Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
Acerca de












El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Segundas oportunidades
El martes pasado Steve, yo y otras dos compañeras de trabajo fuimos a ver a Molly a su casa.

Molly es una técnico de laboratorio de unos 50 años, bajita, de pelo corto y de carácter tranquilo que lleva ya un porrón de años trabajando para KiwiLabs. Está casada con un microbiólogo y tiene dos hijos adolescentes, Mick de 15 y Joey de 17 años.

PhotobucketEl sábado a las 5 de la mañana, Molly recibió un mensaje en su móvil. Cuando escuchó el “tirurí-tirurí” estuvo a punto de darse la vuelta y seguir durmiendo, pero decidió echar un vistazo. En la pantalla se veía el nombre del mensajero: “Ben”. Ben es uno de los mejores amigos de Joey y a menudo salen de marcha juntos y no vuelven hasta bien entrada la mañana. El corazón de Molly sintió su primera punzada.

“Molly, lo siento, lo siento muchísimo, hemos tenido un accidente y Joey está muy mal, se lo llevan al hospital. Ben.”

Así empezó el peor fin de semana de su vida, la peor pesadilla de cualquier madre.

Ben y Joey habían estado bebiendo y bailando con otros amigos, hasta que llegó la hora de volver a casa. La conductora designada, sensatamente, había pasado la noche a base de gaseosas y coca-colas, y llegada la hora los dejó a todos sanos y salvos en casa. Pero Joey y Ben no habían tenido bastante aquella noche, así que decidieron que sería una estupenda idea coger el coche de Ben y dedicarse a hacer carreras y derrapes por una de las carreteras de los suburbios de Hamilton. En un momento de distracción, Ben perdió el control del coche, y ambos se estrellaron contra la valla de una casa. Ben resultó ileso. El problema es que, antes de llegar a la valla, el coche arrancó de cuajo uno de estos típicos buzones de correos metálicos que hay a la entrada de toda casita neozelandesa que se precie. El buzón atravesó el parabrisas del coche y se llevó por delante media cara de Joey. Resultado: la mandíbula rota por tres sitios diferentes, 5 dientes menos, un enorme agujero en la mejilla, pérdida de una glándula parótida y desgarro facial severo. Y su amigo Ben medio histérico, convencido de que había matado a su colega.

Dentro de la gravedad de las heridas, Joey tuvo muchísima suerte. Un centímetro más arriba, y habría perdido un ojo y posiblemente sufrido daños cerebrales. Un centímetro más abajo, y le habría seccionado la yugular. Un centímetro más atrás, y le habría roto el cuello.

El martes, Molly aún estaba en estado de shock. No podía parar de hablar de lo que había vivido aquel fin de semana, mientras nosotros cuatro la escuchábamos y emitíamos sonidos de consuelo.

PhotobucketDe vuelta en el laboratorio, Calvito nos preguntó por ella. Calvito es otro técnico, de unos 45 años, casi sin pelo y no demasiado agraciado físicamente, pero que siempre tiene una frase agradable en la boca. Le encanta la música, y muchas mañanas su voz de falsete y llena de gallos puede escucharse en el laboratorio, cantando a voz en grito cualquier pieza musical: desde una balada de Queen hasta el “I will survive”. Se intenta ligar a toda mujer disponible (está divorciado de su primera mujer) y aún no lo he visto de mal humor en más de dos años que llevo trabajando con él.

Yo le conté la historia de Molly y Joey, y como tengo confianza con él, de paso le confesé cómo el tema me había impresionado de especial manera. A las 5 de la mañana de un 8 de Septiembre de hace ya más de 4 años, yo había recibido también una llamada que me había cambiado la vida. A las 6 de la tarde del día anterior, la madre de mi mejor amigo, el Fistro, recibió la que cambiaría la suya de manera horripilante e irreversible. Mi Fistro no tuvo tanta suerte, ni una segunda oportunidad, aunque de eso su madre se enteró ya en el hospital.

Calvito me escuchaba pensativo.

“¿Sabes, Calvi? No me imagino lo que será para una madre recibir la llamada en la que te dicen que tu hijo ha tenido un accidente y está grave. Debe ser lo peor que le puede pasar a una persona”

Calvito pareció pensárselo un rato. Me miró con una extraña sonrisa y dijo:

“Mi madre recibió una en la que le dijeron que yo estaba muerto”.

Le miré a los ojos. No podía estar bromeando con algo así, ¿verdad?

“Por Dios, Calvi, ¿cómo pudieron cometer un error tan terrible?”
“No lo cometieron”
“¿Qué?”
“Yo tenía 18 años, también haciendo el idiota con el coche. Lo estrellé contra una casa. Cuando me sacaron del coche, estaba muerto. Durante un tiempo indeterminado, no tuve signos vitales. En la ambulancia, casi por compromiso, me aplicaron un par de descargas con el desfibrilador… y sin que nadie lo esperase, volví”.
“Joder Calvi. ¿Recuerdas algo?” tratando de quitarle solemnidad al asunto, añadí: “¿Recuerdas cómo es el otro lado?”
“No, nada de nada. Por no recordar, ni siquiera recuerdo haber cogido el coche. Pero lo que jamás olvidaré es la cara de mi madre cuando desperté.”

Yo guardé silencio, escuchándole como hipnotizada.

“Mi madre, que casi se había vuelto loca pensando que me había perdido. Mirando a su hijo que había vuelto del mundo de los muertos.”
“A eso se le llama una segunda oportunidad”
“Sí”, dijo él sonriendo de nuevo, con ese brillo que jamás abandona sus ojos, “una segunda oportunidad”

Y volvió al trabajo, como si nada hubiera ocurrido. Dos minutos más tarde, le hacía eco al “1973” de James Blunt que se escuchaba en la radio.

Fistro, tú no la tuviste. Pero por Dios que yo pienso vivir mi vida al máximo, por mí y por ti. Nunca seré uno de esos seres amargados que nacen y mueren sin haber vivido. No necesito una lección como la de Calvi o Joey. Ya sé que la vida es efímera. Tú me lo enseñaste.

Pronto os hablaré de mi plan.

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¿Habéis recibido alguna vez una llamada que os ha cambiado la vida?
 
Queenstown V y Final: ¿¿Qué coño hago yo en tu cama??
Sé que debería haber mandado a Maus a freír monas en ese mismo instante. Lo sé ahora y lo sabía entonces. Pero por mucho que traté de sentirme ofendida, por muy incomprensible que fuera aquel mensaje en el móvil de Lily, no pude evitar sentir un inmenso alivio. Cada vez que mis neuronas trataban de protestar, la frase “¡VA A VOLVER!” se encendía en mayúsculas y luces de neón en mi corazón. ¿Qué puedo decir? Estaba enamorada. Y agilipollada, por supuesto. ¿Acaso no son sinónimos?

Ese simple mensaje me quitó un peso enorme de encima, y fue sólo a partir de entonces que pude disfrutar totalmente de mi estancia en Queenstown. Esa noche me quedé dormida tan profundamente, que no me habría despertado ni un rebaño de histéricas rebuznantes participando en una party-line. A la mañana siguiente empezó nuestra conferencia, pero mi estado de ánimo distaba mucho del necesario para sumergirme en las largas charlas científicas y los interminables resultados estadísticos. Debo reconocer que tampoco era la única: Lily dibujaba flores silvestres en su libreta de apuntes, Dave buscaba cualquier excusa para salir a mitad de charla, Marcia recordaba súbitamente que había olvidado algo fundamental en el apartamento, y a Steve, el único que se levantaba temprano y llegaba a tiempo para la charla de las 8:30 am, a menudo me lo encontraba despatarrado sobre sus papeles, con los ojos cerrados, las gafas medio caídas y un hilillo de baba rezumando por la comisura de sus labios. Decididamente, aquella conferencia no estaba resultando de lo más fascinante.

Ni qué decir tiene que nos pasamos la mayor parte del tiempo en la cafetería y recorriendo los expositores de las compañías de Biotecnología.

PhotobucketInciso: en toda conferencia científica o médica que se precie nunca pueden faltar los representantes de las compañías farmacéuticas y biotecnológicas dándote el coñazo para que compres sus productos y no los del vecino. Generalmente se colocan al lado de la sala de conferencias, y en cuanto sales por la puerta se te abalanzan encima sin piedad, urdiendo sus libretos y sus listas de precios y suplicando que los escuches durante unos minutos – que acaban siendo como mínimo media hora – mientras te recitan las interminables ventajas de su nueva máquina de PCR, sus “kit de extracción de ADN” super-hiper-mejorados o sus anticuerpos primarios y secundarios 0.01 céntimos más baratos que los de la competencia. En los últimos años han refinado sus tácticas de márketing y usan métodos más sutiles (y efectivos) para atraerte a sus casetas: regalan bolígrafos, camisetas, libretas, organizan juegos y sorteos… Total, que puedes acabar con un buen premio a cambio de escucharlos un rato… el mayor inconveniente es que siempre te piden el teléfono y el correo electrónico “para comunicarse contigo en caso de que resultes ganadora”, y luego te abrasan a llamadas y e-mails con sus nuevas ofertas por los siglos de los siglos.
Fin del inciso.

Este año los expositores de Queenstown habían sacado el hacha de guerra y cada cual ofrecía un premio más extravagante por dedicarles unos minutos (y unos cuantos datos personales) de tu tiempo: cámaras digitales, teléfonos móviles, teléfonos inalámbricos, iPods, equipamientos deportivos, pantallas planas, GPS… Mi grupito de KiwiLabs y yo nos los recorrimos todos, aunque sin demasiadas esperanzas, ya que ninguno de nosotros somos por lo general muy afortunados en sorteos y temas que dependan del azar (os recuerdo una vez más que Murphy me adora…). Pero al menos aquello nos dio la oportunidad de conocer a algunos representantes la mar de interesantes - y no precisamente por sus productos… bueno, sí, pero no por los comerciales-; no sé qué diablos habría pasado aquel año, pero aparte de los pedazo de premios, parecía que las compañías habían mandado a Queenstown a sus representantes más buenorros, lo cual siempre es de agradecer. ¿Qué importa el contenido de lo que te cuenta el representante de Roche, si mientras habla tú te estás ahogando en sus ojazos verdes? En fin, ya me entendéis…

Y así fue que los tres días de conferencia llegaron y pasaron, y durante la última tarde Steve y yo estábamos una vez más paseando por entre las casetas de las compañías, tomándonos el séptimo cafetito del día, cuando de repente escucho la voz del buenorro de ojos verdes detrás de mí: “Mira, allí está… ¡tenemos una ganadora!”. Casi no me dio ni tiempo a darme la vuelta cuando el tío me planta un enorme paquete en los morros: un juego de teléfonos inalámbricos la mar de majos, con un montón de funciones programables y chorradillas de esas. Aún sin tiempo de reaccionar, un representante de otra compañía cogió a Steve por banda y lo llevó a su caseta, donde le esperaba la cámara digital de tropecientos mil millones de píxeles. Dave apareció de la nada con una caja de botellas de vino (“considerando que el premio es de una compañía de mutación de ADN, no sé si fiarme…”) y Marcia corrió a enseñarnos unos protectores de muñecas que le venían que ni pintados para el snowboard. Antes de acabado el día nos habíamos llevado otros 4 premios: camisetas térmicas, entradas para el bar Minus 5 en Queenstown, más vino y… ¡un vale por dos vuelos en helicóptero sobre Queenstown y alrededores! Lamenté no haber comprado ningún boleto de la Primitiva durante aquellos tres días.

PhotobucketComo despedida de la conferencia, los organizadores habían reservado el restaurante de la Queenstown Góndola para aquella noche. La Góndola es una especie de teleférico que te transporta hasta la cima de una colina desde la que hay unas vistas espectaculares sobre la ciudad y el lago. El restaurante es de lo más pijo que se puede encontrar por la zona, con camareros vestidos con pajarita que jamás dejan que tu vaso esté menos de ¾ partes lleno y que aparecen de la nada si descolocas por accidente tu cuchillo para el pescado. Nosotros cinco acabamos sentados en la misma mesa con el representante de ojazos verdes y unos cuantos compañeros más, incluida una estudiante de doctorado suiza que no le quitaba los ojos de encima a Dave (haciéndome a mí un inmenso favor, todo sea dicho… cada vez que miraba a Dave me resultaba imposible quitarme de la cabeza su imagen sentado en el water). El vino rebosaba por doquier y la charla, inicialmente tímida, acabó por derroteros de lo más variopintos. Lily y yo tratábamos infructuosamente de convencer a dos de los camareros de que nos acompañaran después de cenar a salir de bares por Queenstown. Dave intentaba despegarse de la suiza. Los representantes servían más vino a las mujeres de la mesa. Yo me empecé a notar un pelín demasiado contenta, y propuse a la gente continuar la fiesta en un bar algo menos elegante. Nos levantamos todos de la mesa y nos dirigimos a quemar la noche en la capital de la juerga neozelandesa: Queenstown, el único lugar donde los bares no cierran en la madrugada. ¡Qué pasada de noche!

Por mucho que a algunos de vosotros os pueda sorprender, esta menda nunca ha llegado a emborracharse en su vida. Me he puesto contentilla, me he mareado un poco, pero nunca he llegado a perder la memoria, caerme, quedarme dormida en un bar o acabar con la cabeza metida en el wáter echando los hígados. Aparte de que siempre suelo ser la conductora, las veces en que no lo soy parece que tenga una bandera roja en la cabeza, que se alza cuando estoy demasiado cerca de perder el control, a partir de lo cual me dedico sólo a las coca-colas. Aquella noche de Agosto en Queenstown ignoré la bandera roja por primera y única vez en mi vida.

PhotobucketRecuerdo haber descendido en el vagón de la Góndola con Steve hablando de la vez que perdimos la virginidad. Recuerdo habernos dirigido al primer bar y haber bailado hasta el agotamiento. Recuerdo haberle explicado a un camarero cómo preparar uno de mis cacharros favoritos: Baileys con chocolate. Recuerdo habérselo dado a probar y cómo decidió prepararse otro para él. Recuerdo haberme separado del grupo con Steve, haber recorrido otros 4 ó 5 bares bailando con un montón de extraños… y a partir de ahí los recuerdos se vuelven cada vez más nebulosos. En algún momento nos reencontramos con Dave, que aún tenía a la suiza agarrada a su pierna. Creo que consiguió endilgársela a otro. En otro momento, recuerdo a un tío de unos 65 años tratando de darme conversación, y Marcia tratando de ayudarme. Recuerdo que luego se le pegó a ella. Finalmente recuerdo a Steve diciendo que estaba muerto, que se volvía para el apartamento, y yo me uní a él, principalmente porque necesitaba alguien en quién apoyarme para caminar. A mitad de camino, recordamos que la única copia de las llaves la tenía Marcia. Steve quería buscar un albergue para quedarnos y yo dije que de eso nada, que a esas horas no iba a haber nada abierto. Volvimos al apartamento, que quedaba en el quinto pino; tal y como nos imaginábamos, no había nadie dentro y estaba cerrado con llave. Lo intentamos con la puerta trasera, pero nanay. Nos sentamos en la hierba a esperar, pero estábamos los dos tan agotados que nos quedamos dormidos allí mismo, pegados el uno al otro para protegernos contra el frío. La escena debe haber sido de lo más enternecedora.

Recuerdo a Marcia sacudiéndome para despertarme. “¡Menos mal que se nos ocurrió mirar en la parte de atrás, si no os quedáis aquí toda la noche, parejita! Anda que no estáis monos…”. Entramos en el apartamento, donde todos menos Dave habían ya regresado y estaban roncando. Yo me di cuenta de que no iba a ser capaz de subirme a mi litera, y me despatarré en el sofá. “¿Qué haces Pili? Anda, vete para la cama”. “Brnmlgrmlmllll” (que traducido sería: “déjame aquí”). Steve cogió la manta de mi litera, la trajo a la sala de estar y me tapó con ella. Recuerdo haberme sentido conmovida, y haberle dicho algo así como: “Eres un buen amigo, Steve” justo antes de caer redonda. Los demás se fueron a sus literas y todo quedó en silencio durante un rato.

No sabría decir qué hora era cuando Dave regresó, lo que sé es que estaba como mínimo tan afectado como yo. Cuando iba a meterse en su cama en la sala de estar, se dio cuenta de que yo estaba dormida en el sofá. Estiró la mano y me sacudió para despertarme.

“Pili”
“Gmbblblblrrrmmm…’ jame dormir…”
“No tienes por qué quedarte en el sofá…”
“Brml.. toy bien aquí…”
“Te puedes venir conmigo a la cama”
“¿Qué dices Dave? Anda, tío, duérmete… mmmhhhrlbrm…”
“Seguro que te lo pasabas mucho mejor aquí. Y no ibas a pasar nada de frío”
“¿Dave?”
“Dime Pili”
“No estoy tan borracha”
“…”
“Nas noches Dave”

Los recuerdos del resto de aquella noche son más que vagos. Creo que en un momento determinado me levanté para ir al baño. No recuerdo haber vuelto.

PhotobucketA la mañana siguiente abrí con esfuerzo mis ojos legañosos. La boca aún me sabía a alcohol y tenía un leve dolor de cabeza. En el apartamento no se oía una mosca, así que decidí darme la vuelta y seguir roncando un rato más. Agarré la almohada y me dispuse a hacer precisamente eso, cuando de pronto me pregunté… “¿Almohada? No recuerdo ninguna almohada en el sofá”.

Abrí los ojos otra vez. Delante de mí estaba la puerta trasera del apartamento. El sofá estaba junto a la cocina… ¿dónde coño estoy?. Me di la vuelta.

Dave roncaba a menos de 20 cm de distancia.

Photobucket

¡¡¡¡¡¡¡AAAAAARRRGHHHHHHHHHH!!!!!!





¿¿¿Qué cojones hago yo aquí???

Me senté en la cama de un golpe y recorrí instintivamente mi cuerpo con las manos… Aún tenía la ropa puesta… exhalé un suspiro de alivio… al menos no había ocurrido lo peor. Si de algo estaba segura es de que, en el estado en que me encontraba la noche anterior, si algo hubiera pasado yo no habría sido capaz de volver a vestirme.

Me levanté lo más sigilosamente que pude. Dave ni se inmutó. En el sofá aún podía verse la manta desordenada donde yo me había acostado. Me senté y trate de estrujarme el cerebro, pero por mucho que lo intenté no fui capaz de recordar cómo había acabado yo en la cama con Dave.

En la habitación sonó la alarma del móvil de Marcia. Escuché ruidos de cuerpos levantándose. Dave bostezó, se volvió hacia mí, me sonrió enigmáticamente y preguntó: “Qué, ¿qué tal has dormido? No creo que hayas pasado frío”. Guiño de ojo. Yo abrí la boca, pero la cerré cuando Steve entró en la sala. “Hombre, ya estás despierta”. La rutina de la mañana siguió adelante como si nada hubiese ocurrido. Tuve tiempo de dar gracias a las leyes del azar por haberme despertado antes que nadie. Me puedo imaginar el cachondeo si los demás llegan a entrar en la salita para vernos a Dave y a mí juntos en la cama. Las chanzas y chascarrillos habrían durado hasta el infinito, y más allá. ¿Y quién coño me iba a creer cuando dijera que “no había pasado nada”? Joer, ¡¡¡si es que ni yo me habría creído a mí misma!!!

Conseguí mantenerme ocupada preparando las maletas para nuestra partida aquella tarde, pero en cuanto los demás salieron a por los coches y Dave y yo nos quedamos solos durante unos minutos me planté frente a él, titubeé y finalmente conseguí preguntar:

“Estooo… Dave… ¿¿¿qué diablos hacía yo metida en tu cama???”
“Si te digo la verdad, Pili, no tengo ni idea. Sólo recuerdo haberme dormido, y de repente despertar en medio de la noche y verte ahí.”
“Estooo… bueno… y… ya sabes… ¿tú…? ¿yo...? Ehmm…”
“No, jamía, no, no tuve tanta suerte. Parece que te viniste sólo a dormir.”
“¡¡¡Gracias, Dios mío!!! Esto… quería decir… ah bueno… la próxima vez será, jejeje…” Glup.
“No es muy común, no”
“¿Cómo dices?”
“Digo que a veces ocurre que te acuestas con una mujer, y por la mañana ha desaparecido. Pero que ocurra lo contrario es de lo más raro”
“Sí Davey, es que yo soy de lo más original”
“¡A ver, vosotros dos allá adentro!, ¿sacáis vuestras maletas o qué?”
“Esto… ¡sí, ya vamos!”

Y así dejamos Queenstown, en una mañana fría y soleada de invierno, deseando poder quedarnos unos días más por allá.

Nunca llegó a pasar nada entre Dave y yo, a pesar de que él lo intentó alguna que otra vez más desde entonces. Pero como él mismo se encarga de recordarme de vez en cuando: “Vale, pero que conste que una vez nos acostamos juntos”.
 
Queenstown IV: viñedos borrosos y ridículos espantosos
PhotobucketCuando abrí los ojos a la mañana siguiente supe de inmediato que aquel no iba a ser precisamente el mejor día de mi vida. Tras unos primeros segundos de completa confusión - ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿A qué huelen las nubes? ¡Oño, me estoy meando! – un recuerdo, el de las interminables llamadas a una casa vacía, asaltó mi cerebro y ya no fui capaz de deshacerme de él. De pronto el impulso de volver a la cabina de teléfonos y comprobar una vez más lo que mi cabeza sabía más que de sobra que había ocurrido, pero mi corazón se negaba a aceptar, se hizo tan irresistible que me encontré descalza y en pijama en medio de una calle de Queenstown a las 8 de la mañana. Me temblaban los dedos y tuve que intentarlo varias veces antes de poder introducir la tarjeta en la rendija. Volví a llamar, primero al móvil de Maus (que, al igual que durante todo el día anterior, seguía desconectado), y finalmente a nuestra casita. Otra vez la retahíla interminable de rings y rings y rings, y otra vez mi corazón saliéndoseme por la boca, rezando a un Dios en el que no creo para que, después del siguiente ring, la voz adormilada de Maus sonara al otro lado del auricular. No hubo suerte, por supuesto.

Cuando volví a la habitación, Steve y Lily estaban ya empaquetando sus cosas: hoy nos reuniríamos con Hairy Dave y Marcia en el apartamento que la empresa nos había pagado, y tendríamos el resto del día para nosotros. La conferencia empezaría a la mañana siguiente. En condiciones normales, yo estaría muerta de ganas de ponernos en marcha para descubrir algún rincón especial de Queenstown; durante el desayuno, habría sacado algún tema de conversación picante y provocado a Steve para ponerle colorado, aparte de echar el ojo a todos los tíos buenorros del albergue. Pero hoy mi eterno sentido del humor estaba enterrado bajo capas y capas de autocompasión e incredulidad.

PhotobucketDave apareció por el albergue mientras nosotros tres desayunábamos: venía feliz tras casi una semana esquiando con algunos de sus viejos amigos, hasta que tropezó con los tres metros de morro que se desparramaban desde mi cara para a continuación ser propulsado contra la pared por uno de mis hipo-huracanados suspiros. Steve le puso al tanto de las noticias mientras le ayudaba a desempotrarse de la pared. Aunque su “lo siento” y sus palmaditas en la espaldas fueron genuinos – le gustase yo o no, ante todo éramos colegas -, pude distinguir claramente un brillo en sus ojos. Y lo que ese brillo decía era: “Por fin se largó el idiota inglés ese. ¡Esta es mi oportunidad!”. Durante el resto del día se desvivió en sonrisas, abrazos y detalles, el primero de los cuales no se hizo esperar: “Bueno gente, viendo que Pilimindri necesita levantar el ánimo, ¿por qué no dedicamos el día a recorrer los viñedos de Queenstown? Ofrecen catas de vino en todos ellos, y de paso podemos comprar unas cuantas botellitas para las noches que vamos a pasar en la ciudad”. Steve y Lily se mostraron de acuerdo y yo emití un gruñido gutural que pasó por un “sí”; francamente, me habría dado igual ir a visitar una depuradora de aguas fecales.

Tras el desayuno, los cuatro nos dirigimos a reunirnos con Marcia y descubrir nuestro nuevo alojamiento, que resultó ser un grupo de casitas muy monas ellas, situadas en una zona elevada de Queenstown, y desde las que teníamos unas vistas alucinantes del lago y las montañas. Nuestra casita contaba con un salón-cocina en el que, aparte de sofás, también había una cama doble, y una habitación con cuatro camas-litera. No resultó difícil decidir quién dormiría en el salón: por decisión unánime, Dave, capaz de hacer vibrar los cristales a tres kilómetros a la redonda de su radio de ronquido, tomó posesión de la cama doble. Yo arrojé sin miramientos mi mochila en una de las literas superiores y dije que iba a echar un vistazo al complejo, que aparte de casitas tenía varios edificios de uso común. Lo que realmente quería era encontrar la sala de ordenadores y revisar mi cuenta de correo electrónico. Esperaba que Maus, al menos, me hubiese dejado un mensaje de despedida.

Vana esperanza. Por no haber, en mi cuenta no había ni un mísero mensaje de spam ofreciéndome la solución para alargar el tamaño de mi pene. ¡Será cabronazo el tío! Vamos, que me vuelve loca durante semanas, que si “ahora me voy, ahora no me voy”. No se decide hasta el último minuto. Y ni siquiera me deja un mensaje para confirmar que se ha ido, ni decir adiós, ni mandarme a la mierda… ¡nada! Si es que estaba claro lo que yo tenía que hacer: ignorarle por completo. No volver a escribirle, ni llamarle, y en caso de recibir algún mensaje suyo, borrarlo sin haberlo leído. No responder al teléfono. Pasar página y empezar una nueva vida. Quemar sus fotos y sus cartas. Atravesar con alfileres su muñeco vudú. Y de paso, cortarle los huevos. ¡Ja, como si yo necesitara a alguien!

Click. Escribir nuevo mensaje.

De: Pilimindrina
Para: Maus
Asunto: (sin asunto)

Maus, por favor, no me hagas esto. No me puedo creer que te hayas ido, y me dejes así, sin decirme nada. Me estoy muriendo por dentro. Me niego a creer que se haya acabado todo, que hayas decidido seguir adelante sin mí, que no volvamos a vernos nunca. Me niego a creer que ya no pueda seguir luchando por ti. Por favor, no me hagas esto. Respóndeme. Te quiero.

Click. Enviar.

Cerré el navegador sintiéndome furiosa conmigo misma. ¿Cómo podía seguir enamorada de una persona que me había hecho pasar por esto ya dos veces dentro del mismo año? Estúpida, estúpida, estúpida. Ese mensaje ha sido humillante y vejatorio. ¿Dónde has dejado tu dignidad?

Le llamé al móvil otra vez (lo cual, debido a mi reticencia a tener móvil propio, implicó un nuevo viaje a la cabina de teléfonos). Esta vez saltó el contestador. Le dejé un mensaje parecido al del e-mail, con voz llorosa y desesperada. Volví al apartamento cabizbaja y humillada, y aún sin respuesta. Mis amigos me esperaban ya en el coche. Yo me desparramé en el asiento de atrás del Birrioso.

PhotobucketLa carretera entre Queenstown y Wanaka está llena de viñedos desperdigados por entre las montañas, a los que a veces se llega tras conducir al borde de impresionantes precipicios por carreteras de gravilla. En cada uno de los viñedos se dan muestras gratis de tantos vinos como te apetezca. Esta menda los probó todos. Todos y cada uno de ellos. No sé si sirvió para ahogar mis penas, lo que sí sé es que me pasé el día en un estado de estupor soporífero, alternando momentos de euforia incontrolable con otros de pegajosa autocompasión. En un momento determinado me encontré dormida en el coche mientras los demás jugaban al mini-golf. En otro momento, un elefante rosa de ojos azules me estuvo cantando una nana. También recuerdo un tiempo indeterminado sentada a la orilla de un enorme lago de color azul intenso, posiblemente en Wanaka; recuerdo haber pensado en lo maravilloso que sería nadar en aquellas aguas. Hasta que metí el dedo meñique dentro y recordé que estábamos en pleno invierno. Mi meñique tardó unas dos horas en recuperar la circulación.

Cuando volvimos al apartamento en Queenstown yo estaba un pelín más animada y con cierto dolor de cabeza. También con una intensa necesidad fisiológica (que me meaba toa, amos). Miré a mi alrededor y juro que conté cuatro personas en la sala de estar… creo que posiblemente estuviera viendo doble. Ni corta ni perezosa, abrí la puerta del baño de par en par y giré a la derecha, en dirección al retrete…

…y la visión que me recibió ha quedado tatuada por siempre en mi mente, y a menudo regresa a mí en momentos de tensión emocional severa…

PhotobucketDave el peludo estaba sentado en el wáter completamente desnudo. Si de todos era conocido ya que el hombre gozaba de cierta abundancia capilar, nada me había preparado para ser testigo en exclusiva de su cuerpo serrano en todo su esplendor; sin entrar en detalles escabrosos, con el pelo que a Dave se le cae a diario en la ducha debería ser posible rellenar tres almohadas. Durante un segundo, ambos nos quedamos petrificados, mirándonos con cara de horror. Cuando fui capaz de recuperar el habla, musité un “…perdón…” y salí de allí tan rápido que a mi sombra le llevó un rato encontrarme. Al salir, tenía tres pares de ojos clavados en mí. Decir que me estaba poniendo colorada sería como afirmar que el tabasco es un pelín fuerte. Steve murmuró un “Traté de avisarte…”. Lily exclamó, aliviada: “Menos mal que no me ha pasado a mí”.

A pesar del mal rato que yo pasé, he de reconocer que para Dave debió ser mucho peor. Debe haber pocas cosas peores en esta vida que la chica que te gusta te vea desnudo y cagando.

Aquella noche durante la cena, Lily recibió un mensaje en su móvil. Lo miró y pareció pensárselo durante unos segundos. Me miró a mí. Miró su móvil. Finalmente se levantó y se acercó a mí a regañadientes: “Me he estado planteando borrarlo, pero al fin y al cabo lo que hagas con él es tu decisión”. Intrigada, miré el mensaje.

“Preciosa, lo siento muchísimo. Pero no es lo que parece. Me he vuelto a Inglaterra porque he dejado cosas sin terminar, pero volveré contigo en dos semanas, si aún quieres recibirme. Te quiero y siento lo que te estoy haciendo pasar. Maus.”

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¿Alguna vez os habéis encontrado en una situación de ridículo espantoso como la de Dave?

 
Queenstown III: historia de una noche ajetreada
PhotobucketAcompañada por Lily, quien, posiblemente esperando un ataque de histéricos sollozos, no me quitaba la vista de encima, me dirigí a nuestra habitación. Esquivando una vez más las montañitas de ropa y pertenencias varias de la chillona de la noche anterior, me metí en el cuarto, trepé lentamente hasta la litera de arriba y me embutí en el saco de dormir. No se me veía ni la nariz. El dolor y la incredulidad eran tales que ni siquiera podía llorar; sentía como si alguien me hubiese agarrado el corazón y lo estuviese estrujando sádicamente. No sé por cuánto tiempo estuve dando vueltas - con cierta dificultad: pasar una noche sin dormir en un saco es un suplicio -, pero tras quince eternidades escuchando cómo a Lily y a Steve se les formaban las legañas, finalmente me sumergí en un sueño superficial e inquieto… que por desgracia no duró demasiado.

Aproximadamente a las 4 de la mañana una avalancha me sacó de mi frágil sopor. Alguien – o un grupo de “álguienes” – se acercaba por el pasillo con la sutileza de una manada de elefantes machos en celo. Por entre el algarabío de pasos y encontronazos contra la pared, pude distinguir claramente los rebuznos de la pedorra de la noche anterior.

Nivel de encabronamiento de Pilimindrina: +3

Los no-mucho-más silenciosos amigos de aquel ser chirriante tuvieron la deferencia de meterse cuanto antes en su habitación. La histérica no, por supuesto. Ésa se quedó en la puerta escupiendo los últimos comentarios de la noche con una amiga: “Jo, qué noche, tía. ¿Tú te fijaste en el cachas de la camiseta azul? ¡Estaba como un PUTO TREEEEEEN!!! Pues tía, ¡TENGO SU MÓVIL! Que sí, que síííí, MOOOLAAAAAA. ¿Lo llamo o no lo llamo? ¿Tú qué dices, eh? ¿eh? ¿EEEHHH????”. Todo este rato, vuestra Pilimindrina trataba como podía de introducirse la parte de arriba del saco de dormir en las orejas. Inútilmente, ya que el tono de voz de aquel engendro era capaz de atravesar muros de diamante.

Nivel de encabronamiento de Pilimindrina: +17

Finalmente la amiga del bicho infecto aquel decidió que también para ella era hora de ir a la cama - debió darle mal rollo percibir la ola de mala hostia proveniente de mi persona que rezumaba por debajo de la puerta de nuestra habitación – Photobuckety pude oír la puerta cerrándose tras ella. Inocente de mí, creí que ambas chicas habían entrado. Pero no. La cantaora de flamenco heavy aquella había decidido llamar al cachas. Y llamarlo allí mismo, amos, no fuera que se liara con otra antes de la mañana siguiente. Cuando esta menda había cerrado el ojo y empezaba a dejarse cubrir por las nubes del sopor, la voz de aquella bruja Avería adolescente, que además hablaba por teléfono como quien llama a sus hijos desde la ventana del quinto, volvió a taladrar mis oídos – y los de Lily y Steve también, como dejaron constancia con dos sonoros resoplidos de exasperación que casi hicieron volar las cortinas.

“Garyyyy??? GARYYYYYY??? SI, SOY YO, GERVASIAAAA. ¿Cómo QUE QUIEEEEN? Pues la tía con la que hablaste antes, hombre. Sí, la del cubata con whisky y ginebra, ¡ESAAAAA! OYEEEEE, que pensaba yoooo, si nos podíamos ver mañanaaaaaa. ¡DIGO QUE SI NOS VEMOS MAÑANAAAAAAA!”

Mi respiración se iba acelerando. Tenía los puños tan apretados que las uñas me dibujaban arcos en las palmas de las manos. El ceño, tan fruncido que había empujado a la nariz a la altura de la barbilla. Los ojos inyectados en sangre. Las pupilas blancas. Los dientes rechinando - ¡ÑIGO; ÑIGO!. Creí oír una sirena de barco a lo lejos, hasta que me di cuenta de que era una explosión de vapor escapando por mis orejas. Arranqué un pedazo de saco de dormir de un mordisco y comencé a emitir un gruñido gutural - GÑGÑGÑ. Muy despacio, salí del saco y bajé de la litera. Renqueé hacia la puerta. Extendí una de mis garras y lentamente giré el pomo.

Nivel de encabronamiento de Pilimindrina: +100… ebullición inminente.

La adolescente chillona estaba allí, sentada en el suelo, inmersa en su interesantísima conversación, sin percatarse siquiera de que alguien la observaba. Yo la golpeé suavemente con el dedo en el hombro y ella se volvió con cara de “¿quién cojones viene a molestarme?”. La miré. Me miró. Nos miramos. Con la voz más suave y aterciopelada que fui capaz de entonar, pregunté:

“Disculpa, ¿sabes la hora que es?”

Ella me miró como quien observa a un pájaro muerto semi-aplastado en una cuneta. “Sí, sé la hora que es”. Se volvió y siguió hablando tranquilamente.

Nivel de encabronamiento de Pilimindrina: +4750… tortura, asesinato, decapitación, extirpación de páncreas sin anestesia…

Se acabaron las buenas formas. Vuestra Pilimindrina salió al pasillo, se plantó delante de la rebuznona aquella, abrió la boca y ya no la pudo cerrar en un buen rato.

(Advertencia: el siguiente párrafo no es apto para menores de 18 años. Si no tienes esa edad, por favor ignóralo y pásate al siguiente. Y no me digáis luego que no he avisado)

“MIRA TÍA, ¡¡¡SON LAS CUATRO DE LA PUTA MAÑANA!!! ESTOY HASTA LOS MISMÍSIMOS COJONES DE TENER QUE OIR TUS JODIDOS REBUZNOS. ASI QUE TÚ Y TU PUTO MÓVIL VAIS A LEVANTAR EL CULO Y LARGAROS DE AQUÍ INMEDIATAMENTE, O TE VOY A METER ESE TELÉFONO TAN ADENTRO QUE SE TE VA A SALIR EL TÁMPAX POR LA BOCA. ¿¿¿QUEDA CLARO???”

(Nota: fin del lenguaje obsceno y ofensivo)

PhotobucketLa chica se me quedó mirando con los ojos tan abiertos que pude verle el nervio óptico, y la mandíbula le rebotó en las rodillas. Estaba claro que nadie le había hablado así en su vida. Durante medio segundo casi pude escuchar las ruedecillas girando en su cerebro tratando de decidir qué clase de respuesta me daba. En el mío las ruedecillas se habían fundido, sólo se podía leer una palabra latiendo en rojo: “MATAR MATAR MATAR”. Creo que debió darse cuenta, porque lo único que hizo fue murmurar en el móvil “Perdona, tengo que irme a otro sitio”, meter el teléfono en el bolso y… ¡FLUSH! En medio segundo de ella sólo quedaba una leve nubecilla de polvo en el pasillo. Ni siquiera tuve tiempo de ver en qué dirección se marchaba. Oño, ¿y ahora qué hago yo con este cabreo tan majo?. Al cabo de un rato allí de pie con cara de gilipollas volví a entrar en la habitación. Mientras subía a la litera, pude escuchar un sonoro y sentido “¡GRACIAS!” proveniente de la litera de Lily.

Durante el resto de la noche el albergue se mantuvo en un silencio absoluto. Hasta los mosquitos estaban acojonados en una esquina.
 
Queenstown parte II: snowboard y llamadas desesperadas

PhotobucketEs el día de hoy que aún no me explico cómo aquel coche birrioso, renqueante, carrasposo, cargado con tres seres humanos, bolsas y esquíes, fue capaz de subir las cuestas del 35% que llevan hasta la estación de esquí de Treble Cone, Wanaka, a una hora aproximadamente de Queenstown. De lo que sí estoy segura es que verme conducir aquella máquina lastimosa debe haber sido todo un espectáculo. ¿Os habéis encontrado alguna vez a una de esas personas que, jugando a la PlayStation, parecen no necesitar el mando para nada? Sí, sí, esas que, cuando quieren mover al monigote para la derecha, en vez de simplemente presionar el botón derecho, lo que hacen es mover las manos, descoyuntar la muñeca, estirar los brazos, apretar los dientes, torsionar el cuello y mover el culo tan al borde del sofá que acaban sentados en el apoyabrazos. Luego, cuando el monigote salta o vuela, estas personas rebotan en el cojín, o bien se levantan y alzan los brazos (con mando incluido) y los agitan espasmódicamente hasta que el mando se les enreda en la lámpara del salón, o bien se les acaba el cable y la consola termina escogorciada en el suelo (creo que Bill Gates los tenía a ellos en mente cuando se le ocurrió la idea de la Wii).

Pues bien, esta menda conduciendo el Birrioso era algo por el estilo: con cara de profunda concentración metafísica, ojos achinados, cuerpo echao p’alante, clavando el pie en el acelerador con tal fuerza que podía sentir el asfalto despellejándome la planta del pie… y el puñetero coche no pasaba de 30 km/h. La cola de coches detrás nuestros crecía y crecía como en la M30 durante el Puente de la Constitución, Lily y Steve hacían gestos de empujar el salpicadero, yo estiraba mi cuerpo hacia el parabrisas como para cambiar el centro de gravedad, apretaba el volante y me mordía la lengua… pero aquello no aceleraba ni a la de tres. Steve sugirió bajar uno de los esquíes de la baca y tratar de usarlo en plan remo, Lily se presentó voluntaria para empujar, y vuestra Pilimindri pensó en comprar un par de latas de fabada Litoral, a ver si con los gases le dábamos un poco de propulsión al trasto aquel. De vez en cuando nos echábamos a un lado y dejábamos pasar a 20 ó 30 coches, cuyos conductores y pasajeros nos dedicaban miradas de odio visceral y maldiciones en arameo (y aracago).


Photobucket


Aún sorprendidos por no habernos quedado tirados en la cuneta, finalmente dejamos al Birrioso en el aparcamiento y nos dispusimos a disfrutar de un día de deportes de nieve. La estación de Treble Cone se alza sobre un impresionante valle tachonado de lagos de color azul turquesa, componiendo un paisaje que te corta la respiración (si es que no la tenías ya cortada por el frío). Tanto Steve como Lily tenían amplia experiencia sobre los esquíes. Yo tenía bajo el brazo dos clases básicas de snowboard y el dudoso honor de ser la española más patosa de la cosecha del 76, pero ilusión y ganas no me faltaban. Además, tras los dos días de continuas caídas en ambos sentidos (de morros y de culo), esta vez estaba segura de que lograría dominar los giros y acabaría haciendo malabarismos y saltos mortales hacia atrás antes de ponerse el sol. Hombre, bueno. Faltaría más.

Joer, qué desastre.

Lo de mantenerme sobre la tabla estaba dominado. Lo de deslizarme más o menos en línea recta también, e incluso era capaz de girar hacia la izquierda sin caerme más que dos de cada tres veces… pero los giros hacia la derecha eran mi talón de Aquiles. Recordé los consejos de la última clase, tres semanas atrás: “los giros no tienen ningún secreto, sólo hay que aprender a considerar la tabla una prolongación de tus propias piernas: tú mueves el cuerpo hacia la derecha, como si fueras a girar, y la tabla te sigue de manera natural”. ¿¿¿De manera natural??? ¡¡¡Y una leche!!!. Yo me subía a la tabla de snowboard, empezaba a deslizarme, cogía velocidad, giraba el cuerpo hacia la derecha y esperaba que la tabla hiciera lo mismo… ¡y la jodía ni puto caso! Y mientras tanto las rocas esas tan monas se acercaban… y yo venga gira que te gira el cuerpo, que casi se me dislocaban las rodillas de tanto girar… y la tabla que nanay… y por el rabillo del ojo veía las rocas cada vez más grandes, llenas de esquinas y bultos… total, que cuando se acercaba el punto de no retorno y la tabla seguía, tozuda, deslizándose hacia la izquierdaPhotobucket la única opción que me quedaba era despatarrarme toa sobre la nieve, como una bolsa de patatas, dando vueltas con tabla y todo, despidiendo nieve en todas direcciones y acabando con las rocas a 5 cm de mi nariz. De lo más digno, oye. Después de eso sólo te queda tratar de recomponerte, soltarte las fijaciones, ponerte la tabla bajo el brazo, mirar al esquiador que tengas más cerca (que trata de sacudirse la capa de nieve con la que le acabas de pulverizar) y comentar con voz de indiferencia: “Estoy ensayando para hacer de doble de Angelina Jolie en ‘Avalancha en el Everest’, ¿¿qué pasa??”.

Tras innumerables intentos fallidos y la pérdida del último resquicio de mi dignidad, decidí aceptar mi derrota y pedir ayuda a uno de los monitores de la estación. Desgraciadamente cuando me acerqué a la oficina, me informaron de que la hora de la última clase ya había pasado, que tendría que esperar hasta el día siguiente. Yo me planteé la posibilidad de pasarme toda la tarde estrellándome contra rocas, niños en trineo y postes de madera de cedro y llegué a la conclusión de que apreciaba demasiado mis dientes como para correr ese riesgo. Me dirigí a la caseta de alquiler de equipo y me dediqué a suplicar a todo aquel que pareciera un empleado que me diera una clase, que pagaría lo que fuera: dinero, joyas, favores sexuales… Tuve que rechazar el ofrecimiento del empleado de la limpieza, más que nada porque lo de que era el campeón del mundo de malabarismos sobre la tabla no coló (creo que me excedí en mis ofertas de pago… ains). Finalmente alguna divinidad se debió cansar de escuchar mis lamentos, porque una de las chicas a las que pregunté se quedó pensativa un rato y dijo: “Espera aquí un momento, creo que conozco a alguien que te puede ayudar”. Yo esperé, convencida de que la chica desaparecería y no volvería a verla jamás, hasta que reapareció por detrás de una esquina. Y no venía sola.

¡Oh milagro! ¡Oh bendición! ¡Oh, albricias y zapatetas!

¡Oh, pero qué pedazo de hombre venía con la tía!

No podía ser, no podía tener tanta suerte. Seguro que el cacho de trozo de macho que acompañaba a aquella mujer no tenía nada que ver con mi clase de snowboard, seguro que era su novio, que había venido a recogerla. Pero el caso es que ambos venían directos hacia . Y me miraban. Y la chica abrió la boca como para decir algo. Y un niño de unos 10 años que se estaba poniendo los guantes a mi lado resbaló en mis babas y se pegó un leñazo tremendo contra uno de los bancos de madera.

“Has tenido suerte, este es Adam, acaba de terminar su turno y dice que no le importaría estar un par de horas contigo ayudándote a perfeccionar tu técnica”.

A mí no me importaría pasarme el resto de mi vida contigo y que me ayudaras a perfeccionar todo tipo de técnicas, corazón.

Carraspeé. Traté de recoger mi mandíbula del suelo. Mis dientes hicieron “clic” cuando logré cerrar la boca.

“Embrglmpfblblblll”
“Perdón, ¿cómo dices?”
“Digo querl… que fenomenal, que muchas gracias… estoooo… sí… me llamo Pilimdrldrl… Pimindri… Pilimindrina, encantada de conocerte Adam”

Déjame ser tu Eva y arrancarte la hoja de parra con los dientes, pedazo de buenorro.

Adam sonrió –brlbrlbrlrlrlll -, se apartó el flequillo de los ojos azules – más brlbrlbrl – y me preguntó:

“A ver Pilimindrina, explícame exactamente dónde está tu problema”

Mi problema reside en que no conozco esta estación de esquí y no tengo ni idea de dónde puedo encontrar un lugar solitario y oscuro donde poder explorar todos los rincones de tu cuerpo serrano.

Photobucket“eehhhmmm… creo que tengo un serio problema para girar, sobre todo hacia la derecha…”
“Uy no te preocupes, recuerdo que ese fue uno de mis principales problemas cuando yo empecé, vente conmigo y te enseño unas cuantas técnicas”

Diosssss… si además de estar bueno eres majísimooooo… dime que estás soltero y te violo aquí mismo.

“Vale, vamos”

Aquella clase la recuerdo entre nubes de algodón de azúcar y música de arpa tocada por querubines. Nunca en mi vida he mostrado más interés en aprender un deporte que aquel lunes de finales de Agosto. “No estoy muy segura, mejor cógeme de la mano”. “Uy, que me caigo… encima de ti”. “Creo que aún no tengo esta postura muy dominada, ¿me ayudas a posicionar los brazos? ¿Y las piernas? ¿y…?” “Uy, qué dolor de cuello… ¿me darías un masaje?” (esto último no coló). Cuando finalmente volví a reunirme con Steve y Lily – a quienes ya desde el principio había recomendado que esquiaran a su aire y no se molestaran en esperarme – mis pies ni siquiera tocaban el suelo. ¡Viva el snowboard y la madre que lo parió!

El viaje de vuelta cuesta abajo fue mucho más rápido y menos humillante, y en un par de horas estábamos de vuelta en el albergue. Steve y Lily estaban muertos de hambre, pero la proximidad de la hora en la que iba a llamar a casa y comprobar si Maus seguía allí o estaba camino de las Inglaterras había acabado con la mía. Me conecté a internet y miré el correo, pero no tenía ningún mensaje de mi inglesito: como de costumbre, mantenía la intriga hasta el último minuto. En lo más profundo de mí, mi orgullo me impedía creerme que Maus pudiese haber decidido marcharse, dejar a la que tantas veces había definido como “la mujer de sus sueños” y volverse a la fría y gris Inglaterra en la que se había sentido tan desgraciado durante años. Sin duda un país tan maravilloso como Nueva Zelanda, nuestra vida juntos, lo que habíamos luchado para llegar hasta aquí y lo maravillosa (y modesta) que yo era serían motivos suficientes para borrar de su mente todas las posibles dudas.

Marqué el número desde la cabina y esperé, con el corazón en un puño. El teléfono sonó en nuestra casita, allá en Hamilton. Un tono, dos tonos, tres. Cinco. Siete. Catorce. Veintisiete. Tanto esperé, que al cabo de unos 5 minutos los tonos dejaron de sonar y me quedé allí clavada, como en trance, escuchando el silencio atronador al otro lado del auricular. Muy despacio, colgué el teléfono.

Esperé. Maus podía estar en el baño, o en la ducha, o tendiendo la ropa, y no había oído el teléfono sonar. Sí, seguro, tendiendo la ropa a las 10 de la noche. Volví a llamar. Volví a escuchar la eternidad de los “ring” y “ring” y “ring”. Volví a esperar. Y a llamar. Y a esperar.

PhotobucketNo sé cuántas veces o durante cuánto tiempo me aferré a la esperanza ciega de que mi inglesito dulce hubiera decidido no coger el avión y quedarse conmigo en la tierra de los kiwis. Sólo sé que ya pasada la medianoche, y con los “ring ring” resonando en mi cerebro, en algún momento la razón me hizo abandonar aquella cabina y caminar arrastrando los pies hasta la sala de estar del albergue, donde Lily estaba sentada en uno de los sofás, esperándome. Me senté a su lado sin decir nada. Ella no necesitaba preguntar, la respuesta estaba reflejada en mi cara.

“Lo siento, Pili”

Yo sacudí la cabeza. No podía hablar. Un pánico enorme y negro se había colado en mi pecho y amenazaba con estrangularme. No era posible. No me lo podía creer.

Por segunda vez en menos de un año, Maus me había dejado en Nueva Zelanda.

(continuará...)

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Queenstown: un pueblo de cuento de hadas (parte I)
Tan pronto como me despedí de Maus, la inquietud y la opresión en mi pecho desaparecieron como por arte de magia. Lejos de sentirme horrorizada ante la posibilidad de no volver a verle, un terrible alivio se extendió por todo mi cuerpo cuando me percaté de que, al menos durante una semana, iba a escapar del ambiente opresivo de la casa que habiamos compartido Maus y yo durante 8 accidentados meses. Sonreí a Steve, quien me observaba preocupado, probablemente esperando que en cualquier momento me deshiciera en sollozos agónicos y le dejase el salpicadero cubierto de mocos: “¡Queenstown, allá vamos!”. Él sonrió aliviado: “¡A Queenstown pues!”.

Nos reunimos con Lily en KiwiLabs, desde donde la empresa nos había pagado un taxi hasta el Aeropuerto Internacional de Hamilton.

PhotobucketInciso: no os dejéis impresionar por el nombre... lo único que tiene de “internacional” el aeropuerto de Hamilton es que, desde allí, salen algunos vuelos a Australia. De hecho es bastante parecido al de Asturias (que ahora, gracias a EasyJet, también es “Internacional” porque puedes volar a “Inlasterra”): más pequeño que un supermercado, con una única rampa para aterrizajes y despegues que a veces se alquila a aficionados al aeromodelismo, una única puerta de embarque (“Pasajeros con destino a Queenstown, puerta de embarque número 23” “Pero... ¡pero si sólo hay una!” “Calla y camina, coño, que todo el mundo sabe que es la misma pero cada vez le ponen un número distinto pa disimular”) y, debido a las obras, sin una triste rampa para equipajes. Las maletas las sacan en furgoneta y las dejan caer grácilmente (¡PTCHOMPF! ¡SPOING! ¡CRONCH!) al lado de los aparcamientos, para que los pasajeros, los visitantes, la limpiadora y el macarra de turno puedan recoger las que les parezcan más fashion.

Fin del inciso.

Una vez en Queenstown pasaríamos la noche del 26, 27 y el 28 en un albergue, y nos reuniríamos con Hairy Dave (que se había tomado la semana anterior de vacaciones y ya estaba allí, esquiando con unos amigos) y Marcia en un apartamento también a cargo de la empresa. La conferencia empezaba el 29 y duraba hasta la mañana del 1 de Septiembre.

Era la primera vez que Lily y yo visitábamos la isla Sur. Ya al sobrevolar el Estrecho de Cook pudimos comprobar que el paisaje estaba a años luz de lo que habíamos visto hasta entonces: la Isla Norte es principalmente agrícola y ganadera, surcada por verdes colinas y valles, y sólo ocasionalmente alguna montaña propiamente dicha, como Taranaki o Tongariro. La Isla Sur es mucho más agreste y salvaje: un paisaje interminable de montañas de todos los tamaños, cubiertas de nieve y Photobuckethielo, tapizaban el camino hacia Queenstown, que se encuentra a la orilla del zigzagueante lago Wakatipu, de un azul intenso tan irreal, que casi parece que un niño lo haya coloreado con Plastidecor. Reflejada en el lago, la cordillera de los Remarkables, de picos agudos y aserrados, proporciona a la ciudad su aspecto característico y tan sumamente fotogénico. Tanto de noche como de día, y especialmente en invierno, Queenstown parece el pueblecito mágico de una historia de cuento de hadas: las aguas cristalinas del lago reflejan el brillo del sol y alojan a decenas de bañistas, esquiadores y paracaidistas acuáticos. En todo momento, en el cielo casi permanentemente azul se pueden observar decenas de parapentistas que despegan de las instalaciones de la Góndola situada en una de las colinas al Sur de la ciudad. Y a pesar de encontrarse permanentemente llena de turistas, de alguna manera Queenstown se las arregla para no perder su identidad kiwi.

Lo primero que hicimos al aterrizar en Queenstown fue ir a alquilar un coche para poder movernos libremente durante la semana. Nuestra falta de previsión nos obligó a recorrernos todas las agencias de alquileres de la ciudad antes de encontrar una de nombre desconocido y reputación dudosa que accedió a alquilarnos el cacharro más ruinoso que ojos humanos hayan visto jamás: el Birrioso. El caso es que, mientras arrancara y se moviera, a nosotros nos valía. Ante la pregunta de si tenían alguna baca para poder llevar esquíes y tablas de snowboard, el empleado del establecimiento nos miró de arriba a abajo como diciendo: “Vosotros tais de coña, ¿verdad? ¡A ese coche le pegas un chicle en el capó y se le desinflan los cuatro neumáticos!”, para a continuación levantarse y pasarse un buen rato moviendo muebles y utensilios ruidosamente en la oficina de al lado, tras lo cual apareció con un par de barras semi-oxidadas que entre los 4 nos arreglamos para colocar sobre aquella ruina de vehículo. Resultado, 5$ más por día de alquiler. ¡Anda que era tonto el tío! En fin, al menos ya estábamos motorizados. Con los tres dentro, el Birrioso iba arrastrando el tubo de escape en las cuestas.

Llegamos al albergue ya bien entrada la noche e íbamos los tres arrastrando los párpados por el camino. Antes de meterme en la cama, me las arreglé para encontrar una cabina de teléfonos y hacer una llamada a Maus. Esperaba que, 24 horas antes de que saliera su vuelo, al menos se hubiese decidido ya si se iba o no. Creo que a veces soy demasiado optimista.

“Hola, inglesito”
“...”
“Estoy en Queenstown, todo ha ido bien hasta ahora. ¿Qué tal tú?”
“Bieeeen...”
“¿Has decidido ya lo que vas a hacer?”
“No, y me temo que no me decidiré hasta el último minuto”
“No me parece una decisión demasiado meditada entonces. ¿Vas a lanzar una moneda al aire o prefieres leer los posos del té del desayuno?”
“No bromees, estoy muy deprimido”
“Mi situación no es mucho mejor, estoy pendiente de tu decisión, inglesito”
“Pues tendrás que esperar, porque ahora mismo ni yo sé lo que voy a hacer”
“Vale... te dejo que pienses, entonces”
“Hasta luego”

Me puse el pijama y me dirigí a nuestro cuarto. El pasillo estaba cubierto de todo tipo de cosméticos, cremas, toallitas, ropa y cosas varias que parecían pertenecer a una chica morena que se peinaba frente al espejo emitiendo de vez en cuando un par de rebuznos dirigidos a sus compañeros de cuarto: “¿Estáis listos yaaaaaa? Esperaaaaa, que a mí me falta un ratoooooo... ¡MIERDA, me he pillao el pelo con el secador! ¡¡¡Ellieeeeee, pásame la gominaAAAAAA!!!”. Predije problemas. Me abrí camino por entre los montones de sus pertenencias, entré en mi cuarto – Lily y Steve estaban ya en las literas roncando o cercanos a ello – y subí a mi cama. Steve medio abrió un ojo lleno de legañas y preguntó: “Pili... ¿alguna noticia de Maus?” “No Stevie, me temo que hasta mañana no sabré qué va a hacer... shhhh, sigue durmiendo” “Buenas nochermnszzzzzz...”.

PhotobucketA las 3 ó 4 de la mañana nos despertó un terremoto. Al menos eso creímos nosotros al principio, hasta que la dulce y melodiosa voz de nuestra “vecina” se hizo audible entre el escándalo de pasos descuidados, portazos y risotadas. “JUAJUAJUA ¡¡¡cómo mola Queenstown!!! ¡¡¡UEEEEEEEEEEE!!!” – CLONK – “¡¡Hostia, qué cabezazo me he dado!!, MOHAHAHAHAHA” – CLINK CLICLICLINK – “Joder, que se me caen las llaves... ¿Dónde coño está la cerradura?”.

Tras un par de minutos de escándalo, cuando yo ya me encontraba en el límite de mi exigua tolerancia, los amigos de aquella rebuznante criatura se las arreglaron para meterla en la habitación y, tras un último y sonoro portazo – ¡BUM! – el silencio retornó al albergue. Al día siguiente nos iríamos a una de las muchas estaciones de esquí de Queenstown, Lily y Stefan a esquiar, y esta menda a tratar de dominar el snowboard, deporte que había descubierto unas semanas atrás en la estación de esquí de Whakapapa, y que me fascinaba (a pesar de dejarme el culo lleno de moratones, las costillas castañeteando y las rótulas fuera de sitio). Y por la noche tocaba descubrir si mi inglesito seguía conmigo en Nueva Zelanda o se había vuelto, esta vez permanentemente, para Inglaterra. Iba a ser un día movidito...
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