Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
Acerca de












El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
Mi mejor amigo
El post de hoy quiero dedicárselo íntegramente a la persona que me ha hecho como soy. La que ha agudizado y perfeccionado mi sentido del humor para que hoy pueda haceros reír con mis escritos. Esa persona con la que la vida es especial tan sólo porque está ahí, porque me quiere y le quiero, porque no hace falta acudir al enamoramiento ni a las hormonas para explicar por qué nos queremos; porque en resumen, es mi mejor amigo. Porque los amigos son la familia que nosotros mismos elegimos, y él es mi hermano del alma. Desde que ambos teníamos 18 años. Él es el Fistro :)

PhotobucketDe todo el tiempo que Fistro y yo pasamos juntos (más de nueve años), la mayoría ha sido riendo. No en vano la primera característica que noté de él fue su amplia sonrisa... bueno, para qué mentir, la verdad es que lo primero que se le veían eran los piños (uséase dientes)... más adelante me contó que en el colegio le llamaban “el conejo”... y válgame Dios que yo también se lo hubiera llamado... ese hombre te pega un par de muerdos y se acaban todos tus problemas de michelines. Érase un hombre a unos dientes pegado... Érase un hombre con ojos azul cielo y un lunar en el derecho (sí, ¡un lunar dentro del ojo!). Érase un hombre que reía y reía sin parar, y que te llevaba indefectiblemente a reír con él.

Pasamos toda la carrera juntos... recuerdo aquellas tardes soporíferas en Primero de Biología... a algún Vicerrector sádico se le ocurrió la idea de poner clases de hora y media a las 3 de la tarde, justo después de comer... y encima no podían ser de una asignatura entretenida, no... Botánica... el mayor coñazo de la carrera... interminables ciclos de algas... nombres estrambóticos de 5 sílabas para el más insignificante grano de polen... Identificación de especies por 35000 caracteres diferentes. Una de aquellas tardes, cuando ya no soportaba más la somnolencia, cuando las frases que iba dictando aquella torturadora profesional a la que llamábamos “La Potentilla” acababan convertidas en líneas rectas en mi libreta, me di la vuelta buscando una palabra que animara mi existencia. En vez de ello obtuve una imagen que valía más que mil palabras: el Fistro sentado con la cabeza apoyada en su mano izquierda... la derecha había desistido en su vano intento de escribir y había dibujado una línea renqueante que iba desde la mitad de la libreta hasta la misma mesa. Un hilillo de baba colgaba de su labio inferior y se acercaba peligrosamente a la libreta emborronada... Por supuesto, no podía hacer otra cosa: le empujé el antebrazo izquierdo. El morrazo fue de impresión. No tardó en devolverme la jugada el muy capullo. Descubrió que la menda que escribe tiene unas cosquillas terribles por todas partes. En medio de la clase de Genética, a traición y sin avisar me metió los dedos índices hasta la tercera falange en los costados. Tardaron 5 horas en bajarme de la viga del techo.

El Fistro no sólo tenía dientes, también tenía una lengua afilada y viperina. Decía lo que pensaba en el lugar menos apropiado y las circunstancias menos propicias. Era incapaz de disimular, o de actuar con discreción. Un día salíamos nuestra pandilla de clase y nos dirigíamos a hacer prácticas en los laboratorios de la Facultad de Medicina de Oviedo; por el camino nos cruzamos con una entrañable viejecita paseando a su perro ridículo con lacito.

Inciso: me encantan los perros, pero las señoras de este tipo siempre llevan un detestable perro ridículo con lacito. Suele ser de raza Yorkshire Terrier y el lacito es siempre rosa o azul, según si el Photobucketimplicado es “nene” o “nena”. Los canes en cuestión están mimados cual niño malcriado, de tal forma que entre otras cosas han perdido el sentido de la perspectiva vital. Es decir: le ladrarán histéricamente y tirarán mordiscos furiosos a cualquier ser de mayor tamaño y fuerza que ellos, tanto si es un Pastor Alemán como un Dobermann, como un tigre de bengala. Por supuesto, también a cualquier persona. En esos momentos te apetece pisarlos a ver si chillan. El Fistro los llamaba “perros patada”. Yo los llamo “perros mopa”, porque si les metes el palo de una escoba por el culo te sirven para quitar las telarañas del techo.
Fin del inciso.

Pues pasábamos nosotros tan tranquilos por allí, cuando la entrañable viejecita abre la boca de repente, y en vez de salir de ella un “buenas tardes” lo que salió fue un eructo más sonoro que la erupción del Vesubio. Vamos, que podría haber recitado la lista de los reyes godos en el tiempo que duró la salida estrepitosa de aire. Los demás miembros de la pandilla nos miramos conteniendo la risa a duras penas. El Fistro no, por supuesto. Él se paró delante mismo de la mujer, nos miró con cara de ofendido y soltó a voz en grito “¡PERO SERÁ GUARRA LA VIEJA!”. Yo le mandé callar en 5 idiomas y me lo llevé a rastras. Pero era incapaz de callar, ni debajo del agua: “pero tú has visto qué pedazo de rutio se ha tirado la cerda esa, luego hablan de los jóvenes, qué asco por Dios, seguro que comió morcillona para desayunar...”

Otro día por la tarde íbamos todos a hacer fotocopias a una papelería que había al lado de la Facu. En la puerta había una pareja besándose, y según nos fuimos acercando nos dimos cuenta de que eran dos chicos gays. Oviedo es una ciudad aún pequeña y en la que mucha gente se sigue sorprendiendo de lo que hoy en día debería pasar desapercibido, de modo que se veía a alguna gente mirarlos con más o menos descaro. A mí me llamó la atención, más por falta de costumbre que por otro motivo; les dediqué medio segundo de mi atención y seguí adelante hacia la fotocopiadora. De repente me di cuenta de que iba caminando sola... miré hacia atrás y vi al Fistro parado en seco a un metro como mucho de la pareja, con los ojos desencajados. Caminé hacia él con paso ligero esperando poder llegar a tiempo... vana esperanza.

“¿Qué haces tío? Anda, camina”
“Pero... ¿TÚ HAS VISTO ESO?”
“Pues sí, una pareja besándose, ¿y qué? Bien que se lo están pasando. Hala, vamos”
Él me miró como si me faltara un tornillo, se adelantó, estiró el dedo índice y lo dejó a unos 5 cm de la cara de uno de ellos. “¡¡¡SON DOS TÍOS!!!”
Aquello era demasiado: “Sí, son dos tíos y al menos uno de ellos te va a partir la cara por gilipollas, y tendrá toda mi aprobación. ¡Mueve el culo!”

No tenía malicia alguna. No era homófobo. No lo hacía por molestar o fastidiar. Sencillamente, era incapaz de callar. A veces era como un niño de 3 años. Era así, era el Fistro.

En clase tenía un apodo casi para cada compañero. El Alopecia. Nosferatu. El Loro. Pero mi “personaje” favorito, sin lugar a dudas, era Fedorillo. Había dos Fedorillos, Fedorillo I y Fedorillo II. A Fedorillo I, la original e inimitable, me la presentó él mismo una mañana de Abril.

“Hola Fistro, ¿qué te ha pasado hoy que ya te veo con esa cara de mala leche?”
“Buf tía, no me hables, hoy Fedorillo viene más perfumada que nunca”
“¿Fedorillo? A ver, creo que me he perdido algo...”
“Sí mujer... Esa tía no se ha lavado desde que Jesucristo hizo la Comunión. Se la huele desde aquí”

Miré hacia donde me señalaba. Una chica regordeta con una sonrisa de profunda autocomplacencia. No le veía nada especial.

“¿Pero qué dices, hombre? Anda que no eres exagerado, yo no huelo nada”
“Eso es porque acabas de llegar... espera a que te llegue la fragancia”

Photobucket¡Pues tenía razón el joío! Aproximadamente a los 20 minutos de empezar la clase noté un ligero tufillo en el ambiente. Algo así como a huevos podridos. Pero obviamente no podía venir de aquella mujer... estaba sentada en primera fila, y nosotros en la cuarta. El tufillo se hizo más intenso a medida que avanzaba la hora. Yo me olí a mí misma (eso siempre lo primero), a mis compañeros de mesa, debajo de la silla, por detrás, por delante... nada. Acabó la clase. Era imposible que la que olía así fuera aquella chica, pero por Dios que no me iba a ir sin comprobarlo. Me levanté y me fui acercando disimuladamente a la primera fila. El olor se hizo más intenso. A su lado resultaba mareante. Como buena aspirante a científica tenía que hacer la comprobación final... dejé caer el bolígrafo justo a su lado y me agaché...

...mala idea por mi parte...

¿Habéis visto la película esta de “Dentro del laberinto”? Sí, aquella en la que unos bichos feos secuestran al hermanito pequeño de la prota, también sale David Bowie haciendo del rey de los malos-malosos. Pues bien, en esa película se habla del “pantano del hedor eterno”. El pantano desprende el olor más hediondo sobre la tierra. Es tan fétido que si una sola gota se pone en contacto con tu piel, atufarás durante el resto de tu vida.

Así era Fedorillo.

Agarrándome a donde pude conseguí salir del radio de acción de su peste y volver como pude a mi sitio. El Fistro me dio aire con su pañuelo mientras me atormentaba a “te lo dijes”.

Más tarde descubrimos que el olor de Fedorillo era estacional y periódico. A principios de mes solía ser menos intenso y subía de hediondez segun pasaban los días, hasta hacerse insoportable en torno al día 30. Luego el ciclo volvía a empezar. De ahí dedujimos que no se trataba de ninguna enfermedad... sencillamente, aquella tía se lavaba una vez al mes.

Como a todo personaje famoso le salió al menos una imitadora: "Fedorillo II, el retonno de la pituitaria podrida". Una chica rubia y de una figura impresionante... de hecho una vez el Fistro la vio de espaldas y dijo: “Coño, mirad qué tía más buena”... de repente ella se dio la vuelta y se rompió el hechizo. Aparte de la cara de vaca (no por gorda, sino por falta total de expresión), su olor corporal nos azotó con crueldad. Fedorillo II era temible especialmente en verano, cuando venía a clase con su cazadora vaquera... la cazadora retenía el olor, pero... ¡ay cuando se la quitaba! Caían los pájaros, se marchitaban las flores y se agriaba la leche. Lo curioso es que tenía novio... Fistro dedujo que por necesidad debía padecer de sinusitis crónica. A mí me gustaba torturarle diciendo: “Imagina lo agradable que será hacerle sexo oral a esa mujer”. Esos días ya no comía.

En una de las prácticas de Fisiología Animal en las que teníamos que abrir a una rata, Fedorillo II se desmayó, cayó cuan larga era en el suelo del laboratorio. Llevaba una bonita falda plisada. Esas escenas no eran inusuales, y la profesora, muy profesional ella, se acercó a ella y exclamó: “Hay que levantarle las piernas para que le vuelva la sangre al cerebro”, y se puso manos a la obra. Por supuesto, al hacerlo quedó expuesta completamente a la onda radiactiva proveniente de su ropa interior (prefiero pensar que la llevaba). Se puso verde. Se puso amarilla. Se puso gris. Se le cayó un ojo. Con voz ronca acertó a decir a uno de los alumnos: “Por favor, abre la ventana para que le dé un poco el aire”.

Fedorillo I acabó trabajando en el campo. Descubrió que era capaz de abonar la tierra sólo paseando por ella, y se hizo de oro. Fedorillo II fue la inventora de la famosa y renombrada colonia “Eau d’été”, que tanto éxito tuvo en nuestro país.

PhotobucketEl Fistro y yo teníamos una capacidad sobrenatural para captar cosas que las demás personas pasaban por alto. Ese eructo que el profesor de Estadística trataba de disimular con una tos, ese gallo que le salía a la profesora de Cronobiología cada vez que pronunciaba la palabra “Barcelona”, ese problema de dislexia que parecía tener el profesor de Microbiología... ese hombre era terrible... escribía una palabra leeentamente, la revisaba durante unos 15 segundos y asentía para sí, orgulloso, como diciendo: “Está bien”. Se apartaba de la pizarra. “El clico vital del pasárito de la Maralia”. Ahí queda eso. No debía ser dislexia, porque también le pasaba al hablar... aún recuerdo cuando nos dijo que algunos virus eran capaces de producir “turrones malignos”... ¡Tiembla, Suchard!

Pero en algunos casos no se nos podía echar la culpa. Nos lo ponían a huevo y en bandeja. Y hay un caso que tengo que poner con nombre y apellidos, o cambiarlos sólo lo suficiente como para que nadie los encuentre desde un buscador, porque si no no tendría gracia. Sé que su sentido del humor les permitirá apreciar mi pequeña sátira si algún día llegan a leer este blog. Pero es que aquello clamaba al cielo.

Eran tres hermanas. Las tres tenían problemas de dicción y dificultades para pronunciar algunas consonantes, en particular la R. Se apellidaban Ronicio Ronicio. Y sus padres debían tener también un sentido del humor especialmente agudo, porque tuvieron a bien bautizarlas: Rosa, Rosaura y Rosario.

Os podéis imaginar que el momento de la presentación resultaba de lo más parecido al pasaje del clásico “La vida de Brian” en el que el emperador Pijus Magnificus preguntaba a qué preso debían liberar... Pues aquello era peor: imaginaos a una mujer incapaz de pronunciar la R (y muchas otras letras) diciendo: “Hola, soy vuestga nueva pgofeshoga de Bacteguiologuía. Me llamo Ggosaguio Ggonicio Ggonicio” - decididamente, yo me habría cambiado el nombre a “Ana Cano” -, para continuar con un: “Empezhamosh: lash bacteguiash fotoautótgofash ushan el hieggo feggoso paga la oxhidación” (traducción: “las bacterias fotoautótrofas usan el hierro ferroso para la oxidación”).

Y luego dicen que las clases en la facultad son aburridas.

Aproximadamente a mitad de carrera, un día en su casa escuchando un CD de su admirada Celine Dion, la emoción le llevó a ponerse a cantar en voz alta. Yo me quedé pasmada escuchándole... ¿era posible que tuviera aquella pedazo de voz y nunca me lo hubiera dicho? Tardé tiempo en convencerle de que aprovechara aquel don y lo diera a conocer... A pesar de su descaro era tímido cuando tenía que enfrentarse a grupos de gente. Así que a partir de entonces a nuestros lugares de salida típicos se sumaron los karaokes: el Sinatra en Oviedo, que hace pocos años era un antro de mala muerte - algunos de mis paisanos recordaréis la noticia aquella de un tío que conoció a una chica colombiana en un bar, la llevó a su casa, la ató, la amordazó, la torturó durante días, y al final la chica se salvó arrojándose por la ventana... bien, se conocieron en el Sinatra – y que ahora es un antro de mala muerte con decorados algo menos cutres. Y por supuesto, el Chicago de Gijón, donde el Fistro era más que conocido... más que nada porque cada vez que salía él a cantar, ya no se atrevía ninguno más... habría sido como utilizar tu Seat Panda para competir con Fernando Alonso. ¡Y cómo ligaba el cabrón! Yo me hartaba de decirles a todas las tías que no era mi novio, que estaba libre.

PhotobucketLuego vinieron las clases de canto... por supuesto no podía faltar la bromita cada vez que llegábamos de “venimos a clase de canto, mañana vendremos de frente”... mala, malísima, pésima, pero nos descojonábamos de risa. El Fistro empezó a cogerle gustillo al tema de cantar y se puso a presentarse a castings... que si Operación Triunfo, que si Rumbo a la Fama (OT en versión local ovetense), que si “Buscando una estrella” (OT en versión local gijonesa, por el tema de la piquilla)... Por en medio lo descubrieron en la Agrupación Artística de Gijón. El colofón vino cuando un productor de música se fijó en él y le ofreció grabar un disco. Yo siempre iba con él en plan manager, y le pedía que me dedicara el Grammy el día que lo ganara. Él me contestaba: vale, a condición de que tú me dediques el Nobel.

No había fin de semana que no saliéramos juntos, la mayoría de veces en pandilla, pero a veces, y más al acabar la carrera – cuando parte de la pandilla se desintegró entre los que se iban y los que pillaban novio/a – salíamos él y yo solos. Por supuesto, no nos comíamos una rosca, porque todo el mundo se pensaba que éramos pareja. Medio en broma medio en serio yo le decía que un día teníamos que hacernos imprimir unas camisetas que dijeran: “Este no es mi novio” y “Esta no es mi novia”. A medida que pasaba el tiempo había menos de broma y más de serio en la propuesta.

¡Cuántas películas fuimos a ver juntos! Importaba poco que fueran románticas, de terror, de guerra, de acción... los dos acabábamos siempre tirados por el suelo de risa y con medio cine echándonos miraditas de “¿de qué coño se ríen estos panolis?”. No me lo explico, teníamos un radar para buscarle el segundo (y el tercero, y el cuarto) sentido a cada frase, por muy solemne que fuera... de hecho, cuanto más solemne mejor. Ahora que está tan de moda, recuerdo que fuimos a ver juntos el Episodio II de Star Wars. De entre todas las risas que echamos recuerdo dos de ellas:

1. Obi-Wan comenta: “Anakin es el más superdotado de todos mis alumnos”... joer... esos jedis ¿a qué se dedicarían en las noches solitarias?

2. Anakin está sentado junto a la princesa Amidala. La mira todo serio y le suelta, así sin más: “no sé qué me pasa, pero cuando estoy cerca tuyo hay algo en mí que crece y crece”... ¡¿Cómo puede ser que sólo nosotros dos en todo el cine nos partiéramos el culo de risa?! Esa peli estaba llena de mensajes subliminales sexuales, está claro.

Y sus historias... recuerdo especialmente la de una amiga suya del colegio, Olvi, que al parecer una vez se había dado un golpe y dislocado la mandíbula. Desde ese día le había quedado algo floja, así que cuando algo le hacía mucha gracia y se reía mucho... de vez en cuando pasaba que... “JA JA JA JA... BONNNGGGGG”... y allí se quedaba Olvi con los dientes de abajo balanceándose como un columpio. Lo de “reírse a mandíbula batiente” con ella adquiría una nueva dimensión. La chica se lo tomaba con filosofía, decía: “peddona un bobedto”, se agarraba la mandíbula y CLOC, de vuelta a su sitio.

¡Cuántas risas, Dios mío, cuántos buenos momentos juntos! La gente que nos veía juntos no se creía que fuéramos solo amigos, una relación tan estrecha tenía que implicar algo más por narices... pero no, nunca pasamos de ahí. Un par de veces tras una desesperante noche de no comernos un colín ninguno de los dos, y bajo el efecto de alguna copa de más, nos acabamos enrollando él y yo por pura necesidad... pero sólo fueron un par de veces y nunca llegó a más la cosa. Cuando acabábamos nos quedábamos mirando como diciendo: “¿pero qué cóño hacemos?”. A veces hasta compartíamos el baño juntos. Nos lo contábamos absolutamente todo.

Cuando conseguí el trabajo en Mix Village y ya quedaban sólo un par de semanas para irme, nos invitó a mí y a Muso (por entonces mi pareja) a ir a verle cantar en una sala en la que trabajaba unas horas a la semana para sacarse un dinerito extra. El grupo tenía prohibido dedicar canciones, pero sin yo saberlo ese día él había hecho una petición especial. De repente se paró la música y él tomó el micro. Jamás lo olvidaré. Dijo: “Y ahora quiero dedicarle esta canción a la mejor persona que conozco, que está ahí mismo”, señalándome. Yo con la boca abierta, claro. Empezó la orquesta, y mi mejor amigo me cantó “Amigo”, de Roberto Carlos. Hasta entonces esa canción no me había dicho nada. Desde entonces no puedo escucharla sin que se me encoja el corazón y se me humedezcan los ojos. Aquel día no se me humedecieron, no: aquello eran las cataratas del Niágara. ¡Qué feliz, qué orgullosa estaba de mi amigo! Ya le estaba echando de menos. Nunca habíamos estado separados más de un par de semanas.

La noche antes de marcharme, por supuesto, la última persona de la que me despedí fue de él. Ambos conteníamos las lágrimas a duras penas. Prometió que vendría a verme, a pesar de tener para ello que superar su terrible fobia a los aviones. La superaría por mí.

Aquel verano la suerte empezó a sonreírle por fin. Consiguió trabajo e iban a hacerle fijo. Después de muchos meses tratando de conquistar a una chica de la que se había enamorado locamente (estaba totalmente pillado, os lo puedo asegurar), la chica dejó al que había sido su novio hasta entonces por irse con él. En Septiembre iba a grabar su primer disco. Lo tenía todo a su favor.

Hasta que llegó aquel lunes.

PhotobucketEra un lunes de Septiembre gris, lluvioso y frío. Hacía viento. El Fistro estaba en el pueblo de sus abuelos, su aldea querida. Pero ese día se aburría terriblemente porque no podía ni salir de casa. Decidió volver a Gijón antes de lo planeado. Cogió el coche y condujo entre la lluvia y el viento. Le quedaban unos pocos kilómetros para llegar a casa. Iba pensando en su chica, a la que ese mismo día iba a ver para definitivamente empezar a salir con ella. Un despiste, una imprudencia, una mala pasada del destino, ¿quién lo sabe? ¿a quién le importa ya? Su coche se salió de la autopista tras un golpe de viento... en el único lugar de todo el trayecto, el único, en el que salirse implicaba la muerte. Cayó más de 20 metros y se estrelló contra la orilla del río.

Ojalá pudiera consolarme pensando que no sufrió, que fue algo inmediato... pero no fue así.

Maldigo al destino, si es que existe.
Maldigo al viento, la lluvia y el frío.
Maldigo a la valla de seguridad de la autopista, que no cumplió su cometido.
Maldigo al coche que conducía, con 4 airbags, de los que no saltó ni siquiera uno. El coche era un Megane Scénic con dos años de antigüedad... en teoría uno de los coches más seguros del mercado.
Maldigo al periodista obsceno e indecente de La Voz de Asturias que no tuvo a bien más que bajar a donde estaba su coche destrozado y sacar fotos a su cuerpo también destrozado mientras los bomberos lo excarcelaban del coche. Estés donde estés y seas quien seas, espero que jamás tengas que ver la foto de un hijo tuyo en esa situación como obligaste a la madre de mi mejor amigo a ver a su único hijo el día que lo perdió.
Maldeciría a Dios si creyera en él, por hacer sufrir a mi amigo de manera tan inútil. Pero nunca creí en él ni lo que sucedió me dio motivos para empezar a hacerlo.

Mi mejor amigo, mi Fistro, el único hijo de unos padres que siempre fueron como mis segundos padres, el dueño de casi todas mis risas, el hombro sobre el que lloraba y la cabeza que lloraba sobre el mío. El que tantas veces me dijo y me demostró lo que me quería. El dueño de las lágrimas que derramo ahora y de tantas y tantas que derramé desde ese fatídico día.

Pero no permitiré que el hecho de que ya no estés aquí sirva para recordarte con amargura. Tu risa, tu voz, tus canciones, los buenos ratos que compartimos siguen vivos dentro de mí. Me han hecho como soy. Que la gente se ría con mis historias te lo debo también a ti, y cada carcajada que mis lectores sueltan es un recuerdo a esa gran persona que fuiste. Vosotros que estáis leyendo esto, que me seguís a diario, no lo sabíais, pero ahora lo sabéis. Tengo una ayudita extra para escribir :)

---

Este artículo está dedicado a mi mejor amigo, pero también a sus padres, a sus amigos, a su Princesa, a todos los que le quisimos. Y está dedicado también a la gente que estáis leyendo estas palabras ahora mismo, a los que os hago partícipes de nuestras historias. Gracias por estar ahí. De corazón.


 
Comentario:
Acabo de descubrir tu blog por casualidad, a través de un comentario en el sentido de la vida.

Tras leer varias entradas, he llegado aquí... aunque a pasado mucho tiempo, decirte que lo siento mucho.
No