Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
Acerca de












El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Un viaje en moto y unas cuantas reflexiones
PhotobucketEl sábado por la noche Belo se quedó a dormir en mi casa. No dejará jamás de sorprenderme el cambio radical de inglés borrachillo a inglés totalmente sobrio: al llegar a casa sobre las 2:30 de la mañana Belo venía riéndose y gastando bromas, me dio un par de besazos de buenas noches, se despelotó delante mío sin pensárselo dos veces hasta quedarse en gallumbos y se puso a roncar en el sofá-cama del salón.

El domingo por la mañana estuvo dos horas esperando a que yo me despertara porque no se atrevía a entrar en mi habitación (nota aclaratoria: mi apartamento es de esos que tienen un único baño al que se accede desde el dormitorio). Cuando por fin abrí el ojo y le pregunté qué coño hacía ahí esperando, que entrara a mear de una vez - con la delicadeza que me caracteriza - estaba más colorado que un tomate y no sabía cómo ponerse para disimular que estaba en calzoncillos. ¡Leñe, pero si ayer poco le había faltado para hacerme un strip-tease! Al menos Belo NO es vegetariano y le importaba tres pitos que las magdalenas estuvieran hechas con grasa animal.

PhotobucketA las 11 de la mañana el gruñido ronco y grave de una moto fue acercándose hasta que se detuvo frente a mi ventana. Recuerdo haber pensado, primero, que Maus venía igualito que el Halcón Callejero... qué morbazo de moto, po dió (¡y de motero!). Recuerdo haber pensado después que yo iba a tener que ir también ahí subida, y se me hizo un nudo en el estómago... Me imaginaba pegándome la gran hostia contra el asfalto al primer acelerón y siendo aplastada por las ruedas de una excavadora que casualmente viniera detrás. Pero yo había dicho que iría, y a ver quién era el guapo que me hacía cambiar de opinión, ¡buena soy yo! (tardé 10 minutos en decidir si llevar pañales o no... acabé rechazando la opción porque se iban a notar demasiado con los vaqueros).

Maus se traía consigo todo un equipo para mí: un enorme casco negro con dibujitos de barcos piratas y tiburones (lo sé, es una horterada), guantes y braga (de las de poner al cuello, de las otras ya llevaba yo :P). Después de colocarme todo aquello yo era clavadita a la Hormiga Atómica, con la diferencia de que a la Hormiga Atómica no le temblaban las canillas cada vez que echaba a volar. Maus se volvió a subir a aquella enormidad de moto, arrancó, me miró y me hizo señas para que subiera. Fue uno de esos momentos en los que lamentas ser atea, porque no tienes a quién rezarle. Subí y me agarré él como una ladilla a un pelo púbico. La moto se puso en marcha. Mi corazón tardó un poco más.

Los primeros minutos de viaje sólo podía pensar en mis miembros desparramados a 200 metros a la redonda cada vez que Maus aceleraba o tomaba una curva algo más cerrada de lo habitual. Me agarraba a él, cerraba los ojos y sentía mi corazón martilleándome en el pecho. Bum-BUM-bum-BUM. Aún no me explico cómo Maus era capaz de respirar. Sin embargo al cabo de un rato el miedo se esfumó, mi cuerpo aprendió a mantener el equilibrio y doblarse en las curvas, y la adrenalina provocó en mí un estado de euforia incontrolada: Maus y yo volábamos juntos. Me apetecía ponerme de pie en la moto, estirar los brazos y gritar: “¡¡¡Soy la reina del mundoooooooo!!!”. Luego recordé que esa frase ya la había usado Leonardo di Caprio en "Titanic" y decidí que no habría sido original. Pero con cada acelerón, o cada vez que la moto enfilaba una recta y se ponía a 100 millas por hora, mi pecho se hinchaba y se me escapaba un “¡UUAAAAAAAAAAA!” a todo pulmón. El viaje en moto del domingo pasado fue una de las experiencias más sensuales y emocionantes que recuerdo en mucho tiempo.

PhotobucketPasamos el día en Hunstanton (fotografía © Pilimindrina), un pueblecito junto al mar en el Sudeste de Inglaterra. Por primera vez desde que estoy en tierras inglesas he conseguido ver una playa más o menos normal y disfrutar de un día de sol maravilloso. El pueblo estaba lleno de niños y perros y a Maus se le veía radiante de felicidad. “¿Habías estado aquí alguna vez?”, le pregunté. “No”, contestó sonriendo, “quería venir con alguien especial”.

Volvimos a Mix Village ya entrada la noche. No habíamos hecho más que quitarnos los cascos cuando los dos nos quedamos mirándonos con un brillo inconfundible en los ojos. Maus tampoco volvió a casa aquella noche. Ni la del martes. Ni la del jueves. Estoy teniendo una vida sexual de lo más activa últimamente... y de lo más interesante. El lunes Maus me trajo un ramo de rosas rojas a mi laboratorio. Encima tengo el ego por las nubes, porque se pasa el día diciéndome lo “beautiful” que soy, lo buenísima que soy en la cama, lo feliz que le hago y lo mucho que me echa de menos cuando no está conmigo. Teniendo en cuenta que todas estas palabras provienen de un hombre casado que llevaba casi un año sin echar un casquete con su mujer (según sus mismas palabras) y que hasta entonces llevaba una vida de lo más aburrida, sé que sólo debo creerme la cuarta parte, pero de todas maneras siempre viene bien que te echen unos cuantos piropos de cuando en vez.

Todo esto suena muy emotivo y muy romántico. Sin embargo no es oro todo lo que reluce, ni es todo tan idílico como parece. No sois sólo vosotros los que detectáis que aquí hay cosas que no cuadran. En primer lugar, si está casado y vive con su mujer y sus suegros... ¿es que nadie le pide explicaciones por las noches que pasa fuera de casa? Una persona que llevaba años casi sin salir de juerga con sus amigos y que de repente empieza a faltar en la cama tiene que levantar sospechas por narices. Cada vez que le pregunto me dice que su mujer y él casi no hablan el uno con el otro, y que nadie le hace preguntas. Ya no es cuestión de que me lo crea o no, sencillamente no es de mi incumbencia, pero desde luego suena raro.

Luego está el tema de mis principios. En un par de comentarios, una franca minoría realmente, se me dice que “no está bien lo que hago”. Quiero decirles a los autores de esos comentarios que tienen toda la razón, y que asumiré las consecuencias de mis actos. Mis principios no han cambiado; acostarse con un hombre casado no está mejor ahora que antes. Sencillamente, me los he saltado a la torera de manera totalmente consciente. Es bastante posible que dentro de unas semanas esté pagando en cierto modo las consecuencias y tengáis que aguantar un par de artículos lacrimosos, o quizá no. Pero efectivamente, lo que hago no está bien, independientemente de que el principal responsable sea Maus (al fin y al cabo yo estoy libre, el casado es él). En ningún momento pretendo justificarlo ni hacer de mis actos un ejemplo para nadie, me limito a contar lo que sucede, y lo que ha sucedido es que me he dejado llevar por los instintos animales. Una persona inocente puede sufrir mucho por causa de lo que Maus y yo hemos empezado, y jamás me sentiré orgullosa de ello. Pero lo hecho, hecho está.

Hay también otro pequeño problema: Maus se está encariñando mucho conmigo. Demasiado. No sé lo que habré dado a entender con mi forma de escribir, pero yo no estoy enamorada. Todo esto tiene un morbazo impresionante, es emocionante y me siento como una quinceañera, pero no estoy enamorada. El jueves pasado Maus dejó caer la posibilidad de separarse de su mujer, y lo primero que se me vino a la cabeza fue: “¿¿¿Quéééé??? ¡Ni de coña!”. Y es cierto; la verdad, aunque suene espantosamente mal, es que prefiero que la situación siga tal y como está. No quiero que Maus deje a su mujer por mí, sencillamente porque yo no iba a salir con él después. Incluso es posible que se perdiera la emoción que tiene ahora toda la aventura. No quiero un compromiso, no quiero dejar de salir a bailar con Rizos y ligar con el primer chico que me guste, quiero que mi vida amorosa siga siendo superficial durante una buena temporada. Mi última relación con Muso duró casi dos años y no me encuentro con ganas de volver a atarme a nadie.

PhotobucketAyer sábado Maus y yo nos fuimos a Londres a pasar el día. Estuvimos en el IMAX viendo un documental sobre la carrera espacial, en las Mazmorras de la Torre de Londres, y paseando por el paseo del Tower Bridge. Por cierto, la foto del puente de noche también es mía, si alguien quiere una copia en grande que me la pida por correo, que me quedó mu chula :P. Allí, sentados en el muro al lado del Támesis, Maus se me quedó mirando con una sonrisa tímida, se acercó a mi oído y me dijo: “I love you, Beautiful!” (“te quiero, Preciosa”). Nunca me lo había dicho antes. Y no pude responderle. Nunca le he mentido, y mucho menos iba a hacerlo en algo tan importante.

Todo esto me preocupa, sinceramente. Preferiría que él lo viera todo como lo veo yo, como una aventura que nos alegre un poco la vida a ambos (sobre todo la suya), no como algo que cambie la vida de ninguno. Esta mañana tuve que “echarle” de casa discretamente, porque pretendía quedarse también el domingo, y francamente, necesito tiempo para mí sola, y para pasar con mis amigos.

En fin, así están las cosas. Y se acerca Septiembre... va a ser un mes movidito. A principios se marchan Belo y Portu, serán dos despedidas duras. Del 5 al 7 tengo un Curso de Orientación Laboral (a estos ingleses les encantan estos cursos de nombres demagógicos) en un colegio universitario a las afueras de Mix Village. Es un curso residencial, lo cual quiere decir que me tengo que quedar allí los tres días a pensión completa, pero lo bueno es que Rizos también se ha apuntado... puede ser divertido ;). El 15 y 16 de Septiembre puede que me vaya a Roma a una reunión de mi proyecto, aunque todavía no se ha decidido definitivamente; si voy me quedaré también el fin de semana a visitar mi ciudad favorita (algún día os hablaré de los dos meses que viví en Roma). Y el día 20 me largo a mi tierrina, a mi Asturias del alma, por dos semanitas. Tendré internet, así que es más que probable que un par de artículos los escriba desde allí. Tengo la boda de una buena amiga el día 24 y además he invitado a Maus a pasarse 3 días conociendo la tierrina. Será una odisea encontrarle menús vegetarianos, y pienso emborracharle a sidras.

Muso termina su contrato el 30 de Septiembre, y aún no ha decidido si marcharse antes o después de que yo vuelva. Esa despedida será la más dura de todas. Yo tampoco sé si es mejor despedirnos antes de irme para Asturias o hacerlo después. Va a ser muy, muy jodido, hablando mal y claro. No sé cuándo (ni “si”) volveremos a vernos. Aunque lo que hubo entre los dos se terminó, le sigo queriendo muchísimo. Cuando estamos juntos sigue quedando algo de lo que nos mantuvo unidos, algo muy especial. Algo que se perderá cuando nos separemos.

En Otoño tendré también una entrevista de trabajo para un laboratorio privado aquí mismo en Mix Village. Mi contrato con la Universidad termina pronto y tengo que decidir si intentar quedarme en la facultad, cambiar al ámbito privado o probar suerte con otro postdoc en otro país europeo.

PhotobucketComo veis, mi vida puede cambiar mucho en los próximos meses, o bien quedarse como está. La vida del científico es así, nunca sabes dónde puedes estar en unos meses. Quizás dentro de poco tenga que cambiar el nombre del blog a “Sigo single en Alemania”, “Joer qué frío hace en Islandia” o “¿Cómo coño se liga en Japón?”. Por una parte resulta traumático cambiar de amigos y de casa cada dos o tres años, y no tener un sitio al que llamar “hogar”. Pero por otra es una vida de lo más emocionante que te permite estar en contacto con otras culturas, con otras gentes, y acabar teniendo amigos desperdigados por todo el Globo.

Se acaba Agosto, termina el verano. “El final del verano llegó, y tú partirás”, cantaba El Dúo Dinámico en una melodía que se hizo famosa con el último capítulo de Verano Azul. Yo me siento un poco así. Pero no sé si pienso en los que se van, o en que la que partirá seré yo.


 
De cabeza al cenagal
PhotobucketDespués de la cita del lunes con Maus debo reconocer que no paré de darle vueltas al tema. Las miraditas y las sonrisas cada vez que nos cruzamos en el Departamento no contribuyeron precisamente a rebajar la “tensión sexual no resuelta” y la posibilidad de una aventura con él ardía en mi cabeza y desplazaba cada vez más a mi Pepito Grillo particular, que no paraba de repetir “¡está casado, está casado!” con una voz chillona y repelente. Asqueroso grillo. A estas alturas, tanto yo que lo estoy viviendo, como vosotros que lo estáis leyendo, somos conscientes de que seguir quedando con él era una pura y simple provocación para que la cosa fuera a más, de modo que me lo pensé muy mucho antes de decirle que sí a quedar el viernes a tomar unas cervezas después del trabajo. Pero mucho, mucho. Lo menos dudé dos segundos.

El viernes fue uno de esos días típicos ingleses: lluviosos, fríos, deprimentes... quizás si estuviésemos en Octubre no me habría importado, pero ¡leches, era 19 de Agosto! ¡Tampoco pedía 32 grados y sol de justicia, me habría bastado con poder vislumbrar un retazo de cielo azul a lo largo del día, pero es que ni eso! Lo único que me apetecía al salir del trabajo era meterme en algún sitio calentito y con música suave a beber una cervecita y charlar un rato. Bueno, para qué mentir, ya de poder elegir me habría apetecido una tarde de sexo y lujuria con David Duchovny, pero hay que ser realistas. ¿Y qué nos ofrecía el realismo? Un chico que cada vez demostraba ser menos tímido, con una mirada tan intensa que podía derretir el acero y que estaba claramente dispuesto a seducirme y/o dejarse seducir. No voy a ser hipócrita: desde el momento en el que me pasó a buscar al laboratorio y me sonrió supe que las probabilidades de que esa noche ocurriera algo eran alarmantemente altas.

Encima es que parecía que todos los signos astrológicos nos llevaban a ello, leñe. La lluvia torrencial nos hizo caminar pegaditos debajo del único y ridículo paraguas... y personalmente me hizo percatarme de que el chaval tiene un olor corporal que me atrae sobremanera. El pub al que fuimos parecía haberme robado mi colección personal de mp3 y no paraba de emitir mis canciones favoritas. Y Maus y yo hablamos como cotorras de absolutamente TODO lo que se nos pasaba por la cabeza: desde la vez que mi madre me pilló pintando la pared con pintura de producción orgánica propia (tenía un año, ojo) hasta la primera vez y el motivo del descubrimiento de nuestro cuerpo y sus utilidades lúdicas (hablando en plata, las primeras pajillas, amos). Yo, que estoy más que acostumbrada a hablar de todos estos temas, disfrutaba de haber encontrado a un inglés de pura cepa capaz de compartir esa capacidad conmigo, y él... pues él os lo podéis imaginar: emocionado de haber encontrado una chica con la que podía hablar de todas esas cosas, que hasta ese momento jamás habían salido de su colección de recuerdos privada. Todo esto sazonado de temas de Springsteen, ColdPlay, REM y Sting al volumen justo como para ser escuchados pero no molestar. El ambiente pedía un beso a gritos, y se notaba descaradamente que él se estaba conteniendo, temeroso de un rechazo como el del lunes. Pero sus ojos brillantes y muy abiertos, y su sonrisa, así como el gesto de cerrar los ojos brevemente cuando me acercaba a él, y sus continuos movimientos de manos, que ya no sabía cómo ni dónde poner, eran pistas suficientes. En un momento dado la conversación se detuvo y Maus se quedó mirándome fijamente, sonriendo con una timidez conmovedora. “¿Qué piensas?”, pregunté. Él bajó la vista sonriendo y la volvió a levantar fijándola en mis ojos. Habló muy despacio, pronunciando cada palabra: “Estoy absolutamente loco por ti”.

PhotobucketEn ese momento Pepito Grillo salió disparado de mi cabeza de una patada; si te fijabas bien podías incluso distinguir la marca de la huella en su trasero. La responsable, una versión mía en miniatura vestida de diablilla, con tridente y envuelta en llamas: se llama lujuria y llevaba esperando ese momento ya varios días. Miré fijamente a aquellos ojos grandes, redondos y de color marrón muy claro, esbocé una sonrisa y le hice una señal con el dedo: acércate un poco más. Él lo hizo, claramente dubitativo acerca de mis intenciones. Casi pude leerle la mente: “No va a querer un beso, quiere decirte algo al oído, no te hagas ilusiones”. Yo estiré la mano y le cogí suavemente por la nuca, acercando mis labios a los suyos. Cerramos los ojos. Noté que contenía la respiración debido a la sorpresa y la anticipación. Nuestro primer beso fue dulce, suave, lento. Al separarnos me miró a los ojos, muy serio, y esa vez fue él quien me cogió por la nuca con infinito cuidado, como si fuera de porcelana. Pasaron unas tres canciones entre besos, abrazos y caricias. Creo que no os lo había comentado antes, pero a mí que me traten con esa delicadeza me pone más a cien que cualquier beso apasionado con rozamiento de entrepierna. Eché un vistazo a nuestros vasos y vacié lo poco que quedaba del mío de un trago. “¿Te vienes a mi casa?”. Pregunta tonta. La respuesta fue sin palabras. El camarero se despidió de nosotros con sonrisita de complicidad.

Una vez en casa seguimos explorando las posibilidades de los besos y las caricias tumbados en el sofá. Pronto dejó de hacer frío. Entre su respiración acelerada se colaron unas palabras: “Quiero quedarme contigo esta noche”.

Fue el único momento en el que Pepito Grillo hizo ademán de volver a tomar las riendas. Estaba claro que Maus YA había engañado a su mujer con lo que había hecho, y que encima la que lo había empezado todo era yo. No obstante, hay gradaciones en el engaño, y no es lo mismo darse unos besos que pasarse la noche f... esto... practicando sexo con una mujer que no es la tuya.

En ese momento solté una de las frases más estúpidas y ridículas que recuerdo, y mira que he dicho varias en mi vida. Ni siquiera me vale la disculpa de que yo pretendía cumplir mi propia condición, porque sería una mentira flagrante y descarada. Poniendo cara seria le miré a los ojos y le dije: “Puedes quedarte a dormir, puedes abrazarme, pero que no ocurra nada más”.

Apenas esas palabras habían salido de mi boca escuché una carcajada histérica dentro de mi cabeza; era la Pilimindrina diablilla, que se descojonaba hasta los límites del síncope pulmonar. Pepito Grillo se tapó los ojos y, con cara de profunda vergüenza ajena, me abandonó definitivamente para nunca más volver. Una máquina de la verdad que hubiese estado controlando mis constantes vitales en ese momento habría producido la frase MENTIRA COCHINA en color verde fosforito. Maus, demostrando un temple que ni yo misma habría tenido en caso contrario (yo habría optado por la opción de descojonarme también), se limitó a devolverme la mirada seria y contestarme: “Si eso es lo que quieres, por supuesto que lo haré”. Realmente este hombre debe tener algo especial, si no no me lo explico.

PhotobucketAsí que me fui al baño a ponerme el camisón, él se quedó en camiseta y gallumbos, nos metimos ambos bajo el edredón, barriga con espalda como dos cucharas, y me abrazó. Nos callamos. Mi cabeza hervía, tratando de evitar por todos los medios darme la vuelta, agarrarle por el cuello y gritarle: ¡¡¡FOLLAME DE UNA VEZ, JODER; NO LO DECIA EN SERIO!!!. Recuerdo haber pensado: “Si realmente me hace caso y no me como una rosca esta noche por gilipollas, mañana me arrancaré los pelos púbicos uno a uno con pinzas”. Esperé, tratando de contener los temblores provocados por su respiración en mi cuello. Su mano izquierda, que reposaba sobre mi estómago, empezó a acariciarme por encima del camisón. Muuuuy despacito, y muuuuy suavemente sus dedos hacían círculos en mi barriga. Las terminaciones nerviosas de esa zona enviaban señales que llegaban a mi cerebro y se multiplicaban por 1000, alcanzando a todo mi cuerpo. Yo trataba de practicar telequinesis y obligar a esa mano a moverse más hacia arriba, o más hacia abajo, me valía cualquier opción. Poco a poco la cosa surtió efecto y la mano exploradora decidió adentrarse en zonas más atrevidas, pero todo ello con una delicadeza y una lentitud que me hacían agarrarme a la sábana y apretarla con fuerza, desesperada. La temperatura de la habitación subió 10 grados más. Entonces sus labios decidieron comenzar a explorar mi cuello y ahí se acabó toda la pretendida resistencia que podría haber existido; me di la vuelta y nos dejamos llevar. No tengo ni idea de a qué hora nos acabamos durmiendo. Tampoco me importaba.

Diario de un sábado, por Pilimindrina:

Sábado, 9:30 de la mañana. Te despiertas legañosa, miras de reojo el reloj y te dices a ti misma que puedes dormir un poco más. De repente ves una forma extraña a tu lado. ¡Coño, hay un tío en mi cama! Los recuerdos de la noche anterior van ocupando su lugar poco a poco en tu soñoliento cerebro. ¡Cojonudo, hay un tío en mi cama! ¡Vamos a aprovecharlo!

Sábado, cerca de las 11:30 de la mañana. Vuelves a abrir el ojo. Estás muerta de hambre. Te levantas, te lavas la cara, sales al salón. De repente te das cuenta de que es pleno día, los ingleses no tienen persianas, la gente pasa alegremente por delante de tu ventana y tú estás en pelotas. Vuelves a la habitación y buscas tu ropa interior y tu camisón, cosa que te lleva su tiempo. El camisón está hecho un gurruño debajo de la esquina derecha de la cama, y recuperar las braguitas implica además tener que desenredarlas del dedo gordo del pie del tío que está en tu cama. El tío en cuestión trata de convencerte de que te quedes un rato más. Y un huevo, que me muero de hambre (recordemos que el día anterior ninguno de los dos había cenado). Preparas un par de Cola-Caos y compruebas que los bizcochos no lleven ningún ingrediente de origen animal (manda webs, estos vegetarianos :P). Gritas desde la cocina para ver si quiere zumo de naranja.

Desayunáis juntos entre miradas de complicidad y sonrisas pícaras. Entre sorbo y sorbo él trata de mirarte el escote y de acercar su silla a la tuya. Te hace cosquillas. Te da besitos por el cuello. Sobre la mesa quedan dos tazas aún medio llenas de Cola-Cao y un bizcocho mordido, pero los dos “desayunantes” han vuelto a la cama.

Sábado, 2 y pico de la tarde. Sales de la habitación. Tres chinas con cámaras pasan por delante de tu ventana. Vuelves a darte cuenta de que estás en pelotas. Recoges el camisón del respaldo de la silla y las braguitas de la barra de la cortina. Echas una ojeada al Cola-Cao frío y, tras unos segundos de duda, lo tiras por el desagüe. Total, ya es hora de comer. De repente recuerdas que ese día habías quedado con Rizos a las 3 para ir a comprar globos y vino... esa misma tarde es la fiesta de despedida de Belo. Y recuerdas que habías ofrecido a Belo quedarse a dormir en tu casa para que no tuviera que conducir a la vuelta. La casa está hecha un desastre y tienes media hora para arreglarla y arreglarte... eso sin contar que sigue habiendo un tío en tu cama. ¡MIERDA! Sacas al tío de la cama, lo vistes, le das dos besos y tratas de que no se noten mucho los empujones...

Ordenas la casa en la medida de lo posible escondiendo las cosas debajo de la cama y detrás de la puerta. Te pones lo primero que encuentras. Sales corriendo para llegar justo a la hora a casa de Rizos. Por el camino notas unas ligeras molestias: la Mujer de Rojo ha decidido hacerte una visita justo ese día y en ese momento. Me gusta ser mujer (sic).

Sábado noche. En la fiesta no estás para demasiados bailes... te sientes como una camiseta roja de mala calidad que destiñe. No obstante no dejas de pensar que al día siguiente Maus ha prometido llevarte a dar un paseo en su moto: una enorme Suzuki negra de 750 cc. La única vez que has montado en una moto mayor que una Vespa tenías 7 años y te llevó tu tío en un desplazamiento récord de 100 metros, todo lo que pudo andar hasta que tu tía salió de casa chillando: “¡¿Cómo se te ocurre montar a la cría ahí?!”. Desde entonces siempre has querido repetir la experiencia.

---

PD1 Continuará...

PD2 ¿Por qué coño estoy hablando en segunda persona?

 
Sin problemas de identidad sexual
Me han llamado mucho la atención algunos comentarios al post anterior. A pesar de que la mayoría de vosotros habéis tomado la experiencia lésbica en la fiesta gay como lo que fue - una diversión -, no deja de sorprenderme el encontrarme con cosas como "a ver si ahora resulta que eres lesbiana", "me parece que estás confundida", "¿y ahora qué vas a hacer con Rizos?", etc etc.

Hay un error que se comete muy a menudo cuando se trata el tema de la homosexualidad, y es considerar que se define meramente por los actos sexuales. No es así, en absoluto. Besarme con otra mujer, o tocarnos, o incluso acabar realizando todas nuestras fantasías ocultas bajo el edredón no nos hará lesbianas a ninguna, ni nos hará "dudar de nuestra sexualidad".

Señores, no es la actividad sexual la que determina la tendencia de una persona. Son los sentimientos.

El día que descubra que estoy enamorada de una mujer, que la vea y sienta un cosquilleo en el estómago, que me acueste y me levante pensando en ella... ese día desde luego sabré que soy lesbiana. Y conociéndome no sería ningún trauma... vamos, lo publicaría hasta en el BOE. Os enteraríais vosotros y todo aquel que me conozca (y algunos que aún no me conocen :P).

Pero eso es altamente improbable; la sexualidad no es algo que cambie como una brújula, sino que somos nosotros los que a veces nos negamos a aceptarla; la mía ha estado clara desde el principio: sólo tengo sentimientos especiales hacia los hombres. En mi caso nadie me ha presionado para que sea así, ha surgido de forma natural y nunca he tenido ninguna duda. Cuando un mero acto sexual siembra ese tipo de dudas es generalmente porque la persona tiene miedo a las consecuencias de descubrir que su vida no es tan ordenada y tan predecible como había pensado.

Os contaré una historia que llegó a mis oídos hace unos meses de boca de una compañera de trabajo, Jill, de la que ya os había comentado algo en uno de mis artículos: esta chica es muy liberal sexualmente, y ha estado involucrada en algunos tríos con dos mujeres y un hombre. Nos contaba en una noche de copas que un día, hablando con una chica del departamento de este tema a la que llamaremos Poshie, la cosa se salió de madre, el alcohol hizo su efecto y Jill, Poshie y un amigo acabaron juntos en su apartamento toda la noche. Parece ser que los tres disfrutaron mucho de la experiencia, y al terminar se fueron cada uno a su casa dando por terminado el asunto.

Pero Poshie no.

Ella le daba vueltas y vueltas en la cabeza... llevaba años muy feliz con su novio hasta esa noche, en la que descubrió que el contacto con una chica le había gustado mucho. ¿Sería lesbiana? ¡Dios mío, no! ¡Eso arruinaría su vida! Su carrera, su matrimonio, los supuestos hijos rubios y de ojos azules que iba a tener... la gente la señalaría con el dedo por la calle: "¡Mira, ahí va la bollera!"

Poshie dejó a su novio, agobió a la pobre Jill durante semanas y entró en una depresión. Acabó teniendo que acudir al psicólogo, quien la sometió a terapia. Dos meses después de terminado el tratamiento, la chica volvió con su novio, terminó la carrera, se casaron y tuvieron hijos rubios y de ojos azules.

Jamás volvió a mencionar el tema del trío.

¿A dónde quiero llegar con esto? A que la mayoría de nuestras inseguridades están en nuestra cabeza. Si sabes lo que eres y quién eres puedes permitirte el lujo de experimentar sin miedo a que un mero juego, o una experiencia, te destruyan como persona o pongan en duda lo que tú siempre creíste que eras. Y que si realmente sucede así, puedes estar segura de que el problema no es el episodio de lesbianismo, o el trío, o el beso que Juan le dio a Pepe. El problema es que no sabes lo que eres, o bien que has llegado a ser quien eres por influencia externa y no por ti misma... con lo cual, cuando la influencia externa cambia, tu pequeño y frágil mundo se derrumba.

Me he dado unos cuantos morreos con Rizos en una fiesta gay. Antes de eso viví 29 años siendo felizmente heterosexual y Rizos era mi amiga.

¿¿¿Y ahora???

Ahora soy felizmente heterosexual y Rizos es mi amiga.

Así de sencillo.

¡Y las tías besamos de puta madre!

---

Nota: estooo... bueno, sí... Maus... cómo os lo explico yo... digamos que me he pasado mis principios por el forro. Ya os cuento...

 
Cine con Maus y... mi primera experiencia lésbica (lo prometido es deuda)
El lunes por la tarde quedé un ratito con Rizos. Estaba aún recuperándose de un catarrazo que le dio nada más volver de Dublín y sólo nos vimos el tiempo suficiente para intercambiarnos las fotos y contarnos las últimas novedades. Entre las mías estaba, por supuesto, Maus. Antes de despedirnos y hacerme jurar y perjurar que le contaría todos los detalles mórbidos en cuanto ocurrieran, me comentó que el martes tenía pensado irse a una fiesta gay que se celebraba en un local llamado Live, en el que ya habíamos estado en otras ocasiones. Viniendo de Rizos aquello resultaba de lo más normal, y eso sumado a que últimamente aquel que no va al menos una vez al año a una fiesta gay - a pesar de no serlo -, no entraba en la categoría de megachachi g(u)ay, hizo que le dijera que me lo pensaría.

Y me fui con Maus al cine.

PhotobucketUna de las quejas de Maus relacionada con su supuestamente frustrado matrimonio era que prácticamente nunca veían una película, y que las pocas veces que así lo hacían tenía que ser una de dibujos animados, que al parecer eran las únicas que le gustaban a su mujer. Así que esa misma mañana cargamos la página web del cine más cercano y le dije que eligiera la que más le gustara, que resultó ser una película coreana titulada “Hierro 3”... bastante alejada de mi estilo, pero todo fuera por hacer feliz a aquel hombre y sacarle de su rutina de largas tardes y noches vegetando (nunca mejor dicho, conociendo sus preferencias gastronómicas) delante del televisor.

La película en cuestión era rara, rara, rara. A lo mejor se debe a mi falta de sensibilidad femenina, pero me pareció lenta, extraña y más empalagosa que Joselito cubierto de mermelada de fresa. El argumento se centra en un chico que se dedica a dejar publicidad de una pizzería en las puertas y entrar en las casas cuyos inquilinos no han retirado la publicidad en 24 horas. Una vez dentro no se dedica a robar como cualquier honrado ladrón, no, sino que limpia la casa, lava la ropa y arregla cualquier aparato que no funcione bien (a ver si algún día se pasa por la mía). Un día entra en una de ellas sin percatarse de que la dueña está en casa y comienza un romance idílico entre ambos con unas situaciones tan esperpénticas que harían quedar a Luis Buñuel a la altura de un aficionado.

Yo entré al cine con una bolsa de gominolas. A los 20 minutos de película, y en un movimiento digno de un profesional, Maus hizo como si cogiera una y me arrebató la bolsa entera, aprovechando así para agarrarme la mano (lo sé, es el truco más viejo del mundo, pero aún sigo picando). Yo no sabía exactamente qué hacer... no me molestaba en absoluto esa mano ahí, pero dudaba en dónde estaba el límite entre lo que se puede hacer o no con un hombre casado. Estaba claro que él ya había sobrepasado ese límite confesándome que le gustaba e intentando besarme el viernes anterior, pero no era mi caso. Decidí esperar a ver qué más hacía, pero no pasó de recorrer mi mano con la suya y hacerme cosquillas en los dedos. Para él la película fue sublime, lo cual no sé si me deja a mí a la altura de una burra incapaz de apreciar el séptimo arte o a él a la de un romántico empedernido.

Fue al volver del cine cuando Maus demostró definitivamente que los lectores que opinabais que NO respetaría mis cacareados principios habéis ganado un perrito piloto. Me agarraba de la mano, de la cintura, se abrazaba a mí y después del tercer beso rechazado se dedicó a tratar de convencerme de que un beso en los labios “no cambiaba nada”, que para él sólo tomar mi mano ya había significado más que una noche entera de sexo pasional... a lo cual respondí que, si ya había disfrutado del sexo pasional, ¿para qué coño quería el beso? (batallas dialécticas a mí...). Cuando ya me iba a despedir de él pura y castamente para entrar en mi casa, me preguntó con cara de inocencia si podía entrar a usar el baño. Ello originó un apresurado recorrido previo de esta menda retirando ropa interior, platos sucios y objetos varios para dejar la casa más o menos presentable en tiempo récord (lo creáis o no, no había tenido la más mínima intención de acabar dejando entrar a nadie) y numerosos autorreproches acerca de lo infrecuentes que se estaban haciendo las tareas de limpieza en mi apartamento.

PhotobucketY claro, una vez en casa pues por qué no aprovechaba para enseñarle algo de la música española de la que habíamos hablado en la cita anterior. Así que se me sentó en el ordenador con los ojitos en forma de corazón y en cuanto me despistaba me encontraba su cabeza en mi hombro, su mano en mi cintura o me pedía con voz melosa un “¿me das un abrazo?” al que nunca me he podido negar.

Todo esto puede sonar bastante frío por mi parte, pero lo cierto es que en ese punto yo tenía un cacao mental que ríete tú del Nesquik. El chaval me gustaba, lo tenía en casa en plena noche, hacía tiempecillo que yo dormía más sola que Bambi el Día de la Madre y encima el chico me daba todas las señales de que quería algo (¿sólo algo?) más... Cada vez más mi conciencia era arrastrada por el tsunami de las hormonas, sobre todo cuando Maus se dedicaba a hablarme en susurros cerca del cuello o de la oreja (¡¡¡que levante la mano aquel que no tenga la oreja sensible!!!), y en un último alarde de voluntad, cuando el chaval ya me dijo claramente que no le importaría nada quedarse a dormir en mi casa (ahora se le llama “dormir”) me las arreglé para mirar el reloj, exclamar un “¡pero qué tarde eeees!” y sacarle de casa casi a empujones. Tampoco hubo beso esta vez, ea.

PhotobucketEsa noche ya me costó dormirme – sí, las mujeres también nos podemos quedar con “dolor de ovarios”, como ya quedó patente en el caso del famoso italiano rarillo – y encima me desperté de golpe sobre las 5 de la mañana, para pasarme el resto de la madrugada dándole vueltas a la cabeza acerca de mil cosas: el trabajo, mi mala relación con la jefa, mis amigos que se iban, y ahora el lío este con Maus que no sabía cómo acabaría, pero que casi con un 90% de probabilidad sería mal. A consecuencia de todo ello la jornada del martes estuve de un sensible subido, llorando por las esquinas y los baños a la mínima de turno. Para más inri, la tarde del martes quedé con Muso y, cómo no, acabamos ambos llorando en nuestros respectivos hombros pensando en que sólo nos quedaba un mes juntos, y después seguramente ya no nos volveríamos a ver más. Ese día le hice la competencia a María Magdalena como llorona oficial de la historia. Al final de la tarde, como os podréis imaginar, tenía unas ojeras que se podían anudar debajo de la barbilla, estaba muerta de cansancio y lo único que me apetecía era llegar a casa y meterme en la cama. Le escribí un mail a Rizos diciéndole que no estaba en las mejores condiciones para una fiesta gay.

De: Rizos
Para: Pilimindrina
Asunto: Re: fiesta gay

Hola Pilimindri,

Yo también estoy melancólica hoy, el Científico (Nota: el único de entre sus últimas 50 conquistas que parecía gustarle de verdad, o algo parecido) se marcha mañana para Dinamarca y encima estoy premenstrual perdida. ¿Por qué no te vienes y lloramos las dos nuestras penas delante de un cubata? Al fin y al cabo no tenía pensado quedarme hasta muy tarde.

Rizos

Al recibir la respuesta me quedé pensativa. ¿Qué podía perder? Al fin y al cabo no podía ser mucho peor que la Fiesta de los Suicidas del Domingo Tarde. Respondí que vale, que iría.

Tenía una cara terrible. No me apetecía ni vestirme, así que me limité a ponerme la camiseta de Irlanda que me había comprado el fin de semana anterior en Dublín, unos vaqueros y unas botas cutres (y no fui con mis playeras gastadas porque no me habrían dejado entrar, que si no...). No me arreglé nada de nada y con la suerte que había tenido ese día contaba con volverme a la media hora de entrar, perseguida por las calles de Mix Village por una lesbiana de 2x2 metros y pintas de camionero.

Rizos, por el contrario, iba con sus mejores galas, con el toque más lesbo-fashion que os podáis imaginar, botas de tacón alto, cazadora de ante, gorra de copa ancha y perfume de coco. Iba dejando marcas de pintalabios en el aire. Me preparé para una noche de voyeur por necesidad. Tendría suerte si alguien me miraba siquiera.

PhotobucketNo sé qué me esperaba exactamente, quizás una pista de baile multicolor con cientos de drag-queens bailando el “In the Navy”. En vez de eso entramos en un Live casi vacío, música tan espantosamente mala y 5 ó 6 personas de lo más normal sentadas en las mesas esperando la ejecución pública del DJ. Creo que el Ave María de Schubert habría sido más bailable (y el de Bisbal habría hecho estragos). Yo contaba los minutos para volver a casa y despatarrarme sobre la cama, cuando de repente todo cambió. Bueno, la verdad es que lo que realmente cambió fue el DJ, pero fue como pasar de la noche al día: la buena música inundó el local y de repente decenas y decenas de personas empezaron a aparecer como por arte de magia. De pronto todo el mundo bailaba, y lo más increíble, ¡sin estar borrachos! El ambiente era alegre, desenfadado, la gente sonreía por todas partes, y poco a poco me fui contagiando del buen rollo reinante. Allí había tanto gays como heteros, pero estos últimos parecían haber dejado de lado la agresividad y la testosterona que solían prevalecer en muchos locales nocturnos y todos bailaban con todos, se reían, se tocaban e intercambiaban frases al son de la música. Aquello empezaba a animarse, y yo también.

Rizos y yo bailábamos entre nosotras y con todo y toda la que se apuntara. Ella se daba cuenta de mi progresivo cambio de humor y se la notaba feliz. Tan feliz estaba que el baile empezó a hacerse más provocativo por momentos. Yo ya conocía alguna de sus historias que implicaba a otras chicas (lo dejaré ahí para no entrar en más detalles) y no negaré que en alguna ocasión yo me había planteado la posibilidad de tener una experiencia con otra chica. Sin embargo nunca había surgido el tema y la cosa había quedado como mera fantasía.

Hasta ayer.

Sólo sé que las provocaciones de Rizos iban in crescendo por momentos. Yo estaba algo confundida, no sabía si aquello era para mimetizarnos con el ambiente general o realmente se me estaba insinuando descaradamente. A veces cuando bailábamos pegadas se acercaba a mi cuello y lo rozaba con los labios, o directamente le daba un mordisquillo y luego se retiraba rápidamente. Otras nos poníamos a bailar pegaditas y me recorría todo el cuerpo con las manos. A mí me picaba la curiosidad y la dejé seguir, hasta que en un momento dado se me acercó al oído y me preguntó: “¿Y qué pasa si ahora te doy un beso?”. Ella tomó mi cara de sorprendida por rechazo, y se apresuró a decirme: “hey, si no quieres no pasa nada, ¿eh?”. Yo sonreí, me acerqué y le dije: “¿desde cuándo pides tú permiso pasa dar besos?”, con lo que debí dejarla más confundida aún, y durante los minutos siguientes el bailoteo siguió sin más provocaciones descaradas. Pero eso me dio tiempo para decidir que no me importaría nada confundirme con el ambiente gay esa noche.

PhotobucketEn un momento dado Rizos se puso a hablar con un chico que acababa de entrar y al que aparentemente conocía, y yo aproveché para irme al baño. No me dio tiempo a salir, allí estaba Rizos mirándome con cara de curiosidad. “A lo mejor aquí en el baño te da menos vergüenza”. “¿Y quién te ha dicho que me dé vergüenza?”, respondí yo con media sonrisa y alzamiento de ceja. Y ahí se acabaron las dudas. Se me acercó despacito, las dos cerramos los ojos y nos dejamos llevar; los labios se juntaron y las lenguas se enredaron una en otra. Las chicas que iban entrando nos miraban con curiosidad. Francamente, fue uno de los mejores besos que recuerdo. ¿Sería el morbazo o será que, definitivamente, las chicas besamos mejor?

A partir de ese momento se acabó toda la timidez. Se nos debía notar más seguras de nosotras mismas, porque en la pista de baile arrasamos. Sólo nos faltó bailar con el DJ, y eso porque estaba dentro de una cabina de cristal, que si no... Hubo algún otro beso y alguna otra provocación, aunque esa noche y en aquel lugar pasaban bastante desapercibidos.

Luego Rizos desapareció un ratillo y yo seguí bailando con dos españoles hasta que me picó la curiosidad y me puse a buscarla. La encontré intercambiando besos con el chico que la había saludado anteriormente, así que los dejé solos y seguí a lo mío, dispuesta a cotillear más adelante. Francamente, pensé que sería un ligue discotequero más. Cuando volvió la reté medio en broma medio en serio: “¿a que no te atreves a darme un beso delante de tío con el que acabas de estar?”. “¿¿Que no?? Ven para acá.”. Y dicho y hecho, pedazo de morreo a un lado de la pista... sin embargo la bromilla tuvo un efecto inesperado: la siguiente vez que Rizos trató de acercarse al chico en cuestión el chaval estaba todo enfurruñado, ofendido, echándome miradas penetrantes e interrogándola: “¿Y esa quién es? ¿Qué tenéis vosotras dos?”. Yo me quedé bastante sorprendida, hasta que Rizos me explicó que el chaval no era un ligue de discoteca, sino el que ella siempre había llamado “el Astronauta”, un estudiante de ingeniería aérea que al parecer llevaba semanas dejándole florecitas a la puerta de casa, escribiéndole notas de amor y mandándole mensajitos al móvil. “¿Pero por qué no me lo dijiste antes, leches?” “Porque estamos en una fiesta gay y pensé que él lo tomaría como lo que es, un juego”. “Bueno, al menos no me puedo quejar: mi primera fiesta gay, mi primer beso lésbico, y la primera vez que pongo a un tío celoso... ¡con otra tía!”.

PhotobucketPero la cosa no acababa ahí. Mientras dejaba a la parejita sola discutiendo sus problemas de celos me fijé en un chico alto y bastante guapo que bailaba solo y que me echaba miraditas y sonrisas insinuantes. “¡Qué coño!”, pensé, y fui directa a él. Estuvimos bailando un rato y yo me puse en plan provocativo (ahora me tocaba a mí), hasta que noté algo raro en el suelo. Miré para abajo y vi un morro enorme que se desenroscaba cual matasuegras y que provenía de una chica rubia que me miraba con rayos y centellas brotando de sus ojos. Me acerqué un poco más al chico con el que bailaba y le pregunte: “Oye, pregunto yo, por casualidad... aquella rubia enfurruñada no será tu novia, ¿verdad?”, “Ah, pues sí”, “Estoooo... mejor os dejo solos, no quiero que me saquen los ojos hoy por partida doble”. Me escabullí todo lo discretamente que pude.

Rizos volvió a bailar conmigo y al rato apareció su Astronauta con un amigo. Estaba más que claro que este hombre trataba de evitar que bailásemos juntas a toda costa, cosa que él acabó de confirmar cuando me plantó a su amigo delante, me dijo: “Este es Cris”, agarró a Rizos y se la llevó a otro extremo de la pista. Cris y yo nos quedamos mirándonos con cara de gilipollas. El chaval no era feo en absoluto, pero francamente no me gustaba que me utilizaran de sujetavelas y supuse que a él tampoco, de modo que después de las presentaciones de rigor traté de escabullirme por todos los medios. Rizos parecía estar haciendo lo propio y acabamos las dos escapando de su Astronauta por toda la pista de baile en una persecución digna del mejor capítulo de Benny Hill. Como era ya la 1:30 de la mañana decidimos dar por finalizada la fiesta gay con un rotundo éxito en todos los sentidos y nos fuimos para casita.

No habíamos andado la mitad del camino cuando escuchamos el timbre de una bicicleta. Rizos se volvió la primera y puso cara de fastidio: “¡Oh no, es él otra vez!”. Efectivamente, ahí estaba el Astronauta en busca de su amada. “No te preocupas”, me dijo ella, “tú vete para casa que yo ya me las arreglo para deshacerme de él”. “¿Estás segura?”. “Sí, tranquila, es inofensivo”.

Al llegar a casa le mandé un correo:

De: Pilimindrina
Para: Rizos
Asunto: ¿Todo bien?

Hola, acabo de llegar. Escríbeme cuando puedas para confirmar que todo está bien y que ese tío no te da demasiados problemas. ¡Nos vemos!

Pilimindri

Al rato llegó la respuesta:

De: Rizos
Para: Pilimindri
Asunto: Re: ¿Todo bien?

Sí, tranquila, ya conseguí librarme de él. ¡Un besazo!

Rizos

PD Ah, por cierto, mientras estábamos discutiendo sonó su móvil. Era su amigo Cris, quiere saber si es posible conseguir tu número de teléfono.

Antes de ir a la cama me miré al espejo. ¿Serán las ojeras y el no dormir el secreto del éxito?


Etiquetas:  
 
Entremeses...
Me resulta imposible acabar el artículo esta noche porque estoy molida... así que se me ha ocurrido haceros una puñetada enorme y adelantaros que en breve (a ver si puedo mañana) os contaré mi primera experiencia lésbica que ocurrió ayer.

¿A que jode eh? ;P
 
Pongamos que hablo de Dublín...
PhotobucketDublín, ¿qué os puedo contar de Dublín que la haga parecer menos idílica de lo que me pareció a mí?

No eran las calles, amplias y luminosas, llenas de flores, de mil colores alegres, de olores y sonidos.

No eran los edificios, de varios estilos, ni el río Liffey, atravesado por decenas de puentes. No era la catedral de Saint Patrick, ni el Trinity College, ni siquiera era (¡de verdad que no!) la fábrica de Guinness.

Lo que me maravilló de Dublín fue su gente. Sus miradas vivas, su amabilidad, su sentido del humor. Me sorprendió, después de dos años trabajando en un país donde la gente rehuye todo tipo de contacto con desconocidos, que en esta ciudad mágica donde el idioma también es el inglés y la mitad de los comercios, supermercados y bancos son los mismos que en la pérfida Albión, el carácter de la gente sea tan diferente. Cualquier motivo es bueno para empezar una conversación, para regalarte una sonrisa o un piropo, para invitarte a tomar unas birras.

En esta ciudad aterrizamos Rizos y yo un viernes a las 8 de la mañana. No faltaron compañeros de viaje peculiares, como un grupo de ¿chicos? vestidos de algo así como una mezcla entre azafatas y bailarinas de ballet, maquillados con brocha gorda y luciendo canillas y muslos recién depilados a cuchilla. O un grupo de chicas con orejas de conejito de Playboy y minifaldas-cinturón. Me pregunté si los ingleses que desean desfogar discretamente se irían a Dublín, como quien se va a la farmacia de la ciudad vecina a comprar condones.

Rizos y yo veníamos a Irlanda en plan pobretón total: ella había ganado su billete de avión en la rifa de un supermercado, y yo me había comprado el mío con una compañía de vuelos baratos por menos de 50 libras ida y vuelta. Para más morro, nos íbamos a quedar en el estudio de un amigo, Alman, que estaba de vacaciones y amablemente nos había ofrecido su guarida (nunca había respondido un correo electrónico tan rápidamente para decir que a su idea de dejarnos las llaves del apartamento). Si tengo permiso de este amigo quizás pueda cambiar su apodo por uno que os resultará mucho más conocido a muchos de vosotros, todo se verá.

PhotobucketUna de las primeras cosas en las que me fijé cuando el autobús nos dejó en O’Connell Street (el O’ previo al apellido en Irlanda es algo así como el Mac en Escocia, como pronto pude comprobar) fue un pedazo de pincho enorme que se veía a escasos metros. Parecía un alfiler hecho a escala 1000000:1 que aparentaba surgir del medio de la calle y elevarse a unos 120 metros por encima de nuestras cabezas. El monumento en cuestión se llama “The Dublin Spire”, aunque casi todos los dublineses lo conocen como “the Spike” (“el pincho”). Es tan afilado que duele mirarlo. No pude evitar imaginarme a algún paracaidista con mala puntería que acabase ensartado en aquella punta infernal... ríete tú del sexo anal.

Precisamente en la base del Pincho quedamos con Jan, un amigo de Alman encargado de darnos las llaves del estudio. Tras hacerle prometer que nos llevaría esa misma noche a alguna cervecería “typical Irish” nos dirigimos al apartamento, muertas de ganas de dejar nuestras cosas y empezar a patear Dublín.

El estudio de Alman merece un post aparte para analizar las diferencias entre vivienda masculina y vivienda femenina. En él pasamos Rizos y yo infinidad de buenos momentos y cachondeos varios aquel fin de semana. Alman nos dio la bienvenida con unas cervecitas (Guinness, por supuesto) y una nota en la que rezaba: “¡Hola guapas! Siento no haber limpiado a fondo, pero soy un vago. Estáis en vuestra casa, ¡pasadlo bien! Besos, Alman”.

La primera vez que tratamos de cocinar algo nos quedamos pegadas a la cocina. Literalmente. Nos preguntamos si aquello estaba algo sucillo o se trataba de un inteligente sistema adhesivo para evitar que los platos y vasos resbalaran en caso de terremoto. Arriesgándonos a destrozar el ingenioso mecanismo nos decidimos a pasarle el estropajo y descubrir el color original de los fogones.

PhotobucketUno de los armarios de la cocina no cerraba bien. Estoy convencida de que Alman había instalado en él un sistema de IAP (Inteligencia Artificial Puñetera) para lograr que la puerta se abriera sola en el momento en que nuestras cabezas tuvieran la mayor probabilidad de estrellarse contra ella. Nos aguantamos nuestros deseos de hacer marcas en la pared con cada hostiazo que nos metíamos.

Después de media hora esperando que saliera agua caliente de la ducha, intentando a su vez que el baño no quedara completamente inundado, descubrimos un cartelito en la cocina que ponía: “Este es el botón del agua caliente para la ducha. Hay que esperar 10 minutos”

Por no hablar de la vez que saltó la alarma de incendios en el apartamento contiguo al nuestro, en plena noche y sin nadie que nos dijera cómo coño parar aquello. Una vecina oriental del primer piso, la única que respondió a nuestras plegarias, nos demostró sus amplios conocimientos de electrónica tratando de apagar la alarma a escobazos. “Esto tiene su técnica”, nos decía entre porrazo y porrazo, “sólo se apaga si le das exactamente en un punto”. A los 54 escobazos le dijimos que no se preocupara, que al fin y al cabo íbamos a salir aquella noche. La verdad es que preferíamos escuchar un timbre constante que una salva de escobazos arrítmicos. A los dos minutos de subir la china a su casa, la alarma se apagó sola.

A pesar de todo, o quizás gracias a ello, parece mentira el cariño que le puedes pillar a un estudio en solo 4 días.

Pero este post es acerca de Dublín, y de Dublín voy a hablaros.

PhotobucketYo dividiría la ciudad en “Dublín diurno” y “Dublín nocturno”. Era como visitar dos ciudades diferentes. El Dublín diurno es alegre, luminoso, con sus calles llenas de tiendas abiertas a cualquier hora (nada que ver con Mix Vllage, donde a partir de las 6 no hay nada que hacer), con parques enormes donde tirarte en la hierba a leer o dormir la siesta. Los habitantes de Dublín son pícaros y afables, hablan en voz más alta que sus vecinos ingleses, y su acento es en ocasiones indescifrable. Acostumbrados a tratar con extranjeros, se deshacen en detalles si les pides ayuda para llegar a cualquier sitio, acompañándote personalmente si creen que no te ha quedado lo suficientemente claro. La arquitectura mezcla lo antiguo y lo moderno de forma equilibrada, pasando de edificios de más de 200 años a estructuras contemporáneas llenas de cristal y luz.

Pero el Dublín nocturno... ¡ay, el Dublín nocturno! Las calles se llenan de juventud (y no tanta juventud), la cerveza corre por las venas y sus efectos comienzan a manifestarse. Sin embargo los irlandeses llevan la tolerancia a la cerveza en la sangre, y sus borracheras no son comparables a las inglesas. Un inglés borracho se vuelve hostil, agresivo; recorrerá las calles pateando bicicletas y arrojando piedras a las paradas de autobús. Un irlandés borracho (sin llegar a ciertos límites, entiéndase) es un borracho amable, gracioso, que no te hace sentir amenazada. Una de las noches que Rizos y yo salimos por Dublín nos abordaron por la calle tres chavales de no más de 18 años. Rizos, siguiendo su técnica, siguió caminando sin mirarlos ni contestar a sus comentarios. Yo, notando que no eran agresivos, les seguí el juego:

“Hola chicas, ¡mira, dos chicas solas!, ¿os hacemos de guardaespaldas?”
“Bueno, pero ¿quién os protege a vosotros? Mira que somos unas mujeres muy agresivas”
“Seguro que no, venga, me das un besito?”
“Uy no, lo siento, verás, a mí me gustan sólo las chicas”
“¿Y esa otra es tu novia?”
“Claro”
“Venga, andaaa, dame un beso, sólo uno pequeñito”
“Mira, hacemos un trato” – su cara se iluminó, pensando que ya me tenía en el bote – “Yo te doy un beso si tú se lo das a uno de tus colegas”
He de reconocer que fue una apuesta arriesgada, aunque calculé que no estaban lo suficientemente borrachos... por suerte acerté :P
“Buuuuuaaa, ¿qué dices? ¡A mí no me gustan los chicos!”
“¡Ahhh, se siente! A mí tampoco”

Nos despedimos entre risas.

PhotobucketLa primera noche Jan nos llevó a un pub llamado el Mezz, donde cada noche tocan grupos en directo. No se podía pedir un pub irlandés más irlandés que aquél. Nos lo pasamos estupendamente escuchando la música, bebiendo, sacándonos fotos y riéndonos hasta que Rizos se percató que su bolso parecía más ligero que unos segundos antes. Dicho y hecho: alguien le había robado la cartera... la cartera con dinero en efectivo, dos tarjetas de crédito, una de débito, el carnet de identidad, el de conducir, 3 paquetes de condones de sabores, un vibrador a pilas y unos calzoncillos musicales. Estooo... ya me he liado... borrad las tres últimas cosas... ¿en qué estaría yo pensando?.

Desde ese momento la noche se convirtió en un vaivén de viajes al cibercafé buscando los teléfonos en caso de robo de tarjeta, de llamadas a números que no funcionaban, o en los que nadie cogía el auricular, o en los que un locutor sin demasiada cultura general preguntaba si Dublín era parte de Gran Bretaña. De denuncias en la policía, vuelta al pub a ver si alguien había devuelto algún documento, y recuento de recuerdos personales perdidos en aquella cartera. Volvimos a casa agotadas. Por suerte aún tenía el pasaporte.

Las dos noches siguientes, por suerte, fueron más productivas. MUCHO más productivas, de hecho. Rizos y yo íbamos con ganas de bailar, y no precisamente solas. El sábado por la noche Dublín hervía de jóvenes y, pidiendo consejo a algunos de ellos, acabamos en un local llamado Bobs, con tres pisos de música y bares, un volumen no demasiado atronador y una pista de baile demasiado vacía que no tardó en llenarse. Pero Rizos y yo no necesitábamos apoyo moral para empezar a bailar solitas. No pasaban ni 5 minutos antes de que algún chico intrépido se metiera entre las dos y eligiera a una para probar suerte. Rizos llevaba desde que entró en el local diciendo que quería bailar (bueno, “bailar”... entiéndase...) con un irlandés, y cuando algún chaval guapete osaba acercársele en seguida le preguntaba de dónde era. Si decía “Holanda” o “Alemania” no duraba más de 2 minutos.

PhotobucketYo esa noche iba sobrada y me negaba a limitarme a esperar que viniera alguien a sacarme a bailar. Así que cuando uno de los chicos se agarró a Rizos yo me alejé y me puse a buscar una víctima entre la multitud que había ya bailando. No tardé en encontrar a un chaval de ojazos azules que ya había visto de reojo en un par de ocasiones anteriores, y con todo mi morro me acerqué bailando, le agarré de la mano y me regodeé en su cara sorprendida primero, feliz después, y en los codazos y sonrisitas de sus amigos, que al parecer no se esperaban que les hicieran todo el trabajo de aquella manera. Estuvimos bailando un buen rato, y luego para ver si realmente tenía algún interés le solté, le susurré un “¡gracias guapo!” al oído y me alejé dando vueltas. Volví con Rizos, que seguía en busca del irlandés errante y seguimos bailando las dos juntas. A los 15 segundos aproximadamente noté que me cogían de la cintura, me volví y me encontré con mi guapete de ojos azules mirándome con cara de “¿y tú a dónde vas?”. Rizos me miró con sonrisa de complicidad y aprobación (“pero no es irlandés, ¿no?”, “creo que no, espera que le pregunto, pero que conste que es mío igual”) y estuvimos bailando los tres en plan provocativo total, con los amigos del chico gritándole: “Eh, aprovechado, ¿te vas a quedar tú con las dos?” y haciéndole gestos a Rizos de que se decidiera por algún otro del grupo. Mientras, yo indagaba un poco en los orígenes de OjosAzules para enterarme de que había nacido en Sudáfrica pero se había pasado la vida viajando, y ahora tenía un contrato como informático en Dublín. Al rato empezó a haber menos palabras y más gestos, hasta que finalmente comenzamos a usar otro tipo de lenguaje corporal para comunicarnos. No besaba nada mal el chaval.

Rizos consiguió dar finalmente con un irlandés bastante majo. El único inconveniente para mí (aunque obviamente, para ella no lo era) era que debía ser de la misma quinta que mi Pizzakid... no creo que llegara a los 20 años ni poniéndole la mejor voluntad. Creo que tuvo que quitarle el chupete para poder acceder a sus tiernos labios. Por desgracia eran ya las 2:30 y la música terminó, se encendieron las luces y tanto Rizos como su Yogurín irlandés se quedaron con ganas de bastante más (sobre todo él, que no creo que haya tenido otra oportunidad así en toda su corta vida). Pero tanto Rizos como yo habíamos “pactado” no meter en casa de Alman a ningún desconocido. Aparte de eso ninguna de las dos pretendíamos llegar más allá de los besos en nuestra diversión, con lo que el pobre Yogurín se limitó a mandarle mensajes plañideros al móvil de Rizos durante el resto de las minivacaciones: “Quiero acabar lo que empezamos”, “dime dónde estás y te seguiré donde haga falta”, “estoy pensando en ti”... vamos, cualquiera diría que se trataba de una relación de 2 años en vez de 15 minutos de morreos en un pub.

El domingo por la noche había menos gente pero conseguimos dar con un club llamado “Q” donde la música era también bastante potable. Esa noche no hubo más que bailoteos y algún incidente con un par de chicos que no sabían o no querían reconocer las implicaciones de la palabra “no”. Rizos lo tuvo con un chaval que se empeñaba en ponerse a bailar pegado a su espalda cada 2 minutos, y yo con otro chico que me perseguía hasta a los baños. “Es que los chicos negros son más físicos, les gusta más el roce”, me decía Rizos entre risas. “Ya, pues que se roce contra la barra del bar, leñe, que un poco más y me prende fuego”, contestaba yo entre gruñidos.

PhotobucketLas pocas horas que conseguíamos dormir estaban marcadas por las limitaciones físicas... de la cama. La cama de Alman debe medir unos 70 cm de ancho, y aunque yo soy capaz de dormir en el canto de una mesa si hace falta (o suspendida de El Pincho, para que me entendáis mejor) Rizos necesita bastante más libertad de movimientos. La idea de dos mujeres apretujadas y rozándose en una minicama durante toda la noche puede resultar la mar de erótica, eso sí. Aunque el erotismo se desvanecía en el momento en el que Rizos me arreaba un codazo, me empujaba, o se levantaba con pelos de leona y mirada amenazante, rugiendo: “¡¡¡Es la tercera vez que casi me tiras de la cama, so guarra!!!”, a lo que yo contestaba con un ronquido y un murmullo ininteligible, para a continuación seguir durmiendo.

Llegó el momento de abandonar Dublín y en él se quedó un pedacito de nuestro corazón (oigh, ¿verdad que me ha quedado romántica esta frase?). Volvíamos a la fría y lluviosa Inglaterra, con los fríos y lluviosos ingleses (esto... aquí hay un adjetivo que sobra). Aunque bien mirado, entonces aún no sabía que uno de esos ingleses, vegetariano él, me iba a dar más de un quebradero de cabeza esa misma semana...

---

Nota 1: Me asombra el número de comentarios a los posts anteriores en los que me preguntáis que "por qué no le di el beso a Maus si me apetecía"... ¡pues porque está casado, leñe! No sé si en un futuro mandaré al cuerno a mi conciencia, pero de momento aún sigue ahí.

Nota 2: Por cierto, en uno de los e-mails posteriores a nuestra charla de 5 horas e intento frustrado de beso, le expliqué a Maus que no quería dar más pasos conociendo su situación marital. Él me dijo que estaba totalmente de acuerdo y respetaba mis principios. Me preguntó si podíamos ir juntos al cine esta semana, o de lo contrario se metería la cabeza en un balde de ácido sulfúrico. Ante tamaño chantaje tuve que decirle que sí...

Se admiten apuestas: ¿intentará algo antes/durante/después del cine? ¿realmente un hombre al que le gustas y que está casado es capaz de “respetar tus principios”?

Etiquetas:  
 
Lo peor...
Ayer nos fuimos Maus y yo a tomar unas cervezas en un pub cerca del trabajo.

Lo peor no es que pasáramos 5 horas hablando sin parar.

Lo peor no es descubrir que tiene una conversación interesantísima.

Lo peor no es darme cuenta de que me gusta.

Lo peor no es haber vuelto a casa juntos y haber tenido que convertir su intento de beso en un abrazo, deseando no haber tenido que hacerlo.

Lo peor no es que sea inglés.

Lo peor ni siquiera es que lleve 7 años casado, no.

Lo peor...


...¡¡¡es que es vegetariano!!!


Joder, si es que soy una experta en meterme en líos.


---

PD Lo sé, lo sé... Dublín... de este fin de semana no pasa

PD2 Al menos no tiene niños...

 
Alucinando sin falta de LSD
PhotobucketHace apenas una hora y media que he llegado de Dublín... tengo aún la maleta sin deshacer, apesto a aeropuertos y a autobús y me muero de ganas de darme una ducha y meterme en la cama. Han sido cuatro días de caminatas interminables por la ciudad, visitas a museos, castillos y catedrales varias (y de leer la palabra Guinness por todas partes, hasta en el papel higiénico) y juergas cada noche. Juergas muy interesantes, por cierto :P. No obstante llego agotada, y por nada del mundo imaginaba que me pondría a escribir en el blog esta noche.

Sin embargo no olvidemos que llevaba 4 días completos sin conexión a internet y tenía algo de mono. Y también curiosidad por conocer las reacciones a mi último artículo. Así que lo primero que hice fue echar un vistazo a los comentarios, y he de deciros que casi me caigo de la silla con algunas de vuestras recomendaciones. No sé si acabaré ligando con alguno de los candidatos, pero desde luego como risoterapia esto es de lo mejor.

También debía revisar la dirección de correo electrónico del trabajo, entre otras cosas para saber si han llegado algunos productos que necesitaré esta semana. Y ha sido ahí donde se me han roto todos los esquemas.

Debo adelantar que el jueves por la noche, después de escribiros acerca de los correos que intercambiamos Maus y yo, y no queriendo tenerle 4 días esperando una respuesta a su controvertido e-mail (cuya frase principal, recordemos, era "si no fuera tan cobarde iría contigo a tomar algo"), le envié otro mail:

De: Pilimindrina
Para: Maus
Asunto: Re: Re: Re: y mega Re: pipetas

Hola otra vez,

Ya había notado que eras algo tímido, pero yo no lo soy (bueno, lo fui una vez, aunque acabé decidiendo que resultaba bastante inútil). Dime un momento del día en el que estés libre y ya me encargo yo de bajar, agarrarte y llevarte a rastras hasta el pub más cercano. No estaré por aquí hasta el martes, así que te doy tiempo para pensar.

pilimindri

PD Nunca digas que eres un cobarde. El valor se muestra sólo en situaciones extremas, en las que generalmente el autoproclamado "valiente" se caga en los pantalones mientras el "tímido" le saca las castañas del fuego.

Aparte de lo orgullosa que me quedé de mi trascendental postdata, no esperaba realmente ninguna respuesta. Sinceramente, creí que:

1. Maus se acabaría definitivamente de acojonar y no volvería a oír hablar de él. Cuando pasara a su lado en el trabajo se escondería en los agujeros de ventilación o entre las rendijas del radiador.

2. Le acabaría picando la curiosidad y el martes me diría algo en persona.

PhotobucketDe modo que al revisar el correo hace escasamente media hora me sorprendió encontrarme con uno suyo. Lo abrí. Lo leí. Mi mandíbula inferior está adquiriendo ya bastante elasticidad a base de caérseme, de modo que en esta ocasión rebotó contra el teclado un par de veces y volvió por sí misma a su lugar como una buena chica.

Inciso: a pesar de que las cosas que relato en mi blog no son nada del otro jueves, si acaso una vida bastante normal en otro país aderezada con toques de humor, en más de una ocasión alguno de vosotros me ha acusado de inventarme parte de lo que escribo. Pues bien, en este caso debo reconocer que hasta yo me acusaría a mí misma de inventarme lo que escribo si no lo acabara de leer en mi propio buzón de correo. Es demasiado surrealista.

Fin del inciso.

El mensaje, que tengo ahora mismo abierto en otra ventana y que me limito a traducir, reza así:

De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: Re: Re: Re: y mega Re: pipetas

Hola Pilimindrineixon,

No necesito tiempo para pensar, te diría que sí en cualquier momento, pero hay alguna cosa que podrías querer considerar. Llevo casado 7 años – infelizmente durante los últimos 3 (... aquí hay información personal que no viene a cuento traducir...). No soy muy feliz con mi vida por el momento. Daría todo lo que tengo por poder estar con la persona adecuada. Debo admitir que me he sentido atraído por ti desde el primer momento que te vi y que sería fantástico llevarte a tomar algo.

Puedo haber malinterpretado tus intenciones – puedes haberme invitado sólo para hablar de ciencia – en cuyo caso habré hecho el idiota.

Ahora eres tú la que puede necesitar tiempo para pensar. Dime lo que quieres (o mándame a freír monas).

Maus

Ahora sí que me han descolocado por completo. Yo hablando de buscar ligue para echar un casquete departamental y este hombre poco menos que me está pidiendo en matrimonio. Os iba a contar lo bien que me lo pasé en Dublín, pero tendré que dejarlo para la próxima, porque escriba lo que escriba va a sonar demasiado superficial comparándolo con este correo de Maus.

Al menos hay una cosa que está clara: de cobarde tiene poco. Ahora sí que debo andar con pies de plomo para no hacerle daño (y para no meterme en un cenagal). Esta vez tengo que pediros consejos mucho más cuidadosos. Teniendo en cuenta que este chico me parece guapete e interesante, pero que jamás se me habría ocurrido plantearme ni la décima parte de lo que él me dice/insinúa en su mensaje, ¿creéis que debería...

a) ... echar a correr despendolada dejando marcada mi silueta en todas las paredes y puertas que me vaya encontrando y no parar hasta llegar a Madagascar?

b) ... cortar de raíz los correos electronicos insinuantes y tratar de volver al trato anterior entre Maus y yo (ergo: saludos, pedidos de pipetas y poco más)?

c) ... quedar a tomar algo con él de todas formas y comentarle que mi punto de vista al respecto es mucho menos ambicioso?

d) a y b son correctas?

e) a, c pero no b?

f) W – k2 = x logR?

g) ... ninguna de las anteriores?

¡Pido el comodín del público! Joer, si es que lo que no me pase a mí...

 
Compañeros de trabajo interesantes...
PhotobucketLlevo ya un tiempo con el gusanillo de tener una aventura con algún compañero de trabajo... y es que me niego a marcharme de Mix Village y de mi Departamento sin investigar las posibilidades que ofrece un edificio viejo lleno de rincones ocultos y habitaciones oscuras. El Departamento de Genética de Mix Village debe tener al menos 100 años... cualquier día cuando vaya al ático a buscar una caja de pipetas me encontraré el cadáver emparedado de algún profesor, o una habitación secreta llena de fetos deformes coservados en formol. Pero aparte de las posibilidades de película de terror serie B, todos estos recovecos estimulan mi imaginación de otras maneras mucho más interesantes. Estoy harta de escuchar a gente que presume de haber echado un casquete en los baños de su lugar de trabajo... ¿me voy a quedar yo sin experimentar en lugares mucho más amplios y originales? Pues no. Pero obviamente para eso necesito la colaboración inestimable de un ser humano de sexo masculino. Casualmente en los últimos meses hay tres a los que les he echado el ojo como posibles candidatos, aunque cómo no, siempre tiene que haber algún pequeño inconveniente.

En el artículo del día del atentado os había comentado mi intención de hablaros de un tío buenorro que acababa de llegar al departamento. Conocí al mancebo en cuestión - mi candidato a ligue laboral #1 - una tarde en la cafetería del departamento, cuando bajaba a sacar un café de la máquina. Me di la vuelta haciendo malabarismos con las manos para sujetar el condenado vasito de plástico ardiendo y vi a Nuca (la gallega que se vino a mi fiesta de cumpleaños) sentada en una de las mesas, hablando con alguien. Me acerqué a saludarla, pero me quedé en el "¡Ho...!", porque antes de poder acabar la palabra se me cayó la mandíbula inferior al suelo. Y tres dientes. Acabó sonando algo así como: "¡Hobrdbrdbrdbrlbrlbrlll... la!". Hablar sin mandíbula inferior tiene estas cosas.

PhotobucketEl origen de mi desconcierto era el pedazo de cacho de trozo de varón que tenía Nuca sentado enfrente. Una anda algo necesitada desde que se acogió a la soltería, y tíos como este deberían venir con mensaje de advertencia previa, estilo: "El macho que va Vd. a contemplar provoca desprendimiento mandibular, megasecreción salivar (y de otros líquidos corporales) y desencaje de globo ocular; consulte a su médico o farmacéutico antes de permanecer en su presencia". Nuca, la muy joía, me miró con cara de "sí, ya sé, yo opiné lo mismo al conocerlo", me devolvió la mandíbula a su sitio y me lo presentó: "Pilimindri, este es León, se ha venido de Francia para una estancia corta de 3 meses".

Nunca se me habían ocurrido de golpe tantísimas cosas interesantes que hacer en tres meses...

Pensé en sorprender al susodicho con una impecable, pícara e inteligente frase en francés, pero no se me ocurría nada en absoluto. Y soltar un "je prendre les fleurs dans le jardin de ma tante" no quedaba muy apropiado. Así que me limité a sentarme con ellos y balbucear alguna chorrada ininteligible de vez en cuando, tratando de situar mi cabeza en todo momento encima de la papelera para no inundar de babas el suelo de la cafetería.

Al salir Nuca y yo nos retrasamos un poco, ella sacó un kleenex y se puso a frotarme la frente. "¿¿Qué haces??", pregunté. "Nada hija, borrando la frase 'HAZME TUYA AHORA' que llevas escrita en la cara, no sea que la vea tu jefa y se lo tome como algo personal". "Muy graciosa... ¿pero de dónde sacáis semejantes monumentos, por Dios? ¿Hay algún catálogo especial de científicos buenorros que me he perdido o qué?". "Ni idea, pero no te me hagas muchas ilusiones, que el chico tiene novia". "¿Novia? ¿Y dónde está?". "Pues... en Francia". Sonreí. Sonreí más. Sonreí tanto que casi se me desprende la parte inferior de la cara y levanté una ceja. Nuca meneó la cabeza: "Bueno, vale, reconozco que ese era un detalle insignificante".

Vi a mi candidato #1 en unas cuantas ocasiones más (muchas de ellas provocadas completamente a propósito por esta menda, lo reconozco... nunca había subido tantas veces al lavabo del segundo piso), y me resisto a pensar que la mirada con la que corresponde a la mía sea de total desinterés. O puede que sencillamente su mirada sea siempre así de intensa, quién sabe. El caso es que ya ha pasado un mes y si quiero comprobar si hay algo que hacer por ahí tengo que darme prisa. Al menos cuento con la cooperación de Nuca...

PhotobucketPasemos al candidato #2 a ligue laboral. A este lo vi por vez primera en la barbacoa del Departamento, aunque por entonces ni siquiera estaba segura de si trabajaba con nosotros o era el amigo de algún compañero. Tanto Rizos como yo nos fijamos en él por separado, y luego al ver las fotos coincidimos en que resultaba bastante interesante. El chaval, llamémosle Sim, es alto, de pelo muy cortito, ojazos negros y piel muy morena... y también de los que lanzan esas miradas matadoras que te ponen los pelos de la nuca como escarpias.

Luego me lo fui encontrando por el Departamento en varias ocasiones, y descubrí que era un postdoc que acababa de llegar a uno de los laboratorios del sótano. De vez en cuando nos encontramos cuando utilizamos algunos de los lugares comunes, aunque sólo he cruzado un par de palabras con él. Procuro sonreírle cada vez que le veo, y he de decir que me devuelve las sonrisas con levantamiento de ceja incluido (y a mí los levantamientos de ceja me derriten, ains).

Y llegamos a mi candidato #3. Lo dejo para el final porque su historia tiene bastante más miga. Mi tercer candidato a polv... a ligue departamental se llama Maus y al contrario que los otros dos, no es nuevo, sino que lleva trabajando en el edificio desde antes de que yo llegase. Es el técnico encargado de preparar los medios de cultivo, esterilizar las pipetas Pasteur, y labores de limpieza y distribución de material. Es un chaval muy tímido y que raramente te dice nada o te mira a los ojos, pero cuando lo hace merece la pena, porque tiene unos ojazos impresionantes.

La cuestión es que desde hace ya mucho tiempo me daba la impresión de que el chico estaba interesado en mí. No es que me crea Jennifer Aniston, pero su forma de dirigirse a mí, de saludarme y ponerse colorado, o de apartar la vista cuando le pillaba mirándome ya me tenían algo mosqueada. Sin embargo por aquel entonces Muso y yo estábamos juntos y no tenía ninguna intención de (c)alentar a ningún posible enamorado.

Nuestro grupo es el encargado de los pedidos de material desechable, pipetas y placas de cultivo, y hace unos meses era mi compañero Walt el que enviaba los pedidos, de modo que Maus se dirigía a él cada vez que hacía falta algo. Pero Walt se fue a Irlanda y unas semanas antes me preguntó si me importaría encargarme yo, a lo que por supuesto accedí. "Dile a Maus que a partir de ahora me pida a mí los encargos". Al día siguiente Walt se me acercó con una media sonrisa enigmática en la cara y me dijo: "¿Me escribes tu dirección de correo electrónico?". "Claro, ¿para qué la necesitas?". "No digas nada, pero Maus me ha dicho que preferiría mandarte un e-mail en vez de hablarte". "¿¿Cómorlll?". Walt me guiñó un ojo. Yo sonreí entre divertida y desconcertada: "¿Crees que me tiene miedo? ¿Bajo y le digo que no se me asuste?". "No, creo que eso no haría más que empeorar las cosas". Nos reímos.

PhotobucketEsa misma tarde bajé al sótano y entregué en mano a Maus un papelito, sonriendo. El papelito ponía escrito mi dirección de e-mail y una frase: "Puedes hablarme, ¡no muerdo!". El chaval se puso del color de las cerezas maduras.

El caso es que, meses después, seguimos exactamente igual. Y para qué negarlo, me pica la curiosidad. La semana pasada me llegó un e-mail suyo breve y conciso:

De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: pipetas

Hola, ¿podrías por favor encargar 4 cajas de pipetas pasteur? ¡Gracias!

Maus

Hice el pedido y respondí a su e-mail:

De: pilimindrina
Para: Maus
Asunto: Re: pipetas

¡Hecho!

Dejé el ratón suspendido sobre la casilla de "enviar". Dudé un segundo. Volví al mensaje.

PD Nunca te veo por la cafetería, ¿alguna vez haces un descanso?

Enviar.

Seguí trabajando. Al cabo de un rato volví a abrir el correo. Respuesta de Maus.

De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: Re: pipetas

No suelo pasarme, rara vez tengo tiempo. ¿Por qué lo preguntas?

Jejejeje... anzuelo mordido, vamos a tirar un poco del sedal...

De: pilimindrina
Para: Maus
Asunto: Re: Re: pipetas

¡Para invitarte a tomar algo, por supuesto!. Eres una de las pocas personas a las que veo todos los días pero con la que todavía no he tenido la oportunidad de charlar de algo.

En 10 minutos tenía la respuesta.

De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: Re: Re: pipetas

Eres muy amable mostrando interés. ¡Me halagas!

¿"¡Me halagas!"? ¿Y nada más? ¿Dónde está su sentido de la aventura, leñe? Joer, está visto que aquí o toma una la iniciativa o ná de ná. Manos a la obra:

De: pilimindrina
Para: Maus
Asunto: Re: Re: y más Re: pipetas

Hola Maus,

¿Te gustaría venirte a comer conmigo uno de estos días? No sé qué clase de horarios tienes, así que esto es un disparo a ciegas. Tienes permiso para cambiar la hora o la idea, o para mandarme a freír gárgaras ;)

pilimindrineixon

Seguí dedicándome a mis cultivos y mis células mutantes durante un rato y volví a revisar el correo. Tenía respuesta. Abrí el mensaje sintiendo un cierto cosquilleo de anticipación. Me esperaba cualquier cosa menos aquella respuesta:

De: Maus
Para: Pilimindrina
Asunto: Re: Re: y más Re: pipetas

Hola,

Si no fuera tan cobarde me iría a tomar algo contigo.

Maus

¿¿¿¿¿????? ¿Qué clase de respuesta es esta? ¿Cómo se supone que lo tengo que interpretar? ¿Tanto miedo doy? ¿Me habrá abandonado el desodorante? Necesito consejo masculino, y de féminas que hayan estado en una situación similar. Mis preguntas son las siguientes:

1. ¿Qué coño significa ese mail? (esta es la más urgente, que tengo que responderlo)

2. ¿Cuál de los candidatos me recomendáis?

---

Nota de la autora: mañana nos marchamos Rizos y yo a Dublín. Serán otras minivacaciones de 4 días... ¡el lunes quiero leer vuestras respuestas, si no no os contaré cómo ha ido el viaje! ;)

 
Éxito aplazado
La semana pasada Liz Beattie, una maestra jubilada, llevó a la Asociación de Profesionales de la Enseñanza de Gran Bretaña una peculiar propuesta: la buena mujer recomendaba sustituir el término “suspenso” por el menos traumático “éxito aplazado” (“deferred success”). Según sus propias palabras, que se califique a un niño como “suspenso” puede “socavar el entusiasmo del alumno” y hacerle perder interés en el estudio, dándole la falsa impresión de que se le ha tildado de fracasado.

PhotobucketEn cualquier otro país y cualquier otra época una propuesta como esta no habría pasado de la columna cómica del periódico El Jueves. Pero en Inglaterra, el país en donde una madre puede ir a la cárcel por darle un cachete a su hijo, el país donde todo el mundo termina la carrera en 3 años porque los exámenes no se suspenden jamás, el país donde estar borracho da a cualquier adolescente vía libre para destrozar todo tipo de mobiliario urbano y posesiones privadas sin recibir castigo alguno... aquí el tema ha llegado hasta el Ministerio de Educación. Afortunadamente, de momento no ha pasado de ahí.

¿Os he dicho alguna vez lo mucho que me repatea todo lo “políticamente correcto”? En este mundo en que vivimos no se puede decir que un negro es negro, hay que llamarle “persona de color” (¿¡de qué color!?). Una persona no está gorda, tiene “exceso de peso” o bien “problemas hormonales” (a pesar de que el porcentaje de personas que realmente están gordas por problemas hormonales no llega al 1 por 1000). Una persona no es fea, sino que tiene “una belleza no ordinaria”. Y ya no existen personas locas, sino que sufren “problemas mentales” o “desequilibrios psiquiátricos”.

En los años 70, a un hijo que había nacido con retraso mental se le llamaba “idiota”. Se trataba del término médico que definía a una persona menos inteligente. “Fulanita ha tenido un niño idiota”. Así de sencillo.

Al cabo de unos años la palabra “idiota” empezó a usarse como insulto, queriendo decir precisamente eso: que la persona a la que se le aplicaba era poco inteligente. “¡Mira lo que dice este idiota!”. De pronto surgió alguna eminencia diciendo que ese término no era válido para aplicar a la persona con retraso mental, ya que resultaba ofensivo. Se inventó una nueva palabra para estos casos: “subnormal”. Fulanita ya no tenía un niño idiota, no, por Dios, pobrecito. Ahora era subnormal.

Al poco tiempo el término “subnormal” empezó de nuevo a ser utilizado como insulto. “¡A ti lo que te pasa es que eres subnormal!”. A otro iluminado se le ocurrió que, además de su connotación peyorativa, insinuar que una persona con estaba “por debajo de lo normal” era denigrante, ese término debía ser erradicado y sustituido por otro mucho más humano. A partir de entonces se los llamó “retrasados mentales”.

Pero una vez más el lenguaje de la calle, terco él, empezó a utilizar ese término como insulto. “¡Serás retrasado!”. Y válgame Dios, no tardó en aparecer otro Nuevo Mesías que se erigió a sí mismo en defensor de la dignidad de los niños con retraso mental y acuñó un término mucho más “modenno” y progresista: “disminuido psíquico”.

PhotobucketDurante todo este tiempo, los ofendidos por el uso de un término u otro nunca fueron los aludidos – los cuales sólo deseaban ser tratados con respeto y amor, como todo hijo de vecino, y con un especial cuidado por sus particulares necesidades -, sino los puritanos de la palabra que se empeñan en sacar conflictos de donde no los hay y en vigilar la moral y la decencia de las formas en vez de los contenidos. Estas personas que se autoproclaman representantes de un pueblo que jamás les ha elegido se empecinan en convertir los defectos en virtudes, en negar al individuo la posibilidad de mejorar a base de esfuerzo y tesón, en cerrar los ojos ante la realidad y desviar los temas realmente importantes para concentrarse en unas formas absurdas que, casualmente, jamás resuelven el auténtico problema.

De modo que un niño que se ha pasado las tardes y fines de semana jugando a la Play Station y se ha negado a mover un dedo por estudiar no suspende un examen, sino que tiene un “éxito aplazado”. Sin duda se culpará a su familia, que no le apoya lo suficiente; o a sus profesores, que no le motivan; o a la sociedad, que le excluye. Que exactamente en las mismas circunstancias otro niño se haya pasado horas hincando los codos para estudiar esa asignatura y la haya aprobado, incluso con nota, no es ningún mérito. De hecho eso ni se menciona. Pero decirle al otro que ha “suspendido”... ¡eso jamás! Lo traumatizará para siempre, le hundirá en la más absoluta de las miserias, lo convertirá en un paria social...y si ese niño decide violar y asesinar viejecitas en un futuro, la culpa habrá sido de aquella maestra cruel y despiadada a la que se le ocurrió calificar con un “suspenso” el examen en blanco que entregó en una ocasión. Como dijo Trillo en una de sus intervenciones más aclamadas en el Congreso de los Diputados, “¡Manda huevos!”.

La idea de fracaso es ahora algo que traumatiza, no que enseña. Porque un niño jamás debe creerse que ha fracasado, ni que es responsable de sus propios errores. Al niño debe envolvérsele en algodones y hacerle creer que, se esfuerce mucho o poco, todo va a salir bien. No se ha caído, no... ha dado un “paso aplazado”. No se ha meado encima, sino que ha hecho un “uso aplazado del retrete”. Y su compañero de clase no le ha llamado “gilipollas”... le ha lanzado un elogio aplazado.

No sea que nuestras inocentes criaturitas acaben siendo carne de diván y depósito de Valiums.

Y claro, luego llega la edad adulta. Y como este mundo en el que vivimos es tan idílico y encantador, como nunca hay obstáculos, como siempre salen las cosas como nosotros queremos, entonces la selecta educación anti-traumas que recibieron esos niños empezará a dar sus frutos:

“Cariño, es hora de levantarse.”
“No te preocupes, cielo, hoy no tengo prisa”
“Pero Pepe, vas a llegar tarde al trabajo”
“Bueno, estooo, verás... es que no hace falta que vaya más al trabajo”
“¿Qué estás diciendo? ¿Te han despedido?”
“Pero mujer, por amor de Dios, ¿¿quieres mandarme de cabeza al psiquiatra?? Lo que me han hecho es un contrato aplazado”
“¿Aplazado hasta cuando?”
“Pues... hasta que encuentre otro trabajo”
“Vamos, que te han echado”
“Repite eso más veces y te denuncio. ¿Qué pretendes, que me sienta un fracasado?”
“¿Y qué vas a hacer ahora?”
“Ya lo he estado pensando y realmente no le veo más que ventajas: estaré más tiempo en casa, podremos estar juntos, dedicarnos más el uno al otro... y bueno, tú ya sabes, corazón...”
“Sí, yo ya sé... para lo que nos va a servir estar más tiempo juntos, últimamente no tienes más que gatillazos”
“¡¡¡SSSHHHHHH!!! ¡Mira que te lo he dicho veces! Son...”
“Lo sé cariño, lo sé... polvos aplazados.”
“Exacto”
“Casi que podríamos llamarlos ‘polvos hipotecarios’, porque esto ya va para 30 años”
“No me estás resultando nada positiva, cielo, como no me apoyes con más ganas me frustraré”
“No, no te preocupes, si tampoco es problema. Pero luego no te extrañes de que siga viniendo el repartidor de butano a casa aun habiendo instalado gas natural...”
“¿¿Pero qué me estás diciendo?? ¿No me estarás poniendo los cuernos, María?”
“¡Por favor, cariño, qué expresión más ofensiva! Digamos más bien que te guardo fidelidad aplazada”