Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Northlands, parte III: un tobogán de arena
Cuando me desperté el domingo por la mañana me dolía hasta el pelo; tenía agujetas en músculos que hasta entonces ni siquiera sabía que existían. Me quité las legañas y abrí la cortina del ventanuco de nuestra habitación; un hermoso cielo azul y un sol de justicia me animaron a mover el culo de la litera y a despertar a patadas (pero con cariño) al resto de mis compañeros de viaje.

PhotobucketSi la Isla Norte de Nueva Zelanda parece algo así como la cabeza de una vieja con moño (lo sé, tengo una imaginación desbordante), el trozo de país que íbamos a ver hoy sería la horquilla en la punta del moño. Os podéis hacer una idea de la estrechísima lengua de tierra que recorrimos en bus en este mapa interactivo que he encontrad en una web: id acercándoos con el zoom a la parte superior de Nueva Zelanda y buscad Kaitaia, por un lado, y el Cabo Reinga (“Cape Reinga”) por el otro, y os haréis una idea exacta de nuestro recorrido del domingo. La ida la hicimos por la única carretera que puede verse en el mapa. La vuelta, por la playa de la orilla Oeste: la Playa de las 90 Millas.

Después de pasarme dos días al volante era un placer poder sentarme tranquilamente y contemplar el maravilloso paisaje, dejando que otra persona me llevara. El conductor del autobús era un Maorí de unos 60 años; cuando comprobó que todos los pasajeros de la lista estaban en sus asientos, tomó el micro y con cara de mala leche se dirigió a nosotros: “Buenos días a todos, mi nombre es Ahunga O Te Ika Whenua, que significa ‘gota de rocío deslizándose por la ladera de un campo de flor de azahar’, y hasta ayer por la tarde estaba en paro; pero resulta que recibí una llamada de la agencia de viajes esta, diciendo que se les había puesto enfermo el conductor, que si me importaba acercarme por aquí y llevar el autobús hasta el Cabo Reinga y luego bajar por la Playa de las 90 Millas. Yo les dije que nunca había conducido un autobús, que de hecho ni siquiera tengo carnet, porque me lo retiraron después de mi último accidente, pero ellos dijeron que no importaba, que era muy fácil y que de todas formas, los pasajeros estaban asegurados. Así que acepté el trabajo y me fui a celebrarlo con mis amigos al bar. Estuvimos bebiendo y riéndonos hasta hace una hora, cuando el dueño del bar nos echó a patadas. Y aquí estoy hoy, con bastante resaca, pero no se preocupen, que esto se cura con dos copas de Whisky”.

Silencio sepulcral. Unos 40 pares de ojos mostraban diversos grados de preocupación que iba desde “Esto será coña, ¿no?” hasta “Si le atizo un hostiazo a esta ventanilla con la suela de la bota… ¿podré salir?”. De pronto, la cara seria, oscura y arrugada del conductor se arrugó un poco más y su gesto hosco se transformó mágicamente en una franca y pícara sonrisa. “¡Jojojo, mira que llevo años contando esta historia, y los turistas siguen cayendo!”. Suspiros de alivio colectivo. Comentarios de “Je, si yo ya sabía que era broma”. Respuestas de “Sí, claro. Estoooo… las marcas de dientes en la salida de emergencia son tuyas, ¿verdad?”. Yo decidí inmediatamente que el conductor me caía de puta madre. Incluso pensé en invitarle a escribir en mi blog.

PhotobucketY así comenzó nuestro viaje; la carretera que nos llevó por la zona Este de la Bahía de las islas en dirección al Cabo Reinga era sinuosa y estrecha; durante el viaje hicimos numerosas paradas: una de ellas, en un bosque de árboles Kauri, una de las especies más antiguas del planeta y de madera más apreciada. Por supuesto, en cuanto el ser humano descubrió sus propiedades como material de construcción y los poderes antibacterianos de su savia, en unos años se acabaron los Kauris centenarios. Ahora están en vías de recuperación, y sólo quedan unos pocos ejemplares de más de 100 años, enormes monstruos de más de 4 metros de diámetro y unos 60 m de alto que el Gobierno neozelandés protege como oro en paño.

PhotobucketUn par de paradas más las hicimos en las hermosas playas de la zona Note de la Bahía de las Islas: lugares paradisíacos de arena tan sumamente blanca y fina, que más parecía harina (en la foto estamos los 6 en la playa). Palmeras, atolones y un agua tan tranquila y de un color turquesa tan hermoso que parecía que estuviésemos en medio de una postal. Las apunté en mi lista mental de lugares a visitar con más calma (y con una hamaca y algo que leer, si es posible).

PhotobucketDesde la carretera y mirando hacia el Este, resultaba fácil distinguir en el horizonte el color amarillo blanquecino de las dunas que bordean la Playa de las 90 Millas. El contraste entre el verde intenso de la hierba y los árboles, y el azul de los ríos y estanques, con aquellas dunas que parecen salir de la nada – y que de hecho, cambian su posición y avanzan según la dirección del viento – le proporcionaba a aquel paisaje un aire de cuento de hadas. Yo no veía ya la hora de poder explorar aquel desierto en medio del bosque.

El conductor iba proporcionándonos datos curiosos e historias de cada uno de los puntos por los que pasábamos; historias de tribus ancestrales y lugares sagrados; historias de rocas con forma humana, de dunas que respiraban, de amantes que murieron y que viven en las olas, el aire y los árboles. En un momento dado, agarró el micro y exclamó: ¡y ahora os voy a cantar una canción! Los pasajeros nos miramos unos a otros con cara de horror y murmurando: “¡Dios mío, no!”. Pero no estábamos preparados para lo que vino a continuación: una voz intensa y grave, increíblemente hermosa, cantando a capella canciones en una lengua extraña e indudablemente muy antigua. Magnífica voz y magnífico acompañamiento para los paisajes de ensueño que estábamos contemplando.

Y finalmente alcanzamos el Cabo Reinga, el “fin del Mundo” para los antiguos pobladores neozelandeses. El Cabo Reinga no es, como podría pensarse, la punta más Septentrional del país: aparte de unas islas que también pertenecen a Nueva Zelanda conocidas como “las Islas de los Tres Reyes”, que están más allá del extremo de la Isla Norte, existe otro cabo que tiene el privilegio de ser la punta más al Norte. Su nombre, como ya puede que hayáis adivinado, y siguiendo la tradición de originalidad de los neozelandeses, es Cape North (“Cabo Norte”). Olé sus huevos. Sin embargo, por algún motivo, el Cabo Reinga es el más famoso, quizás por su belleza y por el hecho de que desde él se puede contemplar el punto exacto donde se juntan ambos océanos, marcado por una fina línea blanca en zigzag claramente visible sobre el mar. También es famoso el faro que señala el extremo del cabo, y un poste con varias señales indicando la distancia a algunos lugares del mundo, donde por supuesto, to dios quiere tener una foto (si, yo también :P).

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Tras la sesión de fotos y la comida, volvimos al bus y nos encaminamos, por fin, hacia las dunas. Sin advertencia previa, el autobús abandonó la carretera y empezó a conducir por el medio de un estrecho río. Primero, entre árboles y arbustos. Pero de repente, sin saber cómo, estábamos conduciendo al lado de un desierto.

PhotobucketLas dunas llegaban justo hasta la orilla del río; inmensas montañas de arena blanca y fina, de la altura de un edificio de 4 ó 5 pisos. El cielo de color azul intenso, manchado sólo por escasas nubes blancas, completaban la imagen desoladora pero de incomparable belleza que se extendía ante nuestros ojos. De pronto empezamos a ver gente en las dunas; una, dos, tres personas caminando por la superficie de aquel monstruo de arena. El conductor dirigió el autobús hacia un remanso del río, lo detuvo y nos mandó bajar. Era hora de divertirse, y ¿quién no se ha divertido nunca en un tobogán? Abrió el maletero y extrajo un montón de trineos de plástico y señaló a la duna más alta, desde la que ya podían distinguirse numerosos aventureros deslizándose ladera abajo a velocidades de vértigo. Agarramos los trineos, nos quitamos las botas y corrimos, como niños, hacia las dunas. La subida, fácil al principio, pronto se hizo agotadora; trepar por la ladera de una inmensa duna, con los pies continuamente hundidos hasta más arriba del tobillo, y encima cargando con un trineo, es uno de los ejercicios más duros que imaginarse pueda. Pero a todos nos daba ánimos la idea de llegar a la cima y hacer surf sobre las dunas. En pocos minutos, jadeantes pero felices, los 6 integrantes de nuestra pandilla estábamos sentados sobre nuestro trineo, listos para despegar; lo cierto es que la caída acojonaba bastante, y la gente allá abajo se veían tan pequeños como hormigas. Pero tras unos titubeos iniciales, nos dimos impulso, y … ¡allá vamos! (sí, la de la foto soy yo). Primero te deslizas lentamente… luego vas acelerando… y finalmente el viento te aparta el flequillo de la cara y caes cortando la arena y con una sensación de ingravidez en elPhotobucket estómago que te hace gritar. No recuerdo cuántas veces volvimos a subir y a bajar; lo que sí recuerdo es tener que ayudarnos unos a otros a alcanzar el pico de la duna, apoyándonos en el trineo, agarrándonos de las manos y de la ropa, y una vez abajo abalanzándonos sobre las botellas de agua porque sentíamos la lengua como un trozo de cuero. Una escalada brutal por unos pocos segundos de velocidad y vértigo. Rodar duna abajo cuando perdíamos el equilibrio a media bajada, y tener que sacudirse la arena de las orejas. Risas y jadeos.

Dave y yo bajamos una de las veces juntos en el mismo trineo a petición suya. Obviamente aquellos pedazos de plástico barato no están hechos para soportar el peso de dos personas, y la bajada fue absolutamente desastrosa… acabamos los dos despatarrados por la arena en medio de un nudo de brazos y piernas, y sin poder levantarnos debido al ataque de risa. Cuando por fin dejamos de reírnos nos miramos… y tuve que apartarme y recoger el trineo de manera bastante brusca, porque detecté un brillo en sus ojos que me indicaba inequívocamente lo que Dave habría querido hacer. Rompiendo el momento, me levanté y bajé lo que quedaba de la duna a saltos. ¡Ay Dave, Dave!… Con lo bien que estoy yo siendo sólo tu colega.

El autobús parecía el maletero del Seiscientos familiar tras un día en la playa: había arena por todas las esquinas; pero aún nos quedaba mucho más arena por ver. Siguiendo aquel riachuelo menudo en el que nos habíamos metido, el conductor nos llevó hasta el comienzo de la archifamosa Playa de las 90 Millas.

PhotobucketEl nombre de esta playa proviene de un error de traducción; al parecer, fue un explorador intrépido, de origen no neozelandés, quien descubrió esta interminable lengua de arena – me lo puedo imaginar, de vacaciones con la familia, tomando el sol bajo la sombrilla, viendo a los críos construir castillos de arena… y de repente el tío tiene una genial idea: "Cariño, voy a ver si llego al otro extremo de la playa dando un paseíllo por la orilla, vuelvo en seguida"; 7 años después el tío, apoyándose en una rama de árbol, con una barba kilométrica y pintas de Tom Hanks en “Náufrago”, regresa con su familia; sus primeras palabras son: “¡Joder, pedazo de playa!”. Sus segundas palabras son: “90 kilómetros casi justos, vamos a contárselo a los locales, que seguro que nunca la han medido”.

Inciso: sus terceras palabras fueron: “María, no recordaba tener ese hijo rubio”, a las que siguió una ardua discusión familiar acerca de la probabilidad estadística de la generación espontánea. Fin del inciso.

Los locales, a quienes los ingleses habían enseñado, como en todas sus colonias, que el Sistema Internacional es un invento inútil Europeo, así como esa chorrada de conducir por la derecha, cometieron un error de traducción y de “90 km” pasaron a “90 millas” (que son unos cuantos kms más, todo sea dicho). E inmediatamente se pusieron a la ardua tarea de inventar un nombre para aquella maravilla de playa; tras arduas jornadas de deliberación y votaciones, el original nombre de “90 Mile Beach” (“Playa de las 90 Millas”) fue elegido por unanimidad. Algo más tarde algún listillo vino a corregirles y recordarles que la playa medía 90 km, pero para entonces el nombre ya había cuajado. “Total, ¿tú crees que alguien va a volver a medirla? Además, si hacemos la traducción quedaría algo así como ‘Playa de las 55.92 Millas’, y eso no atrae turistas”. De modo que “Playa de las 90 Millas” quedó por siempre jamás. Fin de la historia.

PhotobucketY como dicen que la historia se repite, en cuanto el autobús enfiló aquella playa inacabable, la expresión que salió de la mayoría de las bocas fue la misma que la de aquel intrépido explorador: “¡Joder, pedazo de playa!”. El bus se deslizaba suavemente sobre la arena blanca, limitada por las dunas a la izquierda, y el mar a la derecha. El conductor nos explicó que aquella playa tiene la consideración legal de “autopista”, y en ella rigen las mismas normas que en una autopista convencional (a saber: límite de 100 km/h de velocidad, prohibido adelantar por la izquierda, etc etc). El motivo de tan inusual denominación es que, al tratarse de una costa tan recta y siendo tan fácil conducir por ella, cada año se concentraban en la zona decenas de aventureros que trataban de romper todos los récords de velocidad en todo tipo de vehículos. Los más que frecuentes accidentes hicieron que el gobierno metiera baza y marcara al menos unas normas mínimas. Me pregunto si esconderán algún radar debajo de una almeja.

PhotobucketA lo largo de la playa realizamos 3 ó 4 paradas para remojar los pies en el agua y hacer unas cuantas fotografías, siendo la más apreciada la que mostraba el famoso “Hole in the Rock” (“Agujero en la roca”) en el horizonte. En una de las pausas, mientras Steve estaba jugando con la arena en la orilla, le vimos agacharse sorprendido y escarbar. Nos acercamos con curiosidad para ver qué había encontrado, y vimos sus manos llenas a rebosar de una especie de almejas extrañas. “¡Son tua-tuas!”, exclamó, “¡Esto está absolutamente plagado de ellas!”. Los demás inmediatamente enterramos las manos en la arena y pudimos comprobar que, efectivamente, a unos centímetros bajo la superficie, miles y miles de moluscos blancos y alargados se escondían y filtraban agua tranquilamente (esto es, hasta que de repente unas manos enormes se dedicaron a perturbar su pacífica vida). Dave en seguida supo sacarle partido al tema: “¡Voy a por una bolsa! ¡Coged todos los que podáis, ya tenemos cena hoy!”. Y dicho y hecho, en 5 minutos juntamos unos 4 kg de tua-tuas.

Regresamos a Kaitaia entre canciones maorís, risas y bromas acerca del viaje. La noche del domingo Dave cumplió con creces con su misión oficial de cocinero del grupo y preparó aquellas tua-tuas con una salsa tan deliciosa que al final de la cena sobre la mesa tan solo quedaba una enorme montaña de cáscaras vacías.

Volvimos a la cama, agotados de nuevo después de un día lleno de aventuras y habiendo descubierto lugares maravillosos. El lunes sería una vez más jornada de viaje, esta vez de vuelta. Una parte más de la Isla Norte que todos incorporábamos a nuestro corazón. Aún nos quedan muchas más por descubrir.

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Nota: Ahunga O Te Ika Whenua, no significa ‘gota de rocío deslizándose por la ladera de un campo de flor de azahar’. Es un nombre maorí que saqué de una web de nombres maoríes, porque me es absolutamente imposible recordar el nombre del conductor. Pero fuera cual fuera su nombre, fijo que se parecía a eso. No conozco a un solo Maorí llamado “John”.
 
Northlands, parte II: la mujer de los 500 orgasmos
PhotobucketEn todos los grupos, de manera inconsciente, cada miembro asume alguna de las labores y se convierte en el realizador oficial de dicha tarea. Yo era la conductora oficial y la promotora oficial de temas cachondos en las conversaciones; Steve era el lector oficial de mapas y buscador de atajos (aunque en ocasiones el atajo significara 2 horas extras de camino); Lily era la cuestionadora oficial (“¿Estáis seguros de que es por aquí?”, “¿Y si en vez de a este sitio vamos a este otro?”, “¿por qué paramos a comer aquí y no allí?”). Kena era la fotógrafa oficial, siempre con la cámara en ristre. Y Ute… bueno, de Ute podríamos decir que era la quejica oficial; Ute es una alemana muy rubia y pecosa, con cara de muñeca Bratz, que tan pronto encontraba que la comida estaba demasiado fría, como demasiado caliente, que su asiento era incómodo o que las duchas no tenían dónde colgar la toalla. ¿Y Hairy Dave?, preguntaréis. Pues Dave era el cocinero oficial del grupo.

Dave es una de estas personas que disfrutan cocinando, sobre todo desde su estancia como postdoc en Francia. Si cuando yo frío un filete, como mucho le echo sal y algo de ajo, él le prepara una salsa a las finas hierbas, le añade pimienta, hierbabuena, jalisco, tabasco, churrasco y puturrú de fuá y aquello en vez de un filete se convierte en una obra de arte. Eso sí, al filete original hay que encontrarlo debajo de todo el emplasto.

Así que durante los 4 días que pasamos fuera, Dave era el encargado de cocinar, y los demás nos desvivíamos por encontrar las cosas raras que nos pedía en el supermercado. “Kena, ¿has encontrado el extracto de bustarranto?”, “No, ¿y tú has dado con la gelatina de las Alpujarras?”, “Ni de coña… ¿tú crees que colará si le llevo una botella de orujo?”, “Joder, con lo bien que me lo pasaba yo en las excursiones comiendo fabada en lata”.

El caso es que luego la comida merecía la pena, y además nos daba una categoría que no veas… Imaginaos a todo el albergue, con ropas sudorosas y pies apestosos después de pasarse todo el día por el monte como las cabras, cocinando arroz y espaguetis, y nosotros 6 poniéndonos morados de pollo a la salsa tártara regado con vino del Penedés.

La noche del sábado, aunque estábamos todos completamente agotados y nos dolían hasta las uñas, Dave se las arregló para preparar una salsa barbacoa picante y hacernos unas chuletas a la parrilla con ensalada, y patatas asadas. No recuerdo exactamente cómo empezó la conversación, pero mi deber como promotora oficial de temas cachondos me impulsó a darle un giro en la dirección correcta: “¿Habéis leído la historia esa de la mujer que tiene 500 orgasmos al día?”

PhotobucketInciso: las revistas de cotilleos en Nueva Zelanda son muy parecidas a las del resto del mundo, con su sección de “cotilleos de famosos”, “historias reales”, donde Menganita relata la terrible historia de cómo tuvo que sobrevivir durante meses comiéndose las pelotillas del ombligo, “dietas milagrosas” , “cuéntanos tu secreto más oculto”, donde Zutanita cuenta cómo una vez engañó a su marido y a resultas ahora tiene un hijo pelirrojo aficionado a la fontanería, y sección “anuncios”, donde subrepticiamente siempre se esconde el típico anuncio del vibrador de 5 velocidades y la crema estimuladora lubricante. En las revistas kiwis, además, también se incluye la sección “pregunta a nuestra psíquica”, donde la gente manda preguntas del estilo: “mi padre murió en un accidente, pregúntale dónde coño dejó escondido el testamento” y cosas por el estilo. La historia de la mujer de los 500 orgasmos estaba en la sección “historias reales” de la última revista “Woman’s weekly” que andaba rodando por el laboratorio desde tiempos inmemoriales.

Fin del inciso.

Como es obvio, independientemente de lo que estuviéramos hablando hasta entonces, aquella frase concentró la atención en mi persona de manera inmediata. “Sí, según ponía en la revista, la mujer tiene un desorden neurológico de algún tipo, y no puede pasar 10 minutos sin tener un orgasmo”, seguí yo, con cara de profundo interés científico, “Dice que tiene que mantenerse alejada de toda máquina que vibre, y que lo pasa fatal cuando va sentada en el autobús”.

El tema tenía mucha miga, de modo que los 6 seguimos durante un buen rato imaginándonos cómo sería la vida de aquella ¿pobre? mujer. De las tres botellas de vino que habíamos comprado ya no quedaba ni la sombra, y de la carne a la parrilla ni los huesos.

De repente, por debajo de la mesa, noté un pie. No era el toque casual de piernas embutidas que se tocan o rozan accidentalmente, no. Este pie sabía muy bien lo que hacía. Suavemente se rozaba contra mi pantorrilla, y traía consigo una pregunta, tan obvia como si se hubiera formulado en voz alta.

Miré en frente mío, único posible lugar de origen de aquel pie (yo estaba sentada en la esquina), donde, como seguro que ya habéis adivinado, estaba sentado Dave. No me miraba, y parecía seguir animadamente la conversación, pero cuando notó que yo le miraba a él se le escapó una sonrisa por la comisura de la boca.

PhotobucketYo me quedé paralizada. Debo reconocer que, si no hubiera Maus de por medio, y en la situación desenfadada de un grupo de amigos que se marchan de excursión, no me habría importado nada un poco de ligoteo después de una noche de risas y vino. Dave, aunque no puede calificarse de “extremadamente guapo”, tiene un aire interesante, una voz con acentillo francés la mar de atractiva… por no hablar de que dormir con él sería lo más parecido a tener un oso de peluche gigante (bueno… esto suena muy educado… admito que lo que pensé en aquel momento fue más bien: “¡Dios, debe ser como follarse al Yeti!”). Sin embargo, en el par de segundos que tardé en decidirme, encontré un montón de inconvenientes: primero, es un compañero de trabajo al que tengo que ver a diario y que puede que tenga interés en algo más que un polvo casual. Segundo, aunque en el sentido práctico del tema, no estoy obligada a guardarle fidelidad a Maus, yo sé que si algo pasa, y si pasa precisamente con hairy Dave, le haría muchísimo daño (mucho más que si pasa con el jardinero). Tercero, no quiero romper el buen rollo del viaje metiendo flirteos de por medio. Cuarto, lo de Maus está aún muy reciente y, francamente, no me apetece pasar de la charla picante a los hechos con otra persona. Quinto: hombre, si fuera Brad Pitt a lo mejor pasaba a los hechos, para qué negarlo; pero no es el caso.

Así que aparté la pierna.

No hubo cambio perceptible en el comportamiento de ninguno de los dos: siguió la conversación, las risas y las cervezas (una vez terminado el vino), y al cabo de un rato más empezaron los bostezos. Absolutamente agotados, nos fuimos a la habitación.

PhotobucketEstábamos a punto de apagar las luces. Yo, como siempre, había elegido una de las literas superiores (“¡Yo prefiero siempre estar encima!”, ¿existe una sola frase que yo diga a la que no se le pueda sacar segundo sentido?), y Hairy Dave estaba también en la litera de arriba al otro lado del cuarto. Estuvimos hablando en susurros un ratito más, y noté que él tenía la mirada clavada en mí. ¿Con que esas tenemos? Clavé mis ojos en los suyos, y a los pocos segundos vi cómo bajaba la cabeza… no podía aguantar mi mirada. En la penumbra juro que pude verle ponerse colorado. “Uyuyuy… esto no es un mero ligoteo”, pensé, “Mucho me temo que la historia no va a acabar así”.

Me metí en el saco de dormir y en menos de 10 segundos estaba profundamente dormida. Al día siguiente visitaríamos uno de los ecosistemas de dunas más curiosos del planeta, y recorreríamos la Playa de las 90 Millas, otro ejemplo de originalidad de los kiwis a la hora de ponerle nombres a los sitios. Mi último pensamiento antes de dormirme fue “¿Intentará Dave algo más?”

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Nota: no os desaniméis si aún no os ha llegado la postal, la segunda tanda ya está en camino, y estoy escribiendo la tercera… ¡creo que el Servicio de Correos de Nueva Zelanda me va a cobrar un impuesto extra por exceso de uso de sus servicios!
 
Northlands, parte I: Nadando con delfines
“¿Y ahora qué hacemos?”, preguntó Lily.

Eran las 12 menos 10, mediodía del domingo 17 de Abril. Los 6 viajeros - Steve, Hairy Dave, Lily, Ute, Kena y yo – nos mirábamos expectantes en uno de los numerosos centros de aventuras en la ciudad de Paihia, en plena Bay of Islands (“Bahía de las Islas”).

PhotobucketInciso: los kiwis son un pueblo extraordinariamente original a la hora de ponerle nombres a los lugares: la isla más al Norte de Nueva Zelanda se llama “North Island” (“Isla Norte”), la que está al Sur se llama “South Island” (“Isla Sur”, como ya habréis adivinado), la ciudad más cercana al Parque Nacional de Tongariro se llama National Park (“Parque Nacional”)… De modo que cuando los primeros colonos neozelandeses llegaron a una de las zonas más septentrionales de la Isla Norte y contemplaron embelesados una bahía plagada de pequeñas islas multicolores, tras largas horas de arduas discusiones, decidieron llamar a la zona “Bahía de las Islas”. Y se quedaron tan a gusto, oye.

Segundo inciso: en la Bahía de las Islas hay un islote atravesado por un agujero enorme que le da un aspecto muy característico. ¿Adivináis cómo se llama? “Hole in the rock” (“Agujero en la Roca”). Sin comentarios.

Fin de ambos incisos.

El sábado todos nos habíamos levantado al alba y habíamos iniciado un viaje hacia el Norte que nos llevó desde Hamilton hasta la ciudad de Whangarei. Aproximadamente a mitad de camino, Ute se dio cuenta de que le faltaba la cartera; tras unos tensos minutos de autoestimulación cerebral para tratar de recordar la última vez que la había visto, recordó haberla dejado sobre el water de uno de los servicios de la primera gasolinera en la que habíamos parado, poco después de Auckland. Nos dividimos: las tres alemanas dieron la vuelta en busca de la cartera perdida, mientras que Dave, Steve y yo seguimos rumbo al Norte en mi flamante Beagle (no sé cómo me las arreglo, pero el caso es que siempre acabo con los chicos… juro que en lo de la cartera no tuve nada que ver). Conducíamos con tranquilidad y parábamos cada dos por tres cada vez que veíamos un letrerillo indicando algún punto de interés: un mirador, un breve paseo por un bosque tropical, unas cuevas escondidas plagadas de gusanos de luz en donde casi me despeño al resbalar en una roca por tanto mirar p’arriba, unas cascadas… finalmente atracamos en Whangarei, donde habíamos reservado una choza con 6 literas por el ridículo precio de NZ15$ por persona (unos 8 euros). Las chicas llegaron algo más tarde: la cartera había aparecido, sin dinero pero con todas las tarjetas y documentos dentro. Agotados después del largo viaje, nos fuimos a la cama.

PhotobucketEl Domingo zarpamos de nuevo sobre las 9 de la mañana, ya más descansados, y condujimos hasta la ciudad de Paihia. Todos estábamos ya hasta el moño de coche, y la Bahía de las Islas lucía espectacular bajo el cielo azul y los reflejos del sol en las aguas cristalinas. Aparcamos el coche y decidimos apuntarnos a alguna de las actividades que ofrecían las empresas de la zona; pero no habíamos contado con que la mayoría de ellas comenzaban las actividades a las 12, sin posibilidad de reincorporación tardía. Nos abalanzamos sobre el folleto de actividades y mis ojos se vieron irremisiblemente atraídos hacia una foto en la página 2: en ella se veía a una chica buceando y un montón de delfines haciendo piruetas en torno a ella. Título de la actividad: Nadando con delfines.

Por mi parte no había discusión posible. Me importaban un pito el parapente, el salto en paracaídas, el kayak, el paseo en fuera borda y el strip-tease completo masculin… uy, estooo… ¿en qué estaría yo pensando? Quiero decir, que nunca en mi vida había visto delfines en libertad, y era uno de mis sueños. Los demás, sin embargo, parecían más inclinados a apuntarse al curso de un día de kayak en el mar. Había que decidirse rápido, porque en 10 minutos partían los grupos.

“Bueno”, prosiguió Lily, “siempre podemos dividirnos y hacer cada uno lo que prefiera”

“Yo me voy a ver a los delfines, aunque tenga que ir sola”, dije yo

Hairy Dave es un auténtico fanático del kayaking extremo. En los 3 meses escasos que lleva en Nueva Zelanda, se ha gastado casi 2000$ en comprarse, no uno, sino dos kayaks. Llevaba tiempo diciendo que le encantaría hacer kayaking en la Bahía de las Islas. De mis 5 compañeros de viaje, sólo uno se apuntó a ver los delfines conmigo. Sí, lo habéis adivinado: fue Dave.

“Venga, marchando dos de delfines”

“El barco sale en 10 minutos, si queréis pillarlo más vale que os deis prisa… ¡y llevad el bañador!”

PhotobucketDarnos prisa… el coche lo habíamos aparcado aproximadamente a 1 km de distancia, y en él estaban nuestros bañadores. Teníamos que llegar al coche, encontrarlos y volver despendolados a coger el barco. La carrera de ida no fue tan mal. Cuando por fin llegamos al barco, con todos los pasajeros esperando por nosotros y los bañadores y las toallas agarrados en la mano, parecíamos dos viejos artríticos y renqueantes. Recogimos los 500 metros de lengua que se nos habían ido quedando atrás y montamos en el barco. Ponerme el bikini en el minúsculo habitáculo que hacía las veces de WC no fue tampoco tarea fácil: con el rollo de papel higiénico clavado en el costado y a punto de meter el pie en el water unas 5 veces debido al movimiento del barco, conseguir cambiarme de ropa sin que ni una sola prenda acabara remojada en pis de reserva me hizo plantearme seriamente trabajar como contorsionista cuando me aburriera de los tubos de ensayo.

Salí del lavabo con la trompa de eustaquio incrustada en el duodeno y me dirigí a la proa del barco. Tras una breve explicación acerca de las condiciones necesarias para el avistamiento y el posible (pero no garantizado) baño con delfines la embarcación tomó velocidad de crucero y nos pusimos a recorrer toda la Bahía de las Islas en busca del delfín perdido. Yo me senté en el extremo de la proa, agarrada a la barandilla y sintiendo el viento salado en la cara. Si miraba de frente y un poco hacia abajo, talmente parecía que estaba volando sobre las olas. Extendí los brazos hacia delante y sonreí, exultante, sintiéndome como Leonardo di Caprio en “Titanic”. “¡Soy la reina del mundoooooooooo!”, grité enaltecida. Luego tuve que desincrustarme la gaviota de la boca y me pregunté por qué en las películas de aventuras los protagonistas nunca acababan escupiendo plumas.

PhotobucketDurante todo el rato, el bueno de Hairy Dave estuvo sentado a mi lado, mirándome y sacándome fotos subrepticiamente cuando creía que yo no le veía. Pero el tiempo iba pasando y yo ya estaba perdiendo la esperanza de ver algo más que sardinas; aparte de eso, el constante viento de proa me empezó a afectar, y para cuando me decidí a resguardarme dentro del barco me castañeteaban los dientes y tenía toda la carne de gallina. Dave en seguida me ofreció su chaqueta y se sentó a mi lado, agarrándome por el hombro y apretándome contra él en actitud aparentemente fraternal. El caso es que, mucho después de dejar de tiritar, a cada 5 minutos me volvía a preguntar si “todavía tenía frío”.

Y de repente, sin previo aviso, el barco redujo la velocidad hasta casi detenerse y cambió el rumbo de manera brusca. Todos los pasajeros salimos a cubierta a ver qué pasaba. Unos metros más adelante, otro barco de aventura estaba igualmente detenido con su carga de mirones. Yo me pregunté qué hacíamos todos allí de pie, con cara de gilipollas, hasta que de repente alguien gritó: “¡¡¡Mira, allí están, justo al lado nuestro!!!”. Me asomé por mi lado del barco… y efectivamente, allí estaban.

Fue uno de esos momentos que se recuerdan durante toda la vida. Un segundo mágico en el que de repente vuelves a creer en los Reyes Magos, en que el Ratoncito Pérez te deja dinero a cambio de tus dientes y en que las hadas pueden hacerte volar de verdad. A menos de 2 metros de mis narices, un enorme delfín gris nadaba junto al barco; a medida que éste cogía velocidad, el delfín aceleraba también, cortando el agua con su aleta dorsal tan parecida a la de los temidos tiburones, lanzando gotas saladas en todas direcciones como un torpedo gris. Lejos de perder terreno, el delfín sobrepasó el barco y de pronto, con toda la arrogancia del que se sabe muy superior en su medio acuático, su cuerpo resplandeciente se impulsó en el aire, y durante un segundo pudimos ver su mueca casi sonriente mientras nos miraba con sus ojillos negros. Medio segundo después su cuerpo se volvía a sumergir en el agua, dejándonos a todos con la boca abierta.

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Pero el delfín no estaba solo. De repente, como si el primero hubiese sido tan solo una señal, decenas de delfines empezaron a aparecer por todas partes: saltaban, nadaban a toda velocidad, se acercaban unos a otros y parecían charlar animadamente, expulsando súbitos chorros de agua por su orificio respiratorio. Nuestro barco estaba rodeado de delfines y yo corría de un lado para otro, con una sonrisa bobalicona en la cara, señalándolos con el dedo y sacando fotos, tratando de llamar su atención. Uno de ellos, con un pescado en la boca, lo lanzaba al aire y lo recogía, mirándonos después con su eterna sonrisa. Y juro que no era la mirada vacía y estúpida de un pájaro o una oveja: en aquellos ojos había un brillo de inteligencia; eran los ojos de un niño que había aprendido a hacer un truco y presumía de ello ante sus padres o amigos: “¡Miradme!”, decían, “me estoy luciendo delante vuestro. ¿A que no podéis hacer lo mismo que yo?”.

PhotobucketLa tarde aún no había terminado de ofrecer sorpresas: en el grupo de delfines con el que nos habíamos topado no había crías ni juveniles, de modo que resultaba seguro descender al agua. Los miembros de la tripulación nos proporcionaron trajes de neopreno, aletas, máscaras y snorkels (en la foto me podéis ver a mí y a los demás pasajeros en pleno equipamiento... ¿a que salgo guapa?) y uno a uno nos sumergimos y nadamos lo más aprisa que pudimos en dirección a los delfines, tratando de acercarnos lo más posible… lo cual era mucho más fácil de decir que de hacer, ya que los bichos eran rápidos de narices. Llegar a tocarlos era imposible, pero sin embargo no olvidaré a dos de ellos que nadaron justo por debajo de mí (de la impresión casi me trago el snorkel) y, sobre todo, sus voces y chillidos cantarines, que podía escuchar como si me hablaran al oído. “¿Qué bichos raros son estos? ¿Has visto en tu vida cosa más torpe? Es que ni con aletas de mentira son capaces de nadar como es debido… ¡Venga, hagamos otro salto mortal para impresionarlos!”. Y allí estaban, surcando el aire con infinita elegancia a pocos metros de mis narices, para sumergirse de nuevo casi sin romper la superficie del mar y volver a aparecer en el lugar y el momento menos esperado.

Cuando nos llamaron a regresar al barco, a pesar de haber estado sumergida durante más de media hora, ya no tenía frío. Tenía la sonrisa tatuada en la cara, al igual que la mayoría de mis compañeros de viaje. A Dave se le había colado agua en la máscara y había perdido las lentillas, pero obviamente le daba igual: también sonreía como un poseso y parloteaba sin parar: “¿¿¿Los has visto??? ¡¡¡Tuve a dos nadando justo a mi lado!!! ¿¿Oías cómo silbaban?? ¡Alucinante!”

Las sonrisas aún nos duraban cuando regresamos a tierra y nos reunimos con los demás. A pesar de que se lo habían pasado pipa haciendo kayaking, estoy segura de que, después de nuestras entusiastas descripciones, todos lamentaron no haberse decidido a acompañarnos.

Agotados pero felices, condujimos unos kilómetros más hasta la ciudad de Kaitaia, donde teníamos reservada una habitación para 6 en un albergue. Al día siguiente teníamos contratado un recorrido en autobús que nos llevaría por la costa Este hasta el cabo Raigan (“el Fin del Mundo”, según creían los antiguos pobladores neozelandeses) y volveríamos por la famosa Playa de las 90 Millas, en la costa Oeste.

Al poco de llegar al albergue y descargar las mochilas, aún emocionada, le envié un mensaje por móvil a Maus.

“¡Acabo de estar nadando con delfines!”

A los pocos minutos me llegó su respuesta:

“¡Uauh! ¡Yo acaricié a un gato!”

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Semana Santa en el Paraíso
Joer, ¡qué fin de semana!

Creo que necesitaría unos cuantos capítulos del blog para poder describir la Semana Santa mágica que he vivido. Si ya antes me estaba enamorando de esta tierra, lo que siento ahora es auténtica pasión.

No tardaré mucho en haceros partícipes de mi viaje de fin de semana con los que ya considero mis amigos: Steve, Dave “el Peludo”, Lily, y sus dos amigas Ute y Kena. Pero como soy muy mala y me gusta dejaros con la intriga, os adelantaré que Maus estaba completamente en lo cierto respecto a Hairy Dave… el "Oso Rubio" no esperó ni tan solo una semana para dejarme claras sus intenciones.

En breve la historia al completo… mientras tanto, os dejo una de las fotos que hice este Sábado para ir abriendo boca: se trata del Cabo Reinga y la punta de Maria van Diemen, comienzo de la famosa “90 Mile Beach” o “Playa de las 90 Millas”. El resto de las explicaciones, en el próximo artículo ;)

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Hairy Dave
PhotobucketDave es un compañero de trabajo que debe andar por los 35 años y que ha viajado por el Mundo desde que terminó la carrera en su país natal, Sudáfrica. Como muchos otros compatriotas suyos, tuvo que abandonar su país cuando las condiciones de inseguridad y falta de oportunidades pudieron más que el amor por su tierra; hizo la tesis doctoral en Estados Unidos, luego una estancia posdoctoral en Francia y en enero de 2006 se vino a Nueva Zelanda en busca de un lugar al que poder llamar “hogar” durante unos cuantos años más.

Dave y yo llegamos a Kiwilandia más o menos al mismo tiempo y desde el primer momento nos caímos genial mutuamente; tuvo mucho que ver el hecho de que ambos compartimos el mismo tipo de sentido del humor, nuestro gusto por los dobles (y triples) sentidos y nuestra falta de discreción a la hora de hablar de todo tipo de temas polémicos.

Dave tiene el pelo rubio, rizado y bastante largo, aunque empieza a mostrar unas incipientes entradas; no obstante, la sien es la única parte del cuerpo donde parece tener ese problema (bueno, no sé si la única, no he llegado a conocerle tanto), porque cada centímetro de piel que se le ve por debajo de la ropa está cubierto de pelo. Maus le llama “the blond bear” (“el oso rubio”), o, mucho más a menudo, “hairy Dave” (“Dave el peludo”). Podría ser un apodo cariñoso. Podría. Pero no.

PhotobucketTodo empezó cuando, hace aproximadamente un mes, yo recibí los paquetes que había enviado desde Inglaterra por barco. Dave se acababa de comprar una station-wagon inmensa, y cuando le comenté que tenía que ir a recoger 11 cajas enormes a un almacén a unos 5 kms del centro de Hamilton en seguida me ofreció su coche para no tener que hacer más de un viaje. En efecto, las 11 cajas cupieron perfectamente y en menos de 20 minutos estábamos de vuelta en mi casa. Dave se quedó un rato charlando con Maus y conmigo y se volvió a la suya. Nada más salir por la puerta, Maus me miró con una sonrisa resignada y sentenció: “Le gustas”. “¡Pero qué dices, hombre!”, contesté yo, divertida. “Tiempo al tiempo”, repuso él. Yo resoplé y no le di importancia.

Entre los enseres que me traje de Gran Bretaña estaba la mesa del ordenador, que Maus y yo desmontamos y repartimos por todas las cajas antes de venirnos. Luego resultó que en la casa de Hamilton ya había una mesa enorme en la habitación de invitados, perfecta para el ordenador y todos sus complementos. Dave me había comentado en alguna ocasión que necesitaba una, así que como muestra de agradecimiento por su ayuda como transportista le regalé la mía. El día que vino a por la mesa se tomó un café con nosotros y nos invitó a los dos a cenar en la casita que acababa de alquilar, en las afueras de Hamilton. En cuanto Dave salió por la puerta, Maus se volvió hacia mí y me soltó un: “Te digo que le molas”. Yo le di una palmada en el trasero y olvidé el comentario.

PhotobucketEl día de la cena Dave nos enseñó su preciosa casita toda de madera, con una habitación abuhardillada en el primer piso y un sótano donde guarda, entre otras cosas, dos enormes kayaks que se había comprado para practicar su deporte favorito: el descenso de cañones y kayak extremo. También tiene un jardín enorme estilo oriental (los dueños de la casa viven en una mansión alucinante justo al lado), y tanto el jardín como la cancha de tenis y muchas otras instalaciones están a disposición de Dave para usarlas cuando quiera. Como ya le había advertido de que Maus era vegetariano, el tío se arremangó y nos preparó dos tipos diferentes de curry picante que dejarían verde de envidia al mejor chef indio. Nos pasamos toda la noche hablando de los diferentes países en los que habíamos estado, las costumbres de sus habitantes, las manías religiosas de los americanos, la fauna neozelandesa (su casa estaba llena de mantis religiosas con las que me pasé horas jugando) y al despedirnos nos pidió que volviésemos cuando quisiéramos.

Ya de vuelta, entre risas (yo había bebido más vino francés de la cuenta, aprovechando que no me tocaba conducir) Maus me volvió a comentar: “¿No te has dado cuenta? Todo el rato sonreía cuando te miraba a ti, mientras que cuando me miraba a mí ponía esa expresión de: ‘preferiría que tú no estuvieras aquí, so capullo’”. “Maus, por Dios, ¿hablas en serio?”. “Totalmente, ya sabes que yo para esos detalles soy muy sensible”.

Tuve que callarme, porque lo que decía era verdad. Yo soy una persona que sólo capta lo que se le dice clara y directamente… es uno de los motivos principales de que nunca consiguiera entender del todo a los ingleses: ellos son los reyes del sarcasmo, de decir algo sin decirlo, de decir “puede” cuando quieren decir “no” y no dejarte ver que algo les molesta hasta que lo has hecho 40 veces y están a punto de arrojarte por la ventana más alta. Yo, por el contrario, soy de las que cuando algo no me gusta lo digo claramente, y llamo “gordo” a un gordo y “negro” a un negro. Si una persona me dice que le gusta algo, yo me lo creo. Si dice que quiere que vaya a su casa, me creo que genuinamente es una invitación, y si dice que “no” cuando le pregunto si quiere venirse a cualquier sitio, considero la respuesta una negativa firme y no me paso 15 días más preguntando lo mismo para ver si realmente me ha dicho que “no” para que yo insista. Mi forma de ser me ha causado problemas en más de una (y de dos, y de 300) ocasiones, pero debe ser algo genético, y tratar de que yo sea sutil y delicada es como pretender que un burro recite a Shakespeare.

PhotobucketCuando a mí me gusta otra persona se me suele notar a la legua. Cuando quiero sexo con otra persona lo dejo inconfundiblemente claro en un breve espacio de tiempo. Cuando a alguien le gusto yo, y esa persona espera que yo me percate por la ligera caída de ojos que me hizo el viernes por la tarde después del café de las 5, esa persona lo lleva claro. Mi sutileza es la de una manada de elefantes invadiendo la jaula de un hámster. Si alguien quiere que me entere de que le gusto, más le vale tatuárselo en la frente con letras fosforescentes. Y a veces, ni así.

Maus, a pesar de ser un inglés peculiar, no deja de ser inglés. Tiene una capacidad de detectar los cambios de humor, los sentimientos y el significado de los gestos que a veces me deja anonadada. Y está convencido de que a Dave le intereso.

Maus nunca exige, nunca ordena. Aparte de que, por mi forma de ser, a mí nadie me “ordena” nada, tampoco está en su carácter. Si algo le preocupa lo deja caer de manera muy inglesa: con cuentagotas. Cuando el sábado pasado estábamos los dos despidiéndonos en el aeropuerto, una de las frases que me dijo, en tono chistoso, fue: “And look out for Hairy Dave!” (“¡Y ten cuidado con Dave el Peludo!”). Lo único chistoso fue el tono de su voz. Le conozco demasiado bien para detectar una auténtica preocupación en su inocente frase.

PhotobucketEn Nueva Zelanda, al igual que en Inglaterra, la Semana Santa se celebra de viernes a lunes (“Good Friday” y “Easter Monday”), en lugar de Jueves y Viernes Santo. Una nueva bióloga alemana que acaba de empezar en Kiwilabs, Lily, propuso en el laboratorio, a quien quisiera acompañarla a ella y a dos amigos que se vienen a verla, ir a visitar las Northlands, el trozo alargado de Isla que queda al norte de Auckland y que es famoso por sus playas, sus islas y la cantidad de deportes de aventura que se pueden practicar allí. Nos apuntamos Steve, yo… y Dave.

Mañana a las 6:15 de la mañana (¡Diosssss, qué horas, duele hasta decirlo!) he quedado en recoger a los dos chicos en sus respectivas casas, y unirnos a Lily y sus colegas, que viajan en su propio coche de alquiler. Nos pasaremos los 4 días recorriendo parajes exóticos, montando en 4x4, durmiendo en albergues, haciendo surf sobre dunas de arena, nadando con delfines y ballenas y rezando porque no llueva demasiado en todo este tiempo.

Esta mañana Maus me telefoneó desde la casa de sus padres y estuvimos hablando un buen rato, yo aún amodorrada en la cama. Al parecer el largo viaje en avión le ha afectado al aparato digestivo y lleva desde el lunes abonado permanentemente al Señor Roca.

“Vaya, lamento oírlo, ¿ahora cómo te las vas a arreglar para probar el sexo anal?”
“Muy graciosa… de momento me conformo con que me la chupen todas las vecinas. ¿Y tú qué tal, ya te has ligado al cartero?”
“No, ese de momento no ha caído, pero tengo pendiente contratar a un jardinero buenorro que me va a pasar Marcia”
“Vale, pero dile que no corte la hierba al ras, que me gusta que quede algo de césped”

Nos pasamos un buen rato hablando de guarreridas españolas (e inglesas) hasta que pasamos a temas más serios:

“Acabo de poner la moto en venta, Preciosa. Quiero deshacerme de todas mis cosas lo antes que pueda y volver contigo cuanto antes”.
“¡Sí que has empezado pronto! ¿Estás seguro de que no quieres pensártelo un poco antes de tomar esa decisión?”
“No hay nada que pensar. Me siento raro, como si no tuviera que estar aquí. Te echo muchísimo de menos. Niña, voy a hacer todo lo posible por acabar todo lo que tengo que hacer en 4 ó 5 semanas. Es una promesa.”
Se me hizo un nudo en el estómago. Mi cerebro se empeñaba aún en decirle al corazón que no se lo creyera hasta que no lo viera, pero su voz y sus palabras me llegaron al alma
“Gracias inglesito”
“¿Me crees, Pili?”
“Creo que lo vas a intentar. Y eso me basta.”
“Te quiero, y te echo de menos. Hace frío aquí, me gustaría tener tu cuerpo para calentarme”
“Yo también te quiero, inglesito dulce”
“Ten cuidado este fin de semana en la carretera, y pásalo todo lo bien que puedas. Haz un montón de fotos y me las mandas, ¿vale?”
“Ya tengo la cámara preparada… ¿las quieres con ropa o sin ropa?”
“Sin ropa, en una isla desierta y con una piña en la cabeza”
“Esto… y si es una isla desierta, ¿quién coño me va a hacer la foto?”
“Seguro que Hairy Dave se ofrece voluntario”, y en su voz se apreció un ligerísimo cambio de tono. “Pásalo bien niña, y… ten cuidado… con el coche… y con los buitres”
“Te mandaré un mensaje en cuanto lleguemos”
“Estaré pendiente del móvil”.

PhotobucketLo cierto es que Dave me cae fenomenal, tiene un acentillo francés la mar de interesante y es muy inteligente, pero no estoy interesada en él más que como amigo. Entiendo el miedo de Maus y no me gusta tenerle preocupado… pero en el fondo no puedo evitar enarbolar media sonrisa cada vez que saca el tema. Porque no me negaréis que tener a un tío pendiente de que otro te intente ligar en su ausencia es la mejor forma de que le apetezca terriblemente volver cuanto antes. Y unos pocos de celos a veces hacen milagros ;)

Y además, tengo curiosidad por saber si Maus estaba en lo cierto. ¿Estará Dave interesado en mí? ¿Intentará algo durante estas minivacaciones? La respuesta, la semana que viene. ¡Permaneced atentos a vuestras pantallas!

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Nota: la primera tanda de postales ya está en camino… ¡atentos a vuestros buzones! ;)
 
¿Conversación?
PhotobucketHoy en el trabajo decidimos cambiar la rutina y, en vez de utilizar la cafetería de la empresa, nos fuimos a tomar al café a un bar que hay a unos 200 metros de Kiwilabs. Por primera vez en casi dos semanas, el sol brillaba en un cielo completamente azul y la temperatura era totalmente veraniega, de modo que escogimos una mesa en la terraza. La conversación trivial empezó en torno a los compañeros de piso y de ahí cambió a las tareas del hogar, de donde derivó a los cuidados del jardín. Yo me evadí un poco de la charla y me puse a buscar pájaros con la mirada, hasta que un retazo de la conversación llegó a mis oídos:

“…la verdad es que está empezando a molestarme, ya se está pasando”

Era Marcia, una compañera del laboratorio con unos ojos azules impresionantes y una hermosa melena negra negrísima – pero con unos piños que le podrían servir de cascanueces… en determinados casos la ortodoncia debería ser obligatoria so pena de cárcel.

“Perdona Marcia, no me enteré bien de lo que estabas hablando… ¿quién te molesta?”

“El tipo que corta el césped en nuestra casa. Se supone que el cuidado del jardín es cosa de los inquilinos, así que cada dos semanas o así le pagamos a Herman y él se encarga del tema. Pero ya hace un tiempo que me mosquea, el tío. Por ejemplo, hace tres semanas vino y ninguno de nosotros teníamos dinero en ese momento, así que le dejé una copia de la llave y le dije que al día siguiente le dejaría el dinero sobre la mesa por la mañana. Total, el tío entra en casa sin llamar cuando yo estaba aún en pijama quitándome las legañas y preparando el desayuno, se sienta a la mesa, se me queda mirando y suelta: ‘No me importaría que me invitaras a un café’”

“Joer, qué morro” comentó Steve, entre risillas.

“Espera, que eso no es todo. La siguiente vez que vino esperó a pillarme sola y va y me suelta: ‘te puedo canjear el precio de cortar el césped por una cena’, así, como quien no quiere la cosa.”

“Vamos, el tío va a por todas, eso está claro”

“Ya no es sólo eso, es que se pasa un huevo con las libertades que se toma. Este fin de semana fue el colmo, ya. Resulta que sobre las 10 de la noche llama a nuestra casa, pregunta por mí y me dice: ‘Oye Marcia, tú que tienes coche, ¿te importaría pasar a recogerme por el bar Coyote? Es que he bebido un poquillo y no quiero ponerme a conducir’”

“¡Pero será caradura el tío!”, exclamé yo toda ofendida. “¿qué clase de tipo es, es muy mayor?”

Herman el jardinero. ¡Herman, por Dios! Con semejante nombre sólo podía tratarse de un viejo verde, sin afeitar, sucio, con barriga cervecera y mirada lasciva de los que les gritan guarradas a las chicas desde la obra y escupen gargajos en las esquinas. Herman. O eso, o un asesino en serie chiflado de la nueva Zelanda profunda similar al de “Wolf Creek”.

Marcia puso cara de indiferencia: “No, debe tener unos 25 años, alto, moreno, de ojos verdes, bastante atractivo, la verdad”.

“…”

Yo había dicho mi última frase con expresión de profunda indignación y las manos levantadas en señal de ofensa. Ahora una de las manos se me desprendió y rebotó por el suelo y mi mandíbula hizo “PLONK” sobre la mesa. Utilicé la otra mano para devolverla a su sitio.

“Estooo… oye, Marcia, a mi casa viene a cada poco un tío de unos 55 años sin dientes y con caspa. Es muy discreto, viene, corta el césped y se va. De hecho pocas veces le he visto siquiera. Si quieres le comento que tú estás buscando un sustituto”

“Pues no te diría yo que no, Herman me tiene harta ya”

“Nada, oye, todo por una amiga. Hacemos un intercambio.”

“¿Intercambio? ¿Pero tú quieres al petardo de ese tocándote las narices cada dos por tres?”

“Seguro que puedo soportarlo, todo sea por ti. Además… dile que yo también tengo coche”

“¡Pili, por Dios, si ese tío es incapaz de mantener una conversación durante más de dos segundos!”

“¿Conversación?”, respondí yo poniendo cara de absoluta perplejidad, “¿Conv…? Pero vamos a ver, Marcia, aquí quién leches ha hablado de ‘conversación’?”

Silencio en la mesa. Marcia, totalmente descolocada. Los demás aguantando la risa. Al cabo de un par de segundos, en el silencio se alza la voz clara y socarrona de Dave: “Española calentorra busca cortador de césped potente. Vehículo propio. Abstenerse casposos y barrigudos.”
 
Goodbye, my lover; goodbye, my friend.
Cuando un inglés se viene a Nueva Zelanda como visitante, su pasaporte le permite permanecer en el país un máximo de 6 meses sin necesidad de ningún visado. Durante ese período de tiempo, en teoría, no le está permitido trabajar en el país, para lo cual necesitaría un permiso de trabajo. Muchos inmigrantes de la Unión Europea y de algunos otros países utilizan estas estancias como “visitantes” precisamente para probar suerte y ver si pueden conseguir trabajo, para lo cual deben convencer al posible “empleador” de que son mejores que cualquier otro neozelandés (una empresa no puede, también en teoría, dar un puesto de trabajo a un extranjero sin visado si existe un solo kiwi capacitado para ese puesto entre los aspirantes) y rezar por que la empresa contratante esté dispuesta a hacerle una oferta en firme y esperar el tiempo que tarde Inmigración en concederle el permiso de trabajo, proceso que en ocasiones puede tardar hasta un mes.

PhotobucketIncluso si consigues la oferta, te conceden el permiso y empiezas a trabajar, el permiso en sí no te permite abandonar el país. Si te marchas de NZ, aunque sólo sean unos días, tu permiso de trabajo pierde automáticamente la validez. Para poder salir y entrar de NZ a tu antojo, tienes que solicitar un visado de entrada múltiple. Si tu contrato de trabajo dura menos de 6 meses, lo más probable es que no te lo concedan.

Además, si estás en NZ como visitante, hay otro problema: sí, puedes estar un máximo de 6 meses si eres inglés (o 3 meses si perteneces a cualquier otro país de la UE), pero en cuanto pones un pie fuera del país, no puedes volver a entrar en él hasta que haya pasado el mismo período de tiempo que has estado dentro. Es decir, si te pasas 4 meses en NZ y vuelves a Inglaterra, no puedes entrar en NZ de nuevo hasta dentro de otros 4 meses.

Hay una forma de evitar todos estos inconvenientes, y es tener a un pariente o a tu pareja en NZ. Si cumples este requisito, puedes solicitar un visado de familia y un permiso de trabajo abierto, los cuales te permiten no sólo entrar y salir del país tantas veces como quieras, sino además contar con los mismos derechos que cualquier otro kiwi para solicitar cualquier puesto de trabajo.

Ese es el tipo de visado que yo quería para Maus, y que él se negó a solicitar durante los dos primeros meses que se pasó en NZ por razones que aún hoy desconozco.

PhotobucketUn domingo de hace unas 3 semanas, harta de esperar a que el señorito me dijera cuándo se iba a marchar, le saqué la conversación y aquella discusión se convirtió en algo así como la batalla de Waterloo. Prefiero no entrar en detalles, pero la cosa acabó con Maus diciéndome a grito pelao que “¡si lo que quieres es que me marche ya, no tienes más que llamar a la compañía aérea y cambiar el billete de vuelta!”, y conmigo respondiendo, también a berrido limpio, “¡¡¡pues si eso es lo que quieres, llamo ahora mismo y reservo vuelo para el primer día que tengan libre!!!”. “¡Pues por mí perfecto!”, “¡Pues eso mismo es lo que voy a hacer!”. ¡Pumba!, portazo. ¡Paf!, puñetazo en la pared. ¡Boinnnggg!, taza que estrellé contra el suelo con la esperanza de romperla en mil pedazos, y que acabó rebotando en la moqueta (¡mecawen la madre que parió a las moquetas!).

Maus salió al jardín y se lió a pegar patadas a una de las sillas plegables. Y yo me fui directa al teléfono. Llamé a Emirates y cambié el billete de vuelta - para el que teníamos derecho a un solo cambio de fecha -, para ese mismo martes. Luego me senté en el sofá y me lié a mordiscos con los cojines.

Al cabo de un rato, cuando ambos habíamos dejado de echar humo por las orejas, Maus entró en casa y se vino al salón. Se quedó de pie a mi lado. “Deberíamos conocernos ya de sobra como para saber que no hay que tomar decisiones apresuradas cuando estamos los dos enfadados”, dijo con tono reconciliador. “Sí”, respondí yo, “consultarlo con la almohada antes de hacer ninguna estupidez”. “Exacto”, dijo él sonriendo, “¿te encuentras un poco mejor ahora?”. “Sí, más tranquila… estooo… Maus… ehhmmm… ¿recuerdas cuando me dijiste que estabas de acuerdo con cambiar el billete?”. “Sí, pero lo dije en medio de un cabreo, no me hagas caso”. “Mmmhhh… ya… estooo… bueno, verás… el caso es que llamé a la compañía y lo cambié”. Él puso gesto de preocupacón: “¿Lo cambiaste para cuándo?”. “Bueno… para… para pasado mañana”.

Maus se puso pálido. Luego se puso gris. Algo hizo un ruido así como “PLOP” y me di cuenta que habían sido sus huevos, que se le habían caído al suelo.

PhotobucketTampoco voy a alargarme demasiado en la conversación que siguió, ni en el porqué de lo que decidí hacer. Seguro que cualquiera de vosotros que haya estado enamorado y sepa la de chorradas que puede uno hacer por la persona a la que quiere me entiende. Me dirigí al teléfono, llamé de nuevo a Emirates, me inventé una lacrimógena historia que incluía un error en las fechas y una persona enferma incapaz de tomar el avión ese día y conseguí un segundo cambio de billete gratis. Para el 8 de Abril, sábado, a las 5:20 de la tarde.

Volví con Maus y le conté lo que había hecho. “Quizás no me merezca lo que acabas de hacer”, dijo él aún trastornado por los dos rápidos cambios de planes en menos de 15 minutos. “Ya, también yo pensé en eso. Pero no es una decisión a la ligera: Maus, tienes tres semanas para decidir de una puñetera vez qué vas a hacer. Si pides el visado o no, si quieres volver a Nueva Zelanda en un futuro o no, y si es así, cuándo. Si para el 8 de Abril no has decidido nada, lo siento mucho, pero se acabó. No estoy dispuesta a seguir sufriendo día a día con una persona que no se aclara con lo que quiere hacer.”

El lunes mismo Maus pidió cita con el médico para hacerse la placa torácica y el certificado que necesitaba para solicitar el visado y el permiso de trabajo (sí, el día del famoso mapa). El lunes siguiente tenía listos todos los resultados y todos los papeles. El martes, por medio de Kiwilabs, enviamos todo el papeleo a uno de los responsables de Inmigración que le soluciona los problemas con trabajadores extranjeros a la empresa.

El jueves mismo los papeles vinieron de vuelta, y el pasaporte de Maus lucía dos nuevas entradas: una, un visado de entrada múltiple; dos, un permiso de trabajo abierto.

Pero el tiempo siguió pasando, y Maus seguía dándome largas acerca de volver a Nueva Zelanda. Sí, él pretendía volver, pero vender su casa en Inglaterra, el coche, la moto y arreglar todos los problemas podía llevar mucho tiempo. ¿Cuánto era “mucho tiempo”? ¡Ahhhh, misterio!

PhotobucketY una no es gilipollas (bueno, al menos no del todo). Sé perfectamente lo que significaría dar a una persona con la tremenda capacidad de decisión de Maus (léase con ironía) la oportunidad de pensarse “si volver a Nueva Zelanda desde Inglaterra” durante un período de tiempo indefinido. Significaría esperar y esperar, durante meses y más meses, recibiendo noticias contradictorias –“ahora voy, ahora no voy, ahora estoy deprimido, ahora voy a esperar a tenerlo más claro…”- y sin poder hacer nada. Y yo me conozco. Para cuando Maus hubiera alcanzado su decisión, haría mucho que yo ya habría tomado la mía. ¿No sería el colmo de la ironía? Maus se decide a que quiere volverse conmigo, vende la casa, el coche, la moto y hasta a sus exsuegros… y cuando por fin me llama para comunicarme que se viene, le coge el teléfono un kiwi de 2 metros y voz grave para decirle: “¿Pilimindrina? Sí, está aquí mismo, espera, que ahora mismo tiene la boca ocupada”.

No se me da nada bien hacer de pareja paciente y sumisa, no.

Así que llegó el sábado 8 de Abril. Todas las lágrimas que había derramado yo las semanas anteriores parecía querer superarlas ahora Maus, que se despertaba cada mañana abrazándome y llorando en mi cuello. Yo me pasé la última semana en una especie de indiferencia resignada: ya había llorado todo lo que tenía que llorar y ya había aceptado que Maus se iba. Había hecho todo lo que estaba en mi mano para mantenerle a mi lado. Ahora la pelota estaba en su tejado.

El viaje hasta el Aeropuerto Internacional de Auckland fue el más silencioso que recuerdo haber hecho en mi vida; ninguno de los dos dijo una sola palabra durante las dos horas que nos pasamos en la carretera, bajo la lluvia casi constante. La radio llevaba apagada desde pocos segundos después de arrancar el coche, cuando ante las primeras notas de “Goodbye, my lover”, de James Blunt los dos nos abalanzamos sobre el botón de “off” como posesos.

Maus rompió el silencio cuando apagué el motor del Beagle en el aparcamiento de la Terminal Internacional.

Maus: Necesito que me lo digas en voz alta para poder asimilarlo
Pilimindrina: ¿Cómo dices?
Maus: ¿Es esto el final, entonces? ¿Se acabó todo aquí?
Pilimindrina: como ya te dije unas 40 veces, si no me das al menos un plazo máximo para volver, yo no voy a estar aquí esperándote. Así que sí, puede decirse que se acabó.
Traté de mantener la cara de póker mientras pronunciaba estas palabras; no es fácil cuando lo que dices te rompe por dentro, pero creo el resultado fue bastante pasable.

PhotobucketEntramos en la zona de “Salidas” (si estuviera más de humor haría algún tipo de comentario guarrillo acerca del término, pero me temo que tendrá que esperar al siguiente artículo). Como esta menda siempre llega temprano a todas partes, el vuelo de Maus ni siquiera estaba aún en pantalla, así que nos compramos unos refrescos y nos sentamos en la zona de espera. Ninguno de los dos decía una palabra, hasta que Maus rompió el silencio una vez más.

Maus: No tienes más que decir una palabra para que me quede.
Pilimindrina: ¿Cómorl? Maus, ¿a qué viene esto ahora?
Maus: no me he portado bien contigo estas últimas semanas, te he tenido en vilo sin atreverme a decidirme y haciéndote sufrir. Quiero una oportunidad para ser yo mismo, para demostrarte que puedo ser mejor. Seguro que aún podemos cambiar el billete.
Pilimindrina: ¿Cambiar el billete ahora? ¡Pero si faltan 10 minutos para que abra facturación!. Además, ¿para cuándo lo cambiarías? Seguirías teniendo que volver a Inglaterra igual, sólo que más adelante.
Maus: sí, pero estaríamos 3 ó 4 semanas más juntos.
Yo me quedé mirándole, anonadada.
Pilimindrina: Maus, ¿tú estás bien del tarro? ¿Tú crees que yo me voy a pasar otras tres semanas más pensando a diario que te vas a marchar, para volver a traerte aquí y volver a pasar por esto? No, majo, no. Si te quieres ir, te vas. Vuélvete para Inglaterra, arregla lo que tengas que arreglar allí, y arriésgate a perderme como yo me arriesgo a perderte a ti.
Esta vez el anonadado fue él.
Maus: ¿no quieres tenerme contigo un par de semanas más?
Pilimindrina: NO Maus, no quiero. Quiero que te decidas de una puta vez, que dejes de querer tenerlo todo y que renuncies a algo por conseguir algo mejor, como hace todo el mundo cuando toma una decisión. Llevas meses diciéndome que te vas. Pues ahora te vas.
Maus: pero es que me he dado cuenta de que no quiero irme
Pilimindrina: es un poco tarde para eso, inglesito. Ahora soy yo la que quiere que te vayas. Que te vayas y te decidas.
Maus: Pili, ¿me sigues queriendo como antes?
Pilimindrina: Sí, Maus. Te quiero como nunca quise a nadie. Me imagino cosas contigo que nunca creí que me llegara a imaginar con ningún otro. De hecho, a cualquier otro le habría mandado a freír boñigas hace ya mucho tiempo. No me preguntes por qué sigo queriéndote, porque no lo sé. Pero también quiero que, si algún día los dos volvemos a estar juntos, no sea por una decisión que tomes en el último minuto debido al pánico. Cuando casi me dejaste plantada en el aeropuerto al venir a Nueva Zelanda insistí para que vinieras porque sabía que tu negativa se debía al acojone del momento. Ahora insisto en que te vayas por el mismo motivo. Quiero que compares la vida conmigo en Nueva Zelanda con la vida en Inglaterra y que decidas tú solo cuál merece más la pena. Y quiero que me llames cuando tengas la respuesta definitiva, sea la que sea, y que me la digas, para que yo también pueda tomar mi decisión.
Maus: ¿quieres que vuelva contigo, entonces?
Pilimindrina: no me imagino día más feliz que el día que venga a este mismo aeropuerto a recogerte, sin fecha de vuelta, sin saber que tendrás que volver a irte.
Maus: ¿y si ese día eres tú la que no quieres? ¿y si aparece alguien más en tu vida? ¿y si…?
Pilimindrina: bienvenido al Mundo, inglesito. Asume tus riesgos.

PhotobucketDe modo que Maus facturó su equipaje. Le acompañé hasta la zona de embarques y me quedé esperando a ver desaparecer su camiseta marrón y su mochila negra entre la fila de gente que esperaba en la zona de acceso a las puertas a que revisaran su equipaje de mano.

No me sentía triste ya, ni enfadada. No derramé ni una lágrima en el viaje de vuelta, ni al llegar a nuestra (mi) casita y encontrarla vacía. Estuve cerca, sin embargo, al acercarme a la cama aún deshecha y enterrar mi cara en su almohada, que aún conservaba su olor - ¿por qué será que los olores son capaces de despertar emociones tan intensas? -, pero en seguida me compuse. Sabía que había hecho lo que debía hacer. Y sus dudas en los últimos momentos me lo confirmaban.

¿Volverá mi inglesito dulce? Francamente, no lo sé. Unas cuantas semanas en su Inglaterra natal pueden cambiar la balanza, que ahora tan claramente está inclinada hacia Nueva Zelanda. Su pánico a los cambios y su inseguridad a la hora de decidirse juegan en mi contra. Pero, y aunque a veces seguramente no haya sabido plasmarlo en este blog, creo que sus sentimientos hacia mí son sinceros, creo que está enamorado de mí hasta las cachas. Y también creo, aunque muchos quizás me llaméis arrogante, que si no vuelve lo va a lamentar profundamente y durante mucho tiempo. Porque durante los casi tres meses que pasó conmigo en Hamilton ha vivido más experiencias y experimentado más sensaciones que en los últimos 15 años de su vida.

Quiero que compare. Quiero que decida. Y si lo que decide es NO volver conmigo, al menos sabré que he hecho todo lo que he podido. Sabré que, al menos, lo he intentado. Y seguiré adelante.

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PostData: sois la rehostia. Cuando publiqué el anterior artículo, poco me esperaba yo recibir 85 respuestas en día y medio. No os podéis ni imaginar lo que pueden ayudar las palabras de un puñado de lectores en momentos de tensión como los que he pasado hasta hoy.

He pensado que antes de conocer el resultado de mi irregular encuesta pueden pasar meses. Y que estos días me conviene tener algo que hacer para mantener la cabeza ocupada. Así que, ¡qué coño!, para agradeceros vuestra ayuda y vuestras palabras, pienso mandar postales de Nueva Zelanda a todos los que me enviéis un correo con la dirección a la que queráis que os las envíe. Y de paso contadme algo acerca de vosotros, así podré personalizar la postal… no hay nada que más me repatee que recibir una tarjeta que sólo ponga: “Saludos de Menganito”, y supongo que a vosotros os pasará lo mismo.

Una vez más, gracias.
 
Gracias por preocuparos...
...pero al blog no le ocurre nada, es sólo que aún no he publicado ningún artículo en Abril :P

Algunos os lamentáis de que escribo poco últimamente... ¡cuidado con lo que deseáis! Os informo de que Maus se marcha este mismo sábado para Inglaterra... y mucho me temo que a partir de entonces... vais a acabar de mí hasta las narices.

PhotobucketDentro de dos días vuelvo a la vida de soltera. Maus no me da una respuesta definitiva acerca de si vuelve o no vuelve ("No puedo garantizar nada, yo quiero volver, pero las circunstancias pueden cambiar..."). Aprovecho para hacer una encuesta acerca de lo que vosotros creéis que ocurrirá. Como de dinero para premios no voy demasiado bien después de casi tres meses manteniendo a dos con un sueldo, al ganador o ganadores les prometo enviarles una postal desde Nueva Zelanda (siempre y cuando me proporcionen una dirección a la que mandársela, claro está).

Y la pregunta es: ¿Qué creéis que hará Maus?

Posibilidades:

1. Me echará de menos como un loco y procurará reservar billete de vuelta en cuanto pueda. Volveremos a estar juntos y seremos felices y comeremos perdices.

2. Se dará cuenta de que con su mujer llevaba una vida mucho más tranquila, volverá con ella y me mandará a freír monas.

3. Me irá dando largas sin decidirse a volver o a quedarse y seré yo la que le acabe mandando a él a freír monas.

4. Descubriré que la vida de soltera es mejor que la de arrejuntada y seré yo la que no quiera que él vuelva.

5. Aparecerá un kiwi buenorro y no habrá nada que decidir.

6. Imprevistos e imponderables: le atropellará un tractor antes de decidirse, yo me pondré a practicar paracaidismo y me fallará la anilla, comienza el Juicio Final y los dos nos vamos derechitos al infierno por ateos, uno de los dos o ambos perdemos la memoria, me secuestran los alienígenas y me enamoro de la sonda anal...

7. "Me importa un pepino lo que haga Maus, y las postalitas te las puedes meter donde te quepan, petarda"

8. Ninguna de las anteriores

Hagan sus apuestas...