Los viajes de Pilimindrina
Viviendo cabeza abajo
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El tiempo pasa, pero yo sigo siendo la misma (con el pelo algo más largo y 31 añitos ya, pero la misma ;). La historia de mis aventuras en Nueva Zelanda dejó de ser contada hace ya año y medio, pero he vuelto. Tengo mil aventuras más que contar, nuevos personajes de los que hablaros... y un nuevo plan, algo muy grande que llevar a cabo.

Algo para lo que necesito vuestra ayuda :)


LISTA COMPLETA DE PERSONAJES
Sindicación
 
La barbacoaaa, la barbacoaaaa (© Georgie Dann)
PhotobucketEn este país en el que me encuentro los estudiantes universitarios se pasan más tiempo de vacaciones que en la facultad. Y hablo literalmente: los años se dividen en terms, que equivaldrían a un cuatrimestre español. El primer term empieza a principios de Octubre y termina a principios de Diciembre... Dos largos e insoportables meses de sufrimiento inenarrable (léase con ironía). Luego los nenes se piran a casa para celebrar unas “vacaciones de Navidad” de un mes y medio de duración (menos mal que aquí no conocen el turrón, porque podrían acabar con unos empachos de aúpa) y no vuelven a pisar las clases hasta mediados o finales de enero. No sé ni cómo se acuerdan unos de otros. A mediados de Marzo, cuando aún no han tenido tiempo de olvidarse del espíritu navideño, se termina el segundo term y los estudiantes disfrutan de unas “vacaciones de Semana Santa” que se alargan hasta finales de Abril – como el Calvario hubiera sido tan largo, Jesucristo habría denunciado a Dios por abuso de contrato -, momento en el que regresan y finalizan el curso con los exámenes de Junio. Ya no volverán a pisar la facultad hasta principios de Octubre, para estrenar el nuevo año académico. A menudo me pregunto cómo pueden estar todos tan blancos teniendo casi 4 meses de vacaciones de verano. Si además tenemos en cuenta que aquí los exámenes jamás se suspenden, y que las carreras duran 3 años, ahora os explicaréis por qué todos los universitarios ingleses acaban licenciados a los 21. O a los 22, porque también está muy extendida la costumbre de tomarse un “año sabático” al acabar el instituto para prepararse para los rigores de la carrera.

Sí, habéis oído bien, los exámenes no se suspenden nunca. Se puede sacar nota baja, pero jamás suspender. Si al final de la carrera tu nota media no es muy alta puedes tener problemas para conseguir trabajo en empresas inglesas, ya que aquí lo primero que te exigen son las calificaciones. No obstante, si un licenciado en cualquier universidad inglesa de prestigio medio se va a currar a España se le reverenciará como a un Dios por el hecho de “venir de Inglaterra” y se le presupondrá un Stephen Hawking en potencia (en su parte intelectual, claro está). Pero la triste realidad es que la educación de los ingleses deja mucho que desear. Por eso a los diplomados, licenciados y doctores españoles y de otros países se nos rifan aquí.

PhotobucketSegún parece en el instituto y la escuela sucede algo similar: ni se te ocurra dejarle ver a un niño inglés que no tiene los conocimientos suficientes como para aprobar un examen, porque lo traumatizarás de por vida y es posible que su familia te denuncie por “frustrar sus ambiciones”. Aquí la filosofía es: absolutamente todos los niños tienen derecho a ser ingenieros aeronáuticos si les da la gana, aunque no sepan sumar 2+2. Los angelitos no sacan malas notas porque en vez de estudiar se hayan pasado la tarde y noche borrachos como una cuba con los colegas, no: es porque su profesor no les motiva, porque la sociedad los margina o porque su familia no les comprende. Así, los “nenes” llegan a la universidad sin saber apenas leer, escribir o expresarse correctamente. Los gobernantes españoles, en su infinita sabiduría, crearon en su día la LOGSE que cambió el sistema educativo para asemejarlo más al de “los países más desarrollados”, como USA (juaaajuajuajuajuajua... perdón) e Inglaterra. Los resultados son patentes desde hace varios años en las generaciones de chavales españoles que no saben hacer la O con un canuto (pero que sí saben hacerse un canuto sin falta de O).

Pero volvamos al tema, que me emociono y me salgo del tiesto... Hablábamos de los estudiantes ingleses. Como os decía, la gran tensión y agotamiento a los que se ven sometidos a lo largo del arduo curso académico (prfffff...) provocan escenas de auténticos ataques de histeria cuando se aproximan los exámenes finales. Cada Junio ocurre igual... estudiantes sentados en el suelo con la cabeza entre las manos dando sonoros hipidos y dejando que las lágrimas se les deslicen por sus sonrojadas mejillas. Otros siendo consolados por sus compañeros mientras gritan y se mesan los cabellos – muchas veces he tenido que reprimir el deseo de ofrecer mi ayuda desinteresada para calmar a la pobre víctima por el método más efectivo, el DHBD (“Dos Hostias Bien Dadas”), recomendado por afamados psicólogos del mundo entero. Algunos caminan de un lado a otro repitiendo mentalmente algún tipo de frase aprendida en el “Manual Zen del Estudiante Histérico” mientras se golpean rítmicamente la frente con el puño cerrado... vamos, que en esta época el Departamento es lo más parecido a un hospital psiquiátrico... El miércoles se me cayó una caja de palillos al suelo y uno de ellos se detuvo, los miró y dijo con voz profunda: “247”. Empecé a preocuparme.

PhotobucketAfortunadamente el jueves terminó su tortura y una ola de alivio inundó las aulas y pasillos de la Universidad. De repente la vida es bella, los pajarillos cantan, las nubes se levantan y las preocupaciones desaparecen (supongo que con 4 meses de vacaciones por delante el efecto sería similar en cualquiera de nosotros, ¿verdad?). Sin embargo queda un último acontecimiento social organizado por los estudiantes de último año, o los nuevos graduados: la Barbacoa del Departamento (Department Bbq). Por unas módicas 5 libras cualquier miembro de la Universidad y sus amigos pueden acudir al evento, en el que abundan la carne (de la de parrilla y de la otra) y el alcohol.

El año pasado cometí el error táctico de no apuntarme; imaginé que acudirían sólo estudiantes y que no ocurriría nada interesante. El lunes siguiente a la barbacoa 2004 la gente del departamento empezó a colgar en la página web las fotos del evento y yo empecé a arrepentirme profundamente de no haber ido. Estudiantes y postdocs de esos que jamás te miran a los ojos ni te dicen ni una palabra si no les preguntas tú antes (a veces ni así) aparecían en todo tipo de posturas y actitudes imaginables, bailando, por el suelo, por el techo, boca arriba, boca abajo, levitando en el aire, lamiéndole la oreja a un compañero/compañera/perro/muñeca hinchable... Profesores a los que jamás he visto sonreír y que siempre te miran por encima del hombro al pasar aparecían en las fotos con la lengua fuera en gesto pseudo-obsceno y tirándose la cerveza por encima unos de otros. Uno de ellos, un amante de las camisas hawaiianas apodado Webby, envió un correo colectivo a todos los miembros del Departamento disculpándose por “las cosas inapropiadas que hubiera podido hacer el día de la barbacoa”. El tío debió haber pagado un buen soborno a cada uno de los testigos, porque por más que indagué no conseguí averiguar de qué tipo de “cosas inapropiadas” se trataba. Por mi mente desfilaron todo tipo de turbias posibilidades que involucraban a estudiantes femeninas, tangas de leopardo, consoladores anales de 5 velocidades y ABS (ABS vibra, ABS no), yeguas en celo, travestís she-male y vaginas en lata. Me prometí a mí misma que el año siguiente yo estaría allí en primera fila par no perderme nada... y para aceptar sobornos si hacía falta.

Así que este año fui la primera en comprar las entradas, y me llevé a Rizos y Belo conmigo para que también disfrutaran del espectáculo.

PhotobucketEl día había sido frío y nublado hasta media hora antes de empezar la barbacoa, cuando las nubes se disiparon como por arte de magia y nos obsequiaron con una tarde y noche inmejorables. La barbacoa se celebraba en unos terrenos que pertenecen al Departamento de Fisiología Vegetal, y que aparte de campos de cultivo y hierbajos de todo tipo cuentan con tres enormes invernaderos – dentro de uno de los cuales estaba la barbacoa - y una especie de almacén de hormigón, donde estaban las bebidas y la “sala de baile” improvisada (vamos, una zona libre de trastos y un portátil conectado a una cadena de música del año 2 antes de Cristo, por lo menos). Cuando llegamos Rizos, Belo y yo la gente estaba aún en fase de “todavía no he bebido lo bastante como para ser sociable” pero pasando rápidamente al estado de “ya estoy borracho, así que puedo meterte mano y decirte las burradas que se me ocurran”. Nos apropiamos de un par de hamburguesas cada uno y nos apresuramos a coger algo de beber antes de que todo el alcohol acabase convertido en una mezcla heterogénea de bebidas baratas de oferta especial en el Tesco.

Rizos y yo nos servimos una sangría de aspecto y sabor... llamémoslos... peculiares. Quienquiera que la hubiera hecho no conocía la diferencia entre la sangría y la macedonia de frutas. Entre la gente nos encontramos con Rubi, un chaval de Salamanca que trabaja en un laboratorio cerca del mío.

“¡Hola Pilimindri! ¿A quién nos traes por aquí?”
“Buenas Rubi, estos son Rizos y Belo” - muac muac, besos al más puro estilo Spanish
“Vaya, así que os habéis lanzado a por la sangría, ¿eh?”
“Sí, pero no te la recomiendo... no sé quién coño la ha hecho, pero no tiene ni idea... seguro que ha sido un inglés. Está terriblemente dulzona, el vino ni se adivina y en vez de zumo ha usado naranjada de la mala malísima.”
“¿Ah, sí?”
“Sí, tendrían que habérmela encargado a mí, esto es cosa de españoles.”
“Ehm... la he hecho yo...”

Silencio incómodo. Pilimindrina que se encoge y se encoge hasta competir en altura con los pitufos. Aproveché la circunstancia para escurrirme entre las piernas del grupo sin llamar demasiado la atención balbuceando la primera disculpa que se me ocurrió.

Cuando aún estaba intentando sacar la pata del cubo se nos acercó un chaval de otro departamento:

“Tíos, cómo os lo montáis, estas hamburguesas están cojonudas. ¿Dónde habéis comprado la carne?”
“Producción propia.”
“¿Cómo producción propia?”
“Hombre, no pensarías que íbamos a desperdiciar las ratas que usamos en los experimentos.”

Por la cara con la que se alejó el pobre hombre creo bastante posible que aún esté en su casa utilizando el Kit de Lavado de Estómago de TeleTienda.

La barbacoa se iba animando. Los del Departamento de Fisiología Vegetal, que no sólo estaban allí por la barbacoa, sino también para vigilar sus valiosas plantas (tener a unos 150 estudiantes y profesores pisoteando los terrenos y entrando en los invernaderos pondría nervioso a cualquiera) se afanaban por mantener a los curiosos lejos de sus experimentos, a veces sin demasiado éxito:

“¡Dios mío!, ¿qué has hecho? ¡Acabas de pisar el único clon positivo de un proyecto de 5 años!”
“Pues eso no es nada, me he meado sobre todos los brotes transgénicos de tu tesis doctoral.”
“¡Cabróooooon!”

En otros casos el problema se resolvía con una buena dosis de justicia divina:

“He encontrado una planta de maría inmensa en aquel invernadero de allí... cómo os lo montáis los biólogos, ¿eh?. Mira qué pedazo de porro me he liado.”
“Ehm... Esa planta contiene una mutación diseñada para sintetizar concentraciones enormes de estrógenos... espero que ligues esta noche, porque mañana te despertarás con tetas.”

PhotobucketLa noche avanzaba e iba pidiendo a gritos algo de música. Rizos y yo conseguimos apropiarnos del “equipo musical”, que hasta el momento sólo emitía música ambiental, y lo pusimos a todo volumen con lo mejor de los mp3 que encontramos en su disco duro. En menos de 5 minutos en la improvisada pista de baile no cabía un alfiler, y problemas técnicos aparte (a veces las canciones se cortaban a los 30 segundos, otras se colgaba el ordenador, y otras algún estudiante en estado no demasiado sobrio le pegada una patada a alguno de los componentes) se montó un ambientazo de narices. Creo que en casi dos años que llevo trabajando en nuestro Departamento no había tenido tanto contacto con tantos compañeros como la noche de la barbacoa. Podías incluso llegar a hacerte a la idea de que te encontrabas en España y todo. Aunque, como en el cuento de Cenicienta, la ilusión se rompería, no a las 12 de la noche, sino en cuanto empezara la siguiente jornada laboral.

Por supuesto, Webby volvió a armarla, aunque esta vez en versión mucho más light... tan solo se despatarró en el suelo cuan largo era resbalando en la cerveza que él mismo acababa de derramar. Me pregunto cómo alguien puede respetar a un profesor después de haberle visto hacer el ridículo de esta manera... Ya no sólo emborrachándose y cayéndose al suelo delante de medio Departamento, sino caerse llevando puestos una camisa de flores fucsia sobre fondo azul, pantalones cortos de deporte y chancletas de playa con calcetines. Supongo que hay que ser inglés para poder entenderlo.

Y así transcurrió la noche... entre bailoteos, saltos, risas, sobeteos de coña entre miembros de la comunidad universitaria, sobeteos no tan de coña y que abarcaban todo tipo de tendencias sexuales, fotos por las que espero recibir jugosas ofertas para evitar colgarlas en la página del Departamento, promulgación de la receta del calimocho (cualquier cosa antes que beber a pelo aquel vino tan espantosamente malo) y una escena inolvidable y entrañable de unos 15 profesores del departamento bailando y cantando a voz en grito el “YMCA”. Una de las mujeres más voluminosas se cargó la manga de la camisa al escenificar la última Y; en cualquier otro lugar importaría, aquí igual hasta crea moda. Por cierto, la mujer se podría hacer rastas con los pelos del sobaco.

Aún nos quedaba un paseíllo de 40 minutos hasta nuestros respectivos hogares a las 2 de la mañana por una Mix Village casi desierta. Pero incluso aquello tuvo su encanto, contemplando las constelaciones en un cielo hermosamente estrellado, saludando entre risas a cada ciclista ojeroso que pasaba a nuestro lado y puntuando del 1 al 10 los traseros de la poca gente que nos íbamos cruzando (Rizos y yo los masculinos, y Belo los femeninos).

Cuando llegué a casa comprobé que algún borracho se había vuelto a cebar con mi Reichín... esta vez no sólo le habían doblado el parabrisas de atrás en un ángulo inverosímil, sino que además, como debía haberles molestado que la vez anterior lo devolviera a su lugar con relativa facilidad, habían retorcido la escobilla con saña hasta romperla. Gracias a estos ciudadanos de buena fe la próxima vez que llueva tendré que sacar medio cuerpo por la ventanilla para ver si alguien me sigue, y con un poco de mala suerte arrearme un cocorotazo contra algún ciclista. ¡Dios bendiga a los jóvenes borrachos ingleses! Ojalá pillara al responsable... le introduciría el parabrisas por su oquedad anal y después lo pondría en marcha. ¿Lo peor? Que a lo mejor disfrutaba el cabronazo.
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