Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
Acerca de












El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Una barbacoa peculiar
Sí, ya sé que he dejado el viaje a Portugal sin terminar... pero me estaba llevando tanto tiempo contarlo que ya sonaba a “noticia vieja”... de modo que comentaré sólo un par de cosas acerca de los dos últimos días de mis minivacaciones:

PhotobucketLa tuna: Rizos se ligó al Piragüista con premeditación y alevosía y yo... yo no me comí ni los mocos. ¿Por qué?, preguntaréis... ay mísera de mí... porque el único que descubrí que me interesaba era... pozezo, el Piragüista. Y Rizos se lo había pedido primero. Yo soy de la opinión de que no hay ligue que valga el mosqueo de una amiga (y bueno... aparte de eso, competir con Rizos, que es una pedazo de tía buena del copón, es como tratar de quitarle la portada de PlayBoy a Pamela Anderson, todo hay que decirlo), y además se da el caso de que cuando a mí me gusta un chico ya me pueden venir otros 10 Brad Pitts a pedirme en matrimonio, que ni caso. Así sucedió que al final esta menda se acabó yendo a casa a dormir a dos velas mientras Rizos se iba con la tuna a... a... Bueno, ¿y qué leches os importa a vosotros a qué se fue con la tuna? :P

El último día: nos lo pasamos Rizos y yo en un pueblecito al lado del mar, llamado Espinho, espatarradas al sol en la playa, y deseando no marcharnos de allí en dos meses más. Pero a algún idiota se le había ocurrido la frase esa de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” y acabamos de nuevo en Mix Village, donde el sol salió tímidamente un par de días y luego se acojonó y se ha pasado hasta hoy escondido tras varias capas de nubes el muy capullo.

Así que el martes ya estaba de vuelta en el trabajo, con mi encantadora jefa que ni siquiera se dignó saludarme ni mucho menos preguntarme qué tal me había pasado las “vacaciones” y disfrutando de la frialdad inglesa que tanto me gusta (léase con ironía). Durante la semana siguiente a mi vuelta de Portugal me fui enterando de la partida de Belo y de Portu... creo que ahora podréis haceros una idea de por qué andaba yo baja de moral durante esos días.

PhotobucketEl fin de semana siguiente la Sociedad Portuguesa de Mix Village organizaba una fiesta con motivo del día de Brasil. El por qué no era la Sociedad Brasileña la que organizaba este evento, teniendo en cuenta que también existe una, va más allá de mi comprensión, pero el caso era acoplarnos Rizos y yo a alguna actividad social para atenuar nuestra depresión post-minivacacional.

Inciso: en Mix Village existen asociaciones de estudiantes universitarios para todo. Y cuando digo todo me refiero a ABSOLUTAMENTE TODO. Existe la Sociedad Hispánica (a la que por supuesto me apunté nada más llegar), la Italiana, la Bielorrusa y la de la República Independiente de Chiquitistán. Existe la Sociedad de Parapente, de Esoterismo, de Ciencias Amorales (???), del Celibato (¿¿¿???) y la Hare Krishna. Algunas de las sociedades no llegan a los 5 miembros, pero el tema es formarla y anunciarla en los boletines universitarios, que queda de lo más fashion, siendo algo similar a las “hermandades” americanas aunque mucho más sosas. En una zona de Inglaterra donde la montaña más alta es un taburete, también existe la Sociedad de Montañismo... supongo que sus miembros dedicarán sus jornadas de reunión a trepar por las tuberías del edificio más alto que encuentren, con la ayuda de ingentes cantidades de alcohol (ahora que lo pienso... eso ya lo hacen los jóvenes cada noche sin necesidad de pertenecer a esa sociedad). Pero entre todas ellas la que se lleva el premio a la excentricidad es la “Sociedad de Suicidas del Domingo por la Tarde”. Os aseguro que mi reacción al conocer su existencia fue exactamente la misma que la de los que estáis leyéndolo ahora mismo: “esto tiene que ser de coña”. Pues no. Los miembros de la SSDT se reúnen los domingos por la tarde, al considerarlo el momento más deprimente de la semana, y tratan precisamente de evitar que el aburrimiento dominical les induzca al suicidio. Rizos fue invitada a una de las reuniones en una ocasión; a la vuelta le pregunté: “¿Qué, qué tal la reunión de suicidas? ¿Te regalaron un nudo corredizo en tu primera asistencia?” “No, qué va, qué coñazo, nunca había estado en una reunión más deprimente”. Creo que Rizos es la única persona en este mundo que acude a una reunión de suicidas esperando una fiesta loca con serpentinas y confetti.

Fin del inciso.

De modo que allí estábamos, celebrando el día del Brasil, bebiendo Caipirinha, comiendo dulce de arroz y carnes de todo tipo y encontrándonos una vez más con todo el mosaico de gentes que están dispuestas a aparecer por este tipo de acontecimientos ingleses que incluyen alcohol, comida y gente joven.

PhotobucketAllí conocí a Tulipa, una mujer brasileña de unos 40 y pico años que me agarró por banda y no me soltó en más de dos horas. Obviamente tenía ganas de hablar y no era de las que se cortaban en contarle hasta el último detalle de su vida íntima a la primera persona con un par de orejas que pasara por allí, que en ese caso resulté ser yo. Me enteré de todos sus contactos amorosos en los últimos 15 años (o los que ella decía haber tenido), de cómo acabó viniéndose a Mix Village, de lo desesperada que estaba por tener ya 30 y pico años y “no haber encontrado a un hombre” (¡Oh condenación, sacrilegio, herejía!), de lo feos que eran los ingleses para ella (estaba claro que ella se consideraba muy superior físicamente a ellos, cosa que para mí resulta bastante discutible cuando menos) y de que al final se acabó apuntando a una agencia matrimonial. Le presentaron a 4 hombres y ella “eligió” al menos feo. Palabras textuales: “no me pareció gran cosa cuando le vi, pero estaba muy necesitada así que volví a quedar con él, al final acabó gustándome y nos casamos”. Se casaron y se fueron a vivir a un pueblecito a unas 15 millas de Mix Village, donde por fin Tulipa se sintió feliz por tener a su lado un hombre buscado por catálogo y una casa propia pagada por el hombre buscado por catálogo.

Pero unos años después se ve que la cosa no le pareció bastante, y se dio cuenta de que no tenía vida social y que el hombre con el que estaba no le satisfacía lo suficiente en la cama (también palabras textuales, ojo). Así que ahora había decidido hacer fiestas y barbacoas en su casa e invitar a la gente a conocerlos a ellos dos y a sus 4 gatos. “Por cierto Pilimindri querida, el domingo que viene hacemos una barbacoa, y me gustaría que tú estuvieses allí, será divertido”.

Traté de librarme por todos los medios pero la mujer insistía, y acabé diciéndole que iría. En fin, al menos conocería a sus 4 gatos, que me parecían lo más interesante de la historia.

Pasó una nueva semana lluviosa y fría, más otoñal que veraniega, y decidí cumplir mi palabra, olvidarme de las 15 disculpas diferentes que se me habían ido ocurriendo a lo largo de la semana y acudir a la barbacoa de doña Tulipa. A fin y al cabo podía hasta ser divertido y todo, aunque seguro que no de la manera en que lo proponía ella. Yo quería comprobar hasta qué límite de superficialidad podía llegar aquella mujer y saber si el resto de sus “amistades” eran reales o las había conseguido también por catálogo, como a su marido y a mí.

Y los gatos, no nos olvidemos de los gatos. Me encantan los gatos.

El domingo 24 de Julio llovía a cántaros en Mix Village. Tuve la oportunidad de acordarme de la familia de los pollinos que me habían dejado inutilizable el limpiaparabrisas trasero de mi Reichín. Para más guasa de mi eterno enamorado Murphy, al poco de sacar el coche y dirigirme al pueblecito de Tulipa, en el salpicadero se encendió una luz roja que jamás había visto antes. Las luces rojas en el coche no suelen augurar nada bueno, pero esta se apagó a los dos segundos y no volvió a encenderse en el resto del trayecto, de modo que me olvidé de ella.

Esta vez me perdí sólo 4 veces. Di unas cuantas vueltas al minúsculo pueblecito al final de las cuales siempre acababa delante de la misma casa negra de la que ya estaba hasta las narices... aquello parecía la falla temporal en la que se ven inmersos los protagonistas de las historias de miedo, que una y otra vez acaban llegando al mismo punto. La quinta vez que me volví a encontrar con aquella puñetera casa decidí parar el coche allí mismo, aparcar y preguntar dónde leches estaba.

Estooo... era la casa de Tulipa.

PhotobucketLa barbacoa, lógicamente, se había cancelado, y sus invitados estaban comiendo dentro. Las casa era un antiguo granero rehabilitado de techos altos y hermosas vigas de madera, y estaba decorado con todo tipo de figuritas, estatuas y adornos estrambóticos por todas partes. Recuerdo haber pensado lo que costaría mantener limpio todo aquello. En la mesa del comedor, dos o tres parejas en la treintena, un hombre de unos 30 años de ojos saltones y raya al medio y una mujer mayor de mirada simpática y agradable que deduje que sería la única que me caería bien. El marido de catálogo de Tulipa me sorprendió siendo un inglés de unos 50 años bastante más atractivo que la media y muy educado. También había una chica jovencita rubia de mirada tímida que aún no había tenido tiempo de sentarse a la mesa mientras barría, pasaba el plumero y terminaba de limpiar la cocina. Tulipa me comentó que era su “aupair”. “¿Pero las aupairs no cuidan de los niños?” pregunté yo ingenuamente, sabiendo que Tulipa no tenía hijos. “Sí claro, ella cuida de nuestros 4 niños” me contestó con una sonrisa pícara y mirando a sus gatos.

A medida que pasaba el tiempo me fui percatando de que “su aupair”, hacía las veces de chacha o criada. Aquella pobre chica era la que limpiaba la casa y encima pagaba por estar allí.

PhotobucketLa charla durante la comida fue tan superficial como me había temido. Lo único constructivo fueron los comentarios culinarios de la mujer anciana, que resultó ser la madre de una de las parejas, que al precisar ayuda para moverse no podía quedarse sola en casa. Admirable mujer que a pesar de sus limitaciones lucía siempre una espléndida y radiante sonrisa. Las demás parejas se limitaron a hablar de los coches que se habían comprado, los trabajos de sus maridos y la indudable ventaja de... ¡de ser vegan! ¡Albricias y zapatetas, me había tocado compartir mesa con una pareja de vegetarianos extremos de cuya descripción tanto había disfrutado en uno de mis artículos! ¿Alguna vez habéis probado una salchicha vegetal? Pues eso no es nada, aquel domingo tenían incluso una aberración mayor: hamburguesa de pollo vegetal. Me negué a solicitar más detalles acerca de aquella paradoja y de comentar acerca de los hermosos zapatos de cuero que llevaba el supuesto "vegan". Al parecer alguna gente encuentra monstruoso comerse un filete de vaca, pero no así utilizar su piel para hacer zapatos. Lamenté de antemano los problemas de desarrollo muscular que padecerían los hijos que aquel ejemplar matrimonio pretendía tener y a los que pensaban alimentar con dieta vegan desde la cuna. Comenzar una discusión razonada con ellos era como tratar de convertir a un radical islámico al ateísmo.

En un momento determinado resulté ser el centro de atención cuando empezaron a interesarse por mi trabajo, mi estancia en Mix Village y, por supuesto, el incomprensible motivo de que no tuviera pareja ni me mostrara mínimamente interesada en el matrimonio. Decidí encarrilar la conversación hacia el trabajo y les comenté lo mucho que me gustaba la ciencia, lo que había luchado por conseguir trabajar en lo que quería y lo difícil que resultaba conseguir resultados cuando trabajabas con seres vivos. Era inútil. Uno de los hombres del grupo me interrumpió para anunciar su frase magistral del día: “Pilimindri querida, tú lo que necesitas es encontrar un hombre mayor y con dinero que te mantenga”.

No pude evitarlo. Llevaba demasiado tiempo mordiéndome la lengua escuchando estupideces y aquella frase me parecía el colmo de la imbecilidad humana. Tomé aire.

“No gracias, la verdad es que va en contra de mis principios vivir del trabajo de otros”

Silencio sepulcral en la mesa. Era obvio que TODAS las mujeres de aquella mesa vivían del trabajo de otro. Era obvio también que lo consideraban tema tabú y que era de mal gusto decirlo en voz alta.

Era obvio que todo eso me la traía al pairo. El placer de hacerles callar durante unos segundos y que cambiaran de tema no se paga con dinero. Ni siquiera con el de sus maridos.

PhotobucketSin embargo de todas las circunstancias se saca algo positivo; salí de aquella casa habiendo conocido a dos chicas majísimas: una de ellas era la criad... esto, la “aupair” de los gatos de Tulipa, y otra una amiga suya que había ocupado el mismo puesto y se había hartado hacía tiempo de limpiar el polvo de las estatuas importadas de Madagascar y los tapices de Arabia Saudita y ahora trabajaba en un pub. Los gatos de Tulipa, además, parecían preferir echarse en mi regazo que en el de su dueña (lo cual no era de extrañar, considerando los achuchones que les metía la susodicha). Y volví a mi casa orgullosa de no necesitar acostarme todas las noches con un tío con mucho dinero que hablara en mi nombre y presumiera de su mujer como quien lo hace de un perro de raza con pedigrí.

A la vuelta, mientras conducía, vi la luz. No, no fue la Gracia Divina iluminándome desde las alturas... fue la condenada luz roja del salpicadero, que esta vez parpadeaba con menos insistencia. “La luz del aceite”, pensé, “joer, pues como se me quede el coche clavado en medio de una carretera perdida a 20 km de Mix Village lo tengo más que claro”. Además sin móvil – no sé si os había comentado lo que detesto esas maquinitas – y bajo la lluvia pertinaz.

¿Alguna vez habéis suplicado a un ser inerte que haga o no haga algo? Porque yo me pasé todo el viaje de vuelta hablándole al salpicadero con voz melosa: “Venga, ¿verdad que no te vas a encender? Eeeso, así tranquilito, buen Reichín, buen Reichín. No vas a encender ninguna luz roja, ¿verdad corazón? ¡Uy qué bueno es mi cochecitoooooo!”. El Reichín no encendió la luz en todo el viaje, no sé si por sentirse conmovido por mi súplica o por apabullante vergüenza ajena, y pude llegar a mi casita sin mayores incidencias. Paré el coche y miré el manual para ver de dónde salía aquella luz. “Nivel del agua”, ponía en la página 22. ¿Nivel del agua? ¡Si la había rellenado la semana pasada! Abrí el capó. Una nube de vapor me recibió con júbilo. La tapa del depósito del agua, probablemente mal cerrada, había saltado y se encontraba (afortunadamente) encallada entre dos piezas del motor. El depósito obviamente, estaba casi vacío. Unos kilómetros más y me hubiese quedado sin radiador.

PhotobucketEn mi mente resonaron las palabras de aquel hombre en casa de Tulipa: “¿Ves? Si estuvieras casada con un hombre de buena posición social ahora estarías conduciendo un Ferrari recién salido de la fábrica, y no esa chatarra ambulante”.

Sonreí. Esa chatarra ambulante me había conducido a través de más aventuras de las que ninguna de las descastadas mujeres que había conocido hoy podría siquiera soñar. Me había llevado por las carreteras heladas de paisajes nevados de Somiedo, con pendientes de un 30%, mientras dejábamos atrás en el andén a deportivos con el motor humeando. Se había perdido conmigo en innumerables ocasiones, y juntos habíamos vuelto a encontrar el camino. Había atravesado sendas llenas de piedras y barro para llegar a una explanada en medio de una colina desde la que alguien muy especial y yo pudimos contemplar el más hermoso cielo estrellado que recuerdo jamás. Había llegado hasta el límite Septentrional y el Occidental de la Península Ibérica. Se había quedado sin líquido de frenos. Había volado por las calles de Gijón llevándonos a mi Fistro y a mí, sacando la cabeza por la ventana y cantando a gritos las pachangas más cutres que se nos ocurrían, y gritándoles obscenidades a las putas. Había sacado de un apuro a más de un amigo. Había sido testigo de más de un primer beso. Y de alguna cosilla más. ¡Qué coño, de unas cuantas cosas más! Había pasado por Madrid, Vigo, Vitoria, León, Santander. Había cruzado conmigo el Canal de la Mancha montado en Ferry custodiando y protegiendo muchos de los objetos que definían parte de mi vida. Se le había caído el espejo retrovisor hacía meses y aún no he logrado pegarlo. Había sobrevivido a muchos ataques de ingleses borrachos. Tiene roto el freno de mano y ahora llevo siempre un ladrillo al que llamo mi “handbrick”. Sus asientos, sus alfombras, su carrocería, están impregnados de los ecos de las risas de muchos amigos que vinieron y se fueron. De uno de ellos en especial.

En resumen, es mi Reichín.

Frase del día a destacar: “Yo no soy racista, pero no me gusta Londres porque está llena de negros” (© Tulipa)


 
Una imagen...
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Una amiga mía que vive en Londres acaba de enviarme esta fotografía. La hizo ayer con su móvil y se trata del tablón de incidencias de una estación de metro en Londres.


Traducción:

Fecha: 26 Julio 2005.
Hora: todo el día.

AVISO PARA TODOS LOS PASAJEROS:
por favor, no corran por las plataformas o explanadas. Especialmente si llevan mochilas, abrigos amplios o si tienen pinta de extranjeros. Esta medida es por su propia seguridad. Gracias.



Sin comentarios. Eso os lo dejo a vosotros.

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Actualización Jueves 28 Julio: resulta que ni foto de móvil, ni hecho por mi amiga ni ná de ná. Aquí ha venido el amigo Iban a desmontar la historia. Ríete tú de los reportajes de investigación de la 2... Al parecer un habilidoso del Photoshop montó todo el tinglado partiendo de una foto que salió publicada en la página de la BBC hace dos años. Podemos ver la comparación con la foto original aquí, y el artículo de la BBC original aquí (pinchando en la flecha de la derecha hasta llegar a la "Image 4 of 6"). Es cierto que no se parece demasiado, pero si nos fijamos en la persona que está pasando por detrás del cartel a la derecha de la imagen vemos que es exactamente la misma.

¡Gracias Iban por tu ayuda! Está visto que con la era digital uno no puede fiarse más que de las fotos que ha hecho por sí mismo.

De todas formas no podéis negar que la polémica que se ha montado con el tema ha merecido la pena ;)
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Los ingleses y las palabrotas
PhotobucketUn pueblo tan peculiar en cuestión de expresarse ante los desconocidos como es el inglés (siempre refiriéndonos a su estado de sobriedad, entiéndase) tiene por necesidad que mostrar un comportamiento también peculiar al tratar un tema tan delicado como el de las palabrotas, insultos y frases malsonantes. La peculiaridad se convierte en algo rayano en lo esperpéntico cuando el pueblo comparado con el inglés es el español, que posee una riqueza inmensa en su repertorio de palabras malsonantes y expresiones díscolas, quizá sólo superado por el pueblo hispanoamericano, que además incorpora a los floridos insultos una clase que muchos españoles no tenemos o no sabemos mostrar en las situaciones adecuadas.

Las palabrotas inglesas, como suele pasar con los tíos y tías buenas, son pocas y están mal repartidas; me explico: aunque existe ciertamente una variedad de expresiones idiomáticas para estos menesteres, el inglés descarta automáticamente una gran mayoría de ellas y se queda generalmente con una. La palabra elegida es, en el 99.9% de los casos, la conocida como “the F word” (“la palabra con F”), expresión siempre dicha en voz baja, con cara de admiración y media sonrisa oculta, como diciendo: “esa palabra tan fea que no quiero pronunciar”. La “palabra con F” no es otra que el consabido “fuck” (que se pronuncia /fok/ y significa “joder”) y su derivada directa “fucking” (/fokin/), que puede significar tanto “jodiendo” como “jodido”... de aquí se deduce también que para un inglés es lo mismo estar jodiendo que estar jodido, lo cual explica muchas cosas de este pueblo.

PhotobucketEntre la juventud inglesa, el nivel de osadía y rebelión contra las normas se mide por el número de “palabras con F” que sueltes en cada frase. Cualquier desconocedor del idioma inglés que escuche una “conversación” (llamémosla así) entre dos personas jóvenes de esta nacionalidad, bien en las calles de los bares de Ibiza, bien en los capítulos ingleses de Big Brother (“Gran Hermano”), bien en una visita turística a cualquier ciudad británica, será perfectamente capaz de detectar las construcciones de “la palabra con F”, ya que se utilizan con patética frecuencia a falta de una mayor variedad. Fonéticamente sería algo como: “/fokin-dis-an-fokin-dat- an-fokin-jiar-an-güen-de-fokin-fokin- goy-sed-dis-den-de-fokin -bastar-sed-¡fokin-jel!/”. Esto no quiere decir que los ingleses se pasen el día copulando, sino que no tienen (o no saben utilizar) otra palabrota que no sea esa, y les vale para todo.

Lo cierto es que existen otras palabrotas e insultos ingleses, que se caracterizan por tener cualidades similares a “la palabra con F”: la mayoría son monosilábicos y acaban con el fonema /k/. Entre ellos tenemos, aparte de “fuck”, términos como “dick” y “prick” (ambos pueden ser traducidos indistintamente como “polla” e “imbécil” según el contexto, y derivan de palabras que no son insultos, pero donde no se tiene hay que inventar), “jerk” y “wank” (lo mismo de antes pero significando “paja”, y no de la de beber), y otras que no finalizan en /k/ pero cumplen la primera norma, como “slut” y “bitch” (que significan “puta” o “zorra”) y “shit” (“mierda”). Entre las pocas palabrotas de más de una sílaba tenemos “bastard” (que en ocasiones se traduce erróneamente como “bastardo”, pero cuya traducción más correcta sería “cabrón”) y “asshole” (que literalmente significa “agujero del culo”, pero que se refiere a “gilipollas”). Otra palabrota típicamente inglesa pero más suave que “la palabra con F” es “bloody”. En un contexto normal significaría “sangriento” o “cubierto de sangre”, pero utilizada como acompañante de un sustantivo viene a significar “puto” o “jodido”; por ejemplo: “Gimme the bloody pen!” sería algo así como “¡Dame el puto boli!” dicho en plan basto.

PhotobucketNo obstante, rara vez se hace uso de estos y algunos otros términos. El idioma inglés es terriblemente simple: por una parte carece por completo de gramática. Aquí he de hacer un inciso: no os dejéis engañar por haber estudiado en el colegio “Gramática Inglesa”... Es sólo la forma que tienen los profesores de que nosotros comprendamos y aprendamos mejor otro idioma. Sin embargo los niños ingleses jamás dan gramática en el colegio. ¿Por qué? Porque todas esas normas que nos aprendemos nosotros acerca del orden de los adjetivos ingleses, las oraciones y las formas verbales, y los puñeteros “phrasal verbs”... ellos no saben ni que existen: los ingleses aprenden a hablar por imitación. Su vocabulario en el inglés oral es penosamente limitado y se tiende a reducir cualquier palabra de más de una sílaba y a utilizar sólo uno de los muchos sinónimos que puedan existir de una palabra. A resultas de ello, los insultos y palabrotas también se reducen al consabido “fuck”.

En ocasiones el inglés puede llegar a hacer un esfuerzo sobrehumano de creatividad y formar nuevas construcciones partiendo de “la palabra con F”. Una de estas técnicas consiste en combinarla con otros términos para así conseguir un nuevo insulto de mayor impacto auditivo: combínalo con “mother” (“madre”), y tendrás un sonoro “motherfucker!” (que podríamos traducir burdamente como “follamadres”); añádesela a la palabra “Hell” (“infierno”) y podrás exclamar un indignado “Fucking Hell!” (algo así como “¡demonios!”). Mi compañero de trabajo Soccer me comentaba una vez lleno de orgullo que los ingleses eran los únicos capaces de convertir un adjetivo en un insulto mediante la sofisticada técnica de insertar “la palabra con F” en el medio. Así, a partir de términos como “unbelievable” e “impossible” (“increíble” e “imposible”) se crean monstruos idiomáticos como “un-fucking-believable” e “im-fucking-possible” que se utilizan en casos de sorpresa extrema, como que de repente aparezca Claudia Schiffer y te pida un polvo sin compromiso en medio de una discoteca (tradúzcase esto a Brad Pitt si la que está leyendo esto es chica heterosexual o chico gay). También en casos de desgracias nacionales como que el equipo de Inglaterra pierda la final de Cricket contra Australia.

Inciso: ¿Alguien en este mundo conoce un deporte más aburrido que el Cricket? ¿Existe algún otro pueblo aparte del inglés capaz de mostrar un interés desorbitado por unos tíos vestidos de blanco dando golpes a una pelota de golf con una tabla de amasar versión “supersize” durante días y días? Y no exagero, no os vayáis a pensar... Aún recuerdo mi estancia de 3 meses en Edimburgo, hace ya algunos años, para aprender algunas técnicas nuevas en el laboratorio. La cafetería del Departamento contaba con 7 pantallas de televisión independientes. PhotobucketEl primer día que me fui a comer a la cafetería estaban emitiendo el Campeonato Internacional de Cricket y jugaban, cómo no, Inglaterra contra Australia... las 7 pantallas mostraban lo mismo, y la gente observaba con ojos desorbitados y pose de profundo interés. En todo el tiempo que estuve allí se golpeó UNA pelota. A los tres días volví otra vez, y de nuevo estaban dando Cricket por las 7 televisiones... le pregunté a uno de los chicos, más que nada por hablar de algo, quién estaba jugando. “Inglaterra contra Australia”, me contestó sin apartar la mirada de la pantalla. “¿Pero esos no habían jugado ya hace tres días?”. El chico me miró como si hablara con una retrasada mental severa: “¡Claro, es que el juego no ha terminado aún!”.

Inciso dentro del inciso: ¿existe algún otro país con equipo de Cricket aparte de Inglaterra y Australia?

Fin de ambos incisos

Las reacciones de los ingleses ante las palabrotas son también bastante peculiares: la “palabra con F” y sus derivados son expresiones que se suponen de uso meramente privado, con tus colegas, o en estado de ebriedad (estado que da vía libre tanto a soltar palabrotas como a destrozar lunas de automóviles, incendiar papeleras y violar viejecitas), y por tanto en la vida diaria, el trabajo, las comidas y los programas de televisión en horario diurno están vedadas y se consideran “políticamente incorrectas”. Cuando alguien suelta un taco en televisión en estos horarios, es automáticamente sustituido por un pitido. La situación se hace completamente ridícula en programas basura tales como “Jackass” (cuya traducción sería, literalmente, “tonto del culo”), que se emite justo entre ambos horarios y que consta de un argumento tan loable como un grupo de chicos que se tiran desde un tejado y se rompen una pierna, se dejan caer por unas escaleras montados en una silla de oficina y se abren la cabeza, o se dedican a tocarle las narices a un portero de discoteca hasta que les parte la cara. Si alguno de vosotros ha visto la versión cinematográfica que se emitió en España (“Jackass: la película”) sabrá a lo que me refiero... pues sí, aquí es una serie, y de bastante éxito. PhotobucketComo podréis imaginaros, las aportaciones lingüísticas de los protagonistas no contribuyen en demasía a la literatura, y cada vez que sueltan una palabrota los productores del programa la tapan con el consabido pitido. Pues bien, los espectadores ingleses se descojonan de la risa. Cuando llegué a Mix Village y fui testigo por vez primera de este programa en el piso compartido de mi amigo Dino con sus compañeros, comprobé que los dos ingleses se tiraban por el suelo de risa y vergüenza cada vez que en la tele sonaba... ¡UN PITIDO! Porque no se oía nada más, os lo puedo asegurar. En aquellos momentos consideré la posibilidad de ganar una fortuna emitiendo un programa de radio a base de pitidos. Me forraría sin esfuerzo y haría feliz a media Inglaterra. Ríete tú de la risoterapia (valga la rebuznancia).

Esta forma de entender y vivir las palabrotas que tienen los ingleses lleva a menudo a malentendidos cuando se topan con pueblos tan descarados y faltos de escrúpulos lingüísticos como el español, que no se ríen - ¡ni siquiera! - ante un pitido. Aún recuerdo el revuelo que se armó en un partido de fútbol hace no demasiado tiempo porque un jugador había llamado “hijo de la gran puta” a otro... por supuesto, el revuelo vino del lado inglés, porque se les tradujo la expresión de manera literal, y aquello sonaba pero que muy feo. Y además, nadie le había puesto pitido. El hecho de que para un español la expresión “hijo de la gran puta” pueda utilizarse indistintamente como insulto o como saludo cariñoso está totalmente fuera de su capacidad de comprensión. La complejidad de muchas de nuestras expresiones malsonantes también: no hay más que ver los subtítulos de algunas películas españolas e hispanoamericanas que se emiten por aquí... una verdadera pena. Aquellos de vosotros que hayáis tenido la oportunidad de ver la conmovedora “Diarios de motocicleta” habréis disfrutado de la fresca y amigable riqueza de expresiones malsonantes de nuestros amigos hispanoamericanos. Los angloparlantes que la vieron se creyeron que una frase como “Carajo, a ti lo que te pasa es que echas de menos la concha de tu señora madre” se traducía como “Motherfucker!”... y se quedaban tan a gusto, oye. Probablemente la traducción literal habría sido demasiado para ellos y en su lugar habrían tenido que leer un largo y onomatopéyico: “Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!”.

¡Cómo echo de menos esos insultos y palabrotas tan españoles, con tanta solera, tan llenos de segundos, terceros y cuartos sentidos! Aún recuerdo a mi primer compañero de piso, el Neñu, que cada vez que se enfadaba contigo te soltaba: “¡Así se te cicatrice el agujero del culo!”... ¿a alguno se le ocurre un mal de ojo (nunca mejor dicho) menos deseable que ese?

O a Caro, una compañera de trabajo en la Universidad de Oviedo, que nos contaba que cuando un amigo suyo se empezaba a cabrear, golpeaba rítmicamente los dedos índice y corazón contra el dorso de la otra mano, lanzaba una mirada penetrante a su “enemigo”, y le soltaba con voz tenebrosa: “¡Así, así van a sonar mis huevos contra tus nalgas!”.

Y cómo olvidar esa expresión tan típica de toda mi familia materna: “¡Ah né, van caéte de hosties hasta en el carné de identidad!” (Traducción al castellano, por si hay dudas: “Te van a caer hostias hasta en el carné de identidad”). Claro, entre ingleses no se pueden decir estas cosas, entre otras cosas porque no tienen carnet.

PhotobucketPero bueno, estábamos hablando de las palabrotas. Y deliberadamente he dejado para el final la palabrota definitiva, la peor, la reina de todas las palabrotas, aquella que ni siquiera los jóvenes más rebeldes se atreven a utilizar. Estoy hablando de “the C word”, la “palabra con C”, el término más prohibido de todos y que hace referencia al aparato genital femenino.

Esa palabra es C-U-N-T. la escribo así porque es tan mala malísima que si aparece ligada a mi blog en un buscador, igual se me clasifica como “XXX” y me quitan mis anuncios Google, y no podría permitirme perder semejante cantidad de ingresos extras, que a estas alturas deben ascender a unos... 0,65 dólares.

Pues bien, esa palabra tan terrible, y que en español es un sencillo e inocente “coño”, sólo es empleada en el idioma inglés por traficantes de drogas, asesinos en serie y gente de semejante calaña. Si alguien la utiliza en una película, ésta es inmediatamente calificada como “para mayores de 18” y en la “información para padres” destacará el “uso de lenguaje obsceno y sexual”. Sonará a coña, pero hablo completamente en serio: puede haber una escena de violación de 30 minutos en la película o un destripamiento explícito y con ensañamiento, y seguir siendo “recomendada a mayores de 16”, pero como alguien diga “coño” en voz alta y sin pitido la película sólo se emitirá en salas especiales y bajo la supervisión de las autoridades pertinentes.

PhotobucketEsto resulta muy peligroso para españoles que lleguen a las islas sin estar advertidos; les puede pasar como a esta menda una de las primeras veces que pisó suelo inglés. Acababa de llegar a Mix Village, y uno de los primeros fines de semana me fui a visitar Londres con Dino, un italiano y un inglés. Nos encontrábamos los 4 esperando al metro en la estación de Kings Cross, rodeados de una multitud de personas por los 4 costados, cuando se me ocurrió hacer una tentativa de contar un chiste en inglés. El chiste es archiconocido y bastante malejo, pero lo pondré aquí por si alguno de vosotros aún no lo ha sufrido en propias carnes:

Esta es Caperucita Roja, que va por el bosque dando saltitos con su cestita. De repente el Lobo Feroz aparece frente a ella de un salto y le pregunta:
“¿A dónde vas, Caperucita?”
Ella lo mira inocentemente y le responde: “¡A lavar el coño al río!”
El lobo se la queda mirando y exclama: “¡Joder, cómo ha cambiado el cuento!”



Pues bien, estaba yo toda emocionada traduciendo el chiste cuando llego a la parte “chenchual” del tema y suelto a la manera española (o sea, en voz bastante alta): “I’m going to wash my c-u-n-t in the river!”.

De repente toda la estación de Kings Cross enmudece y las caras de unas 200 personas se vuelven hacia mí al unísono. Mis colegas y yo quedamos aislados en un pequeño claro rodeados de 400 ojos. Sólo se oye el viento en los túneles y se ve algún rastrojo pasar. Momentos de tensión. Yo me empiezo a plantear qué se sentirá siendo linchada por una multitud de ingleses furibundos en una estación de metro. El chico inglés rompe el hechizo y me comenta, sumamente avergonzado: “Erm... has dicho la palabra con C”.

Desde entonces siempre llevo conmigo el aparato de moda entre los visitantes extranjeros en Inglaterra: el PITIDEIXON PLUS®... este artilugio es capaz de detectar cualquier palabra malsonante en el idioma inglés y ocultarla inmediatamente con un pitido para no ofender los tiernos oídos de los ingleses. Adquiéralo ya en Pilimindri’s Blog por el módico precio de 999,99 €, gastos de embalaje y envío no incluidos.

PhotobucketCuando llegué a mi laboratorio en Mix Village teníamos a una irlandesa muy maja, Jill, escribiendo la tesis. Los nervios de su doctorado y el hecho de que ella tampoco se llevara demasiado bien con RanciaWoman (¿pero es que hay alguien que se lleve bien con esta mujer?) la tenían con el alma en vilo, hasta que una tarde le estuve hablando acerca del idioma español y las palabrotas. Ella vio el cielo abierto y me pidió que le escribiera en un papel las expresiones más bestias que se me ocurrieran en español. Cada vez que discutía con RanciaWoman, o que se le atascaba una frase de su tesis, o que la tensión se acumulaba y no sabía por dónde soltarla, cogía mi lista y gritaba: “¡¡¡Me c. PIIIIII.o hasta en tu p..PIIIIII..a madre!!! ¡¡¡Jod... PIIIII cabr... PIIII maric... PIIIII gilip... PIIIIIIIII!!!

Vaya joer, me he dejado el Pitideixon Plus encendío...

Resumiendo, que los ingleses ni siquiera son capaces de desahogarse utilizando el lenguaje... en el fondo no me extraña que necesiten litros y litros de alcohol para “desreprimirse” viendo la sociedad en la que les ha tocado vivir. Tampoco me extraña que se escapen a España en cuanto puedan, o que estén deseando que les llegue la jubilación para comprarse un chalecito en Mallorca. Ni que algunos españoles acaben “inglesizándose” cuando llevan en estas tierras demasiados años. Espero poder volver pronto a mi tierrina, antes de convertirme en un ser estirado bebedor de té con limón e incapaz de llamar “coño” a un “coño”. Empezaré a asustarme el día que me descubra contemplando embelesada un partido de Cricket (Inglaterra contra Australia, of course). El cerco de los ingleses se estrecha... cada vez estoy más rodeada... ¡pero yo resisto!

¡Coño, coño y coño!


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Actualización Domingo 23:00 --> La desgracia nacional ha sucedido... Inglaterra ha perdido el campeonato de Cricket... Un-fucking-believable! ¿A que no adivináis contra qué equipo? Pincha aquí si la duda te corroe. Yo me voy a celebr... estooo... a llorar de dolor por las esquinas.

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Triste...
PhotobucketEstos días ando un poco tristona. Las cosas en el trabajo no van bien, echo mucho de menos mi tierra y a mi gente... Y lo peor de todo, se acerca Septiembre...

En Septiembre se van tres de mis buenos amigos en Mix Village. En tierras inglesas la amistad es algo muy difícil de conseguir, pero en esta ciudad en especial aún más, ya que la gente está por aquí sólo de paso. Conoces a alguien, trabas amistad con él o ella... para perderle al cabo de unos meses porque sigue su rumbo. Y vuelves al punto de partida.

Me diréis que los verdaderos amigos nunca se pierden, que mantendremos el contacto... Sí, pero cuando esté triste como ahora, cuando tenga problemas, cuando necesite un abrazo... no estarán aquí conmigo. No podré invitarlos a tomar una cerveza después del trabajo, ni irme de juerga con ellos, ni robarles una sonrisa.

Y aquellos que se hayan ido antes de tener tiempo suficiente para consolidar una amistad verdadera se perderán. Primero llamadas, luego correos electrónicos... y después silencios cada vez más largos, hasta que nuestra amistad sea tan solo un buen recuerdo.

Portu, mi portuguesito, termina el doctorado y se va un año de viaje por el mundo. La próxima vez que le vea pueden haber transcurrido meses o años, y quién sabe en dónde estaremos ambos.

Belo, mi único amigo inglés, se marcha 8 meses a Turquía. Cuando vuelva, ¿quién sabe si tan siquiera yo estaré aquí?

Y se me marcha mi Muso, el que fue mi pareja durante dos años y que ahora es mi mayor apoyo. El motivo que le trajo aquí ya no existe y se vuelve para su tierra. Algo dentro de mí desea gritarle que se quede, que no se vaya... Pero es un algo egoísta. Quiero que se quede para no quedarme sola, para poder seguir disfrutando de su cariño, de su compañía, de tener a alguien que me comprende. Él es la única persona que tengo conmigo que conoció a mi querido Fistro y sabe lo que significó para mí, que pasó a mi lado aquellos meses negros después de su muerte, que secó con sus besos las lágrimas que me desgarraban. Se marchará, y aunque mantendremos el contacto, eso que aún queda de lo que nos mantuvo juntos se irá olvidando.

Estoy triste, hoy no puedo haceros reír.

Hace mucho tiempo, en otro período bastante malo, escribí un poema que ahora me viene a la cabeza. No soy yo muy dada a la poesía, ni mucho menos a convertir un blog de humor en un paño de lágrimas, pero por algún motivo hoy me parece adecuado compartirlo con vosotros...



Lágrimas

El agua salada del mar
sabe a verano, a sol, a vacaciones,
sabe a mil días y noches de libertad.
Sabe a rocas, a algas,
sabe a olas.

Agua salada son también las lágrimas,
sin embargo,
¡cuán distinto su sabor!
¡cuán amargo su mensaje cuando brotan en soledad!

Recuerdo de tiempos pasados, amistades y amores que se fueron,
sabor a camas vacías,
a silencios ominosos,
a puertas que se cierran,
a recuerdos que duelen...

Sabor a quiero y no puedo,
a puedo pero no quiero,
sabor a reproches y a oportunidades que surgieron y que se fueron,
sabor a besos perdidos, a caricias robadas,
regusto a libertad amarga, a duda,
a preguntas sin respuesta...

Lágrimas que a veces son dulces, si son compartidas,
pero ahora,
cuando el teclado es el único sonido que me acompaña,
cuando me pregunto por un instante si quizás... si es posible... si hubiese...

Ahora no hay dulzura ni consuelo en ellas,

sólo sal,

sólo agua,

sólo lágrimas.




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Compras, castillos y juergas (parte II)
Desperté con la luz del sol inundando todos los rincones de Casais y en seguida corrí a sacar a Rizos de la cama para no perder un solo minuto de nuestras minivacaciones. Hacía un calor que se caían las moscas, y yo, que después de dos años en tierras inglesas había desarrollado un color blanco lechoso estilo “barriga de trucha” en toda mi piel, me embadurné bien de crema protectora por todas partes... no era cuestión de volver a Mix Village en plan “rojo gamba” como tanto les gusta a los ingleses.

PhotobucketLa mañana del sábado la pasamos recorriendo Tomar de arriba a abajo, resguardándonos del sol abrasador donde podíamos (bajo las cornisas, tras los árboles, a la sombra de cualquier señora gorda despistada...) y sobre todo, de compras. Los precios de cualquier prenda de ropa en Portugal son a los precios ingleses lo que un Chihuahua a un San Bernardo (y luego dicen que el tamaño no importa). Rizos no paraba de repetirme que ella ya se había gastado mucho dinero en ropa esos días, que no la dejara probarse una sola camiseta o falda más... para a los 5 segundos aparecer con 3 vestidos, 2 pares de sandalias, 4 faldas y 5 tangas y una mirada que proclamaba a los 4 vientos: “Vale, no puedo resistirme... ¿¿¿y qué???”. Como resultado, a cada poco teníamos que volver al coche a dejar las toneladas de bolsas que íbamos acumulando. Teniendo en cuenta la escasez de días de sol en Mix Village, la media de uso de cada una de aquellas prendas este año iba a ser de unos 25 segundos, ¡pero qué coño!

Finalmente acordamos guardar las tarjetas de crédito bajo 5 candados de alta seguridad y dedicarnos únicamente al turismo, so pena de tenernos que pasar el resto del verano vendiendo pañuelos en las autopistas inglesas para llegar a fin de mes.

Por la tarde visitamos el Castillo Templario de Tomar. Gracias a recientes best-sellers como “El Código da Vinci” ahora to Dios sabe lo que es un Templario (bueno, más o menos), y el castillo de Tomar está de moda. De todas formas lo merece, ya que es en verdad una construcción espléndida, luminosa, llena de amplios ventanales, recovecos, escaleras de caracol y azulejos decorados con intrincadas cenefas. Los castillos que yo había visitado hasta el momento se caracterizaban por ventanas extremadamente pequeñas, muros gruesos y ambientes fríos y claustrofóbicos. Sin embargo el espléndido castillo de Tomar demuestra que, en ocasiones, un castillo puede ser un lugar muy agradable donde vivir. Abundan también los patios interiores decorados con fuentes y jardines, y cargadas ornamentaciones en puertas y ventanales.

PhotobucketUna de estas ventanas en concreto cuenta con una ornamentación fabulosa que incluye en su parte superior la cruz de la Orden de los Templarios. Esta ventana, que podéis apreciar en la fotografía (© Pilimindrina :P) ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. No está mal teniendo en cuenta que, desde dentro, parece un ventanuco la mar de corriente. Claro, luego sales, la miras desde fuera, y se te cae la mandíbula inferior del susto.

Otra historia curiosa de este castillo es que algunas de sus paredes más ornamentadas se encuentran parcialmente ocultas por muros de más reciente construcción, lo que provoca que a veces para poder apreciarlas tengas que medio emparedarte, poco menos. Cuando pregunté a Rizos el motivo de esta curiosa arquitectura me comentó que, al parecer, al hijo del rey que habitaba el castillo (que debía tener una mentalidad bastante más “modenna”) no le gustaba nada de nada el aspecto del mismo, lleno de cruces, esculturas y cursilerías varias. Casi puedo imaginarme las discusiones padre-hijo en aquella época: “Jo, papá, ¿cómo voy a ligarme yo a ninguna doncella de la vecindad si la traigo y se da de bruces con esa gárgola tan espantosa? ¡Así se le corta el rollo hasta a la más meretriz del condado! PhotobucketEste castillo está más carca que el Grial que tenemos que custodiar. Por Dios, Papi, que ya estamos en la era de después de Cristo, enróllate un poco”. Pero nanay, el Rey llevaba el tema de los Templarios muy adentro y aquellos ornamentos debían parecerle el último grito en moda regia. Así que cuando murió su padre el nene se dedicó a construir paredes por doquier, así con disimulo. Ríete tú de los hijos que tapan el retrato del abuelo con un biombo.

Tras la visita al castillo y habiendo perdido unos 15 litros de agua en forma de sudor cada una, decidimos volver a casa a darnos una buena ducha y prepararnos para salir aquella noche. No habría quedado demasiado atractivo bailar en una discoteca lanzando ráfagas de sal con cada movimiento de brazos.

De vuelta en Tomar Rizos se emperró en ir a cenar a un restaurante italiano en particular. No podía ser otro, tenía que ser ése. Por el camino me fue contando sus motivos: al parecer el año anterior había tenido un tórrido affair con el dueño del susodicho restaurante, el cual debía ser una especie de conquistador nato, teniendo en cuenta que ya contaba entre sus hazañas el haber dejado embarazada a una de las camareras del local en cuestión. Quería comprobar si el chico seguía en el restaurante y quizás tratar de repetir suerte.

PhotobucketLo que ella no esperaba es que no sólo el chico no estaba en el restaurante ese día, sino que la que sí estaba era la famosa camarera, que además la reconoció de inmediato. El resto de la noche me dediqué a esquivar los puñales que los ojos de la camarera lanzaban a Rizos. Si las miradas mataran, la suya lo haría con ensañamiento. Yo no habría comido demasiado tranquila de ser ella... apuesto a que su plato de pasta al forno estaba lleno de laxantes.

Tras la accidentada cena nos fuimos a beber algo junto con unos primos de Rizos. Gracias a ellos nos enteramos que la discoteca a la que íbamos a ir estaba cerrada durante algunas semanas porque tras una redada se había descubierto que vendían alcohol a menores (gran descubrimiento, vamos). La otra discoteca del pueblo se encontraba en las afueras de la ciudad. El problema: si queríamos llevar el coche hasta allí no podíamos beber ni un sorbo de alcohol, ya que la discoteca quedaba situada después de una rotonda en la que la policía hacía su agosto a base de soplidos. La única opción pues era que los primos de Rizos nos acercaran hasta allí en su propio coche, y volver nosotros solas a pie... una caminata de 40 minutos de madrugada por carreteras poco transitadas. Rizos y yo nos miramos... ¡qué leches, teníamos ganas de juerga y éramos dos chicas fuertes y preparadas para la defensa! (prffffffff...).

Nos dirigimos al garaje donde los primos de Rizos guardaban el coche. Yo aún seguía tomándole el pelo con motivo de las miradas matadoras de la camarera y a Rizos le mosquea mucho que se rían de ella (aunque conmigo lo tiene claro, que me río hasta de mi sombra), de modo que muy digna se dio la vuelta con la cabeza alta murmurando: “¡A este tema se le ha acabado ya el chiste!”. Tan orgullosa iba que no se fijó que estaba pasando justo por debajo de la barrera del garaje, que estaba levantada, pero que había iniciado ya su implacable descenso. No tuve tiempo de avisarla antes de que ambos cuerpos animados hicieran un sonoro contacto.

¡GOOONNNGGGG!

Mi primera reacción, preocupada: “¿¿¿Estás bien???”. Rizos me miró con un ojo cerrado y las manos en la cocorota: “Auuuu... sí, tranquila, estoy bien”

Mi segunda reacción, unos segundos después: “Prrffffffff..... mmmffff.... fffff.... JUAAAAJUAJUAAJUAAAJUAJUAJUAAAA”

Aún tengo los cardenales de las patadas y pellizcos de Rizos para que me callara.

Entre ataques continuados de risa floja y miradas asesinas de Rizos (que muy bien podrían haber competido con las de la camarera), conseguimos llegar hasta la famosa discoteca. El local, que lleva el nombre de Zone, resultó ser un complejo recién construido con bolera, bar y pista de baile, todo muy nuevo y limpio. La música no estaba del todo mal, y nos llevamos la agradable sorpresa de que ni siquiera te cobraban entrada, sino que lo que hacían era darte una tarjeta con banda magnética que debías usar en las consumiciones, y lo pagabas todo al marcharte. El único requisito, que te gastases más de 4 euros. Después de dos años en Inglaterra pagando entre 7 y 12 libras sólo por entrar a un local (sin consumición alguna incluida), me dieron ganas de besarle los pies al dueño de aquella discoteca.

El único inconveniente... que al estar a las afueras de la ciudad y a corta distancia de un Instituto Politécnico desde el que se llegaba a pie en poco más de 5 minutos, la edad media de los clientes no sobrepasaba los 16-17 años. Vamos, que a su lado PizzaKid parecería hasta canoso.

De todas formas las dos íbamos con ganas de bailar y pasárnoslo bien, y vive Dios que lo conseguimos. No paramos de bailar y sudar la camiseta desde que entramos hasta que salimos. Eso sí, nos pasamos la noche recorriendo la gente con la mirada a ver si aparecía algún mayor de 20 años aunque sólo fuera para alegrarnos la vista. Hasta llegamos a pensar en sacar a bailar al DJ, pero no era cuestión de dejar a todos los chavales sin música para que dos “puretas” como nosotras encontraran ligue :P.

PhotobucketNo obstante tuvimos algún pretendiente que al menos lo intentó. Al primero lo llamaré MIB (“Man in Black”), más que por el color de su vestimenta, por el hecho de que tan pronto aparecía, como desaparecía, nos lanzaba una mirada tenebrosa y se escondía detrás de una columna o se deslizaba levitando tras la barra. El hombre debía ser el abuelo de todos los que allí estaban; le calculo unos 45 años, bajito, calvo y con gafas. Nunca llegamos a saber en cuál de las dos estaba interesado, aunque realmente no nos importaba demasiado, ya que en cuanto hacía su misteriosa aparición ambas tomábamos las de Villadiego y seguíamos bailando en el extremo opuesto de la pista. Tuvo su gracia la cosa, con las dos meneándonos como posesas para de pronto exclamar: “¡Que vuelve, que vuelve! ¡Lo tienes detrás!” y venga a correr.

El segundo intento lo protagonizaron un dúo de chavales bastante majos, aunque suficientemente afectados por el alcohol para que no nos planteásemos nada fuera del bailoteo con ellos. La primera noticia la tuve yo cuando me di cuenta por el rabillo del ojo de que tenía a alguien bailando tan pegado a mi parte trasera que si hubiese llevado tirantes podría haberlo usado de mochila. Cada vez que me giraba disimuladamente para tratar de descubrir al sujeto, éste se movía en la misma dirección. Finalmente di un giro por sorpresa que habría enorgullecido al profesor de baile de Dirty Dancing y le pillé in fraganti. Nos reímos y bailamos un rato, aunque él en seguida trató de que el baile se hiciera más íntimo, momento en el cual me volví para pedir “ayuda” a Rizos, para ver que la muy... se marchaba corriendo diciéndome al oído con una sonrisa pícara: “Bueno, yo os dejo solos”. La puñetera se vengaba por mi cachondeo acerca de su interacción erótica con la barrera del aparcamiento... ¡ten amigas para esto!. No obstante el destino quiso que su huida la lanzara en brazos del amigo de mi pretendiente, que como buen conquistador había llevado a cabo la táctica de “divide y vencerás” y estaba raudo y dispuesto a iniciar sus propias (y etílicas) tácticas de seducción. De todo esto yo me enteré más adelante, ya que de momento tenía suficiente con tratar por todos los medios de que aquel baile no se convirtiera en el acoso y derribo del pulpo mediterráneo. Cuando conseguí deshacerme momentáneamente de los brazos del chaval, murmuré un: “¡Uy pero qué calor hace aquíííííí! Me voy corriendo a pedir algo en la barra”. Creo que el chico sólo tuvo tiempo de ver unas nubecillas de polvo en el lugar que había ocupado su pretendida unas décimas de segundo antes.

No hubo tiempo para mucho más. A las 4 de la mañana sonó la última canción, se encendieron las luces y la gente se dirigió con más o menos orden y concierto a la caja a pagar las consumiciones. Rizos y yo volvimos a encontrarnos y nos narramos entre risas nuestras respectivas huidas poco disimuladas mientras esperábamos a que disminuyera la marea humana con tarjetas en ristre. Yo me encontré pagando poco más de 7 euros por dos cacharros y dos Coca-Colas... el mismo precio que habría pagado en Inglaterra por UN refresco. Consideré seriamente quedarme a vivir allí en ese mismo instante.

PhotobucketUna vez fuera contemplamos sombríamente la perspectiva de recorrer 5 km a pie hasta donde teníamos nuestro coche aparcado. Los taxis en Tomar comienzan a operar a las 7 de la mañana, de modo que tampoco teníamos otra alternativa, aunque debo confesar que traté de convencer a un policía bastante majo de que nos llevara en su coche patrulla (para morro, el mío)... no hubo suerte. Allá que nos pusimos Rizos y yo a dar a la pata por una carretera de las afueras de la ciudad cerca de las 5 de la mañana. Los coches nos pitaban y a veces sus ocupantes nos decían cosas en portugués, pero ambas mantuvimos las miradas en otra parte (y yo me mordí la lengua, afortunadamente). La cosa fue bien hasta que uno de los coches puso en intermitente y paró unos metros por delante. A medida que nos acercábamos pudimos distinguir a 5 tíos enormes sentados dentro. La cosa se puso más preocupante aún cuando la puerta del copiloto se abrió y bajó un pedazo de oso de lo menos 2 metros de alto y 2 de ancho que se nos plantó delante. “¡No le mires, Pili, no le mires!”, decía Rizos en bajo... difícil, porque mirara donde mirase siempre iba a estar él en medio. Yo ya nos veía levantadas en vilo por aquella mole, violadas por 5 gigantes en un descampado y descuartizadas y cocinadas en aceite de oliva para que nuestros restos fuesen descubiertos 15 años después por Mulder y Scully. Tuve tiempo de lamentar que ni siquiera había podido realizar aún algunas de mis fantasías... ¡Iba a morir sin practicar el sexo tántrico haciendo el pino puente sobre el Everest! ¡Oh mísera de mí, oh infelice!

De repente tuve un instante de iluminación divina: el chico nos dijo algo y yo puse mi mejor acento y le solté una parrafada en alemán. Rizos pilló al vuelo la idea y colaboró con una frase en Holandés (Rizos estuvo trabajando en Holanda durante 7 años antes de venirse a Mix Village). El chaval nos miró, miró a sus compañeros, nos volvió a mirar, profirió un bufido como de fastidio (los idiomas nórdicos son la cosa menos erótica que hablarse pueda, y quien no se lo crea que eche un vistazo a las películas subidas de tono de la RTL), volvió al coche y se largaron con viento fresco. Rizos y yo vimos alejarse el coche y resoplamos de alivio. Para que luego discutan la utilidad de hablar idiomas.

Una media hora después y sin mayores incidentes llegamos al coche, agotadas las dos, y pusimos de nuevo rumbo a Casais. El sol ya quemaba cuando llegamos a casa y nos metimos en la cama. Lo siguiente que recuerdo es que eran las 2 de la tarde y Mai nos llamaba para comer.

(continuará)

 
La frialdad inglesa y mi partida hacia Oporto (parte I)
Os contaba en mi anterior artículo la impresión que me habían causado los ataques terroristas en Londres. Esperaba por aquel entonces encontrar el mismo tipo de reacción entre el pueblo inglés que la que se produjo en el español aquel fatídico 11 de Marzo de hace ya año y medio... gente preocupada, asustada, sensible, necesitada de unas palabras de aliento... gente con la mirada perdida por las calles... Con esa idea en la cabeza envié un emotivo correo electrónico al Departamento solidarizándome con todos los ingleses, transmitiéndoles mi apoyo y el de muchos de mis compatriotas (sí, también el vuestro) y deseando que algún día se acaben todos los actos de violencia gratuita que estamos viviendo. En mi Departamento deben trabajar más de 300 personas.

No recibí un sólo correo de respuesta.

Únicamente el chico encargado del mantenimiento de los ordenadores se dignó comentarme que le había emocionado mi mail.

PhotobucketPor supuesto no lo había escrito para recibir elogios, pero la falta de reacción alguna sumada a la indiferencia de los ingleses dentro y fuera de mi centro de trabajo me dejó (y me deja) anonadada. Si no me hubiese enterado de las bombas por internet, nada en el ambiente me habría indicado que había sucedido nada extraño. No sé cómo sería la situación en el mismo Londres, pero puedo asegurar que en Mix Village el atentado pasó sin pena ni gloria. Mis compañeros Peggy y Soccer incluso se permitieron bromear al respecto: “Bueno, en ocasiones las bombas incluso ayudan a mejorar la ciudad... mira por ejemplo la que puso el IRA en Manchester, gracias a ella se remodeló todo el centro de la ciudad y desaparecieron muchos edificios horribles, jajajaja”

Yo no sabía si reír o llorar.

El caso es que, una vez comprobado que todos mis conocidos estaban bien, el siguiente paso era comprobar que iba a ser capaz de llegar al aeropuerto de Stansted y coger mi avión a Oporto, que salía el viernes a las 6:40 de la mañana; esto era más fácil de decir que de hacer, ya que a mediodía del jueves no había ni trenes ni autobuses que salieran para ningún aeropuerto londinense y la información era escasa y contradictoria: tan pronto me decían que los aeropuertos habían sido cerrados, como que los vuelos operaban con total normalidad (siempre que pudieras llegar a la terminal por tus propios medios, claro está). Decidí esperar a la madrugada para tratar de contactar con la estación de tren a ver si funcionaban o si tendría que despertar a Belo a las 4 de la mañana para que me llevara en coche al aeropuerto. A este hombre voy a tener que contratarlo como chófer particular en situaciones de emergencia.

Fe de erratas: El caso es que mi amiga Rizos me había invitado a pasar estos días en casa de sus padres, que viven en un pueblecito a las afueras de Tomar. No sé si alguno de vosotros se habrá percatado de mi error en el post anterior, en el que situaba Tomar a 200 kms al Norte de Oporto... es lo que pasa cuando en vez de introducir “Oporto” en la página web de mapas del mundo metes la pata y pones “Lisboa”... vamos, que Tomar está realmente entre Lisboa y Oporto (fin de la fe de erratas).

PhotobucketFinalmente mis temores demostraron ser infundados y el tren salió con toda normalidad. Abandoné una Mix Village fría y lluviosa, más otoñal que veraniega, para aterrizar al cabo de un par de horas en una Oporto radiante, llena de luz, calor y aromas florales... también de ruidos, de risas, de voces y de contacto físico entre personas que echaba mucho de menos en esta tierra inglesa donde un leve roce provoca una avalancha de “sorrys” y muestras de arrepentimiento. El cielo tenía un color azul intenso y la gente caminaba por la calle prácticamente en bañador, a pesar de que eran poco más de las 9 de la mañana. Me parecía estar en el paraíso. Me entraron ganas de salir del autobús que me acercaba a la estación de tren para abrazar y besar efusivamente a todos los viandantes. Por supuesto, habría parecido gilipollas perdía, pero una gilipollas feliz.

Las dos horas en tren se me pasaron en un santiamén contemplando por la ventanilla el mar azul intenso y los bosques color esmeralda, las casitas blancas y las flores que lo adornaban todo con sus brillantes colores.

Cuando nos detuvimos en la estación de Entroncadero (a unos 20 km de Tomar) y salí del tren, unos saludables 38ºC me golpearon en la cara y me di cuenta de que, si no me deshacía rápidamente de mis pantalones largos y mi cazadora, acabaría convertida en un charco de fluidos humanos en medio del andén. Allí iban en bikini hasta las monjas de clausura. Huelga decir que la maleta y la mochila de las que iba tirando no ayudaban en nada a refrescarme. Recé mentalmente porque el coche de Rizos tuviera aire acondicionado... no obstante el ser atea debió influir en el tema, ya que al rato apareció por una esquina un coche que merecería estar catalogado como antigüedad con Rizos al volante pitando y saludándome efusivamente.

“¡Hola Piliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Monta que nos vamos!”
“¡Rizooooos! ¡Un besazo! ¡Pero qué ojeras traes! ¿Qué has estado haciendo?”
“Nada, que me he pasado toda la noche practicando sexo... esta tarde dormiré una siesta” – lo peor no es que sea así de directa, es que lo decía totalmente en serio... aunque ya me tiene acostumbrada esta mujer.

El viaje a Tomar me lo pasé con medio cuerpo por fuera de la ventanilla y la lengua fuera como los perros; al llegar al pueblo tuve que sacarme tres señales de tráfico de entre los dientes. Pero yo estaba feliz.

PhotobucketTomar es, por número de habitantes, una ciudad. No obstante mantiene el aspecto de pueblecito interior, con sus casas muy blancas y limpias, sus calles empedradas, un río que atraviesa el pueblo y un hermoso castillo que lo preside. Los padres de Rizos viven en un pueblecito llamado Casais, a 7 km de Tomar siguiendo el río. Un lugar sencillo, tranquilo y sin embargo lleno de niños y en el que se celebran a menudo fiestas en las que participan los pueblos colindantes. Precisamente el fin de semana en el que yo llegué se celebraban las fiestas parroquiales.

Llegamos a la casa de sus padres esquivando a los gatos que tomaban el sol lánguidamente y caí de lleno en brazos de su madre (Mai), que apenas había entrado por la puerta me llenó de besos, abrazos y sonrisas y me llevó en volandas a la mesa, donde una deliciosa carne con patatas con todo su sabor casero (Diossss... cómo lo echaba de menos) acabó con los pocos recuerdos ingleses que me quedaban a esas alturas. Aquella carne se deshacía en la boca casi sin masticarla, y el juguillo se deslizaba entre tus dientes provocándote la sensación equivalente a 7 orgasmos culinarios. Mejor no me extiendo en la descripción porque voy a llenar el teclado de babas y luego se me qquuedann ppeggaddadooss lllos deddosss...

Después de comer Rizos propuso dormir una siestecilla al lado de un embalse que se encontraba a un par de kilómetros. Siestecilla la durmió ella, porque esta menda en cuanto vio aquella agua cristalina lanzando destellos en todas direcciones se fue para allá de cabeza casi sin tiempo de quitarse la ropa. Salí de allí unas dos horas después arrugada como una vieja y con pececillos hasta en... en... bueno, pececillos por todas partes. Me derrumbé en la toalla y me quedé roque durante más de una hora, hasta que Rizos consiguió despertarme golpeándome la cabeza con una apisonadora (el látigo y la sierra eléctrica no habían dado resultado).

Esa noche nos fuimos a Tomar (...)

Inciso: lo se, lo sé, esa frase pide a gritos algo más, ¿verdad? Decidme que no soy la única malpensada, por favor... Ah, ¿que lo soy? Bueno... vale :(
Fin del inciso.

La ciudad estaba también en fiestas, y en el parque principal de Tomar, que forma una especie de isla en medio del río, un grupo de música horripilantemente malo maltrataba las trompas de Eustaquio de los asistentes con berridos dignos de Pepe Pótamo. Las callejuelas estaban llenas de gente que caminaba entre puestos de dulces tradicionales y vendedores ambulantes. Allí Rizos se encontró con un primo suyo, que nos presentó a dos chicos que al parecer formaban parte de la tuna de Tomar: uno de ellos, bastante cachas, se dedicaba al piragüismo y Rizos le echó el ojo nada más verlo (“le echó el ojo” se traduciría como: “la isla acabó hundida en las babas de Rizos, que no suele molestarse en ocultar sus preferencias en el tema ‘hombres’”). El otro era un morenazo apodado “el Azoriano”. Yo la verdad es que echaba el ojo casi a cualquier macho de los alrededores, porque francamente, comparar chicos portugueses con ingleses es como comparar un vino de rioja crianza con alcohol de quemar. Apunté mentalmente que la tuna iba a pasarse por Casais el domingo por la noche.

PhotobucketLo cierto es que la noche del viernes ninguna de las dos estábamos para demasiadas fiestas. Por una u otra razón (la suya más agradable que la mía) estábamos las dos agotadas, y nos volvimos para casa prontito, planeando ya una visita más pausada a Tomar para la mañana siguiente y una noche de pendoneo lo antes posible. Ya en casa, me quedé dormida antes de que mi cabeza tocara la almohada. Acababa de llegar, pero ya estaba enamorada de Portugal.

(continuará)

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Iba a contaros...
Iba a contaros una anécdota muy divertida con un comercial que me llamó a casa para ofrecerme un móvil...

Iba a contaros un detalle que tuvo mi casero, Mafiosi, que me emocionó. Y una noticia excelente.

Iba a contaros que conocí a un tío buenorro que acaba de entrar a trabajar en mi departamento.

Iba a contaros tantas cosas... pero no tengo ánimos para utilizar el humor en un día en el que tantas familias se esforzarán en explicarles a sus niños que mamá o papá ya no volverán a casa. La historia se repite una vez más... ya sea Madrid, Nueva York, Rwanda, Colombia, Irak... ahora Londres. ¿Y mañana? ¿Dónde se producirá una nueva masacre? ¿Dónde atacará un terrorista justificándose en la injusticia que se hizo con sus familias o sus pueblos, condenando a otras familias inocentes y a otros pueblos a pasar por lo mismo? ¿Se acabará el odio y el rencor en algún momento o estamos condenados a repetir nuestros errores una y otra vez?

PhotobucketMañana de madrugada (si no se cancelan los vuelos) cogeré un avión que me llevará a Oporto, y de ahí un tren a un pueblecito llamado Tomar, un poquito más al norte, no muy lejos de Galicia. Rizos me ha invitado a pasar unos días con ella y su familia. También os lo iba a contar, y deciros cuánto necesito estas pequeñas vacaciones, el aire puro y el sol, para deshacerme definitivamente de los restos de este virus puñetero. Iba a contaros que tomaría el sol, me bañaría en un lago, saldría a bailar, y quizás hasta ligaría con un portuguesillo. Iba a comentar entre sonrisas la de cosas que tendría que contaros a la vuelta.

Eso al menos lo haré, tenedlo por seguro :)

La vida sigue para los que estamos aquí, nunca sabemos cuándo nos va a tocar. El martes volveré con energías renovadas y dispuesta a poneros una sonrisa en la cara sean cuales sean las circunstancias. ¡Tiembla, Portugal!

 
Última hora: atentados en Londres
Llevamos una mañana bastante movida por Mix Village desde que empezaron las noticias del atentado en Londres. Por aquí no ha sucedido nada, aunque la gente está nerviosa y confusa, tratando de contactar con familiares y amigos. En la Universidad hemos recibido varios correos electrónicos informándonos, aunque debo decir que encuentro muchos más datos en periódicos españoles que en la BBC o en otros canales de noticias inglesas: parece haber un cierto silenciamiento de datos por aquí, aunque no es raro dadas las circunstancias.

PhotobucketDesde aquí quiero expresar ante todo mi más ferviente apoyo a todos los ingleses como pueblo. Independientemente de lo que me pueda meter con ellos en plan de broma, en momentos como estos sobran las críticas y sólo deseo que la situación se normalice cuanto antes. Es una pena que la vida de millones de personas dependa de los caprichos de cuatro asesinos, sean de la ideología que sean, que un buen día deciden poner una bomba en un tren, en el metro o en un autobús, para matar a gente de a pie que va a trabajar o a llevar a sus niños al colegio. Seáis quienes seáis estos terroristas, sólo una frase para vosotros: DAIS ASCO, sois escoria. ojalá os exploten las bombas en el culo la próxima vez que pretendáis hacer algo así.

Muchas gracias a todos los que me estáis escribiendo preocupándoos por mí: Mix Village no es Londres, de modo que no tengo nada que temer (de momento... quién sabe dónde decidirán poner la próxima bomba estos descerebrados). Nunca pensé que a través de un blog se pudiera generar este tipo de respuestas de apoyo. Ojalá pudiera abrazaros a todos, uno por uno.

Aquel 11 de Marzo fatídico, que también viví desde aquí, me sentí más española que nunca. Hoy me siento más inglesa que nunca. Y mañana mi corazón estará con cualquier víctima de cualquier atentado, sea de donde sea. Por favor, olvidaos de ideologías políticas y de chorradas, es gente la que está muriendo y sufriendo.

Esta tarde volveré a escribir. Besos para todos de la asturianina en Inglaterra, que hoy se tiñe de luto.

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Recuperándome y atando cabos
PhotobucketEste ha sido el fin de semana de la convalecencia... desde el viernes no tengo ya fiebre, pero la tos de camionero, la congestión y la debilidad tardarán aún unos días en desaparecer del todo. El viernes Muso, que me ha estado haciendo de enfermero todo este tiempo (si es que ya era una maravilla como novio, y ahora es una maravilla de ex), me sacó de casa para ir a ver La Guerra de los Mundos. De paso aprovechamos para dar un paseo cortito para que me diera un poquito el sol y volviera a respirar algo de aire puro. Tras una semana enclaustrada en casa y medio delirando me sentía como una presa a la que han concedido un permiso y vuelve a ver el mundo después de 20 años entre rejas... El aire olía a fresco y mi piel murmuraba agradecida al recibir los últimos rayos de sol del día. Incluso la película resultó ser más pasable de lo que esperaba: el Tom Cruise hizo un personaje bastante creíble, la niña rubia no era tan repelente como parecía en los anuncios y Steven Spielberg no jorobó la película con un final lacrimógeno y absurdo estilo I.A. (Inteligencia Artificial) como venía siendo costumbre en sus últimas producciones.

El sábado hice mi segunda tentativa de salir de casa, aunque no pasé del jardín. Tenemos nuevos vecinos en el apartamento del sótano, una parejita muy simpática de turcos: Alp y Ashley, y nos habían invitado a los demás vecinos y a un par de amigos suyos a celebrar su llegada con una barbacoa, que estuvo a punto de ser cancelada porque a nuestro querido casero Mafiosi le dio por empezar justo el viernes unas obras que tenía pendientes desde Navidades... a resultas de ello tenemos un agujero enorme, profundo y lleno de porquería en el jardín. Me recuerda a la piscina a medio construir de la película Poltergeist, aquella en la que empezaban a aparecer esqueletos flotando cuando la madre de la niña se caía en ella (anda que no tuve pesadillas con aquella escena). Pues nuestra “piscina” es algo más pequeña que aquella, pero con el mismo aspecto terrorífico. No sé si habrá esqueletos flotando, pero si no los hay deben ser una de las pocas cosas que no flota allí... he visto hasta compresas momificadas. A veces da miedo pensar sobre cuántos tipos de basura diferentes crece la hierba de nuestro jardín... me sorprende que no salga azul y repte. Antes de la barbacoa del sábado nos pasamos más de media hora rodeándo el infame agujero con tablas y escaleras de mano para evitar que algún invitado despistado se escoñara dentro. Esto de escribir un blog te vuelve perversa, lo cierto es que me pasé toda la noche deseando que alguien se cayera para poder venir a contároslo luego :P. Pero no hubo suerte. Ni tampoco situaciones apropiadas para empujar discretamente a ninguno. Cachis.

PhotobucketSi para algo me sirvió la barbacoa fue para descubrir que mis vecinos ingleses Pin y Pon... ¡existen! ¡Y hablan! Sí, sí, tal y como os lo cuento... y tras un par de vasos de vino, incluso se ríen y cuentan cosas como si nos conocieran y tuvieran con nosotros una relación vecinal medio normal. Los dos lucían en sus rechonchas muñecas una de esas pulseritas solidarias blanca con el lema “Make Poverty History” (“haz de la pobreza historia”), de los conciertos Live8. Ya sabemos que un inglés no es tal si no participa al menos en 5 actividades benéficas al mes, y comprar esas pulseras Made in China fabricadas en batería por trabajadores en estado de semiesclavitud es una de ellas. También conocí a James y Kate, una pareja de amigos de los nuevos vecinos; James es el típico inglés pelirrojo que viste de una manera aún más estrambótica de lo normal, que ya es decir... se traía un sombrero estilo Indiana Jones, camisa a rayas medio desabrochada, pantalones cortos de explorador y zapatos negros con calcetines blancos. Yo tengo un novio así y lo encadeno en el sótano para que no lo vea nadie. Sin embargo me sorprendió con un carácter alegre, espontáneo y chistoso que casi me hizo olvidar (he dicho “casi”) su ridícula indumentaria.

He de reconocer que, aunque no pude comer mucho, me sentó bien la barbacoa. Esa noche dormí como un lirón por primera vez en más de una semana, y el domingo por la mañana me acerqué al Car Boot Sale a comprobar qué nuevas maravillas habían puesto las familias inglesas en venta. Algunos de los objetos son tan inverosímiles que sus dueños, cansados de ofrecerlos y no recibir más que comentarios sarcásticos (“mira cariño, vamos a regalarle ese espantoso jarrón violeta de lunares a tu madre a ver si por fin pilla la indirecta y se marcha de casa”) los meten todos juntos en una caja de cartón con el letrero: “Help yourself, all free” (Sírvanse... todo gratis). Y ni así se libran de ellos...

Sin embargo era obvio que el domingo yo había ido allí atraída por la fuerza del destino... al girar en uno de los puestos lo vi... y me robó el corazón. Fue mío desde que le eché el ojo, y tuve que empujar, pisar y meterle el dedo en un ojo a una niña que pretendía hacerse con él antes que yo... pero tres puñetazos en el estómago y dos patadas en las costillas lograron por fin que desistiera en su empeño (¡mira que son tercas las crías de dos años!) y fue mío. Se llama Bartolo, es azul y tiene esta mirada:

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¿No es un encanto? Desde ayer ocupa un lugar preferencial en mi estantería para CDs.

Hace un par de semanas nuestra amiguita bloggera Keizy me preguntaba discretamente en uno de los comentarios (“¡quiero saberlo, quiero quiero QUIEROOOOOO!”) acerca de un par de historias que quedaron poco claras en este blog. Es lo malo de ir escribiendo en directo, que a veces se te quedan cosas en el tintero. Pero aprovechando que durante esta semana no tengo mucho que contar aparte de que he estado enclaustrada en casa, moqueando, tosiendo, sudando y jugando a las cartas con mi herpes, responderé al comentario de Keizy y completaré un par de historias que quizá tengáis curiosidad por ver terminadas:

1. ¿Qué pasó con Pizzakid? Aquellos de vosotros que me habéis ido leyendo recordaréis aquel pequeño atrevimiento mío de dejarle mi dirección e-mail al tío buenorro del Pizza Hut, que luego resultó ser un yogurín de 18 añitos. Si esto fuera una novela podría contaros que él y yo disfrutamos de largas noches de pasión entre las sábanas (y en el sofá, y en el cesto de la ropa sucia, y dentro del tambor de la lavadora en marcha...). Lamentablemente, y os lo creáis o no, lo que cuento aquí es la vida real, y en la vida real esta menda fue dejando pasar el tema porque no estaba nada segura de meterse en líos con cuasi-menores de edad. ¿Que si lo volví a ver? Pues sí, lo vi en un par de ocasiones, y una de ellas fue casi un déjà-vu, ya que una vez más fue en una cena con Muso. Nos quedamos mirándonos como gilipollas (me refiero a Pizzakid y yo), sin atrevernos ninguno a decir nada, y ahí se quedó el amago de historia erótica. Pero fue divertido mientras duró :)

2. ¿Y qué fue del famoso italiano de extraño comportamiento asexual? De este sí que tengo algo divertido que contar, de hecho aún me desovario yo sola cada vez que recuerdo el asunto. Después de su última no-hazaña poniéndome como una moto y luego durmiéndose y roncando toda la noche sin un triste polvete no volví a escribirle más ni él a mí. Sin embargo cuando os conté la historia de ese día olvidé un detalle que yo creía intrascendente, y que luego resultó tener su miga.

PhotobucketEl día de la romántica cena tras la cual yo creía que saltarían chispas por todas partes – cuando la que acabó echando chispas fui yo por quedarme a dos velas –, recordaréis que el italiano me preguntó si se podía quedar a dormir (y yo casi me disloco una vértebra asintiendo desesperadamente). Recuerdo también haberos contado que se fue al baño a cambiarse y “se quedó en gallumbos”. Pues no fue completamente cierto, no. El caso es que se asomó a la puerta y me preguntó un poquillo avergonzado si no tendría unos calzoncillos que mi ex se hubiera dejado en casa... porque resulta que él nunca llevaba. Me mordí la lengua para no soltar alguna pregunta capciosa del estilo: “¿Y no tienes miedo de pillarte el pellejillo con la cremallera?” y me puse a rebuscar por los cajones a ver si Muso se había dejado algo. Lo único que encontré fue un bañador de esos estilo slip “fardahuevos” negro, verde y fucsia... vamos, ni las combinaciones de colores de los chandals cutres que llevan a veces las marujas para comprar el pan. Pero era, o eso, o una de mis bragas. También podría haberle dicho que “para qué coño quería gallumbos, con lo que le iban a durar puestos”, pero en ese momento creí mucho más erótico quitárselos yo en el momento oportuno. Poco sabía yo que no iba a haber ningún momento oportuno.

Así que el tío se fue a la cama con el bañador hortera de Muso. Y se pasó, desgraciadamente para mí, toda la noche con él puesto. Y roncando.

A la mañana siguiente le invité a irse de manera bastante precipitada y ni siquiera me acordé de que se llevó puesto aquel bañador espantoso.

Y hete aquí que hace unas 4 ó 5 semanas hizo el primer fin de semana realmente caluroso en Mix Village y el viernes propuse a algunos amigos irnos el sábado a una piscina al aire libre muy maja que hay no demasiado lejos de mi casa. Entre esos amigos estaba Muso, que en cuanto recibió el mail con mi propuesta me contestó diciendo:

"Por mí perfecto, estoy muerto de calor. Pero tengo que pasarme antes por tu casa, porque me dejé el bañador allí."

Ups...

Os podéis imaginar qué pasó por mi cabeza al recibir ese mail... Inmediatamente rebusqué la dirección de Ojitos (el infame italiano) y le escribí poniendo en el título “¡¡¡urgente!!!”, para que no pensara que estaba dándole la vara para volver a quedar e ignorara el mensaje:

"Hola ragazzo, soy Pilimindrina. Verás, este fin de semana vamos a ir a la piscina y mi ex necesita el bañador que se dejó en mi casa... que si no recuerdo mal tú te llevaste puesto aquella mañana. ¿Habría alguna posibilidad de recuperarlo?"

Al rato me llegó la respuesta:

"Hola Pili, ¡cuánto tiempo sin saber de ti!” – y el que hubiera pasado de no ser por esta inconveniencia, querido mío – “Ahora estoy trabajando en Londres y no pasaré por Mix Village hasta dentro de dos semanas, si quieres quedamos y te lo doy entonces. ¿Cómo te van las cosas?"

Dos semanas... ¡¡¡dos semanas!!! Era viernes por la tarde y tampoco había tiempo para comprar otro bañador. Respondí a Ojitos dándole las gracias y diciéndole que mejor que se lo quedara (no tenía ninguna intención de mantener el contacto para volver a hacer el imbécil como la vez anterior) y me puse a idear disculpas para cuando Muso no encontrara su bañador. Se lo comió el gato... no, para eso tendría que tener gato. Me lo puse un día que me vino la regla y se quedó hecho una tomatada... no, eso es una guarrería. Un dragón verde entró por la ventana y se lo llevó entre sus fauces... mira, esto suena mucho más plausible.

Tampoco es que tuviera nada de qué avergonzarme, pero mi ex no está preparado para digerir que su bañador se lo ha llevado puesto un italiano que ha dormido en mi casa. Por supuesto, el detalle de que no había pasado nada (al menos esa noche) resultaría tan patéticamente falso como la escena de aquel viejo chiste en el que la mujer se encuentra al marido con los pantalones bajados detrás de la vaca... “vale, me la estaba follando, total, no me ibas a creer...”.

PhotobucketY llegó el sábado por la mañana... Muso llegó puntual y yo traté de empezar ya quitando leña al asunto: “Oye, ¿estás seguro de que te lo dejaste aquí? Porque he estado mirando por los cajones y no lo he visto... ¿no te lo habrás llevado a tu apartamento?”. “No, no, qué va, estoy seguro de que lo dejé aquí, ya verás”. Desazón, nervios, culpabilidad... Pilimindri, te han pillado... cerré los ojos y esperé la preguntita acusadora: Pili, ¿qué has hecho con mi bañador?

Para mi sorpresa Muso pasó olímpicamente de los cajones y se fue directamente al armario donde guardamos las maletas. Sacó una de ellas, la abrió, rebuscó un rato y al cabo de unos segundos sacó triunfante un bañador tipo pantalón corto muy discretito. Sonrió y me dijo: “¿Lo ves? Ya te dije que lo había dejado aquí”.

Yo aún no podía creerme mi buena suerte. Con el alivio casi meto la pata: “¡Ah, era ese! Yo creía que...”, Muso se me adelantó: “Uy, tú no estarías pensando en aquel fardahuevos espantoso de rayas rosa que me regaló mi madre, ¿verdad? Esa horterada no me la he puesto jamás, si lo encuentras tíralo a la basura. ¡Qué espanto, por Dios!”.

Y así fue como vuestra Pilimindrina consiguió salir indemne de una de las jugarretas que a Murphy tanto le gusta hacerme. De hecho he de reconocer que una de las imágenes que siempre me venía a la cabeza para tratar de olvidarme del italiano era el famoso fardahuevos... era igual que los “pañales-braguita” que llevan los bebés a la playa. Y para colmo causan impotencia... va a ser ese el motivo de que no hubiera fuegos artificiales aquella noche, seguro...

Y no, Keizy, no me olvido de tu tercera pregunta :). Keizy quería conocer la historia de Muso, cómo empezamos a salir y por qué rompí con quien, según yo misma describo, es “un chico maravilloso”. Sin embargo ese es tema para otro artículo que quizás escriba algún día...


 
Jesus Christ! o los peligros de la inglesización
PhotobucketTodos conocemos ya gracias a mi inestimable aportación blogística y/o a vuestra experiencia personal el tipo de carácter que se gastan los ingleses. Sin embargo yo, como buena científica, desde mi llegada a esta tierra me he preguntado en muchas ocasiones cuál sería el efecto sobre un español de una exposición prolongada a la presencia de ingleses. La buena suerte ha venido a premiar mi constancia y me ha proporcionado un sujeto único con el que saciar mi curiosidad, que casualmente es vecino de mis amigos recién casados, Blancaflor y Polpette. Este sujeto a estudiar recibirá el nombre de Jesus Christ, en virtud a los hechos que se relatan más adelante. Los resultados de este experimento, no obstante, resultan inquietantes y pueden herir la sensibilidad de los lectores, o hacer que se retracten de sus intenciones de venirse a trabajar o a visitar tierras inglesas. También pueden promover sentimientos de paranoia, síndromes persecutorios e inglesofobia extrema. Algunos de estos síndromes se caracterizan por irritabilidad y nerviosismo en presencia de ingleses y ataques de histeria incontrolada con utilización de expresiones tales como: “¡Un inglés, un inglés! ¡¡¡Me persigue, quiere inglesizarme!!!”. Advertidos quedáis pues: leed este artículo bajo vuestra propia responsabilidad. Se recomienda a todos aquellos lectores que decidan continuar leyendo evitar próximos períodos vacacionales en Gran Bretaña o ciudades españolas con abundancia de turistas ingleses, tales como Ibiza.

Para hablaros de Jesus Christ debo hacer una mención previa a mis amigos Blancaflor y Polpette. No os había hablado demasiado de esta pareja de recién casados, ambos científicos también, y este es el momento perfecto para suplir esa falta de información. Blancaflor es una malagueña morenita de treinta y pocos años, dulce, de voz suave y sempiterna sonrisa. Me tropecé con ella (nunca mejor dicho, porque le solmené un codazo de impresión) una tarde de verano en el mercadillo de Mix Village y le solté un “sorry” al que ella contestó con un “Eres española, ¿verdad?”. Intercambiamos unas frases y yo seguí mi camino, ya que había quedado con Dino para ir a visitar uno de los colegios universitarios de la ciudad. Una vez ambos nos encontramos en el lugar de reunión, Dino miró detrás de mí y exclamó: “¡Hombreeeee, hola!”. Me volví para reconocer a la chica con la que había chocado momentos antes. “Pili, esta es Blancaflor, fue mi compañera de piso hasta hace unos meses”.

Blancaflor llegó a Mix Village un año y medio antes que yo, también con el objetivo de trabajar como postdoc en un laboratorio. El grupo en el que se integró era bastante grande, y estaba liderado por una pareja de científicos con fama de tiranos; Blancaflor no tardaría en comprobar hasta qué punto un mal jefe es capaz de arruinar una vocación científica. Pero ella llegó allí con gran ilusión y en seguida le presentaron a todos sus compañeros de laboratorio. Uno de ellos era un chico italiano muy trabajador, extremadamente tímido, de ojos azules y tristes y voz suave y pausada: Polpette. Ella aún no podía imaginarse que en menos de tres años aquel chico tímido iba a convertirse en su marido.

Por aquel entonces Blancaflor compartía piso con otras dos chicas: Azabache y Linda; a la primera quizás la recordéis como la organizadora de la fiesta en la que... estooo... “interaccioné” con el famoso italiano. En el piso quedaba una habitación libre y había un chico español solicitándola desde Oviedo. Blancaflor se puso en contacto con él por correo electrónico y le ayudó a arreglar el tema de la fianza y el contrato. A las pocas semanas Dino se convertiría en el cuarto ocupante de la casa.

PhotobucketSin embargo el carácter de Azabache y Linda chocaba frontalmente con el de la calladita y responsable Blancaflor. Las dos primeras gustaban de organizar fiestas en el piso, traerse a sus parejas y amigos a ver películas sin avisar, y retrasar el pago de las facturas de teléfono, gas y electricidad hasta llegar al límite del desahucio... situaciones que colmaban los nervios de Blancaflor, a la que le gustaba la tranquilidad, la intimidad (eso de encontrarse a un desconocido en calzoncillos en el water por las mañanas no le resultaba demasiado agradable) y poder disfrutar de su casa sin tener que compartirla casi cada día con una horda de invitados chillones. A los pocos meses, cuando ya estaba saliendo con Polpette, ambos se mudaron a un apartamento para ellos solos donde esperaban contar con algo más de tranquilidad. Nunca esperaron, no obstante, dar con un vecino como Jesus Christ.

Conocí a mi sujeto de estudio la primera vez que Blancaflor y Polpette nos invitaron a Muso y a mí a cenar a su casa, allá por el otoño del año 2003. Al igual que mi casa, la de ellos dos había sido inicialmente una vivienda unifamiliar completa, que el casero había reconvertido en varios apartamentos para sacarle más dinero al alquiler. Es esta una táctica muy frecuente en Mix Village y en Inglaterra en general, que tiene numerosos inconvenientes para los inquilinos, debido a que cada apartamento tendrá necesariamente que contar con un baño, una cocina y una habitación como mínimo para ser habitable, pero hay ciertas instalaciones de una vivienda que no se pueden cambiar de sitio tan alegremente por el antojo del dueño. Esta situación suele resolverse de manera un tanto esperpéntica, dando resultados como el apartamento de mi amigo Doc, que tiene la ducha en la cocina, el water en un armario en el pasillo y el lavabo en la habitación. Llevar a cabo la higiene diaria en uno de estos pisos implica recorrerse chorreando toda la casa. Tiene sus ventajas sí, porque ¿quién no ha deseado alguna vez poder freírse unas salchichitas mientras se está duchando? Los inconvenientes son infinitos... aún recuerdo la primera vez que me pasé por su casa para ver una peli. Me abrió la puerta y me dijo “ponte cómoda, yo estoy contigo ahora mismo”. Me quité la chaqueta y miré para todas partes buscando un lugar donde dejarla hasta que localicé ese armarito tan mono allí al lado de la entrada. Al primer pensamiento de “¿Qué coño hace Doc de pie dentro del armario?” le siguió el de “Ehm... creo que esto no es un armario”... cerré la puerta discretamente y tiré la chaqueta encima de la primera silla que encontré.

Pero bueno, a lo que íbamos. La casa en la que viven Blancaflor y Polpette tenía inicialmente dos plantas y sótano; en la actualidad el sótano y la primera planta forman un apartamento y el piso primero el otro. La parejita vive en el primero, que afortunadamente tiene cada cosa más o menos en su sitio. Jesus Christ vive en el de abajo.

PhotobucketMuso y yo llegamos sobre las 6 de la tarde (recordemos que en Inglaterra se cena cuando los españoles aún estamos merendando). Entrar en su casa ya implica serias dificultades, ya que ambos esconden las bicicletas en la escalera que hay nada más cruzar la puerta de entrada y que da acceso a su apartamento... podéis imaginaros tratar de subir unas escaleras de menos de un metro de ancho con dos bicis enormes cruzadas en medio. Ambos tienen un hermoso candado para protegerlas, pero en Mix Village eso no basta. Por algún extraño motivo, puedes dejarte las puertas y ventanas de tu casa abiertas de par en par y nadie te entrará a robar; puedes dejar el coche abierto, sin freno de mano y con un billete de 20 libras en el salpicadero, que todo seguirá ahí cuando vuelvas. Puedes perder la cartera, que la primera persona que se la encuentre la entregará a la policía o te la enviará a tu casa si encuentra tu dirección... pero como dejes una bicicleta sin vigilancia durante más de 5 segundos, cuando te vuelvas sólo se verán unas nubes de polvo. Es por ello que en Mix Village, siguiendo el sabio consejo de “allá donde fueres, haz lo que vieres”, nadie se compra una bici nueva cuando le desaparece la suya... sencillamente, agarras la primera que ves sin candado y ya tienes bici.

Obviamente cuando la necesitas a diario para poder trabajar debes preocuparte de tenerla disponible todas las mañanas... cuando no tienes cobertizo como yo, las soluciones van desde meterla en casa, como Blancaflor o Polpette, hasta otros métodos ingleses que yo jamás entenderé, como enrollarle una bolsa de plástico al sillín. Por qué algunas personas están convencidas de que nadie les robará la bici si le encasquetan una bolsa de plástico en el sillín va más allá de mi capacidad de comprensión, pero bien mirado, tampoco comprendo cómo alguien puede no ser sometido a linchamiento público llevando pantalones rosa fucsia, chancletas de playa y calcetines, y lo veo a diario por las calles.

PhotobucketTras llevar a cabo contorsiones inverosímiles para poder subir aquellas escaleras y sacarnos en 3 ocasiones los pedales de la boca conseguimos acceder a la vivienda propiamente dicha. Fue toda una sorpresa encontrarnos un piso limpio, amplio y agradable, reflejo de la personalidad de sus dos ocupantes. Polpette nos deleitó con un exquisito plato de pasta italiana con salsa y especias de todo tipo y de postre todos devoramos la mousse de chocolate que yo había traído, hecha con chocolate negro Valor (español, por supuesto, con todo su cacao, su azúcar y su sabor, y sin una sola etiqueta de “healthy” por ninguna parte) por una servidora. Después de la cena y de una amena charla en la que yo empezaba a sospechar que algo ocurría en aquella casa, ya que Polpette me había indicado ya en un par de ocasiones que debíamos bajar la voz (os aseguro que nadie estaba gritando), decidimos echar una partidita a las cartas. Yo agarré el mazo y me puse a barajar, feliz de tener dignos adversarios a quienes ganar al chinchón (los ingleses que he conocido usan las cartas para nivelar los armarios).

De repente Polpette puso cara de pánico escénico, colocó su mano rápidamente sobre el mazo de cartas, se llevó el dedo a los labios y susurró: “¡Shhhhh! ¡No barajes tan fuerte!”

No pude evitarlo, me entró la risa. “Pero vamos a ver Polpi, son las 8 de la tarde de un sábado, no estamos haciendo ruido en absoluto... ¿cuál es exactamente el problema?”. “Es que tú no conoces a nuestro vecino... es... algo rarillo”. Inmediatamente en mi cabeza se desplegó la antena del cotilleo: “Cuéntame”. “Verás... no podemos ni siquiera andar por casa con normalidad” – inciso: y eso teniendo en cuenta de que en su casa tienen moqueta. Fin del inciso – “cada vez que hablamos en un tono más o menos normal nos da golpes en el techo y grita: ‘Jesus Christ!!!’. Si nos levantamos por la noche al baño y tiramos de la cadena se pone como loco, y a la mañana siguiente nos tortura poniendo música clásica a lo más que dan sus altavoces”.

Yo me quedé estupefacta. “Joer Polpette hijo, yo sabía que los ingleses eran raros, pero esto supera todas mis expectativas”.

“No, si no es inglés. ES ESPAÑOL

Se me cayó la mandíbula inferior al suelo (me pregunté si el sonido sería lo suficientemente fuerte como para molestar a Jesus Christ). Inmediatamente me interesé por la historia de ese ser que habitaba el bajo y el sótano de la casa de mis amigos. Blancaflor completó la imagen: “Verás Pili, parece que ese tío antes de venirse era un chaval majísimo. De hecho en un congreso en Madrid me encontré con gente que lo había conocido y hablaba maravillas de él. Lleva 15 años en Mix Village, y al parecer al cabo de unos años empezó a volverse raro y asocial. En su laboratorio nadie le habla ya. Jamás recibe visitas en casa, excepto su hermana que vino a verle una vez. Cada vez que escucha un ruido, por débil que sea, se pone a insultar en inglés. A nosotros no nos dirige la palabra; una vez tuvimos un problema con la calefacción y sabíamos que él estaba en casa, porque lo habíamos oído caminar y salir a regar las plantas; llamamos a la puerta y lo que hizo fue dejar de moverse y quedarse callado hasta que nos cansamos de llamar y nos fuimos.”

PhotobucketDurante toda esta explicación yo había estado barajando las cartas. En cuanto Blancaflor terminó, todos pudimos escuchar claramente una voz furibunda gritando desde el piso de abajo: “JESUS CHRIST!!!”. Muso y yo nos miramos. No sabíamos si reírnos o echarnos a temblar. ¿Seguro que no sería una cinta de Camilo Sesto interpretando “Jesucristo SuperStar”?. Pero no... unas cuantas risas más aquella tarde-noche y pudimos volver a escuchar aquella voz ronca y grave: “Jesus Christ!”.

Desde ese día les pedíamos a nuestros amigos que nos hablaran de las nuevas hazañas del extraño vecino cada vez que nos encontrábamos. Nunca llegamos a verle la cara, al parecer raramente salía de casa. En una ocasión cuando pasaba a devolverle unos libros a Blancaflor, tuve la oportunidad de ver unos brazos blanquecinos y muy peludos saliendo por entre las rejas de la ventana del sótano para regar las plantas. Se movían lentamente y no se escuchaba el ruido de una mosca. Me entraron escalofríos. Pasé a unos dos metros de distancia de aquella ventana y no pude evitar la idea aterradora de que en cualquier momento aquel brazo se estiraría y me agarraría la pierna, arrastrándome consigo a aquel lúgubre sótano para jamás volver a ver la luz del sol. Me recordaba al payaso-monstruo Pennywise del libro de Stephen King “Eso” (“It”).

PhotobucketUna tarde Blancaflor se vino a mi casa a tomar un café. Venía nerviosa y alterada. Al parecer Polpette y ella habían discutido ese fin de semana, a plena luz del día, y en medio de la discusión Jesus Christ se había puesto a dar voces quejándose e insultándolos. Por fin Blancaflor rompió su coraza de paciencia y tranquilidad (yo lo habría hecho ya el primer día que ese idiota se pusiera a rebuznar porque hubiéramos dado dos pasos sobre la moqueta), abrió la puerta, bajó las escaleras, pegó un puñetazo a la pared y gritó: “¿¿¿Te quieres callar de una p... vez, pedazo de gilipollas??? ¿Es que hasta en nuestras discusiones te vas a meter, amargado? ¡¡¡No quiero volver a oírte ni media palabra, imbécil!!!”

Al parecer aquello obró maravillas. En una semana no volvieron a oír un solo murmullo proveniente del piso inferior. Lamentablemente fue sólo un arranque, Blancaflor y Polpette son incapaces de levantar la voz más que en casos extremos, de modo que poco a poco Jesus Christ fue volviendo a “su” normalidad. Es el día de hoy que ambos tienen que andar de puntillas si les apetece ir al baño de noche, y aleccionar a sus invitados para que hablen en susurros sea la hora que sea por no importunar a la extraña criatura que habita en el sótano.

Debo reconocer que el efecto de la inglesización puede llegar a ser aterrador. Desde que conozco el caso llevo a cabo una investigación clandestina en mi laboratorio para tratar de sintetizar algún medicamento que prevenga esta dolencia y evitar más casos como el del tristemente famoso Jesus Christ. Creo que él está más allá de toda recuperación, pero muchos otros españoles aún podemos escapar a tan triste destino. Quede este artículo como advertencia para todos aquellos que se planteen pasar un largo período de tiempo rodeados de ingleses: ¡Estad atentos a los síntomas! Rodeaos de españoles siempre que podáis, y cada vez que notéis que vuestros labios tratan de forman las palabras “Jesus Christ!”, bebeos una jarra de sangría y obligaos a decir en voz alta: “Soy apañó, soy apañó, soy apañó”. Y si podéis, poned la música más pachanguera que tengáis a mano e invitad a todos vuestros amigos a bailar y batir palmas.

Y las sandalias se llevan sin calcetines, ¡coño!

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¿Habéis tenido alguna vez un vecino “rarillo”?

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