El emperador y el mendigo
Un emperador estaba saliendo de su palacio para dar un paseo matutino, cuando, a las puertas del mismo, se encontró con un mendigo. Suponiendo que el mendigo estaba allí para pedir limosna, el emperador le preguntó:
—¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo:
—Me preguntas de una manera... ¡como si tú pudieras satisfacer mi deseo!
—Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo —, respondió el emperador—. ¿Cuál es?
—Piensa bien antes de prometer nada —, dijo el mendigo.
El emperador, que empezaba a enojarse, insistió:
—Te daré cualquier cosa que pidas. Soy una persona muy, muy, muy poderosa; soy inmensamente rico... ¿qué puedes desear tú que yo no pueda darte?
—Es un deseo muy simple —, dijo el mendigo—. ¿Ves esta bolsa que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
—Por supuesto —, dijo el emperador.
Seguidamente, el soberano, muy seguro de sí mismo, llamó a uno de sus criados, diciéndole
—Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El criado así lo hizo... Pero el dinero, apenas había caído en la bolsa, desapareció. El criado echó más, y volvió a pasar lo mismo: parecía volatilizarse. Echó más y más dinero, pero éste siempre desaparecía al instante. De esta forma, la bolsa del mendigo siempre estaba vacía.
El rumor de esta escena empezó a correr rápidamente por todos los rincones de la ciudad y la curiosidad ante lo que estaba ocurriendo trajo una gran multitud a aquel lugar, con lo que empezaba a ponerse en riesgo el “buen nombre” del emperador. Ruborizado, horrorizado solo de pensar en la deshonra que este lance podía traerle, el soberano le dijo a sus servidores:
—Estoy dispuesto a perder mi reino, estoy dispuesto a mis bienes, estoy dispuesto a perderlo todo… ¡pero este mendigo no se va a salir con la suya! ¡No puede dejarme en ridículo delante de mi pueblo!
Así, fueron vertiéndose en la bolsa diamantes, perlas, esmeraldas, rubíes zafiros, oro... Uno a uno los tesoros del emperador iban vertiéndose en la bolsa, pero ésta no parecía tener fondo: todo lo que se colocaba en ella desaparecía de forma inmediata y misteriosa.
¡No había nada que hacer! El emperador había vertido todos sus bienes en el interior de la bolsa, había llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia durante siglos. Llegado a tal situación, se arrodilló en señal de penitencia a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo:
—Has ganado: pero antes de que te vayas, me gustaría que satisficieras mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
—¿El secreto? —, dijo el mendigo—. El secreto es el material de que está hecha la bolsa: la bolsa está hecha de deseos humanos.
Anónimo
**********************************************************************************************************
Piensa en los deseos ¿cuál es su mecanismo? Analicémoslo. Primero hay una gran excitación: la aventura. Se siente un gran impulso. Algo va a suceder, se está al borde de algo. Y luego que se tiene el coche, el yate, la casa, la mujer, las joyas,… De repente, nada de ello tiene significado ya. ¿Qué ha pasado? La mente lo ha desmaterializado. El coche está en el garaje, pero ya no excita de la misma manera. Lo que excitaba era conseguirlo... o lo que es lo mismo, nos habíamos emborrachado con el deseo hasta tal punto que nos habíamos olvidado que el vacío se sitúa en el interior de nosotros mismos. Pero ahora, con el deseo cumplido (el coche en el garaje, esa mujer en la cama, el dinero en el banco, las joyas en el joyero...) desaparece la excitación
De nuevo se siente ese vacío. Y se tiene que crear un nuevo deseo para escapar de esa sensación, esa ansiedad, ese vacío. Así es como va la mayoría de la gente por la vida: de un deseo en otro, convertida en mendigos con bolsas que jamás parecen poderse llenar. Cuando se alcanza, un nuevo deseo se hace necesario, olvidando ése que tanto se buscó.
Graciela Heger A.
—¿Qué quieres?
El mendigo le miró y le dijo:
—Me preguntas de una manera... ¡como si tú pudieras satisfacer mi deseo!
—Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo —, respondió el emperador—. ¿Cuál es?
—Piensa bien antes de prometer nada —, dijo el mendigo.
El emperador, que empezaba a enojarse, insistió:
—Te daré cualquier cosa que pidas. Soy una persona muy, muy, muy poderosa; soy inmensamente rico... ¿qué puedes desear tú que yo no pueda darte?
—Es un deseo muy simple —, dijo el mendigo—. ¿Ves esta bolsa que llevo conmigo? ¿Puedes llenarla con algo valioso?
—Por supuesto —, dijo el emperador.
Seguidamente, el soberano, muy seguro de sí mismo, llamó a uno de sus criados, diciéndole
—Llena de dinero la bolsa de este hombre.
El criado así lo hizo... Pero el dinero, apenas había caído en la bolsa, desapareció. El criado echó más, y volvió a pasar lo mismo: parecía volatilizarse. Echó más y más dinero, pero éste siempre desaparecía al instante. De esta forma, la bolsa del mendigo siempre estaba vacía.
El rumor de esta escena empezó a correr rápidamente por todos los rincones de la ciudad y la curiosidad ante lo que estaba ocurriendo trajo una gran multitud a aquel lugar, con lo que empezaba a ponerse en riesgo el “buen nombre” del emperador. Ruborizado, horrorizado solo de pensar en la deshonra que este lance podía traerle, el soberano le dijo a sus servidores:
—Estoy dispuesto a perder mi reino, estoy dispuesto a mis bienes, estoy dispuesto a perderlo todo… ¡pero este mendigo no se va a salir con la suya! ¡No puede dejarme en ridículo delante de mi pueblo!
Así, fueron vertiéndose en la bolsa diamantes, perlas, esmeraldas, rubíes zafiros, oro... Uno a uno los tesoros del emperador iban vertiéndose en la bolsa, pero ésta no parecía tener fondo: todo lo que se colocaba en ella desaparecía de forma inmediata y misteriosa.
¡No había nada que hacer! El emperador había vertido todos sus bienes en el interior de la bolsa, había llegado incluso a desprenderse de joyas que habían pertenecido a su familia durante siglos. Llegado a tal situación, se arrodilló en señal de penitencia a los pies del mendigo y, admitiendo su derrota, le dijo:
—Has ganado: pero antes de que te vayas, me gustaría que satisficieras mi curiosidad: ¿cuál es el secreto de tu bolsa?
—¿El secreto? —, dijo el mendigo—. El secreto es el material de que está hecha la bolsa: la bolsa está hecha de deseos humanos.
Anónimo
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Piensa en los deseos ¿cuál es su mecanismo? Analicémoslo. Primero hay una gran excitación: la aventura. Se siente un gran impulso. Algo va a suceder, se está al borde de algo. Y luego que se tiene el coche, el yate, la casa, la mujer, las joyas,… De repente, nada de ello tiene significado ya. ¿Qué ha pasado? La mente lo ha desmaterializado. El coche está en el garaje, pero ya no excita de la misma manera. Lo que excitaba era conseguirlo... o lo que es lo mismo, nos habíamos emborrachado con el deseo hasta tal punto que nos habíamos olvidado que el vacío se sitúa en el interior de nosotros mismos. Pero ahora, con el deseo cumplido (el coche en el garaje, esa mujer en la cama, el dinero en el banco, las joyas en el joyero...) desaparece la excitación
De nuevo se siente ese vacío. Y se tiene que crear un nuevo deseo para escapar de esa sensación, esa ansiedad, ese vacío. Así es como va la mayoría de la gente por la vida: de un deseo en otro, convertida en mendigos con bolsas que jamás parecen poderse llenar. Cuando se alcanza, un nuevo deseo se hace necesario, olvidando ése que tanto se buscó.
Graciela Heger A.
Comentario:
Así funcionan los deseos, apenas has satisfecho uno ya estás pensando en el siguiente.
Los humanos nunca estamos satisfechos con lo que tenemos lo cual puede ser bueno... o muy malo.
Besos
Los humanos nunca estamos satisfechos con lo que tenemos lo cual puede ser bueno... o muy malo.
Besos