Explorando Kiwilandia
Durante los fines de semana de nuestro primer mes en Nueva Zelanda, Maus y yo nos dedicamos a descubrir nuevos y emocionantes lugares en este país desconocido y exótico. Podría dedicar un artículo diferente a cada hora que los dos pasamos recorriendo llanuras, colinas, bosques, ríos, lagos y playas, pero para que esto no se convierta en una enciclopedia geográfica me veo en la obligación de resumir y dedicar tan solo un par de párrafos y algunas fotos a cada lugar. Y el primero de estos lugares es...
Raglan y las Cascadas Bridal Veils
Era el primer fin de semana que nos propusimos iniciar nuestra actividad exploradora y decidimos comprobar cómo se sentía uno bañándose y tomando el sol en la playa en pleno mes de enero. Los compañeros de trabajo nos recomendaron Raglan, un pueblecito costero famoso por sus playas de arena negra y las enormes olas, que la convierten en una de las principales zonas surferas de Nueva Zelanda; de modo que, con las mochilas al hombro y ayudados por un enorme y barato coche de alquiler, nos pusimos en marcha en dirección al Este de la Isla Norte.
Lo cierto es que el tema del surf no pasa desapercibido en aquel lugar. Desde que llegas al pueblo no paras de cruzarte con todo tipo de seres (cuasi)humanos con tabla de surf al hombro, desde niños de 4 años con su tabla tamaño "mini" hasta abueletes de 75 con su “Geriatrix 2000, la única tabla con bastón incluido”. A pesar de que en la misma Raglan hay unas cuantas playas pequeñitas para elegir, la más famosa queda a unos 5 km y se llama Manu Beach, así que Maus y yo agarramos el coche y nos plantamos allí. Desde el aparcamiento, en la loma de una colina, ya se puede contemplar la enorme playa, que se extiende a lo largo de kilómetros y kilómetros de costa. Yo iba convencida de que lo de la “arena negra” era una exageración... no obstante en cuanto pusimos los pies sobre ella nos dimos cuenta de que la expresión era de lo mas acertada: en cuanto te sentabas un rato sobre la arena acababas cubierto de aquella cosa negra como si hubieras estado metida en una carbonera;
los niños jugaban sobre la arena encantados de la vida de poder enguarrarse de semejante manera sin que sus padres pusieran el grito en el cielo. Lo que veis en la fotografía de la izquierda es mi mano mostrando un puñado de arena negra, y al fondo el suelo de la playa, por si pensabais que estaba exagerando. La playa además tiene una zona rocosa plagada de todo tipo de moluscos, peces y crustáceos.
El bicho que más me impresionó fue una enorme estrella de mar de 11 patas que podías encontrarte debajo de casi cada roca. Mientras Maus se dedicaba a subirse a todas las peñas que encontraba para hacer fotos a los objetos más inverosímiles, yo estuve paseando por la orilla y hablando con cada persona con la que me encontraba... aquí la gente se enzarza en una conversación contigo a la mínima, especialmente si tienes pinta de extranjera, lo cual es un cambio que se agradece tras más de dos años entre ingleses a los que les horroriza el simple hecho de rozarte con la chaqueta. En Raglan me sumergí por primera vez en el Océano Pacífico y me maravillé pensando que en mi Asturias del alma, a unos 13000 kms por debajo de mis pies, estaba nevando en ese mismo instante.
Una de las innumerables ventajas de vivir en Nueva Zelanda es la facilidad con la que puedes descubrir lugares que en cualquier otra circunstancia requerirían semanas y semanas de exploración; basta con conducir por cualquier carretera y esperar a encontrarse con uno de los miles de letreros de color marrón y letras blancas que indican puntos turísticos de interés. Eso fue lo que nos ocurrió cuando regresábamos de Raglan: el letrero esta vez indicaba "Cascadas Bridal Veils"; Maus y yo nos miramos, sonreímos y pusimos el intermitente. Nos imaginábamos unas cascaditas de bolsillo en un riachuelo tan caudaloso como un escupitajo. Obviamente aún nos quedaba mucho por aprender: ¡¡Joer con las cascadas de Dios!!! En medio de un bosque frondoso al estilo Caperucita Roja, un sendero llevaba hasta un mirador desde el que se podía ver un horizonte plagado de colinas cubiertas de todo tipo de árboles, palmeras, helechos gigantes y lianas que harían las delicias de la mona Chita. Asomándote a ese mirador, de pronto y sin esperártelo, te encontrabas ante unas enormes cataratas con 50 metros de caída, que iban a dar a un hermoso remanso en el fondo del barranco. Un par de personas se bañaban en aquella agua de color turquesa...
Ni qué decir tiene que yo bajé por aquella ladera tan rápido como me permitían mis piernas y dejando un reguero de calcetines, camisetas y zapatillas hasta tirarme de cabeza en aquel remanso. Aquel lugar perdido parecía el paraíso del anuncio de Fa de hace 20 años, aunque si aquella modelo hubiera tratado de anunciar el desodorante debajo de las cascadas Bridal Veils se habría ahogado en unos 5 segundos: yo tan solo fui capaz de acercarme a unos 2 o 3 metros antes de que la caída de agua me convenciera de que no era muy buena idea ponerme justo debajo. En la segunda foto, la insignificancia que indica la flecha roja es esta menda sentada en una roca junto a la cascada, para que os hagáis una idea de la perspectiva.
Aquel sábado regresamos a Hamilton completamente agotados, y, a pesar de habernos embadurnado de crema factor 30, ligeramente tostadillos por el sol de Kiwilandia. Maus acababa de estrenar unos pantalones de esos que dejan media pantorrilla al aire, y demasiado tarde se dio cuenta de que no se había protegido las piernas: craso error que le costó una semana de lamentos y otra semana más pelando de tal manera que parecía la secuela de “El regreso de la Momia”; con la piel que se desprendió de sus pantorrillas podríamos haber empapelado la casa.
Matamata, Rotorua y Paradise Park
Nuestra siguiente expedición nos llevó hacia el Este de Hamilton; la idea inicial era acercarnos a un pueblo llamado Matamata, que de ser muy conocido en su casa a la hora de comer pasó recientemente a ser realmente famoso a raíz de la trilogía de “El Señor de los Anillos”; en este pueblo se filmaron las escenas de Hobbiton, y al parecer aún quedaban en pie algunas de las casitas de los Hobbits... cuando llegamos todos ilusionados descubrimos que el poblado de marras estaba en una zona privada y el dueño cobraba 50 dólares por cabeza sólo por llevarte hasta allí junto con otros 60 frikies de la peli apelotonados en un autobús y permitirte babear y hacer fotos durante un par de horas. Entre que ni Maus ni yo somos especialmente fanáticos del libro o las películas y que aquello nos parecía una auténtica extorsión, decidimos conformarnos con las postales de Hobbiton y seguimos en coche hacia el Este hasta llegar a una ciudad llamada Rotorua, famosa por su enorme lago y por las lagunas volcánicas que la rodean. Rotorua sufrió una erupción de lava en el año 2001 - así, de pronto y sin avisar, como en la peli de “Volcano” -, de la que quedan como recuerdo un montón de fuentes sulfurosas de agua hirviendo que se pueden contemplar en un parquecito a las afueras. La ciudad en sí no nos pareció gran cosa y el lago, aunque inmenso, estaba bastante guarrillo, de modo que muy desilusionados nos fuimos a ver las famosas fuentes sin demasiada esperanza... ¡y nos quedamos alucinados! A pesar del penetrante olor a huevos podridos debido al sulfuro, las fuentes son algo digno de ver. Las hay desde simples agujeros en el suelo, de no más de 30 cm de diámetro, dentro de los cuales puedes escuchar el agua hervir, hasta piscinas que oscilan desde los 2 metros hasta los 50 o más. Las sales y el sulfuro les otorgan vivos colores: amarillos, blancos, rojos, naranjas... y todas humean y borbotean constantemente, inundando el paisaje de una neblina que lo hace parecer uno de esos bosques misteriosos de las películas de miedo. Debajo tenéis algunas fotos que tomamos en las fuentes volcánicas de Rotorua:

A la vuelta de las fuentes vimos un nuevo letrero marrón que esta vez indicaba una reserva natural: “Paradise Park”; lo seguimos, y nos encontramos con una especie de pequeño zoológico en medio de un bosque bordeado por un río plagado de gigantescas truchas arco-iris y asalmonadas. En la reserva, aparte de varias especies autóctonas, tenían también dos cachorros de león a los que podías acariciar, y alimentar a los animales estaba permitido, siempre y cuando les dieras el pienso especial que podías adquirir en la misma reserva.
Desde pájaros, jabalíes y cerdos salvajes hasta ciervos, patos y truchas, vuestra Pilimindrina disfrutó metiéndole la mano en la boca a todo bicho viviente de por allí exceptuando a los leones (y porque aprecio mucho mi mano, que si no...). En la foto podéis ver un simpático cerdito que proviene de los cerdos asilvestrados que llegaron a Nueva Zelanda de mano de los primeros pobladores.
Tauranga y Mount Maunganui
La semana siguiente me dediqué entre otras cosas a efectuar ciertas y necesarias compras, como una bicicleta, un móvil (por mucho que los odie, hasta que no tuviéramos teléfono fijo era algo absolutamente necesario) y sí, por fin un coche que iba a convertirse ser el sucesor de mi Reichín. Los coches de segunda mano en Nueva Zelanda son sorprendentemente baratos, y por menos de 4000 euros acabé decidiéndome por un Nissan Bluebird enorme. No es que los coches grandes me apasionen, pero una de las curiosidades de este país es que to Dios tiene coche grande, y de hecho buscar uno más pequeño puede convertirse en una odisea, aparte de ser más caros. Mi nuevo “buga” es también rojo, como el Reichín, y de momento aún no tiene nombre, lo tenéis ahí en la foto :).
El móvil se lo compre de segunda mano a una chica uruguaya, Tania, la primera hispanohablante que me encuentro por este país. Junto con su marido, Luis, otro uruguayo, y su mini-uruguayito de dos años Marcos, constituyen una familia sudamericana típica a la que le encanta hacer vida familiar y tumbarse en la playa. Mientras me tomaba un café con ellos les comenté que Maus y yo queríamos conocer lugares interesantes y nos invitaron a acompañarlos ese fin de semana a Tauranga, una ciudad en el Noreste de Isla Norte que daba acceso a una playa llamada Monte Maunganui, gracias a una colina de curiosa forma que da caracteriza a la ciudad.
Tauranga me sonaba a nombre exótico-mega-chachi-piruli, y además, ir a la playa con alguien que lleva un niño pequeño es una ganga; obviamente y conociéndome supondréis ya que no es por mi amor "pofundo" a las criaturitas de corta edad, sino porque los padres de las criaturitas no suelen poder moverse de al lado del crío y así tú puedes largarte a recorrer la playa y explorar un poco, dejándoles con las mochilas y la comida para que te la vigilen. Anda que pa tonta, yo.
De modo que el domingo siguiente Maus y yo agarramos nuestro nuevo coche (teniendo uruguayos cerca no se te puede ocurrir decir “cogimos el coche”, y menos con niño delante) y nos dirigimos a Tauranga. A medida que te acercas a la costa Norte, conocida como “Bay of Plenty” (“Bahía de la Abundancia”) el paisaje se hace más montañoso que en Hamilton y las vistas se vuelven alucinantes. Las playas de esa zona son de arena blanca, al contrario que las de Raglan, y están plagadas de todo tipo de conchas (otra palabrita que vale más no mencionar delante de un hispanoamericano, ustedes ya me entienden :), caracolas y todo tipo de moluscos de rebuscadas formas y colores. En la foto veis parte de la playa y el monte que le da nombre.
Maus y yo buscamos un sitio en la arena, dispuestos a poner en marcha nuestro plan “deja las bolsas y corre”, pero el caso es que nos acabó saliendo el tiro por la culata, porque los uruguayos demostraron ser mucho más expertos en el tema del gorroneo, y en cuanto nos dimos cuenta agarraron al crío y se largaron al agua, dejándonos a Maus y a mi allí mangaos con dos palmos de narices y con todas las bolsas. Para cuando por fin volvieron, Maus y yo habíamos gastado todo el repertorio de palabrotas en Inglés y Español, y teníamos unas ganas de mover el culo de la toalla que no veas. Por fin pudimos salir a explorar un poco los alrededores de aquella playa.
La playa de Monte Maunganui se caracteriza, aparte de por el montecito que la corona, por contar con un gran número de islotes a escasos metros de la costa. Estas pequeñas islas son como oasis en un desierto de agua color turquesa, y cuentan con una zona central boscosa y un borde de arena y rocas; recuerdan un poco a la isla de “Perdidos”, pero en pequeño y sin bichos raros.
Inciso: bueno… sin tantos bichos raros.
Fin del inciso.
El día tuvo incluso su momento surrealista cuando volvimos a la playa con la pareja de Uruguay y de repente nos vimos abordados por un chiflado de estos que salen mucho en las pelis de miedo justo antes de que empiecen a pasar cosas raras: un tío con barba y ojos de rana al que sólo le faltaba el cartel diciendo: “El fin del mundo está cerca, ¡arrepentíos, pecadores!”, que empezó a advertirnos de los peligros de la guerra nuclear que se avecinaba, asegurando que toda su información al respecto se la habían comunicado los extraterrestres que hablaban con él desde el Monte Maunganui. ¡Y yo que creía que estos tíos solo existían en las pelis de serie B! Tal turra nos dio el hombre, que cuando por fin se marchó se nos acercó una neozelandesa y, con semblante sumamente avergonzado, nos aseguró que no todos los habitantes de este país eran así.
Como día completo que fue, también tuvo su momento tierno y encantador protagonizado por el Uruguayito. Vamos, casi que me apeteció tener uno a mí y todo. El angelito se metió debajo de la carpa donde teníamos las bolsas, se agachó, dijo algo así como: "Nene pichi" y hala, nos meó todas las mochilas, mirándonos luego con una cara de triunfo y satisfacción que ni la Venus Williams después de ganar el Roland Garrós. El padre lo arregló todo diciendo: "uy, que lindo, si es que está aprendiendo a ir al lavabo solito", y lo cogió en brazos justo en el momento en el que yo iba a mostrar mi más profundo instinto maternal haciéndole al nene un nudo en la pichirila para demostrarle cuánto nos había agradado su ejemplo de incontinencia urinaria. Y así, con mochilas oliendo a pis de nene, nos despedimos de nuestros nuevos amigos y regresamos a Hamilton.
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Curiosidades acerca de Nueva Zelanda:
1. El saludo más típico cuando alguien te ve por la calle es: “G’day, mate!” (algo así como “Buen día, amigo”).
2. No se suelen dejar propinas en restaurantes ni bares.
3. Aunque conducen por la izquierda como los ingleses, en las señales utilizan el Sistema Internacional (en kilómetros, no en millas como los Británicos).
4. El límite máximo de velocidad, incluso en autopista, es de 100 km/h
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Nota: pido disculpas a todos los que me habéis pedido copias de las fotos y aún no las tenéis. Aunque ya tengo conexión a Internet en casa, es por línea telefónica y exageradamente lenta. En vez de enviar las fotos individualmente, en cuanto tenga ADSL abriré un fotoblog y así quien quiera podrá bajárselas.
Nota2: ¿me ayudáis a encontrar un nombre para mi nuevo coche?
Raglan y las Cascadas Bridal Veils
Era el primer fin de semana que nos propusimos iniciar nuestra actividad exploradora y decidimos comprobar cómo se sentía uno bañándose y tomando el sol en la playa en pleno mes de enero. Los compañeros de trabajo nos recomendaron Raglan, un pueblecito costero famoso por sus playas de arena negra y las enormes olas, que la convierten en una de las principales zonas surferas de Nueva Zelanda; de modo que, con las mochilas al hombro y ayudados por un enorme y barato coche de alquiler, nos pusimos en marcha en dirección al Este de la Isla Norte.
Lo cierto es que el tema del surf no pasa desapercibido en aquel lugar. Desde que llegas al pueblo no paras de cruzarte con todo tipo de seres (cuasi)humanos con tabla de surf al hombro, desde niños de 4 años con su tabla tamaño "mini" hasta abueletes de 75 con su “Geriatrix 2000, la única tabla con bastón incluido”. A pesar de que en la misma Raglan hay unas cuantas playas pequeñitas para elegir, la más famosa queda a unos 5 km y se llama Manu Beach, así que Maus y yo agarramos el coche y nos plantamos allí. Desde el aparcamiento, en la loma de una colina, ya se puede contemplar la enorme playa, que se extiende a lo largo de kilómetros y kilómetros de costa. Yo iba convencida de que lo de la “arena negra” era una exageración... no obstante en cuanto pusimos los pies sobre ella nos dimos cuenta de que la expresión era de lo mas acertada: en cuanto te sentabas un rato sobre la arena acababas cubierto de aquella cosa negra como si hubieras estado metida en una carbonera;
los niños jugaban sobre la arena encantados de la vida de poder enguarrarse de semejante manera sin que sus padres pusieran el grito en el cielo. Lo que veis en la fotografía de la izquierda es mi mano mostrando un puñado de arena negra, y al fondo el suelo de la playa, por si pensabais que estaba exagerando. La playa además tiene una zona rocosa plagada de todo tipo de moluscos, peces y crustáceos.
El bicho que más me impresionó fue una enorme estrella de mar de 11 patas que podías encontrarte debajo de casi cada roca. Mientras Maus se dedicaba a subirse a todas las peñas que encontraba para hacer fotos a los objetos más inverosímiles, yo estuve paseando por la orilla y hablando con cada persona con la que me encontraba... aquí la gente se enzarza en una conversación contigo a la mínima, especialmente si tienes pinta de extranjera, lo cual es un cambio que se agradece tras más de dos años entre ingleses a los que les horroriza el simple hecho de rozarte con la chaqueta. En Raglan me sumergí por primera vez en el Océano Pacífico y me maravillé pensando que en mi Asturias del alma, a unos 13000 kms por debajo de mis pies, estaba nevando en ese mismo instante.
Una de las innumerables ventajas de vivir en Nueva Zelanda es la facilidad con la que puedes descubrir lugares que en cualquier otra circunstancia requerirían semanas y semanas de exploración; basta con conducir por cualquier carretera y esperar a encontrarse con uno de los miles de letreros de color marrón y letras blancas que indican puntos turísticos de interés. Eso fue lo que nos ocurrió cuando regresábamos de Raglan: el letrero esta vez indicaba "Cascadas Bridal Veils"; Maus y yo nos miramos, sonreímos y pusimos el intermitente. Nos imaginábamos unas cascaditas de bolsillo en un riachuelo tan caudaloso como un escupitajo. Obviamente aún nos quedaba mucho por aprender: ¡¡Joer con las cascadas de Dios!!! En medio de un bosque frondoso al estilo Caperucita Roja, un sendero llevaba hasta un mirador desde el que se podía ver un horizonte plagado de colinas cubiertas de todo tipo de árboles, palmeras, helechos gigantes y lianas que harían las delicias de la mona Chita. Asomándote a ese mirador, de pronto y sin esperártelo, te encontrabas ante unas enormes cataratas con 50 metros de caída, que iban a dar a un hermoso remanso en el fondo del barranco. Un par de personas se bañaban en aquella agua de color turquesa...
Ni qué decir tiene que yo bajé por aquella ladera tan rápido como me permitían mis piernas y dejando un reguero de calcetines, camisetas y zapatillas hasta tirarme de cabeza en aquel remanso. Aquel lugar perdido parecía el paraíso del anuncio de Fa de hace 20 años, aunque si aquella modelo hubiera tratado de anunciar el desodorante debajo de las cascadas Bridal Veils se habría ahogado en unos 5 segundos: yo tan solo fui capaz de acercarme a unos 2 o 3 metros antes de que la caída de agua me convenciera de que no era muy buena idea ponerme justo debajo. En la segunda foto, la insignificancia que indica la flecha roja es esta menda sentada en una roca junto a la cascada, para que os hagáis una idea de la perspectiva.Aquel sábado regresamos a Hamilton completamente agotados, y, a pesar de habernos embadurnado de crema factor 30, ligeramente tostadillos por el sol de Kiwilandia. Maus acababa de estrenar unos pantalones de esos que dejan media pantorrilla al aire, y demasiado tarde se dio cuenta de que no se había protegido las piernas: craso error que le costó una semana de lamentos y otra semana más pelando de tal manera que parecía la secuela de “El regreso de la Momia”; con la piel que se desprendió de sus pantorrillas podríamos haber empapelado la casa.
Matamata, Rotorua y Paradise Park
Nuestra siguiente expedición nos llevó hacia el Este de Hamilton; la idea inicial era acercarnos a un pueblo llamado Matamata, que de ser muy conocido en su casa a la hora de comer pasó recientemente a ser realmente famoso a raíz de la trilogía de “El Señor de los Anillos”; en este pueblo se filmaron las escenas de Hobbiton, y al parecer aún quedaban en pie algunas de las casitas de los Hobbits... cuando llegamos todos ilusionados descubrimos que el poblado de marras estaba en una zona privada y el dueño cobraba 50 dólares por cabeza sólo por llevarte hasta allí junto con otros 60 frikies de la peli apelotonados en un autobús y permitirte babear y hacer fotos durante un par de horas. Entre que ni Maus ni yo somos especialmente fanáticos del libro o las películas y que aquello nos parecía una auténtica extorsión, decidimos conformarnos con las postales de Hobbiton y seguimos en coche hacia el Este hasta llegar a una ciudad llamada Rotorua, famosa por su enorme lago y por las lagunas volcánicas que la rodean. Rotorua sufrió una erupción de lava en el año 2001 - así, de pronto y sin avisar, como en la peli de “Volcano” -, de la que quedan como recuerdo un montón de fuentes sulfurosas de agua hirviendo que se pueden contemplar en un parquecito a las afueras. La ciudad en sí no nos pareció gran cosa y el lago, aunque inmenso, estaba bastante guarrillo, de modo que muy desilusionados nos fuimos a ver las famosas fuentes sin demasiada esperanza... ¡y nos quedamos alucinados! A pesar del penetrante olor a huevos podridos debido al sulfuro, las fuentes son algo digno de ver. Las hay desde simples agujeros en el suelo, de no más de 30 cm de diámetro, dentro de los cuales puedes escuchar el agua hervir, hasta piscinas que oscilan desde los 2 metros hasta los 50 o más. Las sales y el sulfuro les otorgan vivos colores: amarillos, blancos, rojos, naranjas... y todas humean y borbotean constantemente, inundando el paisaje de una neblina que lo hace parecer uno de esos bosques misteriosos de las películas de miedo. Debajo tenéis algunas fotos que tomamos en las fuentes volcánicas de Rotorua:
A la vuelta de las fuentes vimos un nuevo letrero marrón que esta vez indicaba una reserva natural: “Paradise Park”; lo seguimos, y nos encontramos con una especie de pequeño zoológico en medio de un bosque bordeado por un río plagado de gigantescas truchas arco-iris y asalmonadas. En la reserva, aparte de varias especies autóctonas, tenían también dos cachorros de león a los que podías acariciar, y alimentar a los animales estaba permitido, siempre y cuando les dieras el pienso especial que podías adquirir en la misma reserva.
Desde pájaros, jabalíes y cerdos salvajes hasta ciervos, patos y truchas, vuestra Pilimindrina disfrutó metiéndole la mano en la boca a todo bicho viviente de por allí exceptuando a los leones (y porque aprecio mucho mi mano, que si no...). En la foto podéis ver un simpático cerdito que proviene de los cerdos asilvestrados que llegaron a Nueva Zelanda de mano de los primeros pobladores.Tauranga y Mount Maunganui
La semana siguiente me dediqué entre otras cosas a efectuar ciertas y necesarias compras, como una bicicleta, un móvil (por mucho que los odie, hasta que no tuviéramos teléfono fijo era algo absolutamente necesario) y sí, por fin un coche que iba a convertirse ser el sucesor de mi Reichín. Los coches de segunda mano en Nueva Zelanda son sorprendentemente baratos, y por menos de 4000 euros acabé decidiéndome por un Nissan Bluebird enorme. No es que los coches grandes me apasionen, pero una de las curiosidades de este país es que to Dios tiene coche grande, y de hecho buscar uno más pequeño puede convertirse en una odisea, aparte de ser más caros. Mi nuevo “buga” es también rojo, como el Reichín, y de momento aún no tiene nombre, lo tenéis ahí en la foto :).El móvil se lo compre de segunda mano a una chica uruguaya, Tania, la primera hispanohablante que me encuentro por este país. Junto con su marido, Luis, otro uruguayo, y su mini-uruguayito de dos años Marcos, constituyen una familia sudamericana típica a la que le encanta hacer vida familiar y tumbarse en la playa. Mientras me tomaba un café con ellos les comenté que Maus y yo queríamos conocer lugares interesantes y nos invitaron a acompañarlos ese fin de semana a Tauranga, una ciudad en el Noreste de Isla Norte que daba acceso a una playa llamada Monte Maunganui, gracias a una colina de curiosa forma que da caracteriza a la ciudad.
Tauranga me sonaba a nombre exótico-mega-chachi-piruli, y además, ir a la playa con alguien que lleva un niño pequeño es una ganga; obviamente y conociéndome supondréis ya que no es por mi amor "pofundo" a las criaturitas de corta edad, sino porque los padres de las criaturitas no suelen poder moverse de al lado del crío y así tú puedes largarte a recorrer la playa y explorar un poco, dejándoles con las mochilas y la comida para que te la vigilen. Anda que pa tonta, yo.
De modo que el domingo siguiente Maus y yo agarramos nuestro nuevo coche (teniendo uruguayos cerca no se te puede ocurrir decir “cogimos el coche”, y menos con niño delante) y nos dirigimos a Tauranga. A medida que te acercas a la costa Norte, conocida como “Bay of Plenty” (“Bahía de la Abundancia”) el paisaje se hace más montañoso que en Hamilton y las vistas se vuelven alucinantes. Las playas de esa zona son de arena blanca, al contrario que las de Raglan, y están plagadas de todo tipo de conchas (otra palabrita que vale más no mencionar delante de un hispanoamericano, ustedes ya me entienden :), caracolas y todo tipo de moluscos de rebuscadas formas y colores. En la foto veis parte de la playa y el monte que le da nombre.Maus y yo buscamos un sitio en la arena, dispuestos a poner en marcha nuestro plan “deja las bolsas y corre”, pero el caso es que nos acabó saliendo el tiro por la culata, porque los uruguayos demostraron ser mucho más expertos en el tema del gorroneo, y en cuanto nos dimos cuenta agarraron al crío y se largaron al agua, dejándonos a Maus y a mi allí mangaos con dos palmos de narices y con todas las bolsas. Para cuando por fin volvieron, Maus y yo habíamos gastado todo el repertorio de palabrotas en Inglés y Español, y teníamos unas ganas de mover el culo de la toalla que no veas. Por fin pudimos salir a explorar un poco los alrededores de aquella playa.
La playa de Monte Maunganui se caracteriza, aparte de por el montecito que la corona, por contar con un gran número de islotes a escasos metros de la costa. Estas pequeñas islas son como oasis en un desierto de agua color turquesa, y cuentan con una zona central boscosa y un borde de arena y rocas; recuerdan un poco a la isla de “Perdidos”, pero en pequeño y sin bichos raros.Inciso: bueno… sin tantos bichos raros.
Fin del inciso.
El día tuvo incluso su momento surrealista cuando volvimos a la playa con la pareja de Uruguay y de repente nos vimos abordados por un chiflado de estos que salen mucho en las pelis de miedo justo antes de que empiecen a pasar cosas raras: un tío con barba y ojos de rana al que sólo le faltaba el cartel diciendo: “El fin del mundo está cerca, ¡arrepentíos, pecadores!”, que empezó a advertirnos de los peligros de la guerra nuclear que se avecinaba, asegurando que toda su información al respecto se la habían comunicado los extraterrestres que hablaban con él desde el Monte Maunganui. ¡Y yo que creía que estos tíos solo existían en las pelis de serie B! Tal turra nos dio el hombre, que cuando por fin se marchó se nos acercó una neozelandesa y, con semblante sumamente avergonzado, nos aseguró que no todos los habitantes de este país eran así.
Como día completo que fue, también tuvo su momento tierno y encantador protagonizado por el Uruguayito. Vamos, casi que me apeteció tener uno a mí y todo. El angelito se metió debajo de la carpa donde teníamos las bolsas, se agachó, dijo algo así como: "Nene pichi" y hala, nos meó todas las mochilas, mirándonos luego con una cara de triunfo y satisfacción que ni la Venus Williams después de ganar el Roland Garrós. El padre lo arregló todo diciendo: "uy, que lindo, si es que está aprendiendo a ir al lavabo solito", y lo cogió en brazos justo en el momento en el que yo iba a mostrar mi más profundo instinto maternal haciéndole al nene un nudo en la pichirila para demostrarle cuánto nos había agradado su ejemplo de incontinencia urinaria. Y así, con mochilas oliendo a pis de nene, nos despedimos de nuestros nuevos amigos y regresamos a Hamilton.
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Curiosidades acerca de Nueva Zelanda:
1. El saludo más típico cuando alguien te ve por la calle es: “G’day, mate!” (algo así como “Buen día, amigo”).
2. No se suelen dejar propinas en restaurantes ni bares.
3. Aunque conducen por la izquierda como los ingleses, en las señales utilizan el Sistema Internacional (en kilómetros, no en millas como los Británicos).
4. El límite máximo de velocidad, incluso en autopista, es de 100 km/h
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Nota: pido disculpas a todos los que me habéis pedido copias de las fotos y aún no las tenéis. Aunque ya tengo conexión a Internet en casa, es por línea telefónica y exageradamente lenta. En vez de enviar las fotos individualmente, en cuanto tenga ADSL abriré un fotoblog y así quien quiera podrá bajárselas.
Nota2: ¿me ayudáis a encontrar un nombre para mi nuevo coche?
"Se busca casita con jardincito"
El apartamento que Kiwilabs habia alquilado para nosotros no estaba nada mal: completamente nuevo, amueblado, con plaza de garaje y todos los gastos incluidos durante dos semanas. No obstante, los inconvenientes se iban haciendo patentes a medida que pasaban los dias: en primer lugar, la falta de espacio empezaba a resultar irritante; no teniamos ningun sitio, aparte de la barra de colgar perchas, donde colocar la ropa, y a resultas la teniamos toda amontonada en el estante superior del armario. El estante de marras quedaba a la altura justa para Maus, pero esta menda tenia que subirse a una silla cada vez que necesitaba una camiseta limpia; subirse a una silla en una habitacion a oscuras a las 7:30 de la mañana (me daba pena despertar al bello durmiente) siendo lo torpe que soy yo es llamar al desastre a voces. Aunque de forma milagrosa consegui no despatarrarme ninguna de las veces, en mas de una ocasion me encontre tratando de meterme por la cabeza unos pantalones cortos.El apartamento, situado en un segundo piso y sin ascensor, incluia “media cocina” - es decir, un microondas y un fregadero -, pero para tareas culinarias que exigieran algo mas de complejidad habia que desplazarse hasta el piso bajo, donde se encontraba la cocina comun del edificio... por supuesto cargando con ollas, sartenes, cubiertos y todos los aliños e ingredientes necesarios. Como es obvio, una vez acababamos de cocinar habia que volver a subirlo todo. El cuarto de la lavadora y secadora tambien eran comunes, y en las instrucciones, situadas claramente visibles en la pared, se leia que el inquilino que usara cualquiera de ambas maqinas debia limpiar el filtro despues de cada uso. Evidentemente, o bien los demas inquilinos no sabian leer, o esas instrucciones se las pasaban por el forro: la primera vez que Maus y yo dejamos la ropa lavando, al recogerla a la vuelta fuimos dejando un rastro de pelotillas multicolores por los pasillos cual Hansel y Gretel en busca de la casita de chocolate. Cuando abrimos el filtro y miramos dentro, descubrimos que con lo que alli habia podian rellenarse tres colchones y dos edredones nordicos. A la mañana siguiente en el trabajo los compañeros me preguntaban si iba a participar en el casting de “El señor de las pelusas”.
Luego estaban nuestros adorables vecinos… Febrero es el mes durante el cual los estudiantes vuelven a la Universidad de Waikato, y muchos de ellos se alojan en estudios y apartamentos como el nuestro. Justo enfrente del bloque en el que viviamos Maus y yo, a unos 30 metros de distancia, habia otro pequeño edificio rectangular plagado de estudiantes juerguistas. La distribucion de los estudios de ese edificio y las enormes ventanas y balcones hacen que sea clavadito a las viñetas comicas de 13 Rue del Percebe… y a los inquilinos talmente parece que los hubiera dibujado Ibañez.Para empezar teniamos a la Rockera: de unos 18 años, delgada, pelo largo grasiento y con cara de mala leche perpetua, le encantaba poner la musica tan alta que nos despertaba hasta a nosotros; no me quiero ni imaginar lo que se escucharia desde el piso contiguo al suyo. Como suele pasar con estos individuos e individuas, no les basta con ponerse unos cascos, o escuchar la musica encerrados en su cuarto, no: tienen que abrir todas las puertas y ventanas de par en par y subir el volumen hasta el maximo permitido por los altavoces, para que los vecinos australianos e indonesios disfruten rambien de su buen gusto musical. De vez en cuando, entre el estruendo de la musica se podia escuchar el rebuzno mular de alguno de los adorables estudiantes que venian a recogerla para salir de pendoneo. Entre la musica, rebuznos de ellos y los graznidos de ella, si hubieran tenido perro habrian sido clavaditos a los musicos de Bremen.
En otro de los estudios teniamos a Los Mirones: dos compañeros de piso mu cachondos ellos que tenian por costumbre sacar el movil con camara y hacer como que hablaban con alguien o que sacaban fotos a las nubes situadas justo encima de la cabeza de los vecinos de enfrente. Casualmente esto solo ocurria cuando el vecino de enfrente era chica y salia al balcon en pijama o con poca ropa. Si se daban cuenta de que habian sido descubiertos, uno de ellos se ponia a apuntar teatralmente al cielo y exclamar algo del estilo de: “Si, mira, por alla va, por alla va el globo!”. Que si yo fui una de las improvisadas modelos? Mucho me temo que podreis comprobarlo si buscais alguna pagina neozelandesa del estilo de http://www.mironesamateur.com/vecinas (Nota: la pagina me la he inventado, dejad ya de darle al link, coño!!!).Tambien teniamos al Independizao: estaba claro que era la primera vez que vivia fuera del hogar paterno, y dia si, dia no, podias ver a su madre – que debia vivir a dos calles de distancia como mucho - pasando el aspirador, haciendole la cama o llenandole la nevera de fiambreras. Cuando se marchaba, la pobre (e idiota) mujer iba cargando con la bolsa de la ropa sucia.
Pero mi favorito y el que nos proporciono horas y horas de cachondeo y entretenimiento gratuito era el Wanker... si quereis saber el por que del mote, no os dejare mas remedio que buscar el significado de la palabrita, o bien seguir leyendo y deducirlo vosotros solos. Todo empezo una mañana de sabado despues de desayunar; hacia un calor de mil demonios y Maus y yo estabamos vegetando, tratando de decidir que hacer. Yo sali al balcon a ver si me daba un poco el aire y eche un vistazo superficial a la 13 Rue del Percebe de enfrente a ver si habia algo que cotillear. Despues de la juerga que se habian corrido la noche anterior, y tal y como sospechaba, estaban todos roncando en sus camas. Me fije especialmente en uno de ellos, en el piso bajo, que yacia despatarrado boca abajo sobre su cama en una posicion muy poco digna; desde donde estaba yo, y con la cortina medio tapandole, solo podia verle el trasero y las piernas, sumamente peludas (no se si el trasero era peludo tambien, afortunadamente el chaval me ahorro pesadillas futuras durmiendo en gayumbos).. Ya iba a ponerme a mirar a las musarañas ante la falta de interes general del paisaje, cuando de repente aquel trasero empezo a hacer movimientos extraños... se movia hacia un lado, al cabo de unos segundos se movia hacia el otro; luego se levantaba y volvia a caer, pero todo muy despacio y a intervalos. Maus se acerco a donde yo estaba a ver que hacia alli mangada en el balcon mirando hacia abajo; le hice un gesto y señale la ventana de Wanker. Maus se quedo un rato observando, me lanzo una mirada inquisitiva y yo me encogi de hombros. “Igual se esta moviendo en sueños”, propuse. “Para mi que tiene una trempera mañanera y se la esta rozando contra el colchon”, dijo el. “Joer Maus, tu siempre pensando en lo mismo”. “Acabaramos Pili, hablo la monjita de la caridad!”, “Ssshhh... vamos a esperar a ver que hace”. Y alli nos pasamos un buen rato en plan voyeur observando los movimientos del “derrier” del vecino del bajo. A medida que pasaba el tiempo la frecuencia de los meneos culares aumentaba, y daba la impresion de estar bailando el twist tumbado boca abajo en la cama. Asqueada y muerta de risa a la vez, tuve que darle la razon a Maus: aquello era una pajilla en toda regla, aunque en una posicion algo inusual. Yo propuse que el interfecto estaba probando una vagina en lata, Maus propuso que lo hacia en esa postura para poder disimular mas facilmente si alguien entraba sin avisar. El caso es que despues de varios freneticos espasmos de sus posaderas, al fin el chaval descanso tranquilo y Maus y yo, completamente despiertos y debatiendonos entre la risa y la nausea, decidimos salir de casa para olvidar cuanto antes aquella experiencia traumatizante.
A partir de ese dia yo no pude evitar fijarme en su ventana cada vez que tenia ocasion, especialmente por las mañanas. Y maldita sea, unas veces boca abajo, otras sentado en el borde del colchon viendo la tele, otras en la silla... el caso es que el tio se la cascaba alegremente casi todas las mañanas del fin de semana, delante de la ventana y sin cortinas la mayoria de las veces. En varias ocasiones me plantee seriamente invitar a Los Mirones a mi apartamento y dejarles la exclusiva al alcance de su movil.Nuestra busqueda de vivienda comenzo la segunda semana despues de llegar; armados con un par de periodicos (“The Waikato Times”, que cada miercoles y sabado publicaba una seccion de anuncios por palabras, y “The Loot”, un semanal de articulos de segunda mano que incluia viviendas de alquiler) y una lista de agencias inmobiliarias, Maus y yo nos echamos a la calle dispuestos a encontrar nuestra casita con jardincito. No teniamos coche, y unicamente una bicicleta ruinosa que ni de coña iba a soportar el peso de los dos (apenas me soportaba a mi ya), asi que decidimos ir andando – sobre el mapa Hamilton no parece tan grande, verdad? – y limitarnos a casitas en zonas cercanas a Kiwilabs. Aquello estaba chupao, amos.
En alguna parte he oido yo la expresion esa de “solo los perros rabiosos y los ingleses se exponen al sol a mediodia”... pues ahora habria que añadirle: “...y las novias de los ingleses tambien”. Los dias que pasamos Maus y yo buscando casa bajo un sol abrasador y un calor que derretia el asfalto, acompañados por el eterno chirrido de las cigarras, nos convencieron que encontrar una casa habitable en Hamilton, Nueva Zelanda, iba a resultar algo mas complicado de lo que habiamos pensado. La mayoria de las viviendas vistas desde fuera parecian la casa ideal: casitas de una planta de madera o ladrillo, con su buzon de correos tan mono alli a la entrada, su caminito, su garage y el jardin, como la que se puede ver en la foto, que fue una de las que visitamos; hasta ahi todo bien. El problema venia cuando entrabas y te encontrabas, primero, con que la practica totalidad de casas en alquiler en Nueva Zelanda vienen vacias... y cuando digo vacias, quiero decir vacias: ni camas, ni armarios, ni sofas, ni electrodomesticos ni nada de nada. Aparte de ese ligero inconveniente, que habria implicado gastarse una pasta en muebles de segunda mano, estaba el tema de las moquetas: ya habia comentado previamente que a los ingleses les encantan las moquetas, no solo en las habitaciones y el salon, sino tambien en la cocina y en el baño (si, si, moqueta en el baño). Pues los neozelandeses no les van a la zaga: solo les falta enmoquetar la pared. Y no habria ningun problema si la moqueta cumpliera los minimos exigibles de decencia... pero en la mayoria de casas que visitamos, donde encima te pedian que te descalzaras para entrar, casi tuvimos que desinfectarnos las plantas de los pies al salir. Aquellas moquetas estaban sucias, llenas de agujeros, con manchas de grasa y otras sustancias no identificables (no es que no se pudieran identificar, es que preferiamos no conocer su origen) y totalmente peladas... algunas incluso tenian pulgas!. En las paredes, la mayoria de hogares de Nueva Zelanda aun se decantan por el papel pintado, en muchos casos con adornos florales que cruzan la frontera del mal gusto para adentrarse directamente en la abominacion estetica. Sin embargo aun era preferible el espantoso papel pintado a las manchas que encontramos en alguna de las casas: era como si hubieran matado a un gato agarrandolo por el rabo y estrellandolo contra las paredes.Asi que ahi estabamos Maus y yo, caminando kilometros y kilometros por zonas residenciales de Hamilton en las que no encontrabas un solo bar o tiendecita donde parar y beber algo, tachando casas de nuestra lista y echando pestes contra el ultimo agente inmobiliario que nos habia asegurado que la casa iba a ser poco menos que la residencia de verano de Paris Hilton. Francamente, dudo mucho que Paris Hilton tenga la casa llena de termitas, hormigas, ratas y con un agujero en medio del suelo del pasillo.
Desanimados, decidimos olvidarnos de las casitas y empezar a buscar un apartamento algo mas grande que el que teniamos. Los apartamentos, al fin y al cabo, vienen casi todos amueblados, son mucho mas baratos y suelen quedar en el mismo centro. En mi mente dije adios a la casita con jardincito y Maus y yo nos pusimos a elaborar nuevas listas. Ya nos dolian los pies solo de pensar en reanudar la busqueda.
El martes 31 de enero, cuando ya solo faltaba un dia para comunicarle a la empresa dueña de los apartamentos si nos ibamos o queriamos quedarnos mas tiempo (en cuyo caso tendriamos que empezar a pagar), me fui a tomar una cerveza con uno de nuestros vecinos, Larry. Conoci a Larry - un sudafricano timido de ojos azules - el segundo dia despues de llegar, cuando llame a su puerta para pedirle sal, como la tipica maruja de las telenovelas. Desde ese dia se convirtio en nuestro primer amigo en Nueva Zelanda. Larry es un ingeniero de caminos que esta en Hamilton buscando trabajo, como muchos otros compatriotas que abandonaron Sudafrica despues del cambio de gobierno; el martes aquel se paso por nuestro apartamento a preguntarnos que tal nos habia ido en la busqueda y a proponernos salir a tomar algo. Maus estaba aun recuperandose de un quemazo impresionante en las piernas que habia pillado el fin de semana anterior (del cual os hablare en el siguiente articulo), asi que se quedo en casa, pero yo tenia ganas de contarle nuestras penas a alguien. Entre cerveza y cerveza me pregunto si habia mirado en una pagina de subastas neozelandesa, llamada TradeMe, donde tambien anunciaban alquileres. Sin demasiadas esperanzas me dirigi al cibercafe y eche un vistazo a la seccion de alquileres... y alli se fraguo el milagro.La primera casa de la lista estaba, segun la descripcion, completamente amueblada, tenia dos habitaciones, garage, jardin y estaba a 10 minutos caminando de Kiwilabs. El anuncio venia acompañado de dos fotos que mostraban una casa limpia, luminosa y agradable, y el alquiler, aunque ligeramente mas alto de los que habiamos estado mirando, era algo mas bajo del que habia estado pagando en Mix Village por mi miniapartamento. Parpadee. El anuncio seguia alli, era real. Un segundo despues, sobre la silla donde habia estado sentada solo quedaban volutas de humo y podia verse un agujero con forma de Pilimindrina en la puerta del ciber; jadeando, me abalance sobre el primer telefono publico que encontre. Llame al telefono que incluia el anuncio procurando no parecer demasiado ansiosa (“quiero ver esa casa, quiero ver esa casa, QUIERO VERLA AHORA”) y el dueño me dio hora para el dia siguiente. Me negue a hacerme demasiadas ilusiones: seguro que cuando la vieramos no se pareceria en nada a la descripcion. Larry se ofrecio a llevarnos en coche para evitarnos una nueva caminata, y a las 7 de la tarde del miercoles alli estabamos plantados los tres, a la puerta de una casita de madera blanca con un enorme balcon. El dueño nos abrio la puerta y, desde el primer momento en que posamos la vista dentro, supe que aquella casa tenia que ser nuestra.
La casita lo tenia absolutamente TODO. No solo muebles y electrodomesticos, sino tambien television, equipo de musica, cuberteria, vajilla, ollas, sartenes y demas artilugios de cocina, tostadora, licuadora, aspiradora, cortinas, toallas y ropa de cama. El jardin era enorme y tenia numerosas plantas con flores y arboles frutales, y de su cuidado se hacia cargo el dueño. La segunda habitacion estaba situada detras del garage, separada del resto de la vivienda, y ofrecia una perfecta habitacion para invitados o familiares que vinieran a visitarnos (o para tener un lugar comodo donde dormir despyues de un cabreo de pareja). La casa tenia tambien calefaccion - otra curiosidad de Nueva Zelanda: las casa no tienen aislante termico, las paredes son practicamente de papel, y no tienen calefaccion central –, sistema de alarma y garage con mando a distancia. En la foto podeis comprobar las vistas desde el balcon.Me quede mirando al casero con cara de paranoica: esa casa no la tocaba NI DIOS! En esa zona y a ese precio, yo sabia que la proxima persona que la viera se la quedaria, y que habia sido cuestion de pura suerte ser los primeros en pasar a verla. Le ofreci referencias, mis datos bancarios, el nombre y el telefono de mi jefe en Hamilton, 3 meses de sexo oral, la virginidad de mis hijas, la de mis hijos si hacia falta y mi esclavitud de por vida. Afortunadamente para mi (y para Maus) el hombre ya hizo ademan de negativa en cuanto empece a mencionar las referencias y nos dijo: “No me hace falta ninguna referencia, yo soy una persona que se fia mucho del cara a cara y de mirar a los ojos a la persona, y se que con vosotros no voy a tener ningun problema. Si os gusta la casa, podemos arreglar el contrato de alquiler hoy mismo, y asi no se la enseño a nadie mas”.
En ese momento me converti a la primera religion que se me paso por la cabeza durante 3 segundos, lo suficiente para dar gracias a cualquier ser superior que hubiera por alla arriba. Despues deduje que cualquier ser superior se habria quedado horrorizado si hubiera estado en mi cabeza 5 segundos atras y me habria condenado al fuego eterno, aparte de haber convertido la casita en una pocilga. Asi que regrese discretamente al ateismo y me conforme con que Murphy hubiese estado despistado ese dia.
La casita no quedaria libre hasta dos semanas mas adelante, el 14 de Febrero, pero vistas las circunstancias habria esperado por ella 4 meses si hubiera hecho falta. Una media hora mas tarde Larry, Maus y yo salimos de alli con la copia del contrato en la mano y una sonrisa de oreja a oreja: por fin teniamos casita con jardincito!
Nota finish: en el momento de escribir esto hace ya tres dias que nos hemos mudado a nuestra nueva casita. No mas falta de espacio, no mas depender de la cocina y la lavadora comun, no mas vecinos pajilleros (bueno, al menos no tan visibles desde mi ventana :P). Por fin me puedo empezar a sentir en casa!
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Curiosidades de Nueva Zelanda y los kiwis:
1. Beben Mirinda!!! Y yo que creia que esa marca habia desaparecido hace ya siglos!
2. Entre las particularidades del acento neozelandes esta que poronuncian las "e" como "i". Asi, te encuentras con que frases como "turn left" y "check book" ("gire a la izquierda" y "talonario de cheques") acaban sonando "turn lift" y "chick book".
3. Los sueldos, los prestamos y los alquileres se pagan cada dos semanas en vez de mensualmente.
4. En Hamilton, cuando la dueña de una tienda tiene un chichi de lujo, lo anuncia asi:

Descubriendo Hamilton
Nota previa: vaya chasco con lo de la cisterna… Mientras estuve en España las cisternas que vi fueron siempre de las de “tirar de la cadena” o de las de levantar un taponcillo de hierro, mientras que las inglesas son de empujar hacia abajo una palanca; asi que cuando aterrice en las Antipodas y vi las de botones pense que serian tipicas de aqui. Resulta que ahora to Dios tiene cisternas de esas!!! Aargghhh! Primera nota: en la imagen, la iglesia que tenemos Maus y yo justo enfrente de la ventana de nuestro apartamento.---
A pesar de que nos acostamos convencidos de que no despertariamos hasta pasadas unas 18 horas, la cuestion es que esa noche no pudimos casi dormir. Nos despertabamos a cada media hora, desvelados, y tardabamos otra media hora y otras 50 vueltas en volver a dormirnos. El calor que hacia no ayudaba demasiado al sueño, y a las 8 de la mañana decidimos dejar de hacer vanos esfuerzos y salir a conocer Hamilton.
La ciudad de Hamilton tiene unos 170000 habitantes y es la tercera ciudad mas importante de la Isla Norte, lo cual os dara una pista de la poquisima gente que habita este pais. En el mes de enero ademas, que coincide con las fiestas escolares, no se ve casi gente por la calle, ya que todos estan por ahi tomando el sol en las playas o en su vecina Oz (asi es como llaman aqui a Australia… “Oz…tralia”); recuerdo haber leido en una guia de Nueva Zelanda que resulta muy complicado hacer un calculo exacto del numero de habitantes del pais, ya que en cualquier momento del año la mitad estan en Oz, pero se calcula que Kiwilandia debe tener unos 4 millones y medio de almas. Teniendo en cuenta que en superficie es algo mas de la mitad de España, es facil deducir que aqui no tienen problemas de espacio. Solo Madrid ya tiene mas habitantes que Nueva Zelanda entera. Nota segunda: si, esta vez y en primicia, la que sale en la foto soy yo, saludando desde la Central Place en Hamilton ;)Esto explica la distribucion de ciudades como Hamilton, sin ir mas lejos. Una zona centro donde se aglutinan todos los bares, restaurantes, tiendas de ropa, alquileres de coches, agencias inmobiliarias, supermercados y centros comerciales, y fuera de ahi todo son casitas de una planta, muy similares a las australianas, rodeadas por su jardin – de unos 600 metros cuadrados de media -, su valla o seto y con su buzon de correos a la entrada. El rio Waikato, limpio y caudaloso, bordea la zona centro y se define como una de las vistas mas hermosas de Hamilton. Basta con desviarte un poco de la calle Victoria y descender por una de las muchas zonas de paseo, y de repente te encuentras caminando entre la mas frondosa espesura. Aunque algunas de las especies de plantas parecen exactamente iguales a las que podemos ver en España, otras sorprenden por su exotismo; las que primero me llamaron la atencion son una especie de helechos que se ven por todas partes:
los asturianos estamos acostumbrados a los helechos, pero los nuestros son pequeños, no suelen pasar de la altura de la rodilla, y el tallo nace directamente del suelo. Los de por aqui son enormes, me recuerdan a los helechos prehistoricos de las peliculas del Jurasico, y aunque en un principio tambien brotan del suelo, pronto desarrollan una especie de tronco peludo que puede crecer hasta mas alla de los 20 metros, haciendo al helecho parecer una palmera. Tambien, por supuesto, tienen palmeras propiamente dichas, y entre las especies arboreas que puedo reconocer abundan los robles, los pinos, los castaños y los abedules, aunque todos estos parecen ser subespecies distintas a las españolas.
Respecto a la fauna que podemos encontrar por aqui, la buena noticia es que en NZ no hay animales venenosos como los que si abundan en Australia: al parecer solo existe una arañita que puede causar problemas si te pica, pero no es muy comun. No hay serpientes venenosas ni tarantulas, y algo muy peculiar: NZ no tiene especies autoctonas de mamiferos, a excepcion de un murcielago! Los unicos mamiferos que pueden encontrarse por aqui son ratas, gatos y perros asilvestrados, cerdos y poco mas (es decir, todas ellas especies “invasoras” importadas). Lo que abundan son las aves: vayas por donde vayas, sea en medio de una autopista o en la cima de una montaña, te ves rodeada de pajaros de todos los tamaños, formas y colores. El unico que reconozco es el gorrion comun, pero hay otra especie que se parece mucho al gorrion pero que es capaz de desplegar una cola en forma de abanico como si fuera un pavo real. Hay aves grandes de color negro con la cabeza amarilla y un pico bastante largo, pajaros negros y rojos, patos con el cuello azul… innumerables especies que no habia visto nunca y que se cuelan en cualquier tienda o cafeteria a buscar restos de comida y se te acercan tanto que casi puedes tocarlos. Algunos incluso comen de tu mano. El de la foto me lo encontre en Hamilton Lake, un lago precioso a unos 300 metros del centro de la ciudad.Los primeros dias que pasamos Maus y yo en Hamilton los recuerdo ahora como entre una neblina de sueño y desconcierto. Recuperarnos del jet-lag nos llevo mas de una semana, y aun hoy sigue habiendo noches en las que me cuesta dormirme, o me desvelo a las 6 de la mañana.
Y llego el lunes, mi primer dia de trabajo en Kiwilabs, y con el la primera incognita: como coño iba yo a llegar al curro, cuando el transporte publico en Nueva Zelanda es pesimo (las pocas lineas de buses de Hamilton tienen en comun que el autobus pasa cada media hora y que no cubren ni la mitad de la ciudad) y la distancia desde mi apartamento al trabajo es de unos 4 kilometros??? Me pase el fin de semana anterior tratando de encontrar solucion a este inconveniente hasta que a ultima hora decidi darle un toque a mi jefe y ver si se enrollaba y me llevaba en coche – anda que no le echo yo morro ni nada. Shyman no solo se enrollo y me paso a buscar, sino que me llevo en coche hasta su propia casa y me dejo una bicicleta con casco y candado incluidos para que pudiera arreglarmelas hasta que dispusiera de medio de transporte propio. Eso si, la bicicleta en cuestion mereceria un post para ella solita… De color rosa y violeta chillon, barra de direccion torcida, estabilidad minima y frenos chirriantes… cada vez que me montaba en ella con aquel casco aerodinamico estilo Mario Cipollini parecia la hormiga atomica pasando apuros economicos. Si a la moto de la pelicula “Diarios de Motocicleta” la apodaron “la Poderosa”, el mote perfecto para aquella bicicleta seria “la Esmirriada”. Cuando te montabas sobre ella los primeros metros pasaban sin demasiadas penas, a excepcion de la sensacion pegajosa en las manos a consecuencia de la cinta aislante que cubria el manillar, que habia empezado a despegarse y colgaba a ambos lados como serpentinas.
Eso si, a medida que cogias velocidad la cosa empezaba a ponerse fea: empezabas notando una cierta vibracion en el manillar, que poco a poco se extendia al cuerpo de aquella maquina infernal, al mismo tiempo que la rueda delantera empezaba a hacer ligeras eses. Bajar una cuesta ponia a tu mente en la encrucijada de que hacer: bien dejarte ir, sin frenos, y arriesgarte a que la Esmirriada se descuajaringase poco a poco hasta acabar sentada en un sillin y con el manillar en la mano, o peor aun, agarrada al parachoques de algun camion, o por el contrario hacer uso de aquellos maravillosos frenos con banda sonora incluida y matar de un ataque al corazon a la primera vieja a la que pillaras paseando por la acera.Por si fuera poco, los primeros dias de curro un frente de bajas presiones alcanzo la Isla Norte, y decir que llovio seria como decir que el Everest es una banqueta: aquello dejaba en pañales al Diluvio Universal, y a la inestabilidad cronica y el chirrido rompedor de nervios de la Esmirriada habia que sumarle el aspecto absolutamente chic de su conductora, cubierta de bolsas de plastico por todas partes y escupiendo bocanadas de agua de lluvia por las esquinas. Cuando por fin llegaba al trabajo y dejaba a la Esmirriada en los railes a la puerta de mi laboratorio, con agua de lluvia metida hasta la trompa de Eustaquio, solo me faltaba sacudirme el agua como un perro para completar la patetica imagen.
Pero dejando aparte mis primeros pinitos en bicicleta, he de decir que mi lugar de trabajo es alucinante. Acostumbrada como estaba a un edificio departamental gris, oscuro y superpoblado, encontrarme de repente en un complejo en el cual no solo hay edificios de laboratorios, sino tambien piscina, cancha de tenis, squash, campo de rugby y un largo etcetera supuso algo mas que una grata sorpresa. Que ademas la politica de la empresa anime a todo empleado a hacer uso a discrecion de todas estas instalaciones era como musica para mis oidos. Y otra nota: lo de la foto no es mi trabajo, obviamente, pero como muchos me habeis pedido fotos de Hamilton y alrededores, aqui os pongo otra que hice del Rio Waikato, hala.El primer dia, nada mas empezar, lo primero que me enseñaron fue mi despacho. Yo me quede mirando a mi jefe con expresion de asombro e incredulidad. “Perdon, creo que aun tengo algo de agua en el timpano… como ha dicho? Mi queee?”. “Despacho”… esa palabra desconocida, que evoca a directores y presidentes de empresa sentados con las piernas sobre la mesa y un ventanal desde el que se puede contemplar toda Nueva York. Lo mas parecido a un despacho que habia tenido hasta ahora era una esquina del laboratorio por la cual nos peleabamos con saña todos los compañeros de trabajo. Pero lo que se me ofrecia ahora era un amplio espacio con ordenador, mesa de trabajo, archivos, estanterias y ventilador, aparte de una enorme ventana por donde puedo ver prados y arboles. La estancia en si es compartida con otros dos compañeros, cada uno con su propio espacio, pero aun asi yo me sentia en la cuspide de la abundancia. Me apetecia llamar por interfono a mi secretaria y pedirle un café y que cancelara todas mis citas pendientes para esa tarde, como hacen en las series de abogados. Aunque bien pensado, no tenia interfono, ni secretaria… por no tener no tenia ni citas.
Aparte del lujoso cambio, tambien pude comprobar que los trabajadores en Nueva Zelanda no sufren en absoluto de estres laboral. Lo de quedarse a trabajar en horas intempestivas o venir los fines de semana es algo sumamente extraño, y nadie espera que trabajes mas de las 8 horas diarias que se especifican en tu contrato... mas musica para mis oidos. La gente se va a comer y de paso se juega una partidita de tenis, y luego, como uno esta muy acalorado, se da un baño en la piscina. O bien queda con sus compañeros para jugar un partido de “touch-rugby” (una variante mucho menos violenta del rugby, deporte que en NZ levanta pasiones). O bien coge el coche y se va a hacer montañismo, y ya volvera cuando termine. Es la “kiwi way of life”, a la que resulta sumamente facil acostumbrarse. Me parece a mi que alguien va a tener que venir a buscarme, atarme con cadenas y arrastrarme para que yo vuelva a Europa…
La vida en este pais habia empezado con buen pie, si excluimos el pequeño “incidente” con Maus. No obstante, una semana despues de llegar, aun no teniamos ni casa, ni coche, ni telefono de contacto, ni siquiera bicicleta propia. Esto no podia ser… mentalmente me jure y perjure que no pasaria otra semana sin solucionar al menos 3 de esas 4 carencias. Ademas, no se va a venir una al pais de las casitas con jardincito para acabar metida en un apartamento escualido con cocina y lavadoras compartidas con todo el resto del edificio (como era el apartamento en el que viviamos Maus y yo)… de eso nada! Esta menda queria su casita con jardincito! (y hablando de jardincitos, el de la foto pertenece a los Hamilton Gardens).Pero todo lo referente a nuestra busqueda de vivienda, en el siguiente articulo ;)
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Curiosidades acerca de Nueva Zelanda y los kiwis:
1. A las tarjetas de debito las llaman “EFTPOS” (“Electronic Funds Transfer at Point of Sale”)… Joer, con lo facil que es decir “debit card”! Anda que no me costo entender que coño me preguntaban en las tiendas a la hora de pagar…
2. La ITV de los coches se llama WOF (“Warranty of Fitness”) y se pasa cada 6 meses en cualquier taller, e incluso en muchas gasolineras.
3. El seguro del coche no es obligatorio, ya que en Nueva Zelanda existe un fondo publico de accidentes (“ACC”) que cubre cualquier tipo de percance que una persona sufra fuera del trabajo, incluidos los accidentes de trafico. El ACC se te descuenta del sueldo aparte de los impuestos (es en torno a un 1%).
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Nota finish: todas las fotos en este articulo, a excepcion de la de la bicicleta son fotos originales de la autora. Como siempre, si a alguno de vosotros le apetece ver alguno de los originales en grande, no teneis mas que pedirmelo por mail.
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Aterrizando en la Tierra Media
El avion nos llevaria desde Londres a Dubai, y desde alli hasta Melbourne, para terminar con un corto vuelo desde Melbourne hasta Auckland. En total, 28 horas incluyendo trasbordos. La primera parte del viaje fue de lo mas extraña; en mi cabeza se entremezclaban el sentimiento de euforia proque al final Maus se venia conmigo, con el resto de los nervios y la desesperacion de los ultimos momentos: si, se habia decidido, pero habia estado a un pelo de quedarse en tierra. Como habria sido mi vuelo entonces? Casi podia ver en mi mente a una pequeña y sola Pilimindrina que de repente y en un minuto ha visto romperse todos sus planes, teniendo 28 horas ante ella para asimilar el cambio que hubiera tomado su vida. Tambien sentia una profunda decepcion por comprobar lo rapido que podia Maus destrozar unos planes, a ultima hora y de forma drastica. Haria lo mismo ante cualquier decision importante? La pregunta tenia su miga, porque al fin y al cabo esa era la persona con la que iba a compartir mi vida a partir de ahora. Entre mi silencio de “Dios, que ha estado a punto de pasar?” y el suyo de “Dios, que acabo de hacer?”, nuestros asientos en el medio del enorme avion de los Emirates parecian un tanatorio.Yo siempre habia creido que los vuelos transcontinentales eran mortalmente aburridos… horas y mas horas sentados sin ver mas que oceano por las ventanillas y seguramente sin poder dormir como es debido… todo ello aderezado por el sempiterno niño lloron que parece que siempre te toca al lado. Si encima ni siquiera hablas con tu compañero de asiento, aquello puede ser mas tedioso que un mitin de Fidel Castro. No obstante descubri que resultaba dificil aburrirse: la compañia Emirates pone a disposicion de los pasajeros, de forma totalmente gratuita, un sistema multimedia de lo mas completo: cada asiento esta equipado con una pantalla tactil de unas 10 pulgadas (calculado asi a ojo) a todo color y desde la que se puede acceder a musica, television, peliculas (una lista de mas de 100 titulos de peliculas completamente nuevas), juegos (muchos de los cuales pueden jugarse con otros pasajeros) e informacion acerca del vuelo y de las ciudades de destino.
Inciso: No, no habia pelis porno, y si, las estuve buscando, que pasa?.
Fin del inciso.
Solo en juguetear con el sistema y descubrir sus multiples usos ya echas un par de horas. Ademas, el hecho de haber despegado a las 10:30 de la noche despues de un dia agotador ayudaba mucho a dormir: sobre las 12 de la noche cerre el ojo, y cuando volvi a abrirlo eran las 6 de la mañana hora inglesa, y los altavoces ya anunciaban el proximo aterrizaje en el aeropuerto de Dubai, segun me habian dicho, uno de los mas lujosos del mundo. De todas formas no tendriamos mucho tiempo para comprobarlo, ya que nuestro trasbordo duraba apenas una hora.Ejem… eso creiamos nosotros.
Nada mas bajar del avion y preguntar el numero de puerta de embarque que nos tocaba para el vuelo a Melbourne, una señorita muy simpatica nos anuncio que el vuelo estaba retrasado… 8 horas!!! Despues de mucho indagar en los motivos descubrimos que algun gracioso aburrido se habia entretenido bloqueando todos los wateres del avion con toallas. Algunas de ellas habian alcanzado los tanques septicos, y voila! El avion en tierra mientras se repara la averia. Por razones obvias, un vuelo de 13 horas no puede permitirse tener los lavabos bloqueados. Un golpe de maestria que habria convertido la travesura en putada monumental por parte del gracioso aburrido habria sido añadir pastillas de laxantes en los menus de pasajeros. Afortunadamente el susodicho no tenia una mente tan retorcida como la mia…
Las horas de retraso nos permitieron, ademas de aprendernos de memoria la situacion de cada esquina, asiento y tienda de la zona de embarques del aeropuerto de Dubai, volver a dirigirnos la palabra para hablar de lo que habia sucedido. Tanto Maus como yo eramos reacios a iniciar LA conversacion, pero sabiamos que teniamos que hacerlo. Los detalles de la misma me los guardo, solo deciros que acabamos los dos llorando como magdalenas, y despues de mucho, mucho tiempo, quedandonos dormidos en nuestros respectivos hombros en la zona de descanso del aeropuerto… tan dormidos que casi llegamos tarde al embarque.Despues de desahogarnos las cosas fueron mucho mejor. Las 13 horas de vuelo a Melbourne se nos pasaron en nada, entre peliculas, partidas compartidas al tetris y comidas (me refiero a las que sirven en el avion). La sensacion de viajar en el tiempo era abrumadora: nos daba la impresion de que nos servian una comida diferente cada hora. No habian terminado de servir el desayuno, que ya parecia que vinieran con el almuerzo, o comoquiera que se llame lo que te sirven cuando en tu casa es la hora de comer, pero en medio del Pacifico ya es de noche.
Y asi, casi sin darnos cuenta, llegamos a las inmediaciones de un nuevo continente. El Sur de Australia desde el cielo parece un inmenso desierto; por algun motivo yo tenia en la cabeza que la zona circundante a Melbourne era verde y montañosa, pero nada mas lejos de la realidad: una aparentemente inacabable planicie amarilla y marron. En Melbourne añadi unos cuantos Dolares Australianos a la coleccion de euros, Libras Esterlinas y Dirhanms arabes que ya tenia en la cartera y me prepare para el tramo final: el que me llevaria a mi proximo hogar, Nueva Zelanda.
Y la espera tuvo su premio; Auckland lucia un cielo nuboso aquel 18 de Enero, pero en cuanto atravesamos las nubes un aire limpio y transparente me permitio captar mis primeras imagenes de Nueva Zelanda: TODO era verde y azul. Prados, bosques, colinas, y sobre todo agua, mucha agua, no solo el agua del mar que invade Auckland, sino tambien rios, pantanos, lagos, parecia haber agua por todas partes. Me quede embobada contemplando mi nuevo pais de acogida del que ya me estaba quedando prendada desde el aire, y no podia esperar a bajarme del avion para posar mis pies sobre el.En el aeropuerto de Auckland no tuvimos ningun problema con el equipaje, a pesar de que nos habian inundado en advertencias de las 50000 cosas que NO puedes llevarte contigo a Nueva Zelanda… entre ellas comida de ningun tipo, ropa hecha de lana o botas de monte! (parecen tener panico de que introduzcas alguna semillita en el pais!). Para aumentar la seguridad que ofrece el scanner por el que han de pasar todas las maletas y mochilas, las autoridades neozelandesas tienen perritos Beagle especialmente entrenados que husmean alegremente por entre los equipajes y se sientan ante cualquier olor sospechoso. Pobre de ti como le toque a tu maleta, porque te la vaciaran por completo y meteran mano en todos los recovecos sin ningun miramiento! Mentalmente di gracias por no haber podido traerme la bolsa de 1.5 kg de Cola-Cao … podia imaginarme claramente dando explicaciones acerca de una bolsa de plastico llena de polvo marron, y me puedo imaginar las caras de los policias neozelandeses: “Cacao en polvo… si, claro, ya no saben que inventar… anda Warren, mira a ver si lo que hay en esa botella que pone ‘Carbonell’ es extasis liquido”
Por fin abandonamos la zona de registro de equipajes; ante mi, la puerta que conducia a un nuevo mundo. La compañia habia enviado a lo que ellos llaman un “shuttle”, un servicio de taxis prepagados de esos que te van a buscar y te esperan en la zona de llegadas portando el tipico cartelito blanco que pone: “MISTER FULANO DE TAL”. El pobre hombre al que le habia tocado yo en suerte estaba alli medio despatarrado despues de varias horas de espera… a pesar de que en Dubai yo habia avisado por mail a la compañia acerca del retraso, nadie debia haberle dado la noticia a aquel desafortunado taxista. Para haceros una idea, el avion deberia haber aterrizado en Auckland a la 1:40 de la tarde, pero la hora real de aterrizaje fueron las 7:50.El pobre hombre se quito las telarañas y nos ayudo a acercar las maletas al taxi. En cuanto cruce la puerta de salida, el olor de Nueva Zelanda cayo sobre mi como un velo. Como describir aquella tenue fragancia del aire? Incluso Maus hizo un comentario acerca de ella. Lo mas similar que se me ocurre es definirla como una mezcla entre hierba seca con un ligero toque de especias. Desde el primer momento, ademas, el aire neozelandes se revela sumamente limpio, transparente. Incluso en un dia nuboso te da la impresion de que puedes ver las casitas y los arboles en la distancia con mucha mas definicion que en cualquier otro sitio en el que haya estado. “Pili, has visto las nubes?”, comento de repente Maus. Mire al cielo y en seguida supe a que se referia: al igual que los objetos en el horizonte, las nubes sobre el cielo de Nueva Zelanda parecen pintadas sobre el cielo, sumamente perfiladas y hermosas; al parecer, los maoris (el pueblo indigena que habitaba, y sigue habitando en menor porcentaje, estas islas) llamaban al pais “la tierra de las blancas nubes”. Unos dias mas adelante, Maus encontro una definicion mucho menos poetica para el asunto: saliamos del apartamento para dar un paseo un atardecer de la semana pasada y señalando una vez mas al cielo, exclamo: “Coño, si son iguales a las nubes de los Simpsons!”. Y maldita sea, tenia razon. Teneis en la cabeza la imagen de las nubes que aparecen al principio de la musica de los Simpson, junto con los titulos? Pues ambos teniamos esas mismas nubes delante de nuestras narices, solo que esta vez eran reales.
El viaje en taxi de Auckland a Hamilton dura aproximadamente hora y media. Maus cayo derrengado en el asiento a los 5 segundos de entrar, pero yo consegui mantenerme despierta lo suficiente como para disfrutar de aquel paisaje completamente nuevo hasta que poco a poco se fue haciendo de noche. El caudaloso rio Waikato, que cruza la ciudad de Hamilton de Sur a Norte, me hizo compañia durante mi primer desplazamiento a traves de Nueva Zelanda, con la promesa de paisajes maravillosos que visitar.Inciso: durante mi estancia en Inglaterra oculte el nombre de la ciudad en la que me encontraba. El motivo es, simple y llanamente, evitar que uno de los pocos pero sumamente dañinos chiflados que pululan por internet tratase de localizarme y pudiera afectar a mis amigos o a mi trabajo. Esto que describo no es mera paranoia, sino que esta basado en simples hechos: en una ocasion hace ya tiempo tuve que sufrir a un pirado de estos que decidio que el principal objetivo de su triste vida era localizarme y mandarme mensajes amenazantes, tanto a mi casa como al trabajo, implicando en ocasiones a mis propios compañeros. El motivo de tan temible venganza era que esta que escribe habia rechazado salir con el despues de ir a un par de kedadas organizadas en un chat de internet y que el susodicho de obsesionase conmigo. Casos como este suceden a diario, desgraciadamente, y seguro que vosotros mismos conoceis alguno. Como tengo mejores cosas que hacer que ejercer de psiquiatra y/o policia sin cobrar, preferi ocultar mi identidad y la de mi ciudad para reducir la probabilidad de que este tipo de sucesos ocurrieran. A consecuencia de ello mi blog perdio un poco de su espontaneidad, teniendo siempre que omitir detalles acerca de mi ciudad que podrian haber sido muy utiles para cualquiera de vosotros que un dia acabara teniendo que emigrar al mismo lugar. Tras mucho meditar, he decidido no ocultar el nombre de la ciudad en la que voy a vivir a partir de ahora, porque la situacion es demasiado emocionante, demasiado enriquecedora, como para molestarme en cambiar nombres u ocultar fotografiaspor no dar pistas a un cenutrio. Yo seguire siendo Pilimindrina, Maus seguira siendo Maus, pero mi ciudad es Hamilton, en la Isla Norte, y me gustaria conseguir que vosotros, mis lectores, os sintais tan a gusto en ella como yo ya me siento.
Fin del (larguisimo) inciso.
Mi empresa habia reservado para Maus y para mi un apartamento que podiamos ocupar de manera gratuita durante dos semanas. Cuando por fin el taxi se detuvo delante de un limpisimo y nuevo bloque de apartamentos en pleno centro de Hamilton eran ya cerca de las 11 de la noche, y Maus y yo apenas podiamos mantener los ojos abiertos. El taxista nos dejo su propio telefono movil para que yo pudiera pegarle un toque a mi jefe, Shyman y este nos trajera las llaves; Shyman no solo vino con las llaves, sino que se trajo consigo tres cajas llenas de cosas que podriamos necesitar en nuestros primeros dias: cubiertos, platos, un edredon, dos toallas, una cafetera… Es un hombre de mediana edad, timido y sonriente, que me dio muy buena impresion nada mas conocerle. Nos ayudo a subir las maletas al segundo piso y se quedo con nosotros hasta asegurarse de que todo estaba en orden, momento en el que nos dejo solos para que pudieramos dormir.
Yo no dejaba de sorprenderme de la enorme diferencia entre el recibimiento Kiwi y el que habia tenido al llegar a Inglaterra. Cuando llegue a Mix Village nadie vino a buscarme al aeropuerto, ni se habian ofrecido a buscarme un lugar donde quedarme (ni mucho menos pagarme uno), ni me llamaban a casa para preguntarme si todo el tema de la mudanza iba bien, ni me pagaron el viaje y el traslado, ni me preguntaron si necesitaba algo. Todo eso y mas lo hizo Kiwilabs por mi sin siquiera pedirlo, y son un tipo de detalles que, como sabreis todos aquellos que algun dia os habeis encontrado solos en un pais desconocido, se agradecen enormemente.Maus y yo solo nos entretuvimos el tiempo necesario como para deshacernos de toda nuestra ropa - que apestaba a aeropuertos - y meternos en la cama. Nos dimos un beso y nos dispusimos a dormir durante 3 dias seguidos, si era necesario. Cerramos los ojos. Paso un ratito. “Maus”, dije yo en voz baja. “Ya se lo que me vas a decir”, me contesto el. “Estas demasiado cansado…?”. “Agotado puede, pero nunca demasiado cansado”. “Puedes creerte que..?” “Si, me lo creo, yo tambien”. La sonrisa se hacia patente en el tono de voz de ambos. 36 horas de viaje en total incluyendo retrasos, de las cuales muy pocas habian sido de sueño. Sin embargo, agotados pero nunca demasiado cansados, aun tardamos un rato mas en dormirnos.
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Curiosidades de Nueva Zelanda:
1. Los neozelandeses son conocidos como “kiwis” incluso por ellos mismos. No es un termino despectivo ni racista, sino un autentico orgullo nacional.
2. A los kiwis les encantan las moquetas, como a los ingleses… AAARRGGGHHH!
3. Las cisternas del water tienen dos botones: el de la izquierda es solo para media descarga (para aguas menores, digamos) y el de la derecha descarga completa (para creaciones especialmente contundentes que requieren como minimo el poder de las cataratas del Niagara :P)