Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Delirios febriles de un miércoles noche
PhotobucketVuestra Pilimindrina lleva desde el viernes pasado sufriendo los tormentos de un virus extraño (como todo lo inglés) que la trae por la calle de la amargura. Es un virus con muy buen gusto y al que le encanta la variedad – ya lo decía la canción, “En la variedad está la diversión” -, y cada día me deleita con un síntoma diferente para que no me aburra: dolor de cabeza, malestar general, dolor de garganta, dolor de oídos, sudoraciones, fiebre alta, tos de camionero... Por si todo ello no fuera suficiente, hoy desperté notando algo raro en la cara, algo que no debería estar ahí... fui al baño, me miré al espejo y pude comprobar que mi labio superior parecía una plantación de champiñones. Vamos, que me había levantado sumamente “herposa” esta mañana. El muy capullo del herpes había crecido con nocturnidad (digo, porque creció de noche) y alevosía para evitar que acabase con él antes de que saliera a base de Zovirax. Es tan grande que hasta piensa por sí mismo. De hecho no es Pilimindrina la que escribe este artículo. Os anuncio, patéticos humanos, que a partir de hoy este blog pasará a titularse: “Otra vez Herpes en Inglaterra” MOHAHAHAHAHAW (risa maquiavélica).

(voy a tomarme otra cápsula de Paracetamol, creo que me sube la fiebre)

Esta tarde mi amigo Belo me llevó al médico por segunda vez, ya que el primer diagnóstico que había recibido el lunes no me había convencido demasiado.

Inciso: Los médicos y enfermeras ingleses adolecen de una cierta dejadez a la hora de auscultarte y dar importancia a tus síntomas. Al poco de llegar a Mix Village, Muso y yo nos encontramos una noche de juerga con dos enfermeras españolas que nos confirmaron lo que nosotros ya sospechábamos: los estudios de medicina y enfermería en la pérfida Albión son de una calidad similar a la del resto de la educación inglesa en general. Una amiga de estas chicas había ido al médico de cabecera con 39º de fiebre. El médico la miró a los ojos, la auscultó y llegó a la mágica conclusión de que era una infección viral, de modo que la mandó para casa. “¿Pero no me receta usted nada para la fiebre?”. El médico puso cara de profunda meditación zen y exclamó: “Fan!”.La chica puso cara de estupefacción. “¿Mandeeee?”. El médico frunció el ceño (“estos extranjeros, que no hablan inglés”) y repitió su magistral conclusión: “Fan, fan!!!”, mientras con un dedo indicaba un movimiento rotatorio. La chica aún no se enteraba y le pidió que se lo escribiese. Se dirigió a la farmacia preguntándose de qué tipo de nuevo medicamento milagroso se trataría. La farmacéutica miró la “receta”, miró a la chica con cara de lástima, volvió a mirar la receta, se dio la vuelta, señaló a un ventilador y exclamó: “Fan!”.

Ahora me explico por qué Inglaterra está a la cola del gasto farmacéutico en Europa.

Fin del inciso.

Como iba diciendo, después de que la primera vez el médico me mandara a casa sin receta ni nada y con órdenes de “descansar” (para eso no voy yo al médico, oiga), decidí ir una segunda a ver si le parecía más enferma que la anterior (lo cual no sería muy difícil, mi respiración sonaba como una ametralladora de la 2ª Guerra Mundial). Me atendió una enfermera que parecía clónica de las mujercitas de “The Stepford Wives” que me dijo exactamente lo mismo que el médico: para casa, descanso, Ibuprofeno y vahos. Y si te aburres mucho, Paracetamol. Hala, a cascarla.

Una vez en casa de nuevo, mi herpes y yo escribimos a RanciaWoman (mi jefa) para decirle que aún no podríamos pasarnos por el trabajo. Desde el viernes, que llevo enferma, esta buena mujer no se había molestado en llamarme o preguntar por mí ni una sola vez. Esta vez al menos se dignó contestar al correo: “Hola Pilimindrineixon, espero que te pongas bien pronto. Dinos si necesitas algo. Saludos, RanciaWoman. PD Soccer y Wiwi también han caído enfermos.”

PhotobucketRecibí la respuesta con cierta desazón... Virus con síntomas raros, herpes con vida propia... y ahora de repente mis compañeros comenzaban a caer como moscas. ¿Quedaría alguien en pie para el Lunes? Esto parecía una versión contemporánea de “La invasión de los Ultracuerpos”. ¿Realmente se trataba sólo de un inocente virus o hay algo más que deba salir a la luz? ¿Será una táctica americana para promocionar la película “La Guerra de los Mundos”? ¿Acabaría este virus con toda la vida humana sobre la Tierra? Pero no, obviamente esa no era la explicación correcta, porque... ¿quién iba a quedar para ver la película una vez se hubiera extinguido la Humanidad? Con la millonada que se han gastado en hacerla, no se van a cargar a los espectadores antes de que hayan pasado por taquilla. A no ser que...

De repente lo vi claro... Miré a mi herpes de reojo y él me devolvió la mirada con desconfianza. ¿Era realmente lo que parecía ser? Recordé que esta misma noche se había desatado una tormenta terrible sobre Mix Village. Recordé los rayos y relámpagos cayendo en el jardín de mi casa. Recordé a los elefantitos rosa a los que había pillado in fraganti en una orgía y que me habían saludado desde la ventana.

Y supe lo que tenía que hacer...

He dejado a mi herpes entretenido mirando páginas guarras en internet. Este es el momento... debo salir y desvelar al mundo lo que está sucediendo. Por la ventana se ven menos coches y algunas de las personas que pasan tienen cierto aire a mi herpes... ¿Habrá empezado ya la invasión o serán ingleses aún más feos que de costumbre? Estoy asustada, muy asustada... pero tengo una misión que cumplir. Abro la puerta de casa con sigilo y salgo al pasillo. Camino de puntillas hasta la salida, con la espalda pegada a la pared (otra camiseta más perdida de cal, cagunmimanto...). Ya casi estoy. Agarro el pomo y lo giro lentamente, y comienzo a abrir la puerta, que chirría...

Una mano con tres dedos y terminada en ventosas se apoya de pronto contra la puerta y la cierra con brusquedad. No quiero volverme, pero una fuerza irresistible me obliga a ello. Mi herpes sonríe y me observa con benevolencia. “¿A dónde te crees que ibas, Pilimindri?”...

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No temáis por ella, está en buenas manos. Pronto os la devolveré... sólo queda esperar a que el virus termine su ciclo. Ella no recordará nada y vosotros ni siquiera notaréis la diferencia (vamos, que seguirá escribiendo las mismas chorradas). Y respecto al virus... pronto lo experimentaréis en propias carnes. Sin saberlo lo habéis asimilado ya a través de este mismo artículo. En breve seremos muchos más como yo. Muchos.

¡Hoy Inglaterra, mañana el Mundo!

MOHAHAHAHAHAW

Herpes I

PD En cuanto me baje la fiebre volveré a escribir cosas (medianamente) coherentes. Ahora me voy a unir a la orgía de elefantitos rosa. Firmado, Pilimindri.
 
Los ingleses y la comida
En mis primeros artículos, en los que os describía en líneas generales el carácter de estos extraños seres denominados “ingleses”, mencioné un poco por encima alguna de sus obsesiones alimentarias; sin embargo no es suficiente con una mención superficial para hacerse a la idea de cuán profundas son algunas de las manías que esta gente adquiere a lo largo de su vida respecto a lo que se llevan a la boca (siempre refiriéndonos a la comida, ojo; sólo se llevan a la boca otro tipo de cosas en estado de embriaguez, con lo cual en eso no son tan quisquillosos).

PhotobucketDebo empezar diciendo que Gran Bretaña tiene uno de los índices de obesidad más altos del mundo... creo que sólo le supera su secretamente admirada USA (digo “secretamente” porque jamás un inglés reconocerá abiertamente su admiración por los EEUU; preguntados por el tema, definirán a un americano como el estadio evolutivo inmediatamente posterior a la ameba); a veces pienso que el índice de obesos es sólo una cosa más que los ingleses se empeñan en imitar de sus colegas americanos. Según datos recientes de la BBC, un 22% de los británicos son obesos y un ¡¡¡75%!!! padecen sobrepeso. Los gordos americanos no tienen ningún problema en aceptar que sus chichas se deben a la comida basura que inunda sus vidas. Los ingleses, por el contrario, se niegan a reconocer cualquier responsabilidad en el tema: a pesar de comer tanta o más comida basura que un americano, y de su profunda animadversión por el verbo “cocinar”, ellos se empecinarán en que su comida es siempre “healthy” (sana).

La palabra “healthy” en Inglaterra es lo más parecido a un amuleto. Su uso te garantiza el éxito profesional, la admiración popular y los favores sexuales del otro género (o del mismo, según gustos). En los supermercados, ningún otro producto se vende más que aquellos que incluyen, bien visible en su envoltorio, la palabra “healthy”. Estoy convencida de que un inglés es capaz de comerse un zurullo si viene en un paquete que pone “healthy”. La realidad es bien distinta de lo que la palabra viene a definir: los productos “healthy” suelen ser exactamente igual de basura que los demás, sólo que son “bajos en azúcar” (definición: inundados en sacarina o cualquier otro edulcorante artificial), “bajos en grasa” (definición: exprimidos para que suelten la grasa superficial visible e inundados en saborizantes artificiales) o “bajos en todo lo que suele dar sabor a un alimento realmente sano”. Vamos, que el chocolate “healthy” es bajo en cacao, la leche “healthy” es desnatada y los dulces “healthy” son bajos en sacarosa. Ni qué decir tiene que cada vez que voy al supermercado echo una hora extra en descartar todo producto en el que se adivine la palabra “healthy”, porque es sinónimo de: insípido y lleno de porquerías. ¿Dónde coño se ha visto "chocolate bajo en cacao”? ¡Eso no es healthy, es una herejía!

La obsesión con lo sano es tan desorbitada que en ocasiones los lleva a situaciones absolutamente esperpénticas. Una compañera de piso de Muso es conocida como la Srta. Tos (“Miss Cough”). No debe tener más de 21 años, pero los despierta a todos cada mañana con una tos de camionero que “calma” con su primer cigarrillo del día. Después de recoger los restos de sus pulmones del suelo, comienza su jornada laboral, durante la cual se fuma unas 3 cajetillas. Antes de dormir despide el día con 5 ó 6 cigarrillos más, para combatir el insomnio, vaya. Un fin de semana Muso se puso a calentar al horno unos filetes de pescado empanado que había comprado en el Tesco (de oferta 3x2). Casi se le caen al suelo del susto cuando justo detrás de su oreja alguien emitió un insoportable chillido: “COF... COF... WHAT ARE YOU DOIIIIIIING???... COF” - “¿¿¿Qué haces???” – “¿Es que no sabes, COF COF, que el empanado no es ‘healthy’?”.

PhotobucketMi amigo Dino tuvo también un compañero de piso inglés. Estaba totalmente horrorizado de eso que los españoles llamamos “Cola-Cao”, porque un día había leído la etiqueta y comprobado que el cacao no era desgrasado, o algo así, y que tampoco era bajo en azúcar. Su desayuno, nos dijo orgulloso una mañana en la que yo había ido a buscar a Dino para ir al mercado, era mucho más “healthy”: sobre la mesa podíamos ver dos salchichas fritas llenas de una salsa marrón extraña, bacon grasoso, una taza de té (que no falte) y tres rebanadas de pan de molde integral cubiertas de margarina... y cuando digo “cubiertas” quiero decir que la capa de margarina era más gruesa que la tostada.

Dino y yo tuvimos que taparnos la boca mutuamente y salir de casa muertos de risa. Y es que no hay nada más ridículo que un inglés sin conocimiento alguno de nutrición tratando de convencer a dos biólogos de que algo es “healthy” basándose en lo que pone en la etiqueta comercial del producto.

PhotobucketEn primer lugar, de entre todos los tipos de pan que se pueden comer, no hay ninguno menos “healthy” que el pan de molde. Yo ni siquiera lo llamaría “pan”. Si comprobáis la etiqueta, pasando por alto el slogan “SANO y NATURAL” que sin duda ocupará la mitad de ella, encontraréis en letra sumamente pequeña y escondida algo que pone “ingredientes”. Podéis comprobarlo o fiaros de mí, pero al pan de molde le echan absolutamente de todo: sal, leche, azúcar, mantequilla, conservantes, colorantes, saborizantes y grasas saturadas e insaturadas. En muchas ocasiones maquillan lo de las grasas saturadas escribiendo “aceites vegetales”, que parece que suena mucho más “sano”. Sin embargo debéis de saber que, tanto en el pan de molde como en la mayoría de la repostería, siempre que leáis “grasas o aceites vegetales” sin especificar, es porque ocultan tipos de aceite de los más perjudiciales para la salud que hay, que son el aceite de palma y el de coco (que contienen ácido palmítico). Efectivamente, son vegetales, pero su nivel de saturación es idéntico al de las grasas animales y sus efectos para la salud igual de perniciosos, con la diferencia de que estos se pueden englobar bajo la aparentemente inocente etiqueta de “aceites vegetales”.

PhotobucketLuego hablemos de la “sanísima margarina”... La mayoría de los ingleses pondrán cara de asco cuando nombres la mantequilla, y se desharán en elogios ante la margarina, porque es “healthy”. Señores, ni una ni otra son “healthy” en absoluto. Ambos productos provienen de la solidificación parcial de la grasa pura... es decir, un trozo de mantequilla/margarina es el equivalente de bebernos un vaso de chupito lleno de grasa. La diferencia entre ambas radica en su origen: origen animal en la mantequilla, origen vegetal en la margarina. Una vez más el nombre engaña, no sólo por el dudoso origen del “aceite vegetal” (sospechad, a no ser que esté específicamente descrito en los ingredientes), sino por el hecho de que la solidificación de la grasa implica en ambos casos su saturación, lo que la convierte en una bomba para nuestro organismo, que está acostumbrado en recibir la grasa de poquito en poquito a través de los alimentos que la contienen, y no de golpe en forma de un bloque seboso. Tanto la margarina como la mantequilla van corriendo directamente de la boca a los michelines, dejando un montón de restos nada “healthy” por el camino.

¿Por qué leches os digo todo esto? Pues para que no hagáis como los ingleses: la única verdad es que la mayoría de cosas que nos gustan contienen siempre algún ingrediente considerado “malo para la salud”. Cada día salen nuevos estudios que otorgan cualidades perniciosas a alimentos tan variados como las patatas, el tomate, la carne roja, los palitos de merluza y el atún en escabeche... atrévete a meterte en la boca un solo bocado de cualquiera de ellos y sufrirás de cataratas, cáncer de dedo índice y almorranas; a los dos meses saldrán otros nuevos estudios contrastados por científicos de prestigio internacional que demostrarán que esos mismos alimentos tienen propiedades beneficiosas contra el acné, el cáncer de próstata y el mal aliento. Así que si queréis disfrutar de la vida y no amargaros continuamente, o autoengañaros como hacen los ingleses, y a no ser que tengáis algún tipo de enfermedad o problema metabólico que os impida comer determinado tipo de producto... ¡Echaos bien de mantequilla en una tostada de pan de hogaza, coño! ¡Cuando queráis comer chocolate, que sea bien lleno de cacao y de azúcar! Y después a la hora del almuerzo os metéis entre pecho y espalda una buena fabada (hay que hacer patria), un cocido madrileño o una paella, todos ellos platos nutritivos y sanos que los ingleses jamás sabrán hacer, y podréis estar seguros de que disfrutaréis muchísimo más de la comida y además no haréis el ridículo. Y si después de terminar soltáis un sonoro (y sano) eructo, mejor que mejor.

PhotobucketPorque esa es otra, los ingleses, aparte de tener toda una colección de alergias que yo jamás había visto en ningún otro país (un tercio de la población es alérgica a los frutos secos, un 80% al polvo... vamos que no hay nadie que no le tenga alergia a algo), también le tienen alergia a la cocina. Cuando entras a la casa de un inglés y ves los fogones de la cocina cubiertos de todo tipo de sustancias viscosas no debes fiarte: no significa que haya cocinado, no (“¿cocinar? ¿qué es eso?”), sino que se le ha derramado algo de la salsa de alguno de los platos precocinados que ha calentado en el microondas o en el horno y no se ha molestado en limpiarla durante años. Cuando un inglés hace una fiesta o barbacoa en su casa lo habitual es que cada invitado traiga algo de comer; se puede distinguir a los invitados ingleses de los extranjeros, porque los ingleses suelen traer una pizza congelada, un postre prefabricado o bebidas, mientras que el resto se trae un plato típico de su tierra hecho en casa. Ni qué decir tiene que al final de la noche las pizzas y los postres del Tesco suelen quedarse en sus cajas, y los ingleses se dedican a perseguir a los extranjeros pidiéndoles las recetas de lo que han traído, maravillados por su combinación de sabores inéditos (con la “complicada” tortilla de patata y los fritos subidos que yo suelo llevar se les cae la baba). Es el día de hoy que sigo sin saber para qué te piden las recetas... ¡jamás las utilizan! Estoy convencida de que las usan para cubrir los desconchones de la pared o decorar los álbumes familiares... “hoy comimos tortilla de patatas, y la gente que cocina la hace así: ver papel adjunto”.

Otro detalle inexplicable de esta gente es por qué motivo se preocupan tantísimo de la comida “healthy” si luego cada noche salen y pillan unas melopeas impresionantes a base de cerveza. Me pregunto para qué tantos sacrificios en pos de lo sano si a los 25 años la mayoría tienen el hígado cirrótico. Y no se los ve nada preocupados por lo “healthy” cuando organizan concursos a ver quién se bebe más pintas antes de las 11, no. Yo diría que hasta están orgullosos.

PhotobucketPero el colmo de los colmos, a lo que yo jamás me acostumbraré ni dejaré de criticar, es a los vegetarianos de este país. Son la cosa más ridícula e ilógica que te puedes echar a la cara. La mayoría están completamente obsesionados por una idea errónea e indemostrable que se les ha inculcado desde revistas adolescentes de alta calidad científica, estilo “Super Pop”, que aquí en vez de explicarte cómo ligar con el vecino del 5º (obviamente a las inglesas no les hace falta más mecanismo de seducción que litros y litros de alcohol para ligar con el vecino de cualquier piso) te aseguran que comer carne es un asesinato. Así, tal cual. Por supuesto, las plantas no son seres vivos, son tan sólo adornos que están ahí para tapar el triste color marrón de la tierra. Las hojas son cosas inertes que Dios creó para taparle la pirindolilla a Adán. Vamos, que si te comes una planta no la matas.

Discútele esto a cualquier vegetariano inglés y la respuesta será unánime (página 3 de la SuperPopeixon): “ya, vale, sí, son seres vivos... pero es que las plantas no sufren”. Otra patochada made in inglesilandia. Que no tengan sistema nervioso idéntico al nuestro no quiere decir en absoluto que una planta no “sienta” a su manera cuándo se le arranca una parte de ella, o que no se defiendan para evitar morir. Una planta está tan viva como cualquier animal, y es consciente de cada una de sus partes a su manera, que no es igual que la nuestra, pero que existe.

A veces por las calles de Mix Village nos encontramos carteles y pegatinas (los ingleses raramente escriben en las paredes) con la frase: “¡Carne = asesinato!”. Dino siempre decía que habría que escribir debajo: “¡Vegetales = también asesinato! Ergo, come piedras

Y con todo esto, ¿a dónde pretendo llegar?

Pretendo llegar a que la alimentación requiere, absolutamente siempre, la muerte de otro organismo para nutrir al tuyo, excepto en lo casos de organismos que utilizan directamente moléculas inertes (como las propias plantas, por ejemplo) y las transforman en biomoléculas. Todos los organismos que no somos capaces de hacer eso precisamos matar a algún otro que ya lo haya hecho y aprovecharnos de sus nutrientes. Es curioso que cada día miles de personas mueran por causas tan espantosas como asesinatos, guerras, atentados terroristas... Y toda esta gente se tire de los pelos porque hemos matado a un conejo y lo hemos hecho a la parrilla, cuando matar para comer se podría considerar la única causa legítima para quitarle la vida a otro ser. PhotobucketEn la Tierra los animales que se alimentan de otros seres vivos pueden ser herbívoros, carnívoros u omnívoros, y cada uno de ellos tiene un aparato digestivo con unas características muy concretas. Las vacas, por ejemplo, son herbívoras: tienen tres estómagos y un intestino larguísimo para poder sacarle todos los nutrientes a las plantas. También tienen un enzima importantísimo para poder digerir plantas: la celulasa, que rompe la celulosa y permite su procesamiento. Todo animal herbívoro sintetiza celulasa.

Nosotros no.

¿Por qué? Porque no somos herbívoros, punto pelota. El ser humano, como el oso, como algunas otras especies de monos, somos omnívoros, lo cual significa que para tener una alimentación completa y equilibrada debemos tomar nuestros nutrientes tanto de las plantas como de los animales. Es más, la mayoría de plantas que nos comemos acaban siendo expulsadas en forma de lo que conocemos como “fibra”, que no es más que la mayor parte de las estructuras vegetales que no hemos podido digerir con casi todos sus nutrientes aún intactos; un ejemplo de esto lo constituyen las espinacas, las cuales supusieron el motivo del contrato indefinido de Popeye en televisiones de medio mundo. “¡Las espinacas contienen mucho hierro para hacerte fuerte!” – exclamaba mientras se causaba a sí mismo un cáncer de pulmón con aquella ridícula pipa siempre en la boca. A Popeye se le terminó el chollo y acabó criando pollos con Olivia cuando la OMS descubrió que más del 90% de ese Hierro que contienen las espinacas está en una forma indigerible por el ser humano. Es el día de hoy que a los niños se les sigue obligando a comerse esa cosa asquerosa (mis disculpas a aquellos de vosotros que consideréis a las espinacas como un plato exquisito) con la disculpa del hierro.

Atención, pregunta: ¿Por qué los seres humanos no podemos utilizar el hierro contenido en las espinacas, lentejas y muchos otros vegetales?

Respuesta: porque no somos herbívoros. Negar este hecho y creer que es mejor alimentarnos de vegetales resulta tan absurdo como afirmar que un lobo es mejor animal si come hierba.

Y OJO, que no me estoy metiendo con los vegetarianos en general (seguro que en seguida saldrá alguno echando pestes contra mis teorías). Algunos vegetarianos tienen ideas muy razonadas acerca de que consumir vegetales evita un gasto energético insostenible en el planeta, basándose en cálculos de lo que “cuesta” mantener a cualquier animal de los que nos comemos frente a conseguir esos mismos nutrientes mediante la ingesta de vegetales y algún que otro suplemento vitamínico. Me parece perfecto que la gente decida por sí misma lo que quiere comer basándose en sus propias ideas y convicciones. Pero cuando estas ideas son absurdas e indefendibles exijo mi derecho a criticarlas duramente (y a disfrutar con ello). Y hay algo que está claro: los seres humanos no somos vacas.

(pausa meditativa)

Bueno, quizás alguna haya... pero seguro que no tiene 3 estómagos ni produce celulasa.

PhotobucketPor si no era ya suficiente con la horda de vegetarianos desinformados que inundan la pérfida Albión, una subespecie de ellos, los “vegans”, amenaza con tomar las riendas y causar una auténtica revolución. Los vegans son vegetarianos extremos, tan extremos que muchos de ellos consideran que sólo se puede comer aquel vegetal que “haya muerto por sí mismo”. Arrancar una zanahoria del suelo es un asesinato imperdonable. Un vegan auténtico defenderá la vida de un guisante por encima de la tuya, si hace falta. Y presumirán de lo que para ellos es “un cuerpo perfecto, una piel inmaculada y una salud de hierro”, y que para cualquier médico es “delgadez extrema, hipotensión, palidez, deficiencia de melanina y atrofia muscular generalizada”. Vamos, que no sólo están hechos una birria físicamente, sino que además suelen tener un carácter insufrible y ser medio hipocondríacos. No contentos con ello, hacen de su manía personal una cruzada que deben extender a toda costa, y son peores que los Testigos de Jehová y los Mormones juntos. Una de mis diversiones favoritas es comerme un solomillo poco hecho delante de cualquiera de ellos, masticando ostensiblemente, poniendo cara de orgasmo múltiple y dejando que los jugos se me derramen por las comisuras de la boca. No tiene precio.

Y sin embargo, a pesar de todas sus preocupaciones, a pesar de todo lo “healthy” que comen, de todas las lecciones morales que pretenden dar a todo aquel que no sea inglés y no comparta sus absurdas obsesiones... a pesar de todo los estudios son tozudos, y siguen mostrando que los ingleses están entre los más gordos y “unhealthy” del mundo. ¿Algún día despertarán? ¿Se darán cuenta de lo que se están perdiendo? Lo dudo. Además, casi prefiero que no sea así. ¿A quién iba yo a criticar entonces?


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Blog en reparación...
PhotobucketDebido a un problema con un script - creo que muchos de nosotros sabemos ya lo delicado que es el código XHTML de los blogs de ya.com y hemos sufrido las consecuencias - me he visto obligada a reeditar los artículos del mes de Junio. Afortunadamente los tenía todos guardados, comentarios incluidos.

Mis artículos no son lo mismo sin sus comentarios, sin las opiniones de mis lectores, de modo que he decidido copiarlos uno por uno. Aquellos de vosotros que hayáis mandado comentarios al último artículo (la Historia de Mut II) y no los hayáis visto publicados esta semana, no hace falta que los repitáis, ya que me han llegado todos al correo y también los publicaré. Me llevará algún tiempecito completarlos todos, pero merece la pena :)

Muchas gracias por estar ahí y seguirme a diario. Muy pronto tendréis el siguiente artículo...

Besos de la asturianina emigrante,

pilimindrina

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Añadido a las 17:25 --> Después de varias horas machacándome los dedos he conseguido completar los comentarios. Espero que los de ya.com sean más cooperativos a partir de ahora. Declaro arreglado este blog (aunque no lo diré muy alto, no sea que esté Murphy por ahí escuchando :P).
 
La historia de Mut II: triángulo amoroso
PhotobucketBuena la armé confirmándole al Fistro que la persona por la que yo me desvivía no era él, sino Mut. Si ya antes el muchacho no era santo de su devoción, a partir de entonces lo colocó en su punto de mira y aprovechaba cualquier ocasión para dejarlo mal o convertirlo en blanco de sus burlas. Yo estaba entre dos aguas, no podía elegir: uno era mi buen amigo, y el otro la persona que se me había colado en el corazón y seguía allí metido como un okupa. En su momento la situación no me hacía ni pizca de gracia, porque una cosa era gastar bromas inocentes y otras meterse con alguien importante para mí, y a veces con bastante mala baba:

“Mira Pili, por ahí va tu enamorado. Es fácil distinguirle con esa probóscide tan prominente.”
“Muy gracioso... Al menos podrías ser más discreto y no poner esa cara de asco delante de sus narices”
“Pili, hija mía, haga lo que haga y en donde lo haga, SIEMPRE será delante de sus narices”
“Ya vale, no tiene ninguna gracia. ¿Cómo te sentirías tú si una amiga tuya se pasara el día criticándome?”
“¡Le diría inmediatamente a ese amiga que quiero salir con ella! A ver si tomas ejemplo.”
“GRRRRRRRRR... ¡ya bastaaaaa!”

Mientras tanto, la “relación” con Mut adquirió tintes completamente patéticos. Como cuenta Keizy en su artículo “Los amigos y la confianza...”, a veces a una persona le das la mano y te coge el brazo, el hombro y parte del pie. Siempre que Mut me llamaba para hacer algo, o pedirme prestados los apuntes, o que le ayudara con alguna práctica, allí estaba yo, rauda, veloz y con la sonrisa en ristre. A veces nos pasábamos programas y juegos en diskettes, y en algunos nos dejábamos mensajes en plan de coña en archivos de texto... ahí aprovechaba yo para incluir indirectas y propuestas para vernos más a menudo. Lo malo es que las veces que tenía éxito y nos veíamos era invariablemente para acabar sentada a su lado mientras él manejaba su o mi ordenador y hablaba sin parar. Me tragaba todas las explicaciones técnicas de cada nuevo aparatito que se compraba. Servía para que descargara conmigo su mala uva cuando estaba enfadado por algo. Me convertí en su perrito faldero.

PhotobucketPoco a poco fui sacando algo de valor para tratar de avanzar un poco más con él. A veces llevaba la conversación a temas “más interesantes” que la capacidad de su nueva calculadora para hacer gráficas en color y acabábamos hablando del tipo de chicas/chicos que nos gustaban, de la poca experiencia que ambos teníamos en el tema “sexo”, de preservativos de sabores, y sí, también de nuestros amores platónicos. Cuando nos reíamos yo me las arreglaba para acercarme a él y rozarle, a veces con un brazo, a veces apoyando la cabeza a ratos sobre su hombro... ¡y el caso es que él a veces respondía! Solía sentarse delante de mí en clase, y nunca se me olvidará una vez que estiré las piernas por debajo de su mesa y rocé sus pies... ¡para sentir cómo él me los agarraba con los suyos! No supe cómo reaccionar, así que me quedé en esa posición, sin atreverme a moverme, durante el resto de la clase. Creo que ese día empujé a Heidi de su nube y me quedé levitando sobre ella hasta que terminó la lección y se rompió el hechizo. Aún con la sonrisa bobalicona en la cara, me volví y me di de bruces con los morros del Fistro, que al parecer no nos había quitado ojo de encima. Parecía que se acabara de tragar medio kilo de limones verdes.

“¿Qué coño hace el tío ese cogiéndote el pie?”
“Pues no sé... ¿y qué coño hacías tú mirándonos?”
“Grmblbmblbmlb”

Otro día, en casa de Mut, se me ocurrió preguntarle si tenía cosquillas. Por supuesto, la pregunta era totalmente casual y azarosa, y no implicaba segundas intenciones algunas (cof cof cof... argh, que me atraganto). Me contestó que sí, algunas, y me faltó tiempo para insertarle los dedos en los costados con cara de niña mala. Mut pegó un salto e inmediatamente me agarró por los brazos tratando de defenderse... la escena de Mut cogiéndome por los brazos me proporcionó cientos de noches de fantasías de todo tipo - sí, sí, exactamente de esas que estáis pensando en este mismo momento. Aquella tarde fue memorable: acabamos peleándonos los dos como críos en el patio de la escuela, muertos de risa (recordemos que por aquel entonces ambos tendríamos unos 20 años... podéis burlaros...) y yo volví a casa dando saltos de chimenea en chimenea y saludando a Mary Poppins por el camino. Incluso me quedó una moradura en el brazo de una de las veces que me había agarrado... recuerdo haberle dicho al Fistro que me había caído de un árbol (sí, lo sé, una disculpa absolutamente estúpida, pero fue lo primero que se me ocurrió... si le cuento que me lo había hecho Mut le habría sacado los ojos con una cuchara). Pero el caso es que de esta le tenía en el bote, ¿a que sí?

Pues no.

Ni botes ni leches. Una de cal y otra de arena. Tan pronto teníamos uno de esos días de risitas y cosquillas, como al día siguiente me daba una mala contestación y mi mundo quedaba cubierto de negros nubarrones. Lo del “Me quiere, no me quiere” se convirtió en el pan de cada día. Todas las mañanas me despertaba pensando: “Qué pasará con Mut hoy?”, porque sabía que dependiendo de su actitud hacia mí, mi día sería bueno o malo. No, miento: sería cojonudo o desastroso. No había términos medios.

PhotobucketRecuerdo un fin de semana de primavera en el que Mut me dijo que el sábado iba a dar un paseo en la bici. Sus padres no estarían en casa y me comentó que más tarde me llamaría y podíamos quedar y jugar al ordenador un rato. El tiempo pasaba, llegó la noche y yo, por supuesto, con un ojo en el teléfono desde hacía horas. Le llamé a su casa varias veces pero no contestaba nadie. Fuera llovía a cántaros. “¿Y si le ha pasado algo con la bici?”... cada vez estaba más nerviosa, me imaginaba todo tipo de escenas dantescas en las que Mut acababa desangrado y muriendo lenta y dolorosamente en el fondo de alguna zanja, con los buitres cebándose en su indefenso cuerpo (es que una cuando se pone trágica lo hace con todo tipo de detalles macabros... es lo que hace ser fan de Stephen King). Es el día de hoy que me da vergüenza admitirlo, pero aquella noche llamé al Hospital para preguntar si habían ingresado a algún chico que hubiera tenido un accidente con la bici. Pensé en qué sería de mí si le hubiese ocurrido algo, cómo iba yo a vivir sin mi querido Mut (léase con una música especialmente emotiva de fondo)... si pudiera viajar en el tiempo volvería a aquella noche, me daría dos sopapos a mí misma y me diría: “¡Dentro de 10 años habrá gente que lea en un blog el ridículo espantoso que estás haciendo y se descojonará de ti, pedazo de idiota!”. A lo cual mi “yo” de 19 años se quedaría con la mano pegada a la cara, estupefacta, pensando: “¿Quién era esa vieja? ¿Por qué será que me resultaba familiar? ¿¿¿Y qué coño es un blog???”

Mañana del domingo. Edición Dominical de La Nueva España, Primera plana: “Aparece el cadáver de un muchacho desconocido. Se cree que ha muerto en circunstancias accidentales golpeado por un vehículo mientras paseaba en bicicleta por las afueras de Oviedo. Las autoridades tratan de identificarlo, blablabla”. A posteriori pienso que el azar me gastó una broma pesada aquel domingo... pero os puedo asegurar que pocas veces en mi vida recuerdo haberlo pasado tan mal. Esa mañana llamé a la redacción del periódico y poco menos que supliqué que me dijeran que no era Mut. La recepcionista me vio tan desesperada que me pasó con redacción, y casi me caigo redonda cuando un reportero muy majo me confirmó, tras un rato recabando información de última hora, que al chico ya lo habían identificado, y que no podía darme su nombre, pero que era portugués. “Tu amigo no es portugués, ¿verdad?”.

Yo no podía ni hablar. Me faltaba el aliento. Al cabo de unos segundos conseguí murmurar un “No, no es portugués. ¡Muchísimas gracias!”. Tardé horas en recuperarme.

El domingo por la tarde por fin contestó a una de mis 2450 llamadas telefónicas. No recuerdo exactamente dónde me dijo que había estado ni lo que había hecho. Pero sí recuerdo haberme sentido la persona más imbécil sobre la Tierra. Qué coño, probablemente lo era.

Y mientras tanto el Fistro vivía su propia tortura... al compartir las mismas clases con nosotros era testigo de excepción de muchos de los episodios de mi Falcon Crest particular, y yo sufría por él, pero al mismo tiempo no podía evitar seguir intentando avanzar con Mut.

Pasó el tiempo. La situación estaba anquilosada y no tiraba ni p’alante ni p’atrás, y empecé a darme cuenta de que tenía que hacer algo drástico: echarle ovarios al asunto y decírselo directamente. Sin embargo juntar el valor necesario me costó muchos meses. Un “no” significaría el fin del asunto y sin dudarlo una depresión de caballo. Un “sí” me parecía improbable, pero la llamita de la esperanza es siempre incombustible. Sin embargo lo que más pesaba era el miedo al ridículo espantoso que sin duda iba a hacer... que ya estaba haciendo, de hecho. ¿Y si se lo contaba a sus amigos? ¿Y si se reía de mí? ¿Y si se alejaba de mí y se terminaban aquellas maravillosas (y frustrantes) tardes a su lado? ¿Y si resulta que la Rana Gustavo no es de verdad, sino que es un muñeco con una mano metida en el culo? (creo que esto no iba aquí...).

PhotobucketY llegó el domingo en el que se dieron las condiciones perfectas para una confesión que llevaba ya tiempo queriendo salir. Mis padres y mi hermana se iban a comer con los abuelos, y yo supe, SUPE que era ahora o nunca. Les dije que me tenía que quedar en casa para estudiar y en cuanto cruzaron la puerta de casa agarré el teléfono y marqué el número de Mut antes de darme la oportunidad de pensarlo mejor. Tuve que volver a empezar 3 ó 4 veces porque me temblaban los dedos.

“Hola Mut, soy Pili... oye, ¿podrías pasarte esta tarde por mi casa? Tengo algo que decirte”.
“Uy, qué solemne... dame una pista”
“No, de verdad, prefiero decírtelo todo cuando estés aquí. ¿Te vendrás?”
“Sí, me paso después de comer”
“Vale, nos vemos”

Creo que dejé las marcas de mis dedos en el auricular del teléfono. El corazón me latía a mazazos. Cada vez que miraba el reloj y veía que se acercaba la hora me estremecía. No fui capaz de comer nada ni de dejar de dar paseos nerviosos por toda la casa. Los vecinos de abajo subieron a decirme que parara un rato, que les temblaba la lámpara del salón.

Una vez más Mut apareció con su bicicleta por la esquina en dirección a mi casa, y yo tuve que beberme medio litro de agua, porque de repente se me había secado la boca. Bajé a recibirle.

“Hola, Pili, ¿entramos?”
“No, mejor vente conmigo y damos un paseo, y te cuento” – mi voz era lo más parecido al balido de una oveja.
“Vale, tú dirás”

PhotobucketLe llevé por una zona de las afueras de Oviedo por la que sabía que no habría nadie – si encima tuviéramos testigos de mi confesión directamente me suicidaría – y comencé a hablar. Una vez más fui la prueba fehaciente de la complejidad de la mente femenina: en vez de soltárselo directamente y acabar con el tema, puse nombres ficticios a los personajes y se lo conté todo en tercera persona, sin levantar la vista del suelo. “Periquita se empezó a dar cuenta de que le gustaba Fulanito hace mucho tiempo, y entonces blablabla”. Él seguía caminando con la mirada perdida en el horizonte, sin interrumpirme. La historia llegaba a su fin: “Y Periquita llamó a Fulanito para que viniera a su casa, y a Fulanito...”. Él me interrumpió por primera y última vez: “...lo tienes delante, ¿no?”. El rubor me encendió las mejillas y me llegó hasta las raíces del pelo. Era incapaz de mirarle a los ojos. “Sí”. “Bueno, no sé qué decir, ¿qué quieres que haga?”. “No tienes que hacer ni decir nada, sólo quería que lo supieras. Aunque supongo que ya te lo imaginabas”. “Sí, me había hecho una idea” (agudo el chaval).

El momento en el que terminé de hablar sentí como si me hubieran extirpado una piedra enorme del estómago; confesando lo que sentía me había quitado un peso de encima terrible, me sentía aliviada y feliz: no me había dicho que sí, cosa que ya me imaginaba, pero por fin podía dejar de disimular y guardar mi secreto. Él ya lo sabía.

La vuelta a casa estuvo llena de conversación intranscendental acerca de otros temas. De mi confesión, ni palabra. Cuando llegamos subió conmigo y estuvimos una vez más frente al ordenador, jugando y hablando tan normales. Justo antes de irse, al bajar en el ascensor, se me quedó mirando y me dijo: “¿Y ahora qué voy a hacer contigo? Me siento responsable de ti”. Yo sonreí y bajé la cabeza. Se fue.

Semanas y meses pasaron y la cosa seguía igual. Poco a poco me fui convenciendo de que, o tomaba unilateralmente la decisión de olvidarme de él, o seguiría haciendo el gilipollas durante el resto de mi vida. Su conversación ya no era tan interesante, sus chistes cada vez me parecían más malos y cada vez me costaba más aguantar los bostezos cuando agarraba mi ordenador por banda y se pasaba 3 horas jugando con él. Una tarde volvimos de la facultad él y yo caminando y supe, igual que lo había sabido el día de “mi confesión”, que no había esperanzas, que tenía que romper aquello como fuera. Se lo dije: “Mut, sólo quiero decirte que voy a tratar de olvidarme de lo que siento por ti. Está claro que si te gustara ya me lo habrías dicho hace mucho tiempo, y estoy harta de hacer el idiota. Sólo te pido que durante una temporada no te me arrimes mucho, porque esto va a ser duro para mí”. Pensaba que iba a ser fácil, pero cuando terminé me encontré conteniendo las lágrimas que pugnaban por salir. Me incliné, le di un beso en la mejilla y me fui a paso ligero. No quería que me viera llorar.

PhotobucketLos dos o tres meses siguientes los recuerdo como una época oscura y deprimente. La vida había perdido su chispa, no era capaz de interesarme por nada. Dejé de presentarme a un par de exámenes parciales (cosa que jamás había hecho) porque me resultaba imposible concentrarme en los apuntes. Durante todo ese tiempo, el Fistro estuvo a mi lado, sin agobiarme, escuchándome y animándome en todo momento.

Ese fue el fin de mi último amor platónico.

A pesar de lo patético del tema, la historia de Mut me sirvió para tomar una decisión que he cumplido hasta hoy, y que me evitó muchos sufrimientos: en uno de esos días posteriores a mi abandono me juré solemnemente que jamás volvería a hacer el imbécil de esa manera. Que la próxima vez que sintiera que me estaba enamorando sería yo la que tomaría la iniciativa desde el principio, y se lo diría a la otra persona antes de llegar a depender de ella, cuando aún estuviese a tiempo de echarme atrás sin demasiado sufrimiento. No volvería a ser el perrito faldero de nadie.

Si habéis sido capaces de llegar hasta aquí os preguntaréis, ¿y qué pasó con el Fistro? Pues resulta que cuando por fin mi “obsesión Mutera” comenzó a disiparse decidí, así de golpe, darle una oportunidad a esa persona que nunca me había fallado. No sentía nada especial aparte de amistad por él, pero por aquel entonces creía que a lo mejor el roce haría el cariño, y que podría enamorarme de él a posteriori. Craso error.

PhotobucketEl día que le dije al Fistro que saldría con él tuvo que sentarse para no caer redondo. Para él era un sueño hecho realidad después de tanto tiempo. Aquel día nos dimos nuestro primer beso (¡el primero para ambos, manda webs!), que me dejó una sensación rarísima y no demasiado agradable. Caminamos cogidos de la mano y a él se le veía feliz.

Sin embargo a los pocos días (yo diría que afortunadamente) todo empezó a ir espantosamente mal. El Fistro y yo, que jamás habíamos tenido una discusión en todo el tiempo que llevábamos juntos, empezamos a enzarzarnos en auténticas batallas campales por la mayor tontería. No nos apetecía estar juntos para nada, era como si de repente no nos soportáramos. Estaba claro que algo dentro de nosotros nos estaba advirtiendo de que lo nuestro no funcionaba como pareja, y fuera lo que fuese ese algo desde luego que hizo un buen trabajo. Dos meses después de darle el “sí” lo dejamos entre gruñidos y malas caras, y yo volví a casa llorando, no porque “me hubiera dejado mi novio”, sino porque temía que aquello fuera el fin de nuestra amistad. Esto ocurrió poco después de los exámenes de Junio.

En Septiembre volvimos a vernos y comprobamos que, como por arte de magia, volvíamos a ser los buenos amigos de antes, más incluso, si cabe. Las discusiones se terminaron tan bruscamente como habían empezado y el episodio de nuestro efímero amor pasó a formar parte de las muchas historias curiosas que vivimos juntos.

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Una vez terminada la carrera perdí el contacto completamente con Mut, aunque la “relación” ya se había enfriado bastante para entonces. Después me lo encontré un par de veces más por Oviedo, intercambiamos unas cuantas frases y ahí se quedó la cosa. Parece mentira cómo una persona que una vez significó tanto para mí que habría dado con gusto la vida por él, de repente vuelve a convertirse en una “persona normal”, como tantas otras.

Sin embargo a la vida le encantan las sorpresas.

Hace un par de semanas, cuando acababa de escribir el primer artículo que hablaba sobre los amores platónicos, recibí un correo electrónico completamente inesperado. Una persona había descubierto mi blog y me había reconocido por la forma de escribir, las fechas y lo que contaba en él. Se alegraba de retomar el contacto conmigo después de tanto tiempo y me contaba cómo le había ido en la vida desde que nos perdimos la pista en la Universidad.

Esa persona se incorpora a mis lectores, uno de los pocos, poquísimos, que conoce mi identidad.

Hola, Mut :)
 
Más amores platónicos: La historia de Mut
Como terminé contando en el capítulo anterior de mis enamoramientos platónicos, el corazón me dejó más o menos en paz desde los 14 a los 18 años. Tan en paz me dejó, de hecho, que llegué a la mayoría de edad siendo una pardilla total en las relaciones con el sexo opuesto: no sólo no había salido nunca con ningún chico, ni por supuesto me había estrenado en el ámbito sexual... ¡es que ni siquiera sabía lo que era dar un beso en los labios! Por aquel entonces mi visión del amor y el sexo estaba bastante idealizada, y no quería nada con ningún chico del que no estuviera enamorada... ergo, como no me enamoraba de nadie, pues hala, a dos velas.

PhotobucketMi colegio también tuvo mucho que ver en mi estado mental de panolismo agudo: el sueldo de mis padres apenas daba para la hipoteca, pero mis tres tías solteras querían para mí la mejor educación, con lo que me pagaban un colegio privado de los mejores de Asturias (al menos así se vendían ellos). Efectivamente, en el tema de la educación teórica la institución era de lo más selecto, aunque en otros temas, tales como educación sexual, compañerismo, amistad y valores humanos quedaba muy atrás de lo ideal para una niña no-hija-de-ricos como yo. De los 3 a los 18 años me encontré pues rodeada de la crême-de-la-crême de la sociedad asturiana: hijos de políticos, economistas, médicos, grandes empresarios... y “yo”. “Yo” tenía una madre maestra y mi padre trabajaba, por aquel entonces, arreglando fotocopiadoras. “Yo” llevaba el mismo abrigo todo el invierno, mientras que las demás niñas (los niños solían pasar de ese tema) cambiaban de modelito a diario; no se me olvidará una tormentosa discusión entre dos “mejores amigas” de mi clase por la imperdonable traición de haber traído un abrigo idéntico... no se hablaron durante meses. “Yo” no tenía una cuenta ahorro con 10 millones (de entonces) para cuando fuera a la Universidad (de hecho el piso de mis padres costaba mucho menos que eso y lo estaban pagando a 15 años). Vamos, que no pegaba allí ni con cola, y muchos de mis queridos compañeros me hacían la vida imp... estooo... me lo recordaban amablemente cada vez que se les presentaba la ocasión.

Aparte de ello, el colegio en cuestión era católico. Como a llevar la contraria nunca me ha ganado nadie, excepto mi padre (de alguien tuve que aprender), desde que tuve capacidad de razonamiento y a los 9 años llegué a la conclusión de que la idea de Dios me parecía ridícula e innecesaria, me dediqué a proclamar a los cuatro vientos – con mi innata sutileza para estos temas - que era atea. Os invito a que imaginéis la cara del cura cuando me preguntaba, con voz pía: “Y tú, Pilimindrina, ¿qué crees que podrías hacer para ser mejor Cristiana?” y recibía como respuesta: “Ehm...¿creer en Dios?”. Afortunadamente para mí los profesores de religión nunca pudieron hacer nada académicamente, porque me empollaba todas las oraciones, Credo, bienaventuranzas y demás chorradas de pe a pa y las recitaba cual lista de los Reyes Godos. No obstante en ocasiones alguno me regaló los oídos con sutilezas tales como: “Tu padre no cree en Dios y va a ir al infierno”. Como yo era muy educada y mi familia, al contrario que la del cura, me había inculcado muy bien el respeto por los demás (sobre todo si los demás eran adultos), me tenía que morder la lengua para no contestar: “Pues allí nos veremos los tres”.

Al acabar el COU y descubrir el mundo exterior, después de 15 años estudiando en el mismo sitio, me enteré de que mi colegio era del Opus... obviamente a mí me habían dejado por imposible desde el principio, porque como hubieran tratado de “devolverme al redil” (léase con voz de Josema de Martes y Trece) los ecos de mis carcajadas aún estarían rebotando en las paredes de las clases.

PhotobucketPero la triste realidad es que en mi colegio jamás de los jamases fui testigo de hechos tan milagrosos y poco frecuentes en la vida real como una pareja cogida de la mano, un beso, una revista porno (encontrarte con ellas era motivo de expulsión inmediata por un período de 2 semanas) ni una conversación subida de tono. Como comprenderéis, aparte del empanamiento propio que yo ya llevaba, mi querido centro de estudios puso su granito de arena también para que llegara a la universidad pura y casta cual Virgen María (si nos creemos las Escrituras).

Decir que empezar la carrera en una universidad pública me abrió los ojos es quedarse corto: más bien me los sacó de las cuencas. Nunca había conocido tanta gente normal de golpe en mi vida. Hasta consiguieron que yo me sintiera normal también, en vez de una pobretona asocial que no era capaz de apreciar lo profundo de una conversación de dos horas acerca de la falda que la madre de Fulanita había comprado en París, o de las vacaciones en Nigeria que toda la familia de Menganito iba a hacer en Abril, con estancias de lujo en hoteles de 5 estrellas y dos asistentes especiales para apartar de la foto a los niños con moscas.

Allí conocí a mi Fistro del alma, hice mi primera pandilla de amigos – sí, mi primera pandilla a los 18... puede sonar patético, pero para mí fue como recuperar una época que nunca había llegado a vivir -, fui testigo de todo tipo de comportamientos sexuales y aprendí mucho de lo que aún no sabía sobre el sexo de manera oral.

¡Y NO!

¡Esta vez, y sin que sirva de precedente, NO hay que pensar mal! Me refiero a las conversaciones entre clase y clase con los amigos (desgraciadamente para el otro tipo de sexo oral aún me quedaba un tiempo).

Y bueno, me volví a enamorar.

Le conocí ya los primeros días de clase, aunque no me fijé demasiado en él. Era un chico feúcho, con un gran apéndice nasal y al que le gustaba la informática (al chico, no al apéndice nasal), como a mí, y presumir de todo tipo de pequeños aparatos electrónicos que pudieran caer en sus manos. El primer día de prácticas rompió un matraz, y desde ese día le quedó el mote de “Mat”. El Fistro, que no le podía ni ver ni en pintura por motivos que pronto desvelaré, lo apodó personalmente “Mut”, por “Mutante” (ya os había comentado la afición del Fistro de poner apodos a todo). En absoluto era Mut el tipo de chico que me hubiera imaginado que me gustaría, pero cuando a las hormonas se les antoja algo, toda resistencia resulta fútil. Su grupo de amigos y el mío eran además bastante compatibles, y muchas veces acabábamos hablando, coincidiendo juntos en alguna clase de prácticas o intercambiando apuntes.

Y se repitió la historia. Esta vez fue más sutil que con el querubín de Fonsi. Poco a poco me encontré hablando a solas con él cada vez en más ocasiones, y rememorando esas charlas una y otra vez. Que lo emparejaran conmigo en una clase de prácticas me hacía más ilusión de la que debiera. Me reía a carcajadas de todos sus chistes, incluso de los más malos (que eran la mayoría).

PhotobucketMut practicaba ciclismo y casi todos los días subía en bici a la Facultad. Sin embargo en ocasiones bajaba caminando hasta su casa, con la bici al lado, y eran esas ocasiones las que yo esperaba como agua de Mayo para acompañarle y luego seguir hasta la mía. La cosa tenía su mérito, porque de la Uni a mi casa había más de 4 kilómetros de distancia y su casa estaba justo en medio. Esos días llegaba a casa con dolor de pies, pero con una sonrisa bobalicona tan amplia que llegaba a temer que se me descolgara la parte inferior de la cara.

Recuerdo exactamente el día en el que finalmente me di cuenta de que me estaba enamorando: Mut me había pedido unos apuntes que yo tenía en casa, y le pregunté que por qué no se pasaba a por ellos, a lo que accedió. Tres horas antes de la hora acordada yo ya estaba nerviosa pensando en qué ponerme. Imaginarle en mi casa, con su rostro cerca del mío, mirando los apuntes, me ponía el corazón a cien por hora. Los minutos se me hicieron interminables... media hora antes ya estaba mirando por la ventana a ver si le veía acercarse. Por supuesto, llegó tarde, pero el momento en el que le vi girar en mi calle montado en su bici se imprimió a fuego en mi memoria. Le vería muchas otras veces, y es una de esas imágenes que se te quedan en la mente y nunca se te olvidan. Años después, cuando el amor que sentías lleva ya años guardado en el cajón de tus recuerdos, un día de pronto levantas la vista y ves algo que hace que esa imagen vuelva a ti, y con ella una cascada de recuerdos, sensaciones, sonidos y olores. Es como abrir una pequeña caja de Pandora.

PhotobucketNo traté de resistirme. Me arrojé de cabeza a aquel amor que despertaba en mí y traté de asumirlo de manera aún infantil y torpe. Desde ese día me convertí en su garrapata personal: trataba de estar a su lado en todo momento, de encontrar motivos que nos hicieran estar juntos... de hacerme, en resumen, un huequecito en su vida. Ese fue también el año en que mi padre me regaló un ordenador como es debido: un pedazo de Pentium a 90 Mhz (hasta entonces hacía mis pinitos informáticos con un Amstrad PC1512 con pantalla de 4 colores) que se convirtió, no sólo en la herramienta que me introdujo en el mundo de internet, sino también en el cebo que me servía para atraer a Mut: recuerdo decenas, puede que cientos de tardes después de clase con Mut aporreando las teclas de mi ordenador y yo sentada a su lado durante horas, recogiendo discretamente mis babas, sin aburrirme jamás, porque disfrutar de estar junto a él era el mayor de los privilegios.

Dos años. Dos años me pasé haciendo el tolai detrás de un chico que no mostraba por mí el más mínimo interés excepto cuando le decía que me había comprado una impresora nueva, o que ya tenía conexión a internet. En esos días no tardaba ni 10 minutos en aparecer por mi casa y adueñarse del ordenador hasta que mi madre, a la que ya le salía el humo por las orejas, me pedía amablemente que “saques de una vez al tío ese de casa, que tenemos que cenar”.

Sin embargo aquí falta algo por contar, ¿verdad?... ¿Qué será, será? ¡Ah sí! El Fistro. En el artículo en el que os describía mi amistad con él comenté que nunca entre nosotros había llegado a pasar nada ni ninguno había sentido nada especial aparte de amistad. Cuando escribí aquel artículo era más fácil describirlo así, sin embargo falté un poquito a la verdad: durante la época de la Universidad, uno de los dos sí que sintió algo por el otro. Al parecer mientras yo bebía los vientos por Mut, el Fistro se tragaba todas las tempestades por mí. Y yo sin enterarme de nada, por supuesto. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero en temas del amor hay uno mucho peor: el que sólo ve aquello que le lleva a estar cerca de su enamorado. Así estaba yo. Cuántas veces rechacé el ofrecimiento de mi amigo para ir al cine, o a algún otro sitio, porque existía una posibilidad, una entre 20 como mucho, de que aquella tarde Mut me llamara por teléfono para hacer cualquier cosa juntos. Cuántas tardes perdidas pendiente incansablemente del teléfono, esperando que sonara, sabiendo que no debía llamarle yo porque ya lo había hecho las 3 veces anteriores y le agobiaría. Cuántas veces levanté el auricular a ver si estaba bien colgado, cuántas veces fui al baño nerviosa por la posibilidad de que el teléfono sonara mientras yo estaba dentro y no lo oyera, cuántas veces contesté con un ilusionado “¿¿Diga??” para encontrarme con una voz que no era la suya tratando de venderme una enciclopedia, cuántas me encontraba con que había estado leyendo tres páginas de un libro sin haber asimilado ni una sola palabra de lo allí escrito, porque mi mente estaba a dos kilómetros de allí, junto a un chico que no me hacía ni puñetero caso. Cuántas estupideces que se hacen cuando se está enamorado, ¿verdad?. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

¡AUCH! Vale, joer, era sólo una frase retórica.

Una tarde, precisamente cuando estaba en casa de Mut – no recuerdo exactamente haciendo qué, pero no lo que a mí me gustaría estar haciendo, eso seguro – llamé desde allí al Fistro para quedar esa noche; íbamos al cine a ver la película Seven toda la pandilla de Gijón. Lo encontré muy alterado, y con una voz extraña me pidió que pasara por su casa una hora antes, que tenía algo importante que decirme. Ni siquiera a esas alturas caí de la burra.

PhotobucketAsí que llegué a su casa. Saludé a sus padres, a su abuela y al gato, y con toda mi inocencia le pregunté: “Bueno, ¿qué es eso tan importante que me tenías que decir?”. Todos, hasta el gato, nos quedamos mirando para él esperando su respuesta... el pobre se puso rojo, granate, fucsia, y luego pálido. Escuché una especie de “clac, clac, clac” y me di cuenta de que eran sus rodillas chocando la una contra la otra. Se las arregló para agarrarme del brazo y balbucear: “Estooo... venga, que llegamos tarde, salimos y te lo digo”. Por fin lo que debía resultar obvio para media Asturias comenzó a hacer mella en mi cabeza, y para cuando el Fistro se había recompuesto y me miraba como suplicándome que empezara a hablar yo, la última pieza del puzzle encajó y supe exactamente qué iba a decirme.

A veces me pregunto cómo coño he podido sacarme una carrera.

Supongo que muchos de los que me leéis habréis pasado por esta experiencia alguna vez: una persona a la que tienes cariño y cuya amistad valoras más que nada, de repente te dice que le gustas, que lo eres todo para él/ella, y te pregunta si tú sientes lo mismo. El nudo en el estómago, el pánico por encontrar las palabras que no le hieran, la certeza de que todo va a cambiar desde ese mismo instante... la extrañeza de que alguien a quien creías tu buen amigo de repente confiese que te ve como mucho más que eso... todo se juntó en un mismo instante. Salí del atolladero como pude y le dije lo que él ya se imaginaba: que éramos amigos y que de momento mi corazón ya estaba ocupado. En cuanto estas palabras salieron de mi boca él preguntó: “Es Mut, ¿verdad?”. Vaya, pues sí que era obvio, leñe. Tuve que darle la razón, y a partir de ese día la relación Mut-Fistro-Yo se convirtió en un triángulo amoroso de lo más complejo.

(continuará)

 
Amores platónicos
Suele suceder por vez primera en la infancia, cuando aún no sabemos explicar qué nos ocurre. Cuando conceptos como “amor” y “sexo” resultan para nosotros tan enigmáticos como “hipoteca” o “puta”. Sí, a los 8 años y en un momento de enfado monumental con tu compañera de clase Perica puedes abrir la boca de par en par, tomar aire y, siempre asegurándote primero de que no haya ningún adulto alrededor, gritarle: “¡¡¡eres una PUTA!!!”, haciendo mucho hincapié en la “P” (como Ripley en la película Aliens, cuando le decía a la bicha reina aquella frase de: “Aléjate de ella, ¡¡¡Puerca!!!”). Perica te mirará ofendida e impresionada porque has usado una de las palabras prohibidas, las que sólo usan los mayores y a veces escuchas en la televisión. Pero si alguien te preguntara qué es realmente una puta te quedarías en blanco. Incluso si te lo explicaran seguirías sin entenderlo, porque eres un niño, y tu mundo es sencillo y lleno de emociones básicas e intensas: el día de tu cumpleaños te regalan una bicicleta y te sientes tan feliz que podrías estallar en pedazos. Al día siguiente un niño se burla de ti en clase y eres el ser más triste de la Tierra. Al acostarte, cuando mamá te da las buenas noches y apaga la luz, cuando las sombras de tu habitación inundan todos los rincones, Photobuckette quedas observando el armario ropero, sabiendo que hay un monstruo terrible a punto de salir y abalanzarse sobre ti. Tus padres siempre te dicen que no hay monstruos, y es cierto, siempre y cuando papá o mamá estén cerca y la luz esté encendida. De noche no hay monstruos tampoco, sólo el de tu armario. Hasta que te venza el agotamiento y te quedes dormido serás el niño más asustado del planeta.

El primer amor suele ser así. Viene sin avisar y al principio no entiendes nada. Muchas veces tu interés por los miembros del sexo opuesto hasta ese momento había sido nulo, incluso negativo. Para una niña, los niños son esos seres brutos, siempre sucios, y que en vez de jugar con muñecas o a las cocinitas se pasan el día persiguiendo una pelota y soltando tacos. Para un niño, las niñas son cosas cursis y ridículas: no se puede jugar con ellas porque les haces daño, no puedes pelearte con ellas porque en seguida lloran, no saben correr ni lanzar piedras como es debido y se pasan el día contándose secretitos unas a otras. Puaj.

PhotobucketY de repente un día la cosa cambia, y tu mundo comienza a girar en torno a una persona. Tu cuerpo experimenta un sentimiento primitivo e indefinido, ya que aún no estás preparado fisiológicamente para llevarlo a término. Igual que con las demás sensaciones, el amor infantil es intenso, irresistible e inexplicable. No le buscas motivo, sólo lo sientes. De pronto un ser humano que hasta entonces había sido como las demás se convierte en el sol de tu Universo, el interruptor de tus sentimientos, el dueño o dueña de tus sonrisas y lágrimas (“Do, es trato de señoooor”... uy, que esto no iba aquí).

Sólo años después podrás poner nombre a lo que te sucedió: te habías enamorado, pero con un tipo de amor inocente, idealizado y puro. No piensas en sexo, en matrimonio ni en hijos. Amas incondicionalmente. Estás dominado por un amor platónico.

PhotobucketEl primer amor platónico de mi vida aconteció a la “tienna” edad de 3 añitos... una precocidad que no concuerda luego con lo panoli que fui hasta los 20. Por aquel entonces yo era una renacuaja con moñitos rubios y unos ojos grandes y muy azules (sí, esa de la foto). En esa época yo vivía con mis tres tías solteras, que hicieron las veces de madres, y a las que hoy en día quiero como a madres de verdad. Había empezado al colegio hacía unos meses y uno de los compañeros de mi curso, Sapillo, era el hijo de una amiga de una de mis tías, y además vivía muy cerca de nosotras, con lo cual coincidíamos en la parada del autobús todas las mañanas y todas las tardes. Una tarde en particular ambos bajamos del bus agarrados de la mano y diciendo que éramos novios. Así, sin más. A partir de ese momento sería una verdad más de la vida, como que las hojas eran verdes, los perros hacían “guau”, y no existían los monstruos (excepto el de mi armario): Sapillo y Pili eran novios.

No recuerdo proceso alguno de enamoramiento. Sí recuerdo, sin embargo, esa certeza, de que estábamos juntos, y punto. Y recuerdo que le quería, le quería un montón, a veces nos abrazábamos y nos dábamos besitos (en la mejilla, malpensados), y mi corazoncito de 3 años latía como loco, y me sentía feliz. Un día nos enfadamos no recuerdo por qué y Sapillo me gritó: “Pues ahora ya no soy tu novio más, ¡hala!”. Buena la hizo... El Diluvio Universal a mi lado era un escupitajo. En casa tardaron horas en consolarme y que les contara, entre hipidos, lo que había pasado. Aunque trataron de disimular la risa yo lo noté, y me sentí terriblemente dolida y enfadada porque nadie me entendía: ¡Mi novio me había dejado y los demás se reían de mí! ¡Oh mísera de mí, oh infelice! Al día siguiente en el cole ni siquiera me atrevía a acercarme a Sapillo, que al parecer se pasó el día buscándome. Cuando me encontró yo escondí la cara bajo el jersey. “¿Qué te pasa Pili?”, me preguntó. Yo ya estaba haciendo pucheros: “¡Que ya no eres mi novio!”. Dos lagrimones colgaban de mis ojos. “¡Claro que lo soy, tonta, vamos a jugar!”, y me tendió la mano con una sonrisa.

El cielo se abrió ante mí. Me sentía como Eurídice cuando Orfeo la vino a rescatar del Infierno. Me agarré a su mano y de un momento al siguiente pasé de ser la niña más desdichada a la más dichosa del mundo.

Nuestro noviazgo duró 3 ó 4 años – debo decir que ha sido el más largo de todos los que he tenido hasta el momento... tendré que volver a los 3 años para encontrar el secreto de las relaciones duraderas, manda webs – y luego se fue extinguiendo. No hubo dolorosas rupturas, tan solo nos fuimos distanciando. Un día en 2º de EGB discutimos por algo y me dijo: “Si te crees que soy tu novio lo llevas claro”. Recuerdo haberle respondido: “Si tú te creías que yo era la tuya lo llevas peor”. Y era cierto. Ese fue el remache. Fin de la historia de amor. Habíamos hecho separación de bienes, así que el proceso judicial no fue demasiado complicado.

PhotobucketSin embargo dentro de lo que cabe aquel amor fue correspondido desde el principio y nunca nos hizo sufrir a ninguno de los dos. El primer amor con el que las pasé canutas y a la vez me hizo elevarme hasta las nubes y más allá empezó cuando yo tenía 12 años. Recuerdo el día que conocí al que por aquel entonces ni se me pasaba por la cabeza que sería mi Adonis personal: el día que empecé 7º de EGB. Uno de los pocos incentivos que tenía empezar un curso era conocer a los posibles “nuevos”. Ese año había dos, que no eran “realmente nuevos”, sino “repetidores”. Si recordáis los años de escuela, sabréis que un curso de diferencia era todo un abismo. Los niños un curso por delante eran “mayores”: tenían un aura de importancia, y te morías de ganas de ser tan mayor como ellos. Los niños de un curso inferior eran bebés, pequeñajos. No merecían ni una triste mirada por encima del hombro. No les escupías y pateabas al pasar porque te castigaban los profesores, que si no... Tener a dos “mayores” de repente en tu clase era una trasgresión de las reglas del universo infantil, una situación nueva y emocionante. Uno de ellos, Fonsi, era lo más parecido a un ángel de 13 años; si buscabas “querubín” en el diccionario, a lado de la definición aparecía su foto. Su rostro estaba hecho para que las niñas en edad de amores platónicos se derritieran por él: rubio, de ojos azul cielo (no, no es el de la foto, pero tenía cierto aire...), sonrisa Profidén de esas que lanza destellos cegadores... Creo que fue el modelo para el Ken de la Barbie.

Sin embargo la primera impresión no pudo ser peor: el primer día siempre se hacían las votaciones para delegado de la clase. Y ese niño rubio, mayor y desconocido se puso a saltar de un lado a otro de la clase gritando con descaro: “Fonsi para delegado, me votáis, ¿eh?, ¡Fonsi para delegado!”. Yo me quedé mirando para él pensando: “Este tío qué se cree, ¡será chulo! Pero si no le conoce nadie y ahí está, pidiéndonos que le votemos, haciéndose el graciosillo como si fuera el ombligo del mundo”. No le voté. Salió elegido delegado.

Hasta entonces yo había sido una niña bastante “machote”... jugaba a la pelota con los niños, les echaba pulsos (y les ganaba), jamás había jugado con muñecas y me horrorizaba esa costumbre de las niñas de hablar de chicos todo el rato. Darse un beso en la boca me parecía algo asqueroso, y no os digo nada cuando me enteré de que además... ¡se metían la lengua por dentro! (puaaaaajjjjjj), y eso de enamorarse (o, por aquel entonces, que “te gustara” o “molara” alguien, o que alguien “fuera a por ti”) era algo que a mí jamás de los jamases me pasaría. ¡Qué cursilada! ¡Ja!

No recuerdo exactamente cuándo comenzó a ocurrir. Un día me di cuenta de que cada vez que Fonsi me miraba sentía cosquillas en la barriga. Cuando me rozaba al pasar se me erizaba la piel. Me ponía colorada cuando me hablaba. ¿¿¿Qué pasaba aquí???. ¡¡¡Esto no era serio!!!

Lejos de ser algo pasajero, la cosa fue a más. Por aquel entonces me gustaba escribir historias y dibujar comics. Me di cuenta horrorizada que desde hacía un tiempo todos los protagonistas de mis historias eran Fonsi. Y que el personaje principal de cada historieta era rubio y de ojos azules. El resto del comic era en blanco y negro, pero siempre coloreaba su pelo y sus ojos. Un Sin City en versión infantil.

PhotobucketMe gustaba observarle a escondidas cuando no me veía; a veces me podía pasar horas viéndole escribir en clase, o leer en la biblioteca. En ocasiones me acercaba a hurtadillas a su pupitre y buscaba un pelo que se le hubiera caído, lo llevaba a casa y me pasaba horas contemplando cómo brillaba bajo la luz del sol. Recuerdo haber pensado que parecía de oro. Busqué su fotografía en el anuario del año anterior, la recorté y la guardé en el interior de una libreta, y la libreta la escondí debajo de otras 5 libretas, las cuales a su vez reposaban en lo más profundo de un cajón... nadie debía descubrir mi secreto. Cuando estaba sola y segura de que nadie me vería, sacaba la foto y la contemplaba extasiada. El pecho se me hinchaba y una sonrisa bobalicona se extendía por mi cara. Pensaba en su sonrisa, en sus ojos, en que esa mañana me había hablado. Todo aquello era más cursi que una armadura rosa con lunares, pero me importaba un pimiento.

Un día en clase de Lenguaje se me acercó para pedirme algo y se agachó a mi lado. Cuando se fue yo ya no me acordaba del Sujeto, del Predicado ni del Complemento Directo... de hecho me había olvidado hasta de escribir. No sentía el suelo bajo mis pies ni el pupitre bajo mis manos. Sólo podía percibir los restos de su olor corporal, que de repente se me antojaba el perfume más exquisito sobre la Tierra. Esa misma tarde, mientras todos los demás niños estaban en el recreo, entré sigilosamente en clase y me dirigí a las perchas. Busqué su cazadora entre todas las allí colgadas, la descolgué y hundí mi cara en su interior. El olor de Fonsi la impregnaba por completo y yo me sentía en el séptimo (o el octavo) cielo. Ignoro cuánto tiempo pasé en esa posición, pero el hechizo se rompió cuando entro otra niña, me miró y musitó algo así como “desde luego, será cochina, para eso están los pañuelos”.

PhotobucketAverigüé su dirección y en dos o tres ocasiones reuní el valor suficiente como para escribirle una carta, o mandarle una postal declarándole mi “pofundo amor”. Por supuesto, siempre con letras mayúsculas o de papel recortado, en plan “mensaje de los secuestradores pidiendo rescate”, y sin firma. Una de las poesías más hermosas y sentidas que he compuesto en mi vida se la dediqué a él. Pensaba reproducirla aquí, pero prefiero que siga siendo parte de mis recuerdos, espero que no os importe :)

Mi amor platónico duró algo más de dos años. Era un amor puro e inocente. A pesar de que a los 13 ó 14 yo ya había empezado a hacerme una idea del significado de la palabra “sexo”, jamás me imaginé nada de “eso” con Fonsi... ¡habría sido como tratar de pervertir a un Dios!. De hecho me sentía feliz amándole en secreto, y más de una vez se me ocurrió plantearme qué haría si a él le gustara yo también... Mi primer pensamiento era de horror y espanto: “si me dice que le gusto... ¿¿¿luego qué leches hacemos???”. El caso es que al principio ni se fijaba en mí – una niña callada y estudiosa a la que le gustaba quedarse en los recreos leyendo, dibujando o escribiendo historias – pero al final creo que le entró el gusanillo (yo debía ser la única chica que no estaba oficialmente loca por él, las demás babeaban ostensiblemente a su paso) y se empezó a acercar a mí, a echarme indirectas y a tantearme. Yo reaccioné como una tortuga: cuanto más la mareas, más esconde la cabeza. Hasta entonces había estado muy cómoda admirándole en la intimidad, y disfrutando de su tranquila indiferencia. Verme en el centro de su atención me desconcertaba.

Recuerdo que una vez nos pusieron en el mismo grupo para hacer un trabajo de Ciencias Naturales acerca de los árboles. Otra compañera y yo quedamos en ir a su casa para acabar de ordenar y encuadernar el trabajo. La perspectiva de estar en su casa con él era irresistible, y no dejé de temblar en todo el día. Cuando la otra niña me telefoneó a casa para decirme que se había puesto enferma y que no podría venir, que si me importaba hacer su parte, creí que el corazón se detendría en mi pecho: yo, en casa de Fonsi, sola, ¿¿¿CON EL???. Era maravilloso y terrible a la vez. Pensé en llamarle para decirle que yo también me había puesto enferma y no podría ir. Pensé en llevarle un ramo de flores. Pensé en salir corriendo y no aparecer hasta el día siguiente. Pensé proponerle ir al cine después de terminar el trabajo. Pensé en hacer un agujero en el suelo, meterme allí y no salir más. Al final cogí la libreta, los bolígrafos, las tapas para encuadernar y lo que habíamos hecho hasta entonces del trabajo, mi madre me llevó en coche y me dejó en su portal. Llamé al timbre. Su voz sonó por el interfono.

“¿Quién es?”
“P-P-r-f-ls-e-f-sz-dx-s”
“¿Cómo?”
“Ehm... ehm... soy P-P-Pil-Pilidirnimda estooo... P-Pildrisidina... digoooo”
“¡Ah, Pilimindri, sube!”
“V-voy”

PhotobucketSubí en el ascensor con las canillas temblando y tragando saliva. Hasta el “TOC TOC” en su puerta sonó tartamudeante. La abrió y asomó la cabeza, y el brillo de su sonrisa me golpeó en la cara como un puñetazo.

No trabajamos nada, claro está. Entre que yo estaba en un estado de idiotismo agudo, y que él no se caracterizaba precisamente por su capacidad de estudio (de hecho creo que se había puesto en mi grupo para que las demás niñas le hiciéramos el trabajo) nos pasamos la tarde en su habitación, él hablándome de sus batallitas, de sus partidos de fútbol y de que su madre le dejaba volver a casa a las 10, y yo escuchándole embelesada asintiendo con la cabeza como una marioneta.

A pesar de lo que pueda parecer, ese día supuso el punto de inflexión de mi amor platónico. Y es que se puede escuchar embelesada un rato, pero cuando pasa de las 3 horas y media la cosa empieza a aburrir un poco. Sobre todo cuando el tema de conversación se convierte en una letanía de “yo, yo, yo, mí, mí mí”. “YO metí dos goles en el partido de ayer, YO me di cuenta de que las chicas me miraban, YO le dije a una que era guapa y la tía casi se desmaya, por cierto, ¿tú crees que YO soy guapo? Porque las chicas de clase están todas por , y ya me cansan. Por cierto, ¿nunca te he enseñado las cartas de amor que ME mandan? Recibo 3 ó 4 por semana”. Y efectivamente, el tío abrió un cajón y en su interior había decenas, quizás hasta cientos de cartas de todo tipo, forma, tamaño y color. Entre ellas acerté a distinguir una de las postales que yo misma había enviado, pero huelga decir que me libré muy mucho de mirarla siquiera. De repente Fonsi metió la mano entre las cartas y cogió un papel doblado que me resultaba terriblemente familiar. “Mira, esta es una de las cosas más bonitas que me han escrito”. Lo desdobló y me lo enseñó.

Era mi poesía.

Mientras yo hacía como que me leía por primera vez aquellos versos que me sabía (y aún me sé) de memoria, él me observaba fijamente. Quizás ya sospechaba que la poesía era mía, quién sabe. A lo mejor sólo quería ver mi reacción. “Muy bonita, sí”, y se la devolví. Sin embargo, parte de su glamour empezaba a decaer. Por primera vez en dos años le encontré un fallo, y muy gordo: era un engreído. Y posiblemente pensara que yo también estaba loca por él. No pensaba darle el gusto de confirmárselo, ni en mil millones de años (...aunque fuera verdad).

Fonsi salió poco a poco de mi corazón y, aunque alguna vez me gustó un poco algún otro chico, no volví a enamorarme hasta los 18 años. Y aquel amor me trajo de cabeza. Pero eso, ya es otra historia :)

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Este artículo va dedicado a HSolo, que me inspiró con el suyo.

¿Me contáis alguno de vuestros amores platónicos?

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La barbacoaaa, la barbacoaaaa (© Georgie Dann)
PhotobucketEn este país en el que me encuentro los estudiantes universitarios se pasan más tiempo de vacaciones que en la facultad. Y hablo literalmente: los años se dividen en terms, que equivaldrían a un cuatrimestre español. El primer term empieza a principios de Octubre y termina a principios de Diciembre... Dos largos e insoportables meses de sufrimiento inenarrable (léase con ironía). Luego los nenes se piran a casa para celebrar unas “vacaciones de Navidad” de un mes y medio de duración (menos mal que aquí no conocen el turrón, porque podrían acabar con unos empachos de aúpa) y no vuelven a pisar las clases hasta mediados o finales de enero. No sé ni cómo se acuerdan unos de otros. A mediados de Marzo, cuando aún no han tenido tiempo de olvidarse del espíritu navideño, se termina el segundo term y los estudiantes disfrutan de unas “vacaciones de Semana Santa” que se alargan hasta finales de Abril – como el Calvario hubiera sido tan largo, Jesucristo habría denunciado a Dios por abuso de contrato -, momento en el que regresan y finalizan el curso con los exámenes de Junio. Ya no volverán a pisar la facultad hasta principios de Octubre, para estrenar el nuevo año académico. A menudo me pregunto cómo pueden estar todos tan blancos teniendo casi 4 meses de vacaciones de verano. Si además tenemos en cuenta que aquí los exámenes jamás se suspenden, y que las carreras duran 3 años, ahora os explicaréis por qué todos los universitarios ingleses acaban licenciados a los 21. O a los 22, porque también está muy extendida la costumbre de tomarse un “año sabático” al acabar el instituto para prepararse para los rigores de la carrera.

Sí, habéis oído bien, los exámenes no se suspenden nunca. Se puede sacar nota baja, pero jamás suspender. Si al final de la carrera tu nota media no es muy alta puedes tener problemas para conseguir trabajo en empresas inglesas, ya que aquí lo primero que te exigen son las calificaciones. No obstante, si un licenciado en cualquier universidad inglesa de prestigio medio se va a currar a España se le reverenciará como a un Dios por el hecho de “venir de Inglaterra” y se le presupondrá un Stephen Hawking en potencia (en su parte intelectual, claro está). Pero la triste realidad es que la educación de los ingleses deja mucho que desear. Por eso a los diplomados, licenciados y doctores españoles y de otros países se nos rifan aquí.

PhotobucketSegún parece en el instituto y la escuela sucede algo similar: ni se te ocurra dejarle ver a un niño inglés que no tiene los conocimientos suficientes como para aprobar un examen, porque lo traumatizarás de por vida y es posible que su familia te denuncie por “frustrar sus ambiciones”. Aquí la filosofía es: absolutamente todos los niños tienen derecho a ser ingenieros aeronáuticos si les da la gana, aunque no sepan sumar 2+2. Los angelitos no sacan malas notas porque en vez de estudiar se hayan pasado la tarde y noche borrachos como una cuba con los colegas, no: es porque su profesor no les motiva, porque la sociedad los margina o porque su familia no les comprende. Así, los “nenes” llegan a la universidad sin saber apenas leer, escribir o expresarse correctamente. Los gobernantes españoles, en su infinita sabiduría, crearon en su día la LOGSE que cambió el sistema educativo para asemejarlo más al de “los países más desarrollados”, como USA (juaaajuajuajuajuajua... perdón) e Inglaterra. Los resultados son patentes desde hace varios años en las generaciones de chavales españoles que no saben hacer la O con un canuto (pero que sí saben hacerse un canuto sin falta de O).

Pero volvamos al tema, que me emociono y me salgo del tiesto... Hablábamos de los estudiantes ingleses. Como os decía, la gran tensión y agotamiento a los que se ven sometidos a lo largo del arduo curso académico (prfffff...) provocan escenas de auténticos ataques de histeria cuando se aproximan los exámenes finales. Cada Junio ocurre igual... estudiantes sentados en el suelo con la cabeza entre las manos dando sonoros hipidos y dejando que las lágrimas se les deslicen por sus sonrojadas mejillas. Otros siendo consolados por sus compañeros mientras gritan y se mesan los cabellos – muchas veces he tenido que reprimir el deseo de ofrecer mi ayuda desinteresada para calmar a la pobre víctima por el método más efectivo, el DHBD (“Dos Hostias Bien Dadas”), recomendado por afamados psicólogos del mundo entero. Algunos caminan de un lado a otro repitiendo mentalmente algún tipo de frase aprendida en el “Manual Zen del Estudiante Histérico” mientras se golpean rítmicamente la frente con el puño cerrado... vamos, que en esta época el Departamento es lo más parecido a un hospital psiquiátrico... El miércoles se me cayó una caja de palillos al suelo y uno de ellos se detuvo, los miró y dijo con voz profunda: “247”. Empecé a preocuparme.

PhotobucketAfortunadamente el jueves terminó su tortura y una ola de alivio inundó las aulas y pasillos de la Universidad. De repente la vida es bella, los pajarillos cantan, las nubes se levantan y las preocupaciones desaparecen (supongo que con 4 meses de vacaciones por delante el efecto sería similar en cualquiera de nosotros, ¿verdad?). Sin embargo queda un último acontecimiento social organizado por los estudiantes de último año, o los nuevos graduados: la Barbacoa del Departamento (Department Bbq). Por unas módicas 5 libras cualquier miembro de la Universidad y sus amigos pueden acudir al evento, en el que abundan la carne (de la de parrilla y de la otra) y el alcohol.

El año pasado cometí el error táctico de no apuntarme; imaginé que acudirían sólo estudiantes y que no ocurriría nada interesante. El lunes siguiente a la barbacoa 2004 la gente del departamento empezó a colgar en la página web las fotos del evento y yo empecé a arrepentirme profundamente de no haber ido. Estudiantes y postdocs de esos que jamás te miran a los ojos ni te dicen ni una palabra si no les preguntas tú antes (a veces ni así) aparecían en todo tipo de posturas y actitudes imaginables, bailando, por el suelo, por el techo, boca arriba, boca abajo, levitando en el aire, lamiéndole la oreja a un compañero/compañera/perro/muñeca hinchable... Profesores a los que jamás he visto sonreír y que siempre te miran por encima del hombro al pasar aparecían en las fotos con la lengua fuera en gesto pseudo-obsceno y tirándose la cerveza por encima unos de otros. Uno de ellos, un amante de las camisas hawaiianas apodado Webby, envió un correo colectivo a todos los miembros del Departamento disculpándose por “las cosas inapropiadas que hubiera podido hacer el día de la barbacoa”. El tío debió haber pagado un buen soborno a cada uno de los testigos, porque por más que indagué no conseguí averiguar de qué tipo de “cosas inapropiadas” se trataba. Por mi mente desfilaron todo tipo de turbias posibilidades que involucraban a estudiantes femeninas, tangas de leopardo, consoladores anales de 5 velocidades y ABS (ABS vibra, ABS no), yeguas en celo, travestís she-male y vaginas en lata. Me prometí a mí misma que el año siguiente yo estaría allí en primera fila par no perderme nada... y para aceptar sobornos si hacía falta.

Así que este año fui la primera en comprar las entradas, y me llevé a Rizos y Belo conmigo para que también disfrutaran del espectáculo.

PhotobucketEl día había sido frío y nublado hasta media hora antes de empezar la barbacoa, cuando las nubes se disiparon como por arte de magia y nos obsequiaron con una tarde y noche inmejorables. La barbacoa se celebraba en unos terrenos que pertenecen al Departamento de Fisiología Vegetal, y que aparte de campos de cultivo y hierbajos de todo tipo cuentan con tres enormes invernaderos – dentro de uno de los cuales estaba la barbacoa - y una especie de almacén de hormigón, donde estaban las bebidas y la “sala de baile” improvisada (vamos, una zona libre de trastos y un portátil conectado a una cadena de música del año 2 antes de Cristo, por lo menos). Cuando llegamos Rizos, Belo y yo la gente estaba aún en fase de “todavía no he bebido lo bastante como para ser sociable” pero pasando rápidamente al estado de “ya estoy borracho, así que puedo meterte mano y decirte las burradas que se me ocurran”. Nos apropiamos de un par de hamburguesas cada uno y nos apresuramos a coger algo de beber antes de que todo el alcohol acabase convertido en una mezcla heterogénea de bebidas baratas de oferta especial en el Tesco.

Rizos y yo nos servimos una sangría de aspecto y sabor... llamémoslos... peculiares. Quienquiera que la hubiera hecho no conocía la diferencia entre la sangría y la macedonia de frutas. Entre la gente nos encontramos con Rubi, un chaval de Salamanca que trabaja en un laboratorio cerca del mío.

“¡Hola Pilimindri! ¿A quién nos traes por aquí?”
“Buenas Rubi, estos son Rizos y Belo” - muac muac, besos al más puro estilo Spanish
“Vaya, así que os habéis lanzado a por la sangría, ¿eh?”
“Sí, pero no te la recomiendo... no sé quién coño la ha hecho, pero no tiene ni idea... seguro que ha sido un inglés. Está terriblemente dulzona, el vino ni se adivina y en vez de zumo ha usado naranjada de la mala malísima.”
“¿Ah, sí?”
“Sí, tendrían que habérmela encargado a mí, esto es cosa de españoles.”
“Ehm... la he hecho yo...”

Silencio incómodo. Pilimindrina que se encoge y se encoge hasta competir en altura con los pitufos. Aproveché la circunstancia para escurrirme entre las piernas del grupo sin llamar demasiado la atención balbuceando la primera disculpa que se me ocurrió.

Cuando aún estaba intentando sacar la pata del cubo se nos acercó un chaval de otro departamento:

“Tíos, cómo os lo montáis, estas hamburguesas están cojonudas. ¿Dónde habéis comprado la carne?”
“Producción propia.”
“¿Cómo producción propia?”
“Hombre, no pensarías que íbamos a desperdiciar las ratas que usamos en los experimentos.”

Por la cara con la que se alejó el pobre hombre creo bastante posible que aún esté en su casa utilizando el Kit de Lavado de Estómago de TeleTienda.

La barbacoa se iba animando. Los del Departamento de Fisiología Vegetal, que no sólo estaban allí por la barbacoa, sino también para vigilar sus valiosas plantas (tener a unos 150 estudiantes y profesores pisoteando los terrenos y entrando en los invernaderos pondría nervioso a cualquiera) se afanaban por mantener a los curiosos lejos de sus experimentos, a veces sin demasiado éxito:

“¡Dios mío!, ¿qué has hecho? ¡Acabas de pisar el único clon positivo de un proyecto de 5 años!”
“Pues eso no es nada, me he meado sobre todos los brotes transgénicos de tu tesis doctoral.”
“¡Cabróooooon!”

En otros casos el problema se resolvía con una buena dosis de justicia divina:

“He encontrado una planta de maría inmensa en aquel invernadero de allí... cómo os lo montáis los biólogos, ¿eh?. Mira qué pedazo de porro me he liado.”
“Ehm... Esa planta contiene una mutación diseñada para sintetizar concentraciones enormes de estrógenos... espero que ligues esta noche, porque mañana te despertarás con tetas.”

PhotobucketLa noche avanzaba e iba pidiendo a gritos algo de música. Rizos y yo conseguimos apropiarnos del “equipo musical”, que hasta el momento sólo emitía música ambiental, y lo pusimos a todo volumen con lo mejor de los mp3 que encontramos en su disco duro. En menos de 5 minutos en la improvisada pista de baile no cabía un alfiler, y problemas técnicos aparte (a veces las canciones se cortaban a los 30 segundos, otras se colgaba el ordenador, y otras algún estudiante en estado no demasiado sobrio le pegada una patada a alguno de los componentes) se montó un ambientazo de narices. Creo que en casi dos años que llevo trabajando en nuestro Departamento no había tenido tanto contacto con tantos compañeros como la noche de la barbacoa. Podías incluso llegar a hacerte a la idea de que te encontrabas en España y todo. Aunque, como en el cuento de Cenicienta, la ilusión se rompería, no a las 12 de la noche, sino en cuanto empezara la siguiente jornada laboral.

Por supuesto, Webby volvió a armarla, aunque esta vez en versión mucho más light... tan solo se despatarró en el suelo cuan largo era resbalando en la cerveza que él mismo acababa de derramar. Me pregunto cómo alguien puede respetar a un profesor después de haberle visto hacer el ridículo de esta manera... Ya no sólo emborrachándose y cayéndose al suelo delante de medio Departamento, sino caerse llevando puestos una camisa de flores fucsia sobre fondo azul, pantalones cortos de deporte y chancletas de playa con calcetines. Supongo que hay que ser inglés para poder entenderlo.

Y así transcurrió la noche... entre bailoteos, saltos, risas, sobeteos de coña entre miembros de la comunidad universitaria, sobeteos no tan de coña y que abarcaban todo tipo de tendencias sexuales, fotos por las que espero recibir jugosas ofertas para evitar colgarlas en la página del Departamento, promulgación de la receta del calimocho (cualquier cosa antes que beber a pelo aquel vino tan espantosamente malo) y una escena inolvidable y entrañable de unos 15 profesores del departamento bailando y cantando a voz en grito el “YMCA”. Una de las mujeres más voluminosas se cargó la manga de la camisa al escenificar la última Y; en cualquier otro lugar importaría, aquí igual hasta crea moda. Por cierto, la mujer se podría hacer rastas con los pelos del sobaco.

Aún nos quedaba un paseíllo de 40 minutos hasta nuestros respectivos hogares a las 2 de la mañana por una Mix Village casi desierta. Pero incluso aquello tuvo su encanto, contemplando las constelaciones en un cielo hermosamente estrellado, saludando entre risas a cada ciclista ojeroso que pasaba a nuestro lado y puntuando del 1 al 10 los traseros de la poca gente que nos íbamos cruzando (Rizos y yo los masculinos, y Belo los femeninos).

Cuando llegué a casa comprobé que algún borracho se había vuelto a cebar con mi Reichín... esta vez no sólo le habían doblado el parabrisas de atrás en un ángulo inverosímil, sino que además, como debía haberles molestado que la vez anterior lo devolviera a su lugar con relativa facilidad, habían retorcido la escobilla con saña hasta romperla. Gracias a estos ciudadanos de buena fe la próxima vez que llueva tendré que sacar medio cuerpo por la ventanilla para ver si alguien me sigue, y con un poco de mala suerte arrearme un cocorotazo contra algún ciclista. ¡Dios bendiga a los jóvenes borrachos ingleses! Ojalá pillara al responsable... le introduciría el parabrisas por su oquedad anal y después lo pondría en marcha. ¿Lo peor? Que a lo mejor disfrutaba el cabronazo.
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En apoyo de 20minutos.es
Buenas, gente. No pensaba dedicar una sola línea de mi blog a publicitar el Concurso de Blogs de 20minutos.es ni mucho menos a daros la vara para que me votaseis: me he limitado, como habréis visto (o a lo mejor ni eso) a poner el link a la izquierda donde no moleste mucho, para que sólo aquellos que de buena fe sintierais ganas de votar, así lo hicieseis.

Sin embargo después de todo lo que está ocurriendo con este, en un principio, sencillo concurso de blogs, me hacen sentirme obligada a romper una lanza en favor de la gente de 20minutos.es

PhotobucketPara aquellos que no es hayáis enterado aún de la movida, el diario digital 20minutos.es convocó hace ya meses un concurso en el que podían inscribirse todos aquellos blogs que lo desearan, y cuyo primer premio serían 3000 euros, una estatuilla y la posibilidad de convertirse en columnista de 20minutos. Así de fácil. Una vez terminado el período de inscripción, y con más de 2000 blogs inscritos, las normas eran que los lectores de los blogs votarían a aquellos que más les gustaran desde cuentas de correo abiertas en el servidor de 20minutos.es. Cada cuenta podría votar una vez al día durante cerca de 6 meses. Terminado el período de votaciones, el jurado de 20minutos.es seleccionaría al ganador entre los blogs más votados por el público.

Sencillo, ¿verdad?

Pues no.

Las normas están ahí y son claras. Todo aquel que se inscribiera sabía que existía la posibilidad de que los más votados fueran, no los mejores blogs, sino aquellos que más amigos y familiares pudieran juntar para votar a diario... de hecho eso ocurre en cualquier votación en la que no se pueda verificar la identidad de cada votante. Además existía la posibilidad de abrir varias cuentas y votarse a sí mismo. Poco moral, pero admitido por las normas al fin y al cabo.

Y pasó lo que estaba claro que pasaría: en poco más de una semana de votos, algunos blogs que no tenían ni 3 comentarios por artículo se colocaron en cabeza con cientos de votos diarios. En otros blogs se prometían regalos, vales, sorteos, etc etc en caso de resultar ganadores para los usuarios que les votaran. Otros, con mucha más clase, como mi admirado Gonzo (que todo sea dicho, tiene un blog cojonudo) se curró un post en el que expone su filosofía de una paja-un voto que le valió un montón de votos de gente que, hasta el momento, no se había tomado la molestia de registrarse (gracias a Gonzo los vendedores de vaselina y Kleenex harán su agosto durante estos meses). Algunos métodos son más o menos honorables, pero las normas son iguales para todos: si no tienes tripas para dar la vara a tus lectores, si tus familiares y amigos no conocen el blog, si no tienes muchas visitas... pues no ganarás el concurso, está claro, ya puede ser tu blog un bodrio o la versión contemporánea de El Quijote. Pero al menos tendrás el honor de ver que hay gente (aunque sea poca) que te vota sin que tengas que perseguirla. Al menos para mí es un orgullo.

No todos se conforman de la misma manera.

En los últimos días hemos asistido a una avalancha de acusaciones, insultos, artículos difamatorios, peticiones de expulsión, etc etc, dirigidos a 20minutos.es, quien en mi humilde opinión lo único que ha hecho ha sido proponer un concurso que ha tenido un éxito sin precedentes. Señores y señoras, en España abunda la picaresca, eso ya lo sabíamos, ¿verdad?. Personalmente me atrevería a vaticinar que más de la mitad de los votos que reciban los blogs del concurso serán auto-votos. Y aproximadamente un 90% serán votos por amiguismo, no porque realmente el votante crea que el blog es el mejor.

¿Y qué?

Nadie había discutido las normas al inscribirse. De hecho, si alguien discrepaba con ellas, la solución más fácil habría sido no inscribirse (vamos, digo yo). 20minutos.es ya ha hecho bastante, de hecho, al ser advertidos (de muy malos modos) de que algunos votantes se registraban con direcciones de correo falsas para votar varias veces, a consecuencia de lo cual muchos de los votos han sido eliminados. A veces se eliminan votos de direcciones completamente válidas cuyos dueños, sencillamente, no han recibido el mail de confirmación, no han leído aún los mensajes, o sencillamente han configurado un filtro que consideraba el mail de 20minutos.es como spam. Gajes del oficio, a mí también me han quitado unos cuantos. Y sigo viva, ¿eh? :P

Aun así, si os pasáis por su página web, comprobaréis que una gran parte de los mensajes del foro son de participantes con pocos votos que insultan a la organización, los acusan de tongo, exigen que se expulse a los más votados (casualmente siempre a los más votados, como si otros con 15 votos no hubieran podido hacer las mismas triquiñuelas para conseguirlos), cargan contra algunos bloggers por ser “fachas” o “rojos” (el colmo de la estupidez humana) y llegan a decir que “la culpa de esto es de Zapatero” o “de Aznar”, poco menos. Y otras veces ejercen de jueces morales diciendo que blogs como el de La Miss deberían ser expulsados porque “seguro que ni siquiera es tía ni es Miss”... pero vamos a ver hombres de Dios... ¿Desde cuándo existe la norma de que un blog debe ser verídico? ¿Acaso os habéis creído que el blog de una lechuga lo escribe de verdad una lechuga? ¿Acaso alguno de vosotros sabe a ciencia cierta si lo que yo escribo es verdad o no? Igual resulta que tengo 57 años, pelo en el pecho, bigote y me llamo Manolo.

Vamos, que la mayoría de las quejas se resumen básicamente en: “yo tengo pocos votos y mi blog es cojonudo; expulsa a los más votados y pon al mío primero

Francamente, dan pena.

A día de hoy mi blog tiene 9 votos. Tenía unos 15 antes de la criba de 20minutos.es. No me he votado a mí misma – de hecho me llamaréis idiota, pero he votado a Gonzo, porque me encanta su blog. No he escrito un solo mail pidiendo que me vote nadie. No he dedicado un solo artículo a lanzar propaganda de mi blog. Y estoy más que orgullosa de mis 9 votos, oye. No ganaré el concurso ni de coña, pero... ¿quién nos ha dicho que todos tengamos derecho a ganar 3000 euros? Tengo la enorme suerte de tener incondicionales que acceden a mi blog a diario, que se ríen con mis historias, que se interesan por mí a través del correo electrónico, que comentan cada artículo. Gente que está a favor y en contra de mis andanzas y opiniones y que se toma la molestia de hacer patente su postura. ¿Me gustaría ganar el concurso? Pues claro, joer, ¿a quién no? (coño, son 3000 eurillos). Pero para ello no voy a dedicarme a difamar a otros participantes sin pruebas (¿cómo sabe la gente quién ha hecho trampas y quién no?) ni a arremeter contra el diario que ha permitido que todos participemos gratuitamente en este concurso.

Así que un par de mensajillos para determinada gente:

· A 20minutos.es: gracias por darnos la oportunidad de participar y ganar. No os desaniméis por los mensajes que estáis recibiendo, el tiempo hará que se calmen los ánimos y que las aguas vuelvan a su cauce de manera natural.

· A los más votados del concurso: enhorabuena y suerte en los meses que quedan de concurso.

· A los menos votados: vuestra (nuestra :P) suerte siempre puede cambiar, os recuerdo que las votaciones acaban de empezar y aún pueden pasar muchas cosas.

· A los que se quejan de malas maneras en el foro: recordad que esto no son unas elecciones a la presidencia del Gobierno. Es un puñetero concurso de blogs. ¿No os parece un pelín patético perder los papeles de esa manera?

· A los que se quejan de buenas maneras: España es un país con ventajas y desventajas. Una de las desventajas es esta picaresca que hace que los resultados de este tipo de concurso nunca sean fiables; es el mismo tipo de picaresca que nos hace llevarnos las manos a la cabeza cuando el que la aplica es un político o un empresario... pero realmente son pocos los que no la practican a mayor o menor escala. La gente vota a su amigo, aunque su blog sea un asco. La gente se vota a sí misma. La gente abre cuentas falsas para votarse varias veces. La gente oculta que está alquilando un piso para no pagar los impuestos que le corresponden. La gente declara una casa como “cuadra para animales” para pagar menos. La gente llama al trabajo para decir que está enferma cuando tiene resaca, o cuando no le apetece mucho irse a trabajar. A cambio de estos pequeños inconvenientes, tenemos un país en el que llevamos una calidad de vida envidiable, y al que yo daría cualquier cosa por poder volver. Gente como la española se encuentra en pocos sitios. Los defectos se van puliendo, el fondo es el que queda.

· A mis lectores: me importa un pepino que me votéis o no. Lo que quiero es seguir sabiendo de vosotros. Seguir haciéndoos reír. Seguir compartiendo mis y vuestras historias. A veces, rompiendo alguna norma. Sois los que me dais ánimos para seguir en este proyecto en el que me metí hace 3 meses sin demasiadas convicciones, y que ahora se ha convertido en mi pequeña ilusión de cada día. Sois geniales, incluso aquellos a los que no os gusto.

Y me callo ya, o me pondré emotiva, y eso no pué ser, que se supone que esto es un blog de humor.

¡Joer, qué a gusto me he quedado!

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¿Qué opináis vosotros del jaleo que se ha armado con el Concurso 20blogs?

 
Los niños, esas adorables criaturas
PhotobucketSegún la Real Academia de la Lengua Española, un niño es aquella persona que se encuentra en el período de la vida que se extiende desde el nacimiento a la pubertad. Una definición aséptica, científica y exacta... aunque no completa. En mi artículo de hoy pretendo ampliar este término y haceros partícipes a todos de mi enorme y altruista amor por esos adultos en formación que corretean por nuestras calles, parques y aceras, llenándonos de alborozo con sus alegres gorgoritos.

Definiciones idílicas aparte, todos nosotros, en el fondo de nuestro corazón, sabemos realmente qué es un niño. Lo que pasa es que queda feo decirlo. Pero para eso estoy yo aquí, para haceros el inmenso favor de proclamar a los cuatro vientos (o cinco, si hace falta) la verdad que muy pocos se atreven a confesar. Porque un niño es un ser muy rico y simpático cuando no es tuyo, o cuando sólo tienes que soportarlo durante cinco minutos y luego puedes devolvérselo a la sufrid... estooo... a su madre... pero, ¡ay cuando decides hacer caso al instinto maternal y formar una familia! Entonces se te abren los ojos y descubres el fregao en el que te has metido.

Porque aceptémoslo: en los primeros meses (y años) de vida, un niño no es más que una fábrica interminable de fluidos corporales de todo tipo, textura, color y olor, que además expondrá orgulloso a la menor y más inoportuna ocasión. Esperará a que lleves puesta la camisa nueva para regurgitar la leche del desayuno sobre ella. Aguardará ansioso el final del baño para hacerse pis en la cara del sufrido familiar que se haya ofrecido a lavarlo. Estornudará en tu sopa. Y si tiene ocasión, hará gotelée sobre las paredes de la casa con me-niego-a-decir-qué tipo de pintura de producción propia. Y encima disfrutará inmensamente con todo ello.

PhotobucketPero eso no es todo: un niño es la máquina natural más perfecta de producción de decibelios. Durante sus primeros meses cada vez que quiera algo, le moleste algo o alguien, le duela algo, le pique algo o quiera llamar la atención de alguien lo hará valiéndose de su potente voz en forma de llanto destroza-nervios. A veces me pregunto cómo semejante estruendo puede salir de una cosa tan pequeña. A medida que el niño se hace mayor y adquiere conciencia propia, podría pensarse que abandonará esta forma de solicitar atención limitándola a casos extremos... ¡pero no! El niño perfeccionará el llanto y lo transformará en berrido taladra-tímpanos que utilizará cada vez que se le niegue algo a lo que crea tener derecho. En el autobús, en un restaurante, en la calle o en el kiosko... ¡da igual! Cualquier lugar es bueno para demostrar su capacidad pulmonar. A veces las madres tratan por todos los medios de calmar al chaval. Pero otras, las peores, te miran con una sonrisa autocomplaciente de “Pero qué bien grita mi niño, ¿verdad?”, mientras tú tratas de recomponerte el aparato auditivo. “Sí, señora. Por cierto, ¿no tendrá el número de teléfono de Herodes?”

Los niños encuentran allá donde vayan a su grupito de admiradoras incondicionales. Suelen ser mujeres y tener en torno a 50 años. Tú irás en el autobús, sentada tan tranquila sin molestar a nadie, cuando de repente una de estas criaturitas llegará retozando alegremente. Te pisará. Te empujará. Te dará una patada en la espinilla. Chillará. Te tirará del pelo. Cuando tu paciencia se haya agotado por completo y estés ya abriendo la boca para reclamar tu derecho a viajar tranquila, entonces aparecerán como por ensalmo las dos o tres admiradoras desconocidas: “Ay, pero qué rico es”, “es tan majo”, “mira, si es que no para, son todo energía”, “¿cuántos añitos tiene?”... La madre o padre se hinchará de orgullo y se pondrá a enumerar las virtudes del benjamín, mientras tú tratas por todos los medios de que abra la boca y suelte tu pierna. ¡Ay de ti como se te ocurra quejarte! La madre y las admiradoras se callarán de pronto, te mirarán con gesto torvo y desprecio mal disimulado y exclamarán: “Anda, guapo, ven para acá, desde luego la gente cómo es, ¡qué desagradable!”.

PhotobucketLos padres de estas criaturitas son igual que el dueño de un coche recién comprado: delante de ti presumirá de su maravilloso “buga”, de lo poco que consume, lo mucho que corre y los nulos problemas que da. Se burlará de ti porque no te has comprado esa maravilla de coche, que además le ha salido a precio de ganga. Luego se despedirá, irá al taller a recogerlo por cuarta vez en el mes (esta vez se ha recalentado el aceite, la anterior perdía líquido de frenos...) y comprobará que tiene la cuenta a cero después de pagar la vigésimo sexta cuota de los 10 años de préstamo en el que se ha metido para comprarlo. Con los niños es igual: las parejitas con sus retoños te mirarán con cara de pena, meneando la cabeza al comprobar que sigues soltera y sin niños (ni intención de tenerlos) y te dirán algo así como: “Ya te llegará”, mientras tratan de atarse las ojeras bajo la barbilla y de ignorar los chillidos histéricos de su niño mayor, que quiere un helado “ahora, ahora ¡¡¡¡AHOOORAAAAAA!!!!” y su niño pequeño, que ha metido la cabeza en el tubo de la aspiradora.

Al menos en otras especies del mundo animal, los padres cuidan de sus retoños durante un tiempo limitado. Un par de años, como mucho, y las criaturas ya son independientes y se van del seno materno, haciendo su propia vida. Hoy en día los niños son la hipoteca más larga y a mayor interés que existe: hay que cuidarlos hasta los 45 años, edad a la que por fin se van de casa para no tener que cuidar ellos de ti... eso si no te echan a ti antes.

PhotobucketNo todo son cosas malas con los niños, claro está. De hecho, tengo entendido que hay gente a la que hasta les gustan y todo ;P. En ocasiones los nenes muestran una lógica aplastante. Mi amigo Dino, un compañero de trabajo con el que hice la tesis en Oviedo, nos hablaba muy a menudo de su sobrinito. Al parecer un día, cuando tenía apenas tres años, se asomó al baño y vio a su abuelo poniéndose la dentadura postiza. El nene se pasó el resto del día en silencio y con unos ojos como platos, hasta que esa noche mientras su madre le acostaba, miró a todos lados, s