Yo, prefiero las medianas
Seguro que pensáis que el título del artículo de hoy es para despistar, que lo escogí para poder llamaros “malpensados” y que seguro que me refiero a las zanahorias o las berenjenas. Pero no, esta vez podéis pensar mal, que acertaréis: estoy hablando de pollas.
Pues sí, queridos lectores; hoy quiero expresar mi desacuerdo con la que parece la opinión generalizada tanto de hombres machotes, como de mujeres liberadas: que las pollas, cuanto más grandes mejor. Y para ilustrar esta disensión, qué mejor que un ejemplo reciente de mi vida en Nueva Zelanda.
Poco después de romper definitivamente con Maus, hecho que no ocurrió hasta Noviembre del año pasado, me mudé de nuestra casita. Era la única manera definitiva de pasar página y evitar tener a Maus en la puerta suplicándome perdón dos de cada tres noches. Acabé haciendo de “house-sitter” (algo así como “baby-sitter”, pero con una casa) de una chica colombiana, Marina, que se iba a Nueva Caledonia con su niño durante 5 meses a ver a su marido que estaba viviendo allí.
Inciso: la historia de la mudanza y las peripecias con esta chica y su nene merecen varios artículos aparte… ya os los contaré más adelante. Ahora vamos al grano: a las pollas medianas.
Fin del inciso.
Marina trabajaba en una pequeña empresa que comparte campus con KiwiLabs, y que se encuentra a unos 300 metros de nuestro edificio de laboratorios. Algunos de los escasos 10 empleados de esta empresa se vienen a tomar el café a la cafetería de KiwiLabs, y yo conocía a un par de ellos.
Unas 2 ó 3 semanas después de que Marina se fuese a Nueva Caledonia y yo me quedase solita en la casa, tuve un curioso encuentro en la cafetería. Steve y yo estábamos preparándonos un café y un chocolate con leche respectivamente, riéndonos de alguna de las chorradas de las que solemos hablar durante el día, cuando me percaté de que un chico me miraba fijamente desde detrás de la máquina del café, sonriendo. Lo primero que pensé fue: “Joer, con el despiste que tengo, seguro que lo conozco de algo y no me acuerdo de su cara”. Le devolví la sonrisa y dije: “¡Hola!”. “¡Hola!”, me respondió él, y siguió sonriendo. Tenía una tez morena, pelo cortito y muy negro y un cuerpo bastante musculoso. Yo titubeé un poco sin saber bien qué decir.
“Estooo… perdona, ¿nos conocemos de algo?”
“Tú eres Pilimindrina, ¿verdad?” Tenía un acento curioso, de buenas a primeras me sonó a ruso.
“Pues sí, perdona, seguro que te conozco de algo, pero no soy capaz de situarte”
“Ah, no, no te preocupes, reconocí tu nombre en tu tarjeta de identificación, tú eres la chica que vive en casa de Marina, ¿no?”
“Sí, soy yo, ¿conoces a Marina entonces?”
“Sí, trabajaba con ella en KiwiFarma, tenía curiosidad por saber quién eras”. Más sonrisas.
“Ahhh… pues bueno, ya me conoces… ¿y tu nombre es…?”
“Olek, encantado de conocerte Pili” Y me sacudió la mano tan efusivamente que me llevó 20 minutos volver a colocarme el omóplato en su sitio.
“¡Auch! Bueno… vale… entonces, ya nos vemos por aquí”
“Sí, nos vemos”, y se fue a sentarse con sus colegas, aún sonriendo.
Steve me esperaba con expresión entre divertida y curiosa.
“¿Le conoces?”, le pregunté
“Sí, es Olek, a veces se viene a jugar al fútbol con nuestro equipo”
“Joer, qué mirada tan intensa. Es mono, ¿no?”
“Me van más las tías”
“No me digas… ¿de dónde es el chaval? ¿Ruso?”
“No, es ucraniano, pero al parecer ha vivido en Alemania un montón de años, de hecho él y yo hablamos en alemán”
“Ammm, interesante”
Y me olvidé del tema. Al menos hasta la hora del café de dos ó tres días más adelante, donde pillé a Olek mirándome subrepticiamente desde su mesa. Le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Aproveché para lanzarle una mirada valorativa, y debo decir que no sólo era mono, no… lo cierto es que estaba bastante bueno.
El fin de semana siguiente yo había planeado una “home-warming BBQ”, que es como le llaman aquí a las barbacoas para celebrar que empiezas a vivir en un sitio nuevo.
Inciso: a los kiwis les apasionan las barbacoas, y en cuanto empieza el buen tiempo buscarán cualquier excusa para organizar una; yo creo que hasta en los funerales hacen una barbacoa. Mudarse de casa, incluso aunque sólo sea entre dos pisos de estudiantes, es la excusa ideal para una. A veces dos: una de despedida, y otra de bienvenida.
Fin del inciso
Un par de días antes de mi BBQ, le comenté a Steve: “Oye, ¿por qué no le dices a Olek que se venga también?”. La barbacoa fue todo un éxito, vinieron unas 25 personas y se terminó sobre las 4 de la mañana con los últimos incondicionales, Steve incluido, jugando al póker con dinero del Monopoly y acabando con las últimas cervezas y botellas de vino de la noche. Dave y otro compañero se quedaron a dormir (me negué a dejarles volver a casa en coche y los acomodé en las dos habitaciones extras que tenía la casa) y me pasé el domingo recogiendo botellas vacías esparcidas por los lugares más insospechados de la casa. Y tratando de despertar a dos tiarrones con resaca.
Olek no se presentó en toda la noche, y mentiría si dijese que no estaba un pelín decepcionada. En fin, pensé, él se lo ha perdido.
Al cabo de un par de días me lo encontré de nuevo en la cafetería y se vino directamente a hablar conmigo. Me preguntó por la barbacoa y se disculpó por no haber ido: al parecer ese día había estado haciendo el Tongariro Crossing, había vuelto completamente agotado y se había ido directamente para la cama. Al despedirnos me guiñó un ojo. Y yo le miré el culo.
Por aquel entonces yo estaba ya sufriendo el síndrome de abstinencia. Maus y yo habíamos roto unas 4 ó 5 semanas antes, pero la relación llevaba un tiempecillo enrarecida, y no recordaba casi la última vez que… estooo… vamos, ya me entendéis. El Olek estaba bastante buenorro, aunque yo no estaba segura de si realmente me estaba tirando los tejos descaradamente, o era mi desesperación haciendo falsas interpretaciones. El caso es que empecé a pensar en él más de lo que debería. Pasaron los días, y las miradas subrepticias en la cafetería empezaron a saberme a poco. Cuando me encontré en el laboratorio acariciando sensualmente la base de un matraz e imaginándome que eran sus nalgas, decidí que tenía que ser más activa.
La semana siguiente Lily había preparado una fiesta de despedida: en navidades se volvía para Alemania. En uno de nuestros poco casuales encuentros en la cafetería, me dirigí a Olek y urdí una delicada frase que le insinuase que quizás me resultaría grata su presencia en tan adecuado acontecimiento. Mi profunda sutileza y feminidad garantizó que mi interés pasase totalmente desapercibido, cual discreta brisa que lleva consigo el indicio del aroma de una bella flor:
“Lily hace una barbacoa el sábado. ¿¿¿TÚ TE VIENES, NO???”
Olek dijo que allí estaría.
El sábado la barbacoa empezaba a las 7. Pasaban las horas y de Olek ni rastro. A las 10 yo estaba ya planteándome seriamente llamar a un gigoló o comprarme un vibrador de 5 velocidades, cuando sonó el teléfono de Lily. La oí explicar a alguien que se había perdido cómo llegar hasta su casa, y unos 5 minutos después Olek apareció por detrás de la valla, sudoroso y arrastrando su bicicleta. Se dirigió como una bala hacia el grupo con el que yo estaba hablando.
“Hola, asturiana chiflada. Sólo venía a decirte que acabo de terminar una carrera que ha durado todo el día, estoy muerto y me voy a dormir pero ya. Pero mañana unos colegas y yo nos vamos a Raglan a pasar el día en la playa, ¿te quieres venir con nosotros?”
A ver… vamos a pensarlo… pasar un día bajo el sol en la playa, viendo a Olek en bañador y, considerando las ansias con las que este tío ha corrido a invitarme, con la más que probable posibilidad de terminar el día rompiendo mi racha de sequía…
“Por mí vale… oye, y teniendo en cuenta que no tienes coche… ¿quieres que te lleve en el mío?”
“¡Eso sería fantástico! Entonces nos vemos mañana.”
“Nos vemos, ucraniano chiflado”
El domingo en Raglan hizo un día espectacular. Olek en bañador se veía aún más bueno de lo que yo habría creído: lo de hacer deporte a todas horas definitivamente paga, y Olek no tenía un ápice de grasa en todo el cuerpo, aparte de lucir unas abdominales que ni las de Schwarzenegger. Él y yo nos pasamos el día lanzándonos indirectas, miradillas, sonrisas y aprovechando cualquier oportunidad para ponernos la mano encima. “¿Te ayudo a ponerte la crema para el sol?” “Uy, creo que te estás quemando un poco aquí, en la zona de los bíceps” “Anda, no sabía que tenías un tatuaje, ¿puedo sacarle una foto?” “¿Tienes cosquillas?”. Sus colegas ponían los ojos en blanco y se miraba unos a otros en plan de “aquí hay tomate”.
Durante la comida nos reunimos todos en torno a un hornillo y preparamos una especie de paella cutre con arroz, salchichas y todo tipo de vegetales, entre ellos una bolsa de espárragos que le habían regalado a Olek el día anterior. Los espárragos nos dieron la tarde, ya que a esta servidora no se le ocurrió mejor idea que comentar un artículo curioso que había leído hacía unas semanas, en el que se afirmaba que al 40% de la población le huele el pis después de comer espárragos (aparentemente es por culpa de un gen). Como os podéis imaginar, el cachondeo y las numerosas variantes alimenticias y de olores compusieron en gran parte las charlas de aquella tarde.
La vuelta a casa fue todo un cliché de cómo culminar un día con la persona a la que te quieres ligar: chica trae a chico de vuelta a la ciudad (bueno, generalmente es al revés, pero es que una es mu modenna); chica propone a chico pasarse por su casa “para tomar algo” (traducción: follemos). Chico acepta encantado. Chico no se despega de chica mientras ésta abre la puerta. Chica entra y le sirve a chico una copa de vino, saboreando la anticipación de lo que pronto va a pasar. Chico clava la mirada en ojos de chica.
(Variante a los clichés) Chico pregunta:
“Pilimindri, pensando en la conversación de antes de los espárragos… ¿tú crees que tienen el mismo efecto sobre otros fluidos corporales?”
“Estooo… pues la verdad, no lo sé”
“Yo tampoco… voy a comprobarlo”
Dejó la copa sobre la mesa, me acorraló contra la esquina de la encimera de la cocina, me colocó suavemente una mano en el cuello y posó sus labios sobre los míos. Yo alcé mis manos hacia su cuello y le correspondí con ganas. El beso suave dejó de serlo a los pocos segundos y Olek me agarró, me sentó en la encimera y pegó su cuerpo al mío. Algo duro y muy grande se rozó contra mi entrepierna y mi grado de excitación se puso por las nubes. Cuando se rompió el beso, ambos mirándonos con la respiración entrecortada, musité:
“Parece que con la saliva no pasa lo mismo… tendremos que seguir investigando”
Para que luego digan que hacer experimentos es aburrido…
Unos minutos después nos encontrábamos ambos ocupados explorando nuestros cuerpos en el sofá y deshaciéndonos de la ropa que sobraba en aquella calurosa tarde-noche de Diciembre. Yo tenía unas ganas locas de comprobar si el tamaño de cierto órgano era tanto como aparentaba a través de los pantalones. Primero probé con el sentido del tacto y, al mismo tiempo que Olek emitía un jadeo, yo rodeé su miembro con la mano…
…¡¡¡apenas!!!
Hablando mal y claro, ¡¡¡joder, qué pedazo de polla!!! . No pude contenerme: con cierto esfuerzo bajé aquel bañador y me vi cara a cara (o cara a pene) con el órgano masculino más grande y gordo con el que me he encontrado jamás. El primer efecto que tuvo en mí fue ponerme como una moto y morirme de ganas de empezar a experimentar todo lo que podía hacerse con semejante tronco de baobab. No os creáis que exagero, no… aquello tenía tal diámetro que casi me disloca la mandíbula cuando me apresuré a probar su sabor, y de tal longitud que dudo que llegara a la mitad de ella antes de empezar a ahogarme. Momentáneamente me sentí la mujer cachonda más afortunada del mundo. No obstante, no tardaron en hacerse evidentes los inconvenientes de aquel megafalo; tras una sesión mutua de sexo oral – encima el tío era bueno con eso y todo – que me dejó a punto de caramelo, y sin poder aguantarme más, le mangué un preservativo (¡menos mal que él se había traído los de tamaño XXL! Creo que los míos le habrían cortado la circulación…) y nos pusimos a ello…
…¡y vaya ello!...
No, si entrar entró… y esta menda estaba tan cachonda que duró unos tres minutos antes de ver las estrellas en tecnicolor y dolby surround… hasta ahí ningún problema…
El problema vino con… cómo decirlo… la dificultad de la lubricación cuando tienes metido allá abajo un órgano de semejantes proporciones. Y es que una tiene siempre a mano un tubo de KY-Gel por si las moscas… pero tratar de encajarse la polla de Olek es como tratar de lubricar a Cristina Almeida para hacerla entrar en un vestido de la talla 38... Puede que entre… pero lo de entrar y salir numerosas veces te hace sentir como un pavo al que están rellenando antes de meterlo al horno.
Por no hablar de la limitación de posturas… a esta menda le encanta probar al menos 5 ó 6 diferentes en cada sesión… Pero más de la mitad de ellas requieren cierta habilidad y… bueno… “maleabilidad”. En resumen, que tratar de que no te haga daño, lubricar cada 5 minutos… vigilar que el condón siga en su sitio (no suele ser problema… pero es que nunca me había enfrentado a semejantes proporciones) y que encima el tío dura unas 7 horas (o al menos eso me pareció a mí)… al final tuve que parar el tema – estooo… ¿te falta mucho? ¡¡¡Porque yo no puedo más!!! – y ayudarle a llegar a la meta de otra manera.
A él le encantó la sesión. Y a mí también, como novedad, amos…
…¡pero estuve con el potorro escocío dos días!
Olek y yo tuvimos un par de intentos más en los que yo probé de todo para perfeccionar la técnica. No obstante, yo cada vez era más reticente a intentarlo siquiera, mientras que él se pasaba el día tratando de concertar nuestra siguiente cita. Cuando se me acabaron las disculpas – hoy me duele la cabeza… hoy me voy a cenar con unos amigos… hoy echan “Lost” en la tele… hoy tengo que cortarme las uñas de los pies – finalmente afronté la situación, y le dije lo más delicadamente que pude que él y yo no éramos mecánicamente compatibles.
Esperando una mirada de extrañeza y un comentario del estilo de “pues tía, las demás mujeres con las que estado se volvían locas de placer y follábamos durante horas y más horas”, Olek me sorprendió con una declaración inesperada y con un cierto tono de pesar:
“Sí, no es la primera vez que me pasa. La maldición de las pollas grandes.”
Olek y yo seguimos tomando un café de vez en cuando y haciendo comentarios sardónicos sobre nuestras dificultades mecánicas. Él aún intenta de vez en cuando probar suerte… pero yo ya he tenido bastante. Yo antes creía que un hombre de polla grande y que dura un montón era el sueño de cualquier mujer en la cama. Ahora al menos conozco mis límites, y puedo declarar lo que ya antes sospechaba: que para mí, donde esté una mediana juguetona, que se quiten las XXL.
Y está bien que duren, ¡pero joer, hasta cierto punto!
---
Pregunta 1: ¿Soy un bicho raro o hay por ahí más mujeres que las prefieren medianas? ¿Alguna experiencia como la mía?
Pregunta 2: Por meros motivos científicos… ¿A vosotros os huele el pis después de comer espárragos?
Pues sí, queridos lectores; hoy quiero expresar mi desacuerdo con la que parece la opinión generalizada tanto de hombres machotes, como de mujeres liberadas: que las pollas, cuanto más grandes mejor. Y para ilustrar esta disensión, qué mejor que un ejemplo reciente de mi vida en Nueva Zelanda.
Poco después de romper definitivamente con Maus, hecho que no ocurrió hasta Noviembre del año pasado, me mudé de nuestra casita. Era la única manera definitiva de pasar página y evitar tener a Maus en la puerta suplicándome perdón dos de cada tres noches. Acabé haciendo de “house-sitter” (algo así como “baby-sitter”, pero con una casa) de una chica colombiana, Marina, que se iba a Nueva Caledonia con su niño durante 5 meses a ver a su marido que estaba viviendo allí.
Inciso: la historia de la mudanza y las peripecias con esta chica y su nene merecen varios artículos aparte… ya os los contaré más adelante. Ahora vamos al grano: a las pollas medianas.
Fin del inciso.
Marina trabajaba en una pequeña empresa que comparte campus con KiwiLabs, y que se encuentra a unos 300 metros de nuestro edificio de laboratorios. Algunos de los escasos 10 empleados de esta empresa se vienen a tomar el café a la cafetería de KiwiLabs, y yo conocía a un par de ellos.
Unas 2 ó 3 semanas después de que Marina se fuese a Nueva Caledonia y yo me quedase solita en la casa, tuve un curioso encuentro en la cafetería. Steve y yo estábamos preparándonos un café y un chocolate con leche respectivamente, riéndonos de alguna de las chorradas de las que solemos hablar durante el día, cuando me percaté de que un chico me miraba fijamente desde detrás de la máquina del café, sonriendo. Lo primero que pensé fue: “Joer, con el despiste que tengo, seguro que lo conozco de algo y no me acuerdo de su cara”. Le devolví la sonrisa y dije: “¡Hola!”. “¡Hola!”, me respondió él, y siguió sonriendo. Tenía una tez morena, pelo cortito y muy negro y un cuerpo bastante musculoso. Yo titubeé un poco sin saber bien qué decir.“Estooo… perdona, ¿nos conocemos de algo?”
“Tú eres Pilimindrina, ¿verdad?” Tenía un acento curioso, de buenas a primeras me sonó a ruso.
“Pues sí, perdona, seguro que te conozco de algo, pero no soy capaz de situarte”
“Ah, no, no te preocupes, reconocí tu nombre en tu tarjeta de identificación, tú eres la chica que vive en casa de Marina, ¿no?”
“Sí, soy yo, ¿conoces a Marina entonces?”
“Sí, trabajaba con ella en KiwiFarma, tenía curiosidad por saber quién eras”. Más sonrisas.
“Ahhh… pues bueno, ya me conoces… ¿y tu nombre es…?”
“Olek, encantado de conocerte Pili” Y me sacudió la mano tan efusivamente que me llevó 20 minutos volver a colocarme el omóplato en su sitio.
“¡Auch! Bueno… vale… entonces, ya nos vemos por aquí”
“Sí, nos vemos”, y se fue a sentarse con sus colegas, aún sonriendo.
Steve me esperaba con expresión entre divertida y curiosa.
“¿Le conoces?”, le pregunté
“Sí, es Olek, a veces se viene a jugar al fútbol con nuestro equipo”
“Joer, qué mirada tan intensa. Es mono, ¿no?”
“Me van más las tías”
“No me digas… ¿de dónde es el chaval? ¿Ruso?”
“No, es ucraniano, pero al parecer ha vivido en Alemania un montón de años, de hecho él y yo hablamos en alemán”
“Ammm, interesante”
Y me olvidé del tema. Al menos hasta la hora del café de dos ó tres días más adelante, donde pillé a Olek mirándome subrepticiamente desde su mesa. Le sonreí y él me devolvió la sonrisa. Aproveché para lanzarle una mirada valorativa, y debo decir que no sólo era mono, no… lo cierto es que estaba bastante bueno.
El fin de semana siguiente yo había planeado una “home-warming BBQ”, que es como le llaman aquí a las barbacoas para celebrar que empiezas a vivir en un sitio nuevo.
Inciso: a los kiwis les apasionan las barbacoas, y en cuanto empieza el buen tiempo buscarán cualquier excusa para organizar una; yo creo que hasta en los funerales hacen una barbacoa. Mudarse de casa, incluso aunque sólo sea entre dos pisos de estudiantes, es la excusa ideal para una. A veces dos: una de despedida, y otra de bienvenida.Fin del inciso
Un par de días antes de mi BBQ, le comenté a Steve: “Oye, ¿por qué no le dices a Olek que se venga también?”. La barbacoa fue todo un éxito, vinieron unas 25 personas y se terminó sobre las 4 de la mañana con los últimos incondicionales, Steve incluido, jugando al póker con dinero del Monopoly y acabando con las últimas cervezas y botellas de vino de la noche. Dave y otro compañero se quedaron a dormir (me negué a dejarles volver a casa en coche y los acomodé en las dos habitaciones extras que tenía la casa) y me pasé el domingo recogiendo botellas vacías esparcidas por los lugares más insospechados de la casa. Y tratando de despertar a dos tiarrones con resaca.
Olek no se presentó en toda la noche, y mentiría si dijese que no estaba un pelín decepcionada. En fin, pensé, él se lo ha perdido.
Al cabo de un par de días me lo encontré de nuevo en la cafetería y se vino directamente a hablar conmigo. Me preguntó por la barbacoa y se disculpó por no haber ido: al parecer ese día había estado haciendo el Tongariro Crossing, había vuelto completamente agotado y se había ido directamente para la cama. Al despedirnos me guiñó un ojo. Y yo le miré el culo.
Por aquel entonces yo estaba ya sufriendo el síndrome de abstinencia. Maus y yo habíamos roto unas 4 ó 5 semanas antes, pero la relación llevaba un tiempecillo enrarecida, y no recordaba casi la última vez que… estooo… vamos, ya me entendéis. El Olek estaba bastante buenorro, aunque yo no estaba segura de si realmente me estaba tirando los tejos descaradamente, o era mi desesperación haciendo falsas interpretaciones. El caso es que empecé a pensar en él más de lo que debería. Pasaron los días, y las miradas subrepticias en la cafetería empezaron a saberme a poco. Cuando me encontré en el laboratorio acariciando sensualmente la base de un matraz e imaginándome que eran sus nalgas, decidí que tenía que ser más activa.La semana siguiente Lily había preparado una fiesta de despedida: en navidades se volvía para Alemania. En uno de nuestros poco casuales encuentros en la cafetería, me dirigí a Olek y urdí una delicada frase que le insinuase que quizás me resultaría grata su presencia en tan adecuado acontecimiento. Mi profunda sutileza y feminidad garantizó que mi interés pasase totalmente desapercibido, cual discreta brisa que lleva consigo el indicio del aroma de una bella flor:
“Lily hace una barbacoa el sábado. ¿¿¿TÚ TE VIENES, NO???”
Olek dijo que allí estaría.
El sábado la barbacoa empezaba a las 7. Pasaban las horas y de Olek ni rastro. A las 10 yo estaba ya planteándome seriamente llamar a un gigoló o comprarme un vibrador de 5 velocidades, cuando sonó el teléfono de Lily. La oí explicar a alguien que se había perdido cómo llegar hasta su casa, y unos 5 minutos después Olek apareció por detrás de la valla, sudoroso y arrastrando su bicicleta. Se dirigió como una bala hacia el grupo con el que yo estaba hablando.
“Hola, asturiana chiflada. Sólo venía a decirte que acabo de terminar una carrera que ha durado todo el día, estoy muerto y me voy a dormir pero ya. Pero mañana unos colegas y yo nos vamos a Raglan a pasar el día en la playa, ¿te quieres venir con nosotros?”
A ver… vamos a pensarlo… pasar un día bajo el sol en la playa, viendo a Olek en bañador y, considerando las ansias con las que este tío ha corrido a invitarme, con la más que probable posibilidad de terminar el día rompiendo mi racha de sequía…
“Por mí vale… oye, y teniendo en cuenta que no tienes coche… ¿quieres que te lleve en el mío?”
“¡Eso sería fantástico! Entonces nos vemos mañana.”
“Nos vemos, ucraniano chiflado”
El domingo en Raglan hizo un día espectacular. Olek en bañador se veía aún más bueno de lo que yo habría creído: lo de hacer deporte a todas horas definitivamente paga, y Olek no tenía un ápice de grasa en todo el cuerpo, aparte de lucir unas abdominales que ni las de Schwarzenegger. Él y yo nos pasamos el día lanzándonos indirectas, miradillas, sonrisas y aprovechando cualquier oportunidad para ponernos la mano encima. “¿Te ayudo a ponerte la crema para el sol?” “Uy, creo que te estás quemando un poco aquí, en la zona de los bíceps” “Anda, no sabía que tenías un tatuaje, ¿puedo sacarle una foto?” “¿Tienes cosquillas?”. Sus colegas ponían los ojos en blanco y se miraba unos a otros en plan de “aquí hay tomate”.Durante la comida nos reunimos todos en torno a un hornillo y preparamos una especie de paella cutre con arroz, salchichas y todo tipo de vegetales, entre ellos una bolsa de espárragos que le habían regalado a Olek el día anterior. Los espárragos nos dieron la tarde, ya que a esta servidora no se le ocurrió mejor idea que comentar un artículo curioso que había leído hacía unas semanas, en el que se afirmaba que al 40% de la población le huele el pis después de comer espárragos (aparentemente es por culpa de un gen). Como os podéis imaginar, el cachondeo y las numerosas variantes alimenticias y de olores compusieron en gran parte las charlas de aquella tarde.
La vuelta a casa fue todo un cliché de cómo culminar un día con la persona a la que te quieres ligar: chica trae a chico de vuelta a la ciudad (bueno, generalmente es al revés, pero es que una es mu modenna); chica propone a chico pasarse por su casa “para tomar algo” (traducción: follemos). Chico acepta encantado. Chico no se despega de chica mientras ésta abre la puerta. Chica entra y le sirve a chico una copa de vino, saboreando la anticipación de lo que pronto va a pasar. Chico clava la mirada en ojos de chica.
(Variante a los clichés) Chico pregunta:
“Pilimindri, pensando en la conversación de antes de los espárragos… ¿tú crees que tienen el mismo efecto sobre otros fluidos corporales?”
“Estooo… pues la verdad, no lo sé”
“Yo tampoco… voy a comprobarlo”
Dejó la copa sobre la mesa, me acorraló contra la esquina de la encimera de la cocina, me colocó suavemente una mano en el cuello y posó sus labios sobre los míos. Yo alcé mis manos hacia su cuello y le correspondí con ganas. El beso suave dejó de serlo a los pocos segundos y Olek me agarró, me sentó en la encimera y pegó su cuerpo al mío. Algo duro y muy grande se rozó contra mi entrepierna y mi grado de excitación se puso por las nubes. Cuando se rompió el beso, ambos mirándonos con la respiración entrecortada, musité:“Parece que con la saliva no pasa lo mismo… tendremos que seguir investigando”
Para que luego digan que hacer experimentos es aburrido…
Unos minutos después nos encontrábamos ambos ocupados explorando nuestros cuerpos en el sofá y deshaciéndonos de la ropa que sobraba en aquella calurosa tarde-noche de Diciembre. Yo tenía unas ganas locas de comprobar si el tamaño de cierto órgano era tanto como aparentaba a través de los pantalones. Primero probé con el sentido del tacto y, al mismo tiempo que Olek emitía un jadeo, yo rodeé su miembro con la mano…
…¡¡¡apenas!!!
Hablando mal y claro, ¡¡¡joder, qué pedazo de polla!!! . No pude contenerme: con cierto esfuerzo bajé aquel bañador y me vi cara a cara (o cara a pene) con el órgano masculino más grande y gordo con el que me he encontrado jamás. El primer efecto que tuvo en mí fue ponerme como una moto y morirme de ganas de empezar a experimentar todo lo que podía hacerse con semejante tronco de baobab. No os creáis que exagero, no… aquello tenía tal diámetro que casi me disloca la mandíbula cuando me apresuré a probar su sabor, y de tal longitud que dudo que llegara a la mitad de ella antes de empezar a ahogarme. Momentáneamente me sentí la mujer cachonda más afortunada del mundo. No obstante, no tardaron en hacerse evidentes los inconvenientes de aquel megafalo; tras una sesión mutua de sexo oral – encima el tío era bueno con eso y todo – que me dejó a punto de caramelo, y sin poder aguantarme más, le mangué un preservativo (¡menos mal que él se había traído los de tamaño XXL! Creo que los míos le habrían cortado la circulación…) y nos pusimos a ello……¡y vaya ello!...
No, si entrar entró… y esta menda estaba tan cachonda que duró unos tres minutos antes de ver las estrellas en tecnicolor y dolby surround… hasta ahí ningún problema…
El problema vino con… cómo decirlo… la dificultad de la lubricación cuando tienes metido allá abajo un órgano de semejantes proporciones. Y es que una tiene siempre a mano un tubo de KY-Gel por si las moscas… pero tratar de encajarse la polla de Olek es como tratar de lubricar a Cristina Almeida para hacerla entrar en un vestido de la talla 38... Puede que entre… pero lo de entrar y salir numerosas veces te hace sentir como un pavo al que están rellenando antes de meterlo al horno.
Por no hablar de la limitación de posturas… a esta menda le encanta probar al menos 5 ó 6 diferentes en cada sesión… Pero más de la mitad de ellas requieren cierta habilidad y… bueno… “maleabilidad”. En resumen, que tratar de que no te haga daño, lubricar cada 5 minutos… vigilar que el condón siga en su sitio (no suele ser problema… pero es que nunca me había enfrentado a semejantes proporciones) y que encima el tío dura unas 7 horas (o al menos eso me pareció a mí)… al final tuve que parar el tema – estooo… ¿te falta mucho? ¡¡¡Porque yo no puedo más!!! – y ayudarle a llegar a la meta de otra manera.
A él le encantó la sesión. Y a mí también, como novedad, amos…
…¡pero estuve con el potorro escocío dos días!
Olek y yo tuvimos un par de intentos más en los que yo probé de todo para perfeccionar la técnica. No obstante, yo cada vez era más reticente a intentarlo siquiera, mientras que él se pasaba el día tratando de concertar nuestra siguiente cita. Cuando se me acabaron las disculpas – hoy me duele la cabeza… hoy me voy a cenar con unos amigos… hoy echan “Lost” en la tele… hoy tengo que cortarme las uñas de los pies – finalmente afronté la situación, y le dije lo más delicadamente que pude que él y yo no éramos mecánicamente compatibles.Esperando una mirada de extrañeza y un comentario del estilo de “pues tía, las demás mujeres con las que estado se volvían locas de placer y follábamos durante horas y más horas”, Olek me sorprendió con una declaración inesperada y con un cierto tono de pesar:
“Sí, no es la primera vez que me pasa. La maldición de las pollas grandes.”
Olek y yo seguimos tomando un café de vez en cuando y haciendo comentarios sardónicos sobre nuestras dificultades mecánicas. Él aún intenta de vez en cuando probar suerte… pero yo ya he tenido bastante. Yo antes creía que un hombre de polla grande y que dura un montón era el sueño de cualquier mujer en la cama. Ahora al menos conozco mis límites, y puedo declarar lo que ya antes sospechaba: que para mí, donde esté una mediana juguetona, que se quiten las XXL.
Y está bien que duren, ¡pero joer, hasta cierto punto!
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Pregunta 1: ¿Soy un bicho raro o hay por ahí más mujeres que las prefieren medianas? ¿Alguna experiencia como la mía?
Pregunta 2: Por meros motivos científicos… ¿A vosotros os huele el pis después de comer espárragos?