Más amores platónicos: La historia de Mut
Como terminé contando en el capítulo anterior de mis enamoramientos platónicos, el corazón me dejó más o menos en paz desde los 14 a los 18 años. Tan en paz me dejó, de hecho, que llegué a la mayoría de edad siendo una pardilla total en las relaciones con el sexo opuesto: no sólo no había salido nunca con ningún chico, ni por supuesto me había estrenado en el ámbito sexual... ¡es que ni siquiera sabía lo que era dar un beso en los labios! Por aquel entonces mi visión del amor y el sexo estaba bastante idealizada, y no quería nada con ningún chico del que no estuviera enamorada... ergo, como no me enamoraba de nadie, pues hala, a dos velas.
Mi colegio también tuvo mucho que ver en mi estado mental de panolismo agudo: el sueldo de mis padres apenas daba para la hipoteca, pero mis tres tías solteras querían para mí la mejor educación, con lo que me pagaban un colegio privado de los mejores de Asturias (al menos así se vendían ellos). Efectivamente, en el tema de la educación teórica la institución era de lo más selecto, aunque en otros temas, tales como educación sexual, compañerismo, amistad y valores humanos quedaba muy atrás de lo ideal para una niña no-hija-de-ricos como yo. De los 3 a los 18 años me encontré pues rodeada de la crême-de-la-crême de la sociedad asturiana: hijos de políticos, economistas, médicos, grandes empresarios... y “yo”. “Yo” tenía una madre maestra y mi padre trabajaba, por aquel entonces, arreglando fotocopiadoras. “Yo” llevaba el mismo abrigo todo el invierno, mientras que las demás niñas (los niños solían pasar de ese tema) cambiaban de modelito a diario; no se me olvidará una tormentosa discusión entre dos “mejores amigas” de mi clase por la imperdonable traición de haber traído un abrigo idéntico... no se hablaron durante meses. “Yo” no tenía una cuenta ahorro con 10 millones (de entonces) para cuando fuera a la Universidad (de hecho el piso de mis padres costaba mucho menos que eso y lo estaban pagando a 15 años). Vamos, que no pegaba allí ni con cola, y muchos de mis queridos compañeros me hacían la vida imp... estooo... me lo recordaban amablemente cada vez que se les presentaba la ocasión.
Aparte de ello, el colegio en cuestión era católico. Como a llevar la contraria nunca me ha ganado nadie, excepto mi padre (de alguien tuve que aprender), desde que tuve capacidad de razonamiento y a los 9 años llegué a la conclusión de que la idea de Dios me parecía ridícula e innecesaria, me dediqué a proclamar a los cuatro vientos – con mi innata sutileza para estos temas - que era atea. Os invito a que imaginéis la cara del cura cuando me preguntaba, con voz pía: “Y tú, Pilimindrina, ¿qué crees que podrías hacer para ser mejor Cristiana?” y recibía como respuesta: “Ehm...¿creer en Dios?”. Afortunadamente para mí los profesores de religión nunca pudieron hacer nada académicamente, porque me empollaba todas las oraciones, Credo, bienaventuranzas y demás chorradas de pe a pa y las recitaba cual lista de los Reyes Godos. No obstante en ocasiones alguno me regaló los oídos con sutilezas tales como: “Tu padre no cree en Dios y va a ir al infierno”. Como yo era muy educada y mi familia, al contrario que la del cura, me había inculcado muy bien el respeto por los demás (sobre todo si los demás eran adultos), me tenía que morder la lengua para no contestar: “Pues allí nos veremos los tres”.
Al acabar el COU y descubrir el mundo exterior, después de 15 años estudiando en el mismo sitio, me enteré de que mi colegio era del Opus... obviamente a mí me habían dejado por imposible desde el principio, porque como hubieran tratado de “devolverme al redil” (léase con voz de Josema de Martes y Trece) los ecos de mis carcajadas aún estarían rebotando en las paredes de las clases.
Pero la triste realidad es que en mi colegio jamás de los jamases fui testigo de hechos tan milagrosos y poco frecuentes en la vida real como una pareja cogida de la mano, un beso, una revista porno (encontrarte con ellas era motivo de expulsión inmediata por un período de 2 semanas) ni una conversación subida de tono. Como comprenderéis, aparte del empanamiento propio que yo ya llevaba, mi querido centro de estudios puso su granito de arena también para que llegara a la universidad pura y casta cual Virgen María (si nos creemos las Escrituras).
Decir que empezar la carrera en una universidad pública me abrió los ojos es quedarse corto: más bien me los sacó de las cuencas. Nunca había conocido tanta gente normal de golpe en mi vida. Hasta consiguieron que yo me sintiera normal también, en vez de una pobretona asocial que no era capaz de apreciar lo profundo de una conversación de dos horas acerca de la falda que la madre de Fulanita había comprado en París, o de las vacaciones en Nigeria que toda la familia de Menganito iba a hacer en Abril, con estancias de lujo en hoteles de 5 estrellas y dos asistentes especiales para apartar de la foto a los niños con moscas.
Allí conocí a mi Fistro del alma, hice mi primera pandilla de amigos – sí, mi primera pandilla a los 18... puede sonar patético, pero para mí fue como recuperar una época que nunca había llegado a vivir -, fui testigo de todo tipo de comportamientos sexuales y aprendí mucho de lo que aún no sabía sobre el sexo de manera oral.
¡Y NO!
¡Esta vez, y sin que sirva de precedente, NO hay que pensar mal! Me refiero a las conversaciones entre clase y clase con los amigos (desgraciadamente para el otro tipo de sexo oral aún me quedaba un tiempo).
Y bueno, me volví a enamorar.
Le conocí ya los primeros días de clase, aunque no me fijé demasiado en él. Era un chico feúcho, con un gran apéndice nasal y al que le gustaba la informática (al chico, no al apéndice nasal), como a mí, y presumir de todo tipo de pequeños aparatos electrónicos que pudieran caer en sus manos. El primer día de prácticas rompió un matraz, y desde ese día le quedó el mote de “Mat”. El Fistro, que no le podía ni ver ni en pintura por motivos que pronto desvelaré, lo apodó personalmente “Mut”, por “Mutante” (ya os había comentado la afición del Fistro de poner apodos a todo). En absoluto era Mut el tipo de chico que me hubiera imaginado que me gustaría, pero cuando a las hormonas se les antoja algo, toda resistencia resulta fútil. Su grupo de amigos y el mío eran además bastante compatibles, y muchas veces acabábamos hablando, coincidiendo juntos en alguna clase de prácticas o intercambiando apuntes.
Y se repitió la historia. Esta vez fue más sutil que con el querubín de Fonsi. Poco a poco me encontré hablando a solas con él cada vez en más ocasiones, y rememorando esas charlas una y otra vez. Que lo emparejaran conmigo en una clase de prácticas me hacía más ilusión de la que debiera. Me reía a carcajadas de todos sus chistes, incluso de los más malos (que eran la mayoría).
Mut practicaba ciclismo y casi todos los días subía en bici a la Facultad. Sin embargo en ocasiones bajaba caminando hasta su casa, con la bici al lado, y eran esas ocasiones las que yo esperaba como agua de Mayo para acompañarle y luego seguir hasta la mía. La cosa tenía su mérito, porque de la Uni a mi casa había más de 4 kilómetros de distancia y su casa estaba justo en medio. Esos días llegaba a casa con dolor de pies, pero con una sonrisa bobalicona tan amplia que llegaba a temer que se me descolgara la parte inferior de la cara.
Recuerdo exactamente el día en el que finalmente me di cuenta de que me estaba enamorando: Mut me había pedido unos apuntes que yo tenía en casa, y le pregunté que por qué no se pasaba a por ellos, a lo que accedió. Tres horas antes de la hora acordada yo ya estaba nerviosa pensando en qué ponerme. Imaginarle en mi casa, con su rostro cerca del mío, mirando los apuntes, me ponía el corazón a cien por hora. Los minutos se me hicieron interminables... media hora antes ya estaba mirando por la ventana a ver si le veía acercarse. Por supuesto, llegó tarde, pero el momento en el que le vi girar en mi calle montado en su bici se imprimió a fuego en mi memoria. Le vería muchas otras veces, y es una de esas imágenes que se te quedan en la mente y nunca se te olvidan. Años después, cuando el amor que sentías lleva ya años guardado en el cajón de tus recuerdos, un día de pronto levantas la vista y ves algo que hace que esa imagen vuelva a ti, y con ella una cascada de recuerdos, sensaciones, sonidos y olores. Es como abrir una pequeña caja de Pandora.
No traté de resistirme. Me arrojé de cabeza a aquel amor que despertaba en mí y traté de asumirlo de manera aún infantil y torpe. Desde ese día me convertí en su garrapata personal: trataba de estar a su lado en todo momento, de encontrar motivos que nos hicieran estar juntos... de hacerme, en resumen, un huequecito en su vida. Ese fue también el año en que mi padre me regaló un ordenador como es debido: un pedazo de Pentium a 90 Mhz (hasta entonces hacía mis pinitos informáticos con un Amstrad PC1512 con pantalla de 4 colores) que se convirtió, no sólo en la herramienta que me introdujo en el mundo de internet, sino también en el cebo que me servía para atraer a Mut: recuerdo decenas, puede que cientos de tardes después de clase con Mut aporreando las teclas de mi ordenador y yo sentada a su lado durante horas, recogiendo discretamente mis babas, sin aburrirme jamás, porque disfrutar de estar junto a él era el mayor de los privilegios.
Dos años. Dos años me pasé haciendo el tolai detrás de un chico que no mostraba por mí el más mínimo interés excepto cuando le decía que me había comprado una impresora nueva, o que ya tenía conexión a internet. En esos días no tardaba ni 10 minutos en aparecer por mi casa y adueñarse del ordenador hasta que mi madre, a la que ya le salía el humo por las orejas, me pedía amablemente que “saques de una vez al tío ese de casa, que tenemos que cenar”.
Sin embargo aquí falta algo por contar, ¿verdad?... ¿Qué será, será? ¡Ah sí! El Fistro. En el artículo en el que os describía mi amistad con él comenté que nunca entre nosotros había llegado a pasar nada ni ninguno había sentido nada especial aparte de amistad. Cuando escribí aquel artículo era más fácil describirlo así, sin embargo falté un poquito a la verdad: durante la época de la Universidad, uno de los dos sí que sintió algo por el otro. Al parecer mientras yo bebía los vientos por Mut, el Fistro se tragaba todas las tempestades por mí. Y yo sin enterarme de nada, por supuesto. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero en temas del amor hay uno mucho peor: el que sólo ve aquello que le lleva a estar cerca de su enamorado. Así estaba yo. Cuántas veces rechacé el ofrecimiento de mi amigo para ir al cine, o a algún otro sitio, porque existía una posibilidad, una entre 20 como mucho, de que aquella tarde Mut me llamara por teléfono para hacer cualquier cosa juntos. Cuántas tardes perdidas pendiente incansablemente del teléfono, esperando que sonara, sabiendo que no debía llamarle yo porque ya lo había hecho las 3 veces anteriores y le agobiaría. Cuántas veces levanté el auricular a ver si estaba bien colgado, cuántas veces fui al baño nerviosa por la posibilidad de que el teléfono sonara mientras yo estaba dentro y no lo oyera, cuántas veces contesté con un ilusionado “¿¿Diga??” para encontrarme con una voz que no era la suya tratando de venderme una enciclopedia, cuántas me encontraba con que había estado leyendo tres páginas de un libro sin haber asimilado ni una sola palabra de lo allí escrito, porque mi mente estaba a dos kilómetros de allí, junto a un chico que no me hacía ni puñetero caso. Cuántas estupideces que se hacen cuando se está enamorado, ¿verdad?. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
¡AUCH! Vale, joer, era sólo una frase retórica.
Una tarde, precisamente cuando estaba en casa de Mut – no recuerdo exactamente haciendo qué, pero no lo que a mí me gustaría estar haciendo, eso seguro – llamé desde allí al Fistro para quedar esa noche; íbamos al cine a ver la película Seven toda la pandilla de Gijón. Lo encontré muy alterado, y con una voz extraña me pidió que pasara por su casa una hora antes, que tenía algo importante que decirme. Ni siquiera a esas alturas caí de la burra.
Así que llegué a su casa. Saludé a sus padres, a su abuela y al gato, y con toda mi inocencia le pregunté: “Bueno, ¿qué es eso tan importante que me tenías que decir?”. Todos, hasta el gato, nos quedamos mirando para él esperando su respuesta... el pobre se puso rojo, granate, fucsia, y luego pálido. Escuché una especie de “clac, clac, clac” y me di cuenta de que eran sus rodillas chocando la una contra la otra. Se las arregló para agarrarme del brazo y balbucear: “Estooo... venga, que llegamos tarde, salimos y te lo digo”. Por fin lo que debía resultar obvio para media Asturias comenzó a hacer mella en mi cabeza, y para cuando el Fistro se había recompuesto y me miraba como suplicándome que empezara a hablar yo, la última pieza del puzzle encajó y supe exactamente qué iba a decirme.
A veces me pregunto cómo coño he podido sacarme una carrera.
Supongo que muchos de los que me leéis habréis pasado por esta experiencia alguna vez: una persona a la que tienes cariño y cuya amistad valoras más que nada, de repente te dice que le gustas, que lo eres todo para él/ella, y te pregunta si tú sientes lo mismo. El nudo en el estómago, el pánico por encontrar las palabras que no le hieran, la certeza de que todo va a cambiar desde ese mismo instante... la extrañeza de que alguien a quien creías tu buen amigo de repente confiese que te ve como mucho más que eso... todo se juntó en un mismo instante. Salí del atolladero como pude y le dije lo que él ya se imaginaba: que éramos amigos y que de momento mi corazón ya estaba ocupado. En cuanto estas palabras salieron de mi boca él preguntó: “Es Mut, ¿verdad?”. Vaya, pues sí que era obvio, leñe. Tuve que darle la razón, y a partir de ese día la relación Mut-Fistro-Yo se convirtió en un triángulo amoroso de lo más complejo.
Mi colegio también tuvo mucho que ver en mi estado mental de panolismo agudo: el sueldo de mis padres apenas daba para la hipoteca, pero mis tres tías solteras querían para mí la mejor educación, con lo que me pagaban un colegio privado de los mejores de Asturias (al menos así se vendían ellos). Efectivamente, en el tema de la educación teórica la institución era de lo más selecto, aunque en otros temas, tales como educación sexual, compañerismo, amistad y valores humanos quedaba muy atrás de lo ideal para una niña no-hija-de-ricos como yo. De los 3 a los 18 años me encontré pues rodeada de la crême-de-la-crême de la sociedad asturiana: hijos de políticos, economistas, médicos, grandes empresarios... y “yo”. “Yo” tenía una madre maestra y mi padre trabajaba, por aquel entonces, arreglando fotocopiadoras. “Yo” llevaba el mismo abrigo todo el invierno, mientras que las demás niñas (los niños solían pasar de ese tema) cambiaban de modelito a diario; no se me olvidará una tormentosa discusión entre dos “mejores amigas” de mi clase por la imperdonable traición de haber traído un abrigo idéntico... no se hablaron durante meses. “Yo” no tenía una cuenta ahorro con 10 millones (de entonces) para cuando fuera a la Universidad (de hecho el piso de mis padres costaba mucho menos que eso y lo estaban pagando a 15 años). Vamos, que no pegaba allí ni con cola, y muchos de mis queridos compañeros me hacían la vida imp... estooo... me lo recordaban amablemente cada vez que se les presentaba la ocasión.Aparte de ello, el colegio en cuestión era católico. Como a llevar la contraria nunca me ha ganado nadie, excepto mi padre (de alguien tuve que aprender), desde que tuve capacidad de razonamiento y a los 9 años llegué a la conclusión de que la idea de Dios me parecía ridícula e innecesaria, me dediqué a proclamar a los cuatro vientos – con mi innata sutileza para estos temas - que era atea. Os invito a que imaginéis la cara del cura cuando me preguntaba, con voz pía: “Y tú, Pilimindrina, ¿qué crees que podrías hacer para ser mejor Cristiana?” y recibía como respuesta: “Ehm...¿creer en Dios?”. Afortunadamente para mí los profesores de religión nunca pudieron hacer nada académicamente, porque me empollaba todas las oraciones, Credo, bienaventuranzas y demás chorradas de pe a pa y las recitaba cual lista de los Reyes Godos. No obstante en ocasiones alguno me regaló los oídos con sutilezas tales como: “Tu padre no cree en Dios y va a ir al infierno”. Como yo era muy educada y mi familia, al contrario que la del cura, me había inculcado muy bien el respeto por los demás (sobre todo si los demás eran adultos), me tenía que morder la lengua para no contestar: “Pues allí nos veremos los tres”.
Al acabar el COU y descubrir el mundo exterior, después de 15 años estudiando en el mismo sitio, me enteré de que mi colegio era del Opus... obviamente a mí me habían dejado por imposible desde el principio, porque como hubieran tratado de “devolverme al redil” (léase con voz de Josema de Martes y Trece) los ecos de mis carcajadas aún estarían rebotando en las paredes de las clases.
Pero la triste realidad es que en mi colegio jamás de los jamases fui testigo de hechos tan milagrosos y poco frecuentes en la vida real como una pareja cogida de la mano, un beso, una revista porno (encontrarte con ellas era motivo de expulsión inmediata por un período de 2 semanas) ni una conversación subida de tono. Como comprenderéis, aparte del empanamiento propio que yo ya llevaba, mi querido centro de estudios puso su granito de arena también para que llegara a la universidad pura y casta cual Virgen María (si nos creemos las Escrituras).Decir que empezar la carrera en una universidad pública me abrió los ojos es quedarse corto: más bien me los sacó de las cuencas. Nunca había conocido tanta gente normal de golpe en mi vida. Hasta consiguieron que yo me sintiera normal también, en vez de una pobretona asocial que no era capaz de apreciar lo profundo de una conversación de dos horas acerca de la falda que la madre de Fulanita había comprado en París, o de las vacaciones en Nigeria que toda la familia de Menganito iba a hacer en Abril, con estancias de lujo en hoteles de 5 estrellas y dos asistentes especiales para apartar de la foto a los niños con moscas.
Allí conocí a mi Fistro del alma, hice mi primera pandilla de amigos – sí, mi primera pandilla a los 18... puede sonar patético, pero para mí fue como recuperar una época que nunca había llegado a vivir -, fui testigo de todo tipo de comportamientos sexuales y aprendí mucho de lo que aún no sabía sobre el sexo de manera oral.
¡Y NO!
¡Esta vez, y sin que sirva de precedente, NO hay que pensar mal! Me refiero a las conversaciones entre clase y clase con los amigos (desgraciadamente para el otro tipo de sexo oral aún me quedaba un tiempo).
Y bueno, me volví a enamorar.
Le conocí ya los primeros días de clase, aunque no me fijé demasiado en él. Era un chico feúcho, con un gran apéndice nasal y al que le gustaba la informática (al chico, no al apéndice nasal), como a mí, y presumir de todo tipo de pequeños aparatos electrónicos que pudieran caer en sus manos. El primer día de prácticas rompió un matraz, y desde ese día le quedó el mote de “Mat”. El Fistro, que no le podía ni ver ni en pintura por motivos que pronto desvelaré, lo apodó personalmente “Mut”, por “Mutante” (ya os había comentado la afición del Fistro de poner apodos a todo). En absoluto era Mut el tipo de chico que me hubiera imaginado que me gustaría, pero cuando a las hormonas se les antoja algo, toda resistencia resulta fútil. Su grupo de amigos y el mío eran además bastante compatibles, y muchas veces acabábamos hablando, coincidiendo juntos en alguna clase de prácticas o intercambiando apuntes.
Y se repitió la historia. Esta vez fue más sutil que con el querubín de Fonsi. Poco a poco me encontré hablando a solas con él cada vez en más ocasiones, y rememorando esas charlas una y otra vez. Que lo emparejaran conmigo en una clase de prácticas me hacía más ilusión de la que debiera. Me reía a carcajadas de todos sus chistes, incluso de los más malos (que eran la mayoría).
Mut practicaba ciclismo y casi todos los días subía en bici a la Facultad. Sin embargo en ocasiones bajaba caminando hasta su casa, con la bici al lado, y eran esas ocasiones las que yo esperaba como agua de Mayo para acompañarle y luego seguir hasta la mía. La cosa tenía su mérito, porque de la Uni a mi casa había más de 4 kilómetros de distancia y su casa estaba justo en medio. Esos días llegaba a casa con dolor de pies, pero con una sonrisa bobalicona tan amplia que llegaba a temer que se me descolgara la parte inferior de la cara.Recuerdo exactamente el día en el que finalmente me di cuenta de que me estaba enamorando: Mut me había pedido unos apuntes que yo tenía en casa, y le pregunté que por qué no se pasaba a por ellos, a lo que accedió. Tres horas antes de la hora acordada yo ya estaba nerviosa pensando en qué ponerme. Imaginarle en mi casa, con su rostro cerca del mío, mirando los apuntes, me ponía el corazón a cien por hora. Los minutos se me hicieron interminables... media hora antes ya estaba mirando por la ventana a ver si le veía acercarse. Por supuesto, llegó tarde, pero el momento en el que le vi girar en mi calle montado en su bici se imprimió a fuego en mi memoria. Le vería muchas otras veces, y es una de esas imágenes que se te quedan en la mente y nunca se te olvidan. Años después, cuando el amor que sentías lleva ya años guardado en el cajón de tus recuerdos, un día de pronto levantas la vista y ves algo que hace que esa imagen vuelva a ti, y con ella una cascada de recuerdos, sensaciones, sonidos y olores. Es como abrir una pequeña caja de Pandora.
No traté de resistirme. Me arrojé de cabeza a aquel amor que despertaba en mí y traté de asumirlo de manera aún infantil y torpe. Desde ese día me convertí en su garrapata personal: trataba de estar a su lado en todo momento, de encontrar motivos que nos hicieran estar juntos... de hacerme, en resumen, un huequecito en su vida. Ese fue también el año en que mi padre me regaló un ordenador como es debido: un pedazo de Pentium a 90 Mhz (hasta entonces hacía mis pinitos informáticos con un Amstrad PC1512 con pantalla de 4 colores) que se convirtió, no sólo en la herramienta que me introdujo en el mundo de internet, sino también en el cebo que me servía para atraer a Mut: recuerdo decenas, puede que cientos de tardes después de clase con Mut aporreando las teclas de mi ordenador y yo sentada a su lado durante horas, recogiendo discretamente mis babas, sin aburrirme jamás, porque disfrutar de estar junto a él era el mayor de los privilegios.Dos años. Dos años me pasé haciendo el tolai detrás de un chico que no mostraba por mí el más mínimo interés excepto cuando le decía que me había comprado una impresora nueva, o que ya tenía conexión a internet. En esos días no tardaba ni 10 minutos en aparecer por mi casa y adueñarse del ordenador hasta que mi madre, a la que ya le salía el humo por las orejas, me pedía amablemente que “saques de una vez al tío ese de casa, que tenemos que cenar”.
Sin embargo aquí falta algo por contar, ¿verdad?... ¿Qué será, será? ¡Ah sí! El Fistro. En el artículo en el que os describía mi amistad con él comenté que nunca entre nosotros había llegado a pasar nada ni ninguno había sentido nada especial aparte de amistad. Cuando escribí aquel artículo era más fácil describirlo así, sin embargo falté un poquito a la verdad: durante la época de la Universidad, uno de los dos sí que sintió algo por el otro. Al parecer mientras yo bebía los vientos por Mut, el Fistro se tragaba todas las tempestades por mí. Y yo sin enterarme de nada, por supuesto. Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver, pero en temas del amor hay uno mucho peor: el que sólo ve aquello que le lleva a estar cerca de su enamorado. Así estaba yo. Cuántas veces rechacé el ofrecimiento de mi amigo para ir al cine, o a algún otro sitio, porque existía una posibilidad, una entre 20 como mucho, de que aquella tarde Mut me llamara por teléfono para hacer cualquier cosa juntos. Cuántas tardes perdidas pendiente incansablemente del teléfono, esperando que sonara, sabiendo que no debía llamarle yo porque ya lo había hecho las 3 veces anteriores y le agobiaría. Cuántas veces levanté el auricular a ver si estaba bien colgado, cuántas veces fui al baño nerviosa por la posibilidad de que el teléfono sonara mientras yo estaba dentro y no lo oyera, cuántas veces contesté con un ilusionado “¿¿Diga??” para encontrarme con una voz que no era la suya tratando de venderme una enciclopedia, cuántas me encontraba con que había estado leyendo tres páginas de un libro sin haber asimilado ni una sola palabra de lo allí escrito, porque mi mente estaba a dos kilómetros de allí, junto a un chico que no me hacía ni puñetero caso. Cuántas estupideces que se hacen cuando se está enamorado, ¿verdad?. Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.
¡AUCH! Vale, joer, era sólo una frase retórica.
Una tarde, precisamente cuando estaba en casa de Mut – no recuerdo exactamente haciendo qué, pero no lo que a mí me gustaría estar haciendo, eso seguro – llamé desde allí al Fistro para quedar esa noche; íbamos al cine a ver la película Seven toda la pandilla de Gijón. Lo encontré muy alterado, y con una voz extraña me pidió que pasara por su casa una hora antes, que tenía algo importante que decirme. Ni siquiera a esas alturas caí de la burra.
Así que llegué a su casa. Saludé a sus padres, a su abuela y al gato, y con toda mi inocencia le pregunté: “Bueno, ¿qué es eso tan importante que me tenías que decir?”. Todos, hasta el gato, nos quedamos mirando para él esperando su respuesta... el pobre se puso rojo, granate, fucsia, y luego pálido. Escuché una especie de “clac, clac, clac” y me di cuenta de que eran sus rodillas chocando la una contra la otra. Se las arregló para agarrarme del brazo y balbucear: “Estooo... venga, que llegamos tarde, salimos y te lo digo”. Por fin lo que debía resultar obvio para media Asturias comenzó a hacer mella en mi cabeza, y para cuando el Fistro se había recompuesto y me miraba como suplicándome que empezara a hablar yo, la última pieza del puzzle encajó y supe exactamente qué iba a decirme.A veces me pregunto cómo coño he podido sacarme una carrera.
Supongo que muchos de los que me leéis habréis pasado por esta experiencia alguna vez: una persona a la que tienes cariño y cuya amistad valoras más que nada, de repente te dice que le gustas, que lo eres todo para él/ella, y te pregunta si tú sientes lo mismo. El nudo en el estómago, el pánico por encontrar las palabras que no le hieran, la certeza de que todo va a cambiar desde ese mismo instante... la extrañeza de que alguien a quien creías tu buen amigo de repente confiese que te ve como mucho más que eso... todo se juntó en un mismo instante. Salí del atolladero como pude y le dije lo que él ya se imaginaba: que éramos amigos y que de momento mi corazón ya estaba ocupado. En cuanto estas palabras salieron de mi boca él preguntó: “Es Mut, ¿verdad?”. Vaya, pues sí que era obvio, leñe. Tuve que darle la razón, y a partir de ese día la relación Mut-Fistro-Yo se convirtió en un triángulo amoroso de lo más complejo.
(continuará)