Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
La Familia Metepatas (o “por qué salí yo así”)
PhotobucketEl martes 27 de Diciembre salí de mi casa cargada con mis maletas y, sin esperarlo, me encontré con una Mix Village cubierta de nieve. Fue como el regalo de Navidad de esta ciudad que tan pronto abandonaré para viajar a la aventura. Los copos blancos acariciaban mi cara mientras me dirigía a la escalerilla del avión, y ya a punto de entrar me volví para disfrutar de aquella escena. ¿Cuándo volvería a ver nieve? ¿En qué parte del mundo esta vez?

10 días en mi Asturias del alma dejando a Maus solito… Bueno, “solito” exactamente no. Le dejé con su Aipod Nanou. Algunos de vosotros me preguntabais si le gustó mi regalo… os diré que estoy empezando a tener celos de un reproductor de mp3. Como lo vuelva a pillar dándole un beso de buenas noches o acariciándolo lascivamente, el trasto ese duerme en la calle.

Llevo apenas día y medio en Oviedo, alternando burocracia con amistades y familia. Es una combinación agotadora, pero estoy feliz. Especialmente tras esta tarde; he estado merendando en casa de mis padres, y mi hermana Bicha y yo hemos tenido uno de esos momentos fraternales en los que nos hemos puesto a recordar viejos tiempos. En cualquier otra familia, “recordar viejos tiempos” suele suponer ponerse sentimentales viendo fotos y películas en súper-8, y acabar abrazados diciéndose unos a otros lo mucho que se quieren… o bien acabar a puñetazos y ver nacer un nuevo y jugoso enfrentamiento familiar que dure décadas. En la mía “recordar viejos tiempos” significa un descojone continuo. Tanto mi familia como la gente que nos rodea parecemos sacados de un cómic de Rompetechos. Tenemos la innata habilidad de meter la pata hasta el fondo, y luego más abajo aún. Y sin pestañear.

Todo empezó cuando a Bicha se le ocurrió sacar sus cajas de recuerdos, entre ellos los cientos de cartas y postales que ha ido recibiendo desde que era muy pequeña. Siempre que hace eso le pido que me lea una vez más la carta de amor que recibió una vez de un chico que, si no nació en nuestra familia, fue por equivocación. La carta reza tal que así:

Estimada Bicha (corazoncito),

PhotobucketSé que te preguntarás quién soy y por qué te escribo con tanto secreto (corazoncito). La verdad es que llevo tiempo queriendo decírtelo pero no me atrevo. Ser tu amigo es maravilloso y muy especial y me siento genial a tu lado (corazoncito con flecha). Me preguntaba si algún día tú y yo podríamos salir. Ya sé que es muy cobarde escribir una carta anónima, así que mañana te llamaré y te desvelaré quién soy.

Alguien que te quiere mucho (más corazoncitos)

Os preguntaréis qué tiene de especial la carta en cuestión. Bueno, la explicación viene cuando miras el sobre:

Reverso: Bicha Zutánez Fulánez, calle tal del tal número tal, Oviedo, Asturias

Anverso: Pepito Pérez Fernández, calle cual de cuál número cuál, Oviedo, Asturias

Mi hermana y yo conocemos la carta como “la del amante anónimo gilipollas”. Pero sin maldad, ¿eh?.

También está la carta del “enemigo selectivo”. Cuando tenía unos 9 años, Bicha se fue a un campamento en León. Allí conoció a un niño que se enamoró locamente de ella, despertando las iras de alguna otra niña, la cual al sentirse despechada tramó su terrible venganza. Una noche, al regresar a su tienda de campaña (compartida con otras 5 niñas, una de las cuales se llamaba como ella), Bicha se encontró una carta en su saco de dormir:

Hola Bicha,

Que sepas que tienes las horas contadas. Mañana por la noche te vamos a dar. Dejaremos que cenes tranquilamente, pero ten cuidado cuando te vayas a dormir. Te estaremos esperando. Más te vale no salir de la tienda.

Firmado,

Tu enemigo

Postdata: nos referimos a la Bicha sin gafas. La Bicha con gafas nos cae muy bien y no la vamos a atacar.

Con esto empezó todo. A cada ataque de risa floja le seguía un “¿y te acuerdas de…?” hasta que las dos acabamos tiradas en el sofá agarrándonos la barriga y apoyadas una en otra casi sin poder respirar.

PhotobucketLos despistes de nuestra familia y amigos vienen de largo, empezando ya por mis abuelos, que nos dieron buen ejemplo. A mi abuelo paterno, por ejemplo, lo encontró su mujer un día untando levadura en tostadas. Ante la horrorizada pregunta de qué leches estaba haciendo, él contestó: “Nada, que me pareció que este paté estaba buenísimo. No te preocupes que mañana te compro otro”.

Aunque mi abuela paterna tampoco está para tirar cohetes. Durante unas vacaciones y tras muchas horas en coche la pobre mujer tenía… estooo… cierta zona de la anatomía femenina bastante irritada. Medio a oscuras se puso a rebuscar en la maleta por el tubo de pomada “Bálsamo Bebé”, tan útil en estos incómodos casos. Se la aplicó con discreción (y a discreción) y cuando fue a cerrar el tubo se fijó en lo que ponía: “Pegamento iMedio”.

Mi rama materna de la familia tampoco se salva de la quema. Una de mis tías trabajó como peluquera en casa de sus padres, en el pueblo. Cuando mi abuela quería atusarse los pelos en ocasiones especiales (véase entierros, bodas o funerales), bajaba pues a la peluquería a hacer buen uso de todos los mejunjes varios allí acumulados. En una ocasión en la que llegaba tarde a una boda, bajó corriendo conmigo detrás, se peinó lo mejor que pudo y extendió la mano para agarrar el spray fijador. Yo debía tener unos 5 ó 6 años y me quedé mirándola fijamente, hasta que ella, nerviosa, me preguntó qué encontraba tan interesante. Yo señalé a su mano. Ella miró. Se había fijado el pelo con limpiacristales.

Pero la especialidad de mi abuela materna son las nuevas aportaciones a la Real Academia de la Lengua. En otra ocasión se acercó a su hija y le preguntó: “Mari, ¿tú no tendrás otitis, eh?”. Mi tía la miró extrañada: “No, mamá, ¿por qué lo preguntas?”. “Nada, es que rompí el asa de un jarrón y estaba mirando a ver si podía pegarla”. Se refería a Loctite.

PhotobucketMi primer novio fue granadino. Una de las veces que visitó Asturias se trajo una bolsa llena de chirimoyas y las repartió a todos los miembros de mi familia. Al día siguiente mi abuela estuvo hablando conmigo por teléfono, y al despedirse me soltó: “Ah, y dile al mozo ese que tienes que estaban muy ricas las maricochas”

En cuestión de palabros, mis parientes tienen unos amigos que sin duda contribuyen a mantener la tradición familiar. Una de esas amigas hablaba en una ocasión de coleccionismo con una de mis tías: “Mi marido colecciona testículos”. Mi tía, con los ojos como platos: “¡Pero qué me dices!”. “Sí hija, tiene tantos que ya no sabe dónde meterlos: testículos encuadernados, testículos sin encuadernar… ¡y testículos sueltos!”.

Otra amiga se quedó a ver una película lacrimógena con ella. En uno de los momentos más trágicos, le suelta: “Menos mal que no está aquí mi hermano, ¡es un semental!”. “¿¿¿Cómo???”. “Sí, sí, un semental de cuidado, ¡llora por todo!”.

Mis tías, como buenas discípulas, siguieron el ejemplo de sus padres y amigos. Una de ellas estaba en una cafetería charlando animadamente con una amiga suya. En un momento dado, un hombre entró en el local. Mi tía se lo quedó mirando y, con la delicadeza que le caracteriza, le soltó a la amiga: “Joder, ¿has visto la pinta de nazi hijoputa que tiene el viejo que acaba de entrar?”. Silencio sepulcral. Finalmente la amiga abre la boca: “Es mi padre”.

PhotobucketUna de las hermanas de mi madre tenía por costumbre vestirse de manera bastante provocativa e ir siempre muy maquillada. Una mañana temprano llegó al trabajo antes de que abrieran y se paró un rato a mirar un escaparate de productos de oficina. Un hombre se le acercó, se puso a mirar también y preguntó: “¿Qué, qué tal andan los precios hoy?”. Mi tía, muy amable ella, contestó: “Pues no parecen demasiado caros, no”. El tío no se movía de su lado. Ella empezó a mosquearse, hasta que por fin se dio cuenta… El hombre no preguntaba por los precios del escaparate… le preguntaba por el suyo.

Otra de ellas fue a visitar a una amiga enferma, y para encontrar algo de qué hablar, se puso a admirar los objetos de arte que había por la habitación. Encima de un piano se encontró una escultura de una cabeza con gesto hosco y pelos revueltos. “Por Dios, ¡qué monstruosidad!, ¿cómo se les ocurre hacer una escultura de Beethoven tan horrible?”. “Ehm… no es Beethoven, es mi madre”. Mi tía, intentando sacar el pie del cubo, trató de arreglar la situación: “Estooo, bueno, con lo lozana y guapa que está tu madre, ¿quién fue el cafre que le hizo esta escultura que la favorece tan poco?”. “Pues… mi hermano. Es escultor”.

PhotobucketMi padre parece no obstante el principal destinatario del gen familiar del despiste agudo. Desde olvidarse de la cara de la persona con la que ha hablado durante horas hasta el punto de preguntarle a esa misma persona si había visto “al tío con el que estaba hablando antes”, hasta dejarse los grifos abiertos en casa de un cliente y tener que pagar los arreglos causados por medio metro de agua. Desde bajar a casa en taxi desde la casa de otro cliente y darse cuenta una vez en la cama de que había subido en su coche, hasta olvidarse ese mismo coche en medio de la calle con las puertas y el maletero abiertos durante toda la noche. Afortunadamente para él, su coche está tan roñoso que cualquier ladrón que se acerque a él le dejará 10 euros en el salpicadero por pura lástima.

Y claro, así salí yo. Yo, con mi espléndida orientación espacial. Yo, que entro en una tienda y al salir no recuerdo por qué lado he venido. Yo, que me paso 3 horas en un restaurante y no recuerdo qué camarera me ha atendido (si es camarerO suelo tener mejor memoria, véase PizzaKid). Que recojo un recado de un desconocido y, cuando me piden su descripción, digo que creo que era moreno de pelo rizado y ojos marrones. Cuando vuelve, era rubio de pelo casi rapado y ojos azules. A veces veo esas películas de crímenes en las que el poli bueno va a entrevistar a la quiosquera de la esquina y le pregunta: “Hace 4 meses y 3 días un hombre vino a comprar la revista Hola, ¿podría describírmelo?”, y la tía contesta convencida y sin titubear: “Sí, lo recuerdo, era moreno, bizco, con un tatuaje en el brazo que ponía ‘Nirvana’ en chino mandarín, ceceaba y tenía un leve acento norirlandés”. A mí me preguntan por la persona que me torturó sádicamente durante 5 días y como mucho acertaría a decir: “creo que tenía dos brazos”.

Mi último episodio metepatas sucedió hace escasamente un mes. Pasaba yo por delante de la puerta de uno de los laboratorios, y por el rabillo del ojo detecté una presencia interesante. Me asomé al cristal y vi un pedazo de macho rubio de ojazos verdes paseando tímidamente entre los estantes de productos químicos. Aún no me había recuperado de la impresión cuando me crucé con Ellie, la postdoc que trabaja en ese laboratorio. “Tía, menudo ejemplar de sexo masculino que tienes en el laboratorio, picarona… es nuevo, ¿verdad?, ¿me dejas que te ayude a enseñarle todo lo que hay que saber de la vida?”. Ella me echó una mirada muy inglesa, y sin cambiar un ápice su tono de voz habitual, me soltó: “Es mi novio, ha venido a buscarme hoy”. Desde entonces cada vez que la veo venir por el pasillo me escondo en una de las taquillas.

Por favor, decidme que no soy la única. Que aún tengo remedio. Que es posible sacar el pie del cubo.

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¿Me contáis alguna de vuestras meteduras de pata?
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An Aipod Nanou Blac
PhotobucketLos ingleses están totalmente obsesionados con la Navidad. Bueno, a decir verdad están obsesionados con cualquier fecha de las consideradas “especiales”, ya sea San Valentín, Halloween, el Día de la Madre, del Padre o el Día del Amigo del Yerno de la Prima Segunda por parte de Nuera. Todo lo que constituya una disculpa para salir de casa y arrasar en los centros comerciales es esperado con ansia y fruición rayanas en el paroxismo. Pero las Navidades en Inglaterra se llevan la palma de la horterada y la exageración más galopantes que en Europa se hayan visto.

Partimos ya de que los ingleses empiezan a celebrarla en Agosto. Sí, sí, en Agosto aparecen los primeros anuncios: “¡Se acerca la Navidad!”. Casi te imaginas a la tal Navidad como una tortuga enorme con gorro rojo y blanco renqueando desde Laponia. Los supermercados empiezan en Septiembre a dedicar un pequeño porcentaje de sus repisas y estanterías a productos navideños de todo tipo, porcentaje que va creciendo logarítmicamente hasta que en Noviembre te encuentras con 25 repisas saturadas de espumillón nada más poner los pies en el Tesco. Los productos expuestos en esas repisas son exactamente iguales a los del resto del año, pero metidos en cajas rojas y con purpurina y que ponen “Christmas”. Vamos, igualito que con los productos healthy, que lo único que tienen de “healthy” es la etiqueta. He terminado llegando a la conclusión de que los ingleses se creen todo lo que pongas en los envases. John, me he hecho vegetariana. ¡Pero Mary, si te estás comiendo una morcilla matachana!. Pero qué dices, ignorante, mira, en el paquete pone ‘ensalada de col’.

Pongamos por ejemplo el “Christmas Pudding” (“pudín de Navidad”). ¿Qué es un Christmas Pudding? Es un puñetero pastel de bizcocho con frutas y pasas, que durante el resto del año se ofrece en la sección de bollería como “Pudín de Frutas”. Pero claro, como se acerca la Navidad cogen, lo meten en un paquete con la jeta de Santa Claus en portada, le suben el precio al doble y ya es un “Christmas pudding”. Y la gente tan feliz, oye. No sé, yo siendo atea no es que aprecie el verdadero sentido de la Navidad, pero al menos en España los productos navideños son diferentes: turrón, peladillas, bolitas de coco y chocolate (diosssss, mira que están buenas...), almendras de turrón de Jijona... Creo que si un comerciante cogiera un sobao pasiego, lo metiera en una caja con un dibujo de un nacimiento y lo etiquetara como “Christmas Sobao” no iba a colar, ¿verdad?

Pues con lo demás lo mismo: las “velas navideñas” son las mismas velas aromáticas con las que a los ingleses les encanta apestar la casa durante todo el año, pero con pegatinas de acebo y campanitas. Los “bombones navideños” son bombones normales y corrientes en cajas rojas con papel dorado. Eso sí, los “precios navideños” suben más que las acciones del único puticlub en un pueblo de solteros.

PhotobucketUnas tres semanas antes de la Navidad propiamente dicha comienza la locura de las tarjetas de felicitación. Vale que en cualquier otro país también se envían a familiares y amigos, pero aquí sólo les falta enviárselas al gato (y exigir respuesta). No hay nada malo en mostrar un detalle y mandar una tarjeta de felicitación... el problema es que, en la furia navideña, a veces te encuentras con 40 tarjetas de personas que a lo mejor te han visto una vez en la vida y cuyo contenido es tan enternecedor como:

Para Pilimindrineixon,

Feliz Navidad,

De Zutaneixon

Este tipo de tarjetas se traducen en varias cosas:

a) Zutaneixon ha comprado un paquete de 200 felicitaciones y se ha dedicado a rellenarlas en serie ayudado por una lista de nombres que van desde la chica que le pidió la hora en el metro de Londres hasta el ciclista que le atropelló cuando hizo la comunión.

b) Zutaneixon probablemente ni recuerda quién eres

c) Zutaneixon espera respuesta tuya en forma de la misma felicitación insípida y carente de cualquier alusión personal, o de lo contrario te mirará mal y renegará de tu profunda amistad (sic) forever and ever.

d) A todas estas, ¿quién coño es Zutaneixon?

Gracias a esta locura de envíos de postales absurdas el correo en Inglaterra llega casi al colapso en estas tan entrañables fechas.

PhotobucketLuego está la hecatombe de los regalos de Navidad. En España la tradición (aunque ya empieza a cambiar) consiste en regalar cosas el Día de Reyes, y generalmente a los niños, o bien a una persona especial. Los ingleses hacen los regalos el 25 de Diciembre, y están moralmente obligados a regalar cosas a to quisqui, so pena de ser desheredados, marginados y repudiados públicamente como se te olvide regalarle algo a la tía Edmunda – a la que por otra parte no ves desde hace 14 años cuando se fugó con el tío Hermenegildo, pero es que la Navidad es la Navidad. Así, durante las dos semanas previas a la Navidad, las calles se ven tomadas por hordas descontroladas de compradores y compradoras desesperados por encontrar regalos para todos y cada uno de sus compromisos sociales. La Nochebuena (“Christmas Eve”) no suele tener celebración alguna por estas tierras. Lo del crío ese que nació la medianoche del 24 en un pesebre es una minucia. La verdadera Navidad inglesa consiste en recibir regalos por la mañana, comer y pasarse la tarde tirados delante de la televisión viendo la quincuagésima reposición de “Los Goonies”.

Ah, y por supuesto no hablemos del delicado gusto de los ingleses por unas decoraciones navideñas austeras y elegantes. Mix Village parece el expositor del concurso nacional de horteradas luminosas caseras. Los Británicos no se conforman con un árbol de Navidad, o un poco de espumillón, o una corona de acebo en la puerta de entrada, no. Eso no llamaría la atención ni los convertiría en los vecinos más envidiados del barrio. Aquí lo que se lleva es conseguir la mayor abominación visual posible a base de cientos de luces de mil colores, muñecos de nieve hinchables con movimiento incluido y Santa Claus musicales. Cada vez que salgo a la calle después de anochecer me siento en Las Vegas. Como seguro que pensáis que no soy más que una gruñona exagerada, aquí os dejo cuatro ejemplos de lo que se puede una encontrar en cualquier calle de una ciudad inglesa en estas fechas. Y ojo, que no me he pasado la noche entera buscando las fachadas más horteras; conste en acta que estas cuatro exquisiteces son una selección a partir de 12 fotos que hice ayer noche en la calle donde vive Maus. No tuve que moverme más de 200 metros. Y casi sufro un ataque epiléptico en cada una de ellas.

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¿Y a qué vienen todas estas quejas lastimeras por mi parte?, os preguntaréis. Pues vienen a que llevo meses diciéndole a Maus que los españoles no regalamos cosas el Día de Navidad, que estoy totalmente en contra de la furia consumista y que si yo le regalo algo será porque me apetezca o en un día señalado realmente importante, como su cumpleaños. Que odio que se me diga que tal o cual día tengo que comprar un regalo por narices.

Pero él no puede evitarlo: a pesar de todo, es inglés. Y como buen inglés es un genio de la ironía, las insinuaciones y los dobles sentidos. “Maus, unos compañeros y yo nos vamos a tomar una cerveza después del trabajo, ¿te apuntas?”. “No, verás, es que tengo que comprar unos regalos de Navidad. ¿Tú ya has acabado con los tuyos?” Grmblblblbl. O el otro día, que me suelta: “No me gusta la navidad, lo único que me gusta es que la gente a la que le importas te regala algo especial”. El colmo fue este fin de semana, cuando se acercó a mí con cara de cordero degollado: “He recibido el regalo de Navidad de Mamá, me ha prohibido que lo abra hasta el domingo. Pero lo he estado palpando y me da que va a ser otro de esos jerséis espantosos de lana. Me lo estoy viendo. Otro día de Navidad sin nadie que se preocupe por hacerme un regalo que realmente me guste. Yo que pongo tanto esfuerzo en buscar cosas especiales...”. Sólo le faltó tirarse de rodillas, romper a llorar y arrearse de latigazos, gritando: “¡oh mísero de mí, oh infelice!”.

Photobucket¿Y qué quiere el señorito Maus para Navidad? Pues indagando un poco y haciendo alarde de mi acentuada capacidad de adivinación he conseguido averiguarlo. No ha tenido nada que ver que los ojos le hagan chirivitas y se le caiga la baba cada vez que pasamos por delante de un escaparate de una tienda donde la tengan expuesta, ni que la tenga subrayada y rodeada con fluorescente de 3 colores en el catálogo del Argos, ni que diga su nombre en sueños durante sus episodios de poluciones nocturnas, no. Mi inglesillo vegetariano quiere una iPod. No le vale un lector de mp3 de esos de oferta 2x1 si te compras una bolsa de cacahuetes, no. Tiene que ser una iPod original. No le vale el modelo antiguo más baratillo, no. Tiene que ser una iPod nano, porque si no, no mola. Y como todo el mundo la tiene en blanco, pues él la quiere en negro. Como él dice, “an Aipod Nanou Blac”. Facilísimo.

Pero eso no es asunto mío, porque ya sabemos todos que esta menda no compra regalos en Navidad. Sería ir contra mis principios, contra las raíces mismas de mi ética personal. Sería traicionarme a mí misma. He dicho.

Así que me fui a buscar la Aipod Nanou.

Cuando fui a preguntar el precio del dichoso juguetito casi me caigo de espaldas. Y menos mal que fue sólo “casi”, porque de lo contrario al precio de la Aipod Nanou dichosa habría tenido que añadir el de las 15 pantallas planas expuestas en la estantería que tenía justo detrás. ¡Joer con la Nano, leches!... ya podía tener Nano el precio. Venga, vale, estrujaremos un poco la tarjeta de crédito y le daremos el gusto al nene con la nano. Póngame una. Al empleado casi le da un ataque de risa. “Señorita, estamos a 20 de Diciembre y este es el regalo del año... no nos queda ninguna en stock y hay una lista de espera de unas 400 personas”. “Estooo... guau”.

PhotobucketNi una. Ni una puñetera Aipod Nanou Blac en todo Mix Village. Agotadas, agotadas, agotadas. Vuelva el mes que viene. Apúntese a la lista de espera. Encárguela por correo. Chúpemela y puedo conseguirle una de segunda mano. ¡Hasta este último tenía lista de espera, el joío!. En uno de los almacenes en los que estuve me enviaron a una tiendecilla perdida en lo más recóndito de los suburbios suburbiales de Mix Village, donde me aseguraron que les quedaban 3 en stock. Cuando llegué, efectivamente, las tenían... pero en blanco. Vosotros diréis: bah joer, ¿qué más da blanca que negra? Pero es que no conocéis a Maus. Él no te pide el DVD del último éxito de U2. Él te pide el DVD del último éxito de U2 con sello digital de la Virgin, letras firmadas por la hermana sorda de Bono y edición especial con regalo de un vello púbico de Larry Mullen. Si no es ese, no le vale. Cada vez que lo escuche se entristecerá pensando en el vello ausente.

Total, que ayer por la mañana tenía que pasarme por Londres a recoger el visado para Nueva Zelanda, que por fin me han concedido. El edificio de Inmigración de Nueva Zelanda (o “New Zealand House”) queda a unos 100 metros de la parada de metro de Picadilly Circus, donde se encuentra una de las tiendas de música más famosas y visitadas de Londres: la Virgin Megastore. Allí tenían que tener una iPod por huevos.

La Virgin estaba a rebosar de clientes a pesar de ser un jueves por la mañana. Rebaños enteros de empleados cargaban los CDs de los recopilatorios navideños en carretillas y los repartían por las estanterías, donde eran rápidamente reducidos a la nada por las ávidas manos de los compradores navideños rezagados. Entre la algarabía de clientes en éxtasis consumista conseguí agarrar a un pobre empleado de la manga y salvarle de la muerte por aplastamiento. “¿Cómo puedo agradecerte tu heroico gesto, estimada compradora?”. “Fácil, dime que tenéis iPods nano negras”. “Estooo... pos va a ser que no. Agotadas desde hace semanas”. ¡Será capullo! De una patada lo devolví a la masa del populacho para que acabara sus días pisoteado y aplastado, por incompetente.

Salí de la Virgin y me puse a caminar sin rumbo y cabizbaja por Regent Street. Esperaba ese milagro que siempre sucede en las pelis cuando el protagonista ha perdido ya toda esperanza y se dispone a saltar desde el puente más alto para poner fin a sus miserables días. Suele ser en ese preciso instante cuando aparece tras de él la chica de sus sueños, que por fin ha descubierto que él es el hombre que siempre ha estado esperando (a pesar de haberse pasado toda la peli poniéndole a parir a la menor oportunidad). En la vida real la tía aparecería para escupirle después de saltar. Y en mi vida real me iba a quedar sin iPod nano.

PhotobucketY de repente, apareció. Como por arte de magia, cual si de un barco pirata se tratara, una bandera negra se dejó ver unos cuantos bloques de edificios por delante de donde yo me encontraba, ondulante bajo la fría brisa de la mañana londinense. A medida que me acercaba pude distinguir un símbolo en blanco en el centro de la bandera, que se perfiló como una manzana mordida cuando la distancia se fue acortando. No podía ser, ¿verdad?, no iba a tener tanta suerte...

Pero sí. Por pura casualidad mis pasos me habían llevado hasta la tienda oficial de Apple en Regent Street. En su interior, el paraíso: iPods, cientos de iPods, miles de iPods, de todos los tamaños, formas y colores. Un enorme letrero luminoso sobre una larga fila de clientes rezaba: “Servicio iPod Express. Elija su iPod y espere su turno”. 15 minutos después salía de la tienda con mi Aipod Nanou Blac, y una funda especial que consiguió colarme el dependiente. Con lo feliz que me encontraba creo que podría haberme colado la colección completa de éxitos del verano de Georgie Dann de haberlo intentado.

Más le vale a Maus que le guste mi regalo. Más le vale que lo adore, venere e idolatre. Como le ponga una sola pega voy a llevar a cabo un estudio práctico de la capacidad de una iPod nano de actuar como consolador anal ("Pilimindri presenta... la nueva iPod ano"). Bien mirado tendría sus ventajas. Cada vez que tuviera gases se podría escuchar el último single de Maroon 5 a través de su ombligo.
 
Adiós, viejo amigo
Esta mañana tuve que despedirme de un buen amigo. Durante más de cuatro años fue mi compañero de viaje, de aventuras, de incidentes. Me ha visto reír y llorar, suspirar y gritar, enfadarme y reconciliarme. Me ha visto amar. Pero los años no perdonan, y hoy hemos hecho juntos el último viaje.

Traducción: hoy he llevado al Reichín al desguace.

PhotobucketEn España, que yo recuerde, por muy viejo y destartalado que esté un coche, siempre tienes la opción de llevarlo al desguace y que te den unos 50 euros por él. En Inglaterra no sólo no te dan un duro, sino que además tienes que pagar: entre 50 y 100 libras del ala (70-140 euros) por deshacerte de tu vehículo. Manda narices. Pero buscando y rebuscando por los entresijos de la red encontré un centro de reciclaje de marcas francesas donde podría dejarlo gratis, y donde al menos aprovecharían lo aún aprovechable. Si el Reichín tiene que morir, al menos que se convierta en donante. De esta manera tendré la ilusión de mirar la carretera e imaginar que alguno de los coches lleva el cristal de la ventanilla trasera, o el faro delantero izquierdo, o la manilla de una de las puertas de mi viejo amigo.

Esta mañana, después de retirar todos los trastos que he ido acumulando en él a lo largo de los años - parece mentira todo lo que puede aparecer entre los recovecos de un coche, y los recuerdos que traen consigo -, me he sentado al volante por última vez. Vamos allá, pequeño. Giré la llave. El motor renqueó, gruñó, pareció como si fuera a arrancar... y ahí se quedó, emitiendo gemidos gemebundos como un perro apaleado: weoo-weoo-weooo-weooooo. Hace un par de semanas ya se había negado a moverse tras una noche en la que las temperaturas fueron tan bajas que incluso se congelaron por dentro los cristales, pero no me esperaba su negativa de hoy. Dijérase que sabía lo que le esperaba. Con un gesto de tristeza, le animé: “¡Vamos hombre!, ya sabes que no hay otra opción, no me hagas esto Reichi...”. Pero no hubo manera. Las luces de la radio perdían intensidad con cada golpe de llave, y los gemidos se iban haciendo cada vez más bajos y graves: wooooo...woooo...wooooooo. Batería muerta.

Por suerte el coche del vecino de abajo, Alp, estaba aparcado justo al lado del mío: un Volvo enorme y recién compradito que era el orgullo de su dueño. Llamé a su puerta y le pillé afeitándose (al vecino, no al Volvo). Torció un poco el gesto cuando le pedí que saliera y me permitiera cargar mi batería, pero en cuanto le comenté que era para llevarlo al desguace exclamó precipitadamente: “¡dame dos minutos!” con un gesto de satisfacción mal contenido. No era de extrañar su alegría: una chatarra al lado de su Volvo le quitaba clase; a veces bajaba de su coche y miraba a mi Reichín enarcando las cejas, pensando: “Eres como el pedigüeño que se coloca a mendigar en la puerta del Hilton”.

PhotobucketCuando finalmente salió yo ya tenía los guantes de trabajo puestos, la capota levantada y los cables de batería en la mano. Tras un breve período de búsqueda infructuosa, Alp consiguió encontrar la manija para abrir su coche. Se podría comer sobre cualquiera de los componentes de su motor, de lo limpio que estaba todo (sobre el mío se podrían plantar patatas): de hecho resultaba difícil saber qué era cada cosa, ya que todo estaba cubierto pulcramente por tapas de plástico relucientes. Tras abrirlas todas al menos 3 veces y rascarse la cabeza inquisitivamente, Alp tuvo que confesar que no tenía ni zorra idea de dónde estaba la batería. Yo no daba crédito a lo que oía. Dejé los cables y me acerqué a su coche.

“A ver... joer chico, aquí cualquiera encuentra nada. Veamos... Oye, pues francamente, yo tampoco la encuentro”
“¿Crees que será esto que pone no sé qué de ‘electric’?”
“No, esto no es”
“Pues es lo único que tiene mi coche y el tuyo no”
“Ehm... Alp, eso son las bujías. Mi coche no las tiene porque es Diesel”
“Ahhhh... ya, claro, ya lo sabía. ¿Y si quito este tubo de plástico de aquí? Igual está debajo...”
“Yo de ti no lo haría, ese tubo de ahí es del líquido de frenos”

Tras 15 minutos de rebuscar como gilipollas la batería fantasma, Alp cogió el móvil y llamó a un amigo que al parecer tenía el mismo modelo. Cuando colgó el teléfono el misterio estaba resuelto: los Volvo llevan la batería en el maletero.

Tras decidir que empujar mi mini-coche iba a ser menos arriesgado que tratar de dar la vuelta a su trasbordador (para lo cual tendría que meter media trasera en una carretera con un tráfico infernal), yo me puse al volante y él se dedicó a derrochar testosterona demostrándome que, aunque no sepa dónde está la batería de su coche, es capaz de empujar el mío. El primer empujón fue de hecho tan entusiasta que casi nos llevamos por delante (o por detrás, más bien) a una pareja de viejecitos que en ese mismo momento caminaban por la acera. Por suerte pisé el freno a tiempo. Me imaginé la escena.

Alp, ¿las viejas de Mix Village saben de mecánica? No. Pues entonces creo que acabamos de atropellar a una.

Por suerte, y sin más incidentes, conseguimos posicionar a mi Reichín oliéndole el maletero a su Volvo cual perrillos que se acaban de conocer, y tras una rápida carrera hasta mi apartamento para buscar una llave inglesa - los Volvos no se conforman con tener la batería escondida en el lugar más recóndito del maletero, no: además tienes que retirar tres tuercas enormes para poder acceder a ella - conseguí que mi niño arrancara por última vez.

PhotobucketRecordaré el viaje hasta el desguace durante años. No sólo por la pena de saber que sería la última vez que me sentara tras el volante de mi coche, no sólo por la avalancha de recuerdos que pasaban, uno tras otro, por mi cabeza. Si hay algo que fue memorable de ese viaje fue escuchar en la radio el último éxito de Celine Dion (ni siquiera sé el título aún), la cantante favorita del Fistro, mirar al asiento del copiloto y casi poder verle ahí, sentado, sonriéndome con sus enormes dientes blancos y sus impresionantes ojos azules. El Reichín se lo había comprado de segunda mano a un primo del Fistro, y la mayoría de recuerdos que tengo en él son de nosotros dos juntos, saliendo de juerga, viajando con nuestra pandilla a conocer Asturias, o bien sencillamente conduciendo hasta su casa, en Gijón, para encontrarme con su sonrisa y su cariño, hace ya más de dos años, cuando yo aún hacía el Doctorado en Oviedo y creía que los amigos de verdad no se mueren nunca. La experiencia, no obstante, me ha envejecido más que el tiempo; he perdido parte de aquella inocencia. Ahora sé que los amigos también pueden morir, y que deshacerse de aquellos objetos que un día compartisteis es como arrancar un trocito de tu corazón.

Esperaba más papeleo. No creí que despedirse de un viejo amigo sólo requiriese una firma y mostrar el permiso de circulación. “Eso es todo, déjanos las llaves y listo”. No, eso no era todo. No estaba lista. Pero tuve que irme y dejar allí a mi Reichín. Me acerqué a él por última vez y pasé la mano por su ajada carrocería. Adiós, pensé. Me alejé mirando atrás como la madre que deja a su hijo en el colegio por primera vez. Los niños vuelven a casa después del colegio. Mi Reichín acabaría convertido en un cubo de metal antes de que acabase el día.

PhotobucketDesde el desguace había aún un buen trecho a pie hasta la parada del autobús que me devolvería a una Mix Village un poco más fría y solitaria que antes. Caminé agarrada a mi mochila, que contenía los documentos del coche y el frontal de la vieja radio, que quise guardar como recuerdo. Alguno de los coches que pasaban me daba las luces, o me saludaban sus conductores; me sentía como una autostopista. La mañana era fría pero soleada, y respirando el aire gélido mientras caminaba por la hierba cerca del arcén de una carretera secundaria perdida de Inglaterra volví a sentirme como una viajera sin rumbo. Hoy Inglaterra, mañana Nueva Zelanda... ¿y pasado mañana? ¿Volveré alguna vez a mi Asturias del alma? ¿Cuántas más cosas dejaré atrás?

Sábado noche en Mix Village. Escucho a los primeros borrachos de la noche pasar rebuznando por delante de mi ventana. Ahora ya no me preocupa que me doblen el limpiaparabrisas o me pinchen una rueda...

¿Se puede querer a un coche? Porque le echo de menos...


 
Martes y 13 y la delgada cinta roja...
Cualquiera de vosotros que haya pasado por un proceso administrativo ha tenido el placer personal de lidiar con la burocracia. Solicitar un título, un certificado, darse de alta o de baja en la Seguridad Social, cobrar el paro... son trances por los que todos tenemos que pasar en algún momento y que, a pesar de que la lógica nos dice que debería ser algo tan simple como presentar tu DNI y recibir un papel, pocas veces sucede así. Poquísimas veces. ¿Cuántos de vosotros os habéis encontrado sopesando el riesgo de acabar en la cárcel contra el placer de estrangular sádicamente a algún funcionario de ventanilla que os ha hecho volver por quinta vez aludiendo que “os faltaba tal papel o cual firma”? Muchos, ¿verdad? ¡Pues muy mal hecho! ¡Deberíais avergonzaros! Los funcionarios de ventanilla son trabajadores esforzados y eficientes que no merecen un trato semejante. Además, vaya una chapuza. El arsénico diluido en el cafetito de media mañana funciona mucho mejor y no deja trazas orgánicas.

PhotobucketPues tengo una magnífica noticia que daros: la burocracia es igual en los demás países. Peor aún, si cabe; especialmente cuando para conseguir lo que buscas debes combinar burocracias de 4 ó 5 sitios diferentes. Cuando a Burocracia se le unen sus primas lejanas Bureocracy (también conocida como la temible Red Tape, o “Cinta Roja”), Bureaucratie, Burocrazia y 名 官僚政治[制度 puedes ir preparándote para la guerra de los papeles locos. Si ya es difícil conseguir un puñetero papel en una ventanilla... ¿os imagináis lo que es intentar que te consigan un papel de Gibraltar desde una ventanilla de Tegucigalpa? Pues yo no me lo tengo que imaginar: lo llevo viviendo semanas. Y es cojonudo, vamos, estoy en éxtasis. Ya no sé si cortarme las venas o dejármelas largas para ahorcarme con ellas.

La Oficina de Inmigración de Nueva Zelanda en Londres es un edificio amplio y “modenno”. Sus empleados te reciben siempre con sonrisa Profidén y voz de “ya sabe que aquí estamos para atenderle” impecable. El problema que se esconde tras sus blancos dientes y sus amables maneras es, básicamente, que la mayoría de ellos no tienen ni la más remota idea de lo que hace falta para conseguir el visado que tú necesitas. Si algún día os aburrís y pasáis por su página web comprenderéis que no basta con llegar allí con el pasaporte y decir: “Oiga, póngame kilo y medio de visado”. No. Dependiendo del tiempo que quieras estar allí, si vas de vacaciones o por negocios, si buscas trabajo, si tienes una oferta en firme, si tu cualificación te califica como “Skilled Migrant” (“Inmigrante Cualificado”), de qué país provienes, en qué país has pasado más de 3 meses en los últimos 5 años, etc etc etc, existen unos trescientos mil tipos de visado o permiso que se te pueden conceder o denegar. Todo ello por un módico precio que oscila entre los 200 y los 600 euros.

PhotobucketTambién es cierto que puedes ahorrarte el viaje a Londres llamando a la Oficina por teléfono. Cuando lo haces descubres, ¡oh sorpresa!, que el número que se te ofrece es del tipo conocido como “Premium Rate”, algo así como las líneas 806 en España. Vamos, que te cobran una libra (1.4 eureles) por minuto de conversación. “Bueno”, piensas, “es un organismo oficial, supongo que cogerán el teléfono rápido y te resolverán la duda lo antes posible”. Sí, y en Asturias los Reyes Magos llegan a las casas en camellos propulsados por los gases de la fabada, no te jiba. Nada más descolgar el teléfono suena la voz de un hombre que tarda 30 segundos en pronunciar la palabra “hola” y te ofrece 25 opciones, entre ellas algunas tan descabelladas como “si en vez de llamar a Inmigración lo que Vd realmente deseaba es contactar con nuestra oficina de viajes, pulse 476466 con el prefijo 1934 si llama desde fuera de Peñaconejos”. No, verá, yo realmente quería felicitarle el Santo a mi tía Engracia. ¡Coño, si estoy llamando a Inmigración será porque quiero hablar con Inmigración!. Tras 5 minutos completos de opciones ridículas (cronometrados, que conste) por fin te dan la opción de hablar con un operador. Operador de bolsa, cuando menos, porque la única vez que cándidamente se me ocurrió utilizar este método para resolver mis dudas la amable empleada que respondió a mis plegarias no tenía ni idea de lo que le estaba preguntando. “Mírelo en la página web”. “Verá señora, si lo hubiera encontrado en la página web no estaría ahora mismo gastando 10 libras en llamarla a Vd por teléfono. Francamente, por el mismo precio pero marcando otro número me pasan con ‘superdotados cachondos’. Ahora que lo pienso, creo que era una de las opciones iniciales”.

Luego están los papelitos que tienes que presentar, que dichos así, a la ligera, suenan de lo más sencillo. Certificado de penales de todos los países en los que hayas vivido en los últimos 5 años. Chupado, amos. Sólo el de Inglaterra ya te tarda unos 40 días en llegar y cuesta 10 libras. Afortunadamente yo tenía uno aún vigente de hace un par de meses cuando pensé en hacerme voluntaria y una de las actividades implicaba trabajar con niños (los ingleses están obsesionados con los pederastas, ¿os lo había dicho?). Sólo me quedaba pues solicitar el de España. Recordaba de alguna vez anterior que bastaba con acercarte a la poli con tu DNI y el papelito te lo entregaban en el mismo día, así que hice una llamadita a mi familia y les dije que se pasaran por la Policía y miraran a ver si podían solicitar uno en mi nombre.

No podían.

Tenía que acercarme al Consulado Español en Londres y solicitarlo desde allí. ¿Cuánto tardaría eso? No sé, como mínimo unas 3 semanas. O eso, o un familiar mío debía presentarse con mi carnet o una copia compulsada. Vale. Genial. Supongo que bastará con compulsar una copia en Inglaterra y enviársela por correo, ¿no?

Pos va a ser que no. Sólo vale la compulsa española. ¿Y cómo coño compulso mi carnet, que está aquí conmigo, en España? ¡Aaahhh, se sienteee!

No verás, si es facilísimo: lo que tienes que hacer es venirte hasta España a solicitar el papel de marras. Esa fue la idea brillante de una simpatiquísima funcionaria de la Policía Local de Oviedo, que debe pensar que Inglaterra y España quedan a dos manzanas.

Al final acabé enviando mi DNI por correo urgente, junto con una autorización para que una de mis tías solicitara el papelillo de marras en mi nombre. Arreglado, ¿verdad? Ilusa.

PhotobucketBuena se la armé a la pobre mujer. En el primer intento le dijeron que no bastaba con la autorización. Aparte de eso había que rellenar un impreso para solicitar oficialmente el certificado. Allá que fue mi pobre tía corriendo despendolada al estanco más cercano. Luego había que compulsar una copia del DNI, porque el original no valía. Allá que fue mi tía cagando leches a compulsar la copia del DNI. Oye no, que esta compulsa no vale, porque la fotocopia es en color y nosotros la queremos en blanco y negro. Mi pobre tía con la lengua fuera vuelve a la fotocopiadora y hace una nueva copia; vuelve a compulsarla; vuelve a la ventanilla. Esta tampoco vale, te han puesto la firma de la compulsa encima de la fotocopia, y tiene que ir debajo. Mi tía, ya con los ojos inyectados en sangre y la baba deslizándose por entre los dientes, trae la nueva fotocopia compulsada. No, pues ahora que me acuerdo no vale que la solicite una tía, tiene que ser familiar de primer orden o cónyuge. Mi tía coge el móvil y llama a mi hermana, que era la única localizable. Mi hermana agarra el primer autobús y se planta allí justo 10 minutos antes de cerrar. Sí, ahora vale, pero es ya muy tarde y para hoy no se lo vamos a poder hacer. Y mañana es fiesta, así que vuelva a por él el miércoles.

El miércoles se presenta la pobre mujer de nuevo en la Policía Local. El papel está listo, pero lo que no le habían dicho es que además hay que llevarlo al Tribunal Supremo para que lo sellen y le añadan la Apostilla de la Haya. Lleve Vd este documento al Tribunal y vuelva a por el certificado cuando lo tenga. Mi tía que sube arrastrándose hasta el Tribunal. Lo siento, mañana es fiesta otra vez y hoy no creo que se lo sellen. Déjelo aquí y vuelva el viernes.

El viernes mi pobre tía regresa al Tribunal lanzando dentelladas. Por la calle la saluda una conocida: “¡Buenos días!” “GÑGÑGÑGÑ... ¡¡¡¡¡Y TÚ MÁS!!!!”. Llega al tribunal y afortunadamente la Apostilla está lista. Regresa una vez más a verle la cara a la simpática funcionaria de la Policía Local. Oiga, que no encuentro el certificado. ¿¿Cómo que no lo encuentra?? No, verá, estaba en esta carpeta y no aparece. ¿Quiere volver la semana que viene y...?

PhotobucketMi tía comienza a emitir un sonido gutural. Se hincha. Se pone verde. Se escuchan dos chasquidos... las correas del sujetador al saltar por los aires. La camisa se queda hecha jirones. Dos manos convertidas en garras sujetan a la funcionaria por el cuello y la levantan dos metros por encima del suelo: “¡DAME EL PAPEL, PUTA!”. Casualmente la funcionaria recupera milagrosamente la memoria para recordar que el certificado estaba en un cajón del archivador. MRW se encarga de que tanto el Certificado de Penales como mi DNI lleguen sanos y salvos a Mix Village ayer lunes por la tarde. Fin del episodio: LOST, perdidos entre los papeles.

La cosa no acaba ahí. Mi certificado médico debía haberme llegado a casa el martes pasado. El jueves llamé al médico, quien me confirmó que lo había enviado urgente y certificado el mismo lunes. Tras quedarme casi sin uñas, el viernes al volver a casa encontré el típico papelito en la puerta: “No estaba Vd en casa a las 10 de la mañana del 9/12/2005. Por favor, pásese por la Oficina Central de Correos de Mix Village”. El sábado por la mañana a primera hora esta menda se pegó la caminata para recoger el sobre. Casualmente medio Mix Village estaba en la Oficina Central de Correos esa mañana. Me puse a la cola. La gente entregaba su papel, y en unos dos minutos salía el empleado con su sobre o su paquetito. Eso hasta que llegué yo, claro. Yo entregué mi papelito, el tío se metió en el almacén... y desapareció. La gente que había llegado media hora después que yo recogía sus felicitaciones navideñas con una sonrisa mientras yo esperaba sentada viendo pasar la fila interminable de gente. Aproximadamente la mitad de ellos iban tosiendo, estornudando, sonándose los mocos o las tres cosas a la vez, todo ello encima mío. Me fijé en una especie de enjambre de cucarachas que había flotando por el aire, hasta que me di cuenta de que eran los virus. Un niño de unos dos años pasó a mi lado y me pegó un moco en los vaqueros. Calculé si me daría tiempo a meterle el árbol de navidad por algún orificio corporal antes de que su madre se diera cuenta.

“¿Doña Pilimindrineixon?”. Me levanté de golpe, esperanzada. “Soy yo”. “Verá, es que no encontramos su envío”. “¿Cómo que no lo encuentran?” “No, es que tenemos unas 20000 cartas de ayer en un montón, vuelva el lunes”. ¡Ja, a mí con esas! Me acerqué a él. Le miré a los ojos, amenazante. Puse los brazos en jarras. Enarqué la ceja. Luego me dejé caer de rodillas, me agarré a su pierna y le juré y perjuré que tendría una ladilla de 60 kg allí pegada hasta que no encontrara el puto sobre. A la media hora el hombre salió del almacén cubierto de cartas y con la mía entre los dientes.

Ya tenía listos todos los papeles, por fin. Pero ahora quedaba lo más difícil, la tarea más ardua: entregarlos en Inmigración y que los aceptaran todos. La vez anterior que había entrado en aquel edificio me habían tenido 3 horas (¡¡¡3 horas!!!) esperando mi turno, y eso que había llegado la tercera. Luego una hora más discutiendo qué papeles, qué visado y qué documentos tenía que rellenar. Había salido de casa a las 7 de la mañana y vuelto a las 4 de la tarde.

PhotobucketCuando cogí el tren a Londres esta mañana me di cuenta de que era martes y 13. Sólo a mí se me ocurre, leches. Martes y 13. Me esperaba cualquier cosa. Un atentado, un incendio en el edificio de Inmigración, un lunático con sierra eléctrica (lo que me asustaba no era que destripara a 40 londinenses, no... ¡lo peor era que redujera mis certificados a jirones!)... Seguro que me tocaba una empleada a la que yo le recordaría a la zorra que se lió con su ex. O peor... ¡seguro que la empleada era la mujer de Maus! Cuando bajara del avión en Nueva Zelanda descubriría que mi visado sólo es apto para trabajar fregando wáteres en burdeles baratos.

El tren salió puntual y llegó a su hora. La línea de metro de Picadilly me dejó en la estación en 5 minutos. Llegué la primera a Inmigración NZ y sólo tuve que pisar y empujar dos veces a un tipo que pretendía colarse. Me atendió un chico majísimo que me dijo que todos los papeles eran correctos y que probablemente mi visado estuviera listo en 5 días, me avisarían por correo electrónico. A los 15 minutos estaba fuera, sin creérmelo del todo. Como había pedido todo el día libre en el laboratorio en previsión de incidentes, decidí pasarme por el Consulado Español en Londres a solicitar un certificado de Residencia que me piden en el Banco para poder tener una cuenta bancaria en España. Llegué y me dieron un numerito que estaba ya en pantalla cuando entré en la sala. El tío de la ventanilla me imprimió el certificado allí mismo sin cobrarme un duro. A las 11 de la mañana estaba en medio de Londres con todos los papeles arreglados. Me pregunté si en cualquier momento me despertaría sobresaltada con la mano metida en el orinal.

En el viaje de vuelta, mientras observaba impresionada la columna de humo de los depósitos de gasoil de Hemel Hempstead (dicen que llegará a Londres esta misma tarde), tomé mentalmente una decisión: siempre que tuviera que hacer trámites burocráticos, esperaría a que fuera Martes y 13. Y si fuera posible, pasaría por debajo de todas las escaleras, rompería un espejo y me llevaría un par de gatos negros en la mochila. A mí las supersticiones...

Photobucket


Nota: así se veía hoy el Sur de Inglaterra desde el espacio. Afortunadamente para mí, yo vivo más arriba ;)

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¿Os han vuelto locos con la Burocracia a vosotros también?
 
Eufemismos sexuales ingleses
PhotobucketNo me gustaría abandonar este país sin dedicar un artículo a las numerosas expresiones que este idioma dedica al acto más antiguo de la humanidad. El castellano es una lengua sumamente directa en cuestión de sexo e insultos: a pesar de que existen unos 50 sinónimos de la palabra “polla”, casi todos ellos tienen un significado exclusivo (o casi) para referirse a este órgano. Aunque nuestro idioma es mucho más rico que el inglés a la hora de poner a parir al enemigo, la cualidad poética de nuestras expresiones es más que discutible (a ver quién de vosotros es capaz de componer una oda con la frase “me cago hasta en tu puta madre”). Los ingleses, por el contrario, son los reyes de la ironía y el sarcasmo. Te pueden estar soltando la mayor barbaridad del mundo, pero lo harán sin inmutarse, sin pestañear, sin levantar una ceja y con una dialéctica tal que, para cuando has logrado pillarle el sentido, ya será demasiado tarde como para contraatacar. Te han noqueado. Es la famosa “flema” inglesa, que en vez de flema es más bien un gargajo envuelto en papel de regalo y disparado con lanzagranadas.

Hace un par de semanas algún cándido post-doc recién llegado cometió el pecado de enviar a la lista de correo general del Departamento un mail que rezaba tal que así:

De: Fulaneixon Smith
Para: general@departamento.mv.ac.uk
Asunto: ¡¡¡científicos en antena!!!

¡Hola a todos!

Reporteros del canal BBC2 están buscando historias para su nuevo programa ‘Un día en la vida de...’. ¿Quieres pasar del laboratorio al estudio de grabación? Haz click en el link http://www.xyz.co.uk

¿Os atrevéis?

Fulaneixon

La respuesta normal de cualquier centro de trabajo a un amago de spam como este proveniente de un trabajador sería algo como:

De: Menganeixon Jones
Para: Fulaneixon
Asunto: Re: ¡¡¡científicos en antena!!!

Estimado Fulaneixon,

le recordamos que la lista general del Departamento tiene la exclusiva función de comunicar temas de interés científico. Ruego que la difusión de mensajes como éste se reduzcan al ámbito privado.

Gracias

Menganeixon

La respuesta de un español cabreado después de recibir 15 correos de este estilo sería algo similar a:

De: Zutano Gómez
Para: Fulaneixon Smith
Asunto: Re: ¡¡¡científicos en antena!!! y otras idioteces

Mira Fulano, estoy hasta los cojones de recibir mensajitos gilipollas de estos. A ver si te dedicas a currar como to quisqui y dejas de tocar los huevos, majete. El próximo correo tuyo que reciba lo imprimo en papel de lija y te lo meto por el c(...)

Directo. Conciso. Tajante. Español, vamos.

Los ingleses no son así. La respuesta que recibió ese correo en concreto por parte de uno de los profesores del Departamento, muy conocido por su mal humor, fue la siguiente:

De: Grumpy Stevens
Para: Fulaneixon Smith
Asunto: Re: ¡¡¡científicos en antena!!!

Querido Fulaneixon,

Un año más se aproximan las fechas navideñas que nos llenan a todos de gozo y alegría. Adjunto te envío un rollo de papel regalo de vivos colores para que envuelvas el interesante correo que nos has enviado a los aproximadamente 300 miembros de este departamento, que estamos interesadísimos en convertirnos en estrellas de cine, y lo posiciones exactamente donde debe estar, que es en un icono muy bonito en el ángulo inferior izquierdo de tu pantalla rotulado como ‘papelera’.

Saludos,

Grumpy

De Fulaneixon nunca más se supo. Cuentan las malas lenguas que aún asoma la nariz de vez en cuando desde detrás del water de los servicios del primer piso.

PhotobucketPues hablando de sexo los ingleses son igual. Por supuesto, el adolescente medio borracho en medio de una pelea callejera no tiene tiempo - ni cerebro - para licencias poéticas y se limitará a un fuck you, asshole!!! (“¡que te jodan, gilipollas!”). Pero esos no cuentan. Los auténticos ingleses, los de casta, los que tienen entre 25 y 35 y se han tomado una o dos cervezas con los amigotes, antes de ser consumidos por las nubes de la embriaguez total, utilizan todo un crisol de expresiones metafóricas capaces de despertar profundas sensaciones bien de sorpresa, de morbo o de puro asco.

En este artículo quiero obsequiaros con aquellas que he podido ir recopilando en los dos años y pico que he pasado en esta extraña tierra. Ha sido una tarea ardua, ya que ser mujer en este caso supone un importante impedimento: las mujeres inglesas, o bien son mucho menos explícitas sexualmente, o bien están totalmente borrachas y se limitan a expresiones como la mencionada anteriormente por el adolescente peleón o bien a “¡vamos a follar, baby!” con el primer macho igualmente borracho que pillen. Y los hombres dados a tales expresiones las reservan para sus colegas del mismo sexo, por supuesto. Todo esto lo digo para que apreciéis el esfuerzo y la constancia de mi estudio sociológico. Se admiten donativos.

Los ingleses tienen, al igual que os españoles, un montón de sinónimos referentes a las partes pudendas. Pero como he dicho, su cualidad metafórica y poética nos supera con creces. El aparato genital femenino (el coño, amos), aparte de ser denominado con “la palabra con C” que ya había mencionado en el artículo de las palabrotas y otras como pussy y fanny, se conoce también como beaver, que significa “castor”... creo que la explicación está clara. Otro sinónimo poético de esta parte anatómica es muff, que significa “manguito”.

El órgano sexual masculino (useasé, la polla) puede nombrarse haciendo alusión prácticamente a cualquier objeto animado o inanimado de forma vagamente similar, por lo que la lista de metáforas poéticas sería inacabable y aburrida.

Mis sinónimos favoritos para las partes corporales se los lleva no obstante el ano, cuya definición más vulgar es asshole (agujero del culo), pero que puede ser aludido de una manera tan sublime como chocolate star (estrella de chocolate) o starfish (estrella de mar).

PhotobucketLa erección y la masturbación masculina se llevan la palma en expresiones ingeniosas. Cuando un inglés te dice que “va a buscar leña” (get wood) te está diciendo realmente que se le está poniendo dura. Hacerse una paja se puede traducir de muchas maneras, pero una de mis favoritas es spanking the monkey (“darle una zurra al mono”), mientras que una masturbación acompañada de eyaculación es un one gun salute (una salva de cañón). Cuando una masturbación es especialmente placentera y el pajillero en cuestión se lo está pasando bomba, se dice que se está “volviendo japonés” (turning Japanese), en alusión a la cara de esfuerzo y concentración.

En el tema de la actividad sexual propiamente dicha, los ingleses tienen verbos que definen acciones para las que nosotros necesitamos una frase entera. Si alguien es aficionado al dogging quiere decir que le gusta observar a parejas que follan dentro de un coche (de dónde sale semejante definición a partir de dog, que significa “perro”, sigue siendo un misterio para mí). Cuando una mujer practica esquí (skiing) quiere decir que está masturbando a dos hombres a la vez (imaginad el movimiento manual para obtener la explicación). Todos conocemos cómo es uno de esos asados en los que se atraviesa al pollo con una barra de hiero y se le pone al fuego, ¿verdad? En inglés se dice spit roast. Pero en el idioma sexual, un spit roast se hace con una mujer y dos pollas... una por delante, y otra por detrás. Si eres hombre y te gusta meter los dedos en varios agujeros de tu mujer a la vez, la estás usando como bowling ball (“bola de bolos”).

El fudge es un dulce inglés de lo más típico, hecho con azúcar y mantequilla y de complexión blanda. Uno de los más famosos es el de chocolate. No obstante, chocolate fudge también se le llama a cierta materia orgánica humana del mismo color. Y a colación de ello, el sexo anal se conoce también como pushing fudge (“empujar el fudge”). Si el fudge alude a una sustancia corporal, el porridge (“copos de avena”, que una vez mezclados con leche adquieren una consistencia blanquecina) alude a otra. Si un chico se folla a una chica que ha estado previamente con otro amante, se dice que está stirring someone else’s porridge, es decir, “revolviendo los copos de avena de otro”.

PhotobucketAlgunas costumbres sexuales extrañas inglesas incluyen, como no podría ser menos, el tea-bagging (“bolsa de té”), que sucede cuando alguien se mete testículos ajenos en la boca. Si tu pareja masculina tiene pelas, te puede regalar un pearl necklace (collar de perlas”); si no tiene un duro pero es más hábil te puede HACER un pearl necklace (... correrse alrededor de tu cuello). Pura poesía.

A pesar de todas estas perlas semánticas (reales e imaginarias), el verbo inglés más repulsivo que he llegado a conocer en el tiempo que llevo aquí es felching, y su traducción al español sería (¡agarraos!): entre homosexuales, lamer el ano de la pareja después de haber eyaculado en su interior. Vamos, algo así como un beso negro de chocolate con leche. Por cierto, “dar un beso negro” en inglés se dice rimming (de rim, “borde”).

Vamos, que entre el artículo de las palabrotas, el de los malentendidos idiomáticos y éste, ya estáis todos preparados para la vida real en este planeta extraño llamado Inglaterra. ¡Hale, a practicar!

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PD1 Si alguno de vosotros conoce expresiones que se me hayan pasado por alto, agradezco colaboraciones

PD2 ¿Os había contado que para Maus iba a ser facilísimo venirse conmigo a Nueva Zelanda? Pues eso creía yo... ilusa... ya os contaré...

PD3 Pido disculpas a los estómagos sensibles que hayan leído este artículo. Podría haber avisado antes, ¿verdad? Pero entonces no habría sido divertido :P

PD4 Ya me veo linkeada en todos los buscadores de páginas guarras a raíz de este post...

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Actualización Sábado 12:00 --> A petición de Bequi en uno de los comentarios he estado preguntando por maneras más familiares de aludir a la regla (the period), y he encontrado dos bastante sugerentes: aquí cuando una chica está en esos días del mes se dice que "tiene un pegote" (she's having a blob on) o bien, mi favorita: having the painters and decorators in (tiene dentro a los pintores y decoradores). ¡Saludos a la Complu! ;)

 
Una semanita agotadora
Le tenía avisado.

PhotobucketLe tenía avisado de que Roma NO se parece en nada a ninguna ciudad inglesa. Que la gente no se mantiene callada o hablando en susurros en los restaurantes, que nadie te pide disculpas si te roza al pasar (ni siquiera cuando directamente te empujan o te meten el dedo en un ojo), que cualquiera puede dirigirse a ti sin conocerte de nada y entablar una conversación, que las aceras son estrechas, que los romanos viven en edificios de apartamentos y la gente habla tanto con las manos como con los labios.

Y sobre todo, SOBRE TODO, le había advertido acerca del tráfico en la capital italiana. Que no se le ocurriera ponerse a cruzar la calle alegremente por un paso de cebra esperando que los coches se detuvieran, que no se fiara de un semáforo en verde, y que no se traumatizase cuando los furibundos conductores le increparan en italiano.

Pero supongo que nunca se aprende en experiencia ajena, y estas cosas hay que vivirlas en tus propias carnes, sobre todo cuando eres inglés y prácticamente no has salido de la isla.

Maus encontró Roma aterradora. No salía de su asombro al comprobar cómo en ocasiones debía esperar más de 5 minutos en el borde de un paso de peatones porque ningún vehículo hacía siquiera amago de detenerse. Se deshacía en expresiones de incredulidad al ver los coches aparcados en doble (a veces triple) fila, e incluso algunos bloqueando las aceras. Enrojecía cada vez que un o una romana le tocaba el culo afablemente como manera de pedirle paso, y lo de que los hombres se saludasen con dos besos fue ya el colmo del trauma. Vale que las mujeres lo hicieran, vale que un hombre y una mujer lo hicieran... ¿¿¿Pero dos hombres??? ¿Semejante contacto íntimo entre dos machos desconocidos? Están locos estos italianos...

PhotobucketCómo se nota que este hombre no ha jugado nunca a aquel juego de la consola ATARI de la gallinita o el conejito que deben cruzar la calle entre filas y filas de vehículos de todo tipo... porque Roma es así: los coches sólo se detienen cuando te ven delante de ellos a menos de 10 metros y sin intención de correr o de echarte atrás, y que uno de los coches lo haga no implica en ningún modo que la vespa, el camión, la furgoneta y el viejo en patinete a motor vayan a hacer lo mismo. Durante los 5 días que estuvimos en Roma, perdí la cuenta de las veces que miré atrás y me encontré con el pobre Maus semi-paralizado en medio de una calle de 4 carriles, con los coches esquivándole y los conductores lanzándole improperios. Sus ojos como platos y su expresión de “¡sálvame, por favor!” sólo se veían superados por su ofendida frase una vez rescatado: “¡Y encima ni siquiera entiendo un pijo de lo que me están llamando!”. Para que luego me cuestionen los ingleses la utilidad de saber idiomas.

Luego estuvo el tiempo: creo que la única vez que llovió en Roma más que estos días fue más o menos cuando a un tío con sandalias le dio por construirse un barco enorme y llenarlo de parejas de animalitos. Imaginaos a Maus y a mí recorriendo las laberínticas calles de Roma bajo la lluvia, el granizo, el frío y el viento... sobre todo teniendo en cuenta que, según las acertadas predicciones de la BBC (sic) esos días iban a ser templados y despejados. Y claro, esta menda sólo se llevó un par de botas ligeritas así como de tela negra. Botas que se pasaron más tiempo con el secador de pelo del hotel conectado intentando secarse que en mis pies.

También está lo que yo llamo “el factor desesperación”. Por si no se había notado hasta ahora, yo soy una persona muy dinámica: me gusta verlo todo, patearlo todo (en el sentido de caminar, no de liarme a patadas con el Moisés de Miguel Ángel), pasear a buen ritmo durante horas y horas. Los museos me aburren a la media hora, porque pasado ese tiempo todas las piedras y los cuadros de paisajitos me parecen iguales. Lo que a mí me gusta es pisar calle, conocer gente y mirar a mi alrededor.

PhotobucketEn el otro extremo está Maus. Tranquilito, calmado, con su cámara en ristre. En el tiempo que tarda él en caminar 3 metros de acera yo me he recorrido el Foro Romano, el Coliseo, el Circo Máximo y le espero tomando un cappuccino en la Plaza de San Pedro. A Maus le gustan los detalles, la contemplación. La mañana que le llevé a visitar el monumento a Vittorio Emmanuelle (mi favorito) se pasó 4 horas (¡¡¡4 HORAS!!!) haciendo fotos a charcos de agua, grietas en las piedras y cabezas de estatuas. Joder, un monumento enorme de mármol con esculturas de dioses y estatuas ecuestres impresionantes, en el que casi esperas ver salir a un emperador romano a saludar en cualquier momento, y el tío se pone a hacerle una foto a... ¡un puto charco! Vale que si miras la foto haciendo el pino y atisbando entre los dedos de los pies se puede distinguir una de las columnas en el extremo superior izquierdo del charco, justo al lado del papel de chicle y la lata de Coca-Cola aplastada; puedo captar la belleza artística moderna del tema... pero coño, a ese paso en 5 días no íbamos a ver más que 4 metros cuadrados de una de las ciudades que más arte y arquitectura tiene que ofrecer en todo el mundo.

Aparte de eso, está la impresionante salud, agilidad y forma física de los vegetarianos ingleses. “Estoy cansado. Me duelen las piernas. ¿Cuánto queda para la fuente esa? ¿¿Tenemos que subir todas esas escaleras?? ¿Y si te espero abajo y me lo cuentas? ¿A qué distancia decías que estábamos del hotel? No, por nada, por nada, pero una siestecita no me vendría mal... Además, tenemos el viento en contra”. Vamos, que yo que me alimento a base de carne y chocolate y no practico más deporte que el “blogging” a su lado soy Martín Fiz.

A pesar de todo, o quizás precisamente por todo eso, nos lo pasamos de miedo. Roma es una ciudad que, desde que la conocí y la viví por primera vez hace ya más de 5 años, me ha cautivado, y su magia me embarga desde que me bajo del tren en la estación de Termini hasta que me despido de ella, siempre entre lágrimas. Sí, los italianos son ruidosos, el tráfico es insufrible, es difícil caminar por sus calles a veces mal empedradas y el riesgo de que te roben la cartera es unas 20 veces mayor que en cualquier otra ciudad... pero Roma, se mire como se mire, es mágica y hermosa. Cautiva. Enamora. Conquista.

Y joer, aparte de eso los italianos están buenísimos...

Pero el congreso pasó, se nos acabaron los días, y tuvimos que volver a la fría y lluviosa Mix Village (vale, Roma también fue fría y lluviosa, pero dejadme al menos la licencia poética, leñe). A enfrentarme con la realidad de mi jefa, mi laboratorio y el interminable proceso de solicitar un visado para viajar a Nueva Zelanda.

Para aquellos de vosotros que un día tengáis que meteros en este berenjenal, os diré que todo lo que os hayan contado se queda corto. Los ingleses pueden viajar a Australia y Nueva Zelanda casi sin tener que presentar más que el pasaporte. Los miembros de cualquier otro país europeo no lo tenemos tan fácil. No me quiero ni imaginar lo que tendrán que hacer desde países de fuera de la UE, pero desde la exploración de orificios hasta la sonda nasogástrica, pasando por el enema rectal y las 12 pruebas de Astérix, me lo creo todo.

PhotobucketPara pedir un visado de trabajo en Nueva Zelanda necesitas, lo primero, tener una oferta de trabajo de una empresa autorizada o bien pertenecer a una de las profesiones que allí consideran como prioritarias (las llamadas “Skill Shortages” o “escasez de habilidades”), por carecer de suficientes trabajadores autóctonos. Yo cumplo ambos requisitos, por lo que uno puede pensar que tendría fácil la cosa... pero de eso nada, monada. La lista de formularios que tienes que rellenar y de documentos que tienes que presentar es comparable en longitud a la versión del director de “Lo que el viento se llevó”. Tienes que presentar el pasaporte (con el cual se te quedan durante todo el proceso, dure lo que dure), un certificado de penales de todos los países en los que hayas vivido durante los últimos 5 años (para pedir el de España he tenido que enviar mi DNI por correo certificado, porque no hay manera de que se lo den a un familiar), una radiografía pulmonar para demostrar que no tienes tuberculosis, un certificado de que la empresa que te ofrece el trabajo está acreditada, un justificante de tu jefe de que eres apto para el trabajo que te ofrecen (no, verá, yo realmente soy barrendera, pero la empresa tenía ganas de ofrecerme trabajo de científica, no te jiba), un análisis motor, de sangre, de orina y una encuesta interminable acerca de enfermedades que has tenido tú, tus padres y tus hermanos en caso de haberlos, tu curriculum vitae, tu contrato actual de trabajo y referencias de los últimos trabajos que hayas tenido... y creo que aún se me queda algo más en el tintero. Una vez tienes todo esto, te presentas en Inmigración de Nueva Zelanda y rezas porque no te falte un sólo papel, porque si es así te lo devolverán todo por correo sin haber empezado a leerlo siquiera, y tendrás que volver otro día y repetir todo el proceso. Proceso que, como mínimo, dura dos semanas.

Teniendo en cuenta que a mediados de Enero tengo que estar allí, la verdad es que debo aceptar que estoy algo acojonadilla.

Esta mañana he estado en Londres pasando el examen médico. Podría haberlo pasado en Mix Village, pero es que para los exámenes médicos no les vale cualquier doctor de la Seguridad Social, no: tienen una lista de médicos, por supuesto todos privados, que son los únicos autorizados para hacer unas pruebas tan complicadas y poco habituales como un análisis de sangre, de orina y una placa torácica. Médicos que te cobran unos 300 euros por media hora de consulta. Casualmente el único médico autorizado en Mix Village tenía la lista de consultas llena hasta mediados de enero (¡caramba, justo cuando yo tengo que estar en el otro lado del Mundo con el visado entre los dientes! Murphy, te adoro...), así que tuve que buscarme uno en Londres que atendiera casos urgentes como el mío. 100 euros más del ala. Eso si no le sumamos el precio del billete de tren a Londres en hora punta: 55 euros más. Hoy me sentí como un monedero con diarrea. A última hora se me acercó una rumana a pedirme limosna y estuve por decirle que tecleara el PIN en mis dientes, a ver si salía algo.

Maus sólo necesita que le avise cuando yo ya tenga listas las 400 páginas de documentos. Yo me pasaré 3 horas enseñando hojas y hojas, y él se limitará a entregar su pasaporte y un formulario de “Working Holidays in New Zealand”. Manda narices la cosa.

PhotobucketCuando quede listo para sentencia el tema del visado me largaré un par de semanitas a mi Asturias del alma para que mi familia pueda decirme a la cara lo chiflada que estoy. La verdad es que tienen más paciencia que un santo conmigo... “Inglaterra no te parecía lo bastante lejos, ¿eh joía?”. Mi madre me comentó el otro día que se había puesto a buscar Nueva Zelanda en el mapa y se le habían gastado las huellas dactilares hasta que al final dio con ella. “¡Jamía, si te vas un poco más lejos estarías ya volviendo! ¿De verdad que hay gente viviendo allá? ¿De qué color son? ¿Qué idioma hablan? ¿Les gusta la carne humana?”. La verdad es que la entiendo. ¿Cómo le puedo pedir que no desconfíe de un país cuyo único pájaro autóctono no tiene ni alas ni plumas y es más inútil que una linterna solar?

En fin, que entre la semanita que me he pegado en Roma y el madrugón para estar hoy en Londres a las 8:30 de la mañana tengo las ojeras recogiendo el polvo de toda la casa. Mucho me temo que en 5 minutos voy a estar roncando bajo las sábanas. Quizá antes.

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Nota: la “foto finish” la hice desde el avión mientras cruzábamos Francia. Si alguien quiere la original en grande no tiene más que pedírmela ;)


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