la enfermera—. Ahora necesita reposo.
—Moni,… ¿Dónde está Moni?
—Mamá está ahí fuera…
—Deberíais estar con ella, os necesita…
—¡Y tú también!
—Iros, por favor…

Guillermo y Rosa salían de la habitación, cuando su padre les quiso dirigir unas últimas palabras:

—¡Eh! Decidle a mamá que saldré caminando de aquí aunque sea lo último que haga…
—Sí, papá —, manifestó Guillermo—. ¡Claro que sí!

Rosa y Guillermo salieron de la habitación y fueron al encuentro de su madre, que aún estaba junto a Miguel, en el porche de la entrada, secándose las últimas lágrimas derramadas por sus claros ojos. Rosa tomó del brazo a su madre y, tras intercambiarse una enternecedora mirada, se correspondieron palabras:

—¿Cómo está papá, nena?
—Está muy tenso, mamá… Nunca le había visto así… ¡Nos ha echado de la habitación! Nos ha dicho que nos viniéramos contigo porque nos necesitas…
—Pobre Roberto, no quiere que le veamos sufrir…
—¿Por qué no os vais a casa a descansar? —, dijo Miguel—. Yo me quedo con Roberto…
—¿Me llamarás si ocurre algo? —, preguntó Mónica.
—Claro…

Minutos después, Mónica y sus dos hijos abandonaban el hospital. Miguel se quedó toda la noche acompañando a su primo. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mónica acudió a la clínica a visitar a su marido. Tomó el ascensor del hospital y, al alcanzar la planta en la que se encontraba la habitación de su esposo, se encontró al salir a Miguel y al médico que atendía a Roberto, que conversaban al respecto del paciente. Sin ni siquiera saludar, Mónica empezó a hablarles:

—¿Cómo sigue? —, preguntó.
—Su ánimo mejora —, respondió Miguel.
—Me alegro…
—Parece haber superado el shock…
—Tiene episodios periódicos de intenso dolor —, dijo el doctor—, en la parte inferior de la espalda, en el sitio de la herida, y alguna sensación en las piernas, pero… Mucho me temo que la parálisis sea completa.
—¿Y permanente? —, preguntó Mónica.
—Es difícil saberlo… Esta tarde tendremos una consulta con el personal neurológico para tratar un “plan de ataque”.
—¿Un plan? ¿Un plan para qué?
—Existe la posibilidad de dejar la bala donde está…
—Es decir, no operar, ¿no?
—Saldría mejor parado, sin traumas adicionales…
—¡Quiero hablar con él! Hay algo que necesito contarle…
—¡Mónica! —, dijo Miguel deteniéndola—. Roberto tendrá que adaptarse a ciertos cambios y por ahora va muy bien. El progreso, durante los próximos días, dependerá de su estado mental… No creo que sea aún el momento de contarle lo de Jacinta…
—Miguel… ¿Hasta cuándo podré ocultarle la muerte de su madre?
—Al menos un par de días más… Yo permaneceré aquí hasta entonces…
—De acuerdo, está bien… Gracias

Mónica abrió la puerta de la habitación y Roberto, que tomaba un zumo semitumbado en la cama, correspondió con su mirada. Como muestra del buen humor y la alegría que le producía la visita de su esposa, Roberto dio inicio a una conversación con cierta donosura y simpática ironía:

—Hola, guapa… ¿No nos hemos visto en alguna parte?
—Creo que no, porque en tal caso yo le recordaría…
—Oh, sí… En Valencia… 1985… Junto a la gran falla de la Plaza del Ayuntamiento.
—No, no… Imposible. Llevo casada desde el ochenta y cuatro.
—¡Oh, no lo sabía!
—Pues es cierto…
—Espero que su marido no se entere de lo nuestro…
—Roberto, cariño, estás mucho mejor…
—Voy a ganar esta batalla, Moni. Voy a luchar… De verdad.
—Amor mío, sé que sí. Estoy segura y yo estaré a tu lado.

Mónica dio un beso a su marido. En esto entró el médico, acompañado de la enfermera, para proceder a aplicar suaves estímulos a Roberto en las piernas para así evaluar la obtención de alguna respuesta. Con su seriedad y amabilidad características, el doctor pidió a Mónica que abandonara la habitación, invitándola a que bajara a la cafetería. Miguel la acompañó.

La cafetería del hospital era oscura y algo desaseada, cargada de humos y gente. Nada más entrar, alguien llamó a Mónica por su nombre. Mónica se volvió y pudo ver a una mujer de unos setenta años, delgada, finamente vestida y muy repeinada. Era Ángela, la tía de Roberto.

—Mónica —, dijo mientras le daba dos besos—. Vine a visitar a una amiga que está ingresada e iba a interesarme por Roberto… ¿Cómo sigue?
—Ahora mismo le están haciendo un reconocimiento y no nos dejan estar con él en la habitación. El médico ha ordenado que repose el máximo posible…
—Imagino la tensión emocional que habéis sufrido… ¡Sobre todo el pobre Roberto! Quería tanto a su madre…
—Hemos decidido no contarle todavía lo de Jacinta. Todos pensamos que sería mejor esperar a que esté más fuerte.
—¡Por supuesto! Bueno, tengo un día muy agitado, me alegro de haberos visto…

Ángela era una anciana de aspecto agradable, si bien encerraba una cierta maldad y cinismo, difícilmente comparables con nada en este mundo. A pesar de las advertencias, Ángela decidió, cargada con un pequeño paquete bajo el brazo, visitar personalmente a su sobrino en la habitación. Al abrir la puerta, descubrió al médico que iba aplicando estímulos con el martillo, cotejando la reacción de los músculos de sus extremidades:

—Pierna derecha extensor negativo… Izquierda extensor negativo… Plantar negativo…
—¡Roberto! —, exclamó Ángela con falsa alegría—. Me dijeron que estás mucho mejor y quise venir a saludarte. Mira, te traje un libro para que te distraigas…
—Perdone, señora —, dijo el médico—, pero mi paciente ahora mismo no puede recibir visitas.
—Sí, lo sé. Me encontré con Mónica en la cafetería y me dijo que te daban golpecitos. No quise regresar a casa sin decirte “hola”.
—Gracias por tu visita, tía —, dijo Roberto.
—Vamos, Don Roberto —, repuso el médico con suave enfado—. Necesito su concentración. Señora, si quiere disculparnos…
—Ya, lo siento. Roberto, estás fenomenal… Y llevas muy bien tu dolor…
—¿Dolor? —, preguntó Roberto muy extrañado—. ¿Qué dolor?
—Supongo que no es lo mismo cuando no se asiste al entierro…
—¿Qué entierro?
—El de tu madre, por supuesto…
—¿De qué estás hablando? Mi madre no ha muerto…
—Oh, Roberto… ¡Cuánto lo siento! Creí que lo sabías… Murió accidentalmente cuando cogiste la pistola del atracador que os asaltó aquella noche…
—¡Señora! —, dijo el médico con creciente indignación—. Le ruego que se retire…
—¡Mientes! Mi madre no ha muerto… ¡Alguien me lo habría dicho!

Se fue retirando, con una suave y no poco diabólica sonrisa. Al grito de «¡Vuelve aquí!», Roberto, impotente, empezaba a sentirse morir de nuevo… El médico, que afortunadamente estaba junto a él, reaccionó de inmediato:

—Cinco miligramos de morfina, rápido. ¡Cálmese! Tranquilo, tranquilo…
—No es cierto —, añadía Roberto llorando.
—Tranquilo —, le decía el médico con las manos posadas sobre el pecho y la frente de Roberto.

Una hora después, Roberto se había tranquilizado un poco. Mónica, desconociendo la hazaña de Ángela, entró a ver de nuevo a su esposo. Portaba una contagiosa sonrisa, que intentaba transmitir a su cónyuge:

—Hola, ¿cómo te sientes?... ¿No me dices nada?
—Tienes muy mala opinión de mí, ¿no crees eso?
—Roberto, ¿qué te pasa?
—Creíste que no podría soportarlo, que yo no era lo bastante hombre…
—¡Claro que lo eres! El mismo hombre con quien me casé…
—¿De veras? Piensa otra vez en el hombre que fui la semana pasada, en la clase de hombre que aún dices que soy.
—Cariño, ¿de qué estás hablando?
—Ni si quiera has tenido el valor o la sinceridad de decirme que había matado a mi propia madre… ¡Tuve que oírselo a Ángela! Me has mentido…
—Cariño…
—¡No quiero tu piedad!
—No fue por eso… Te quiero…
—¡Es piedad! Piedad para el inválido, porque eso es lo que soy ahora… ¡Un inválido!
—Por favor, por favor escúchame: solo quisimos esperar a que estuvieses más fuerte…
—Vete… Déjame en paz…

Sin saber qué decir, observando cómo su marido la rechazaba con la mirada, Mónica abandonó la habitación con lágrimas contenidas. Roberto había cerrado los ojos. Cuando oyó que, al salir Mónica, la puerta se cerraba, los abrió. Mientras dos lágrimas resbalaban por sus mejillas, llamó a su esposa:

—Moni… Moni, perdona… ¡Moni!

Ya era demasiado tarde…
 
Comentario:
Genial Rubén; genial.

Supongo que andarás muy liado pero no te olvides del cuaderno del Beto;)

Beso,

Anna.
 
Comentario:
Súper real, tan real como la vida misma... y duro, pero si es la vida... qué vamos a esperarnos?
Genial ^^
 
Comentario:
Genial. Sin más.

Besos
 
Comentario:
Da igual que no seas optimista si lo que tienes ahora mismo dentro, y que lucha por salir, no lo és. Podría odiarte el dia que me siente a leerte y descubra que has escrito sobre lo que los demás quieres que escribas y no sobre lo que tu interior quiere escribir.
Besos.
 
Comentario:
Oh, un familiar muy cercano a mi iba en silla de ruedas porque tras algunas operaciones, perdió la mobilidad y sensibilidad de las piernas.
Es una história fenomenal la que estás escribiendo, y muy realista.

saludos, seguiré leyéndote.
 
Comentario:
Brillante,realista...vivo con ellos cada escena,veo sus caras...tremendamente creible.
Enhorabuena!

Un beso!
 
Comentario:
Brillante,realista...vivo con ellos cada escena,veo sus caras...tremendamente creible.
Enhorabuena!

Un beso!
 
Comentario:
Cada día me gusta más cómo escribes, Elizalde. Este relato es duro, pero tan real en cuanto a los sentimientos... me ha encantado.
Muchos besos.
 
Comentario:
Retomaré el blog, te lo prometo... Ando bastante liado.

Creo que el estudio de la maldad inherente a la persona humana daría para mucho porque, en ese sentido, creo que el hombre nunca (por lo menos a mi) deja de sorprender, la verdad. Lo más disparatado que se pueda pensar, es capaz de hacerlo cualquiera de nosotros en un arrebato/ataque de maldad. De todos modos, bien por Roberto... Su espíritu de lucha es muy iluminador. Deseo que tenga suerte en su dura y particular batalla...
 
Comentario:
Creo que has comprendido una parte importante del significado de esta historia, Servet querido. De todos modos, creo que también cada uno deberíamos pensar en las veces en que, en espíritu, no podemos andar... Seguiremos trabajando en ello... Hay mucho de Roberto en cada uno de los que esto leamos (especialmente en mi, que soy el que escribe la historia).

Un abrazo y gracias por leerme. ¡Ánimo con tu blog!
 
Comentario:
Como la vida misma... Te seguirán pidiendo que tus historias sean más optimistas, pero es que la vida es tal y como tú la planteas... No hay más. La ley de Murphy está para cumplirse, de lo contrario... Cuando algo va mal, puede ir peor; y el mundo está atestado de gente que solo busca hacer el mal en el momento que más daño te pueda hacer... Espero la pronta recuperación de Roberto.
No